CAPITULO XVIII

En que el ermitaño cuenta la baxa que dieron los Felizes Amantes en

Lisboa por la poca moderacion que tuvieron en su trato.

Es infalible que se llegue al cabo de adonde se saca algo (como dize

el refran) y no se echa. Digolo, señores, porque, como dieron tanta

prisa las libertades de don Gregorio y sus juegos, y las galas de su

doña Luisa y sus saraos, á desembolsar los dineros que habian traido

de su tierra, sin que de ninguna parte ni de ningun modo les viniese

ganancia, començaron al cabo de los dos años dichos á echar de ver

ambos se iban empobreziendo; y hizieronlo tan por la posta, que en

breve les fue forçoso vender las colgaduras y aun muchas ó todas las

joyas de casa, tras lo cual vendió él tres ó cuatro caballos que tenia;

pero remediose poco con su venta, porque con el dinero que sacó della,

codicioso de ganar ó picado de lo perdido, se fue á una casa de juego,

do tras perderle todo, vino á perder hasta un famoso ferreruelo que

traia, siendole necesario detenerse hasta la noche sin volver á su

casa, porque no le viesen los que le conocian, ir (como de hecho fue)

en cuerpo por las calles; y llegando apesarado, corrido, pobre y sin

capa á los ojos de su doña Luisa, que le aguardaba con harta necesidad,

no tuvo animo la triste dama de reprenderle su inconsideracion,

temerosa de no darle materia para que la dexase ó hiziese alguna

baxeza; antes consolandole, dió orden de que vendiesen los negros, como

lo hizieron; pero acabaronse presto los dineros que sacaron dellos,

parte con el gasto ordinario, y parte con los escesos del juego de don

Gregorio, que eran grandes (quiçá por permision divina, para reducirlos

á su conocimiento, mediante la necesidad), y llegaron al cabo á verse

tales, que ni prenda que empeñar, ni pieça que vender tuvieron: con

que el dueño de la casa, conociendo el peligro que corria la cobranza

de sus alquileres, dió orden de executarlos por ellos si no le daban

por seguro algun abonado fiador: fueles imposible hallarle; y asi,

hubo el galan de rematar con los vestidos de su doña Luisa, á la cual

viendo llorosa, desnuda, corrida y medio desesperada, dixo el prodigo

moço un dia: Ya veis, mi bien, lo que pasa y cuan imposible nos es

vivir en esta ciudad sin notable nota della y vergüença nuestra, por

ser tan conocidos de la gente principal, de quien no tengo cara para

ampararme. Muy sin consideracion hemos andado en gastar tan sin tino

lo que de nuestras tierras sacamos, y sin mirar en lo que adelante nos

podia suceder; pero pues para lo hecho no hay remedio, pareceme que

lo que agora debemos hazer, previniendo mayores daños, es, que pues

nos vemos tales, nos salgamos una noche, sin ser vistos, de Lisboa, y

vamos á dar cabo á la primer ciudad de Castilla, que es Badajoz, do,

por no conocernos ni habernos visto con la pompa y fausto que los de

Lisboa, podremos pasarlo mejor y con menos gasto; que pues vos teneis

tan buenas manos para cosas de labor, facil será el ganar con ellas con

que moderadamente vivamos, ya enseñando á labrar á algunas niñas, y ya

labrando para otros. Respondiole con no pocas lagrimas y sentimiento la

triste dama que hiziese della cuanto fuese de su gusto, pues estaba ya

dispuesta á seguirle en todo sin contradizion alguna. Salieronse, cual

pueden pensar vs. ms., de la gran Lisboa, haziendo su viage á pie y sin

más provision ni ropa que la que llevaban á cuestas, yendo sin espada

y en cuerpo don Gregorio, por la perdida que habia hecho de su capa en

el juego; pero lo que él más sentia era verse imposibilitado de poder

llevar á caballo á su doña Luisa, que por la aspereza de los caminos

y delgadeza de sus pies, los llevaba abiertos y cribillados, por ir,

como iba, con pobrisimo calçado, y necesitada, en fin, de pedir limosna

por las puertas de las casas de los pueblos por donde pasaba, como

tambien lo iba haziendo él, llenas sus plantas de vejigas. Llegaron

al cabo de algunos dias á Badajoz despeados, do llegando, les fue

forçoso irse á alojar por su gran pobreza al hospital; que era tanta,

que si algunos compasivos pobres dél no les dieran de los mendrugos

que por las casas habian recogido de limosna, quedaran la noche que

llegaron, sin cenar. Aqui fue el llorar, hecha otro hijo prodigo, de

la afligida doña Luisa, y el considerar la abundancia que tenia en el

monasterio de donde era priora; aqui el arrepentirse de haber salido

tan inconsideradamente dél con don Gregorio, con tan grave ofensa de

Dios y tan en deshonra de los linajes de entrambos; aqui, finalmente,

el solloçar por la perdida de la irrecuperable joya de la virginidad.

Pasó la noche, en efeto, la aburrida señora lamentando con estraño

sentimiento su desventura, tanto, que el afligido don Gregorio no le

osaba hablar; antes corridisimo y melancolico, se estaba escuchandola

en un rincon del mismo aposento; y si algo dezia, era tambien endechas

y pesares por los que padecia y esperaba padecer, sin esperanças

de poder volver en toda su vida á su tierra, en la cual era rico y

regalado mayorazgo: con cuya consideracion y con la que tenia del

sentimiento de sus padres, deudos y amigos, arrancaba de rato en rato

un doloroso suspiro del centro de su afligida alma, con que enternecia

las piedras, maldiziendo su desconcierto, ciega determinacion, locos

amores y á los infernales gustos, y finalmente la primer vista de quien

habia sido causa total de tan fatales principios y del fin peligroso

que ellos las vidas de su cuerpo y alma amenazaban. Pasada la noche

en estas ocupaciones y sentimientos, y venida la mañana, entró en el

hospital un caballero mancebo, á quien tocaba reconocer aquella semana

que gente habia entrado y dormido en él; que para no dar lugar á que

se poblase de vagamundos tenia esta cuerda providencia aquella ciudad,

de tener administradores que por semana visitasen los peregrinos y se

informasen de sus necesidades; y llegandose á doña Luisa, luego que

la vió moça y hermosa, aunque mal vestida, le preguntó que de donde

era; y respondiendo ella con muestras de vergüenza que de Toledo,

replicó él si conocia á tales y tales personas bien señaladas en dicha

ciudad: respondió la dama luego que no, porque habia mucho tiempo

que habia salido de allá. Estando en esta platica, se les juntó don

Gregorio, diziendo: Esta muger, señor mio, es natural de Valladolid,

y es mi esposa. ¿Pues para que, dijo el caballero, es menester mentir

aqui? Muestrenme acá la carta del casamiento; porque, si no son marido

y muger, seran muy bien castigados. Sacó luego su carta falsa don

Gregorio, y enseñosela, de la cual el caballero quedó satisfecho, y les

preguntó que adonde caminaban; porque alli no podian estar más de solo

un dia. Respondió don Gregorio que venian á aquella ciudad de asiento

para vivir en ella. ¿Pues que ofizio teneis? replicó el administrador.

Respondiole que no tenia ofizio; pero que su muger era labrandera, y

queria alli, habiendo comodidad, enseñar á labrar algunas niñas. De

suerte, dixo el caballero, que ella os ha de sustentar á vos: harto

trabajo tendreis ambos: con todo, por amor de Dios os llevaré hoy á

mi casa, y os daré en ella de comer hasta buscaros alguna comodidad

con que vos y vuestra muger, que parece honrada, podais vivir en

esta tierra. Mandó tras esto á un paje que los llevase á su casa:

agradecieronselo mucho ellos; y por el camino, preguntando por las

prendas de quien tanta merced les hazia, respondió el paje que era un

mancebo rico y tan caritativo, que hazia los más de los dias muchas

limosnas; y asi, que confiasen que él sin duda les buscaria adonde

pudiesen vivir, y aun si fuese menester les pagaria el alquiler de

la casa; nueva fue esta que les dió á ambos notable contento. El

caballero les buscó, en saliendo del hospital, una razonable posada

en que vivian unas costureras, y les hizo dar alquiladas una buena

cama y algunas alhajas de casa, saliendo él á pagar el alquiler de

todo cuanto los huespedes para quien habia de servir, no le pagasen.

Hecha esta diligencia, se fue á mediodia á su posada, en la cual les

hizo dar bien de comer, y en comiendo, les llevó él proprio á la

que les habia buscado, donde le besaron las manos por ello y por un

real de á ocho que les dió de limosna, con que pasaron aquella noche

razonablemente. A la mañana començó doña Luisa á preguntar á aquellas

vecinas que quien le daria que labrar; porque ella no conocia á nadie

en aquella ciudad; las cuales la respondieron: Nosotras, con ser

naturales de aqui y hazer, como dizen, pajaritos de nuestras manos,

morimos de hambre: mirad que hareis, señora, vos venida de ayer acá.

A la fe, hermana mia, que habeis llegado á muy ruin puesto para ganar

de comer, como os enseñará la experiencia. Con todo eso, para dos ó

tres dias, dixo la una, yo os daré con que ganeis siquiera para pan.

Agradecioselo ella, y començó á labrar en cierta obra que le puso en

las manos, quedandose don Gregorio en la cama, pensando pasar mejor la

hambre en ella que paseando. Esa mesma mañana se llegó el caballero,

despues de haber visitado el hospital, á saber de los dos forasteros;

y hallando acostado á don Gregorio, le dixo: ¿Que es, gentil hombre?

¿Como va? ¿Adonde está vuestra muger? Bien hasta agora me va, respondió

el, y ahi con la vecina está mi muger, por quien pregunta v. m., á

quien suplico no se espante de no hallarme levantado; que el no tener

andrajo de çapatos me obliga á ello. No será tanto esa la causa, dijo

el administrador, cuanto poltroneria. Y volviendo las espaldas, se

salió á ver á doña Luisa, y sentandose en un taburete junto á ella,

se la puso á mirar de proposito á las manos y rostro; y reparando

en sus facciones y en la modestia con que estaba, le pareció la más

hermosa muger y más digna de ser amada que en su vida hubiese visto.

Aficionosele luego; que es imposible dexe la voluntad de amar á aquello

que se le representa vestido de bondad, hermosura ó gusto; y rendido

ya á sus partes, le preguntó con muestras de aficion por su nombre y

la causa por que habia dexado su patria. Respondió ella sin levantar

el rostro, con alguna turbacion, que se llamaba doña Luisa, y que por

haber sucedido cierta desgracia á su marido en Valladolid, habian

salido ambos huyendo á uña de caballo (cosa que le pesaba confesar,

y que por no hazerlo, habia dicho al principio que eran de Toledo),

y habiendo dado cabo en Lisboa, habian vivido alli dos años, en el

cual tiempo habian gastado no poca suma de dinero que consigo habian

traido. Por cierto, señora doña Luisa, que siento en el alma (dixo

el caballero) veros empleada en quien tan poco os merece, como este

picaronazo de vuestro marido, pues por una parte os veo hermosa y

discreta, y considero por otra que él os ha de consumir y gastar lo

poco que aqui ganaredes: con todo si quereis hazer por mí lo que os

suplicare, os juro á fe de caballero de remediaros y favoreceros á

ambos en cuanto pudiere, pues no puedo negar sino que os he mirado con

buenos ojos, y de suerte estan los mios enamorados de los vuestros, que

ya vivo con deseo intenso de serviros y agradaros en cuanto pudiere;

y asi, desde luego os suplico me mandeis todo lo que fuere de vuestro

gusto; que á todo acudirá el mio, sin querer mis fieles deseos más

premio que verse admitidos de vuestra memoria, pues con solo esa gloria

juzgaré verme en la mayor que puedo desear. No perdais, bellisima

forastera, la ocasion que á vuestras desdichas ofrece en mis dichosos

cuidados la fortuna, y advertid no es cosa que os pueda estar mal el

hazerme merced. Agradezco cuanto puedo, señor, respondió ella, la

que ese valor me ofrece, sin haberle yo servido ni merecido; pero

siendo muger casada y estando mi marido presente, en gravisimo yerro y

peligro caeria si le ofendiese; y asi por esto, y, lo más principal,

por lo que debo á Dios y á mi misma, suplico á v. m. desista de tal

pretension; y en cuanto no tocare á ella, mandeme; que en todo verá mi

debido agradecimiento. Miradlo, señora, bien, dixo el mancebo; que yo

me encargo en dar orden como vuestro marido no lo sepa ni entienda; y

veis aqui por agora ese doblon para que ceneis esta noche; que dobles

os los daré las que vinieren, como gusteis emplearlas en darme gusto, y

no le tendré hasta que mañana me deis la respuesta que deseo; y me le

puede solo causar el ser ella cual mi fe merece y esa beldad asegura.

Constreñida doña Luisa de la necesidad, que es poderoso tiro para

derribar las flacas almenas de la mugeril vergüença, tomó el doblon,

dandole por el no pocas gracias ni pocas esperanças con recebirle,

pues siempre quien lo haze se obliga á mucho. Levantose tras esto el

administrador, y llamó aparte á la vecina más vieja de la casa y le

dixo: Si acabais con doña Luisa que corresponda á mis ruegos y acete

mis ofertas, os prometo, á ley de quien soy, de daros una saya de

famoso paño, sin otras cosas de consideracion; pero eso rogadselo y

persuadidselo con las mayores veras que pudieredes; y si salis con la

empresa, venid volando con la nueva á mi casa; que della llevareis al

punto las ofrecidas albricias. Asegurole la astuta tercera serlo con

las veras que dirian las obras; y llegandose el caballero, oida esta

respuesta, á la descuidada dama, le asió la mano y se la besó, sin

que lo pudiese ella impedir, partiendose luego. Començó, tras su ida,

la solicita vieja á persuadir eficazmente á la perplexa señora, por

saber ella más de estos ensalmos que de los salmos de David; y fue

de suerte la bateria que le dió, que convencida della doña Luisa, le

vino á responder que, como el negocio fuese secreto, procuraria servir

cuanto pudiese á aquel caballero, con tal que él hiziese tambien por

ella lo que le habia ofrecido: encargose la vieja, agradecida á la

respuesta, de tratar el negocio con igualdad y satisfaccion de ambas

partes, como el efeto mostraria. Entrose doña Luisa en su cuarto, por

ser hora de comer, do contó punto por punto á don Gregorio cuanto

con el caballero le habia pasado; el cual le respondió que, atento

que padecian extrema necesidad y que era imposible remediarla por

otro camino, que condescendiese con su gusto; que para todo daba su

consentimiento y daria el lugar necesario, con tal que le sacase

cuanto pudiese, asi en dineros como en joyas, fingiendo siempre temor

y recelo, y encargandole el secreto. Ya en esto habia ido corriendo la

vieja á ganar las albricias del enamorado caballero; y teniendolas,

y concertado con ella tratase con doña Luisa, se viesen la siguiente

noche donde y como ella mandase, se efetuó todo asi; porque, fingiendo

don Gregorio salirse de la ciudad, dió ella entrada en su propria casa

al caballero, el cual durmió con ella aquella y otras noches, dandole

dineros y todo lo necesario para su sustento y reparo, con que pudieron

ambos vertirse razonablemente. Publicose el negocio, con escandalo del

pueblo; que de ver el toldo de la dama, la bizarria de don Gregorio

y la familiaridad con que trataba con el caballero, frecuentando las

entradas de casa el uno del otro (que todo lo allanó el gusto del

natural y necesidad del forastero), nació el echar de ver todos tenia

tienda la forastera de entretenimientos, la cual aumentó la ocasion

de la murmuracion con el engalanarse, ponerse á la ventana y gustar

de ser vista y visitada, todo con consentimiento de don Gregorio;

que ya no se le daba nada del medrar á costa de la votada honestidad

(pero profanada escandalosamente) de la ciega religiosa, de quien de

nuevo començaron á picarse otros tres mancebos ricos de la ciudad,

admitiendo sus presentes billetes y recados la dama, sin reparar en

comprarlos á costa de su honra. Llegó el negocio á termino que una

noche, encontrandose todos en su calle, trabaron celosos una tan cruel

pendencia, que della salió muerto un hijo de vecino principal: prendió

luego la justicia por indicio á todos los de la riña, depositando á

doña Luisa en casa de un letrado; y al cabo de un mes que corrió la

causa, no pudiendose averiguar quien fuese el homicida, los sacaron á

todos en fiado, dandoles la ciudad por carcel. Don Gregorio fue quien

peor libró, pues salió el postrero della, con sentencia de destierro

perpetuo de Badajoz y su tierra; y hubiera de salir á la vergüença

por las calles, si la buena diligencia del administrador, su amigo,

no lo remediara con dinero: diole, en viendole libre, todo lo que

fue necesario para salirse de la ciudad y irse á la de Merida, do le

aconsejó se entretuviese regalando un par de meses, mientras él en

ellos negociaba se le alçase el destierro, ofreciendole se encargaba de

mirar en ellos por doña Luisa como si fuera su propria hermana. Acetó

de muy buena gana don Gregorio el partido, porque vió en él la puerta

abierta para hazer lo que pretendia, que era dexar á doña Luisa, de

quien ya estaba cansado, y arrepentido de la locura que habia hecho de

encargarse de tan impertinente carga; temiendo, si perseveraba en tal

vida, no lo viniese á ser él de algun burro por las calles publicas

de algun pueblo, ó de alguna horca si se descubria su delito: con

todo, disimuló con ella, de quien se despidió encargandole el recato y

honestidad, y la deligencia en procurar se le alçase el destierro, ó

se fuese tras él á Merida, do la esperaria, si no se podia negociar.

Toda esta platica pasó delante del administrador, que gustaba ya de

verle ausente, no menos que la dama, que deseaba lo mismo por tener más

libertad para sus disoluciones: todos, en efeto, deseaban una misma

cosa, aunque por diferentes fines. Tomó don Gregorio de mano de su

amigo más de quinientos reales, y con ellos y muy bien vestido se salió

de Badajoz á pie para Merida, ciudad que dista poco della. Par Dios,

dixo Sancho, que eso de badajos y esotro que por su mal olor no lo oso

nombrar, declaran bien cuan gran puerco y badajo era ese don Gregorio,

que dexó la monja entre tantos cuervos ó demonios: el tuerto desa pobre

señora, mi señor don Quixote, será bien deshazer, pues ganariamos en

ello las catorze obras de misericordia; y más le digo, que si quiere

ir luego allá, le acompañaré de muy buena gana, aunque sepa perder ó

dilatar la posesion del gobierno de la gran insula y reino de Chipre,

que me toca por linea recta en virtud de la palabra de v. m. y de la

muerte que ha de dar al soberbio Tajayunque, su rey, cuyo guante traigo

bien guardado en esta maleta. No se le encaxaba mal á don Quixote el

consejo de Sancho, y ya con él se le començaban á levantar la mollera,

de suerte, que si los circunstantes, que gustaban infinito de saber el

fin del cuento, no le apaciguaran con buenas razones, echara el bodegon

por la ventana, y se fuera luego de alli, dexandoles en porreta;

pero diziendole el soldado Bracamonte que en acabando de oir donde y

como quedaba aquella señora, le daba palabra de irle á acompañar en

tan santa empresa (pues no teniendo noticia más clara de sus cosas y

sucesos, no le parecia acertado hacer la jornada, porque podria ser

que cuando ellos llegasen á Badajoz ya ella estuviese en otra parte),

se sosegó don Quixote, y ofreció grata atencion á todo, obligandose á

hazer la tuviese tambien su escudero. Con esto, y con agradecerselo

todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño prosiguiese tan suspensa

historia, seguro de que, aunque larga, no les cansaba, la prosiguió

diziendo:

El Quijote apócrifo · 第 28 / 58 题