esta luz! Mejor: crezcan las tinieblas: ¡a mí la oscuridad! En ella es
donde se nos aparece más luminosa la conciencia. Quiero el bien, pero
no sé dónde está: mi voluntad es fuerte, pero mi razón se ofusca. Tres
nombres relampaguean ante mis ojos en la negra noche en que me agito.
¡Ángela, Juana, Inés! ¡A mi calvario me lleva mi destino y sin quejarme
subo la cruz de mis dolores! Pero vosotras, pero tú, Inés mía, ¿por
qué habéis de precederme marcando con vuestras lágrimas el camino que
han de ensangrentar mis plantas? Yo solo... sea; pero vosotras, no.
¡Ah, Dios mío, que la luz de mi conciencia se apaga: que mi voluntad
desfallece: que la desesperación se apodera de mi espíritu! Yo anhelo
el bien, y en ti lo busco. ¡Señor, ven a mí; ven, que yo te llamo!
¡Sombras que me rodeáis; espacio en que dolorido me revuelvo; tiempo
que eres para mí eternidad de congojas; y tú, silencio augusto, que por
algo compasivo me escuchas, llamad todos a vuestro Dios, que mi voz no
le alcanza! ¡Decidle que no quiero que muera mi hija; que aparte de
ella el cáliz de la amargura, y que todo lo agote entre mis labios! ¡A
mí todo..., a ella no! ¡Es tan hermosa, es tan buena, es tan pura!...
¡Ella no! ¡Ella no, Dios mío! (_Deja caer la cabeza sobre la mesa y
llora amargamente. Pausa_).
ESCENA VI.
DON LORENZO, JUANA.
Aparece en la puerta de la izquierda y en ella se detiene.
DON LORENZO.
Jirones de sombra han pasado ante mis ojos. (_Pausa_). ¿Será todo esto
un sueño? No: Juana está ahí dentro; y la prueba..., la prueba...,
(_Abre el pupitre y saca un pliego_) la prueba es esta. No es un sueño
por desgracia: es la realidad implacable y terrible. Cien veces la he
leído, y no me sacio de leerla: «Te he querido como hijo aunque no lo
has sido nuestro»... ¡Aunque no lo has sido nuestro!...
JUANA.
(_Aparte y observándole_). Está leyendo..., leyendo la carta de la que
creyó madre suya. Su madre soy yo: nadie más que yo. (_Avanza, aunque
con trabajo, algunos pasos_). ¡Cuánta tristeza en su frente! ¿Hay
lágrimas en sus ojos?... ¿En sus ojos? No sé. Quizá estén en los míos
que le miran. En él o en mí están: yo veo lágrimas en alguna parte.
(_Da algunos pasos más_). ¿Llorar él? ¿Por qué? ¿Porque soy su madre?
¿Sentirá que yo sea su madre? Pero ¿qué le importa si nadie más que él
sabe mi secreto, y yo voy a morir? Sí, a morir..., a morir muy pronto.
La noche eterna y fría va penetrando hasta lo más profundo de mi ser:
algo muy negro está dentro de mí. (_Da un paso más, vacila y se apoya
en la mesa para no caer. Lorenzo se vuelve hacia ella_).
DON LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
¡Siempre ese nombre!
DON LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
Te enoja que lo sea; bien lo conozco.
DON LORENZO.
¡Que tal pienses de mí!
JUANA.
Pues si enojos no son, será vergüenza de tenerme por madre.
DON LORENZO.
¿Avergonzarme yo? Mañana sabrá todo el mundo que yo soy tu hijo.
JUANA.
¡Mañana! ¿Qué intentas? Tardo está ya mi oído, y sin duda no comprendí
lo que dijiste. (_Con espanto_).
DON LORENZO.
Dije mal. Mañana no. Es preciso que antes salgas de España, y cuando
estés en sitio seguro, porque a veces la justicia de los hombres es
muy cruel, yo proclamaré la verdad en voz alta; yo me despojaré de
un nombre que no es mío; yo devolveré riquezas usurpadas. Es ya cosa
resuelta.
JUANA.
¡Jesús de mi vida!
DON LORENZO.
Y después con Ángela y con mi pobre niña iré a buscarte.
JUANA.
¿Tú en la miseria, tú en la deshonra, tú sin más nombre que un nombre
escarnecido y manchado? Pero ¿por qué? ¿Por qué? ¿Quién te obliga a
ello? Habla, hijo mío, que me haces perder el juicio. ¿Quién?
DON LORENZO.
Mi conciencia, madre, y tu culpa.
JUANA.
Pero ¿piensas decir la verdad?
DON LORENZO.
¿Por qué me la dijiste a mí? (_Con enojo_). Si yo nada hubiese
sabido..., no tendría hoy que dar la muerte a mi hija.
JUANA.
¿Por qué?... ¡Y me lo preguntas! ¡Y no lo comprende! ¡Ingrato! (_Oculta
el rostro entre las manos y llora amargamente_).
DON LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
Porque iba a morir..., porque voy a morir..., y antes era preciso que
supieses lo que por tu felicidad hizo esta pobre mujer. Además...
quería que una vez al menos me llamases madre. Por esto..., nada más
que por esto... Porque del corazón me subía a la garganta y me ahogaba
algo, que al fin no pude contener, y tuve que decirte ¡eres mi hijo!
DON LORENZO.
Te comprendo, madre mía, y no te acuso.
JUANA.
Pero tú no piensas hacer lo que has dicho, ¿no es cierto? ¡Fuera una
infamia para con tu familia, fuera una crueldad para con esta pobre
anciana!
DON LORENZO.
Crueldad, sí; infamia, no: que con esta crueldad otras infamias borro.
JUANA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
¡Perdóname!
JUANA.
¿Dices que yo cometí una infamia? (_Asombrada_).
DON LORENZO.
Nada digo.
JUANA.
¡Pero fue por ti..., por ti..., por ti, hijo mío! (_Con voz cada vez
más ahogada. Lorenzo permanece silencioso, sombrío y sin volverse hacia
su madre_). ¡Fue por él, Dios mío, y así me paga! ¡Lorenzo!
DON LORENZO.
El mal no puede prevalecer: la obra de iniquidad se arruina bajo su
propio peso: mi sacrificio lavará tu culpa.
JUANA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
(_Acercándola a la luz, poniendo en su mano la carta y obligándola a
leer_). ¿Qué dice ahí?
JUANA.
«Perdóname y que Dios te inspire». (_Sentándose y leyendo con trabajo_).
DON LORENZO.
Pues bien, madre, la perdoné y he pedido inspiración al cielo: tus
súplicas son inútiles.
ESCENA VII.
JUANA, DON LORENZO, ÁNGELA por la derecha.
ÁNGELA.
Lorenzo, Inés te llama. (_Desde la misma puerta de la derecha y sin
penetrar en la habitación_).
DON LORENZO.
¡Ella!..., ¡mi hija!..., sí, voy... Perdóname, madre mía, volveré muy
pronto.
JUANA.
(_Deteniéndole, y en voz baja_). Ya sé que me desprecias; ya sé que me
odias...
DON LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
Pero no por mí, por ella, por esa niña... (_Incorporándose_).
DON LORENZO.
Ni aun por ella. (_Con desesperación_).
JUANA.
¡Ah! (_Cae en el sillón y se cubre el rostro con las manos. Salen
Lorenzo y Ángela_).
ESCENA VIII.
JUANA, queda con el papel en la mano.
JUANA.
¡Ni aun por ella! (_Sollozando_). Sacrifícate, Juana, por tu hijo:
renuncia a sus caricias: clávate las uñas en el pecho al verle besar
a otra mujer y llamarla madre: bebe por dentro lágrimas de amargura y
recógelas en el corazón hasta que rebose o estalle: recibe en la frente
marca infamante: consúmete de miseria y de dolor en una buhardilla
veinte años sin más dicha ni más consuelo que verle pasar a lo lejos
en su coche. ¡Ay, Dios mío, yo muero! (_Pausa: después reanimándose
un tanto_). Más..., más aún... Tú, pobre Juana, sufriendo todo lo
que he dicho; y en cambio, hazle rico, sabio, ilustre, bueno, y... a
la hora de la muerte preséntate a él, solo a pedirle un beso, solo
buscando que te diga: «¡Qué buena eres, cuánto me has querido!...», y
él no te dirá nada de eso: te mirará triste y severo..., te dirá que
cometiste una infamia..., que es preciso que él borre tu culpa...,
que tu obra es... obra de iniquidad... ¡Obra de iniquidad!... ¡Ah,
Lorenzo, hijo mío!... ¿Por qué eres tan cruel? ¿Por qué arrojas con
desprecio todo lo que a costa de mi felicidad te he dado?... ¡Mira
que me cuesta muchas lágrimas! (_Cambiando de tono, levantándose con
arranque de desesperación y viniendo a la derecha_). ¡Y mi sacrificio
habrá sido inútil! ¡Y habré perdido yo mi dicha y le habré perdido a
él! ¡Insensata, egoísta! ¿Por qué le dije la verdad? (_Pausa_). Pues
no ha de ser; no ha de ser: la obra de iniquidad no amenaza ruina
todavía, pobre visionario. ¡Yo lo negaré todo! (_Con voz apagada_).
Serás feliz, y rico, y poderoso a tu pesar. Él puso en mis manos
la única prueba. (_Tendiendo el brazo hacia la mesa en que está el
papel_). Bueno, bueno: entre su madre y su hija van a salvarle:
¡extraña coincidencia! Ella llamándole le obliga a alejarse, y yo me
quedo... Ea... Agotemos las fuerzas que me restan. Ahora me acerco poco
a poco, y entre las sombras... Así fue de oscura aquella noche en que
mi ama vino a buscarme al lecho y murmuró en mi oído: ¿quieres que tu
hijo sea rico y feliz? Y yo dudé..., y luego dije que sí... Y ahora...
Y ahora digo que sí. (_Llegándose a la mesa. Pausa_). ¿Vuelve Lorenzo?
(_Aplicando el oído_). Sí; me parece que vuelve... ¡Y me pedirá la
carta como antes me la pidió!... Vamos..., al fuego... (_Quiere andar,
pero no puede_). Oigo su voz..., me faltan las fuerzas..., no me da
tiempo... ¡Va a venir!... No..., pues yo no se la doy... Es otra vez
mi presa... ¡Ah!... Ya sé... Ya sé... Pondré dentro del sobre un papel
en blanco para que al pronto nada note... (_Ejecutando la operación
que acaba de indicar_). ¡Obra de iniquidad la llama Lorenzo! ¡Pobre
hijo mío, que a veces es inocente como un niño! Así..., así..., lo dejo
donde estaba..., y este a las llamas... Oigo su voz siempre... pero aún
no viene... Quizá antes de que venga..., sí..., sí..., ya puedo... A
las llamas..., a las llamas. (_Arroja el papel al fuego y se inclina
para verlo arder_). ¡Llama es ya! Su resplandor ilumina el rostro de
mi antigua señora. (_Viendo un retrato que hay en la pared_). Mira,
mira, ya es ceniza; y era la única prueba. ¿La única? No: otra queda,
pues quedo yo; pero muy pronto seré ceniza también. (_Pausa_). Ahora
me voy a mi cuarto... (_Dando unos pasos_). Dios mío, me faltan las
fuerzas... (_Haciendo un esfuerzo y dando unos pasos más_). Pero le
he salvado..., será rico..., feliz... No veo..., no veo... Esa luz se
apaga... ¿Se apaga ella o la de mis ojos? (_Se acerca a la mesa, coge
la vela y de nuevo intenta marchar_). ¡Luz!... ¡Luz!... ¿Dónde está
mi cuarto? ¡Sombras!..., ¡todo sombras! ¡Ay de mí!... ¡Dios mío!...
¡No puedo..., no puedo! (_Deja caer la luz: solo queda iluminada la
habitación por el reflejo rojizo de la chimenea. Ella cae también
detrás de la mesa_).
ESCENA IX.
JUANA, DON LORENZO, INÉS, ÁNGELA, DUQUESA.
Los cuatro últimos por la derecha. Lorenzo entra como huyendo de su
hija: esta se detiene en la puerta. Viene vestida de blanco: detrás de
ella y medio ocultas por el cortinaje, Ángela y la Duquesa.
DON LORENZO.
(_Viniendo al centro del escenario_). ¡No más! ¡No más! ¡Es la última
prueba! La última, sí; pero, ¡ay!, que mi voluntad vacila.
ÁNGELA.
(_Aparte a Inés_). Síguele, no le dejes: cederá.
INÉS.
¿Por qué huyes de mí, padre mío?
(_Avanza algunos pasos, muy pocos: detrás de ella Ángela y la Duquesa.
Es preciso dar a esta escena todo el carácter fantástico que en sí
tiene, para que el efecto corresponda a la idea del drama. Don Lorenzo
está en el centro del proscenio manifestando con su actitud, en sus
ademanes y en su entonación, que sostiene una última y desesperada
lucha consigo mismo. Inés, bella y poética, se aproxima lentamente a
su padre: siempre la siguen Ángela y la Duquesa, vestidas de negro,
inspirándola cuanto dice. Juana agoniza. El despacho está envuelto en
grandes sombras: el reflejo de la chimenea ilumina de lleno a Inés_).
DON LORENZO.
¡Allí está la tentación! Pero ¡qué hermosa es! ¡Qué aureola de divina
belleza la circunda! ¡Única luz entre tanta sombra!
ÁNGELA.
(_Aparte a su hija_). ¿Lo ves? Ya no acierta a resistir... Ruégale...,
ruégale, Inés mía.
INÉS.
(_Avanzando_). ¡Ven a mis brazos!
DON LORENZO.
(_Retrocediendo_). ¡Ay de mí si los ciñe a mi cuello como dulcísimo
dogal!
JUANA.
(_Aparte con voz apagada_). Un dogal al cuello... Tiene razón...
INÉS.
¡Por Dios santo, padre mío, por el amor que me tienes; por las lágrimas
de estos ojos que cuando yo era niña tanto querías y tanto besabas!
(_Llevándose las manos al rostro, retirándolas después, y dándoselas a
besar a su padre_). ¡Mira, mira y cómo se desprenden de mis párpados!
Mis dedos las recogieron al caer, bésalas y sentirás en tus labios su
amargura.
DON LORENZO.
Sí: las besaré..., las besaré..., pero ¡ay, si una sola de las mías
cayese en los tuyos!
JUANA.
(_Aparte_). ¡Caer!... Han dicho caer... ¡Yo también caigo en abismo sin
fondo! Pero antes..., antes... quiero abrazar a mi hijo.
INÉS.
¡Padre! (_Lorenzo retrocede. Inés, Ángela y la Duquesa le siguen_).
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
JUANA.
¡Han dicho Lorenzo! Allí..., allí... veo algo... (_Avanzando_).
DON LORENZO.
No..., no..., digo mil veces que no... ¡Queréis envilecerme!
INÉS.
Y tú, padre mío, ¿quién lo creyera? ¡Quieres mi muerte! Y si no, ¿por
qué te opones a este amor que es mi vida?
DON LORENZO.
Yo, Inés mía..., no..., la duquesa..., la duquesa es.
ÁNGELA.
No es cierto. La duquesa cede.
DON LORENZO.
¡A precio de deshonra!
DUQUESA.
No es cierto, Inés: a trueque de silencio.
INÉS.
Lo estás oyendo, padre mío.
DON LORENZO.
(_Separándose de ellas, rechazándolas y retrocediendo_). ¡Solo oigo
voces que me piden mi conciencia!... ¡Solo veo sombras que entre
las sombras me persiguen! Fantasmas del espacio..., engendros de la
tentación..., ¡dejadme!... ¡Dejadme por Dios vivo; que si sois fuertes
para atormentarme el corazón, sois débiles, muy débiles, para torcer mi
voluntad!
JUANA.
¡Su voz!... ¡Lorenzo!... ¡Lorenzo!... (_Llegando a él y abrazándole_).
DON LORENZO.
¡Madre! (_Abrazándola también_).
INÉS.
(_Amparándose de Ángela_). ¿Qué voz es esa? ¿Quién es esa mujer? ¿Qué
sombra brotó de las tinieblas y ciñó a mi padre con sus brazos? ¡Tengo
miedo!
DON LORENZO.
¡Juana!... ¡Madre mía!
INÉS.
¡Su madre! ¿Por qué la llama su madre?
DON LORENZO.
Porque es mi madre, y porque... he de decirlo.
JUANA.
¡Yo! ¿Su madre yo? ¡Jesús, qué idea!... ¡Bien quisiera... serlo!
DUQUESA.
¿Oye usted..., oye usted lo que dice?
ÁNGELA.
¡Lo niega!
DON LORENZO.
¡Lo eres! (_Con violencia_).
JUANA.
¡Ah..., pobre Lorenzo mío! (_Con risa forzada_). ¡Hijo de mi alma! (_Al
oído, y abrazándole_).
DON LORENZO.
¡Por la tuya, que repitas en voz alta lo que me dices al oído!
JUANA.
Yo..., al oído... ¿Pues qué te dije? ¡Ser su madre!... ¡Qué mayor dicha!
DON LORENZO.
¡Ah!... ¿Lo niegas? (_Con furor_).
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
¿Niegas que eres mi madre? (_Con creciente furor_).
JUANA.
¿Y cómo no?
DON LORENZO.
¡De mí renegaste al nacer yo, y vuelves a renegar a la hora de tu
muerte! (_Con horrible desesperación_).
JUANA.
(_Abrazándose a él, y formando los dos un grupo tan estrechamente
unido, que es imposible en la oscuridad conocer si se abrazan ambos, o
si en su furor la estrecha Lorenzo contra sí_). ¡Hijo de mis entrañas!
(_Con voz moribunda, al oído_).
DON LORENZO.
¡Eso..., eso!... (_Ya delirante_).
JUANA.
¡Yo muero!
DON LORENZO.
No..., madre mía.
DUQUESA.
¡Jesús mil veces! ¡Ese hombre va a matarla!... ¡Socorro! (_Corriendo
hacia la puerta de la derecha_).
ÁNGELA.
¡Eduardo!... ¡Tomás!
DON LORENZO.
¡Madre!... ¡Madre!...
JUANA.
No... Dios mío... No..., ¡eso no!
ESCENA X.
DON LORENZO, INÉS, JUANA, ÁNGELA, DUQUESA, DON TOMÁS, EDUARDO.
Los dos últimos, por la derecha con luces. Todos acuden y procuran
separar a Lorenzo de Juana.
DON TOMÁS.
¡Vamos!... ¡Vamos!...
DON LORENZO.
¡Madre mía!... ¡Perdón!... ¡Perdón! Si no quieres no te llamaré
madre... ¡Madre mía!
JUANA.
A... diós...
DON LORENZO.
¡¡Juana!!
JUANA.
(_Haciendo un esfuerzo horrible, se levanta como herida en el corazón
por el nombre de Juana, y cae_).
DON TOMÁS.
¡Muerta!
DON LORENZO.
¡No..., no es posible! (_Abrazándose a su madre_). Para matarla la
llamé ¡madre!..., y el último grito que oyó de mis labios... fue
¡Juana! ¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué la castigas así, y por qué me
abandonas?
FIN DEL ACTO SEGUNDO.
ACTO TERCERO.
La misma decoración de los actos anteriores.
ESCENA PRIMERA.
DON TOMÁS, después un CRIADO.
DON TOMÁS.
Todo en calma. Ni se oye el llanto de Inés, ni ruge la cólera de
Lorenzo. Calma precursora de nueva tempestad. (_Pausa_). Momentos hay
en que dudo y vacilo. Él..., él..., mi buen amigo, mi pobre Lorenzo...
Esta idea no me da punto de reposo. En fin, muy luego sabremos la
verdad: entretanto valor, y cumplamos para con esta atribulada familia
deberes sagrados que nadie con mejor deseo que yo ha de cumplir.
CRIADO.
Un caballero a quien acompañan dos... que..., vamos..., yo no sé si lo
son..., aunque su traje... En fin, ese caballero me ha dado para usted
esta tarjeta, y allá fuera esperan todos.
DON TOMÁS.
(_Mirando la tarjeta_). ¡Ah! ¡El doctor Bermúdez! Que pase, que pase...
CRIADO.
¿Y los otros dos?
DON TOMÁS.
Que esperen. (_Sale el Criado_). A medida que se aproxima el momento
crece mi ansiedad y crecen mis dudas. ¡Pobre Ángela, qué golpe! ¡Pobre
Inés!... ¡En qué estado de excitación nerviosa se halla la desdichada
niña! ¡Qué lucidez en su mirada! ¡Qué claridad en sus juicios! Nadie
le explicó lo que ocurre... y yo creo que lo sabe todo; y adivina lo
que no sabe, y sospecha lo que no adivina. No: esta situación no puede
prolongarse más: afrontemos la realidad por triste que sea.
ESCENA II.
DON TOMÁS, DOCTOR BERMÚDEZ, después dos loqueros vestidos decentemente,
pero dando a conocer en su fisonomía y en sus maneras que no son lo que
aparentan.
DON TOMÁS.
¡Doctor!... (_Saliendo al encuentro, y dándole la mano_).
DOCTOR.
¡Don Tomás!...
DON TOMÁS.
Puntual como de costumbre.
DOCTOR.
No, vengo con alguna anticipación..., para dejar convenientemente
instalados a esos dos...
DON TOMÁS.
Sí, sí, comprendo.
DOCTOR.
Los he hecho vestir de manera que don Lorenzo no sospeche..., porque
como solo se trata de esas precauciones generales...
DON TOMÁS.
Ya, ya..., muy bien. Es preciso caminar con prudencia. Rapto de furor;
verdadero rapto de furor, como dije a usted, solo ha tenido uno; el de
la otra noche. Pudiera ser que yo me equivocase...
DOCTOR.
Mucho lo celebraría..., y usted lo celebraría también.
DON TOMÁS.
¡Ay, amigo mío, estoy que no sé lo que me pasa! En fin, su ciencia de
usted, su práctica, su profundísima penetración han de sacarnos de
dudas.
DOCTOR.
¡Usted me lisonjea! Estando usted...
DON TOMÁS.
No cuente usted conmigo, doctor; no estoy para nada: me declaro
incompetente: se trata de mi mejor amigo: casi de un hermano. Además,
siempre me ha parecido... Usted conoce mi escuela: entre la razón y la
locura no hay una línea divisoria...
DOCTOR.
Evidente, evidente; y todos los sabios tienen algo...
DON TOMÁS.
Cabal; la excitación del cerebro pasa de cierto límite y...
DOCTOR.
Justo. Veremos, veremos lo que puede hacerse por don Lorenzo. Conque
esos dos chicos...
DON TOMÁS.
Fácil ha de ser inventar cualquier historia: serán los testigos... o se
le dirá que vienen con el escribano... Cualquier cosa. El pobre Lorenzo
no está para fijarse en estos pormenores.
DOCTOR.
¿Y dónde esperan?
DON TOMÁS.
Ahí dentro. (_Señalando la puerta de la izquierda_).
DOCTOR.
(_Asomándose al fondo_) ¡Eh! ¡Braulio! ¡Benito! (_Entran los dos
loqueros algo cortados y mostrando en sus ademanes toscos y torpes lo
que son_).
DON TOMÁS.
Entren ustedes ahí en ese gabinete: si son ustedes necesarios ya se les
avisará, y entretanto, quietos. (_Los loqueros saludan y entran por la
izquierda_). Desde que murió Juana no ha vuelto a entrar Lorenzo en esa
habitación. (_A Bermúdez_). En cerrando la puerta... (_La cierra_).
DOCTOR.
(_Mirando el reloj_). Vuelvo en seguida: antes de que llegue el
escribano estoy aquí. Voy... muy cerca...
DON TOMÁS.
¿Una visita?
DOCTOR.
Sí: un caso muy bonito de locura. (_Ángela entra por el fondo y se
detiene al ver a Bermúdez_). ¿Es?... (_Aparte a Tomás, indicándole con
la mirada a Ángela_).
DON TOMÁS.
Sí: la esposa. No hable usted con ella.
DOCTOR.
Hasta luego. (_Aparte a Tomás_). Señora... (_Saludando. Sale por el
fondo_).
ESCENA III.
ÁNGELA, DON TOMÁS.
Ángela sigue con la vista a Bermúdez; después mira hacia el gabinete en
que entraron los loqueros.
ÁNGELA.
¿Quién es ese que sale? ¿Quiénes son dos hombres que vinieron con él?
DON TOMÁS.
Cálmese usted, Ángela. Todo se arreglará. Estas son precauciones, pero
necesarias, porque, ¿quién sabe?, puede tener Lorenzo otro rapto de
furor como anteanoche; y por ustedes, por él mismo...
ÁNGELA.
No, Tomás, no diga usted eso.
DON TOMÁS.
¿No recuerda usted, Ángela, con qué frenesí estrechaba entre sus brazos
el cuerpo moribundo de la pobre Juana? Ahora que nadie nos oye, y en
confianza, yo creo que él... fue... la causa determinante...
ÁNGELA.
¡Tomás, Tomás!
DON TOMÁS.
Por lo menos apresuró su muerte: y ¿no vio usted cómo en su delirio él
mismo se acusaba? No nos forjemos ilusiones: fue un verdadero ataque
de...
ÁNGELA.
(_Llorando_). ¡Lorenzo! ¡Lorenzo mío!
DON TOMÁS.
Y la crisis puede volver porque hoy...
ÁNGELA.
Sí, ya sé lo que se propone... ¡Ay, Tomás, qué desgraciados somos! ¡Qué
desgraciado es mi pobre Lorenzo!
DON TOMÁS.
¿Qué hace ahora?
ÁNGELA.
Está muy en calma: escribe, pasea..., quiere estar con Inés y conmigo
como si la soledad le espantase. Hace poco me miró con tristeza, pero
con cariño, me besó en la frente y me dijo «¡Pobre Ángela!».
DON TOMÁS.
No contradecirle.
ÁNGELA.
No señor: en todo le damos la razón.
DON TOMÁS.
¿Y sigue en sus trece?
ÁNGELA.
¡Ay, sí señor! De cuando en cuando pregunta qué hora es: se impacienta
porque el escribano no viene y murmura con voz sorda: «Mal que pese al
mundo entero he de cumplir mi obligación».
DON TOMÁS.
¡Qué hombre! ¡Qué carácter!
ÁNGELA.
Tomás, por Dios santo, que no me engañe usted. ¿Usted cree que
Lorenzo?... ¡No puedo, no puedo pronunciar esa horrible palabra!
DON TOMÁS.
Yo nada creo todavía. Veremos, Ángela: veremos, mi buena amiga.
Precisamente para salir de una vez de esta insufrible ansiedad hice
venir al doctor Bermúdez: un alienista de primer orden.
ÁNGELA.
¡Pero si es imposible!... ¡Si digo que es imposible!
DON TOMÁS.
Ojalá acierte usted, y no debemos perder la esperanza; pero
¿imposible?... ¡Ah, la razón humana es tan poca cosa!
ÁNGELA.
¡Ay, mi esposo de mi alma! No..., no quiero..., ¡no ha de ser! (_Con
desesperación_).
DON TOMÁS.
Vamos, Ángela, juicio, valor; por aquella pobre niña, por Inés al
menos. Y ¿quién sabe todavía? Veremos qué explicaciones da Lorenzo, qué
pruebas presenta...
ÁNGELA.
¡Qué pruebas ha de presentar el desdichado mío, si a la misma Juana
moribunda le oí yo repetir: «No..., no..., no eres mi hijo», mientras
él, frenético, delirante, estrechándola en sus brazos, pugnando por
arrancar de aquel cuerpo, ya casi muerto, una confesión imposible,
la llamaba «¡Madre!» con el grito estridente de la demencia! No me
consuele usted: es inútil: yo sé que nuestra desventura es inevitable.
DON TOMÁS.
Harto lo temo.
ÁNGELA.
¿Y aquel modo de recibir a la duquesa? Él, tan cortés siempre; siempre
tan fino...
DON TOMÁS.
Tiene usted razón: aquel día lo comprendí yo todo; pero nadie se
resigna cuando la fatalidad le hiere tan de repente.
ÁNGELA.
Y adorando, como adora, a su hija, ¿quién hace lo que él pretende hacer
hoy?
DON TOMÁS.
Nadie, Ángela, nadie, no habiendo perdido el juicio.
ÁNGELA.
¿Y usted le ha dicho a Bermúdez?...
DON TOMÁS.
Todo no: fuera peligroso; pero lo bastante para que nos dé su opinión.
ÁNGELA.
¿Y cuál es?
DON TOMÁS.
No he de ocultarle a usted...
ÁNGELA.
¡Inútil, Tomás, inútil!... ¡Si yo sé bien que no hay remedio!
DON TOMÁS.
Con un buen régimen; separado de aquellas personas que, por lo mismo
que son para él tan queridas, con su presencia han de irritar de
continuo su exagerada sensibilidad...
ÁNGELA.
¡Tomás!...
DON TOMÁS.
En un buen establecimiento de España o del extranjero...
ÁNGELA.
¡Qué..., qué!..., ¿qué quiere usted decir?... ¿Separarlo de nuestro
lado?... ¡Llevárselo! ¡A él..., a él! ¡No, jamás, soy su esposa! ¡No lo
consiento!
DON TOMÁS.
La presencia de Inés estimula su delirio.
ÁNGELA.
Y la ausencia de su hija será su muerte.
DON TOMÁS.
Ahogó entre sus brazos a aquella pobre mujer.
ÁNGELA.
No, Tomás, no: en eso no tiene usted razón: en los brazos de Lorenzo no
corre peligro la pobre Inés. ¡Es su hija!
DON TOMÁS.
Y él pensaba que Juana era su madre.
ÁNGELA.
No ha de ser, Tomás: no ha de ser. ¿Por qué en vez de atormentarme no
busca usted alivio para mis penas?
DON TOMÁS.
¡Ángela!
ÁNGELA.
Verdad es, mi buen amigo, que no es fácil hallar consuelos para mi
dolor.
DON TOMÁS.
Los hay en todo dolor humano, por grande que sea.
ÁNGELA.
Menos en este.
DON TOMÁS.
En este, más que en todos; y si no, discutamos a sangre fría.
ÁNGELA.
¿Y cómo, cuando la fiebre nos abrasa las venas?
DON TOMÁS.
Óigame usted. Si lo que afirma Lorenzo fuese verdad; si presentara
pruebas terminantes...
ÁNGELA.
Entonces mi Lorenzo no habría perdido la razón: nosotros seríamos los
ciegos y desatentados. ¡Oh, qué dicha!
DON TOMÁS.
No tanta, porque entonces les esperaba a ustedes la miseria, la
deshonra, la muerte...
ÁNGELA.
¡Calle usted, Tomás!
DON TOMÁS.
La muerte digo, además de la miseria, porque Inés moriría. En cambio si
la desgracia de Lorenzo es cierta....
ÁNGELA.
No siga usted..., no quiero pensar en tales cosas.
DON TOMÁS.