En que el ermitaño cuenta la baxa que dieron los Felizes Amantes en
Lisboa por la poca moderacion que tuvieron en su trato.
Es infalible que se llegue al cabo de adonde se saca algo (como dize
el refran) y no se echa. Digolo, señores, porque, como dieron tanta
prisa las libertades de don Gregorio y sus juegos, y las galas de su
doña Luisa y sus saraos, á desembolsar los dineros que habian traido
de su tierra, sin que de ninguna parte ni de ningun modo les viniese
ganancia, començaron al cabo de los dos años dichos á echar de ver
ambos se iban empobreziendo; y hizieronlo tan por la posta, que en
breve les fue forçoso vender las colgaduras y aun muchas ó todas las
joyas de casa, tras lo cual vendió él tres ó cuatro caballos que tenia;
pero remediose poco con su venta, porque con el dinero que sacó della,
codicioso de ganar ó picado de lo perdido, se fue á una casa de juego,
do tras perderle todo, vino á perder hasta un famoso ferreruelo que
traia, siendole necesario detenerse hasta la noche sin volver á su
casa, porque no le viesen los que le conocian, ir (como de hecho fue)
en cuerpo por las calles; y llegando apesarado, corrido, pobre y sin
capa á los ojos de su doña Luisa, que le aguardaba con harta necesidad,
no tuvo animo la triste dama de reprenderle su inconsideracion,
temerosa de no darle materia para que la dexase ó hiziese alguna
baxeza; antes consolandole, dió orden de que vendiesen los negros, como
lo hizieron; pero acabaronse presto los dineros que sacaron dellos,
parte con el gasto ordinario, y parte con los escesos del juego de don
Gregorio, que eran grandes (quiçá por permision divina, para reducirlos
á su conocimiento, mediante la necesidad), y llegaron al cabo á verse
tales, que ni prenda que empeñar, ni pieça que vender tuvieron: con
que el dueño de la casa, conociendo el peligro que corria la cobranza
de sus alquileres, dió orden de executarlos por ellos si no le daban
por seguro algun abonado fiador: fueles imposible hallarle; y asi,
hubo el galan de rematar con los vestidos de su doña Luisa, á la cual
viendo llorosa, desnuda, corrida y medio desesperada, dixo el prodigo
moço un dia: Ya veis, mi bien, lo que pasa y cuan imposible nos es
vivir en esta ciudad sin notable nota della y vergüença nuestra, por
ser tan conocidos de la gente principal, de quien no tengo cara para
ampararme. Muy sin consideracion hemos andado en gastar tan sin tino
lo que de nuestras tierras sacamos, y sin mirar en lo que adelante nos
podia suceder; pero pues para lo hecho no hay remedio, pareceme que
lo que agora debemos hazer, previniendo mayores daños, es, que pues
nos vemos tales, nos salgamos una noche, sin ser vistos, de Lisboa, y
vamos á dar cabo á la primer ciudad de Castilla, que es Badajoz, do,
por no conocernos ni habernos visto con la pompa y fausto que los de
Lisboa, podremos pasarlo mejor y con menos gasto; que pues vos teneis
tan buenas manos para cosas de labor, facil será el ganar con ellas con
que moderadamente vivamos, ya enseñando á labrar á algunas niñas, y ya
labrando para otros. Respondiole con no pocas lagrimas y sentimiento la
triste dama que hiziese della cuanto fuese de su gusto, pues estaba ya
dispuesta á seguirle en todo sin contradizion alguna. Salieronse, cual
pueden pensar vs. ms., de la gran Lisboa, haziendo su viage á pie y sin
más provision ni ropa que la que llevaban á cuestas, yendo sin espada
y en cuerpo don Gregorio, por la perdida que habia hecho de su capa en
el juego; pero lo que él más sentia era verse imposibilitado de poder
llevar á caballo á su doña Luisa, que por la aspereza de los caminos
y delgadeza de sus pies, los llevaba abiertos y cribillados, por ir,
como iba, con pobrisimo calçado, y necesitada, en fin, de pedir limosna
por las puertas de las casas de los pueblos por donde pasaba, como
tambien lo iba haziendo él, llenas sus plantas de vejigas. Llegaron
al cabo de algunos dias á Badajoz despeados, do llegando, les fue
forçoso irse á alojar por su gran pobreza al hospital; que era tanta,
que si algunos compasivos pobres dél no les dieran de los mendrugos
que por las casas habian recogido de limosna, quedaran la noche que
llegaron, sin cenar. Aqui fue el llorar, hecha otro hijo prodigo, de
la afligida doña Luisa, y el considerar la abundancia que tenia en el
monasterio de donde era priora; aqui el arrepentirse de haber salido
tan inconsideradamente dél con don Gregorio, con tan grave ofensa de
Dios y tan en deshonra de los linajes de entrambos; aqui, finalmente,
el solloçar por la perdida de la irrecuperable joya de la virginidad.
Pasó la noche, en efeto, la aburrida señora lamentando con estraño
sentimiento su desventura, tanto, que el afligido don Gregorio no le
osaba hablar; antes corridisimo y melancolico, se estaba escuchandola
en un rincon del mismo aposento; y si algo dezia, era tambien endechas
y pesares por los que padecia y esperaba padecer, sin esperanças
de poder volver en toda su vida á su tierra, en la cual era rico y
regalado mayorazgo: con cuya consideracion y con la que tenia del
sentimiento de sus padres, deudos y amigos, arrancaba de rato en rato
un doloroso suspiro del centro de su afligida alma, con que enternecia
las piedras, maldiziendo su desconcierto, ciega determinacion, locos
amores y á los infernales gustos, y finalmente la primer vista de quien
habia sido causa total de tan fatales principios y del fin peligroso
que ellos las vidas de su cuerpo y alma amenazaban. Pasada la noche
en estas ocupaciones y sentimientos, y venida la mañana, entró en el
hospital un caballero mancebo, á quien tocaba reconocer aquella semana
que gente habia entrado y dormido en él; que para no dar lugar á que
se poblase de vagamundos tenia esta cuerda providencia aquella ciudad,
de tener administradores que por semana visitasen los peregrinos y se
informasen de sus necesidades; y llegandose á doña Luisa, luego que
la vió moça y hermosa, aunque mal vestida, le preguntó que de donde
era; y respondiendo ella con muestras de vergüenza que de Toledo,
replicó él si conocia á tales y tales personas bien señaladas en dicha
ciudad: respondió la dama luego que no, porque habia mucho tiempo
que habia salido de allá. Estando en esta platica, se les juntó don
Gregorio, diziendo: Esta muger, señor mio, es natural de Valladolid,
y es mi esposa. ¿Pues para que, dijo el caballero, es menester mentir
aqui? Muestrenme acá la carta del casamiento; porque, si no son marido
y muger, seran muy bien castigados. Sacó luego su carta falsa don
Gregorio, y enseñosela, de la cual el caballero quedó satisfecho, y les
preguntó que adonde caminaban; porque alli no podian estar más de solo
un dia. Respondió don Gregorio que venian á aquella ciudad de asiento
para vivir en ella. ¿Pues que ofizio teneis? replicó el administrador.
Respondiole que no tenia ofizio; pero que su muger era labrandera, y
queria alli, habiendo comodidad, enseñar á labrar algunas niñas. De
suerte, dixo el caballero, que ella os ha de sustentar á vos: harto
trabajo tendreis ambos: con todo, por amor de Dios os llevaré hoy á
mi casa, y os daré en ella de comer hasta buscaros alguna comodidad
con que vos y vuestra muger, que parece honrada, podais vivir en
esta tierra. Mandó tras esto á un paje que los llevase á su casa:
agradecieronselo mucho ellos; y por el camino, preguntando por las
prendas de quien tanta merced les hazia, respondió el paje que era un
mancebo rico y tan caritativo, que hazia los más de los dias muchas
limosnas; y asi, que confiasen que él sin duda les buscaria adonde
pudiesen vivir, y aun si fuese menester les pagaria el alquiler de
la casa; nueva fue esta que les dió á ambos notable contento. El
caballero les buscó, en saliendo del hospital, una razonable posada
en que vivian unas costureras, y les hizo dar alquiladas una buena
cama y algunas alhajas de casa, saliendo él á pagar el alquiler de
todo cuanto los huespedes para quien habia de servir, no le pagasen.
Hecha esta diligencia, se fue á mediodia á su posada, en la cual les
hizo dar bien de comer, y en comiendo, les llevó él proprio á la
que les habia buscado, donde le besaron las manos por ello y por un
real de á ocho que les dió de limosna, con que pasaron aquella noche
razonablemente. A la mañana començó doña Luisa á preguntar á aquellas
vecinas que quien le daria que labrar; porque ella no conocia á nadie
en aquella ciudad; las cuales la respondieron: Nosotras, con ser
naturales de aqui y hazer, como dizen, pajaritos de nuestras manos,
morimos de hambre: mirad que hareis, señora, vos venida de ayer acá.
A la fe, hermana mia, que habeis llegado á muy ruin puesto para ganar
de comer, como os enseñará la experiencia. Con todo eso, para dos ó
tres dias, dixo la una, yo os daré con que ganeis siquiera para pan.
Agradecioselo ella, y començó á labrar en cierta obra que le puso en
las manos, quedandose don Gregorio en la cama, pensando pasar mejor la
hambre en ella que paseando. Esa mesma mañana se llegó el caballero,
despues de haber visitado el hospital, á saber de los dos forasteros;
y hallando acostado á don Gregorio, le dixo: ¿Que es, gentil hombre?
¿Como va? ¿Adonde está vuestra muger? Bien hasta agora me va, respondió
el, y ahi con la vecina está mi muger, por quien pregunta v. m., á
quien suplico no se espante de no hallarme levantado; que el no tener
andrajo de çapatos me obliga á ello. No será tanto esa la causa, dijo
el administrador, cuanto poltroneria. Y volviendo las espaldas, se
salió á ver á doña Luisa, y sentandose en un taburete junto á ella,
se la puso á mirar de proposito á las manos y rostro; y reparando
en sus facciones y en la modestia con que estaba, le pareció la más
hermosa muger y más digna de ser amada que en su vida hubiese visto.
Aficionosele luego; que es imposible dexe la voluntad de amar á aquello
que se le representa vestido de bondad, hermosura ó gusto; y rendido
ya á sus partes, le preguntó con muestras de aficion por su nombre y
la causa por que habia dexado su patria. Respondió ella sin levantar
el rostro, con alguna turbacion, que se llamaba doña Luisa, y que por
haber sucedido cierta desgracia á su marido en Valladolid, habian
salido ambos huyendo á uña de caballo (cosa que le pesaba confesar,
y que por no hazerlo, habia dicho al principio que eran de Toledo),
y habiendo dado cabo en Lisboa, habian vivido alli dos años, en el
cual tiempo habian gastado no poca suma de dinero que consigo habian
traido. Por cierto, señora doña Luisa, que siento en el alma (dixo
el caballero) veros empleada en quien tan poco os merece, como este
picaronazo de vuestro marido, pues por una parte os veo hermosa y
discreta, y considero por otra que él os ha de consumir y gastar lo
poco que aqui ganaredes: con todo si quereis hazer por mí lo que os
suplicare, os juro á fe de caballero de remediaros y favoreceros á
ambos en cuanto pudiere, pues no puedo negar sino que os he mirado con
buenos ojos, y de suerte estan los mios enamorados de los vuestros, que
ya vivo con deseo intenso de serviros y agradaros en cuanto pudiere;
y asi, desde luego os suplico me mandeis todo lo que fuere de vuestro
gusto; que á todo acudirá el mio, sin querer mis fieles deseos más
premio que verse admitidos de vuestra memoria, pues con solo esa gloria
juzgaré verme en la mayor que puedo desear. No perdais, bellisima
forastera, la ocasion que á vuestras desdichas ofrece en mis dichosos
cuidados la fortuna, y advertid no es cosa que os pueda estar mal el
hazerme merced. Agradezco cuanto puedo, señor, respondió ella, la
que ese valor me ofrece, sin haberle yo servido ni merecido; pero
siendo muger casada y estando mi marido presente, en gravisimo yerro y
peligro caeria si le ofendiese; y asi por esto, y, lo más principal,
por lo que debo á Dios y á mi misma, suplico á v. m. desista de tal
pretension; y en cuanto no tocare á ella, mandeme; que en todo verá mi
debido agradecimiento. Miradlo, señora, bien, dixo el mancebo; que yo
me encargo en dar orden como vuestro marido no lo sepa ni entienda; y
veis aqui por agora ese doblon para que ceneis esta noche; que dobles
os los daré las que vinieren, como gusteis emplearlas en darme gusto, y
no le tendré hasta que mañana me deis la respuesta que deseo; y me le
puede solo causar el ser ella cual mi fe merece y esa beldad asegura.
Constreñida doña Luisa de la necesidad, que es poderoso tiro para
derribar las flacas almenas de la mugeril vergüença, tomó el doblon,
dandole por el no pocas gracias ni pocas esperanças con recebirle,
pues siempre quien lo haze se obliga á mucho. Levantose tras esto el
administrador, y llamó aparte á la vecina más vieja de la casa y le
dixo: Si acabais con doña Luisa que corresponda á mis ruegos y acete
mis ofertas, os prometo, á ley de quien soy, de daros una saya de
famoso paño, sin otras cosas de consideracion; pero eso rogadselo y
persuadidselo con las mayores veras que pudieredes; y si salis con la
empresa, venid volando con la nueva á mi casa; que della llevareis al
punto las ofrecidas albricias. Asegurole la astuta tercera serlo con
las veras que dirian las obras; y llegandose el caballero, oida esta
respuesta, á la descuidada dama, le asió la mano y se la besó, sin
que lo pudiese ella impedir, partiendose luego. Començó, tras su ida,
la solicita vieja á persuadir eficazmente á la perplexa señora, por
saber ella más de estos ensalmos que de los salmos de David; y fue
de suerte la bateria que le dió, que convencida della doña Luisa, le
vino á responder que, como el negocio fuese secreto, procuraria servir
cuanto pudiese á aquel caballero, con tal que él hiziese tambien por
ella lo que le habia ofrecido: encargose la vieja, agradecida á la
respuesta, de tratar el negocio con igualdad y satisfaccion de ambas
partes, como el efeto mostraria. Entrose doña Luisa en su cuarto, por
ser hora de comer, do contó punto por punto á don Gregorio cuanto
con el caballero le habia pasado; el cual le respondió que, atento
que padecian extrema necesidad y que era imposible remediarla por
otro camino, que condescendiese con su gusto; que para todo daba su
consentimiento y daria el lugar necesario, con tal que le sacase
cuanto pudiese, asi en dineros como en joyas, fingiendo siempre temor
y recelo, y encargandole el secreto. Ya en esto habia ido corriendo la
vieja á ganar las albricias del enamorado caballero; y teniendolas,
y concertado con ella tratase con doña Luisa, se viesen la siguiente
noche donde y como ella mandase, se efetuó todo asi; porque, fingiendo
don Gregorio salirse de la ciudad, dió ella entrada en su propria casa
al caballero, el cual durmió con ella aquella y otras noches, dandole
dineros y todo lo necesario para su sustento y reparo, con que pudieron
ambos vertirse razonablemente. Publicose el negocio, con escandalo del
pueblo; que de ver el toldo de la dama, la bizarria de don Gregorio
y la familiaridad con que trataba con el caballero, frecuentando las
entradas de casa el uno del otro (que todo lo allanó el gusto del
natural y necesidad del forastero), nació el echar de ver todos tenia
tienda la forastera de entretenimientos, la cual aumentó la ocasion
de la murmuracion con el engalanarse, ponerse á la ventana y gustar
de ser vista y visitada, todo con consentimiento de don Gregorio;
que ya no se le daba nada del medrar á costa de la votada honestidad
(pero profanada escandalosamente) de la ciega religiosa, de quien de
nuevo començaron á picarse otros tres mancebos ricos de la ciudad,
admitiendo sus presentes billetes y recados la dama, sin reparar en
comprarlos á costa de su honra. Llegó el negocio á termino que una
noche, encontrandose todos en su calle, trabaron celosos una tan cruel
pendencia, que della salió muerto un hijo de vecino principal: prendió
luego la justicia por indicio á todos los de la riña, depositando á
doña Luisa en casa de un letrado; y al cabo de un mes que corrió la
causa, no pudiendose averiguar quien fuese el homicida, los sacaron á
todos en fiado, dandoles la ciudad por carcel. Don Gregorio fue quien
peor libró, pues salió el postrero della, con sentencia de destierro
perpetuo de Badajoz y su tierra; y hubiera de salir á la vergüença
por las calles, si la buena diligencia del administrador, su amigo,
no lo remediara con dinero: diole, en viendole libre, todo lo que
fue necesario para salirse de la ciudad y irse á la de Merida, do le
aconsejó se entretuviese regalando un par de meses, mientras él en
ellos negociaba se le alçase el destierro, ofreciendole se encargaba de
mirar en ellos por doña Luisa como si fuera su propria hermana. Acetó
de muy buena gana don Gregorio el partido, porque vió en él la puerta
abierta para hazer lo que pretendia, que era dexar á doña Luisa, de
quien ya estaba cansado, y arrepentido de la locura que habia hecho de
encargarse de tan impertinente carga; temiendo, si perseveraba en tal
vida, no lo viniese á ser él de algun burro por las calles publicas
de algun pueblo, ó de alguna horca si se descubria su delito: con
todo, disimuló con ella, de quien se despidió encargandole el recato y
honestidad, y la deligencia en procurar se le alçase el destierro, ó
se fuese tras él á Merida, do la esperaria, si no se podia negociar.
Toda esta platica pasó delante del administrador, que gustaba ya de
verle ausente, no menos que la dama, que deseaba lo mismo por tener más
libertad para sus disoluciones: todos, en efeto, deseaban una misma
cosa, aunque por diferentes fines. Tomó don Gregorio de mano de su
amigo más de quinientos reales, y con ellos y muy bien vestido se salió
de Badajoz á pie para Merida, ciudad que dista poco della. Par Dios,
dixo Sancho, que eso de badajos y esotro que por su mal olor no lo oso
nombrar, declaran bien cuan gran puerco y badajo era ese don Gregorio,
que dexó la monja entre tantos cuervos ó demonios: el tuerto desa pobre
señora, mi señor don Quixote, será bien deshazer, pues ganariamos en
ello las catorze obras de misericordia; y más le digo, que si quiere
ir luego allá, le acompañaré de muy buena gana, aunque sepa perder ó
dilatar la posesion del gobierno de la gran insula y reino de Chipre,
que me toca por linea recta en virtud de la palabra de v. m. y de la
muerte que ha de dar al soberbio Tajayunque, su rey, cuyo guante traigo
bien guardado en esta maleta. No se le encaxaba mal á don Quixote el
consejo de Sancho, y ya con él se le començaban á levantar la mollera,
de suerte, que si los circunstantes, que gustaban infinito de saber el
fin del cuento, no le apaciguaran con buenas razones, echara el bodegon
por la ventana, y se fuera luego de alli, dexandoles en porreta;
pero diziendole el soldado Bracamonte que en acabando de oir donde y
como quedaba aquella señora, le daba palabra de irle á acompañar en
tan santa empresa (pues no teniendo noticia más clara de sus cosas y
sucesos, no le parecia acertado hacer la jornada, porque podria ser
que cuando ellos llegasen á Badajoz ya ella estuviese en otra parte),
se sosegó don Quixote, y ofreció grata atencion á todo, obligandose á
hazer la tuviese tambien su escudero. Con esto, y con agradecerselo
todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño prosiguiese tan suspensa
historia, seguro de que, aunque larga, no les cansaba, la prosiguió
diziendo: