CAPITULO XX

En que se da fin al cuento de los Felizes Amantes.

No habia bien subido á dar el aviso el criado á sus amos, cuando se

arrepintió don Gregorio dello; porque, como venia con intencion de

saber de solo de la vida dellos, y sin darseles á conocer irse luego

á meter religioso en la mesma religion en que lo era la Priora, para

hazer alli una condigna penitencia con que en parte satisfaciese sus

graves culpas, pareciole que todo se lo impidiria lo que habia empezado

á intentar. Con la melancolia que esto le causó, y deseando obviar los

inconvenientes que de ver á sus padres se le podian seguir, volvió las

espaldas para retirarse de la puerta; pero apenas lo habia començado

á hazer, cuando ya el criado estuvo en ella á buscarle, y los padres

salieron á la ventana á llamarle. No se pudo excusar de entrar el

turbado peregrino en su casa; y haziendolo, y subido arriba en una

cuadra, le rogaron los venerables viejos se sentase en una silla, y

poniendosele cada uno á su lado, le hizieron mil preguntas del don

Gregorio que habia dicho al criado habia conocido y tratado en Napoles,

haziendole tras cada una un millon de ofrecimientos. Dezianle con no

pocas lagrimas: ¡Ay, hermano mio, y que dieramos por haber visto como

vos ese unico y amantisimo hijo nuestro, absoluto señor de nuestra

hacienda y total causa del llanto con que pasamos la vida! ¿Está bueno?

¿Tiene que comer? ¿Sirve ó es soldado? ¿Hase casado ó que vida tiene

quien tan sin piedad es verdugo de las nuestras? Estaba don Gregorio

cuando oia estas razones más muerto que vivo de ternura y sentimiento;

pero, disimulando cuanto pudo les dixo: Lo que dél ¡oh ilustres

señores! os puedo dezir, es que, segun me comunicó, ha padecido

infinitos trabajos desde que salió de vuestra casa y obediencia; pero

¿cuando los dexó de dar al cielo al hijo que, saliendo de la que

debe á sus padres, ofende su valor, lastima sus canas, menoscabando

su propria salud, fuerças y reputacion? Digolo porque en todo sé que

ha padecido don Gregorio mucho, y creo que volviera de buena gana á

vuestros ojos si lo permitiera la vergüença que se lo impide. ¿De que

la ha de tener Gregorio, replicó la madre, pues en su vida ha hecho

baxeza ni hay en la ciudad quien se pueda quexar dél? No significaban

sus razones (añadió el peregrino) cuando me hablaba, eso; antes siempre

colegí dellas se habia ausentado por alguna aficion que tenia á no sé

que religiosa, á quien él llamaba doña Luisa; y temí algunas vezes no

hubiese escalado por ella el convento ó sacadola dél, segun andaba de

receloso de cuantos le podian conocer. La mejor seña que nos podiais

dar, dixo el padre, de que el que habeis conocido es nuestro hijo, es

dezirnos nombraba él á doña Luisa; porque es una religiosa gravisima

deste lugar, y priora ha años de tal convento; á quien él visitaba á

menudo; pero habeisle hecho agravio á ella y á su valor en pensar cosa

de su persona que desdiga della y de la virtud singular que profesa.

Cuando don Gregorio oyó el abono que sus padres daban de la Priora,

en confirmacion de lo que toda la ciudad habia dado della, y reparó

por otra parte en la ternura y sentimiento con que hablaban dél, se

demudó de suerte, que, dandole un parasismo mortal, quedó como muerto

reclinado á la silla. Acudieron de improviso los padres á darle algo

confortativo, pensando era desmayo de hambre el que le habia tomado; y

quitandole el sombrero que tenia calado, y desabrochandole con piedad

cristiana; reparando en el rostro la madre, que hazia este ofizio y

le enxugaba el sudor dél, le conoció, y levantó los gritos al cielo,

diziendo: ¡Ay, hijo de mis ojos, y que disfraz es el con que que has

querido entrar en esta tu propria casa! El padre, que oyendo los gritos

de la madre, percibió llamaba de hijo al peregrino, se llegó, tan

desmayado como él lo estaba, á mirarle, y conociendole, ayudó tambien

á las endechas de la madre, diziendo: ¿Que peregrina invencion ha sido

esta, Gregorio mio, de querer disimulartenos, dandotenos á conocer tan

por rodeos? ¿Pensarias hazer con tus padres, sin duda, lo que con los

suyos hizo san Alexo? Mas no creo tal, pues tan lexos está de parecerse

á aquel santo quien tan sin ocasion ni violencia de casamientos ha

usado tan peregrino rigor. Alborotose luego la casa, corriendo las

nuevas de la vuelta de don Gregorio por el barrio, y antes que él

volviese del desmayo en sí, estaba rodeado de criados y vecinos; y

corrido, cuando volvió á cobrar sus sentidos, de ver la publicidad

de su vuelta, abraçó á sus padres, postrandoseles luego á sus pies y

pidiendoles le dexasen reposar á solas, despidiendo los circunstantes,

pues bastaba hubiesen sido testigos de su corrimiento y del perdon que

les pedia por los enojos causados. Fueronse cuantos esto le oyeron,

contentos de ver lo quedaban los padres, los cuales luego dieron

tambien orden en que se acostase y reposase. Hizolo, y preguntando á

su madre en la cama cuanto habia que no se habia visto con la Priora,

supo della que tres dias, y como, hablandole en la conversacion dél,

y representandole el sentimiento con que vivian todos en su casa por

su ausencia y no saber si era muerto ni vivo, habia en ella vertido

no pocas lagrimas y despedido del pecho algunos lastimosos suspiros,

indicio claro del sincero amor que le tenia, y de lo que sentia su

perdicion. Más le crecia el asombro á don Gregorio cuando estas cosas

oia; porque, como no sabia el milagro, y estaba cierto por otra parte

de su maldad y de lo que con la Priora le habia acontecido, pareciale

todo sueño, y que era ilusion del demonio el pensar verse en casa de

sus padres y vuelto tan á su salvo en su patria; y asi á ratos con la

vehemencia desta imaginacion se suspendia de suerte que no acertaba á

responder. Con todo, rogó á su madre, despues de haber reposado algunos

dias, le hiziese merced de llegar al convento y verse con la Priora,

dandole aviso de su vuelta y de como habia sido con habito penitente

de peregrino, despues de haber estado en Roma á pedir absolucion

á Su Santidad de las moçedades que habia cometido en los años que

habia faltado de su casa, en cuyo conocimiento habia venido por sus

oraciones, á lo que creia, y por haber oido un sermon de las alabanças

del santisimo rosario y de las misericordias que por su devocion hazia

la Virgen benditisima en grandisimos pecadores. Rogola juntamente

instase con ella le diese licencia en todo caso para ir á besarle las

manos y darle cuenta de los sucesos de su persona, sola aquella vez,

pues en hazello ó dexarlo de hazer estaba su consuelo y quietud. Fue

la madre luego á hazer la visita, encargadisima de sacar la licencia

que deseaba su hijo, cuyo alivio procuraban ella y todos los demas

deudos, por ver cuanto necesitaba dello la melancolia con que le veian.

Habló, en llegando al convento, á la Priora; y cuando la hubo dado

las referidas nuevas y recado, vió en las lagrimas que de contento

derramó tras él (que á eso atribuia la madre de don Gregorio las que

doña Luisa derramaba de confusion y vergüença), el gozo que mostraba de

su vuelta y mudanza; y alegre de ver que ya por su instancia permitia

le hablase (enterada primero della de cuan otro venia de la fuente de

indulgencias y perdones que da Dios á los pecadores por manos de su

supremo vicario, cosas todas que se las aseguraba ser asi el enviarle

á dezir el mismo don Gregorio venia de Roma; lo cual y el entender

juntamente que habia alcançado tan grande misericordia por el mismo

medio que ella, del santisimo rosario, fueron bastantes causas para

obligarla á concederle sin escrupulo la licencia que le pedia para

llegar á hablarla el dia siguiente; porque siempre el coraçon le dixo

habia de ser tan feliz el fin desta segunda visita, cuanto le habia

sido nocivo el de la primera), volviose la madre con esta respuesta

contentisima á su casa, y con razon, pues en ella llevaba, aunque

sin entenderlo asi, la medicina que más convenia al consuelo de su

hijo y á su salvacion; el cual, deseandola con las veras que lo

suele hazer aquel á quien Dios abre los ojos del alma, pasó la noche

toda en oracion, suplicando á su divina Magestad, por la puridad de

su santisima Madre, cuyo rosario nunca se le cayó de las manos, se

sirviese de darle en la esperada visita el espiritu, para cosas de

edificacion de su alma, que convenia tuviese quien en aquel puesto en

que se habia de ver, tan desatinado habia andado. La misma oracion hizo

en su coro la santa Priora, y preparandose, venida la mañana, ambos

con recebir los divinos sacramentos de la confesion y Eucaristia, se

pusieron, llegando el plaço, en el locutorio, do se habian de ver con

iguales deseos de saber el uno el suceso del otro. No tiene, señores,

mi ruda lengua palabras con que explicar bastantemente la turbacion de

las con que se saludaron al primer encuentro los dos felizes amantes;

porque, en viendose el uno al otro (si es que las lagrimas les dexaron

mirarse), se turbó él y encalmó ella de suerte que por muy gran rato no

supieron ni de sí ni de adonde estaban. Las galas con que don Gregorio

entró á verla, con un vestido de paño liso, sin gorbion alguno, el

sombrero puesto en los ojos, sin espada ni más compañia que bonisimos

deseos y unas planchas grandes de hoja de lata, hechas rallo, en pecho

y espaldas, y una cruz entre la ropilla y jubon, con rosario y horas

en la faltriquera; sacando la Priora el adorno que queda dicho se

puso la primera noche que llegó al convento, y con que en ella dió

principio á su rigurosa penitencia. Puestos pues de la suerte dicha,

cuando la suspension y llanto les dió lugar, empezó él á dezirle: Por

la cruz en que remedió mi eterno Dios pecadores tales cual yo soy, y

por las lagrimas, afrentas y angustias con que en ella espiró, y por

las que al pie de tan salutifero arbol sintió su purisima Madre, que

por serlo tanto, pudo ser solo su hechura de su omnipotencia, os pido

me digais ¡oh religiosa señora! si sois vos la priora doña Luisa que

cuatro años ha con vuestra vista me cegastes, perdistes y enamorastes

de suerte que, loco, desatinado y sin temor de Dios, me resolvi en

sacaros de aqui y llevaros á Lisboa y á Badajoz, cometiendo las ofensas

y sacrilegios contra el cielo, que solo un merecido infierno puedo; y

si acaso sois la que pienso, dezidme tambien como yendoos conmigo os

quedastes acá, y quedandoos acá os fuistes conmigo; que cierto estoy

(¡y ojalá no lo estuviera tanto!) que os vi, hablé, amé y solicité y

saqué del convento, sin temor de hazer á vuestro estado y profesion

la ofensa que se siguió por postre de tan infernales principios;

porque veo me aseguran cuantos de vos pregunto por otra parte (cosa

que vuelvo loco), que jamas habeis faltado de esta casa; antes dizen

que siempre la habeis regido con notables exemplos y mil virtuosas

medras. Yo soy don Gregorio el malo, el sacrilego, el aleve, el

traidor, y finalmente el peor de los hombres y el igual á Lucifer en

los pensamientos, pues los puse en quien era esposa de mi mismo Dios,

cielo suyo y niñas de sus ojos. A la Virgen bendita del Rosario debo

el conocimiento de mis culpas, pues dexandoos (si sois la que pienso,

y no fantasma) en Badajoz, y dando cabo en la corte, descuidado de mi

bien, mereci un dia oir acaso un sermon de uno de los apostoles que

la predicacion de su santo rosario tiene Maria en el mundo; en que

pintando las misericordias que por tal devocion haze su clemencia,

pintó mi ceguera y dibuxó mi perversa vida, dando juntamente remedio á

todos mis males; que todo lo hizo predicando un milagro y la eficacia

de la dicha devocion. Senti tras sus palabras la de la divina gracia,

pues supe confesarme luego y dexar la corte del rey de España, y buscar

la de quien es vicario de aquel por quien los reyes reinan y en cuyo

servicio consiste solo el verdadero reinar; alcanzé absolucion de

aquella santa silla; y volviendo peregrino á saber, disfraçado, de mis

padres, y á saber la nota y escandalo que de vuestra persona y de la

mia habia en esta ciudad, he hallado en ella que en boca de todos sois

vos la santa, la recogida y exemplar, sin haberseos notado falta ni

ausencia; siendo yo solo el que os he pintado y saben los cielos y vos

(si sois la que pienso) y mi misma conciencia, que es el más riguroso

fiscal y quien me trae á sombras de tejado de temor de la divina

justicia, de quien solo pienso escapar recogido en el templo de la

divina misericordia, mediante la intercesion de quien es madre dellas.

Acabó en esto la lengua de don Gregorio las razones, y començaron de

nuevo sus ojos á confesar sus yerros y á mostrar el sentimiento que

tenia dellos. Consoladisima quedó la Priora cuando hubo oido del autor

de sus desventuras el conocimiento que tenia dellas, y más cuando supo

que le habia venido tan grande bien por las manos clementisimas de

quien habia vuelto por su honra y suplido su falta en el gobierno los

años que, dexada de Dios, habia seguido desenfrenadamente sus apetitos

y las sendas de su condenacion. Y consolandole y dandole cuenta de sus

sucesos y de lo que debia á Maria benditisima, y como pensaba pagarle

en parte tan grande deuda con una verdadera y perpetua penitencia de

sus culpas y un privarse de verle jamas á él, le rogó fuese el que

debia, mirase por su alma y huyese del mundo cuanto le fuese posible

y de vanas conversaciones y platicas; que le daba palabra ella de

hazer lo mismo, como tambien se la daba de callar el suceso mientras

viviese; pero no muerta, pues antes de morir le pensaba dexar escrito

en manos de su confesor, con orden de que le divulgase el mesmo dia

para gloria de Dios y recomendacion de la celestial aurora de tal

misericordia. Ofreciole don Gregorio hazer las mismas diligencias, y

de no quedar en el mundo, sino entrarse en un retirado convento de su

propia orden, do pagase su sensualidad el debido escote de los excesos

pasados, á fuerça de ayunos y disciplinas; y tras celebrar él con mil

alabanças de la Virgen y un millon de asombros y admiraciones la merced

milagrosa y favor inaudito que su infinita clemencia habia usado por la

devocion del santo rosario con la Priora y con él mesmo, se despidió

del convento para nunca más llegar á él, y della para jamas verla; y

lo proprio hizo ella, pidiendose ambos con lagrimas perdon reciproco,

y las oraciones el uno del otro. Continuó siempre, como queda dicho,

la Priora sus mortificaciones, consoladisima de la conversion de don

Gregorio, dando por ella iguales gracias á la Virgen que por la suya

propria, á quien le encomendó toda su vida. Volviose de alli él á su

casa, do estuvo algunos dias asentando cosas; y comunicada al cabo

dellos á sus padres su devocion, y representandoles las obligaciones

que tenia de consolarse con haberle visto vuelto vivo, les pidió su

bendicion y licencia para ser religioso, pues lo debia á Dios y á

su Madre, rogandoles ahincadamente se la diesen, y tuviesen á bien

tomase tan divino estado; tras lo cual tambien les rogó dexasen sus

bienes despues de sus dias á pobres, que son los verdaderos depositos

y en quien mejor se guardan, pues en su poder jamas se menoscaban las

haciendas. Alcançaronlo todo dellos sus lagrimas y raro espiritu; con

que se fue contentisimo á ser religioso en la misma ciudad, profesando

en la religion que tomó, con notables demostraciones de virtud; y

llegando por ellas á ser perlado de su convento, quiso Dios acabase sus

dias, ordenando juntamente el cielo fuese el de su muerte en el mesmo

en que fue la de la Priora y á la misma hora; y haziendo cada uno antes

de espirar una devotisima platica á su comunidad, murieron con notables

señales de su salvacion, recebidos todos los divinos sacramentos.

Hallaronse en poder de los confesores de ambos, luego que espiraron,

las relaciones de los amores, sucesos, conversiones, milagros, y de

los favores que la Virgen les habia hecho; y publicandose el caso y

verificandose, acudió toda la ciudad á ver sus santos cuerpos, que

estaban hermosisimos en los feretros. Hizoseles sumptuosisimo entierro,

invidiando todos la buena suerte de los padres de fray Gregorio, los

cuales tuvieron honradisima y consoladora vejez con su feliz fin.

Llegado el de su vida dellos, repartieron su hacienda en los conventos

de la Priora y de su hijo, con exemplo de todos, muriendo cargados de

años y de buenas obras. De los de la santa Priora no digo nada, porque

asi ellos como la otra hermana que tenia religiosa murieron mucho antes

que ella.

El Quijote apócrifo · 第 30 / 58 题