INÉS.
¿Qué dices?... ¡Padre!... ¡Imposible!
DON LORENZO.
¡Imposible, sí!... ¡Porque no soy Avendaño; porque mis padres no eran
mis padres; porque esta casa no es mi casa; porque no puedo darte, hija
de mi alma, más que un nombre escarnecido y manchado; porque soy el más
infeliz de los hombres y no quiero ser el más miserable!
INÉS.
¡Padre, padre!... ¿Por qué me matas? (_Cae en el sofá_).
ÁNGELA.
¿Qué has hecho, insensato?
DON LORENZO.
¡Inés!... ¡Inés!... ¡Venciste, Dios mío, pero ten compasión de mí!
(_Todos rodean a Inés_).
FIN DEL ACTO PRIMERO.
ACTO SEGUNDO.
La misma decoración del acto anterior. Es de noche. La chimenea está
encendida: hay una vela con pantalla sobre la mesa de despacho.
ESCENA PRIMERA.
EDUARDO.
Aparece escuchando a la puerta de la derecha; después viene al centro.
EDUARDO.
Nada se oye. ¿Habrá vuelto en sí? ¡Oh, Dios mío, y en esta vida, qué
cerca de la vida está la muerte! (_Pausa_). ¡Y piensan que he de
renunciar a mi adorada Inés! ¡Suponen que yo he dar crédito a esa
ridícula historia que don Lorenzo refiere! ¡Pobre sabio!, ¿qué sabe él
lo que se dice? (_Breve pausa_). Y aun siendo cierto lo que afirma,
¿dejaría de ser Inés la más hermosa y la más amante de las mujeres?
Será mía aunque tenga que arrastrarme a los pies de mi madre y regarlos
de lágrimas: cederá don Lorenzo aunque tengamos que ponerle una mordaza
y una camisa de fuerza; y esa pobre mendiga, que con sus delirios
contagió al desatentado filósofo, se irá de aquí, se irá lejos, muy
lejos de nosotros. ¡Con tal que Inés resista el golpe que recibió de
su padre! (_Acercándose otra vez a la puerta y escuchando_). Nada...,
nada: silencio, siempre el mismo silencio. (_Volviendo al centro del
escenario_). Su padre... ¡Ah, su padre! Dios me perdone, pero casi le
aborrezco. (_Exaltándose por grados_). ¡Insensato, y cómo se complacía
en torturarla! ¡Su padre, sabio sin seso, ateo con pujos de santidad,
nuevo don Quijote con el ingenio de menos y la pedantería de más, falso
caballero Bayardo de la honradez! ¿Qué padre es ese que desgarrando
el corazón de una hija pretende ganar reputación de virtud? ¡Fuera la
virtud así, y me pareciera más simpático el crimen! Nadie viene..., y
pasan las horas... Alguien se acerca.
ESCENA II.
EDUARDO, DUQUESA por la derecha.
EDUARDO.
¡Madre mía!... ¿Inés, cómo está Inés?... ¿Ha vuelto en sí?
DUQUESA.
Al fin, a Dios gracias. ¡Pobre niña! No he querido marcharme hasta que
pasara el peligro; pero ya está bien. Y ahora, hijo mío...
EDUARDO.
Ahora he de verla.
DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
Y después hemos de hablar a don Lorenzo; y después...
DUQUESA.
Y después has de concluir con mi paciencia. He hecho por ti cuanto el
decoro, la dignidad y los respetos sociales me han permitido, y algo
más; pero ha llegado el instante de que te muestres hombre, de que
recuerdes quién eres, y de que escuches la voz del deber.
EDUARDO.
Bien dices: haré lo que hacer deba; pero no sé, y perdóname, madre mía,
si entendemos el deber del mismo modo.
DUQUESA.
Debes renunciar a Inés para siempre.
EDUARDO.
¿Por qué? ¿Porque es pobre?
DUQUESA.
No es eso.
EDUARDO.
Entonces ¿por qué, madre mía? ¿Porque don Lorenzo intenta tan sublime
acción que, si la realiza, ha de eternizarse su nombre en libros y en
historias, y hasta quién sabe si alcanzará puesto en el calendario?
DUQUESA.
Buen humor gastas, y no es esta mala señal.
EDUARDO.
Quiero probarte que conservo toda mi sangre fría. Y por lo demás, a don
Lorenzo hay que tomarle en broma, o hay que encerrarle en una casa de
orates.
DUQUESA.
No digas esas cosas, Eduardo: no me gusta que hables de ese modo.
Aunque hay algo de exagerado, no poca precipitación, y cierto alarde
melodramático en los proyectos de don Lorenzo, no puede desconocerse
que su conducta es la de un hombre de bien.
EDUARDO.
Porque se goza en la desventura de su hija.
DUQUESA.
Porque cumple leyes divinas sin respeto a pasiones humanas.
EDUARDO.
Pues si tan honrado es don Lorenzo y el brillo de acciones nobles se
hereda, rico en nobleza heredada viene a ser el ángel de mi vida.
DUQUESA.
Y rico en heredada deshonra también. (_En voz baja con energía, y
acercándose a su hijo_). Inés no tiene un nombre bueno o malo que
llevar, porque se ignora cuál es el de su padre, y el de esa mujer está
en los infames registros de una casa de corrección por delito de robo.
EDUARDO.
¡Calla!
DUQUESA.
Ser nieta de una humilde nodriza, cómplice de usurpación de estado
civil, es el bello ideal de esa pobre niña, si lo que don Lorenzo
afirma es cierto. Será tal vez exceso de orgullo aristocrático rehusar
tan noble alianza, pero así me han hecho las que tú, educado a la
moderna, consideras rancias preocupaciones.
EDUARDO.
Pues bien, madre. Yo amo a Inés.
DUQUESA.
Loco estás, hijo mío.
EDUARDO.
Locura dicen que es el amor; conque no es maravilla que lo esté.
DUQUESA.
Sí, lo estás, y a mí misma me haces perder el juicio.
EDUARDO.
¿Prefieres perderme a mí?
DUQUESA.
Basta, Eduardo: salgamos de esta casa donde en mal hora entraste por
vez primera.
EDUARDO.
Pero dime; ¿no es Inés un ángel?
DUQUESA.
Ángel del cielo me pareció la pobre niña al llegar; ángel de dolor, al
dejarla.
EDUARDO.
¿No confiesan todos que don Lorenzo es un sabio, y no dices tú que es
un santo?
DUQUESA.
Injusticia fuera negarle clarísimo talento y honradez intachable.
EDUARDO.
¿Luego no está el mal en ellos?
DUQUESA.
No lo está.
EDUARDO.
Pues el escándalo ¿no puede evitarse? (_Acercándose a su madre, y
en voz muy baja_). ¿Quién conoce esa desdichada historia, verdadera
o falsa, que más falsa que verdadera me parece? Nosotros..., y
callaremos. Don Tomás, y es como de la familia. Esa infeliz mujer, y en
breves horas un eterno silencio sellará sus labios. Don Lorenzo, y al
fin es padre y hará por su hija lo que tú no quieres hacer por mí. ¡Oh,
madre mía!, ¿a qué buscar la desesperación y la muerte cuando está la
dicha en nuestras manos?
DUQUESA.
Pero ¿lo ves, desdichado? ¿Ves cómo el contacto del crimen pervierte
los más nobles caracteres? ¿No conoces que me propones una infamia, que
me quieres hacer cómplice de una felonía? Dios mío, ¿qué han hecho de
mi hijo que tales cosas dice y tales ideas acaricia?
EDUARDO.
Pero ¿quién habla de infamias ni quién propone felonías? ¿Es que
don Lorenzo nos hace a todos perder la razón, o es que te deleita mi
martirio?
DUQUESA.
Pero ¿no hablabas de evitar el escándalo con el silencio?
EDUARDO.
Sí.
DUQUESA.
¿Pues entonces?...
EDUARDO.
Escucha, madre, lo que yo dije o lo que quería decir. Si la historia de
don Lorenzo es cierta, que lo dudo, se busca con sigilo y con cautela a
los legítimos herederos de esa maldecida fortuna, y de ella se les hace
donación en cualquier forma.
DUQUESA.
Pero ¿con qué pretexto?
EDUARDO.
Para pedir no fuera fácil encontrarlo; para dar no temas que nos falten
y todos han de parecer igualmente buenos al que reciba.
DUQUESA.
Pero Inés llevará un nombre que no le pertenece.
EDUARDO.
Llevará el mío, que vale por todos.
DUQUESA.
¡Ah, en eso razón tienes! Pero don Lorenzo...
EDUARDO.
Déjale en paz, que harto tiene que hacer con sus filosofías. Pensemos
en nosotros, y piensa que todo, todo puede arreglarse si tú consientes.
Una palabra tuya da la vida a la pobre Inés: nueva vida me da, que
con tu crueldad me arrancabas la que me diste con tu amor; devuelve
la dicha a esta infeliz familia; y sin escándalo, ni ostentación, ni
aparatoso alarde pasan a sus legítimos dueños las usurpadas riquezas.
¿Dónde están aquí la infamia y la felonía?
DUQUESA.
Me fascinas, Eduardo, no sé qué decirte; pero una voz interior me
advierte que esto no es lo justo ni lo recto; que la ficción nunca es
preferible a la verdad; que en don Lorenzo, a pesar de sus delirios,
triunfa el deber; que en ti, a pesar de tus argucias, la pasión triunfa.
EDUARDO.
Pero ¿por qué? Contéstame.
DUQUESA.
No sé discutir contigo, Eduardo.
EDUARDO.
Lo que no sabes es quererme.
DUQUESA.
¡Que no te quiero! ¡Cruel! ¡No lo crees tú al decirlo, pero el corazón
se me oprime al escucharlo!
EDUARDO.
Pues cede.
DUQUESA.
¡Hijo mío, por Dios!
EDUARDO.
Vas a ceder, bien lo veo: tu frente está pálida: en tus ojos hay
lágrimas: tiemblan tus labios. (_Con voz cariñosa_). Es que ya se
agitan para decirme que sí; ¿y por qué no? En lo que yo he pensado
¿hay alguna cosa que no armonice por manera absoluta con ese ideal de
perfección moral que tú y don Lorenzo acariciáis? ¿Hay en mi plan algo
malo?
DUQUESA.
Sí, Eduardo.
EDUARDO.
¡Será tan poco! ¡Un átomo, una sombra, un escrúpulo! ¿Y no merezco yo
la pena de un pecadillo venial? Busca en el pueblo, a quien a veces
tratas con harto desdén y del que te separa como abismo profundo tu
aristocrática educación, busca una madre y pregúntale si por la vida
de su hijo no ahogaría en un grito de amor todos esos refinamientos de
conciencia.
DUQUESA.
¡Es que lo que otra madre haga soy yo capaz de hacerlo! (_Con
apasionado arranque_).
EDUARDO.
(_Abrazándola_). ¡Gracias, gracias, madre mía!
DUQUESA.
Pero...
EDUARDO.
Lo has dicho, lo has dicho. (_Sin dejarla hablar_). Y además tal vez
nada de esto sea necesario. ¿Quién nos asegura que la historia de don
Lorenzo es cierta? ¿Qué pruebas materiales hay? Ninguna, que sepamos.
El dicho de una mujer que agoniza y delira. ¿Y esto basta?
DUQUESA.
No, en verdad.
EDUARDO.
Pues ni aun esto tenemos: porque todavía don Tomás no ha podido
interrogar a Juana. ¿Sabemos si ella lo dijo o si don Lorenzo lo soñó?
¡Ah, la cabeza de don Lorenzo no está segura!
DUQUESA.
No lo está, no.
EDUARDO.
¡Qué exaltación, qué extravío!
DUQUESA.
Yo pensé que se había vuelto loco.
EDUARDO.
Y lo estará. Estos sabios concluyen por locos todos ellos. El mismo don
Tomás reconoce, la misma Ángela confiesa que don Lorenzo no discurre
como otros hombres.
ESCENA III.
LA DUQUESA, EDUARDO, ÁNGELA por la derecha.
ÁNGELA.
Por Dios, señora, no nos deje usted todavía. Inés quiere verla; la
llama a usted anegada en llanto: usted es su único consuelo.
DUQUESA.
¡Pobre niña!
ÁNGELA.
Dejó el lecho sin que pudiéramos evitarlo, porque su agitación nerviosa
es tal que infunde miedo, y quiso venir a buscar a usted, pero le
faltaron las fuerzas. Vaya usted, por Dios, duquesa, a consolar a mi
hija: a usted que es madre cariñosa, otra madre muy desgraciada se lo
ruega.
EDUARDO.
¿Y le vas a decir que todavía hay esperanza, que todo depende de don
Lorenzo, no es verdad?
ÁNGELA.
¡Cómo! ¿Será cierto? ¡Ah, señora! (_Se acerca a la Duquesa y le coge
las manos con efusión_).
EDUARDO.
Sí, yo le explicaré a usted... (_A Ángela_). Conviene que hable usted
al alma a su esposo.
DUQUESA.
Pero... (_Eduardo sin atender a su madre se separa a un lado con
Ángela, y los dos hablan en voz baja_). ¡Este Eduardo, este hijo mío
(_Aparte_) hace de mí cuanto quiere! ¿Qué le digo yo a la buena señora,
si él asegura que ya estoy conforme?... ¡Ah, qué cabeza!... Y la niña
es hermosa como un ángel y simpática como ninguna. ¡Pobre Inés! Y don
Lorenzo posee..., o poseía una fortuna regia... ¡Ah, grandezas y
vanidades humanas!
ÁNGELA.
Comprendo... Comprendo. (_A Eduardo: después se vuelve a la Duquesa_).
¡Cómo le agradezco a usted tanta bondad! Lleve usted pronto la buena
nueva a mi pobre Inés: yo entretanto procuraré que Lorenzo consienta, y
consentirá. Sí: es preciso. O no tiene corazón, o ha de consentir.
EDUARDO.
Vamos, madre.
DUQUESA.
(¡Cómo ha de ser!)
EDUARDO.
¡Qué buena eres! (_Salen por la derecha la Duquesa y Eduardo_).
ESCENA IV.
ÁNGELA, DON LORENZO, este último por la izquierda.
DON LORENZO.
Ahí mi madre que expira..., y allá aquel pedazo de mi alma... ¿Qué
hacer, Dios mío? (_Se dirige lentamente a la puerta de la derecha, pero
en el momento de entrar, Ángela le cierra el paso_).
ÁNGELA.
¿A dónde vas, Lorenzo?
DON LORENZO.
A ver a mi hija.
ÁNGELA.
Imposible... Ya volvió en sí y tu presencia pudiera causarle mucho mal;
tanto, por lo menos, como el que tus palabras le causaron.
DON LORENZO.
Es que yo quiero verla.
ÁNGELA.
Es que no debes verla; y ya que en ti el deber siempre impera, no
por mi voluntad, que nada es ante la tuya, por tu propia y reflexiva
voluntad (_Con ironía_) respetarás el solitario llanto de la pobre Inés.
DON LORENZO.
Tienes razón. (_Pausa. Vienen los dos al centro del escenario_). ¡Hija
de mi alma! ¿Qué dice de mí?
ÁNGELA.
Nada.
DON LORENZO.
¿No me acusa?
ÁNGELA.
No sé lo que en el fondo de su alma murmurará el dolor.
DON LORENZO.
¡Ser yo su verdugo! ¡Yo destruir todas sus esperanzas! ¡Haber
desgarrado yo su corazón!
ÁNGELA.
Conciencia perfecta tienes de tu obra, Lorenzo. Menos malo, si a la
reparación te ayuda el remordimiento.
DON LORENZO.
¡Desdichado de mí!
ÁNGELA.
¡Tú desdichado! La desdichada es ella, no tú, que en la contemplación
de tus perfecciones morales y altas virtudes encontrarás de seguro
goces inefables y divinos consuelos. (_Con ironía_).
DON LORENZO.
¡Qué mal me juzgas, y qué mal me comprendes!
ÁNGELA.
¡Juzgarte mal, y admiro humildemente los frutos de tu santidad! ¡No
comprenderte! En esto sí que dices bien, que seres superiores, como
tú, no están al alcance de pobres inteligencias como la mía. (_Con
sarcasmo_).
DON LORENZO.
Tus palabras, Ángela, se me clavan como agudos puñales en el corazón.
ÁNGELA.
¿En el corazón? ¡Imposible!
DON LORENZO.
Pero ¿qué querías que hiciese? Habla, aconseja, resuelve, da luz a mi
espíritu que en tinieblas se agita.
ÁNGELA.
¿Qué quería que hicieses? Lo que ahora quiero. Que salves la vida de tu
hija. Que no pongas más obstáculos a su boda. Que no irrites el orgullo
de la duquesa con brutales e inútiles revelaciones. Que no hagas
imposible con un nuevo escándalo el remedio del daño que causaste.
DON LORENZO.
En puridad; tú quieres que calle.
ÁNGELA.
Sí, que calles.
DON LORENZO.
Pero eso sería infame.
ÁNGELA.
No lo sé: siento; no discuto.
DON LORENZO.
Es que todo mi ser se subleva ante esta idea. ¡Yo, cómplice del más
repugnante de los delitos, porque es el más cobarde! ¡Yo, gozando
riquezas usurpadas, y nombres postizos, y dichas que no son nuestras
porque Dios no quiso que lo fuesen y pues Él no lo quiso no deben
serlo! ¡Inés, y tú, y yo, y todos, encharcados en el fango! ¿Es esto
lo que me aconsejas? (_Exaltándose por grados_). Entonces la virtud
es una mentira: entonces vosotras, los seres que yo más amé en el
mundo, porque en vosotras veía algo divino, sois miserables egoístas,
repulsivas al sacrificio, presas de la codicia, juguetes de la pasión:
entonces... ¡sois tierra y no más que tierra! ¡Pues si sois tierra,
deshaceos en polvo, y arrástrenos a todos el viento de la tempestad!
(_Con extrema violencia_).
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
¡Seres sin conciencia y sin albedrío son átomos que hoy se juntan y que
mañana se separan! ¡Allá va la materia, dejadla ir!
ÁNGELA.
¡Tú deliras, Lorenzo! ¡Yo no te comprendo! ¡Yo no sé lo que quieres!
DON LORENZO.
Respetar la justicia y la verdad.
ÁNGELA.
¿La verdad?
DON LORENZO.
Sí.
ÁNGELA.
¿Y la dirás en voz alta a todo el mundo?
DON LORENZO.
La diré.
ÁNGELA.
¿Y nos dejarás en la miseria?
DON LORENZO.
Ganaré vuestro sustento y el mío con mi trabajo.
ÁNGELA.
¿Ganar tú? ¡Vanidad de sabio! Pero sea. Oye, Lorenzo. Si esas riquezas
no son tuyas, devuélvelas enhorabuena. (_Lorenzo da un grito de alegría
y se acerca con los brazos abiertos a Ángela_). Ni las privaciones me
asustan, ni soy la mujer miserable y egoísta que tú pintabas ha poco.
DON LORENZO.
Ángela, mi buena Ángela, perdóname.
ÁNGELA.
¿Quieres mi perdón? ¿Quieres que siga bendiciendo, como siempre
bendije, la hora en que fui tu esposa?
DON LORENZO.
Sí.
ÁNGELA.
Pues bien; cumple como hombre honrado; pero en el silencio, con
prudencia, sin ruido, sin ostentación, sin escándalo.
DON LORENZO.
¿Y para qué? Si no querrá la duquesa, ni aun de ese modo, que Eduardo
sea el esposo de mi hija.
ÁNGELA.
Eduardo responde del consentimiento de su madre.
DON LORENZO.
No cederá.
ÁNGELA.
Cederá: es mujer; es madre. No todos alcanzan tu perfección.
DON LORENZO.
No lo creo.
ÁNGELA.
¿Es que no lo crees, o es que lo temes?
DON LORENZO.
Mas suponiendo que cediese, ¿cómo he de conservar un nombre que no es
mío?
ÁNGELA.
¡Ah miserables sutilezas, a las que sacrificas la vida de Inés!
DON LORENZO.
Un nombre, Ángela, es en la vida social...
ÁNGELA.
Un nombre es un sonido, aire que se agita, algo que pasa; ¡vanidad
humana! Y una hija es un ser que está hecho de nuestra propia carne
y de la sangre de nuestras propias venas; un ser que al brotar de la
nada recogimos en nuestro seno, y que al venir al mundo recibimos en
nuestros brazos; que nos dio su primera sonrisa y su primer beso y su
primer llanto; que vivió de nuestra vida, y fue a la par nuestro placer
más puro y nuestro más agudo dolor; un ser a quien amamos más que a
nosotros mismos, pero sin la levadura egoísta que afea todos nuestros
demás amores; único amor divino que existe en la tierra y que si el
cielo es cielo, allá tras lo azul y en el mismo Dios existirá también.
Escoge ahora, ¡impío!, entre lo que tú llamas un nombre y lo que yo
llamo una hija.
DON LORENZO.
Tus palabras me enloquecen, Ángela.
ÁNGELA.
Pues enloqueciste para tormento de Inés, ¿qué mucho que enloquezcas
para su dicha?
DON LORENZO.
Ángela..., Ángela..., en parte... sí..., tienes razón... soy un pobre
demente..., mis escrúpulos son quizá exagerados. ¡Mi hija, mi Inés, tan
buena, tan hermosa! ¡Y moriría..., sí..., moriría!...
ÁNGELA.
Al fin... ¡Lorenzo, mi buen Lorenzo!
DON LORENZO.
Pero aguarda..., no..., mis ideas se confunden... ¡un torbellino de
fuego gira dentro de mi cráneo! Sin embargo, aun así comprendo que no
basta renunciar a los bienes que poseo; es preciso que diga por qué
renuncio a ellos.
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
(_Sin escucharla y como hablando consigo mismo_). De otro modo
devuelvo materialmente bienes también materiales, es verdad; pero sin
reconocer el legítimo derecho de las personas a quienes he despojado;
restituyo, pues, traidora y cobardemente, y a la sombra de otro derecho
artificioso y vano que para comodidad mía y beneficio de mi familia yo
forjé con malas artes, lo que debí restituir en toda su integridad.
ÁNGELA.
¡Cuántas palabras altisonantes, Lorenzo!
DON LORENZO.
(_Sin atenderla_). Al conservar un nombre que no es mío soy un
miserable ladrón, es preciso decirlo por más que la palabra me queme
los labios. Robo un nombre y un derecho; privo a mis víctimas de sus
más poderosos medios de defensa contra la codicia que en cualquier
tiempo pueda despertarse en mis sucesores, y doy quizá ocasión en lo
futuro a nuevas iniquidades. ¿Lo ves?... ¿Lo ves, mujer ciega? Hay que
decir la verdad, toda la verdad, en voz alta, suceda lo que quiera.
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
Un juez, un tribunal ¿me despojaría por su sentencia solo de mis
bienes, o de mis bienes y de mi nombre a la vez? De todo, de todo, ¿no
es verdad? Pues lo que un juez hiciera debo hacerlo yo, juez de mí
mismo, o soy un miserable. Ahí tienes, ahí tienes, desdichada, lo que
me grita la conciencia. No, yo no quiero ser honrado a medias, porque
en todo aquello en que no sea enteramente honrado seré infame por
entero. ¡Ah!, estas cosas son muy claras: nada más claro que el deber.
ÁNGELA.
Pero entonces, siendo el hecho público, la duquesa no consentirá.
DON LORENZO.
No consentirá: ya te lo decía yo.
ÁNGELA.
¡Ah! ¡Lorenzo, Lorenzo; lo eres todo: filósofo, moralista,
jurisconsulto y, por de contado, hombre de bien! ¡Todo, todo...,
miserable máquina de pensar, todo menos padre!
DON LORENZO.
Quieres volverme loco, y has de conseguirlo.
ÁNGELA.
Ya no es posible.
DON LORENZO.
¿Lo estoy?
ÁNGELA.
Lo estás, y cuenta que no has llegado a lo más profundo del abismo.
Óyeme, que yo también entiendo algo en esto de la lógica: al fin soy tu
mujer. ¿Vas a decir la verdad, toda la verdad?
DON LORENZO.
Toda.
ÁNGELA.
¿A la justicia humana?
DON LORENZO.
A la justicia divina inútil me parece, que ya en este momento nos está
juzgando a los dos.
ÁNGELA.
Compréndeme, Lorenzo. Quiero decir si repetirás todo lo que nos
contaste, ha poco, al juez, al escribano, ¿qué se yo?, a los que han de
recoger estos bienes que tú abandonas y han de entregarlos a sus dueños.
DON LORENZO.
Sí, a esos.
ÁNGELA.
¿Y referirás toda la historia?
DON LORENZO.
Preciso será.
ÁNGELA.
Pues atiende. Tendrás que decir que esa mujer, tu nodriza Juana, es tu
madre.
DON LORENZO.
De ese modo lavaré la mancha que sobre ella arrojó una sentencia
inicua. Bastara esto solo para que el silencio que me aconsejas fuera
un crimen.
ÁNGELA.
Y esto solo basta para que sea un deber el silencio. ¿No ves,
desdichado, que si Juana es inocente del delito que se le imputó, es
reo de un delito mayor? ¡Usurpación de estado civil se llama! Bien
lo sabes. Falsificar la familia, que es escarnecerla y destruirla;
arrancar un inmenso caudal a sus legítimos dueños, que es algo más que
recoger del suelo un medallón; cubrir un nacimiento ilegítimo con un
nombre honrado, que es envolver en manto de armiño la podredumbre del
vicio. Si Juana es tu madre, todo esto ha hecho Juana, y en su maldad
ha persistido durante cuarenta años.
DON LORENZO.
(_Separándose de Ángela y oprimiéndose la cabeza con las manos_).
¡Calla, calla, por Dios santo!
ÁNGELA.
Eso te pido yo: ¡calla!
DON LORENZO.
¡Es mi madre!
ÁNGELA.
¿Y qué importa? Quien inmola a la hija inocente, ¿por qué ha de
respetar a la madre culpable? ¿No son superiores las leyes divinas a
las leyes humanas? ¿No es lo primero la justicia, el deber, la verdad?
¿No han de prevalecer los fueros del alma sobre las flaquezas de la
carne?
DON LORENZO.
Tienes razón; pero aun teniéndola, deliras. (_Huyendo de Ángela_).
ÁNGELA.
¿Por qué? Mira que vas siendo tan vulgar y tan débil como esta pobre
madre. ¿No exige el deber que dejes morir a tu hija? Pues muera. ¿No
exige que tú mismo arrastres a Juana moribunda al calabozo? Pues allá
con la anciana. Ya ves como yo también entiendo de estas cosas: ya ves
como tengo yo también mi lógica.
DON LORENZO.
¡Lógica del infierno!
ÁNGELA.
Y la tuya ¿de qué sublime esfera descendió?
DON LORENZO.
(_Huyendo de Ángela_). Déjame..., déjame..., no puedo más. ¡Inés de
mi alma! ¡Madre mía!... ¿Qué mal te hice, Ángela, para que así me
atormentes? (_Viene a caer ya sin fuerzas en el sillón inmediato a la
mesa_). ¡Ah, mi cabeza, mi cabeza arde!
ÁNGELA.
Lorenzo..., Lorenzo... (_Con dulzura_).
DON LORENZO.
Sí: tienes razón... Sí: soy un pobre demente... ¿Qué sé yo lo que debo
hacer?... ¡Todo es sombra! ¿Qué es la verdad, qué es la mentira?
ÁNGELA.
(_Aparte_). Fui muy cruel, pero salvé a mi hija: no hablará. (_Lorenzo
está sentado, desplomado más bien, en el sillón; tiene los brazos sobre
la mesa y en las manos oculta el rostro. Ángela se acerca a él con
cariño y le habla con dulzura_). Lorenzo, perdóname.
DON LORENZO.
¡Vete, vete por Dios!
ÁNGELA.
Quise mostrarte el abismo en que caías: quise salvar a Inés; quise
salvarte a ti de tus propios furores.
DON LORENZO.
Sí..., sí, Ángela..., lo comprendo..., pero déjame.
ÁNGELA.
¿Me perdonas?
DON LORENZO.
Te perdono..., y te amo... ¡Pobre Ángela, tú también padeces! Pero
deseo estar solo.
ÁNGELA.
Pues bien, me voy; pero no te aflijas: ya buscaremos camino de
salvación. Diré a Inés que quieres verla ¿No deseas estrecharla contra
tu pecho?
DON LORENZO.
Si ella quiere... (_Con tono sumiso_).
ÁNGELA.
Pues espérame aquí: vendré a llamarte, y allá, cerca de nuestra pobre
niña, todos reunidos, animados del mismo deseo, aunando nuestras
voluntades, tú has de ver cómo vencemos la fatalidad que hoy nos abruma.
DON LORENZO.
La venceremos..., sí, la venceremos... (_Repitiendo lo que oye sin
saber lo que dice_).
ÁNGELA.
Adiós... y no me guardes rencor.
DON LORENZO.
¡Rencor!... ¡A ti!
ÁNGELA.
¡Adiós!
ESCENA V.
DON LORENZO.
Sentado a la mesa y con aire de profundo abatimiento. La chimenea arde
con luz rojiza: la habitación aparece envuelta en grandes sombras que
se condensan fantásticamente en los cortinajes. Larga pausa.
DON LORENZO.