Una hora más tarde, y vueltos ya de paseo Carlos y Ramón, éste
bostezaba aburrido y solo en el salón que ya conocemos, mientras su
hermano despachaba un asunto urgente, de los mil que le ocurrían á
cada instante, desde que había dado á sus negocios una extensión tan
extraordinaria. De pronto apareció un criado, llevando un grande y
vistoso estuche sobre una bandeja de plata.
--¿Adónde vas con eso?--preguntó maquinalmente Ramón.
--Acaban de traerlo para la señorita,--respondió el fámulo.
Ramón, que, como buen aldeano, era curioso, detuvo á éste, cogió el
estuche, miróle por todas partes, le abrió al cabo, y entonces los
rayos de un verdadero pedregal de diamantes le hirieron la vista.
--¡Santísimo Dios!--exclamó echándose hacia atrás.
Después volvió á observar _aquello_ con mayor detención, hasta que fué
cayendo en la cuenta de lo que era.
--¡Y decir á Dios--pensó,--que por estos cuatro colgajos se habrá
pagado un dineral!
En esto observó que por debajo de una de las piezas de la alhaja
asomaban las puntas de un papel cuidadosamente plegado.
--Será la cuenta--se dijo.--Vamos á ver si asciende á tanto como las
otras dos juntas.
Tiró del papel, le desdobló... y se quedó hecho una estatua al leer en
él lo siguiente:
«Cumplo, Isabel, el más grato de mis propósitos, haciendo llegar á
sus manos el disputado aderezo, y espero verle esta noche por corona
sobre la reina de la belleza. Allí estará para recoger las prometidas
gracias, su apasionado