La condesa viuda de Rocaverde luchaba ya, con la desesperación del
vencido, contra los rigores del tiempo, y en vano reparaba con
artificios de tocador las brechas que á cada momento abría en su cara
el implacable enemigo. Verdadero monumento en ruinas, quedábale tal
cual vestigio de su pasada hermosura, que celebraban los solterones,
sus contemporáneos, y estudiaban los jóvenes aficionados á la humana
arqueología.
El conde de Rocaverde fué muy rico; y aunque no tan pródigo como su
mujer, cuando á los pocos años de casado murió... «por no enfadarse»
como decía la fama, no dejó al mundo más que una triste memoria de
su carácter, algunas deudas de consideración y sus salones muy
acreditados entre los más famosos de la buena sociedad madrileña.
Pasó algún tiempo, y cuando la gente de pro esperaba ver á la viuda
pidiendo una plaza en un asilo de caridad, desechando rumores de mal
género, á propósito de no sé qué banquero, hete aquí que se la ve
reaparecer en el gran mundo, más rumbosa, más elegante y más cortesana
que nunca.
La maledicencia es como el hambre: dándole lo que le gusta, se
calla... por de pronto. Y tal sucedió con la de Rocaverde. Entretuvo
agradablemente y con inusitada frecuencia en sus salones á la gente
del buen tono, y ya cesó ésta de ocuparse en averiguar de dónde salían
aquellas misas, dado que la sacristía la había dejado á secas el
difunto.
¡Y qué período aquél de fiestas, á las que concurría todo lo más
selecto y granado de la aristocracia, de la banca, de la prensa y de
las artes!
Allí _se hacía_ música; allí se declamaba, poniéndose en escena á
veces, en un teatrito al caso, por las jóvenes más pudorosas y los
hombres más formales, lo más aplaudido del repertorio contemporáneo...
francés, por supuesto; y allí, finalmente, se celebraban esos bailes
pintorescos que tanto dieron que hacer á los sastres, á las modistas
y al sentido común, en la _confección_ de trajes alegóricos: trajes de
crepúsculo, trajes de tempestad, trajes de luna, trajes de ira, trajes
de compasión... trajes de todo lo imaginable, pues la gracia estaba en
representar una estación del año, ó una hora del día, ó una efeméride,
ó una pasión, ó una virtud, ó una enfermedad, ó el Mississipi, ó el
cable submarino, de cuatro tijeretadas sobre algunas varas de tul ó
de _satén_, entretenimiento que tomaban y suelen tomar por lo serio
nuestros hombres de Estado y nuestra prensa grave.
Pasaron así algunos años, al cabo de los cuales se fué observando que
el tiempo hacía los mismos estragos en la cara de la condesa que en sus
salones; es decir, que éstos dejaban de revestirse con el lujo y la
frecuencia de costumbre, á medida que aquélla se marchitaba.
Poco á poco fueron disminuyendo en número las fiestas, y llegó un
día en que dejaron éstas de ser periódicas, y se convirtieron en
extraordinarias, en casos raros.
En este período fué cuando la de Rocaverde, como si quisiera
reconcentrar las débiles fuerzas de sus recursos agonizantes, según
la fama, para consagrarlas á un solo objeto de más fácil logro, se
dedicó, con la saña propia de una beldad en ruinas, á quemar fuera de
su casa los últimos fuegos de su esplendor. Por eso la hemos visto,
según Isabel y la marquesa, luchando con la elegancia de la primera, y
conquistando el supuesto amante de la segunda; brillo y adoraciones que
el tiempo la iba negando.
Á esta misma época pertenece la reunión á que vamos á asistir como
espectadores el lector y yo; fiesta trabajosa, como preparada con las
rebañaduras de la antigua abundancia, y decidida entre angustias de
bolsillo y exigencias de acreedor.
No por eso ofrecía su casa aquella noche triste aspecto: había rodado
por ella demasiado la abundancia, para que no quedara en días de apuro
algo con que cubrir las apariencias.
En cuanto á la concurrencia, se componía, como siempre, de lo mejor de
la «buena sociedad» madrileña.
Allí estaba la encanijada solterona aristocrática, verdadera gaviota
imponderable, envuelta en muelle plumaje de céfiros y encajes; la
robusta matrona de plateados rizos y sonora voz, égida, guía y maestra
de su pimpollo, aspirante á cortesana, fresca y delicada criatura que,
viendo del revés sus conveniencias, buscaba aquel agosto sofocante para
desarrollar sus abriles risueños; _las_ del jubilado funcionario X***,
de quienes se contaba que, puestas por su padre en la alternativa de
comer patatas y vestir con lujo, ó comer de firme y vestir indiana,
optaron sin vacilar por lo primero; la rolliza codiciada heredera de
un banquero de nota, buscando con ojos de diamantes una ejecutoria de
primera clase para ennoblecer las peluconas de su padre; la _sublime_
viuda, de rostro dolorido, que entretenía allí sus penas mientras
labraba en un claustro retirada celda para enterrarse en vida; la dama
esplendorosa y rozagante que movía un huracán con sus vestidos y muchas
tempestades con sus coqueterías; la inofensiva esclava del buen tono,
que se exhibía así por cumplir un deber de su «posición»; la pudorosa
beldad que recitaba arias de Norma y cantaba monólogos de Racine...
Pululando, culebreando, plegándose como mimbres ó irguiéndose
como alcornoques (no siempre han de ser palmeras los términos de
comparación), veíase al «distinguido» pollo, osado, enjuto y con el
emblema de su linaje hasta en los faldones de la camisa; al joven
sentimental que cantaba de tenor, y aguardando á que se lo suplicasen,
lanzaba miradas de agonía á las mujeres sensibles; al «hombre de mundo»
que cifra sus glorias en herborizar en la mies del vecino mientras
abandona la propia á la rapacidad de otros _botánicos_; al _ferviente_
demócrata, cuya sátira implacable era en cafés y en periódicos el azote
de _las clases_ de levita; pero que solía reconciliarse algunas veces
con el frac y los guantes blancos, cuando le invitaban á codearse
con la aristocracia, y, sobre todo, á cenar con ella; y por último,
cruzando los salones, ó retorciéndose el mostacho enfrente de cada
espejo, ó adoptando posturas académicas en cada esquina, al hombre
parco en saludar, de ancho tórax y pescuezo corto, de buenas carnes y
soberbia estampa, que no hablaba á nadie, pero que parecía decir á todo
el mundo: «caballeros, esto es lo que se llama un buen mozo»; hombres
felices si los hay, que al volver á casa esperan siempre oir llamar á
su puerta al discreto lacayo que les trae perfumado billete en que la
marquesa, su señora, les pide una cita y su amor.
Al paño, es decir, medio oculto entre los de una _portière_, el
literato viejo, aplaudido autor dramático que buscaba en aquel cuadro
modelos para sus caracteres, ó que gustaba de que creyesen los demás
que eso es lo que hacía; el anciano papá que devoraba un bostezo,
mientras sus hijas devoraban más afuera con los ojos otros tantos
acomodos de ventaja; el recién presentado, joven de pocas malicias y
menos resolución, que ardía en deseos de lanzarse á aquel mundo en
que recreaba su vista, y no se atrevía, porque no conocía á nadie ni
confiaba gran cosa en su travesura.
Más atrás, el hombre de Estado departiendo sobre la última sesión de
Cortes ó preparando una combinación ministerial; el flamante gobernador
de provincia, que le escuchaba á respetuosa distancia porque le debía
el destino... y quizás el frac novísimo que vestía, y que concurría
allí, según él, para dar un adiós al mundo de los placeres; según
otros, á tomar aires de importancia y un poco de escuela que implantar
en los salones del alcázar de su ínsula.
Hojeando los álbumes en los gabinetes, ó chupando los puros de la
casa en las salas de fumar, el hombre de negocios, el rico banquero,
el general encanecido en cien pronunciamientos, digo batallas, el
periodista de nota, etc., etc., etc.
Y sobre todos estos grupos, por encima de tanto personaje, dominándolo
todo, el tipo por excelencia, el hombre indispensable, la verdadera
necesidad del presente siglo en las altas regiones de la moda: _Lucas
Gómez_. Por eso su entrada en el salón era una entrada triunfal; y
aunque indigesto de faz y mal cortado de talle, saludábanle las viejas,
sonreíanle las mamás, mirábanle tiernas las solteronas y buscaban con
ansia sus lisonjas las beldades más altivas.
_Lucas Gómez_ era el cronista, el trompetero de aquellas fiestas; el
mejor y más digno cultivador de esa literatura de patchoulí que ha
fijado la reputación de ciertas publicaciones serias entre la gente
«de importancia». De él eran, y nadie se las disputaba, ciertas frases
_felices_ de «buen tono»; de él eran los _chocolates bullangueros_,
los _tés bailantes_, los colores _fanés_, los abriles _de tul_, las
pasiones _de popelina_, y tantísimos otros neologismos con que se
enriqueció la literatura _elegante_, que devoraban y devoran con
especial deleite los nobles herederos de las glorias de aquellos
grandes hombres cuyos hechos asombraban al mundo. Él, erudito de
guardarropía, con una paciencia admirable hacía la historia y describía
los mil detalles de cuanto llevaba sobre su persona cada mujer; él
restauraba á las feas llamándolas _simpáticas_; él sahumaba á las
hermosas comparándolas con el arrebol de la aurora ó con un _bouquet_
de violetas, lirios y rosas de Alejandría; él adulaba á la obesa mamá
llamándola _gentil matrona_, y mal había de andar el asunto para que
la enjuta y acartonada solterona de ojos de basilisco y hocico de
merluza, no alcanzara en sus crónicas, cuando menos, la cualidad de
_espiritual_; hacía á todos los hombres de negocios, _opulentos_; á
todos los militares, _bizarros_; á todos los periodistas, _eminentes_;
á todos los títulos de Castilla, _preclaros varones_; á todos los
artistas, _inspirados_, y á todos los gacetilleros, _populares
literatos_.
Para aquel hombre todo se subordinaba á las leyes del buen tono: hasta
la muerte; pues al gemir sobre la fresca tumba de una dama noble, no
recordaba sus virtudes, ni las fingía siquiera, sino que inventariaba
sus roperos, sus joyas, sus carruajes, sus admiradores y sus talentos
para brillar en aquel mundo que perdía en ella el mejor de sus
atractivos, el más esplendente de sus astros.
Tal era _Lucas Gómez_, el mimado y lisonjero cronista de las fiestas
del gran mundo cuyos _buffets_ le engordaban.
Pues bien: hallándose reunidos todos los enumerados y otros muchos
elementos por el estilo; estando, como si dijéramos, en pleno la
reunión, fué cuando aparecieron en ella nuestros conocidos: radiante de
satisfacción y de hermosura Isabel, descompuesta y febril la marquesa,
en babia su marido, y hecho un mártir Ramón en su postizo traje de
etiqueta.
Tres embestidas había dado aquella mañana la de Rocaverde al aderezo
consabido, y ya se disponía el joyero á enviársele, de acuerdo con el
encargo que, después de la segunda, le había hecho el vizconde, cuando
se presentó éste otra vez en la tienda con la contraorden que sabemos.
Cómo se pondría la vanidosa señora al entender que no solamente no
existía ya la alhaja en venta, sino que la había adquirido Isabel, y
por mediación del vizconde, adivínelo el lector. Todos sus talentos
de mujer de mundo, todo su _don de gentes_, toda su experiencia en
el trato de ellas, fueron necesarios para que no cometiera aquella
noche cien inconveniencias al «hacer los honores» de su casa. Iba y
venía sin tregua ni sosiego, aunque risueña y cortesana siempre, sus
ojos lanzaban fuego y su lengua era un cuchillo. Observándola bien,
había en ella, como diría un imitador ramplón de las extravagancias
de Víctor Hugo, algo del viento que zumba, algo de la pólvora que se
inflama, algo del perro que muerde... sobre todo cuando recibió á
Isabel y la vió engalanada con el fatal adorno. Centellearon sus ojos,
y al estrecharla las manos con exagerada pasión, cualquiera diría que
pulverizaba entre sus dientes las duras piedras del aderezo.
Isabel, que se gozaba en aquel martirio, hízole la presentación de su
cuñado; recibióle ella con la burla más fina y más punzante que pudo
proporcionarla su deseo de vengarse de algún modo de la hermosa dama; y
tomando de la mano al impávido lugareño, llevóle de persona en persona
á todas las de la reunión, presentándole como «un hermano político de
Isabel, que acababa de llegar de su pueblo».
Importábanle muy poco á Ramón aquellas exhibiciones ridículas, puesto
que las aprovechaba para recorrer mejor todos los rincones de la
casa en busca del objeto que á ella le había conducido: el vizconde.
Le había visto una sola vez, pero estaba seguro de que le conocería
donde quiera que le hallara. Así es que cuando la condesa, acabada la
burlesca revista, le soltó de su mano, Ramón, convencido de que el
vizconde no se hallaba aún en la casa, sólo se cuidó de elegir en ella
un punto desde el cual pudiera observar la llegada de aquél.
Y llegó, en efecto, á las altas horas, seguido de una pequeña corte de
admiradores, invadiendo el salón principal como terreno conquistado.
Conocióle en el acto Ramón, y disimulando cuanto pudo sus intenciones,
púsose sobre sus huellas y procuró no perderle de vista un solo momento.
Nada de particular observó en mucho tiempo, sino algún que otro rumor
al pasar, referente á cierto chasco dado á la condesa, y alguna que
otra mirada al adorno de Isabel; rumores y miradas que convertía al
punto en substancia la aprensiva obcecación del sencillo aldeano. Su
cuñada, entre tanto, aunque objeto, como siempre, de las atenciones
de todos, no fijaba su conversación con nadie, y el vizconde mismo no
había hecho más que saludarla, como á otras muchas personas.
Continuó la reunión con sus peripecias de carácter; y al llegar el
cansancio y el hastío, que son dos de ellas, fuéronse replegando á
las orillas muchos tertulianos que antes parecían no caber en el salón
entero ni tener, en todas las de la noche, horas suficientes para
gastar los bríos que llevaban.
De estos retirados eran el vizconde y sus amigos, que se habían
colocado á la embocadura de un gabinete. Ramón se instaló en el
gabinete mismo, ocultándole los pliegues de la cortina á las miradas
del primero, y no tardó en advertir que los calaveras, vamos á decir,
colmaban de felicitaciones y plácemes á su jefe, que éste recibía con
afectada solemnidad, como un héroe las coronas. Llamábanle «Cid de los
salones», «Sansón de toda esquivez», «rey de la reina» y otras cosas
semejantes; respondía á todas el _laureado_, que «había cumplido su
palabra»; que «las montañas más altas tienen, tanteadas de cerca, algún
sendero por el cual son accesibles», y así por el estilo.
Hasta allí, el diálogo, aunque muy malicioso é intencionado, era
soportable para el que le escuchaba afanoso detrás de la cortina; pero
bien pronto salió á relucir el nombre de Isabel con todas sus letras,
y entonces sintió Ramón una cosa dentro de sí con la cual no contaba.
Zumbáronle los oídos, y una nube sangrienta le obscureció los ojos.
Había ido á aquella casa con el único objeto de observar, y veía venir
sobre su temperamento impresionable algo que iba á poder más que su
resignación.
Tras el nombre de Isabel vinieron al diálogo las alusiones tan claras
como injuriosas, y, por último, se evocó, por el mismo vizconde, con
burla sangrienta, el de Carlos, «pacientísimo marido y predestinado
borrego».
Al oir esto, Ramón no pudo sufrir más: ciego de ira, aunque conservando
todavía una sombra de respeto al sitio en que se hallaba, cogió al
vizconde, que hablaba desde el salón, por los faldones del frac; le
metió de un tirón en el gabinete, y cuando allí le tuvo, le sacudió las
dos bofetadas más sonoras que ha oído el presente siglo.
Terciaron los circunstantes, sujetaron al agresor, y empezaron en las
inmediaciones los comentarios de costumbre: atribuyóse el lance por
unos á alguna burla hecha por el vizconde al desentonado personaje;
por otros á una disputa sobre política... por todos á todo menos á la
verdad.
Entre tanto salió Ramón á la sala, no antes que la noticia del lance;
buscó á Isabel, y al hallarla la soltó al oído un «vámonos de aquí» tan
acentuado, tan entero, tan exigente, que no la permitió ni el tiempo
necesario para avisar á la marquesa, que estaba lejos de ella.
Ya en el coche los dos, Isabel, que conocía algunos pormenores del
suceso, atribuido por el rumor á una broma de mal género que se había
querido dar á su cuñado, se atrevió á preguntarle:
--¿Y qué es lo que te ha ocurrido?
--Nada que pueda interesarte... por ahora,--respondió secamente Ramón.
No volvieron á hablar una palabra más en el trayecto que recorrieron
juntos.
Al llegar á casa, preguntó Ramón por Carlos, y supo que estaba recogido
ya. Dió las buenas noches á Isabel, y se encerró en su cuarto.
Arrojó lejos de sí el vestido opresor de etiqueta, sustituyéndole con
el suyo cómodo y holgado; comenzó á pasearse como una fiera en su
jaula, y de este modo pasó más de dos horas. Al cabo de ellas, rendido
por su propia agitación más que por el sueño, tendióse vestido sobre la
cama, y así dejó correr la noche.
¡Jamás le pareció otra más larga ni más penosa! Todo su afán era que
viniera el día para hablar con Carlos.