Del suceso que tuvieron los Felizes Amantes hasta llegar á su amada
patria[20].
[20] En la primera edición dice _porcia_.
No se fue don Gregorio á Merida, como habia prometido al caballero
y á doña Luisa, sino á Madrid, donde por la babilonia de la corte
facilmente se encubre y disimula cualquier desdichado; y como él lo
era tanto, vino á parar con toda su nobleza en servir á un caballero
de habito, mudado el nombre, sin acordarse más de su dama que si jamas
la hubiera visto, la cual le pagó con la mesma moneda á los primeros
dias de su ausencia, empleandolos todos en nuevos gustos y en tratar
de estafar á cuantos podia, teniendo por blanco solo el interes;
pero conociendo todos el suyo, començaron á hazer alto, divulgandose
entre ellos la baxa ley y libertad de la forastera; por lo cual,
viendose sin muñidores, y sobre todo, viendo que le hazia algunos malos
tratamientos el administrador, enfadado de su ingratitud y disolucion,
cayó en la cuenta del peligro en que estaba su alma y cuerpo. Advirtió
tambien luego como, habiendo tantos dias que don Gregorio faltaba,
jamas le habia escrito, siendole facil el hazerlo estando en Merida,
por la vecindad, y forçoso el procurarlo por las obligaciones que le
tenia, si como hombre, en fin, no hubiera mudado de intento y dexadola,
como lo tenia por sin duda lo habia hecho. Començó á cavar en la
consideracion de su mal estado tras esto, y Dios á obrar secretamente
en su conocimiento, como aquel que la queria dexar por exemplo de
penitentes y de lo que con su divina misericordia puede la intercesion
de su electisima Madre, y finalmente, de lo que á ella la obligan los
devotos de su santisimo rosario con la frecuentacion de tan eficaz
y facil devocion; que se encendió de suerte su espiritu en amor y
temor de Dios, que empezó á deshazerse en lagrimas, apesarada de las
ofensas cometidas contra su Magestad, confusa por no saber como ni en
quien hallar remedio ni consejo; que tan cargada estaba de desatinos.
Advirtieron su llanto algunos de sus galanes, y deseando enxugarsele,
le preguntaban la causa con gran cuidado y deseo de saberla; pero era
en vano, porque ya aspiraba la reconocida señora á superior consuelo;
y asi, despidiendoles lo mejor que pudo (que no le fue facil, por ser
las arremetidas de los amartelados más fogosas en prosecucion de lo
que despues de amado han procurado dexar, y más si ven desvio en el
gusto), propuso, alumbrada de Dios, volverse á su ciudad y presentarse
en ella secretamente á un caballero deudo suyo, y descubrirle todo el
suceso de su vida, con fin de que él la ayudase á ir sin ser conocida,
á Roma, á procurar alli, echada á los pies de Su Santidad, algun modo
para volver á su monesterio ó á otro cualquiera de su misma orden,
con fin de tener donde enmendar, como deseaba, la infernal vida que
hasta entonzes habia tenido. Con este pensamiento, y encomendandose de
coraçon á Maria sacratisima, madre de piedad y fuente de misericordia,
recogiendo cuanto dinero tenia, y haziendo de sus vestidos y alhajas
todo lo que pudo, se vistió de peregrina con sombrero, esclavina,
bordon y un grueso rosario al cuello y alpargatas á los pies; y
cubierta deste penitente trage, arrebozado el rostro, se salió una
noche obscurisima de Badajoz, tomando la derrota hazia su tierra,
acompañada solo de suspiros, lagrimas y deseos de salvarse, desviandose
cuanto le era posible de los caminos reales, y procurando caminar casi
siempre las noches, en las cuales entraba en las posadas de menos
bullicio á tomar dellas lo más necesario para su sustento, saliendose
luego al campo. No le faltaron algunos trabajos y desasosiegos de gente
libre en el camino; pero vencioles á todos su modestia y sacudimiento,
y sobre todo la santa resolucion que la eficaz gracia le habia hecho
hazer de no ofender más á su Dios en toda su vida, aunque la supiera
perder mil vezes á manos de un millon de tormentos. Padeció tambien
hambre, sed y frio, por ser tiempo en que le hazia grande el en que
caminaba, y por la misma causa le molestaron las aguas y arroyos;
pero acompañabase en ellos de la gente más pobre que hallaba, hasta
pasarlos, á quien despues daba buenas limosnas. Hazia las jornadas
cortas, por el cansancio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese
tan largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar á su tierra
más de cuatro meses, visitando en ellos algunos pios santuarios que
le venian á cuento. Quiso ya el cielo apiadarse della y dar fin á su
prolixa jornada; y asi llegando á la ultima, antes de entrar en su
ciudad, á la que descubrió, y reconoció el campanario de su monasterio,
fue tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, que no hay lengua
¡oh discretos señores! que lo acierte á pintar. Resolviose en lagrimas,
y resolvió juntamente de quedarse alli en el campo hasta el anochecer,
por entrar á media noche, para mayor seguridad. Hizolo asi, y llegado
el plaço, començó á enderezar los turbados pasos hazia la casa del
deudo de quien pensaba valerse; pero llegando á pasar por delante su
monasterio (que no se si la obligó tanto á ello la necesidad cuanto
el cariño y deseo de ver sus paredes; pero no debió de ser lo uno ni
lo otro, sino inspiracion de Dios para que tuviese su viaje el feliz
fin que se sigue) al punto que daban las onze, y emparejando con el
mismo postigo de la puerta de la iglesia, la vió abierta; y asombrada
de semejante caso, començó á dezir entre sí: ¡Valgame Dios! ¿que
descuido ha sido este de las monjas ó del sacristan que tiene cargo de
cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hayan dexado abierto el postigo
de su puerta? Mas ¿si acaso han robado algunos ladrones los frontales
y manteles de los altares ó la corona de la Virgen, que ha de ser de
plata si no me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pasito (aunque
aventure en ello la vida, pues en dichosa parte la perderé cuando aqui
la pierda), y mirar si hay alguna persona dentro, y avisar, por si ha
sido descuido de quien tiene cargo de cerrarle. Metió en esto la cabeça
hazia dentro con gran tiento, y estuvo un rato escuchando; pero no
sintiendo ruido, ni viendo más que dos lamparas encendidas, una delante
del Santisimo Sacramento, y otra delante del altar de la Virgen
benditisima, estuvo suspensa una gran pieça, sin que osase determinase
á entrar, temiendo no estuviese alguna monja rezando acaso en el coro,
y viendola alli, hiziese algun rumor por do se viese en peligro de ser
conocida, y por consiguiente rigurosamente castigada; pero no obstante
este miedo, se resolvió á seguir la primera deliberacion, aunque fuese
con el riesgo de la vida. Entró tras esto osadamente, y pasando por
delante del altar de la Virgen, tropeçó en un gran manojo de llaves
que delante dél estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se
abaxó para verlas y levantarlas con notable turbacion; y apenas lo
hubo començado á poner por obra, cuando la devotisima imagen de la
Virgen la nombró por su nombre con una voz como de reprehension, de
la cual quedó tan atemorizada doña Luisa, que cayó medio muerta en
tierra; y prosiguiendo la Virgen sacratisima, le dixo: ¡Oh perversa y
una de las más malas mugeres que han nacido en este mundo! ¿como has
tenido atrevimiento para osar parecer delante de mi limpieza, habiendo
tú perdido desenfrenadamente la tuya á vueltas de tantos y de tan
sacrilegos pecados como son los que has cometido? ¿De que suerte, di,
ingrata, soldarás la irreparable quiebra de tan preciosa joya? ¿Y con
que penitencia, insolentisima profesa, satisfarás á mi amado Hijo, á
quien tan ofendido tienes? ¿Que enmienda piensas emprender ¡oh atrevida
apostata! para volver por medio della á recuperar algo de lo mucho
que tenias merecido, y has perdido tan sin consideracion, volviendo
las espaldas á las infinitas misericordias que habias recebido de mi
divinisimo Hijo? Estaba en esto la afligidisima religiosa acobardada
de suerte que ni osaba ni podia levantar el rostro, ni hazer otra cosa
sino llorar acerbisimamente; pero la piadosa Virgen, consolandola
despues de la reprehension, no ignorando la amargura y el dolor de su
animo, incitandola á verdadera penitencia, le dixo: Con todo, para que
eches de ver que es infinitamente mi Hijo más misericordioso que tú
mala, y que sabe más perdonar que ofenderle todo el mundo, y que no
quiere la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vivan, le
he yo rogado por tu reparo (obligada de las fiestas, solemnidades y
rosarios que en honra mia celebraste, festejaste y me rezaste cuando
eras la que debias), sin que tú lo merezcas; y él, como piadosisimo que
es, ha puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en cuanto es
hacer misericordias, deseando verificar en ti el titulo que de madre
de ellas me da la Iglesia, como á él se la da de padre de tan grande
atributo, he hecho por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque
vivas dos mil años y los emplees todos en hazerme los servicios que
me solias hazer en los primeros años de tu profesion. Acuerdate que
cuando desta casa saliste, ahora haze cuatro años, pasando delante
deste mi altar, me digiste que te ibas ciega del amor de aquel don
Gregorio con quien te fuiste, y que me encomendabas las religiosas
desta casa, tus hijas, para que mirase por ellas como verdadera madre,
cuando tú les eras madastra; y que las rigiese y gobernase, pues eran
mias; tras lo cual arrojaste en mi presencia esas mismas llaves del
convento que en la mano tienes. Entiende pues que yo, como piadosa
madre, he querido hazer para confusion tuya lo que me encomendaste; y
asi has de saber que desde entonzes hasta ahora he sido yo la priora
deste monasterio en tu lugar, tomando tu propia figura, envejeciendome
al parecer al compás que tú lo has ido haziendo, tomando juntamente
tu habla, nombre y vestido; con que he estado entre ellas todo este
tiempo, asi de dia como de noche, en el claustro, coro, iglesia y
refitorio, tratando con todas como si fuera tú propria: por tanto, lo
que ahora has de hazer, es que tomes esas llaves, y cerrando la puerta
de la iglesia con ellas, te vayas por la sacristia y demas pasos por
donde te saliste, á tu celda, la cual hallarás de la propria forma y
manera que la dexaste, hallando hasta tus habitos doblados sobre el
bufete; pontelos en llegando, y guarda esos de peregrina en la arca;
y advierte que hallarás tambien sobre la propria mesa el breviario y
la carta que dexaste escrita, sin que nadie la haya abierto ni leido,
y la vela encendida junto á ella. En efeto, hallarás todas las cosas,
por mi piadosa diligencia, en el estado en que las dexaste, sin hallar
novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu falta ni la del
dinero que has desperdiciado: vete, por tanto, á recoger antes que
despierten á maitines, y enmienda tu vida como debes, y lava tus culpas
con las lagrimas que ellas piden; que lo mismo han hecho cuantas tras
tan graves pecados han merecido el ilustre nombre de penitentes que
les da la Iglesia. Quedó la en que estaba doña Luisa, acabando estas
razones la celestial Princesa de todas las hierarquias, llena de un
olor suavisimo; y ella contrita y tan consolada en su espiritu, cuanto
corrida de haber obligado á la Madre del mismo Dios á serlo de sus
subditas; pero obedeciendo á su celestial mandato, recelosa de que no
se llegase la hora de los maitines, se levantó del suelo, cubierta de
sudor y lagrimas, y haziendo una profunda inclinacion á la preciosisima
imagen y otra al Santisimo Sacramento, y tomando las llaves, cerró la
puerta de la iglesia, y se fue á su celda por los mismos pasos que
habia salido della, en la cual lo halló todo del modo que lo habia
dexado y la Virgen le habia dicho. Pusose, en entrando dentro, sus
habitos, guardando en el arca los de peregrina, y apenas lo habia
acabado de hazer, cuando tocaron á maitines; y enjugandose el rostro,
tomó el breviario y estuvo aguardando hasta que vino la monja que solia
llamarla, la cual, tomando el candelero de la mesa, como cada noche
tenia de costumbre, se fue delante alumbrando hasta el coro, donde
estuvo aguardando de rodillas (con no pequeña turbacion, por aparecerle
sueño cuanto veia) á que se juntasen las religiosas; y en habiendolo
hecho, hizo la señal acostumbrada, tras que començaron los maitines; y
acabados ellos y la oracion que de ordinario suelen dezir, se volvieron
á salir todas, y se fueron á sus celdas al postrer señal de la Priora,
la cual tambien hizo lo proprio, acompañandola con luz á la suya la
mesma religiosa que la habia sacado della. Cuando se vió sola començó
de nuevo á derramar lagrimas, parte de dolor por sus culpas, y parte de
agradecimiento por la nunca oida merced que la misericordiosisima Maria
le habia hecho; y haziendole una breve oracion llena de fervorosos
deseos y celestiales conatos, descolgó de la cabeçera de su cama unas
gruesas diciplinas que solia tener en ella, y tomandolas se dió con
ellas por espacio de media hora una cruelisima diciplina sin ninguna
piedad, por principio de la rigurosa penitencia que pensaba hazer
todos los dias de su vida, de aquel sacrilego y deshonesto cuerpo, de
cuya roja sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del verdadero
dolor de sus pecados. Acabado este penitente acto, abrió una arca,
de adonde sacó un aspero cilicio que solia ponerse en las cuaresmas
cuando era la que debia, hecho de cerdas y esparto machacado, el cual
le tomaba desde el cuello á las rodillas, con sus mangas justas hasta
la muñeca; pusose juntamente debaxo de una cadenilla que en la mesma
arca tenia, que le daba tres vueltas, y apretandosela con todo rigor
al delicado cuerpo, dezia: Agora, traidor, me pagarás los agravios que
al espiritu has hecho: no esperes, lo poco que la vida me durare, otro
regalo más que este, y agradece á la madre de afligidos y fuente de
consuelos, Maria, y á su clementisimo Hijo que no te hayan enviado á
los infiernos á hazer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forçosa
y tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la esperança del
perdon y remedio que agora tienes en la mano, teniendole tan poco
merecido. Y saliendose luego de su celda, se volvió otra vez al
coro, donde estuvo pasando el santisimo rosario delante de la misma
imagen que la habia hablado, hasta la hora de prima, la cual acabada,
hizo al instante llamar al confesor del convento, con quien hizo una
general confesion con no vistas muestras de dolor y arrepentimiento,
contandole todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados que
contra su divina y inmensa Magestad habia cometido los cuatro años
que habia estado fuera del convento: refiriole juntamente el milagro
y merced que por la devocion del rosario, la Reina de los cielos, su
patrona, le habia hecho, supliendo su falta y acudiendo á todas sus
obligaciones, movida de su virginea piedad, salvandole la honra en que
no se echase de ver su falta. El secreto del milagro encargó tras esto
cuanto fue posible, para mientras le durase la vida al confesor, el
cual quedó sumamente maravillado de su grandeza, y lleno de ternura y
devocion en el espiritu, cosa que le aseguraba de la verdad del caso;
y pasmabase cuando consideraba habia merecido su indignidad confesar
y comulgar por su mano, no una, sino muchisimas vezes, á la puridad,
ante quien y en cuya comparacion no la tienen los más puros angeles
del cielo. Con todo, quiso ver el rostro de la penitente perlada y
certificarse de que era ella misma, y no demonio (como temia) que en
figura suya le queria engañar; y vistas sus lagrimas y enterado de la
verdad, la consoló cuanto pudo, y animó para la continuacion de la
empezada penitencia y devocion del santisimo rosario; y perseveró ella
en todo, haziendose mil ventajas cada dia á sí misma, de suerte que
las que la veian con tanta repentina mudança, en el retiro de gradas,
asistencia continua á la oracion, y mortificacion y ordinario curso de
lagrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, como la sabian ella
y su confesor, con que se confesaba los más de los dias, recebiendo el
Santisimo Sacramento muy á menudo. Perseveró en estos exercicios toda
la vida; y al cabo de meses que los continuaba, quiso Dios apiadarse
de su perdido galan, como lo habia hecho della, tomando por medio un
sermon que acaso oyó á un religioso dominico de soberano espiritu, en
una parroquia de la corte, que moviendo el cielo la lengua en él, se
engolfó á deshora en las alabanças de la Virgen y en las misericordias
que habia hecho y hacia cada dia con infernados pecadores, por la suave
devocion de su benditisimo rosario, trayendo en consecuencia desto el
sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donacion de
su alma al demonio con cedula escrita y firmada de su mano y sangre,
por la dicha devocion fue libre de todo, y acabó su vida, perseverando
en ella, santisimamente, tras una bien premeditada y llorosa confesion
general de todos los cometidos desatinos. Cayó en la cuenta de los
suyos el ciego de don Gregorio luego que oyó el doto sermon; y
acordandose tambien de lo mucho que acerca del celestial poder del
rosario le habia dicho diversas vezes su doña Luisa; premeditando las
razones del predicador, y confiriendolas con las que de su dama en
esta parte le traxo Dios á la memoria, le pareció que arrimandose á la
frecuentacion de tan soberano rezo, hallaria en él braço que le sacase
del cieno de sus torpezas, y otra escala, cual la de Jacob, con que
pudiese llegar al cielo, por más entumecido que estuviese en la fragosa
y mal cultivada tierra de sus bestiales apetitos: propuso tras esto
irse al religioso convento de la Virgen de Atocha y confesarse luego
con el santo predicador, cuyo nombre sabia, por haberlo preguntado á
su compañero al baxar del pulpito. Efectuolo eficazmente; que no es
pereçosa la divina gracia ni admite tardanzas: fue al convento, entrose
en la iglesia, postrose delante la imagen milagrosa de la Virgen,
derritiose, puesto alli, en lagrimas: pedia perdon á Dios, piedad á su
Madre, y ayuda á ambos para enmendar los yerros de la pasada y hazer
dellos una general confesion. Alzose luego; entrose en el claustro,
pidió por el predicador, y puesto en su presencia, empeçaron sus ojos
á dezirle lo que su lengua no acertaba: con todo, cuando las lagrimas
le dieron lugar, le dixo: ¡Remedio padre! ¡Socorro, varon de Dios, para
esta alma, que es la más mala de cuantas la misericordia y caridad
inmensa de Jesucristo ha salvado! Entrose al instante el predicador á
su celda, y apenas estuvo dentro, cuando, postrado á sus pies, empeçó á
hazer con acerbo llanto una confesion general de sus excesos, tal, que
estaba el confesor igualmente compungido, confuso y consolado de ver
tal trueco en un moço de los años y prendas de aquel, consolole cuanto
pudo, animandole á la continuacion de sus propositos y del rezo del
santo rosario, cuya era tan feliz mudanza. Y asegurandole del perdon de
sus culpas y de la largueza de las perpetuas misericordias que Dios,
con celestial regocijo de todos los cielos y sus angeles, ha usado
y usa de cada dia con los pecadores recien convertidos de verdadero
coraçon, le envió absuelto, consolado y lleno de mil santos propositos
y fervores; y no fue el menor el con que propuso de ir á Roma á visitar
los santos lugares, besar el pie á Su Santidad, y obtener, para mayor
bien suyo, su plenisima absolucion. Volvió, al salirse del convento,
á hazer oracion á la Virgen, y hecha con las demostraciones del
agradecimiento que tan gran merced como la que acababa de recebir[21]
se volvió á la villa, y en ella trocó luego sus vestidos por unos
de peregrino, hechos de sayal basto; y sin despedirse de su amo ni
de persona, empezó á caminar hazia Roma, do llegó cansado, pero no
menoscabado el fervor con que emprendió tan santa peregrinacion.
Cumplió en aquella grandiosa ciudad con cuanto los deseos que le habian
llevado á ella pedian, y obtenido el fin dellos, dió la vuelta hazia
su tierra, deseando saber, con aquel disfraz y sin ser conocido, de
sus padres; que bien seguro iba de no poderselo ser, segun iba de
flaco, macilento, triste y desfigurado, asi de los trabajos del camino,
como de las penitencias que iba haziendo en él; y no fue la menor
el sufrimiento con que llevó las vexaciones que ciertos salteadores
le hizieron en un peligroso paso. Entró al cabo de dias, cubierto
de confusion, lagrimas y sobresalto, en su amantisima patria, y lo
primero que hizo, llegado á ella, fue irse á pedir limosna al torno
del convento de do sacó la Priora, queriendo fuese teatro del primer
acto de su penitencia en su patrio suelo el mismo que lo habia sido del
que dió principio á su tragica perdicion y ciego desatino. Dieronle
facilmente honrada limosna las caritativas torneras, y en recebiendola,
se llegó á la misma mandadera que le habia llevado el primer recado
de doña Luisa la mañana en que se principiaron sus locos amores, y
preguntole quien era priora de aquella casa; y diziendole ella que
doña Luisa lo era años habia, porque continuaban las religiosas en
reelegirla siempre, no sin gusto de sus superiores, por su gran
virtud,--¡Doña Luisa, replicó él atonito, dezis que es priora! ¿Como es
posible? Ella es, digo, añadió la muger, sin duda. Que os burlais de
mí, porfió él, he de pensar, pues quereis persuadirme es priora desta
casa doña Luisa, de quien he oido dezir estaba muy lexos de poderlo
ser. Doña Luisa, respondió ella, es, ha sido y será priora muchos
años, á pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues no faltan
muchos que lo hazen. Baxó la cabeça don Gregorio con la confusion y
perplexidad que pensar se puede, sin osar replicar más con la muger,
que ya conocia se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo
por una parte no le conociese en la voz, y por otra, que descuidandose,
no descubriese algo de lo mucho que con la Priora le habia pasado; y
asi, saliendose de alli, se fue por diferentes partes de la ciudad,
fuera de sí y pidiendo igualmente limosna y el nombre de la priora de
tal convento, y dandole unos y otros la misma respuesta que le habia
dado la mandadera, por salir del todo de la confusion en que se veia,
determinó irse de rondon á casa de sus padres, para echarse alli con la
carga, como dizen, y descubriendoseles, fiar, como era justo hazerlo,
dellos el paso de tan grave suceso. Entró por sus puertas, y al primer
criado que vió en ellas preguntó si le darian limosna los dueños de la
casa, y respondiendole que si harian, que eran muy caritativos marido
y muger, le replicó se sirviese dezirle sus nombres y si tenian hijos;
y sabido dél, por la respuesta vivian sus padres, aunque afligidisimos
por la ausencia de un solo hijo que tenian, y se les habia ido sin
saber donde, con quien ni por que, por el mundo, y que lo que más les
entristecia era no saber si vivia ni en que parte habia dado cabo,
para poderle remediar; saltaronsele las lagrimas de los ojos á don
Gregorio con la respuesta, y volviendo el rostro á la otra parte, y
enxugandolas y disimulandolas cuanto pudo, dixo de nuevo al criado:
¿Llamabase por dicha el hijo destos señores don Gregorio? Porque si
tenia ese nombre, es sin duda un soldado que he conocido en Napoles en
el cuartel de los españoles; y si seria; que por las señas que él me
daba de sus calidades, y de que era unico mayorazgo en este lugar, y de
la disposicion de las casas de sus padres (que todo me lo comunicaba,
por ser muy mi camarada), estas han de ser las dellos, y el de quien
hablo, su hijo; y sabrase presto si es él, si hay quien me diga si
se fue deste lugar con alguna muger de calidad. No estaba yo aun en
servicio desta casa cuando él faltó della, ni le conocí; pero sé que
su nombre era, como dezis, don Gregorio; y que no hizo otra baxeza ni
se tiene dél otra quexa que haberse llevado algun dinero prestado de
amigos, aunque ya todo lo han pagado sus padres; que de dos caballos
que á ellos les llevó y otra gran cantidad de moneda, nunca han hecho
caso, porque en fin todo habia de venir á ser suyo.--Pues, amigo, por
las entrañas de Dios os ruego que digais á esos señores si gustan de
hazerme limosna, siquiera por lo que pienso haber conocido á su hijo.
¡Y como si os la haran de bonisima gana! dixo el criado: yo fio que
no solo eso hagan por vos, sino que os regalarán muy mucho y tendran
á merced de que les deis nuevas de prenda que tanto quieren; y asi,
aguardadme, os ruego, mientras subo volando á darles el aviso y recado.
Subiose, dicho esto, el criado arriba, sin curarse, con el contento,
de mirar en el rostro al peregrino; que si lo hiziera, fuera imposible
no leyera en su turbacion y lagrimas que él mismo era su señor y el
mayorazgo de la casa.
[21] Falta el verbo _merecía_, ú otro análogo.