Como prosiguiendo su camino don Quixote con toda su compañia, toparon
una estraña y peligrosa aventura en un bosque, la cual Sancho quiso ir
á probar como buen escudero.
Yendo nuestro buen hidalgo caminando con toda su compañia y platicando
de lo dicho, ya que llegaban á un cuarto de legua del pueblo do habian
de hazer noche, oyeron en un pinar, á la mano derecha, una voz como de
muger afligida; y parandose todos, volvieron á escuchar lo que seria,
y sintieron la misma voz lamentable, que dezia: ¡Ay de mí, la más
desdichada muger de cuantas hasta agora han nacido! ¿Y no habrá quien
me socorra en esta tribulacion, en que la fortuna por mis grandes
pecados me ha puesto? ¡Ay de mí, que sin duda habre de perecer aqui
esta noche, entre dientes, garras y colmillos de alguna de las muchas
fieras que semejantes soledades suelen poblar! ¡Oh traidor perverso!
¿Y por que me dexaste con vida, pues me fuera harto mejor que con
los filos de tu cruel espada me cortaras el cuello, que no haberme
dexado desta suerte con tanta inhumanidad? ¡Ay de mí! Don Quixote, que
semejantes razones oyó sin ver quien las dezia dixo á los compañeros:
Señores, esta es una de las más estrañas y peligrosas aventuras que
jamas he visto ni probado desde que recebí el orden de caballeria;
porque este pinar, es un bosque encantado, donde no se puede entrar
sin grandisima dificultad, en medio del cual tiene el sabio Freston,
mi contrario antiguo, una cueva, y en ella muchos y muy nobilisimos
caballeros y donzellas encantadas, entre los cuales, por saber que
en ello me haze singular agravio y sinsabor, ha traido presa á mi
intima amiga la sabia Urganda la desconocida, y la tiene llena de
cadenas, atada á una rueda de molino de aceite, la cual voltean dos
ferozisimos demonios; y cada vez que la pobre sabia llega abaxo, y
la coge la piedra por el cuerpo, da aquellas terribles vozes: por
tanto ¡oh clementisimos heroes! atended; que solo á mi persona atañe
y de juro pertenece probar esta insolita aventura, y libertar á la
afligida sabia ó morir en la demanda. Cuando el ermitaño y Bracamonte
oyeron semejantes dislates á don Quixote, y ponderaron los visages y
afectos con lo que dezia, le tuvieron totalmente por loco; pero con
todo, disimulando este conceto que dél tenian, le dixeron: Mire v.
m., señor don Quixote, que por esta tierra no se usan encantamientos,
ni este pinar está encantado, ni puede haber cosa de las que v. m.
dize; y solo se puede buenamente colegir de las vozes que se oyen, que
algunos salteadores habran robado alguna muger y dadola de puñaladas,
la habran dexado en medio deste pinar, y desto se debe de lamentar. A
pesar de cuantos lo contradizen, replicó don Quixote, son las vozes de
la persona y por las causas que dicho tengo. Viendo Sancho Pança lo
que altercaban sobre dezernir quien y por que razon pronunciaba los
confusos lamentos que oian, se llegó á su amo, muy repolludo en el
rucio, y quitandose la caperuça, puesto en su presencia, le dixo: Ya
los dias pasados vió v. m., mi señor don Quixote, saliendo de Çaragoça,
como me las tuve tiesas con el señor Bracamonte, que está presente;
y que si no fuera por v. m. y por el respeto que tuve á la venerable
presencia deste señor ermitaño, no dexara de dar cima, tronco, ó como
diablos lo llaman los caballeros andantes, á la aventura ó batalla
que con él tuve, pero batalla en que se me dió por vencido; y asi
para que merezca venir á ser por mis pulgares, andando los tiempos,
tenido por esos mundos, insulas y peninsulas por caballero andante,
como v. m. lo es, y haga á cuantos topare tuertos y coxos, le pido
desencarecidamente se esté aqui con estos señores; que yo iré quedito,
subido en mi rucio, sin permitirle diga en el camino palabra buena ni
mala, á ver si es la que ahi dentro se quexa la sabia Urganda, ó como
se llama; y si cojo descuidado al bellaconazo del sabio que v. m. dize,
verá como, despues de haberle dado media dozena de gentiles moxicones,
se le traigo aqui agarrado de los cabeçones; pero si acaso muriesemos
en la demanda yo y mi fidelisimo jumento, suplico á v. m. por amor
del señor san Julian, abogado de los cazadores, que nos haga enterrar
juntos en una sepultura; que pues en vida nos quisimos como si fueramos
hermanos de leche, bien es que en la muerte tambien lo seamos; y
mandeme enterrar en los montes de Oca; y si por mi ventura fuere camino
para llevarnos á ellos la Argamesilla de la Mancha, nuestro lugar,
detenganos en ella siete dias con sus noches, en honra y gloria de las
siete cabrillas y de los siete sabios de Grecia; lo cual hecho, iremos
alegres nuestro camino, habiendo empero almorzado primero lindamente.
Riose don Quixote, diziendo: ¡Oh Sancho, y que grande necio que eres!
Pues si te he de llevar muerto con tu rucio, ¿como quieres descansar
siete dias con sus noches en la Argamesilla, y despues almorzar para
ir adelante? Par diez, replicó Sancho, que tiene razon: v. m. perdone;
que no habia caido en que iba muerto. Pues, Sancho, dixo entonzes don
Quixote, porque veas que deseo tu aprovechamiento en las aventuras, te
doy plenaria licencia para que vayas y pruebes esta, y ganes la honra
della que se me debia; y me la quito para dartela, con el fin de que
comiençes á ser caballero novel, prometiendote que si le das, cual
confio de tu braço, á esta peligrosa hazaña que emprendes, en llegando
á la española corte, tengo de hazer con su catolico monarca que por
fuerça ó por grado te dé el orden de caballeria, para que, dexando el
sayo y la caperuça, subas armado de todas pieças en un andaluz caballo,
y vayas á justas y torneos, matando fieros gigantes y desagraviando
opresos caballeros y tiraniçadas princesas con los filos de tu espada,
sin trepidar los soberbios gigantes y fieros grifos que te hizieren
resistencia. Señor don Quixote, dixo Sancho, dexeme á mí; que á
cachetes haré yo más en un dia que otros en una hora; y si puedo poner
un poco de tierra en medio, como haya abundancia de guijarros, quedará
la vitoria por mia, y muertos todos los gigantes aunque tope un cahiz
de ellos; y con esto, adios; que voy á ver en que pára esta aventura;
mas deme primero su bendicion. Don Quixote le santiguó, diziendo:
Dete Dios en este trance y semejantes lides la ventura y acierto que
tuvieron Josue, Gedeon, Sanson, David y el santo Macabeo contra sus
contrarios, por serlo de Dios y de su pueblo. Començó luego Sancho á
caminar; y andados cuatro pasos, volvió á su amo, diziendo: Mire v. m.,
señor, que si acaso diere vozes, viendome en algun peligro, que acuda
luego, y no demos que reir al mal ladron, pues podria v. m. llegar tan
tarde, que ya Sancho hubiese llevado, cuando llegase, media dozena
de maçadas de gigantes. Anda, Sancho, dixo don Quixote, y no tengas
miedo; que yo acudiré á tiempo. Con esto se fue; y apenas hubo andado
otros seis pasos, cuando volvió diziendo: Y mire v. m., tome esto
por seña de que me va mal con este sabio, que encomendado sea á las
furias infernales: que cuando yo diga dos vezes ¡ay, ay! venga como un
pensamiento; porque será señal infalible de que ya me tiene en tierra
atado de pies y manos para quitarme el pellejo como un san Bartolome.
No harás cosa buena, dixo don Quixote, pues tanto temor tienes. Pues,
¡pesia á la madre que me parió! dixo Sancho, estase v. m. arrellenado
en su caballo, y esotros dos señores riendose, como si fuese cosa de
burla el irme yo triste á meter solo entre millones de gigantes más
grandes que la torre de Babilonia, ¡y no quiere que tema! Yo le aseguro
que si alguno de sus mercedes viniera, hiziera peor: ¡cuerpo non de
Dios con ellos, y aun con la puta perra que me hizo pedir tal licencia,
ni tratar de meterme en estos ruidos, y buscar perro con cencerro! Tras
esto se entró el pinar adentro; y habiendo andado medrosisimo cosa de
veinte pasos, començó á dar gritos en seco, diziendo: ¡Ay, ay, que me
matan! Apretó las espuelas don Quixote á Rocinante en oyendo las vozes,
y tras él el ermitaño y soldado; y llegando todos á Sancho, que estaba
caballero en su asno, le dixo su amo: ¿Que es ó que has habido, mi fiel
escudero? que aqui estoy. ¡Eso sí! dixo Sancho: no he visto aun nada,
y solo he gritado por ver si acudiria al primer repiquete de broquel.
Volvieron atras todos riendo, y Sancho se emboscó; pero á poco trecho
oyó como no muy lexos dél se quexaban y dezian: ¡Ay Madre de Dios! ¿Y
es posible que no haya en el mundo quien me socorra? Sancho que iba
con más miedo que vergüença, alargando el cuello acá y acullá, oyó
de nuevo cerca de sí la mesma voz, que entre unos arboles le dezia:
¡Ah, hermano labrador! por amor de Dios, quitadme de aqui. Volviendo
en esto, turbado, la cabeça Sancho, vió una muger en camisa, atada
de pies y manos á un pino; y apenas la hubo visto, cuando dando una
gran voz se arrojó del asno abaxo, y volviendose á pie, corriendo y
tropeçando, por donde habia venido, iba diziendo á vozes: ¡Socorro,
socorro, señor don Quixote; que matan á Sancho Pança! Don Quixote y los
demas que oyeron á Sancho entraron el pinar adentro, donde toparon con
él, que se volvia turbadisimo, mirando hazia atras de cuando en cuando,
y tropeçando en una mata y dando de ojos en otra; al cual, asiendole
del braço el soldado, y no pudiendole detener, segun se daba prisa
por salir del pinar, le dixo: ¿Que es esto, señor caballero novel?
¿Cuantos gigantes ha muerto á moxicones? Reportese, pues queda con
vida y nos ha excusado el trabajo de llevarle á enterrar á los montes
de Oca. ¡Ay señor! respondió Sancho, no vaya allá, por las llagas de
Jesus Nazareno, Rex Judœorum; porque le asiguro he visto por estos ojos
pecatrizes, los cuales no soy digno de jurar, una anima del purgatorio
vestida de blanco como ellas, segun dezia el cura de mi lugar; y á fe
que no esté sola; que siempre estas andan á bandadas como palomas; lo
que sé dezir es que la que yo acabo de ver está atada á un pino; y si
no me encomendara aprisa á san Longinos benditisimo, y apretara los
pies, me tragara sin duda, como se ha tragado ya al triste rucio y á mi
caperuça, que no la hallo. Començó don Quixote á caminar poco á poco,
y los demas tras él; y Sancho, que apenas se podia mover, segun iba
de cortado, dixo: ¡Ah señor don Quixote! mire por amor de Dios lo que
haze, no tengamos que llorar para toda nuestra vida. En esto, como la
muger que estaba atada sintió rumor de gente, començó á levantar la
voz y á dezir: ¡Ay señores! por reverencia del que murió por todos,
que me quiten deste tormento en que estoy puesta, y si son cristianos
hayan misericordia de mí. Don Quixote y los demas, que vieron aquella
muger atada de pies y manos al pino, llorosa y desnuda, tuvieron gran
compasion de ella; pero Sancho, asido del habito del ermitaño y puesto
tras él, medio acechando, con el miedo que tenia le dixo: Doña anima
del purgatorio (¡purgada os vea yo con todos los diablos del infierno
á vos y á quien acá os traxo, supuesto que no puedo creer sea cosa
buena!), dad acá el rucio que os habeis comido; si no, por vida de
cuantos verdugos hay en el Flas Sanctorum, que mi señor don Quixote os
le saque del buche á puras lançadas. El soldado le respondió: Callad,
Sancho; que alli anda vuestro asno paziendo, la caperuça, que se os
cayó, está junto á él. ¡Oh bendito sea Dios, dixo Sancho, y como me
huelgo! Y asiendo del asno, le abraçó y dixo: Bien seas venido de los
otros mundos, asno de mi alma; mas dime como te ha ido en ellos:--y
llegandose tras esto á su amo, le dixo: Mire v. m., señor, lo que haze,
y no la desate, porque esta anima me parece pintiparada á la anima de
una tia mia que murió habrá dos años, de sarna y mal de ojos, en mi
lugar; y nos importa á todos los de mi linage no verla más que á la
landre, porque era la más maldita vieja que hayan tenido todas las
Asturias de Oviedo que hay en todo el mundo. No curó don Quixote de las
boberias de su escudero; y asi, volviendose al ermitaño y á Bracamonte,
les dixo: Habeis de saber, señores, que esta dama que veis aqui atada
con tanto rigor y crueldad, es sin duda la gran Zenobia, reina de las
Amazonas, si nunca la oistes dezir; la cual, habiendo salido á caza con
la muchedumbre de sus más diestros cazadores, vestida de verde, en un
hermoso caballo rucio rodado, con su arco en la mano y una rica aljaba
al hombro, llena de doradas y herboladas flechas, habiendose apartado
de su gente por haber seguido un ferozisimo jabalí, se perdió en estos
obscuros bosques; y siendo hallada por alguno ó algunos jayanes de los
que van por el mundo haziendo dos mil alevosias le robaron su preciado
caballo, quitandole sus ricos y bordados vestidos y todas las joyas,
perlas, axorcas y anillos que en su cuello, braços y blancas manos
traia; y la dexaron, como veis, desnuda en camisa y atada á ese pino:
por tanto, señor soldado, v. m. la desate luego, y sabremos de su boca
elegantisima toda la historia. La muger era tal, que pasaba de los
cincuenta, y tras de tener bellaquisima cara, tenia un rasguño de á
jeme en el carrillo derecho, que le debieron de dar siendo moça, por su
virtuosa lengua y santa vida. El soldado la fue á desatar, diziendo:
Yo le juro á v. m., señor caballero, que la dueña que está aqui no
tiene cara de reina Zenobia, si bien tiene el talle de amazona; y si
no me engaño, me parece haberla visto en Alcala de Henares, en la
calle de los Bodegones, y se ha de llamar Barbara la de la cuchillada.
Y llegandola á desatar, dixo ella que era la verdad y que aquel era
su nombre. En esto se quitó el manto que traia el ermitaño, y se le
puso á la pobre muger para que asi con él llegase hasta el lugar con
más decencia; la cual, en viendose cubierta, se llegó adonde estaba
don Quixote, y viendole armado de todas pieças, le dixo: Infinitas
gracias, señor caballero, rindo á v. m. por la que me acaba de hazer,
pues con ella y por sus manos quedo libre de las de la muerte,
en las cuales sin duda me viera esta noche, si por piedad de los
cielos no hubiera v. m. pasado por aqui con esta noble compañia. Don
Quixote con mucho reposo y gravedad le respondió, diziendo: Soberana
señora y famosa reina Zenobia, cuyas fazañas estan ya tan sabidas
por el mundo, y cuyo nombre y valor conocieron tan bien los famosos
griegos á costa de su sangre generosa, pues vos con vuestras fermosas
cuanto intrepidas amazonas fuistes poderosa para dar la vitoria á la
parte que favoreciades de los dos lucidos exercitos del emperador
de Babilonia y Constantinopla, yo me tengo por muy felize y dichoso
en haberos hecho hoy este pequeño servicio, principio de los que á
vuestra real persona de aqui adelante pienso hazer en la grandiosa
corte del catolico monarca de las Españas, en la cual tengo aplaçada
una peligrosa y dudosa batalla con el gigante Bramidan de Tajayunque,
rey de Chipre. Yo os juro y prometo desde aqui coronaros por reina y
señora de aquella amenisima isla y regalado reino, despues de haber por
cuarenta dias defendido contra todos los caballeros del mundo vuestra
rara y peregrina fermosura. El ermitaño y Bracamonte, que semejantes
disparates oyeron dezir á don Quixote, no se podian valer de risa;
pero considerando la obligacion en que le estaban por lo que cuidaba
de su regalo, y cuanto por no perderle les importaba sobrellevarle,
disimulaban cuanto podian, siguiendole el humor como discretos; aunque,
cuando se hallaban ambos á solas, lo reian todo por junto. La buena
muger, que se vió tratar de reina, no supo que le responder, sino
dezir: Yo, señor mio, si bien soy moçona, no soy la reina Zenobia, como
v. m. me llama; si es que no lo dize fisgando por verme tan fea. Pues
á fe que en mi tiempo no lo fui; que vivido he en Alcala de Henares
toda mi vida, donde, cuando era muchacha, era bien regalada y querida
de los más galanos estudiantes que ilustraban entonzes aquella celebre
universidad, sin haber rotulada por todos sus patios y casa otra que
Barbara; y hasta en todas las puertas de los conventos y colegios
estaba mi nombre escrito con letras coloradas y verdes, cubierto de
coronas y ladeado de palmas, diziendo: Barbara victor; pero ya por
mis pecados, despues que un escolastico capigorron me hizo esta señal
en el rostro (que mala se la de Dios en el anima), no hay quien haga
caso de mí. Pues á fe que, aunque fea, no espanto. A esto respondió
Sancho: Por vida de mi madre, que esté en el otro mundo por muchos años
y buenos, señora reina Zenobia, que aunque le parece á v. m. que no
espanta, que me espantó denantes cuando la ví con tan mala catadura;
que habia de la cera que destilaba la colmena trasera que naturaleza
me dió, para hazer bien hechas media dozena de hachas de á cuatro
pabilos. Don Quixote, que ya en su fantasia idolatraba en Barbara,
teniendola por la reina Zenobia, le dixo, dando un empujon á Sancho,
con que le hizo callar: Vamos, serenisima señora, al lugar, que ya
está cerca, y dezirnos heis por el camino como os sucedió la desgracia
de ser robada, y atada de pies y manos en aquel pino. Y volviendose á
Sancho, le dixo: ¿Ois, escudero? Traed vuestro jumento, y subireis en
él luego á la señora reina Zenobia de aqui al lugar. Traxole Sancho,
y poniendose á gachas á cuatro pies para que subiese, volviendo la
cabeça, le dixo: Suba, señora reina; y ponga los pies sobre mí. Hizolo
ella con mucha desenvoltura y sin hazerse de rogar; y puesta á caballo,
començaron á caminar para el pueblo. A pocos pasos que habia andado, le
dixo Bracamonte: Diganos, señora Barbara, por vida desa suya que tantas
ha pensado costar en la moçedad, ¿quien fue aquel bellaco que la dexó
de tal suerte, y quien el que la sacó de la calle de los Bodegones de
Alcala, donde estaba como una princesa y tan visitada de estudiantes
novatos que la henchian las medidas y bolsas? ¡Ay señor soldado!
respondió ella. ¿Conociome á mí alli en mi prosperidad? ¿Entró alguna
vez en mi casa? ¿O acaso comió jamas del mondongo que yo guisaba? que
le solia algunas vezes hazer tan bueno, que se comian los estudiantes
las manos tras ello. Yo, señora, respondió él, jamas comí en casa de
v. m., porque estaba en el Colegio Trilingüe, donde dan de comer á
los colegiales; pero acuerdome bien de que alababan mucho las agujas
de v. m. y su limpieza, la cual, segun me dezian, era tanta, que con
solo un caldero de agua lavaba por el pensamiento dos y tres vientres:
de manera que salian de sus manos unas morcillas verdinegras, que era
gloria mirallas; que como la calle es angosta y obscura, no se podia
echar de ver la superabundancia del mugre con que convidaban al más
hambriento machuca de Alcala. ¡Ay! ¡mal haya él, replicó Barbara, y
que gran bellaco y socarron me parece! Pues á fe que si no me engaño,
que ha él comido de mis manos más de cuatro vezes; porque su talle y
vestido no es para hazerme creer que ha estado en el Colegio Trilingüe,
como dize. Digame la verdad, acabe. Bracamonte la satisfizo, diziendo:
Antes que yo entrase en el colegio, agora cuatro años, estaba con otros
seis estudiantes amigos en la calle de Santa Ursula, en las casas que
se alquilan alli junto á la iglesia mayor del mercado; y me acuerdo
que v. m. subió á ellas con una olla no muy pequeña llena de mondongo;
y un estudiante, que se llamaba Lopez, la cogió en sus braços sin
derramarla, y la metió en su aposento, donde él con todos los amigos
comimos de la olla que v. m. se traia baxo sus mugrientas sayas, sin
tocar á la del mondongo. Por el siglo de mi madre, respondió Barbara,
que me acuerdo deso como de lo que he hecho hoy. Pues á fe que toda era
gente honrada; que aunque no tuvieron razon de hazer lo que hizieron,
siendo yo muger de mis prendas, todavia tuvieron respeto de no tocarme
á la olla. ¡Jesus, Jesus! ¿que estaba alli? Pues sepa que Lopez es
ya licenciado y un grandisimo bellaco enamoradizo, mas con todo eso,
á fe que las vezes que yo subia á su aposento, que no me escupia.
Pues, señora reina mia, dixo Sancho, si tan buena ofiziala es de hazer
mondongos, sepa que si mi amo la lleva, como dize, al reino de Chipre,
alli tendrá bastantisima ocasion de mostrar su habilidad, porque
habrá tripas infinitas de los enemigos que mataremos; de los cuales
podrá hazer pasteles, pelotas de carne y ollas podridas, y echarles
toda la caparrosa que quisiere, pues es lo que da mejor gusto á los
guisados. ¡Ay amarga de mí! respondió Barbara: si la caparrosa es para
hazer tinta, ¿como dezis vos, hermano, que la eche en los guisados?
No sé, en mi conciencia, replicó Sancho, lo que me echaron encima de
las alhondiguillas que me dieron en casa de don Carlos en Çaragoça; lo
que sé es que ellas me supieron riquisimamente. Albondiguillas direis,
dixo Barbara; que ansi se llaman en todo el mundo. Poco monta; replicó
Sancho, que se llamen de una suerte ó de otra, lo que hemos de procurar
es sembrar muchas en estando en Chipre.