De como los canonigos y jurados se despidieron de don Quixote y su
compañia, y de lo que á él y á Sancho les pasó con ella.
Apenas hubo el ermitaño dado fin á las razones del cuento, cuando dió
principios á las de su alabança y encarecimiento uno de los canonigos,
diziendo: Maravillado y suspenso en igual grado me dexa, padre, el
suceso de la historia referida y el concierto guardado en su narracion,
pues él la haze tan apacible cuanto ella de sí prodigiosa; si bien otra
igual á ella en la sustancia tengo leida en el milagro veinte y cinco
de los noventa y nueve que de la Virgen sacratisima recogió en su tomo
de sermones el grave autor y maestro que por humildad quiso llamarse
el discipulo: libro bien conocido, y aprobado, por cuyo testimonio á
nadie parecerá apocrifo el referido milagro; por el cual, y por los
infinitos que andan escritos, recogidos de diversos, graves y piadosos
autores, en confirmacion del santo uso y devocion del rosario, protesto
ser toda mi vida de aqui adelante muy devoto de su santa cofradia; y en
llegando á Calatayud, tengo sin duda de asentarme en ella y procurar
ser admitido en el numero de los ciento y cincuenta que se emplean
en servirla y administrarla, trayendo visiblemente el rosario, por
el interes de las muchas indulgencias que he oido predicar se ganan
en ella. No dexó Sancho con sus dislates ordinarios proseguir al
canonigo los devotos encomios que iba diziendo de la santa cofradia
del Rosario y de la Virgen Santisima, su singular patrona; porque,
saliendo de traves, dixo: Lindamente, señor ermitaño, ha departido y
devisado la vida y muerte desa bendita monja y penitente fraile: juro,
non de Dios, que diera cuanto tengo en las faltriqueras, que son cinco
ó seis cuartos, por saberla contar de la suerte que la ha contado, á
las moças del horno de mi lugar; y desde aqui protesto que si Dios me
diere algun hijo en Mari-Gutierrez, que le tengo de inviar á estudiar
á Salamanca, do, como este buen padre, aprenda teologia, y poco á poco
llegue por sus puntos contados á decorar toda la gramatica y medecina
del mundo; porque no quiero se quede tan grande asno como yo. Pero no
piense el grandisimo bellaco gastar en el estudio la hacienda de su
padre, yendose á jugar con otros tales como él, que por las barbas
que en la cara tengo, juro que le tengo de dar, si tal haze, con este
cinto más açotes que caben higos en un seron de arroba. Dezia esto él
quitandose el cinto y dando con él con una colera desatinada en el
suelo, repitiendo: Ser bueno, ser bueno; estudiar, estudiar mucho; en
hora mala para él y para cuantos le valieren y me le quitaren de las
manos. Rieron mucho los circunstantes de su boberia; y no obstante su
necia maldizion, le tuvieron del braço, diciendo: Baste ya, hermano
Sancho; no más, por amor de Dios; que aun no está engendrado el rapaz
que ha de llevar los açotes. Con esto lo dexó, diziendo: A fe que
lo puede agradecer á vs. ms.; pero otra vez lo pagará todo junto:
pase esta por primilla. Don Quixote le dixo: ¿Que tonteria es esa
Sancho? Aun no tienes el hijo, ni aun esperança de tenelle, ¿y ya le
açotas porque no va á la escuela? ¿No ve v. m., replicó él, que estos
muchachos, si desde chiquitos no se castigan, y se amoldan antes de
tener ser, se vuelven haraganes y respostones? Es menester pues, para
evitar semejantes inconvenientes, que sepan desde el vientre de su
madre que la letra con sangre entra; que asi me crió mi padre á mí; y
si algun buen entendimiento tengo, me lo embebió él en el caletre á
puros açotes, tanto que el cura viejo de mi lugar (santa anima haya su
gloria), cuando me topaba por la calle, poniendome la mano sobre la
cabeça, dezia á los circunstantes: Si este niño no muere de los açotes
con que le crian, ha de crecer por puntos. Eso, Sancho, respondió el
ermitaño, tambien me lo dixera yo. Pues sepa v. m., replicó él, que
aquel cura era grande hombre, porque habia estudiado en el Alcana
toda la latrineria de pe á pa. Alcala dirás, dixo don Quixote; que en
el Alcana de Toledo no se aprenden letras, sino como se han de hazer
compras y ventas de sedas y otras mercancias. Eso ó esotro, replicó
Sancho, lo que sé es que era medio adevino, pues conocia una muger de
buena cara entre veinte feas; y era tan doto, que pasando una vez por
mi lugar un estudiante, argumentaron bravamente ambos de las epistolas
y evangelios del misal, y le vino nuestro cura á cohondir, porque
le preguntó, tratando de no sé que latin de la Iglesia, que ya no
se me acuerda, no sé que honduras, y le dexó patas arriba hecho un
cesto, confesando dél que era hombre preeminente. Por cierto, dixo un
canonigo, señor Sancho, que v. m. tiene bravo ingenio, y que gustaré no
poco, y lo mismo creo haran todos estos señores, de oirle contar algun
cuento igual á los que nos han referido el señor soldado y reverendo
ermitaño, pues siendo tanta su memoria y habilidad, no dexará de ser
el que nos contare muy curioso. Yo les prometo á vs. ms., dixo Sancho,
que tocan tecla á la cual responderan más de dos dozenas de flautas;
porque sé los más lindos cuentos que se pueden imaginar; y si gustan,
les contaré uno diez vezes mejor que los referidos, aunque muy más
corto y verdadero. Quitate allá, animalazo, dixo don Quixote: ¿que has
de contar que sea de consideracion? Saldrasnos á moler con una frialdad
á mí y á estos señores, como me moliste en el bosque en que encontré
con aquellos seis valerosos gigantes en figura de batanes, con la necia
historia de Lope Ruiz, cabrerizo extremeño, y de su pastora Torralba,
vagamunda perdida por sus pedazos, hasta seguirle enamorada dellos,
despues de reconocida y llorosa por los melindrosos desdenes con que le
trató (ordinario efecto del amor en las mugeres, que buscadas huyen, y
huidas buscan), desde Portugal hasta las orillas de Guadiana, en las
cuales atollaron sus cabras tu cuento, y mis narizes con el mal olor
con que atrevido las sahumaste. ¡Malillo, pues, era el cuento! dixo
Sancho; y á fe que me huelgo que á v. m. se le acuerden tan bien sus
circunstancias, para que por ellas y las del que agora referiré, si
me dan grato silencio todos, conozca la diferencia que hay del uno al
otro. Rogaron todos á don Quixote le dexase contar su cuento, y dandole
él licencia para ello, y entonando Pança su voz, començó á dezir: Erase
que se era, que en hora buena sea, el bien que viniere para todos sea,
y el mal para la manceba del abad, frio y calentura para la amiga del
cura, dolor de costado para la ama del vicario, y gota de coral para el
rufo sacristan, hambre y pestilencia para los contrarios de la Iglesia.
¿No lo digo yo, dixo don Quixote, que este animal es afrenta-buenos,
y no ha de dezir sino dislates? ¡Miren la arenga de los diablos que
ha tomado para su cuento, tan larga como la cuaresma! ¿Pues son malos
los arenques para ella, cuerpo de mi sayo? dixo Sancho. No me vaya v.
m. á la mano, y verá si digo bien: ya me iba engolfando en lo mejor de
la historia, y agora me la ha hecho desgarrar de la mollera: escuchen,
si quieren, con Barrabas, pues yo les he escuchado á ellos. Erase,
como digo, volviendo á mi cuento, señores de mi alma, un Rey y una
Reina, y este Rey y esta Reina estaban en su reino, y todos al que
era macho llamaban el Rey, y á la que era hembra la Reina. Este Rey y
esta Reina tenian un aposento tan grande como aquel que en mi lugar
tiene mi señor don Quixote para Rocinante; en el cual tenian el Rey
y la Reina muchos reales amarillos y blancos, y tantos, que llegaban
hasta el techo. Yendo dias y viniendo dias, dixo el Rey á la Reina: Ya
veis, Reina deste Rey, los muchos dineros que tenemos: ¿en que pues os
parece seria bueno emplearlos, para que dentro de poco tiempo ganasemos
muchos más y mercasemos nuevos reinos? Dixo luego la Reina al Rey: Rey
y señor, pareceme que seria bueno que los comprasemos de carneros.
Dixo el Rey: No, Reina, mejor seria que los comprasemos de bueyes.
No, Rey, dixo la Reina, mejor será, si bien lo miras, emplearlos en
paños, y llevarlos á la feria del Toboso. Anduvieron en esto haziendo
varios arbitrios, diziendo la Reina no á cuanto el Rey dezia sí: y el
Rey sí á cuanto la Reina dezia no. A la postre, postre, vinieron ambos
en que seria bueno ir con los dineros á Castilla la Vieja ó tierra
de Campos, do por haber muchos gansos, los podrian emplear en ellos,
mercandolos á dos reales; y añadia la Reina, que dió este consejo: Y
luego mercados, los llevaremos á vender á cuatro reales, y á pocos
caminos multiplicaremos asi infinitamente el dinero en breve tiempo. Al
fin el Rey y la Reina llevaron todos sus dineros á Castilla en carros,
coches, carroças, literas, caballos, acemilas, machos, mulas, jumentos
y otras personas deste compas. Tales como la tuya serian todos, dixo
don Quixote: ¡maldigate Dios á ti y á quien tiene paciencia para oirte!
Ya es la segunda vez que me desbarata, replicó Sancho, y creo que es
de invidia de ver la gravedad de la historia y la elegancia con que la
refiero; y si eso es, dela por acabada. Que no permitiese tal rogaron
á don Quixote, y á Sancho pidieron con insistencia la prosiguiese.
Hizolo, diziendo, porque estaba de buen humor: Consideren, señores,
con tanto real que tantos gansos comprarian el Rey y la Reina; que
yo sé de cierto que eran tantos, que tomaban más de veinte leguas:
en fin estaba España tal de gansos, cual estuvo el mundo de agua en
tiempo de Noe. Y si fuera cuales estuvieron de fuego Sodoma, Gomorra
y las demas ciudades, dixo Bracamonte, ¿cuales quedaran los gansos,
señor Pança?--Para la mia buenos y bien asados, señor Bracamonte;
pero ni eso fue, ni se me da nada, pues no me hallé en ello: lo que
sé es que el Rey y la Reina iban con ellos por los caminos, hasta
que llegaron á un grandisimo rio... Que sin duda, dixo el jurado,
seria Manzanares, pues su grandiosa puente segoviana muestra que
antiguamente seria caudalosisimo. Solo sé, replicó Sancho, que por no
haber en él pasadizo, llegados el Rey y la Reina á su orilla, dixo
el uno al otro: ¿Como habemos de pasar agora estos gansos? porque si
los soltamos, se iran nadando por el rio abaxo, y no los podrá despues
coger el diablo de Palermo; por otra parte, si los queremos pasar en
barcas, no los podremos recoger en un año. Lo que me parece, dixo el
Rey, es que hagamos hazer luego en este rio una puente de palo, tan
angosta que solo pueda pasar por ella un ganso; y asi, yendo uno tras
otro, ni se nos descarriaran, ni tendremos trabajo de pasarlos todos
juntos. Alabó la Reina la traça; y efectuada, començaron uno á uno á
pasar los gansos. Calló Sancho en esto; y don Quixote le dixo: Pasa tú
con ellos, con todos los diablos, y acabemos ya con su pasage y con
el cuento. ¿Para que te paras? ¿Hasete olvidado? No respondió palabra
Sancho á su amo, lo cual visto por el ermitaño, le dixo: Pase v. m.,
señor Sancho, adelante con el cuento; que en verdad que es lindisimo.
A esto respondió él, diziendo: Aguardense: ¡cuerpo non de Dios, y que
supitos que son! Dexen pasar los gansos, y pasará el cuento adelante.
Dadlos por pasados, replicó uno de los canonigos. No, señor, dixo
Sancho: gansos que ocupan veinte leguas de tierra no pasan tan presto;
y asi resuelvase en que no pasaré adelante con mi cuento, ni lo puedo
hazer con buena conciencia, hasta que los gansos no esten de uno en
uno desotra parte del rio, en que no tardaran más que un par de años
cuando mucho. Con esto se levantaron del suelo, riendo todos como unos
locos, sino don Quixote, que le quiso dar á todos los diablos; pero
apaciguaronle los de la compañia, despues de lo cual se despidieron
dél, diziendole: Sirvase v. m., señor caballero andante, de darnos
licencia; que pues el sol, ya negandonos su luz por comunicarla á los
antipodas, dexa la tierra sin la molestia que su riguroso calor le
causaba, razon será le mostremos en el caminar, por tener la jornada
algo más larga que v. m. y su compañia, á la cual suplicamos nos mande
y emplee en su servicio; que á todo acudiremos como pide la obligacion
en que nos ha puesto la merced recebida y la buena compañia que se nos
ha hecho. Ese agradecimiento noble estimo yo en nombre destos señores
en lo que es razon, replicó don Quixote; y por él y en nombre dellos
rindo las debidas gracias, ofreciendo en servicio de vs. ms. cuanto
nuestras fuerças valieren; y acompañaramoslos todos con prisa, aunque
voy á la corte por un forçoso desafio, si me igualaran los pies deste
señor soldado, y reverendo ermitaño, con cuyo cansancio me acomodo,
obligado de su buen termino y mi natural piedad. Despidieronse en
esto con mucha cortesia los unos de los otros, y don Quixote puso el
freno á Rocinante, en que subido, començó á caminar con el ermitaño y
soldado por diferente parte poco á poco, hazia un lugarejo donde tenian
determinado quedarse aquella noche, yendo aguardando á Sancho, que
se quedó enalbardando su rucio. Entre tanto que llegaban al pueblo,
platicaron el ermitaño y el soldado sobre los referidos cuentos; y
como eran agudos y estudiantes, pudieron facilmente meterse en puntos
de teologia, y uno dellos fue admirandose del siniestro fin que tuvo
Japelin, y el feliz de don Gregorio y la Priora. En esto volvieron
todos las cabeças, y más don Quixote, que con mucha atencion les iba
escuchando, y vieron á Sancho Pança, que venia muy repantigado sobre
su asno. Llegandoseles cerca, dixo: Por la vida de Matusalen juro que
aunque murió muy buena muerte aquel don Gregorio, con todo, por el
camino he venido pensando en cuan mal lo hizo en dexar á la pobre doña
Luisa en Badajoz sola, y en las manos de aquellos fariseos que tan
enamorados andaban della, con que le dió ocasion de ser peor de lo que
era ya. ¿No veis, Sancho, respondió el ermitaño, que todo fue permision
de Dios, el cual de muy grandes males suele sacar mayores bienes, y no
permitiera aquellos, si no fuera por ocasionarse con ellos para mostrar
su omnipotencia y misericordia en estos otros? que en fin, de lo mesmo
que el demonio traça para perdernos, toma nuestro buen Dios ocasion de
ganarnos; que son el demonio y Dios como la araña y abeja, que de una
misma flor saca la una ponçoña que mata, y la otra miel suave y dulce
que regala y da vida.