CAPITULO XIX

Del suceso que tuvieron los Felizes Amantes hasta llegar á su amada

patria[20].

[20] En la primera edición dice _porcia_.

No se fue don Gregorio á Merida, como habia prometido al caballero

y á doña Luisa, sino á Madrid, donde por la babilonia de la corte

facilmente se encubre y disimula cualquier desdichado; y como él lo

era tanto, vino á parar con toda su nobleza en servir á un caballero

de habito, mudado el nombre, sin acordarse más de su dama que si jamas

la hubiera visto, la cual le pagó con la mesma moneda á los primeros

dias de su ausencia, empleandolos todos en nuevos gustos y en tratar

de estafar á cuantos podia, teniendo por blanco solo el interes;

pero conociendo todos el suyo, començaron á hazer alto, divulgandose

entre ellos la baxa ley y libertad de la forastera; por lo cual,

viendose sin muñidores, y sobre todo, viendo que le hazia algunos malos

tratamientos el administrador, enfadado de su ingratitud y disolucion,

cayó en la cuenta del peligro en que estaba su alma y cuerpo. Advirtió

tambien luego como, habiendo tantos dias que don Gregorio faltaba,

jamas le habia escrito, siendole facil el hazerlo estando en Merida,

por la vecindad, y forçoso el procurarlo por las obligaciones que le

tenia, si como hombre, en fin, no hubiera mudado de intento y dexadola,

como lo tenia por sin duda lo habia hecho. Començó á cavar en la

consideracion de su mal estado tras esto, y Dios á obrar secretamente

en su conocimiento, como aquel que la queria dexar por exemplo de

penitentes y de lo que con su divina misericordia puede la intercesion

de su electisima Madre, y finalmente, de lo que á ella la obligan los

devotos de su santisimo rosario con la frecuentacion de tan eficaz

y facil devocion; que se encendió de suerte su espiritu en amor y

temor de Dios, que empezó á deshazerse en lagrimas, apesarada de las

ofensas cometidas contra su Magestad, confusa por no saber como ni en

quien hallar remedio ni consejo; que tan cargada estaba de desatinos.

Advirtieron su llanto algunos de sus galanes, y deseando enxugarsele,

le preguntaban la causa con gran cuidado y deseo de saberla; pero era

en vano, porque ya aspiraba la reconocida señora á superior consuelo;

y asi, despidiendoles lo mejor que pudo (que no le fue facil, por ser

las arremetidas de los amartelados más fogosas en prosecucion de lo

que despues de amado han procurado dexar, y más si ven desvio en el

gusto), propuso, alumbrada de Dios, volverse á su ciudad y presentarse

en ella secretamente á un caballero deudo suyo, y descubrirle todo el

suceso de su vida, con fin de que él la ayudase á ir sin ser conocida,

á Roma, á procurar alli, echada á los pies de Su Santidad, algun modo

para volver á su monesterio ó á otro cualquiera de su misma orden,

con fin de tener donde enmendar, como deseaba, la infernal vida que

hasta entonzes habia tenido. Con este pensamiento, y encomendandose de

coraçon á Maria sacratisima, madre de piedad y fuente de misericordia,

recogiendo cuanto dinero tenia, y haziendo de sus vestidos y alhajas

todo lo que pudo, se vistió de peregrina con sombrero, esclavina,

bordon y un grueso rosario al cuello y alpargatas á los pies; y

cubierta deste penitente trage, arrebozado el rostro, se salió una

noche obscurisima de Badajoz, tomando la derrota hazia su tierra,

acompañada solo de suspiros, lagrimas y deseos de salvarse, desviandose

cuanto le era posible de los caminos reales, y procurando caminar casi

siempre las noches, en las cuales entraba en las posadas de menos

bullicio á tomar dellas lo más necesario para su sustento, saliendose

luego al campo. No le faltaron algunos trabajos y desasosiegos de gente

libre en el camino; pero vencioles á todos su modestia y sacudimiento,

y sobre todo la santa resolucion que la eficaz gracia le habia hecho

hazer de no ofender más á su Dios en toda su vida, aunque la supiera

perder mil vezes á manos de un millon de tormentos. Padeció tambien

hambre, sed y frio, por ser tiempo en que le hazia grande el en que

caminaba, y por la misma causa le molestaron las aguas y arroyos;

pero acompañabase en ellos de la gente más pobre que hallaba, hasta

pasarlos, á quien despues daba buenas limosnas. Hazia las jornadas

cortas, por el cansancio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese

tan largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar á su tierra

más de cuatro meses, visitando en ellos algunos pios santuarios que

le venian á cuento. Quiso ya el cielo apiadarse della y dar fin á su

prolixa jornada; y asi llegando á la ultima, antes de entrar en su

ciudad, á la que descubrió, y reconoció el campanario de su monasterio,

fue tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, que no hay lengua

¡oh discretos señores! que lo acierte á pintar. Resolviose en lagrimas,

y resolvió juntamente de quedarse alli en el campo hasta el anochecer,

por entrar á media noche, para mayor seguridad. Hizolo asi, y llegado

el plaço, començó á enderezar los turbados pasos hazia la casa del

deudo de quien pensaba valerse; pero llegando á pasar por delante su

monasterio (que no se si la obligó tanto á ello la necesidad cuanto

el cariño y deseo de ver sus paredes; pero no debió de ser lo uno ni

lo otro, sino inspiracion de Dios para que tuviese su viaje el feliz

fin que se sigue) al punto que daban las onze, y emparejando con el

mismo postigo de la puerta de la iglesia, la vió abierta; y asombrada

de semejante caso, començó á dezir entre sí: ¡Valgame Dios! ¿que

descuido ha sido este de las monjas ó del sacristan que tiene cargo de

cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hayan dexado abierto el postigo

de su puerta? Mas ¿si acaso han robado algunos ladrones los frontales

y manteles de los altares ó la corona de la Virgen, que ha de ser de

plata si no me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pasito (aunque

aventure en ello la vida, pues en dichosa parte la perderé cuando aqui

la pierda), y mirar si hay alguna persona dentro, y avisar, por si ha

sido descuido de quien tiene cargo de cerrarle. Metió en esto la cabeça

hazia dentro con gran tiento, y estuvo un rato escuchando; pero no

sintiendo ruido, ni viendo más que dos lamparas encendidas, una delante

del Santisimo Sacramento, y otra delante del altar de la Virgen

benditisima, estuvo suspensa una gran pieça, sin que osase determinase

á entrar, temiendo no estuviese alguna monja rezando acaso en el coro,

y viendola alli, hiziese algun rumor por do se viese en peligro de ser

conocida, y por consiguiente rigurosamente castigada; pero no obstante

este miedo, se resolvió á seguir la primera deliberacion, aunque fuese

con el riesgo de la vida. Entró tras esto osadamente, y pasando por

delante del altar de la Virgen, tropeçó en un gran manojo de llaves

que delante dél estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se

abaxó para verlas y levantarlas con notable turbacion; y apenas lo

hubo començado á poner por obra, cuando la devotisima imagen de la

Virgen la nombró por su nombre con una voz como de reprehension, de

la cual quedó tan atemorizada doña Luisa, que cayó medio muerta en

tierra; y prosiguiendo la Virgen sacratisima, le dixo: ¡Oh perversa y

una de las más malas mugeres que han nacido en este mundo! ¿como has

tenido atrevimiento para osar parecer delante de mi limpieza, habiendo

tú perdido desenfrenadamente la tuya á vueltas de tantos y de tan

sacrilegos pecados como son los que has cometido? ¿De que suerte, di,

ingrata, soldarás la irreparable quiebra de tan preciosa joya? ¿Y con

que penitencia, insolentisima profesa, satisfarás á mi amado Hijo, á

quien tan ofendido tienes? ¿Que enmienda piensas emprender ¡oh atrevida

apostata! para volver por medio della á recuperar algo de lo mucho

que tenias merecido, y has perdido tan sin consideracion, volviendo

las espaldas á las infinitas misericordias que habias recebido de mi

divinisimo Hijo? Estaba en esto la afligidisima religiosa acobardada

de suerte que ni osaba ni podia levantar el rostro, ni hazer otra cosa

sino llorar acerbisimamente; pero la piadosa Virgen, consolandola

despues de la reprehension, no ignorando la amargura y el dolor de su

animo, incitandola á verdadera penitencia, le dixo: Con todo, para que

eches de ver que es infinitamente mi Hijo más misericordioso que tú

mala, y que sabe más perdonar que ofenderle todo el mundo, y que no

quiere la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vivan, le

he yo rogado por tu reparo (obligada de las fiestas, solemnidades y

rosarios que en honra mia celebraste, festejaste y me rezaste cuando

eras la que debias), sin que tú lo merezcas; y él, como piadosisimo que

es, ha puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en cuanto es

hacer misericordias, deseando verificar en ti el titulo que de madre

de ellas me da la Iglesia, como á él se la da de padre de tan grande

atributo, he hecho por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque

vivas dos mil años y los emplees todos en hazerme los servicios que

me solias hazer en los primeros años de tu profesion. Acuerdate que

cuando desta casa saliste, ahora haze cuatro años, pasando delante

deste mi altar, me digiste que te ibas ciega del amor de aquel don

Gregorio con quien te fuiste, y que me encomendabas las religiosas

desta casa, tus hijas, para que mirase por ellas como verdadera madre,

cuando tú les eras madastra; y que las rigiese y gobernase, pues eran

mias; tras lo cual arrojaste en mi presencia esas mismas llaves del

convento que en la mano tienes. Entiende pues que yo, como piadosa

madre, he querido hazer para confusion tuya lo que me encomendaste; y

asi has de saber que desde entonzes hasta ahora he sido yo la priora

deste monasterio en tu lugar, tomando tu propia figura, envejeciendome

al parecer al compás que tú lo has ido haziendo, tomando juntamente

tu habla, nombre y vestido; con que he estado entre ellas todo este

tiempo, asi de dia como de noche, en el claustro, coro, iglesia y

refitorio, tratando con todas como si fuera tú propria: por tanto, lo

que ahora has de hazer, es que tomes esas llaves, y cerrando la puerta

de la iglesia con ellas, te vayas por la sacristia y demas pasos por

donde te saliste, á tu celda, la cual hallarás de la propria forma y

manera que la dexaste, hallando hasta tus habitos doblados sobre el

bufete; pontelos en llegando, y guarda esos de peregrina en la arca;

y advierte que hallarás tambien sobre la propria mesa el breviario y

la carta que dexaste escrita, sin que nadie la haya abierto ni leido,

y la vela encendida junto á ella. En efeto, hallarás todas las cosas,

por mi piadosa diligencia, en el estado en que las dexaste, sin hallar

novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu falta ni la del

dinero que has desperdiciado: vete, por tanto, á recoger antes que

despierten á maitines, y enmienda tu vida como debes, y lava tus culpas

con las lagrimas que ellas piden; que lo mismo han hecho cuantas tras

tan graves pecados han merecido el ilustre nombre de penitentes que

les da la Iglesia. Quedó la en que estaba doña Luisa, acabando estas

razones la celestial Princesa de todas las hierarquias, llena de un

olor suavisimo; y ella contrita y tan consolada en su espiritu, cuanto

corrida de haber obligado á la Madre del mismo Dios á serlo de sus

subditas; pero obedeciendo á su celestial mandato, recelosa de que no

se llegase la hora de los maitines, se levantó del suelo, cubierta de

sudor y lagrimas, y haziendo una profunda inclinacion á la preciosisima

imagen y otra al Santisimo Sacramento, y tomando las llaves, cerró la

puerta de la iglesia, y se fue á su celda por los mismos pasos que

habia salido della, en la cual lo halló todo del modo que lo habia

dexado y la Virgen le habia dicho. Pusose, en entrando dentro, sus

habitos, guardando en el arca los de peregrina, y apenas lo habia

acabado de hazer, cuando tocaron á maitines; y enjugandose el rostro,

tomó el breviario y estuvo aguardando hasta que vino la monja que solia

llamarla, la cual, tomando el candelero de la mesa, como cada noche

tenia de costumbre, se fue delante alumbrando hasta el coro, donde

estuvo aguardando de rodillas (con no pequeña turbacion, por aparecerle

sueño cuanto veia) á que se juntasen las religiosas; y en habiendolo

hecho, hizo la señal acostumbrada, tras que començaron los maitines; y

acabados ellos y la oracion que de ordinario suelen dezir, se volvieron

á salir todas, y se fueron á sus celdas al postrer señal de la Priora,

la cual tambien hizo lo proprio, acompañandola con luz á la suya la

mesma religiosa que la habia sacado della. Cuando se vió sola començó

de nuevo á derramar lagrimas, parte de dolor por sus culpas, y parte de

agradecimiento por la nunca oida merced que la misericordiosisima Maria

le habia hecho; y haziendole una breve oracion llena de fervorosos

deseos y celestiales conatos, descolgó de la cabeçera de su cama unas

gruesas diciplinas que solia tener en ella, y tomandolas se dió con

ellas por espacio de media hora una cruelisima diciplina sin ninguna

piedad, por principio de la rigurosa penitencia que pensaba hazer

todos los dias de su vida, de aquel sacrilego y deshonesto cuerpo, de

cuya roja sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del verdadero

dolor de sus pecados. Acabado este penitente acto, abrió una arca,

de adonde sacó un aspero cilicio que solia ponerse en las cuaresmas

cuando era la que debia, hecho de cerdas y esparto machacado, el cual

le tomaba desde el cuello á las rodillas, con sus mangas justas hasta

la muñeca; pusose juntamente debaxo de una cadenilla que en la mesma

arca tenia, que le daba tres vueltas, y apretandosela con todo rigor

al delicado cuerpo, dezia: Agora, traidor, me pagarás los agravios que

al espiritu has hecho: no esperes, lo poco que la vida me durare, otro

regalo más que este, y agradece á la madre de afligidos y fuente de

consuelos, Maria, y á su clementisimo Hijo que no te hayan enviado á

los infiernos á hazer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forçosa

y tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la esperança del

perdon y remedio que agora tienes en la mano, teniendole tan poco

merecido. Y saliendose luego de su celda, se volvió otra vez al

coro, donde estuvo pasando el santisimo rosario delante de la misma

imagen que la habia hablado, hasta la hora de prima, la cual acabada,

hizo al instante llamar al confesor del convento, con quien hizo una

general confesion con no vistas muestras de dolor y arrepentimiento,

contandole todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados que

contra su divina y inmensa Magestad habia cometido los cuatro años

que habia estado fuera del convento: refiriole juntamente el milagro

y merced que por la devocion del rosario, la Reina de los cielos, su

patrona, le habia hecho, supliendo su falta y acudiendo á todas sus

obligaciones, movida de su virginea piedad, salvandole la honra en que

no se echase de ver su falta. El secreto del milagro encargó tras esto

cuanto fue posible, para mientras le durase la vida al confesor, el

cual quedó sumamente maravillado de su grandeza, y lleno de ternura y

devocion en el espiritu, cosa que le aseguraba de la verdad del caso;

y pasmabase cuando consideraba habia merecido su indignidad confesar

y comulgar por su mano, no una, sino muchisimas vezes, á la puridad,

ante quien y en cuya comparacion no la tienen los más puros angeles

del cielo. Con todo, quiso ver el rostro de la penitente perlada y

certificarse de que era ella misma, y no demonio (como temia) que en

figura suya le queria engañar; y vistas sus lagrimas y enterado de la

verdad, la consoló cuanto pudo, y animó para la continuacion de la

empezada penitencia y devocion del santisimo rosario; y perseveró ella

en todo, haziendose mil ventajas cada dia á sí misma, de suerte que

las que la veian con tanta repentina mudança, en el retiro de gradas,

asistencia continua á la oracion, y mortificacion y ordinario curso de

lagrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, como la sabian ella

y su confesor, con que se confesaba los más de los dias, recebiendo el

Santisimo Sacramento muy á menudo. Perseveró en estos exercicios toda

la vida; y al cabo de meses que los continuaba, quiso Dios apiadarse

de su perdido galan, como lo habia hecho della, tomando por medio un

sermon que acaso oyó á un religioso dominico de soberano espiritu, en

una parroquia de la corte, que moviendo el cielo la lengua en él, se

engolfó á deshora en las alabanças de la Virgen y en las misericordias

que habia hecho y hacia cada dia con infernados pecadores, por la suave

devocion de su benditisimo rosario, trayendo en consecuencia desto el

sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donacion de

su alma al demonio con cedula escrita y firmada de su mano y sangre,

por la dicha devocion fue libre de todo, y acabó su vida, perseverando

en ella, santisimamente, tras una bien premeditada y llorosa confesion

general de todos los cometidos desatinos. Cayó en la cuenta de los

suyos el ciego de don Gregorio luego que oyó el doto sermon; y

acordandose tambien de lo mucho que acerca del celestial poder del

rosario le habia dicho diversas vezes su doña Luisa; premeditando las

razones del predicador, y confiriendolas con las que de su dama en

esta parte le traxo Dios á la memoria, le pareció que arrimandose á la

frecuentacion de tan soberano rezo, hallaria en él braço que le sacase

del cieno de sus torpezas, y otra escala, cual la de Jacob, con que

pudiese llegar al cielo, por más entumecido que estuviese en la fragosa

y mal cultivada tierra de sus bestiales apetitos: propuso tras esto

irse al religioso convento de la Virgen de Atocha y confesarse luego

con el santo predicador, cuyo nombre sabia, por haberlo preguntado á

su compañero al baxar del pulpito. Efectuolo eficazmente; que no es

pereçosa la divina gracia ni admite tardanzas: fue al convento, entrose

en la iglesia, postrose delante la imagen milagrosa de la Virgen,

derritiose, puesto alli, en lagrimas: pedia perdon á Dios, piedad á su

Madre, y ayuda á ambos para enmendar los yerros de la pasada y hazer

dellos una general confesion. Alzose luego; entrose en el claustro,

pidió por el predicador, y puesto en su presencia, empeçaron sus ojos

á dezirle lo que su lengua no acertaba: con todo, cuando las lagrimas

le dieron lugar, le dixo: ¡Remedio padre! ¡Socorro, varon de Dios, para

esta alma, que es la más mala de cuantas la misericordia y caridad

inmensa de Jesucristo ha salvado! Entrose al instante el predicador á

su celda, y apenas estuvo dentro, cuando, postrado á sus pies, empeçó á

hazer con acerbo llanto una confesion general de sus excesos, tal, que

estaba el confesor igualmente compungido, confuso y consolado de ver

tal trueco en un moço de los años y prendas de aquel, consolole cuanto

pudo, animandole á la continuacion de sus propositos y del rezo del

santo rosario, cuya era tan feliz mudanza. Y asegurandole del perdon de

sus culpas y de la largueza de las perpetuas misericordias que Dios,

con celestial regocijo de todos los cielos y sus angeles, ha usado

y usa de cada dia con los pecadores recien convertidos de verdadero

coraçon, le envió absuelto, consolado y lleno de mil santos propositos

y fervores; y no fue el menor el con que propuso de ir á Roma á visitar

los santos lugares, besar el pie á Su Santidad, y obtener, para mayor

bien suyo, su plenisima absolucion. Volvió, al salirse del convento,

á hazer oracion á la Virgen, y hecha con las demostraciones del

agradecimiento que tan gran merced como la que acababa de recebir[21]

se volvió á la villa, y en ella trocó luego sus vestidos por unos

de peregrino, hechos de sayal basto; y sin despedirse de su amo ni

de persona, empezó á caminar hazia Roma, do llegó cansado, pero no

menoscabado el fervor con que emprendió tan santa peregrinacion.

Cumplió en aquella grandiosa ciudad con cuanto los deseos que le habian

llevado á ella pedian, y obtenido el fin dellos, dió la vuelta hazia

su tierra, deseando saber, con aquel disfraz y sin ser conocido, de

sus padres; que bien seguro iba de no poderselo ser, segun iba de

flaco, macilento, triste y desfigurado, asi de los trabajos del camino,

como de las penitencias que iba haziendo en él; y no fue la menor

el sufrimiento con que llevó las vexaciones que ciertos salteadores

le hizieron en un peligroso paso. Entró al cabo de dias, cubierto

de confusion, lagrimas y sobresalto, en su amantisima patria, y lo

primero que hizo, llegado á ella, fue irse á pedir limosna al torno

del convento de do sacó la Priora, queriendo fuese teatro del primer

acto de su penitencia en su patrio suelo el mismo que lo habia sido del

que dió principio á su tragica perdicion y ciego desatino. Dieronle

facilmente honrada limosna las caritativas torneras, y en recebiendola,

se llegó á la misma mandadera que le habia llevado el primer recado

de doña Luisa la mañana en que se principiaron sus locos amores, y

preguntole quien era priora de aquella casa; y diziendole ella que

doña Luisa lo era años habia, porque continuaban las religiosas en

reelegirla siempre, no sin gusto de sus superiores, por su gran

virtud,--¡Doña Luisa, replicó él atonito, dezis que es priora! ¿Como es

posible? Ella es, digo, añadió la muger, sin duda. Que os burlais de

mí, porfió él, he de pensar, pues quereis persuadirme es priora desta

casa doña Luisa, de quien he oido dezir estaba muy lexos de poderlo

ser. Doña Luisa, respondió ella, es, ha sido y será priora muchos

años, á pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues no faltan

muchos que lo hazen. Baxó la cabeça don Gregorio con la confusion y

perplexidad que pensar se puede, sin osar replicar más con la muger,

que ya conocia se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo

por una parte no le conociese en la voz, y por otra, que descuidandose,

no descubriese algo de lo mucho que con la Priora le habia pasado; y

asi, saliendose de alli, se fue por diferentes partes de la ciudad,

fuera de sí y pidiendo igualmente limosna y el nombre de la priora de

tal convento, y dandole unos y otros la misma respuesta que le habia

dado la mandadera, por salir del todo de la confusion en que se veia,

determinó irse de rondon á casa de sus padres, para echarse alli con la

carga, como dizen, y descubriendoseles, fiar, como era justo hazerlo,

dellos el paso de tan grave suceso. Entró por sus puertas, y al primer

criado que vió en ellas preguntó si le darian limosna los dueños de la

casa, y respondiendole que si harian, que eran muy caritativos marido

y muger, le replicó se sirviese dezirle sus nombres y si tenian hijos;

y sabido dél, por la respuesta vivian sus padres, aunque afligidisimos

por la ausencia de un solo hijo que tenian, y se les habia ido sin

saber donde, con quien ni por que, por el mundo, y que lo que más les

entristecia era no saber si vivia ni en que parte habia dado cabo,

para poderle remediar; saltaronsele las lagrimas de los ojos á don

Gregorio con la respuesta, y volviendo el rostro á la otra parte, y

enxugandolas y disimulandolas cuanto pudo, dixo de nuevo al criado:

¿Llamabase por dicha el hijo destos señores don Gregorio? Porque si

tenia ese nombre, es sin duda un soldado que he conocido en Napoles en

el cuartel de los españoles; y si seria; que por las señas que él me

daba de sus calidades, y de que era unico mayorazgo en este lugar, y de

la disposicion de las casas de sus padres (que todo me lo comunicaba,

por ser muy mi camarada), estas han de ser las dellos, y el de quien

hablo, su hijo; y sabrase presto si es él, si hay quien me diga si

se fue deste lugar con alguna muger de calidad. No estaba yo aun en

servicio desta casa cuando él faltó della, ni le conocí; pero sé que

su nombre era, como dezis, don Gregorio; y que no hizo otra baxeza ni

se tiene dél otra quexa que haberse llevado algun dinero prestado de

amigos, aunque ya todo lo han pagado sus padres; que de dos caballos

que á ellos les llevó y otra gran cantidad de moneda, nunca han hecho

caso, porque en fin todo habia de venir á ser suyo.--Pues, amigo, por

las entrañas de Dios os ruego que digais á esos señores si gustan de

hazerme limosna, siquiera por lo que pienso haber conocido á su hijo.

¡Y como si os la haran de bonisima gana! dixo el criado: yo fio que

no solo eso hagan por vos, sino que os regalarán muy mucho y tendran

á merced de que les deis nuevas de prenda que tanto quieren; y asi,

aguardadme, os ruego, mientras subo volando á darles el aviso y recado.

Subiose, dicho esto, el criado arriba, sin curarse, con el contento,

de mirar en el rostro al peregrino; que si lo hiziera, fuera imposible

no leyera en su turbacion y lagrimas que él mismo era su señor y el

mayorazgo de la casa.

[21] Falta el verbo _merecía_, ú otro análogo.

El Quijote apócrifo · 第 29 / 58 题