Pues piense usted en Inés; y con el pensamiento en ella sepa usted,

Ángela, que estas heridas son, triste es decirlo, pero fuerza es

confesarlo, horribles, sí; mortales, no; que solo es mortal para la

juventud lo que destruye el porvenir; no lo que precipita en la nada lo

pasado.

ÁNGELA.

¡Por Dios, Tomás!...

DON TOMÁS.

De la desgracia de Lorenzo depende la felicidad de Inés: no lo

olvidemos.

ÁNGELA.

Cúmplase la voluntad de Dios, pero no despierte usted en mí ideas que

antes me espantan que me consuelan.

ESCENA IV.

ÁNGELA, DON TOMÁS, DON LORENZO por la derecha.

DON LORENZO.

(_Aparte_). ¿Pero dónde dejé yo la llave? ¡Ah, mi cabeza!... Y el

escribano vendrá muy pronto..., y en aquel pupitre guardé la carta:

bien me acuerdo: sí..., hace dos días..., cuando mi madre...

DON TOMÁS.

¡Pobre Ángela! ¡Terrible es la prueba! (_Sin ver a Lorenzo_).

DON LORENZO.

¿Cómo?... ¿Qué dicen? ¡La prueba, sí: de la prueba hablaban! (_Con

inquietud y buscando la llave del pupitre sobre la mesa_).

ÁNGELA.

Terrible es, muy terrible caminar entre dos abismos... Lorenzo a un

lado... Inés a otro... Tiene usted razón.

DON LORENZO.

(_Con enojo y en voz alta_). ¡La he perdido!

DON TOMÁS.

(_Volviéndose, aparte_). ¡Desdichado, pienso que sí!

ÁNGELA.

¡Lorenzo!

DON LORENZO.

¡Ah!... ¿Estabais?... (_Con mirada recelosa y como si no los hubiera

visto antes_).

ÁNGELA.

¿Qué buscas?... Nosotros te ayudaremos. (_Con dulzura_).

DON LORENZO.

¿Vosotros?... No. ¿Para qué? Yo solo.

ÁNGELA.

Pero di al menos ¿qué has perdido?

DON LORENZO.

Todo: hasta el amor de los míos. ¡Mira si puedo perder más!

ÁNGELA.

No, Lorenzo, no lo creas.

DON LORENZO.

Al fin..., la llave... ¡Gracias al cielo! (_Aparte, con desconfianza_).

Y estaba puesta..., puesta... (_Abre con ansiedad el pupitre y coge el

pliego que dejó Juana_). ¡Ah! ¡Aquí está!... Se me ha quitado un peso

de encima... (_Leyendo_). «Para Lorenzo». Este es el pliego.

ÁNGELA.

(_Acercándose_). ¿Encontraste lo que buscabas?

DON LORENZO.

Sí. (_Tomás se acerca también_).

ÁNGELA.

¿Qué papel es ese? (_Lorenzo se preparaba a sacar el pliego de su

sobre; pero al ver que Ángela y Tomás se acercan, lo mete en el

pupitre, echa la llave y se la guarda_).

DON LORENZO.

Uno muy importante. (_Con cierta desconfianza y mirándolos con

recelo_). ¿Para qué queréis saberlo?

ÁNGELA.

No te enfades, Lorenzo mío. Perdóname si he sido indiscreta.

DON LORENZO.

¡Perdonar yo! Yo soy quien ha menester vuestro perdón. Por mí, por mi

culpa, ¡vais a ser tan desgraciadas!

ÁNGELA.

No digas eso: no lo seremos nunca siendo tú dichoso.

DON LORENZO.

Y yo ¿podré serlo no siéndolo tú; no siéndolo mi Inés de mi vida?

ÁNGELA.

Lo será también.

DON LORENZO.

Imposible: porque ¿sabes tú cuál es mi pensamiento?

ÁNGELA.

Ya me lo explicaste. ¿No lo recuerdas?

DON LORENZO.

(_A Tomás_). ¿Y tú?

DON TOMÁS.

También.

DON LORENZO.

¿Y lo aprobáis?

ÁNGELA.

(_Con dulzura_). Bien hecho estará lo que tú hagas.

DON LORENZO.

(_A Tomás_). Y tú, ¿qué dices?

DON TOMÁS.

Lo mismo.

DON LORENZO.

¡Lo mismo! (_Pensativo_). ¡Qué conformidad! ¿Sabéis que hice llamar a

un escribano?

ÁNGELA.

Lo sabemos.

DON LORENZO.

(_Mirando a los dos_). Lo sabéis. ¿Y sabéis que he de hacer que levante

acta notarial y en toda forma de mi declaración y de mi renuncia?

ÁNGELA.

Sí, Lorenzo mío.

DON LORENZO.

Para que luego el juez provea a lo que en derecho procede. ¿No es

cierto?

DON TOMÁS.

Es natural.

DON LORENZO.

(_A Ángela_). Y tú, ¿qué dices?

ÁNGELA.

(_Con voz llorosa_). Si estos bienes que hoy disfrutamos no te

pertenecen..., bien haces.

DON TOMÁS.

Si el nombre que llevas no es tuyo, preciso será que a él renuncies.

ÁNGELA.

Y en todo caso tu voluntad es ley.

DON LORENZO.

¡Pero ley tiránica..., impía!... ¿No es verdad?

ÁNGELA.

Ley que yo acato como la mejor.

DON LORENZO.

(_Inquieto, nervioso, casi irritado_). ¿Y no resistes? ¿Y no lucháis?

DON TOMÁS.

Tu conducta es la de un hombre honrado. En rigor no podías hacer otra

cosa.

DON LORENZO.

¡Qué sumisión tan inverosímil! ¡Qué docilidad tan extraña! ¡Qué cambio

tan repentino! Me estáis mintiendo... ¡Digo que me estáis mintiendo!

(_Con violencia_).

ÁNGELA.

¡Por Dios, Lorenzo!

DON TOMÁS.

(_Aparte_). ¡Ah, no hay esperanza! La demencia invade como negra ola su

cerebro.

DON LORENZO.

(_Calmándose_). En fin, mejor es así. (_Pausa. Con ternura y

acercándose a Ángela_). ¿Dónde está Inés?

ÁNGELA.

¡Pobre hija mía!

DON LORENZO.

¿No la defiendes contra mí? Pues, sin embargo, esa es tu obligación.

(_Con dulzura_).

ÁNGELA.

¡Ay, Lorenzo! ¿Qué puede contra ti esta infeliz mujer? Tu voluntad se

templa en la lucha y en la desgracia: la mía cede hasta besar el polvo.

DON LORENZO.

Tienes razón: es irresistible mi voluntad cuando el deber me inspira.

¿Y qué dices a todo esto? (_A Tomás_).

DON TOMÁS.

Que así será.

DON LORENZO.

Así es. (_Pausa_). ¡Pobre Ángela!... ¿Y sabes tú lo que vamos a hacer,

firmada que sea el acta y entregada la prueba?

DON TOMÁS.

¿Tienes una prueba?

DON LORENZO.

¿No lo sabías? (_Aparte con extrañeza_). (Pues de ella hablaban cuando

yo entré.) Sí, la tengo: evidente, irrecusable, clara como la luz,

aunque es negra como la noche y la traición.

ÁNGELA.

Cálmate, Lorenzo.

DON TOMÁS.

¿Y cuál es?

DON LORENZO.

Una carta de mi madre..., de aquella mujer que se llamaba madre mía.

ÁNGELA.

(_Aparte_). ¡Dios mío! ¿Será verdad?

DON LORENZO.

Su firma, su letra..., y está allí..., en mi poder.

DON TOMÁS.

(_Aparte_). ¡Ah! Si así fuese...

DON LORENZO.

Pues bien, entregada la prueba, tú (_a Ángela_) y la pobre Inés, y

yo saldremos al momento de esta casa..., de esta casa que ya no será

nuestra, y de la que hoy mismo la ley tomará posesión hasta que acudan

los herederos de Avendaño. (_Animándose gradualmente_). Y en tanto

nosotros, sin recursos, sin nombre, sosteniendo en nuestros brazos una

hija moribunda, porque Inés morirá, tú me lo aseguras (_a Tomás_),

iremos solos, solos y desesperados... No, dije mal. Blasfemé. Iremos

con la honra entera, con la conciencia tranquila, alta la frente, y

Dios con nosotros. ¿Qué me importa que todos me abandonen si Él me

acompaña?

ÁNGELA.

Tu voluntad es ley, Lorenzo... (_Abrazándole_). Antes lo dijeron mis

labios: ahora te lo dice mi corazón.

DON TOMÁS.

(_Aparte_). Si la prueba existe..., este hombre... es un santo. Pero,

¡ay!, que si no existe, mi pobre Lorenzo es un demente.

CRIADO.

(_Anunciando_). La señora duquesa y el señorito Eduardo.

ÁNGELA.

Que pasen. (_A Tomás_). ¿Usted les avisó?

DON TOMÁS.

(_Aparte a Ángela_). Hablé con ellos anoche. La duquesa me prometió

venir, y ya lo ve usted, cumple su palabra.

DON LORENZO.

No he de verlos..., quiero estar o solo... o con vosotros..., no más.

Adiós, Ángela mía.

ÁNGELA.

Adiós, Lorenzo.

DON LORENZO.

(_Mirando el reloj_). ¡Qué tardo marcha el tiempo! (_Se dirige a la

puerta de la derecha. Tomás le acompaña_). ¿Avisaste a los testigos?

(_Al llegar a la puerta_).

DON TOMÁS.

Dos esperan ya, y otro vendrá más tarde.

DON LORENZO.

¿Quiénes son?

DON TOMÁS.

No los conoces: son amigos míos.

DON LORENZO.

Y míos ¿por qué no?

DON TOMÁS.

Pensé que los míos lo eran tuyos.

DON LORENZO.

(_Le mira un momento_). Y lo son. (_Aparte_). ¡Ah! ¡Esta conformidad!

¡Hubiera preferido... que me resistieran..., que luchasen!...

ESCENA V.

ÁNGELA, DUQUESA, EDUARDO, DON TOMÁS.

ÁNGELA.

Duquesa...

DUQUESA.

¡Señora!... (_Saludándose cariñosamente_).

ÁNGELA.

¡Siempre tan buena con nosotros!...

DUQUESA.

No podía negar a ustedes en trance tan cruel el consuelo de una

amistad verdadera. Dios ha querido que por distintos modos la misma

desgracia venga a herirnos. (_Esta última frase, en voz baja señalando

a Eduardo_).

ÁNGELA.

Pero ¿cuál es el nombre de la desgracia que a mí me hiere? No lo sé.

EDUARDO.

Pues ha llegado el momento de averiguarlo: ¿se llama miseria y

vergüenza, y muerte de Inés, o se llama?...

ÁNGELA Y DUQUESA.

¡Eduardo!

EDUARDO.

Perdóname, madre mía: todos nos debemos hoy la verdad. Tú lo has dicho:

«Transigiré con la desgracia de don Lorenzo por el amor que te tengo,

por el amor que me tienes; nunca transigiré con su pública deshonra:

nunca, ni aun a precio de tu vida». De mi vida, madre, ¿no es esto?

DUQUESA.

(_Con tono triste, pero enérgico_). Sí.

EDUARDO.

(_Dirigiéndose a Ángela_). Pues bien, señora, sepamos el nombre de la

desgracia que a usted la hiere: ¿se llama deshonra, o se llama locura?

Este es el problema y es preciso resolverlo. Si don Lorenzo dice

verdad; si su juicio está firme; si presenta pruebas de lo que asegura,

respetemos su cruel virtud. Pero si, como yo creo por mil indicios

que casi constituyen evidencia, un velo eterno cubre su mente y para

siempre apagose la luz de su razón, entonces defienda usted, Ángela,

—es en usted obligación sagrada—, el nombre que lleva, su posición

social, su fortuna, la misma honra de don Lorenzo contra sus propios

delirios, y, ¿por qué no decirlo?, la felicidad y la vida de Inés.

No deje usted tan altos intereses y tan caros objetos a merced de un

demente.

DUQUESA.

¡Eduardo!

EDUARDO.

La palabra es dura, pero al fin había de pronunciarse. Sepamos de

una vez si esta batalla de honras y vidas, en que don Lorenzo nos ha

empeñado, es lo que parece o lo que temo; y en suma, si el heroico

sacrificio del implacable sabio es locura o santidad.

DUQUESA.

Basta, Eduardo. (_Ángela se sienta en el sofá y llora amargamente. La

Duquesa se acerca a ella_).

DON TOMÁS.

(_A Eduardo_). La dicha de esta familia como si fuera mi propia dicha

me interesa. Lo que usted propone está previsto, y la ley y la ciencia

resolverán.

DUQUESA.

Que Dios los ilumine a ustedes. (_A Ángela_). Vamos, señora: valor,

conformidad. ¿Dónde está Inés?

ÁNGELA.

¿Quiere usted verla?

DUQUESA.

Sí.

ÁNGELA.

Venga usted. (_A Tomás_). Y usted también. Quiero que la vea. Tres días

hace que solo la fiebre le da fuerzas... ¡Ah, mi hija..., mi hija se

muere!

DON TOMÁS.

¡Pobre niña! (_Salen Ángela, la Duquesa y Tomás_).

ESCENA VI.

EDUARDO.

EDUARDO.

¡Y dudan todavía! ¡Qué ceguedad! ¡Y no comprenden que el bueno de don

Lorenzo a fuerza de buscar, no la razón de las sinrazones como el

andante caballero, sino la razón de todas las razones que han inventado

los sabios, concluyó por perder la única que a Dios plugo darle, que

fue la razón natural! ¡Oh! No ha de ser: no he de permitir yo que

sacrifiquen la vida de Inés a las extravagancias de un pobre loco.

ESCENA VII.

EDUARDO, INÉS.

Sale agitada, y como huyendo, del gabinete de la izquierda, que fue

donde entraron los loqueros.

INÉS.

¿Quiénes son esos hombres, quiénes son?

EDUARDO.

¡Inés de mi vida! ¡Qué pálida estás! ¡Qué círculo cárdeno orla tus

divinos ojos! (_Saliéndole al encuentro_).

INÉS.

Pero respóndeme: ¿quiénes son?, ¿a quién esperan? ¡Que se vayan!

(_Acercándose con precaución a la puerta que quedó abierta y

mirando: Eduardo procura traerla al proscenio_). ¡Hay en ellos algo

siniestro!... Mi padre, ¿dónde está mi padre? Buscándole entré en ese

gabinete por el salón, y los he visto..., y no los quiero ver, y no

puedo apartar de ellos los ojos.

EDUARDO.

Pero ¿qué tienes?... ¿Por qué no me miras? ¿Por qué huyes de mí? Inés,

Inés, ¿te pesa nuestro amor?

INÉS.

(_Viniendo al proscenio_). ¡Nuestro amor! Tú sabes que es mi vida; pero

¡ay, Eduardo! ¡A qué terrible prueba ha querido Dios someterlo! Tú no

comprendes esto. ¡Dicha suprema es para mí tu amor, y la esperanza

de tu amor aun mayor dicha! Mayor, mucho mayor; que en él está el

presente, que en ella está todo el porvenir. Y sin embargo, Eduardo

mío, la esperanza es un crimen en tu pobre Inés: un crimen. ¿Se

comprende crueldad semejante? Lo que a ningún ser humano se le niega,

me niega a mí el destino. Yo era ayer una niña; mi pensamiento flotaba

risueño en un limbo blanco y transparente, como vaporosa neblina entre

rayos de luna: hoy es plomo, según pesa: hoy es lava, según arde. ¡Si

vieras qué cosas tan horribles me dice en el silencio de la noche!

Y esos pensamientos no son míos; no es mi voluntad quien los forja:

vienen yo no sé de dónde: yo los rechazo; pero ellos vuelven: y primero

me acosan con quejidos que dicen «¡Pobre padre tuyo!», y luego me

hostigan con voces de tentación que murmuran: «Inés..., Inés... ¿Quién

sabe?... Aún puedes ser feliz: tu amor es aún posible: espera...,

espera..., pobre niña». ¿Comprendes tú nada más horrible —porque esto

debe ser el ángel malo— que oír dentro de una misma la voz de Satanás,

de él que nada espera, hablando de esperanzas?

EDUARDO.

Vuelve en ti, Inés mía.

INÉS.

(_Acercándose a Eduardo_). ¡Tengo remordimientos!

EDUARDO.

¿De qué?

INÉS.

Yo no sé: yo no he hecho nada malo. ¡Padre mío!

¡Pobre padre mío!

EDUARDO.

Ángel de mi vida, ¡Inés de mi alma! Cálmate, cálmate, yo te lo ruego.

INÉS.

Mira, Eduardo, quisiera morir.

ESCENA VIII.

DON LORENZO, INÉS, EDUARDO.

Don Lorenzo entra por el fondo y se detiene al oír a Inés.

DON LORENZO.

(_Aparte_). ¡Morir ha dicho!

EDUARDO.

¿Tú morir? No, Inés, eso no; no digas eso.

INÉS.

¿Por qué? Si no muero de dolor; si llego a ser dichosa, he de morir de

remordimiento.

DON LORENZO.

(_Aparte_). ¡De remordimiento! ¡Ella! ¡Si llega a ser dichosa! ¿Qué

nueva fatalidad flota en el aire y está pesando sobre mi frente?

¡Remordimiento!... ¡Ya sorprendí al pasar otra palabra más! Cruzo

salones y galerías, y voy de una a otra parte, espoleado sin cesar por

insufrible angustia, y oigo frases que no comprendo, y fíjanse en mí

ojos que dicen algo que no comprendo tampoco, y unos lloran, y otros

sonríen, y nadie se me opone, y todos o me huyen o me observan... ¿Qué

es esto? ¿Qué es esto? (_En voz alta_).

INÉS.

(_Yendo a él y abrazándole_). ¡Padre mío!

DON LORENZO.

¡Inés! ¡Qué pálida estás! ¿Qué dolorosa contracción hay en tus labios?

¿Por qué finges sonrisas que han de terminar en sollozos?... ¡Qué

hermosa en su dolor! ¡Y todo es culpa mía!

INÉS.

No, padre.

DON LORENZO.

¡Qué cruel soy! ¡Ah!, tú lo piensas, aunque no lo dices.

EDUARDO.

Es un ángel Inés, y no caben pensamientos rebeldes en ella; pero ¿quién

al verla sufrir no ha de pensarlo y no ha de decirlo?

DON LORENZO.

Nadie: tiene usted razón.

EDUARDO.

Pues si yo la tengo, no la tiene usted. (_Con energía_).

DON LORENZO.

Yo la tengo también. Hay algo más pálido que la pálida frente de la

doncella enamorada; hay algo más triste que las tristes lágrimas de

esos divinos ojos: hay algo más cruel que la sonrisa de esos labios, y

algo más trágico que la muerte del ser querido.

EDUARDO.

¿Y qué otras palideces, y qué otras lágrimas, y qué otras tragedias son

esas? (_Con violencia y desdén_).

DON LORENZO.

¡Insensato! (_Cogiéndole por un brazo_). ¡La palidez de la culpa, las

lágrimas del remordimiento, la conciencia de la propia infamia!

EDUARDO.

¿Y es infamia y remordimiento y culpa hacer la felicidad de Inés?

DON LORENZO.

(_Con desesperación_). ¡No debía serlo!... ¡Pero lo es! (_Pausa_). ¡Y

ese es mi tormento! ¡Y esa idea es la que ha de volverme loco!

INÉS.

¡No, padre mío; no digas eso! Sigue tu camino sin pensar en mí. ¿Qué

importa que yo viva o que yo muera?

DON LORENZO.

¡Inés!

INÉS.

Pero no vaciles..., y sobre todo que nadie te vea vacilar: que tu

palabra sea clara y persuasiva como lo es ahora: que el enojo no te

ciegue... Calma, calma, padre mío. ¡Por Dios te lo pido!

DON LORENZO.

¿Qué dices?... ¡No comprendo!...

INÉS.

¿Acaso sé yo lo que digo?... Adiós... Adiós... No quiero afligirte.

EDUARDO.

¡Ay, si escuchara usted a su corazón, si hiciera usted callar a su

pensamiento! (_A Lorenzo_).

INÉS.

Déjale... Ven conmigo..., no le hostigues... o harás que te aborrezca.

(_A Eduardo_).

DON LORENZO.

¡Pobre niña!... ¡También ella lucha, pero también ella vence! ¡Por

algo es hija mía! (_Con arranque de supremo orgullo. Inés y Eduardo se

dirigen al fondo: al pasar por delante de la puerta del gabinete ve

Inés a los loqueros y hace un movimiento de horror_).

INÉS.

¿Qué visión siniestra pasa ante mi vista?... ¡Aquellos hombres!... No,

padre, no entres ahí.

EDUARDO.

¡Ven..., ven, Inés mía!

INÉS.

(_A su padre_). No..., no... Yo te lo ruego.

DON LORENZO.

(_Dirigiéndose hacia ella_). ¡Inés!

INÉS.

¡Aquellos hombres! ¡Aquellos!... Mira. (_Extendiendo el brazo hacia el

gabinete. Don Lorenzo se detiene y mira también: en este instante los

loqueros, al oír gritos, asoman por entre los cortinajes la cabeza_).

EDUARDO.

(_Llevándose a Inés_). ¡Por fin!...

ESCENA IX.

DON LORENZO, BRAULIO, BENITO.

Breve pausa.

DON LORENZO.

¿Quiénes podrán ser? Pasen ustedes. (_Los loqueros entran con cierta

timidez: hablan con frases cortadas y secas_).

BRAULIO.

Don Tomás...

DON LORENZO.

(_Aparte_). Ya comprendo.

BENITO.

Nos dijo que esperásemos ahí...

DON LORENZO.

Dispensen ustedes: yo no sabía...

BRAULIO.

No hay de qué.

DON LORENZO.

(_Aparte_). Extraño aspecto en verdad. Pero, siéntense ustedes.

BENITO.

Gracias.

BRAULIO.

Estamos bien de cualquier modo.

DON LORENZO.

No puedo consentir...

BRAULIO.

Usted se empeña...

BENITO.

Si el señor lo manda, mejor se espera así. (_Se sientan ambos en el

sofá: don Lorenzo queda en pie_).

DON LORENZO.

(_Aparte_). Algo siniestro se refleja en esas miradas, o es que la mía

refleja los relámpagos que cruzan por mi espíritu. (_Los observa de

nuevo con atención. En voz alta_). Inés fue la que al pasar los vio a

ustedes y la que me previno...

BRAULIO.

Sí, una señorita muy bella.

BENITO.

Pero muy triste.

BRAULIO.

Parecía una Dolorosa. (_A cada contestación que dan los loqueros, que

debe ser, como queda dicho, cortada y seca, guardan silencio, por

decirlo así, repentino; permaneciendo rígidos e inmóviles y mirando

hacia el frente con cierta vaguedad_).

DON LORENZO.

Se asustó al verlos a ustedes y vino huyendo: no lo extrañen; la pobre

está muy enferma..., y es casi una niña...

BRAULIO.

(_Con cierta sonrisa vaga y como de idiota_). Siempre nos sucede lo

mismo en las casas.

DON LORENZO.

(_Aparte, con extrañeza_). ¡En las casas!

BENITO.

(_Fijando su vista casi por primera vez en don Lorenzo, y después

volviendo a mirar de frente_). Será la hija de ese pobre señor, ¿eh?

DON LORENZO.

¿De quién?

BENITO.

(_Sin mirarle_). Del que está... (_Hace un movimiento, llevándose la

mano a la frente, pero sin mirar a don Lorenzo. Don Lorenzo hace a la

vez otro movimiento de sorpresa que solo el actor puede interpretar

debidamente. Como ninguno de los loqueros le mira, no pueden

observarlo_).

DON LORENZO.

(_Aparte_). ¡Ah!... ¡No!... ¡Qué idea! (_En voz alta y dominándose_).

Justo. Inés es la hija de... (_Desde este momento Lorenzo los observa

con creciente ansiedad_).

BENITO.

¡Qué hermosa es! Pero ¡qué triste está!

BRAULIO.

¡Ya! Motivos tiene para estar triste.

DON LORENZO.

¿Ustedes saben?...

BRAULIO.

Todo. (_Mirando otra vez a don Lorenzo y luego separando la vista_).

DON LORENZO.

¿Don Tomás les ha dicho?...

BENITO.

¿A nosotros? No.

BRAULIO.

Él habló con el doctor.

BENITO.

¿A nosotros? ¿Con qué objeto? Nosotros en cumpliendo con nuestra

obligación...

DON LORENZO.

(_Aparte_). (Siento un sudor frío, como sudor de muerte por todo

mi cuerpo. Yo deliro... Nada de esto es verdad). (_Repitiendo

maquinalmente_). Con su obligación...

BRAULIO.

Nosotros en estando a la mira por si se desmanda...

DON LORENZO.

Por si se desmanda... ¿Quién?

BRAULIO.

¡Él!

DON LORENZO.

(_Retrocede unos pasos, mirándolos con terror: se pasa la mano por la

frente como para desechar una idea: retrocede más, vacila y se apoya

en la mesa. Después habla con voz opaca, muy baja y cortando las

palabras_). ¿Conque ustedes lo saben todo?

BRAULIO.

Casi todo.

BENITO.

Como hace tanto que esperamos, hemos oído las conversaciones de los

criados.

DON LORENZO.

¿Y ellos?...

BRAULIO.

De pe a pa. Parece que anteanoche tuvo don Lorenzo un ataque. Usted lo

sabrá mejor que nosotros.

DON LORENZO.

Sí. (_Con voz cada vez más apagada y más sombría_).

BENITO.

Dícese que ahogó a una pobre anciana. (_Lorenzo hace un movimiento de

horror y de nuevo se cubre el rostro con las manos_).

BRAULIO.

¡Vaya con el hombre! ¡Bien empieza! Y claro... Siempre sucede lo

mismo... La familia...

DON LORENZO.

¡La familia! (_Separando las manos, dando unos pasos como movido por

una sacudida eléctrica, mirándolos con suprema ansiedad y hablando con

voz sorda_).

BRAULIO.

¡Pues! La familia..., es natural... Como que dicen que quería regalar

toda su fortuna; ¡qué sé yo cuántos millones! ¡Diablo de loco! Nada: lo

mejor es lo que han dispuesto: fuera, fuera. Nos lo llevamos y quedan

las señoras tranquilas.

DON LORENZO.

¿A mí?... ¡¡Ellas!!... ¿Ángela?... ¿Inés?... ¡No!... ¡No!...

¡Imposible! (_Retrocede de nuevo hacia la izquierda. Solo el talento

del actor puede interpretar estos gritos desgarradores_).

BRAULIO.

(_Volviéndose hacia don Lorenzo. Aparte_). Pero ¿qué tiene este señor?

Mira..., mira... (_A Benito. Ambos loqueros se incorporan un tanto y se

inclinan hacia la izquierda, mirando con curiosidad a don Lorenzo: debe

estudiarse con cuidado el grupo que formen dichos personajes_).

DON LORENZO.

¡Aire!... ¡Luz!... No..., ¡luz no! ¡Tinieblas!... ¡No quiero ver!...

¡No quiero pensar! (_Cae en el sillón y hunde la cabeza entre las

manos_).

BENITO.

¡Toma!... ¿Si yo creo que es?...

BRAULIO.

¡Buena la hicimos!

BENITO.

¡Quién pensara!...

BRAULIO.

Volvámonos a nuestro escondite.

BENITO.

¡Y chitón! No digamos nada. (_Se levantan y con mucha precaución y

observando a don Lorenzo sin cesar, se dirigen al gabinete_).

BRAULIO.

Claro: ni una palabra. Nos mandaron que ahí; pues ahí. No debimos

movernos.

BENITO.

Como se oían gritos y llantos... (_Llegan a la puerta, se detienen y

miran a don Lorenzo, que sigue en la misma actitud. Un criado entra

por el fondo, pasa rápidamente y sale por la derecha_). Déjale...

Déjale... Mientras esté tranquilo... (_Entran en el gabinete y cierran

la puerta_).

ESCENA X.

DON LORENZO, DON TOMÁS con el CRIADO por la derecha.

DON LORENZO.

¡Dios mío! ¡Aparta el cáliz de mis labios!... ¡No puedo más, no puedo

más!... ¡Si es que no puedo más! (_Solloza con desesperación_).

¡Me hiciste creer en ellas, me hiciste amarlas!... ¡Y ellas, las

traidoras!... ¡No!... ¡No! ¡Señor, me has dado la vida, quítamela,

pronto... pronto!... ¡Mira, Dios mío, que me asalta horrible tentación

de arrancar con mis propias manos la podrida vestidura de mi carne!

¡Morir..., quiero morir!... ¿Lo ves?... ¡De rodillas te lo pido!...

¡De rodillas!... ¡Sé bueno!... ¡Sé compasivo!... ¡La muerte!... ¡La

muerte!... ¡La muerte a mí, pálida mensajera de tu amor! (_Cae de

rodillas junto al sillón, y apoyándose en él, dobla la cabeza y oculta

el rostro en las manos_).

DON TOMÁS.

(_En voz baja al Criado_). ¿Vienen ambos?

CRIADO.

(_Lo mismo a Tomás_). Sí señor, el escribano y el doctor Bermúdez.

(_Don Tomás y el Criado se detienen en el centro al reparar en don

Lorenzo, que sigue de rodillas y sollozando_).

DON TOMÁS.

¡Infeliz! (_Dando un paso hacia don Lorenzo: luego se arrepiente y se

dirige al fondo_). ¿Para qué? Terminemos pronto. (_Salen don Tomás y el

Criado_).

ESCENA XI.

DON LORENZO, después DON TOMÁS y el DOCTOR BERMÚDEZ.

Pausa.

DON LORENZO.

¡Ya estoy más tranquilo! ¡La herida es mortal! ¡La siento... aquí en el

corazón! ¡Gracias, Dios bueno! (_Don Tomás y el doctor entran por el

fondo y se detienen observando a don Lorenzo_).

DON TOMÁS.

Mírelo usted, allí..., junto al sillón.

DOCTOR.

¡Desgraciado!

DON LORENZO.

(_Levantándose y aparte_). ¡Ah, ser miserable! Todavía..., todavía...

acariciando esperanzas imposibles... ¿Imposibles?... ¿Y si ellas

creen de buena fe que yo?... ¡Ah, si me amasen, no lo creerían! (_Con

desesperación. Pausa_). Yo le oí a Inés..., a la hija de mi alma...,

decir: «¡Remordimientos!» ¿Por qué decía remordimientos? (_Con

agitación creciente y hablando en voz alta_). ¡Todos..., todos...

miserables!... Casi se alegrarían de que yo muriese... No..., no moriré

hasta cumplir mi obligación de hombre honrado; hasta dar desenlace a mi

locura.

DON TOMÁS.

(_Poniéndole una mano en el hombro_). Lorenzo.

DON LORENZO.

(_Volviéndose, y al reconocerle retrocediendo con disgusto_). ¡Él!

DON TOMÁS.

Te presento al señor de Bermúdez, uno de mis mejores amigos. (_Pausa.

Don Lorenzo mira a los dos de un modo extraño_).

DOCTOR.

(_A Tomás en voz baja_). Vea usted cómo procura dominarse: él tiene

conciencia vaga de su situación: no me queda duda.

DON LORENZO.

Uno de tus mejores amigos..., uno de tus mejores amigos.

DOCTOR.

(_Aparte a Tomás_). Se le escapa la idea y se afana por retenerla.

DON LORENZO.

Pues si es uno de tus mejores amigos, de su lealtad me responde la

tuya. (_Con ironía_).

DOCTOR.

O locura o santidad · 第 4 / 5 段