NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* Las abreviaturas y los nombres de los personajes han sido expandidos
para mayor facilidad de lectura.
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O LOCURA O SANTIDAD
O LOCURA O SANTIDAD,
DRAMA
EN TRES ACTOS Y EN PROSA,
POR
JOSÉ ECHEGARAY.
Estrenado en Madrid, en el Teatro Español, el 22 de enero de 1877.
MADRID:
Imprenta de José M. Ducazcal.
Plaza de Isabel II, núm. 6.
—
1877.
Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su permiso,
reimprimirla ni representarla en España y sus posesiones de Ultramar,
ni en los países con los cuales haya celebrados o se celebren en
adelante tratados internacionales de propiedad literaria.
El autor se reserva el derecho de traducción.
Los comisionados de la Galería Lírico-Dramática, titulada _El
Teatro_, de DON ALONSO GULLÓN, son los exclusivamente encargados de
conceder o negar el permiso de representación y del cobro de los
derechos de propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
AL EMINENTE ACTOR
DON ANTONIO VICO.
Cumplo deber ineludible, ejerzo acto de justicia y procuro dar
público testimonio de cuánto admiro su gran talento y su inagotable
inspiración, dedicando a Usted esta obra que fue la elegida para su
beneficio y en que a tal altura raya Usted.
Usted, que desde mi primer ensayo en _El libro talonario_, ha venido
ganándome aplausos y triunfos; Usted, que ha sido sucesivamente sobre
la escena: el don Carlos de Quirós de _La esposa del vengador_, el
Banquero de aquel epílogo de _La última noche_, el Fernando de _En
el puño de la espada_, el Pablo de _Cómo empieza y cómo acaba_ y el
Lorenzo de _O locura o santidad_, bien merece, y es harto humilde
recompensa, ya lo conozco, a cambio de tantos y tantos arranques
sublimes, de tantos y tantos gritos desgarradores, de tantas maravillas
de expresión, esta muestra de mi gratitud, de mi admiración y de mi
amistad.
_Echegaray._
PERSONAJES. ACTORES.
DON LORENZO DE AVENDAÑO[1] SEÑOR VICO (DON ANTONIO).
ÁNGELA SEÑORA MARÍN.
INÉS SEÑORITA CONTRERAS.
LA DUQUESA DE ALMONTE SEÑORA FENOQUIO.
EDUARDO SEÑOR CALVO.
JUANA SEÑORITA BOLDÚN.
DON TOMÁS SEÑOR OLTRA.
EL DOCTOR BERMÚDEZ SEÑOR BENAVIDES.
BRAULIO SEÑOR RIQUELME.
BENITO SEÑOR ROMEA.
UN CRIADO SEÑOR CASTRO.
La escena, en Madrid, en casa de Don Lorenzo. — Época moderna.
[1] Por enfermedad del señor Vico se encargó a la quinta
representación del papel de don Lorenzo el SEÑOR CEPILLO.
ACTO PRIMERO.
La escena representa el despacho de don Lorenzo: forma octógona. — A la
izquierda del espectador, y en primer término, una chimenea encendida:
encima un gran espejo de marco negro: en segundo término, una puerta. —
A la derecha, en primer término, otra puerta; en segundo término, una
ventana. — En el fondo, la puerta principal. — En los dos chaflanes
o lados oblicuos del octógono, grandes estantes con libros. — A la
izquierda, una mesa de despacho con pupitre y sillón. — A la derecha,
un sofá. — Sobre algunas sillas, sobre la mesa, en las repisas de los
estantes y en las paredes, libros y objetos artísticos en confusión,
pero sin que aparezca recargado el conjunto. — El adorno, elegante y
rico, pero de gusto muy severo: cortinajes y muebles oscuros. — Es día
de invierno: la luz muy escasa.
ESCENA PRIMERA.
DON LORENZO.
Sentado a la mesa y leyendo atentamente.
DON LORENZO.
«Las misericordias, respondió don Quijote, sobrina, son las que en este
instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis
pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas
de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda
de los detestables libros de caballerías. Ya conozco sus disparates
y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan
tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo
otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte;
querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido
mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he
sido, no querría confirmar esta verdad con mi muerte». (_Suspende la
lectura y queda pensativo largo rato_). ¡Locura luchar sin tregua
ni reposo por la justicia en esta revuelta batalla de la vida, como
luchaba en el mundo de sus imaginaciones el héroe inmortal del inmortal
Cervantes! ¡Locura amar con amor infinito, y sin alcanzarla jamás, la
divina belleza, como él amaba a la Dulcinea de sus apasionados deseos!
¡Locura ir con el alma tras lo ideal por el áspero y prosaico camino
de las realidades humanas, que es tanto como correr tras una estrella
del cielo por entre peñascales y abrojos! Locura es, según afirman los
doctores; mas tan inofensiva, y, por lo visto, tan poco contagiosa,
que para atajarla no hemos menester otro Quijote. (_Pausa. Después se
levanta, viene al centro del escenario, y de nuevo se queda pensativo_).
ESCENA II.
DON LORENZO, DOÑA ÁNGELA, DON TOMÁS.
Los dos últimos se detienen en la puerta de la derecha, primer término,
y desde allí, medio ocultos por el cortinaje, observan a don Lorenzo.
Este en el centro y volviéndoles la espalda.
ÁNGELA.
¿Le ve usted? Como siempre; leyendo y pensando.
DON TOMÁS.
Ángela, su esposo de usted es todo un sabio; pero no abusemos de la
sabiduría. Si la cuerda, cuanto más tensa, da sonidos más agudos,
también con mayor facilidad se rompe; y al romperse, a la divina nota,
sucede un eterno silencio. Mientras el cerebro se agita en sublimes
espasmos, la locura acecha: no lo olvide usted. (_Pausa_).
DON LORENZO.
¡Extraño libro, libro sublime! ¡Cuántos problemas puso Cervantes en ti,
quizá sin saberlo! ¿Loco tu héroe? Loco, sí: loco. (_Pausa_). El que no
oyera más que la voz del deber al marchar por la vida; el que en cada
instante, dominando sus pasiones, acallando sus afectos, sin más norte
que la justicia ni más forma que la verdad, a la verdad y la justicia
acomodase todos sus actos, y con sacrílega ambición quisiera ser
perfecto como el Dios de los cielos..., ese, ¡qué ser tan extraño sería
en toda sociedad humana! ¡Qué nuevo don Quijote entre tanto y tanto
Sancho! Y al tener que condenar en uno el interés, la vanidad en otro,
la dicha de aquel, los desordenados apetitos de este, las flaquezas de
todos, ¡cómo su propia familia, a la manera del ama y la sobrina del
andante caballero; cómo sus propios amigos, de igual suerte que el cura
y el barbero y Sansón Carrasco; cómo jayanes y doncellas, y duques y
venteros, y moros y cristianos a una voz le declararan loco, y por loco
él mismo se tuviera, o al morir lo fingiría, porque le dejasen al menos
morir en calma!
DON TOMÁS.
(_Acercándose a don Lorenzo y poniéndole una mano en el hombro. Doña
Ángela se acerca también_). Lorenzo.
DON LORENZO.
(_Volviéndose_). Tomás... Ángela... ¿Estabais ahí?
DON TOMÁS.
Sí, escuchábamos a medias tu filosófico monólogo. ¿Y a cuenta de qué
son esos sublimes desahogos de mi buen amigo?
DON LORENZO.
Lecturas del don Quijote, que se me suben a la cabeza y allá se mezclan
con otras modernas filosofías, que andan vagando, como diría mi
empedernido doctor, por las celdillas de la sustancia gris.
DON TOMÁS.
Como diría todo el que quisiera decir algo puesto en razón.
ÁNGELA.
¡Qué espanto! ¿Van ustedes a empezar una de esas interminables disputas
sobre el positivismo y el idealismo y todos los demás _ismos_ del
diccionario, que son otros tantos abismos del sentido común?
DON TOMÁS.
No se alarme usted, Ángela, que algo más interesante tengo que decir a
Lorenzo.
DON LORENZO.
Y algo más urgente tengo yo también que preguntarte. (_A Tomás_).
ÁNGELA.
Ya lo creo: más interesante y más urgente que los disparates y
embelecos de que se llenan ustedes la cabeza, es la salud de nuestra
niña.
DON LORENZO.
¿Cómo encuentras hoy a la hija de mi vida? (_Con afán_).
ÁNGELA.
¿Cómo está Inés? (_Pausa_).
DON LORENZO.
¡Vamos!... ¡Responde!... ¡No nos tengas en esta ansiedad! (_Nueva
pausa. Don Tomás mueve la cabeza con aire de disgusto_).
ÁNGELA.
¡Don Tomás, por Dios! ¿Peligra acaso?
DON LORENZO.
¡Qué dices, mujer! No pronuncies esa palabra.
DON TOMÁS.
Alto, alto. ¡Qué de prisa van ustedes! Es cosa grave, no lo niego.
DON LORENZO.
¡Qué dices!
ÁNGELA.
¡Qué dice usted!
DON LORENZO.
¿Cuál es su enfermedad? ¿Qué nombre tiene?
ÁNGELA.
¿Cómo se cura? Porque debe curarse de algún modo. Es preciso, Tomás, es
preciso que usted salve a mi hija.
DON TOMÁS.
¿Cuál es su enfermedad? Una de las que causan más estragos entre los
vivientes. ¿Qué nombre tiene? Amor, le llaman los poetas: nosotros los
médicos le damos otro nombre. ¿Cómo se cura? Hoy por hoy con el cura; y
es tan probado específico, que al mes de haberlo usado ni memoria queda
en ambos cónyuges de la fatal dolencia.
ÁNGELA.
¡Qué bromas tiene usted, don Tomás! Me ha dejado usted sin gota de
sangre en las venas.
DON TOMÁS.
Ello es que hablando seriamente, y dadas las condiciones de esa niña,
su temperamento nervioso, su sensibilidad extrema y ese su romántico
amor, la dolencia es grave; y si no se busca pronto remedio en la dulce
calma de la vida conyugal, Ángela, amigo mío, me duele decirlo, pero el
deber me lo ordena, no cuenten con Inesita. (_Con seriedad_).
DON LORENZO.
¡Tomás!
ÁNGELA.
¿Usted cree?...
DON TOMÁS.
Creo que Inés ha heredado la imaginación exaltada y fantástica de su
padre; que hoy la fiebre del amor circula por todas sus venas en olas
de fuego. Y si no la casan ustedes, y muy pronto, con Eduardo; si
ella llega a comprender que sus esperanzas no han de realizarse, los
delirios de su fantasía y las violencias de su pasión, aunque no sé en
qué forma, sé por desdicha que han de herirla de muerte.
DON LORENZO.
¡Dios mío!
ÁNGELA.
¡Hija mía!
DON TOMÁS.
Ya saben ustedes mi opinión: opinión expuesta sin rodeos ni ambages,
cual lo exige lo urgente del caso, y con la lealtad a que me obligan el
cariño que nos une y el que profeso a esa inocente niña.
ÁNGELA.
(_A Lorenzo con tono resuelto_). Tú lo has oído: es preciso que Inesita
y Eduardo se casen.
DON LORENZO.
Bien lo quisiera, Ángela. Eduardo es bueno, es inteligente, quiere a
nuestra hija con delirio; pero...
ÁNGELA.
Pero ¿qué? ¿Que no somos nobles y que la madre de Eduardo, la duquesa
viuda de Almonte, se opone a esta unión? Y ¿qué importa si él quiere, y
no es ella la que ha de casarse?
DON LORENZO.
Ángela, piénsalo bien; ¡dar pábulo nosotros a la rebeldía del hijo
contra la madre!...
ÁNGELA.
Piénsalo bien, Lorenzo; ¡sacrificar nuestra hija a las vanidades de esa
mujer!
DON LORENZO.
Lamentar vanidades y desdichas, cosa fácil me parece: buscar remedio al
daño es lo que importa.
ÁNGELA.
¿Por qué no hablar a la duquesa? Dicen que, aparte de sus
preocupaciones aristocráticas, es buena mujer, y que con delirio quiere
a su Eduardo. Vas allá y le suplicas y le ruegas...
DON LORENZO.
¡Yo suplicar! ¡Yo rogar! ¡Humillarme yo! No soy yo ciertamente quien ha
de ir a pedirle su hijo: ella es la que debe venir a mi casa a pedirme
la mano de Inés. Las conveniencias sociales, el respeto a la mujer, mi
propio decoro así lo exigen.
ÁNGELA.
Aquí tiene usted al filósofo, al sabio, al hombre perfecto, rebosando
vanidad y orgullo. (_Dirigiéndose a don Tomás, que se habrá acercado a
la mesa y estará hojeando libros_).
DON LORENZO.
Ángela, eres injusta: no es orgullo, es dignidad. Dignidad, sí; porque
no es decoroso que mendiguemos para la frente de Inés, que en sí lleva
la mejor corona, la corona ducal que desdeñosa nos niega otra familia;
no es decoroso, repito, que vayamos de puerta en puerta, y menos si
en sus dinteles hay labrados blasones, tendiendo la mano para que nos
hagan la limosna de un nombre, cuando Inés tiene el mío, tan bueno, por
limpio y por honrado, como otro cualquiera que lo sea mucho.
DON TOMÁS.
Lorenzo tiene razón; pero usted, Ángela, también la tiene.
ÁNGELA.
Pues bien, no vayas tú; conserva incólume tu dignidad de sabio y de
filósofo. Yo, que no soy más que una pobre madre, yo iré. A mí no
me causa sonrojo ir de puerta en puerta mendigando, no coronas ni
blasones, sino la felicidad y la vida de mi hija.
DON LORENZO.
Ni a mí tampoco, Ángela: tienes razón. Diga el mundo lo que quiera,
piense lo que pensare la duquesa, iré. ¿No es verdad que debo ir? Tú
que tienes un criterio recto y severo, y que juzgas de las cosas a
sangre fría, dime tu opinión con franqueza. (_A Tomás_).
ÁNGELA.
¡Ah! ¡Qué hombre! ¡Pues no está discutiendo si debe o no debe ir! Estas
cosas, señor filósofo y señor marido, se resuelven con el corazón, no
con la cabeza. Mucho es que no empezaste a revolver librotes, buscando
en ellos la solución del problema. A maravilla tengo que no estés ya
escudriñando si entre los filósofos alemanes, o entre los clásicos
griegos, o en la ininteligible maraña de tus obras matemáticas, no
hubo algún autor que tratase concretamente el caso peregrino del
futuro casamiento de la señorita doña Inés de Avendaño con don Eduardo
de Almeida, duque de Almonte; y cuenta que si por _a_ más _b_, te
demostrase alguno de tus predilectos sabios la inconveniencia del
casamiento, por _a_ más _b_ dejarías morir a la pobre hija de mi alma.
DON LORENZO.
No te burles de mí, Ángela. Tú sabes que adoro a Inés.
ESCENA III.
DON LORENZO, ÁNGELA, DON TOMÁS, INÉS.
Esta última entra por la derecha, primer término, al pronunciar don
Lorenzo las últimas palabras y se detiene al oír su nombre.
DON LORENZO.
¡Que es por su vida! ¡Que es por su felicidad! No: por secar una
lágrima suya, diera yo todas las de mis ojos: por una hora de ventura
para mi Inés, trocara yo contento en horas de martirio todas las que me
restan de existencia. (_Inés sin que la vean todavía, tiende sus brazos
hacia su padre con expresión de cariño y agradecimiento y le manda un
apasionado beso_). Vaya, no hablemos más del asunto. Iré hoy mismo a
ver a la duquesa: rogaré, suplicaré, me humillaré si es preciso, y
cederá. ¿No ha de ceder? (_Movimiento de alegría en Inés; Ángela se
acerca y coge de la mano a su esposo con efusión_). No tengo títulos de
nobleza, pero tengo un nombre que si por el trabajo y el estudio no he
podido hacer ilustre...
DON TOMÁS.
Ilustre, sí, mi buen Lorenzo.
DON LORENZO.
Ilustre, no, pero sí respetable. Y tengo además muchos millones, que
heredé de los míos y que cederé a Eduardo y a la duquesa, para que
doren de nuevo sus soberbias coronas un tanto deterioradas por el
tiempo. Conque ya lo sabes: (_A Ángela_) se casará Inés, y será feliz,
y su felicidad será la nuestra.
ÁNGELA.
Y la tuya, la de todos nosotros que viviremos mirándonos en ti. ¡En ti,
Lorenzo mío, que cuando no te embrutece la ciencia, eres el más amante,
el más bondadoso y el mejor de los hombres!
INÉS.
¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío! (_Desfalleciendo y apoyándose en la puerta
para no caer_).
ÁNGELA.
¡Inés, hija mía! (_Corriendo a sostenerla_).
DON LORENZO.
¡Inés, Inés!... ¿Qué tienes? (_Lo mismo_).
DON TOMÁS.
Vamos, niña, ¿qué mimos son esos? (_Acercándose a ella_).
INÉS.
(_Acercándose al sofá de la derecha y sentándose en él. Todos los
demás la rodean con solicitud_). Nada, no es nada..., es... que quiero
llorar..., y tengo tanta alegría, que no puedo... Es que quiero reír...
y siento que acuden lágrimas a mis ojos... ¡Es que te quiero mucho...,
mucho..., mucho, padre mío! (_Abrazándole y haciéndole mimos_). ¡Qué
bueno eres!... ¡Qué bueno te hizo Dios!... Soy feliz..., feliz..., muy
feliz. (_Rompe a llorar en los brazos de su madre_).
ÁNGELA.
Así, hija mía: llora, llora; desahógate. ¿Ves qué bueno es tu padre?
Quiérele mucho.
INÉS.
Con toda mi alma... ¿Y cuándo vas a ir? ¿Hoy mismo, verdad?
DON TOMÁS.
¡Ah, egoistilla! ¿Conque queremos mucho a papá cuando hace lo que nos
agrada? Y si no fuese a casa de la duquesa ¿le querríamos tanto...,
tanto..., tanto como ahora? (_Burlándose de sus protestas de cariño_).
INÉS.
Lo mismo.
DON TOMÁS.
¿Conque lo mismo? (_En tono de duda_).
INÉS.
De veras; pero estaría tan triste que no se me ocurriría decírselo.
(_Con cierta malicia_).
DON TOMÁS.
Ya.
INÉS.
Antes algo me oprimía el pecho y me apretaba la garganta. Ahora, sin
esfuerzo alguno..., así..., espontáneamente, a la par que corren dulces
lágrimas de felicidad, brotan palabras de cariño. Antes... solo hubiera
podido decirte: ¡qué desdichada soy, padre mío!... Ahora ya no pienso
en mí, pienso en él, y de corazón me sube a los labios este grito de
amor: ¡cuánto te quiero! (_De nuevo abraza a su padre_).
DON LORENZO.
¡Inés, hija mía!
INÉS.
Y a ti también, madre..., a ti también. (_Abrazando a su madre. Don
Lorenzo y don Tomás se separan del sofá en que quedan Ángela e Inés, y
vienen al centro_).
DON TOMÁS.
¡Pobre filósofo! Mira, ninguna de las dos ha leído una sola página
de todos esos libros, y saben más que tú. Te crees fuerte, y en sus
manos eres cera blandísima: te crees sabio, y en sus brazos eres un
inocente, por no decir que un tonto. Te crees justo e incorruptible, y
la voluntad de esas dos mujeres te llevaría a todas las injusticias y a
todas las flaquezas.
DON LORENZO.
No, Tomás; cuando la idea del bien me sostiene, mi voluntad es de
hierro.
DON TOMÁS.
No digo «Lo veremos», porque son dos ángeles; pero ¡ay, si no lo
fuesen! Déjame parodiar al gran poeta y decir en romance: «¡Tentación,
llevas nombre de mujer!».
DON LORENZO.
«¡Palabras, palabras y palabras!» había dicho antes sin duda en
previsión de que tú le parodiases. (_Con cierta exaltación_).
DON TOMÁS.
¡Ya te subes al trípode!
INÉS.
No incomode usted a papá.
DON LORENZO.
No me incomodan, hija mía, las extravagancias de este doctor.
DON TOMÁS.
Conque quedamos en que por cariño, por amistad, por amor, por esas que
tú llamas atracciones misteriosas de un alma sobre otra alma se puede y
se debe llegar...
DON LORENZO.
Hasta el sacrificio, sí; jamás hasta la culpa.
DON TOMÁS.
¡Bonita máxima para un libro de moral!
DON LORENZO.
Y aún mejor para una conciencia.
DON TOMÁS.
¿Y no habrá casos en que para evitar males mayores tenga que transigir
esa catoniana conciencia con uno tan pequeño, tan pequeño, que no
llegue a ser ni grano de arena?
DON LORENZO.
Al echarlo sobre sí, bien pronto pesaría como montaña de granito.
DON TOMÁS.
¿A la montaña te subes, no bastándote el trípode?
INÉS.
Vamos, don Tomás... Que no le diga usted esas cosas a papá.
DON TOMÁS.
En resumen: guerra a muerte al mal, bajo todas sus formas y disfraces.
¿No es cierto?
DON LORENZO.
Tú lo has dicho.
DON TOMÁS.
Pues aplicación inmediata de tu teoría. Y en verdad que lo había
olvidado y es toda una novela. Escúchame atento: oigan ustedes.
DON LORENZO.
¿Qué es ello? (_Ángela e Inés se acercan a don Tomás_).
DON TOMÁS.
Rogome esta mañana una mujer que en su nombre te trajera...
DON LORENZO.
¿Qué?
DON TOMÁS.
Un beso.
ÁNGELA.
¡Para él!
DON LORENZO.
¡Para mí!
DON TOMÁS.
Sí; pero no se alarme usted. (_A Ángela_). Es el beso de una anciana,
y en lágrimas viene empapado: es la última y dolorosa contracción de
unos labios moribundos: es el postrer adiós de un ser que dentro de
breves horas no existirá.
DON LORENZO.
No adivino...
DON TOMÁS.
Ella..., esa pobre mujer me hizo llamar esta mañana: subí a la
buhardilla en que muere: me dijo su nombre, que a no decírmelo, jamás
la hubiera conocido; y jurándome que fue inocente, rogome, sin embargo,
que intercediera contigo para que la perdonases.
DON LORENZO.
Estás hablando un lenguaje del cual ni una sola palabra comprendo.
DON TOMÁS.
¿Recuerdas la muerte de tu madre?
DON LORENZO.
¡Qué pregunta, Tomás! No conocí a mi padre, murió cuando yo era muy
niño; pero mi madre... ¡Ah, madre mía! (_Conmovido_).
DON TOMÁS.
¿Recuerdas que al sentirse de improviso herida de muerte, quiso
hablarte y no pudo, y que entonces, arrancándose convulsivamente del
cuello un rico medallón de que jamás se desprendía, lo puso en tus
manos fijando en ti con suprema angustia sus ojos velados ya por la
eterna sombra?
DON LORENZO.
Bien lo recuerdo. Sigue..., sigue...
DON TOMÁS.
¿Recuerdas, por fin, que al morir tu madre y al perder tú el sentido,
desapareció el medallón, y que fue acusada de robo?...
DON LORENZO.
¡Ella!... ¿Es ella?... ¡Juana, mi nodriza!... ¡Mi pobre Juana!
DON TOMÁS.
Juana es la que a dos pasos de aquí agoniza en una miserable
buhardilla: Juana, la que en el triste beso que te traigo, implora tu
perdón.
DON LORENZO.
¡Juana!... ¡Mi segunda madre!... ¡La que durante veinticinco años
fue, para mí, madre verdadera! Pero ¿qué hablabas de perdón? ¿Qué de
transigir con el mal? Ni perdonar es transigir, ni de mi perdón ha
menester la pobre anciana. ¡Ella..., ella ser capaz!... ¡Imposible!
DON TOMÁS.
No tan imposible. Cuando la doncella que guardaba las joyas de tu madre
dio parte al juez de la pérdida del magnífico medallón de brillantes,
y se hicieron las primeras investigaciones, Juana negó tenerlo; y, sin
embargo, averiguose que ella lo había arrancado de tus manos al perder
tú el sentido, y dos días después fue sorprendida al dejar el medallón
tras unos jarrones de porcelana. Redújosela a prisión, fue condenada,
en cárcel infamante sufrió la pena de su delito, y solo tus influencias
y tus eficacísimas recomendaciones pudieron devolverle, ya que no la
honra perdida, la libertad al menos.
DON LORENZO.
(_Con exaltación_). Y bien, yo digo que Juana acusada, que Juana en el
banquillo del reo, que Juana en infamante reclusión, es inocente, y que
la justicia humana se equivoca.
DON TOMÁS.
Las apariencias...
DON LORENZO.
Engañan no pocas veces.
DON TOMÁS.
Y ¿cómo se explica?...
DON LORENZO.
Alguna explicación tendrá; algún misterio hay aquí que ignoramos.
DON TOMÁS.
(_A Ángela_). Ya se lanzó a caza de misterios, y en busca de
explicaciones sobrenaturales para un hecho que, a mi modo de ver, tiene
sencilla y natural explicación en la flaqueza humana.
DON LORENZO.
Pues yo sé que mi pobre nodriza era incapaz de acción tan baja. Yo la
hubiera defendido, a no impedírmelo la enfermedad que sufrí a la muerte
de mi madre; y cuando libre ya la pobre mujer, desapareció, lágrimas
de verdadero dolor vertí por ella. Dios sabe si con afán la busqué por
todas partes; Dios sabe si deseaba que viniese a mí..., y ella...,
cruel..., ¿por qué no vino? No, Juana, mi buena Juana, no morirás
sin que yo te estreche en mis brazos, sin que te devuelva tu beso
de despedida. (_Con agitación creciente. Toca un timbre, y sale un
criado de librea_). ¡Hola! ¡El coche!... ¡Al momento, al momento! Voy
a traerla a mi casa..., ahora mismo... ¿No es cierto, Ángela, que debo
traerla? ¿No es cierto, Inés?
ÁNGELA.
En todo caso es una obra de caridad.
DON LORENZO.
¡Es una justísima reparación! (_Sale un momento por la puerta de la
izquierda_).
DON TOMÁS.
¡Es lo más bueno..., pero lo más cándido! Y creerá como artículo de
fe todo lo que esa pobre anciana le cuente. Y él mismo la ayudará a
inventar cualquier historia extravagante. ¡Ay, Ángela! Tenemos que
hacer un escrutinio en esa librería como aquel donoso y grande que
hicieron el cura y el barbero en la del ingenioso hidalgo.
ÁNGELA.
¡Ah, si yo pudiera! (_Vuelve a entrar don Lorenzo en traje de calle_).
DON LORENZO.
Ea, en marcha: tú vienes conmigo para ayudarme a traerla. (_A Tomás_).
DON TOMÁS.
Siempre estoy a tus órdenes.
DON LORENZO.
Pero ¿crees que pueda venir?
DON TOMÁS.
Muere la infeliz de consunción, y lo mismo puede expirar allá en su
buhardilla, que sobre los almohadones de tu coche, que al entrar en
este, para ella encantado palacio. Posible es, sin embargo, que la
reanime la alegría y que gane algunas horas de existencia.
DON LORENZO.
Pues vamos allá. Adiós, Ángela; adiós, Inés.
INÉS.
Adiós... Y luego..., ¿verás... a la duquesa?... (_Con mimo_).
DON LORENZO.
Sí, hija mía, iré más tarde. Tú puedes esperar, la pobre anciana no;
ella es primero.
ÁNGELA.
¿Y casándose mi niña, usted me responde de que no corre ningún peligro?
(_Aparte a don Tomás_).
DON TOMÁS.
Los del matrimonio, señora, que no son pocos. (_Tomás y Ángela salen
por el fondo hablando en voz baja. Detrás don Lorenzo e Inés: esta le
despide en la puerta_).
ESCENA IV.
INÉS.
Vuelve al centro del escenario, alegre como una niña, batiendo palmas.
INÉS.
¡Hoy mismo hablará a la duquesa! Me lo ha prometido, y él es muy
formal; cumple siempre lo que promete. Pues claro, le hablará; ¡y mi
padre habla tan bien! Vaya, como que es un sabio. La convencerá de
seguro. Pues si un hombre como él no supiera convencer a esa señora
de que yo debo casarme con Eduardo, ¿de qué le servía haber estudiado
tanto? ¿Para qué tener tantos libros en francés, y en italiano, y en
alemán, y hasta en griego? ¡Ciencia más inútil! Pero ca: de la duquesa
hará él lo que quiera. Además, dicen todos que ella es una santa. ¡Pues
no! Como que es la madre de Eduardo. Una santa: lo dicen todos. Pues
si siendo santa no me deja casar con Eduardo, ¡buena santidad te dé
Dios! ¿Para qué le sirve su santidad? Nada, nada: nos casaremos: digo
que nos casaremos. (_Breve pausa_). ¡Si parece mentira; si parece un
sueño! ¡No, Dios mío, si es un sueño, que no despierte jamás! Pero no
es un sueño. Este es el despacho de mi padre. Esos son sus librotes.
(_Acercándose a uno de los estantes_). Newton, Kant, Hegel, Humboldt,
Shakespeare, Lagrange, Platón, Santo Tomás... Claro, si fuera un
sueño, no me acordaría yo de todos esos nombres, ni ¿qué sé yo de tan
ilustres señores? (_Mirando por el balcón_). Cuando repito que no es
un sueño: allá fuera la lluvia que cae, y cae, y cae... ¡Qué cosa tan
alegre es la lluvia! ¡Parece que el aire se convierte en barritas de
cristal! Y allí en el espejo me veo yo. (_Se acerca al espejo con mimo
y coquetería_). Yo soy, yo misma, bien me conozco. Yo con mi cara
ovalada, que dice Eduardo que es ¡de un óvalo tan perfecto!... ¡Vea
usted qué gusto tiene! Y con mis ojos pardos, que dice Eduardo ¡que son
tan hermosos! No, para mentir diciendo cosas agradables no hay otro
como él. Verdad es que en este momento con la alegría y con el calor de
la chimenea brillan mis ojos de un modo... Yo quisiera ser muy bonita;
más bonita todavía... para él..., para él, que no viene... ¡Cuánto
tarda! Ahora que deseo yo que venga no ha de venir... Ya verá usted
como no viene. ¡Ah, los hombres, qué egoístas son y qué malos!
ESCENA V.
INÉS, EDUARDO.
INÉS.
(_Saliendo a su encuentro_). ¡Eduardo..., Eduardo!
EDUARDO.
¡Inés de mi vida!
INÉS.
¡Vaya una hora de venir!
EDUARDO.
Siempre vengo a las dos. (_Con tono sumiso_).
INÉS.
Y son las tres.
EDUARDO.
¡Es posible! (_Mirando al reloj_). No, vida mía, las dos menos cuarto.
INÉS.
Las tres. (_Con autoridad_).
EDUARDO.
(_Enseñándole el reloj_). Las dos menos cuarto. ¿Te convences?
(_Señalando el reloj de la chimenea_) Y en ese, la misma hora.
INÉS.
(_Ofendida_). Bueno, bueno; tú tienes razón. ¡Qué amante tan fino que
me regatea los minutos; que a toda hora le parece temprano para venir,
y a toda hora tarde para separarse de su Inés; que sujeta los latidos
de su corazón al volante de su cronómetro!
EDUARDO.
(_Suplicante_). ¡Inés!...
INÉS.
Vete... Vete... Si no son las dos todavía..., si faltan quince
minutos... Te vas a la Carrera de San Jerónimo: das un paseo mirando la
gente: y a las _dos en punto_ vuelves.
EDUARDO.
Inés...
INÉS.
¡Si esa es la hora a que acostumbras venir! ¡Pues no faltaba más! ¿Qué
diría el Observatorio astronómico si adelantases?
EDUARDO.
Por Dios, perdóname..., he hecho mal.
INÉS.
No, si quien ha obrado muy de ligero he sido yo. El deseo me adelantaba
las horas... y tú, para castigarme, vas, y ¿qué haces? ¡Me pones
delante de los ojos un cronómetro de Losada! (_Haciendo con la mano el
ademán brusco del que mete, como vulgarmente se dice, un objeto por los
ojos_). ¡Qué galán tan poético!
EDUARDO.
Confieso mi culpa, y me arrepiento, y te pido mil veces perdón.
INÉS.
Ya. ¿Lo confiesas? Más vale así.
EDUARDO.
Es que venía tan contento, tan contento, con tanta alegría en el alma
que ni supe lo que dije, ni aun ahora mismo sé lo que digo.
INÉS.
Yo también fui injusta al acusarte, Eduardo; pero estaba tan alegre,
tan alegre..., deseaba tanto que vinieses, que los instantes me
parecían siglos.
EDUARDO.
Has de saber, alma mía...
INÉS.
(_Sin escucharle_). Tengo que darte una gran noticia.
EDUARDO.
(_Lo mismo_). Que al fin somos dichosos.
INÉS.
Ya lo creo: dichosos para toda la vida.
EDUARDO.
¡Si parece mentira!
INÉS.
Porque mi padre me ha prometido que hoy mismo, hoy mismo, ¿lo
comprendes?... ¡Pero si no me escuchas!
EDUARDO.
(_Sin atenderla_). Porque mi madre...
INÉS.
¡Tu madre! ¿Qué?...
EDUARDO.
Vendrá dentro de media hora a tratar de nuestro casamiento.
INÉS.
¿Ella?... ¿La duquesa?
EDUARDO.
(_Con solemnidad cómica_). La señora duquesa de Almonte tendrá el honor
de pedir a los señores de Avendaño esta blanca mano (_cogiendo la mano
de Inés_) para su hijo don Eduardo; aunque Eduardito ya se apoderó de
ella, ya la apretó contra su corazón, y no sería fácil que la soltase
aunque no se la dieran.
INÉS.
¿Ella..., ella va a venir?... Bien decían todos. ¡Si esa mujer es una
santa!
EDUARDO.
Esa mujer es mi madre: me quiere con todo su corazón, y esta mañana me
abracé a ella llorando, y llorando en mis brazos, cedió a mi ruego.
En mucho tiene los gloriosos hechos de sus antepasados; religioso
culto rinde al honor y prefiriera mi muerte a mi enlace con quien en
su nombre llevara la menor mancha; pero aprecia en lo que vale a don
Lorenzo, sus glorias científicas, que glorias son también; su...
INÉS.
Bueno, bueno: basta ya de historias. De todo ello se deduce que vendrá
hoy mismo, que nos casaremos muy pronto y que seremos muy felices, ¿no
es verdad? Pues esto es lo que importa: es decir, lo que a mí más me
importa: no sé si tú...
EDUARDO.
Ingrata, ¿dudas de mí?
INÉS.
No dudo; pero no es poca dicha que tu madre haya cedido, porque si
no... Tú me quieres mucho, ya lo sé..., pero tu... A una madre se le
debe respeto..., y si ella te hubiera dicho que no, como buen hijo que
eres, ¿no es verdad, Eduardo?, no le hubieras dado un disgusto; y con
mucho dolor de tu alma hubieras dejado a esta pobre Inés que te ama...,
¡ no lo oigas ingrato; que no lo oiga nadie!..., que te ama tanto, que
sin ti..., ¡mira si es locuela!, se hubiera muerto de dolor.
EDUARDO.
¡Inés mía!
INÉS.
Conque ya ves si debo estar agradecida a tu madre; porque no es a ti,
es a ella, a quien debo mi felicidad.
EDUARDO.
¡Cruel! ¿Sabes tú lo que yo hubiera hecho ante los obstáculos, lo sabes
tú?
INÉS.
Sí; ceder, dejarme.
EDUARDO.
Eso nunca; por nada, por nadie.
INÉS.
Júramelo.
EDUARDO.
¡Te lo juro por lo más sagrado!
INÉS.
¡Cuánta dicha!
EDUARDO.
¡Qué felicidad!
ESCENA VI.
INÉS, EDUARDO, JUANA, DON LORENZO, DON TOMÁS.
Juana aparece en la puerta del fondo, sostenida por Lorenzo y Tomás: se
detiene un instante para tomar aliento y después avanza. Viste traje de
color oscuro y muy pobre.
EDUARDO.
(_Volviéndose_). ¡Qué grupo tan sombrío! ¿Por qué viene esa negra nube
a empañar el azul de nuestro cielo?
INÉS.
Es Juana: la nodriza de mi padre: ya verás qué novela: luego te la
contaré.
DON LORENZO.
Despacio, despacio, Juana.
JUANA.
¿Quién es aquella señorita?
DON LORENZO.
Inés, mi hija. Acércate, Inés. (_Inés se aproxima. Eduardo la sigue_).
JUANA.
¡Qué hermosa! ¡Un ángel me parece! Que al cerrar yo los ojos para
siempre vea un ser como tú a mi lado y será que estoy en el cielo.
DON LORENZO.
Otro paso más.
DON TOMÁS.
Un esfuerzo todavía: el último. (_Llegan hasta el sofá y en él sientan
a Juana, quedando todos a su alrededor_).
JUANA.
Quisiera darle un beso. (_Señalando a Inés. Inés se acerca aún más:
Juana le coge una mano y la atrae a sí_). No..., tu mano abrasa y mi
aliento hiela..., no he de besarte..., fuera mi beso el beso de la
muerte. (_La separa dulcemente de sí y le suelta la mano_). Con el
pensamiento te besaré..., con los labios no.
DON TOMÁS.
(_En voz baja a Inés y Eduardo_). Vámonos. La pobre mujer desea
hablarle a solas. (_A Juana_). Hasta luego y buen ánimo: acabaron ya
las penas.
JUANA.
Las de este mundo, sí.
INÉS.
¡Pobre mujer! (_Deteniéndose un momento para mirarla_).
EDUARDO.
Ven, Inés mía. (_Salen Tomás, Inés y Eduardo por la derecha_).
ESCENA VII.
DON LORENZO, JUANA.
JUANA.
¿Se fueron ya? (_Después de una pausa_).
DON LORENZO.
Sí, mi querida Juana; ya estamos solos.
JUANA.
Al fin..., al fin llegó este instante tan deseado. Todo llega..., pero
todo pasa. Oye, Lorenzo; la vida se va..., se va muy aprisa y antes he
de decirte muchas cosas. Lo primero, que soy inocente; que yo... no
pensé..., que yo... no quise..., que yo... (_Acongojándose_).
DON LORENZO.
Lo sé, Juana..., lo sé.
JUANA.
No lo sabes. Todo está contra mí..., todo.
DON LORENZO.
Por Dios, no te agites: olvida, descansa.
JUANA.
¿Olvidar? Sí, pronto olvidaré. ¿Descansar? Me queda tanto tiempo para
descansar, que hoy quiero vivir..., aunque sufra, aunque llore...,
quiero llevarme a la fosa lágrimas y besos y sollozos... para llenar
aquel silencio y aquella soledad con algo que recuerde la vida.
(_Pausa_). Por eso quisiera decirte una cosa... Pero ¿cómo, sin
prepararte?, ¿cómo, sin que antes de la revelación venga la duda, y
antes de la duda la sospecha, y antes de la sospecha el presentimiento,
y antes del presentimiento ese no sé qué, sombra que proyecta en el
alma algo que allá a lo lejos viene?... Tú no me comprendes, ni yo sé
explicarme, aunque hace cuarenta años que estoy siempre con la misma
idea: mira tú si yo debía explicar bien estas cosas.
DON LORENZO.
Di lo que quieras; pero sin agitarte.
JUANA.
Sí; lo diré. ¿Cómo he de morir yo sin decírtelo? En primer lugar, para
que te convenzas de que yo no fui una miserable... la... dro... na...
(_Ocultándose el rostro_).
DON LORENZO.
Calla, calla... No pronuncies esa palabra.
JUANA.
Y además..., porque abrirte mi corazón es el último consuelo que me
resta. Perdóname, Lorenzo. ¡Los que van a morir son tan egoístas! Para
ti será dolor horrible... lo que para mí ha de ser suprema dicha.
DON LORENZO.
¿Cómo puede ser para mí dolor lo que es dicha para ti, mi buena Juana?
JUANA.
¿Cómo puede ser?... Pues lo será; lo será, hijo mío... ¡Hijo mío!...
Permíteme que te dé este nombre. ¿No te enfadas, verdad?
DON LORENZO.
¡Por Dios, Juana!
JUANA.
Bueno... Pues yo te llamaré hijo... y tú me llamas madre... Llámame
madre. Alégrese el cielo o regocíjese el infierno, has de llamarme
madre.
DON LORENZO.
¡Madre mía!
JUANA.
No..., así no..., no es de ese modo. ¡Cruel! (_Arrojándose a Lorenzo
para abrazarle, pero conteniéndose y cayendo en el sofá_). ¡Insensata!
DON LORENZO.
¡Pobre mujer! Delira.
ESCENA VIII.
JUANA, DON LORENZO, INÉS.
Inés entra corriendo y muy contenta por el fondo y se acerca a su
padre. Viene agitada y apenas articula las palabras.
INÉS.
Padre..., Padre... La duquesa... viene..., viene... ¿no adivinas?
DON LORENZO.
¿Ella?
INÉS.
Sí... Para tratar de aquello... Eduardo ha vencido.
DON LORENZO.
¡Qué felicidad! ¡Inés mía!... Al fin quiso Dios...
INÉS.
¿Estás contento?
DON LORENZO.
¿Y tú? (_Abrazándola_).
INÉS.
Yo..., si tú lo estás... Conque vamos..., vamos pronto.
JUANA.
(_Cogiéndose a Lorenzo_). No..., no quiero que vayas; no has de dejarme.
DON LORENZO.
Voy al instante. (_A Inés_).
INÉS.
No tardes... Que no tardes... Si se ofende...
DON LORENZO.
No temas: que la reciba Ángela allá en el salón... con toda solemnidad.
Llevaré a Juana a su cuarto y saldré en seguida. (_Sale Inés por el
fondo_).
ESCENA IX.
JUANA, DON LORENZO.
DON LORENZO.
(_Queriendo llevarla, pero ella se resiste_). Vamos, Juana, ven a
descansar; luego hablaremos cuanto quieras.
JUANA.
Luego no. ¿Y si muriese antes?
DON LORENZO.
No pienses tal cosa. (_Con impaciencia_).
JUANA.
Veinte años ha que no te veo, y ahora no me dejan estar contigo ni un
solo instante. ¡Son muy crueles!
DON LORENZO.
Después, mi buena Juana. (_Queriendo levantarla_).
JUANA.
¿Y tú también quieres irte?... ¡Tú también! ¡Ah!, yo haré que te quedes
conmigo.
DON LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
Oye... esto no más; después vete, si quieres: yo, yo misma cogí el
medallón.
DON LORENZO.
¿Tú?
JUANA.
Sí.
DON LORENZO.
¿Para qué?
JUANA.
Para que tú no lo vieses.
DON LORENZO.
Y ¿por qué?
JUANA.
Porque dentro había un papel, y en ese papel escritas por tu madre unas
palabras, y esas palabras no quería yo que tú las leyeras.
DON LORENZO.
Y ¿qué palabras eran?
JUANA.
Estas: de memoria las sé: «Lorenzo, hijo mío; en el relicario que está
a la cabecera de mi cama hay oculto, y en sobre cerrado, un pliego.
Cuando yo muera, ábrelo, lee lo que en él, durante una noche de
remordimiento, escribí, perdóname y que Dios te inspire».
DON LORENZO.
«¡Perdóname y que Dios te inspire!» ¿Decía? (_Con extrañeza_).
JUANA.
Sí.
DON LORENZO.
Y además, he oído no sé qué de remordimiento. (_Con creciente
curiosidad_).
JUANA.
Remordimiento era la palabra. Ahora vete si quieres.
DON LORENZO.
(_Pensativo_). No. (_Pausa_). ¿Y ese pliego?
JUANA.
Que tu madre lo había escrito, no era un misterio para mí; dónde estaba
oculto, he ahí lo que ignoraba. Que algo encerró en el medallón, bien
me lo dijo mi tenaz vigilancia; y lo que el papel contenía bien lo
adivinaron mis recelos. Por eso cogí el medallón. Era mi legítima
presa: me había costado aquel secreto veinte años de lágrimas y de
dolores que ni más amargas ni más intolerables se conciben.
DON LORENZO.
¡Perdón..., remordimiento..., un secreto..., mi madre!... No adivino
lo que quieres decir... Sombras confusas pasan por mi mente..., y así
como relámpagos de angustia por mi corazón. Tú deliras, y me haces
delirar.
JUANA.
No.
DON LORENZO.
¿Pero aquel pliego oculto en el relicario?...
JUANA.
Fue mío, y tú no lo viste, porque no debías verlo. Como tu madre iba a
morir, a ella ¿qué le importaba? Bien te lo dije: nada hay más egoísta
que la muerte.
DON LORENZO.
¿Pero ese pliego?
JUANA.
Yo lo tengo.
DON LORENZO.
¿Aquí?
JUANA.
Aquí: (_Llevando la mano al pecho_) aquí: mira, es una hoja no más de
papel, y sin embargo, ¡me pesa tanto sobre el corazón!
DON LORENZO.
Pues he de verlo.
ESCENA X.
JUANA, DON LORENZO, DON TOMÁS por el foro.
DON TOMÁS.
¡Lorenzo... Lorenzo!...
DON LORENZO.
¿Qué? (_En tono brusco e impaciente_). ¿Qué quieres?
DON TOMÁS.
Ha llegado la duquesa.
DON LORENZO.
Sea en buen hora.
DON TOMÁS.
(_Aparte_). ¡Qué tono! (_En voz alta_). Ven a recibirla.
DON LORENZO.
Ya iré.
JUANA.
¡No me dejes, por Dios! ¡Por la salvación de tu alma! (_En voz baja_).
Si supieras...
DON TOMÁS.
¿Vienes?
DON LORENZO.
Sí..., pero..., pero no me hostigues... Digo que iré.
JUANA.
No te vayas... y te lo diré todo..., todo. Te daré ese pliego...,
el que escribió tu madre hace veinte años..., es su letra..., es su
firma..., tú verás..., pero no me dejes.
DON TOMÁS.
(_Cada vez más impaciente_). ¡Vamos, Lorenzo!
DON LORENZO.
Ya he dicho que iré..., iré luego... Yo sé cuándo debo ir. Ahora vete.
(_Aparte a Juana_). Dame el pliego.
JUANA.
Cuando se marche ese hombre. (_Aparte a Lorenzo_).
DON LORENZO.
¡Vete! (_Con violencia_).
DON TOMÁS.
Pero la duquesa...
DON LORENZO.
Que espere. ¿No hace ella esperar a nadie en sus antesalas? Pues
mejores que las suyas son las mías.
DON TOMÁS.
¿Estás en tu juicio?
DON LORENZO.
En el mío, sí; en el tuyo, no, que mal estuviera. Vete pronto.
DON TOMÁS.
¿Qué tienes, Lorenzo? (_Acercándose a él con interés_).
DON LORENZO.
Nada, nada..., cansancio de oírte... ¡Déjame por Dios santo!
DON TOMÁS.
Bueno..., bueno..., pero, Señor, ¿qué le pasa a este hombre?
ESCENA XI.
DON LORENZO, JUANA.
DON LORENZO.
¡Ya estamos solos!
JUANA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
¡Qué! ¿Dudas? ¡Mira que te dejo!... ¡Prometiste darme ese papel!
La ventura de mi hija me espera allí; y, sin embargo, una mano de
hierro, la férrea mano de la implacable fatalidad, me tiene a tu lado.
Considera, Juana, si estoy decidido a averiguar ese secreto.
JUANA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
¡El papel!... ¡Pues que para mí lo escribió mi madre, es mío!
JUANA.
No te incomodes conmigo, Lorenzo de mi alma. Aquí está... Este es...
(_Sacándolo del pecho_).
DON LORENZO.
Venga... (_Queriendo cogerlo_).
JUANA.
Espera..., espera..., yo misma he de leerlo..., leeré más despacio que
tú..., y de este modo... lo que... aquí dice no se te entrará de un
golpe por los ojos...
DON LORENZO.
Pues lee. ¡Vamos!
JUANA.
Sí, Lorenzo mío; pero no mires; oye no más. (_Colocándose de modo
que Lorenzo no vea lo escrito en el papel_). «Lorenzo, hijo mío,
perdóname». (_Leyendo_).
DON LORENZO.
¡Otra vez!
JUANA.
(_Sigue leyendo_). «Conozco que se acerca el fin de mi vida, y los
remordimientos han hecho presa en mí». (_Pausa_).
DON LORENZO.
¡Sigue!
JUANA.
«Quisiera decirte la verdad, y te amo demasiado para decírtela. Lee en
estos reglones que mancho con mis lágrimas el secreto de tu existencia,
y hágase después tu voluntad».
DON LORENZO.
¡El secreto de mi existencia! ¡Dame! (_Queriendo coger el papel_).
JUANA.
No.
DON LORENZO.
¿Qué pesadilla es esta, Juana? ¿Qué círculo de hierro has puesto sobre
mi frente que con intolerable presión me oprime las sienes?... Dame...
JUANA.
¡No, por Dios!
DON LORENZO.
¡Ha de ser! (_Cogiendo el papel y leyendo con horrible angustia_). «Tu
padre era rico, muy rico; por millones, por muchos millones se contaba
su caudal; yo era pobre: no tuvimos hijos». ¡No tuvimos hijos, dice!
ESCENA XII.
DON LORENZO, JUANA, ÁNGELA, después EDUARDO.
ÁNGELA.
(_Entrando precipitadamente_). ¡La duquesa!...
DON LORENZO.
(_Da un grito de ira. Juana le arranca el papel y lo oculta_). ¡Otra
vez! ¡Vete!... ¿A qué vienes?
ÁNGELA.
Lorenzo..., Lorenzo...
EDUARDO.
(_Entrando precipitadamente_). ¡Don Lorenzo!
DON LORENZO.
¿Tú también? ¡Idos!... ¡Idos todos!
ÁNGELA.
¿Qué es esto, Dios mío? ¿Qué es esto? ¿Qué tienes, Lorenzo? Vuelve en
ti.
DON LORENZO.
Idos... Idos..., os lo suplico..., si es preciso de rodillas..., pero
dejadme... ¡Ah! ¡El egoísmo humano!... ¡Piensan que no hay más que
sus pasiones y sus intereses! ¡Tomás!... ¡Ángela!... ¡Eduardo!... ¡La
duquesa!... ¡Todos! ¡Ah! ¡La gota de agua sobre el cráneo!
EDUARDO.
Es que mi madre viene...
ÁNGELA.
Es que la duquesa, impaciente de esperar, viene aquí...
EDUARDO.
Dice que quiere buscar al sabio en su antro.
DON LORENZO.
¡Pues que venga, pero vosotros dejadme! ¡Dejadme..., o me volveré loco
de desesperación!
ÁNGELA.
No, imposible: su madre de usted no puede verle en tal estado. (_A
Eduardo_).
EDUARDO.
Venga usted, Ángela; venga usted. Ganemos tiempo, detengámosla en la
galería, y a ver si entretanto logra Inés calmarle. (_Salen Ángela y
Eduardo por el foro_).
ESCENA XIII.
DON LORENZO, JUANA.
DON LORENZO.
¡El papel!... Ese papel funesto, ¿dónde está?... Tú lo tienes...
JUANA.
Sí. (_Sacando el papel_).
DON LORENZO.
Pues dámelo... ¡No tuvimos hijos, decía! (_Procurando leer, pero sin
conseguirlo_). ¿Dónde está?... ¡No sé! ¡No veo las letras! ¡Una nube
me pasa por delante de los ojos! ¡No tuvimos hijos!... ¡No puedo!...
¡No puedo!... Lee tú..., por favor... (_Juana toma el papel_). Ahí...,
ahí... donde dice «¡No tuvimos hijos!».
JUANA.
(_Leyendo_). «Sabía mi esposo que una enfermedad incurable minaba
rápidamente su existencia. El infeliz llevaba la muerte en el corazón.
Loco de amor, quiso asegurarme toda su fortuna, y yo... hice mal, ahora
lo conozco, hice mal porque él tenía padre, pero yo..., perdóname,
Lorenzo, tú que eres tan bueno y tan honrado; yo acepté». (_Pausa_).
DON LORENZO.
Sigue... Sigue...
JUANA.
«Buscamos un niño..., no puedo, no puedo escribir más. Juana conoce
este secreto. Juana te lo dirá todo. Una vez más te ruego que me
perdones. Adiós, Lorenzo mío, y que él te inspire. Te he querido como a
hijo, aunque no lo has sido nuestro».
DON LORENZO.
¡Yo! ¡Yo! ¡Yo no era!... ¿Qué dice?... ¡Yo no era su hijo! ¡Yo llevo un
nombre que no es mío! ¡Cuarenta años ha que gozo bienes ajenos! ¡Yo lo
he robado todo!... ¡Posición social, apellido, riquezas! ¡Todo, todo!
¡Hasta las caricias de mi madre, porque no era mi madre!... ¡Hasta sus
besos, porque yo no era su hijo!... ¡No! ¡Esto no es posible!... ¡Yo no
soy tan miserable!... ¡Juana..., Juana..., por Dios vivo que me digas
la verdad! Mira; ya no es por mí: sea de mí lo que Dios quiera: es por
mi familia..., por esas desdichadas mujeres..., es por mi hija... por
mi Inés de mi vida..., que se morirá..., ¡y yo no quiero que se muera!
(_Llorando con desesperación_).
JUANA.
Es verdad, sí; pero, calla... ¿Qué importa, si nadie lo sabe?
DON LORENZO.
Pero ¿es verdad?
JUANA.
Lo es. (_En voz muy baja_).
DON LORENZO.
¡Pues parece mentira! ¡Aquella mujer que tanto me amaba no era mi madre!
JUANA.
No. ¡Tu madre te amaba más!
DON LORENZO.
Pues ¿quién era?
JUANA.
¡Lorenzo!
DON LORENZO.
¿Cómo se llama?
JUANA.
Mírame sin cólera y te lo diré.
DON LORENZO.
¿Dónde está?
JUANA.
¡Luchando con las torturas de un infierno!
DON LORENZO.
¿Murió también?
JUANA.
¡Muriendo está! (_En la última parte de este diálogo, Juana se levanta,
y ella y Lorenzo forman un grupo agitado, ardiente, delirante. Al
pronunciar ella la última frase, cae de nuevo y sin fuerzas en el
sofá_).
DON LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
(_Retorciéndose de angustia_). ¡¡No, ese nombre, no!!
DON LORENZO.
¡¡Madre!!
JUANA.
¡¡Sí..., ese nombre, sí, hijo mío!! (_Se levanta de nuevo por arranque
supremo, y se abraza a Lorenzo_).
ESCENA XIV.
DON LORENZO, JUANA, DON TOMÁS.
DON TOMÁS.
Ya está ahí..., ya llega...
JUANA.
(_Desprendiéndose de los brazos de Lorenzo_). Déjame..., vienen...,
vienen..., que no me vean...
DON LORENZO.
¡No..., espera..., yo no sé qué voy a decirte... pero tengo que decirte
muchas cosas!...
JUANA.
Luego... Adiós... ¡Ya puedo morir! ¡Le llamé hijo! (_Juana se dirige
lentamente a la puerta de la derecha: Lorenzo la sigue: Tomás en
observación en el fondo_).
DON LORENZO.
No, todavía no... (_Juana desaparece tras los cortinajes; Lorenzo
quiere entrar; Tomás acude desde el fondo y le detiene a la fuerza,
cerrándole el paso y obligándole a retroceder. La actitud de Lorenzo
en esta escena y en la siguiente queda encomendada al talento y a la
inspiración del actor_).
ESCENA XV.
DON LORENZO, ÁNGELA, INÉS, DUQUESA, EDUARDO, DON TOMÁS.
Los nuevos personajes vienen por el foro.
DUQUESA.
¿El señor de Avendaño? (_Con exquisita cortesía. Pausa_).
DON LORENZO.
¡Avendaño!... ¡Avendaño!... No sé dónde está, señora. (_Con voz triste
y sombría, y con cierta distracción_).
ÁNGELA.
¿Qué dice? (_Aparte_).
INÉS.
Pero ¿qué es esto, Dios mío? (_Aparte_).
DUQUESA.
Comprendo, señor de Avendaño, el disgusto que mi presencia le causa...
Vengo a arrebatarle la prenda más querida de su alma (_Señalando a
Inés_), y no extraño en verdad que me trate usted como a enemiga. (_Con
dulzura_).
DON LORENZO.
¡Enemiga mía es la suerte, nadie más!
INÉS.
Pero ¡Dios mío! (_Aparte_).
DUQUESA.
Tiene usted razón: encarnizada enemiga es de los padres.
DON LORENZO.
¡Y más aún de los hijos!
DUQUESA.
No lo niego; pero en fin, leyes divinas son estas que gobiernan los
dolores humanos, y fuerza es respetarlas. (_Procurando dar otro giro a
la conversación, pero sin conseguir dominar su extrañeza_).
DON LORENZO.
¡Ay, señora, que esas leyes divinas son más crueles a veces que
si fueran obras de la crueldad humana! (_La duquesa hace un vivo
movimiento de impaciencia. Eduardo se acerca a ella; Inés a su padre:
Ángela y Tomás observan con asombro_).
INÉS.
(_Aparte a don Lorenzo_). ¡Por Dios, padre!
EDUARDO.
(_Aparte a la Duquesa_) ¡Madre, madre, por mí!
DUQUESA.
(_Con altivez y entonación un poco seca_). Soy madre; adoro a mi hijo;
sé que su felicidad es imposible si no la comparte con esta señorita;
y a perder un hijo, prefiero tener dos.
INÉS.
¡Ves qué buena, padre mío! (_Aparte a don Lorenzo_).
DON LORENZO.
¡Perder un hijo es horrible desdicha!
DUQUESA.
¿Quiere usted dar al mío el nombre de hijo también? (_Con dulzura y
adelantándose hasta don Lorenzo_).
INÉS.
(_Con angustia y en voz baja_). Contesta, padre.
DON LORENZO.
(_Se queda mirando a su hija, le coge la cabeza entre las manos y de
nuevo la contempla con pasión_). ¡Qué hermosa eres! ¡Imposible parece
que tú no puedas más que la ley del honor!
DUQUESA.
(_Sin poder ya dominarse_). En suma, señor de Avendaño: ¿quiere usted
que mi hijo, el duque de Almonte, dé su nombre a la señorita Inés?
DON LORENZO.
(_Con sublime violencia_). ¡Si yo fuera un infame, buena ocasión de dar
nombre ajeno a quien no lo tiene propio!
INÉS.
¡Padre!
ÁNGELA Y DON TOMÁS.
¡Lorenzo!
DUQUESA.
He de confesar lealmente que ni comprendo sus contestaciones de usted,
ni su actitud, que es muy otra de lo que yo esperaba, y me limito a
preguntarle por última vez: ¿acepta usted?
DON LORENZO.
Yo soy un hombre honrado: la desgracia podrá vencerme, no mancharme.
Señora duquesa de Almonte, ese matrimonio es imposible.
DUQUESA.