En que el ermitaño da principio á su cuento de los Felizes Amantes.
Cerca los muros de una ciudad de las buenas de España hay un monasterio
de religiosas de cierta orden, en el cual habia una, entre otras, que
lo era tanto, que no era menos conocida por su honestidad y virtudes,
que por su rara belleza: llamabase doña Luisa, la cual, yendo cada dia
creciendo de virtud en virtud, llegó á ser tan famosa en ella, que
por su oracion, penitencia y recogimiento mereció que siendo de solos
veinte y cinco años, la eligiesen por su perlada las religiosas del
convento, de comun acuerdo, en el cual cargo procedió con tanto exemplo
y discrecion, que cuantos la conocian y trataban la tenian por un angel
del cielo. Sucedió pues que cierta tarde, estando en el locutorio
del convento un caballero llamado don Gregorio, moço rico, galan y
discreto, hablando con una deuda suya, llegó la Priora, á quien él
conocia bien por haberse criado juntos cuando niño, y aun querido
algo con sencillo amor, por la vecindad de las casas de sus padres; y
viendola él, se levantó con el sombrero en la mano, y pidiendola de su
salud, y suplicandola emplease la cumplida de que gozaba en cosas de
su servicio, le dixo ella: Esté v. m., mi señor don Gregorio, muy en
hora buena, y sepamos de su boca lo que hay de nuevo, ya que sabemos
de su valor con la merced que nos haze. Ninguna, respondió él, puede
hazer quien nació para servir hasta los perros desta dichosa casa:
ni sé nuevas de que avisar á v. m., pues no lo seran de que de las
obligaciones que tengo á mi prima nacen mis frecuentes visitas, y la
que hoy hago es á cuenta de un deudo que le suplica en un papel le
regale con no sé que alcorzas, en cambio de ocho varas de un picotillo
famoso ó perpetuan vareteado que le envia. Bien me parece, dixo la
Priora; pero con todo, v. m. me la ha de hazer á mí de que, en acabando
con doña Catalina, se sirva de llevar de mi parte este papel á mi
hermana; que basta dezir esto para que sepa en que convento, pues no
tengo más que la religiosa, de la cual aguardo ciertas floreras para
una fiesta de la Virgen que tengo de hazer, con obligacion de que ha de
dar orden v. m. en que se me traigan esta tarde con la respuesta; que
por ser el recado de cosa tan justificada, y v. m. tan señor mio casi
desde la cuna, me atrevo á usar esta llaneza. Puede v. m., respondió
el caballero, mandarme, mi señora, cosas de mayor consideracion; que
pues no me falta para conocer mis obligaciones, tampoco me faltará,
mientras viva, el gusto de acudir á ellas; que más en la memoria tengo
los pueriles juguetes y los asomos que entre ellos dí de muy aficionado
servidor dese singular valor, de lo que v. m. puede representarme.
Riose la Priora, y medio corriose de la preñez de dichas razones,
con que se despidió luego, diziendo lo hazia por no impedir la buena
conversacion, y porque le quedase lugar de hazerle la merced suplicada,
cuya respuesta quedaba aguardando. Apenas se hubo despedido ella,
cuando don Gregorio hizo lo mismo de su prima, deseosisimo de mostrar
su voluntad en la brevedad con que acudia á lo que se le habia mandado.
Fue al monasterio do estaba la hermana de la Priora, cuyas memorias
fueron representando de suerte á la suya su singular perfecion,
hermosura, cortesia de palabras, discrecion, y la gravedad y decoro de
su persona, juntamente con la prudencia con que le habia dado pie para
que, sirviendola en aquella niñeria, la visitase, que con la bateria
deste pensamiento se le fue aficionando en tanto extremo, que propuso
descubrille muy de proposito el infinito deseo que tenia de servilla,
luego que volviese á traelle la respuesta. Llegó con esta resolucion
al torno del convento de la hermana; llamola, diole el papel y prisa
por su respuesta, y ofreciosele cuanto pudo; y agradeciendo su termino
doña Ines (que este era el nombre de la hermana de la Priora), diole
la deseada respuesta á él, y á un paje suyo las curiosas flores de
seda que pedia, compuestas en un açafate grande de vistosos mimbres.
Volvió luego, contentisimo con todo, don Gregorio á los ojos de la
discreta Priora, y llegando al torno de su convento y llamandola, pasó
al mismo locutorio en que la habia hablado, por orden della, no poco
loco del gozo que sintió su animo, por la ocasion que se le ofrecia de
explicarle su deseo en la platica, que de proposito pensaba alargar
para este efecto, como quien totalmente estaba ya enamorado della.
Apenas entró en la grada el recien amartelado mancebo, cuando acudió
á ella la Priora, diziendole: A fe, mi señor don Gregorio, que haze
fielmente v. m. el ofizio de recaudero, pues dentro de una hora me veo
con las deseadas flores, respuesta de mi hermana, y en presencia de v.
m., á quien vengo á agradecer como debo tan extraordinaria diligencia.
Señora mia, respondió él, por eso dize el refran: Al moço malo ponedle
la mesa y enviadle al recaudo. Está bien dicho, replicó ella; pero
ese proverbio no haze (á mi juizio) al proposito; porque ni á v. m.
tengo por malo ni en esta grada hay mesa puesta, ni es hora de comer;
si no es que v. m. lo diga (que á eso obligan esas razones) porque
le sirva con algunas pastillas de boca ó otra niñeria de dulce; y si
á ese fin se dirige el refran, acudiré presto á mi obligacion con
grande gusto. No ha dado v. m. en el blanco, respondió don Gregorio;
que sin que hable de pastillas ni conservas, sustentaré facilmente
se halla y verifica en este locutorio cuanto el refran dize. ¿Como,
respondió doña Luisa, me probará v. m. que es mal moço? Lo más facil
de probar, dixo él, es eso, pues malo es todo aquello que para el
fin deseado vale poco; y valiendolo yo para cosas del servicio de v.
m., que es lo que más deseo, y á quien tengo puesta la mira, bien
claro se sigue mi poco valor; y no teniendole, ¿que puedo tener de
bondad, si ya no es que la de v. m. me la comunique, como quien está
riquisima della y de perfeciones? Gran retorico, dixo la Priora, viene
v. m., y más de lo que por acá lo somos para responderle; que, en fin,
somos mugeres que no vamos por el camino carretero, hablando á lo
sano de Castilla la Vieja; aunque, con todo, no dexaré de obligarle
á que me pruebe como se salva lo que dixo, que dexó la mesa puesta
cuando fue con el papel que le supliqué llevase á mi hermana, ya que
aparentemente me ha probado que es mal moço. Eso, señora mia, respondió
él, tambien me será cosa poco dificultosa de probar; porque donde
se ve el alegria de los convidados y el contento y regocijo de los
moços pereçosos, juntamente con el concurso de pobres que se llegan
á la puerta, se dize que está ya la mesa puesta y que hay convite;
lo mismo colegí yo del gozo que sentí cuando merecí ver esa generosa
presencia de v. m., que se me ofrecia con ella, pues vi en ese bello
aspecto, digno de todo respeto, una esplendidisima mesa de regalados
manjares para el gusto, pues le tuve y tengo el mayor que jamas he
tenido, en ver la virtud que resplandece en v. m., pan confortativo
de mis desmayados alientos, acompañada de la sal de sus gracias, y
vino de su risueña afabilidad; si bien me acobarda el cuchillo del
rigor con que espero ha de tratar su honestidad mi atrevimiento, si ya
esa singular hermosura, despertador concertado dél, no le disculpa.
Quedosela mirando sin pestañear, dichas estas razones, saltaronseles
tras ellas algunas lagrimas de los amorosos ojos, harto bien vistas y
mejor notadas de doña Luisa, á cuyo coraçon dieron no pequeña bateria;
aunque disimulandola, y encubriendo cuanto pudo la turbacion que le
causaron, le respondió con alegre rostro, diziendo: Jamas pensara de
la mucha prudencia y discrecion de v. m., señor don Gregorio, que,
conociendome tantos años ha, pudiese juzgarme por tan bozal, que no
llegue á conocer la doblez de sus palabras, el fingimiento de sus
razones y la falsedad de los argumentos con que ha querido probar la
suficiencia de mi corto caudal; mas pase por agora el donaire (que
por tal tengo cuanto v. m. ha dicho); y pues tiene en esta casa prima
de las prendas de doña Catalina, que le desea servir en extremo, no
tiene que pretender más, pues cuando lo haga no sacará de sus desvelos
sino un alquitran de deseos dificiles de apagar si una vez cobran
fuerça, pues la mesma imposibilidad les sirve á los tales de ordinario
incentivo, en quien se ceban, pues de contino el objeto presente, que
mueve con más eficacia que el ausente á la potencia muestra la suya
cuando lucha con los imposibles que tenemos las religiosas. Con esto
(pues v. m. me entenderá como discreto) pienso he bastantisimamente
satisfecho á las palabras y muestras de voluntad de v. m.; y con ello
se despide la mia; pero no de que me mande cosas de su servicio, más
conformes á razon y de menos imposibilidad; que haziendolo, podrá v.
m. acudir una y mil vezes á probar las veras de mi agradecimiento; y
cuando las ocupaciones de mi ofizio me tuvieren ocupada, no faltaran
religiosas de buen gusto que no lo estén para acudir en mi lugar á
servir y entretener á v. m. Habia estado don Gregorio oyendo esta
despedida equivoca con estraña suspension, mirando siempre de hito en
hito á quien se la daba; y desocupado de oir, respondió agradecia mucho
la merced que se le hazia, pues cualquiera, por pequeña que fuese, le
sobraba; pero que entendia quedaba de suerte con la llaga que la vista
de sus blancas tocas y bellisimo rostro (manteles ricos de la mesa que
de sus gracias habia puesto á su voluntad) le habia causado, que tenia
su vida por muy corta si su mano, en quien ella estaba, no le concedia
algun remedio para sustentarla. Despidiose la Priora tras esto dél,
diziendole se reportase, y fiase lo demas del tiempo y de la frecuencia
de las visitas, para las cuales de nuevo le daba licencia. Volviose don
Gregorio á su casa tan enamorado de doña Luisa, que de ninguna manera
podia hallar sosiego: acostose sin cenar, lamentandose lo más de la
noche de su fortuna y de la triste hora en que habia visto el bello
angel de la Priora, la cual luego tambien que se apartó dél se subió
con el mismo cuidado á su celda, do començó á revolver en su coraçon
las cuerdas razones que don Gregorio le habia dicho, las lagrimas que
en su presencia y por su amor habia derramado, la aficion grande que
le mostraba tener, y el peligro de la vida con que á su parecer iba si
no le hazia algun favor; y el ser él tan principal y gentil hombre,
y conocido suyo desde niño, ayudó á que el demonio (que lo que á las
mugeres se dize una vez, se lo dize á solas él diez) tuviese bastante
leña con ello para encender, como encendió, el lascivo fuego con que
començó á abrasarse el casto coraçon de la descuidada Priora; y fue
tan cruel el incendio, que pasó con él la noche con la misma inquietud
que la pasó don Gregorio, imaginando siempre en la traça que tendria
para declararle su amoroso intento. Venida la mañana, baxó luego con
este cuidado al torno, y llamando una confidente mandadera, le dixo:
Id luego á casa del señor don Gregorio, primo de doña Catalina, y
dezidle de mi parte que le beso las manos, y que le suplico me haga
merced de llegarse acá esta tarde; que tengo que tratar con él un
negocio de importancia. Fue al punto la recaudera, cuyo recado recebió
don Gregorio con el gusto que imaginar se puede, asentado en la cama;
de la cual no pensaba levantarse tan presto, y dixo á la muger: Dezid
á la señora Priora que beso á su merced las manos, y que me habeis
hallado en la cama, en la cual estaba de suerte, que, á no mandarmelo
su merced, no me levantara della en muchos dias, porque el mal con
que sali de su presencia ayer tarde me ha apretado esta noche con
increible fuerça; pero ya con el recado cobro la necesaria para
poder acudir, como acudiré á las dos en punto, á ver lo que manda su
merced. Fuese la mandadera, y quedó el amante caballero totalmente
maravillado de aquella novedad, y no sabia á que atribuirla: por una
parte consideraba el rigor con que el dia pasado le habia despedido;
y por otra, el enviarle á llamar tan de prisa para comunicarle (como
la mandadera le habia dicho) un negocio de importancia, le aseguraba
ó prometia algun piadoso remedio. Aguardaba con sumo deseo el fin de
la visita, y llegada la hora de hazella, fue puntualisimamente al
convento; y avisando en el torno, y cobrada respuesta en él de que
pasase á la grada, fue á ella, do estuvo esperando á que la Priora
saliese, haziendosele cada instante de su tardanza un siglo; pero salió
dentro de breve rato, risueña y con muestras de mucha afabilidad,
diziendole, no sin turbacion interior: No quiere tan mal á v. m.
como piensa, mi señor don Gregorio, quien le ha enviado á llamar en
amaneciendo con tanto cuidado; pero hanmele causado tan grande las
muestras de indisposicion con que v. m. se fue anoche, que temiendo
no naciese ella del cansancio tomado en ir y venir del convento de mi
hermana á este á mi cuenta, me ha parecido quedaba tambien á ella el
saber, lo uno de su salud, y lo otro el divertille esta tarde de la
pasada melancolia, causada de mi inadvertencia; que sin duda de la que
debi tener en el hablar tomó v. m. ocasion para dezirme aquellas tan
amorosas cuanto estudiadas razones con que pretendió darme á entender,
á vueltas de aquellas fingidas lagrimas, le desvelaban mis memorias y
enamoraban mis cortas prendas; pero no le ha salido mal el intento,
si le tuvo de obligarme con eso á que le enviase á llamar, pues en
efecto ha salido con él; y si ese ha sido el artificio motriz de
aquel fingimiento, digame v. m. agora sin él, pues me tiene presente,
su pretension; que para ello le da cumplidisima licencia mi natural
vergüença, pues (como dizen) el oir no puede ofender; y hago esto
porque, como me dixo v. m. al despedirse, habia yo de ser causa de
su temprana muerte, no me ha parecido debia dar lugar á que el mundo
me tuviese por homicida de quien tantas partes tiene, y es por ellas
digno de vivir los años que mi buen deseo suplica á Dios le dé de vida,
confiada en que no perderemos nada los desta casa en que la tenga
larguisima quien tan bienhechor es della. Respondiole don Gregorio,
cobrando un nuevo y cortes atrevimiento, diziendo: Ha sido tan grande,
señora mia, la merced que hoy se me ha hecho y va haziendo agora, y
hallome tan incapaz de merecerla, que me parece que aunque los años de
mi vida llegasen á ser tantos cuantos prometen los nobles y religiosos
deseos de v. m., no podia pagar en ellos, por más que los emplease en
servicio de esta casa, la minima parte della; pero ya que no la puedo
pagar con caudal equivalente, pagarela, á lo menos, con el que agora
corre entre discretos, que es con notable agradecimiento y confesion
de perpetuo reconocimiento; aunque quiero que v. m. entienda (y esto
sabe el cielo cuanta verdad es) que si no acudiera con la brevedad
que acudió con el recaudo y esperanças de su visita, ya no la tuviera
yo, ni vida con ella, á la hora presente, segun me apretaba la pasion
amorosa que las gracias de v. m. me causan; pero ya de aqui adelante
pretendo mirar por mi vida, para tener siquiera qué emplear en servicio
de quien tan bien sabe darmela cuando menos la confio; y porque acabe
de conocer proseguirá v. m. el hazermela, quiero atrevidamente pedir
otra de nuevo, confiado en lo que acaba de dezir, de que gusta de mi
vida. Veamos, dixo la Priora, que cosa es, y conforme á la peticion,
se podrá facilmente juzgar si será justo concederla ó no: diga v. m.
Yo, señora, no pido nada, replicó él; que no querria me sucediese lo
de anoche, de dar pesadumbre á v. m. Sin duda, dixo ella, que debe de
ser, segun se le haze de mal el dezirlo, algun pie de monte de oro. No
es, respondió don Gregorio, sino una mano de plata (que tales son las
blanquisimas de v. m.) para besarla por entre esta reja. Aunque haya
sido atrevimiento, señor don Gregorio, replicó la Priora, no dexaré de
usar desa llaneza y libertad, por haberlo prometido;--y sacando de un
curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de
contento, la besó, haziendo y diziendo con ella mil amorosas agudezas,
y ella le dixo: Agora ¿estará v. m. contento? Estoylo tanto, replicó
el nuevo amante, que salgo de juizio, pues con esto cobro nueva vida,
nuevo aliento, nuevo gozo, y sobre todo, nuevas esperanças de que se
lograrán más de cada dia las mias; y asi podré dezir está todo mi ser
en la mano de v. m., en la cual, como pongo los ojos, pongo y pondré
mientras viva mis deseos y memorias. Pues, señor don Gregorio, dixo
doña Luisa, ya no es tiempo de disimulacion ni de que v. m. ignore que
si me ama con las veras que finge, no haze cosa que no me la deba;
y si he disimulado hasta agora, ha sido no con poca violencia de mi
voluntad; pero forçabanla el ser muger y religiosa y cabeça de cuantas
lo son en esta grave casa, y tambien que deseaba enterarme y ver si
la perseverancia confirmaba los asomos del amor que con palabras y
lagrimas me començó á mostrar; pero ya que mi ceguera me obliga á que
crea lo que tan dificil es de averiguar, digo que soy contentisima de
que todos los dias me visite, y aun le suplico lo haga, variando las
horas para mayor disimulacion; y advierta v. m. hago más en confesarme
ciega y amante, que en cuanto tras eso diere lugar á v. m., pues el
mayor imposible que sentimos las mugeres es el haber de otorgar amamos
á quien con sola esa confesion suele tomar animo para condenarnos á
perpetuo desprecio y desesperados celos: ¡plegue á Dios no me suceda á
mí asi! Libertad terná v. m. de hablarme sin impedimento; que el ser
priora me da aquella y me quita estos; y crea v. m. que perseverando,
pienso serle autora de mayores servicios; y baste por agora, y v. m.
se vaya; que quedo confusisima de mi determinacion y de la poca fuerça
que en mí siento para resistir á mayores baterias; y lo demas quede
para otro dia. Despidieronse con esto, quedando los dos tan enamorados
como dirá el suceso del verdadero cuento. Luego començaron á andar
los recaudos, los billetes, y á frecuentarse las visitas, enviandose
regalos y presentes de una parte y otra con tanta frecuencia, que ya
daban de sí no poca nota; si bien, como todos veian la autoridad de la
Priora, no reparaban tanto en ello como fuera razon. Duroles este trato
por más de seis meses, hasta que, estando los dos un dia hablando en el
locutorio, començó don Gregorio á maldezir las rejas, que eran estorbo
de que él gozase del mejor bien que gozar podia y deseaba; y lo mesmo
dezia ella; que era de suerte su amor, y estaba tan perdida por el
moço, y tan otra de lo que solia, y era tan frecuentadora de billetes y
ternuras, que hasta el mismo don Gregorio se espantaba de verla tal; y
fue de manera, que ella fue quien dió principio á su misma perdicion,
pues le dixo esa mesma tarde: ¿Es posible, señor, que mostrandome el
amor que me mostrais, seais tan pusilanime y tan para poco, que no deis
traça de entrar de noche por alguna secreta parte adonde podamos gozar
ambos sin çoçobras el dulce fruto de nuestros amores? ¿No advertis
que soy priora y que tengo libertad para poderlo hazer con el debido
secreto? Yo, á lo menos, de mi parte, si vos os disponeis para ello,
harto bien traçado lo tengo con mi deseo y facilitado con vuestra
cobardia; y aun si no fuera ella tanta, podriais sacarme de aqui y
llevarme adonde os diese gusto, pues vivo y estoy en todo dispuesta de
seguir el vuestro. Maravillado don Gregorio desta determinacion, la
respondió: Ya, prenda mia, os he dicho muchas vezes que estoy aparejado
para todo aquello que fuere de vuestro entretenimiento y regalo; y asi,
pues me enseñais lo que debo hazer, será el negocio desta manera. Yo
tomaré dos caballos de casa de mi padre, recogiendo juntamente della
todo el más dinero que pudiere, y vendré á la media noche por la parte
del convento que mejor y más secreto os pareciere; y saliendo dél,
subireis en el uno, yo en el otro, y asi nos iremos juntos á media
posta á algun reino estraño, donde, sin ser conocidos, podremos vivir
todo el tiempo que nos diere gusto; y vos, pues teneis las llaves del
dinero, plata y depositos deste convento, podreis tambien recoger la
mayor suma de cosas de valor que podais, para que vamos asi seguros
de no vernos jamas en necesidad. Asi me parece bien, replicó ella,
que se debe hazer. Quedaron desde luego de concierto de que su ida
fuese á la una de la noche del siguiente domingo, despues de dichos
los maitines, hora en que el galan sin falta estaria aguardando á la
puerta de la iglesia con los caballos; que pues ella se quedaba las
noches con las llaves de casa, facilmente podria abrir la sacristia, y
salir por ella al dicho puesto por la puerta principal de la iglesia,
con presupuesto de caminar la misma noche diez ó doze leguas á toda
deligencia, para que cuando los echasen menos fuese más dificultoso el
hallarlos. Con este concierto y con el de que don Gregorio le enviaria
bien envueltos, como si fuese colgadura, unos curiosos vestidos de dama
con que saliese, se despidieron; y en haziendolo, començó la Priora á
dar orden en su partida, cosiendo en un honesto faldellin que habia
de llevar debaxo, las doblas que pudo recoger, que no fueron pocas,
poniendo en una bolsa otra gran cantidad de moneda de plata, para
llevarla más á mano; de suerte que sacó del convento entre moneda y
joyas más de mil ducados. La mesma prevencion hizo don Gregorio, el
cual, contrahaziendo las llaves de ciertos cofres de su padre, sacó
dellos más de otros mil ducados, sin otra gran cantidad de dineros
que pidió prestados á amigos; que con la confianza de que era hijo
unico y mayorazgo de caballeros de más de tres mil de renta, fue facil
hallar algunos que se los prestasen. Llegado el concertado domingo, á
las doze de media noche, hora de universal silencio por la seguridad
que dan los primeros sueños, que, por serlo, son más profundos, se
baxó don Gregorio con la aprestada maleta de lo que habia de llevar,
á la caballeriza, y ensillando en ella dos de los mejores caballos,
sin ser de nadie sentido se salió de casa, y fue al monasterio, do
estuvo aguardando en la puerta de la iglesia á que su querida doña
Luisa saliese, la cual, acabados los maitines, se volvió á su celda,
y quitandose en ella los habitos, se vistió las ropas de secular que
don Gregorio le habia enviado, y tenia en un arca, como queda dicho;
y poniendo las de religiosa sobre una mesa, y dexando alli una bien
larga carta escrita de la causa que sus amores le dieron para irse
(como se iba) con don Gregorio, dexó, ni más ni menos, alli una vela
encendida, con el breviario y rosario, de quien siempre habia sido
devotisima, y por él lo habia sido en sumo grado de la Virgen, señora
nuestra, toda su vida; y tomando tras esto un gran manojo de llaves,
las cuales eran de toda la casa y de la iglesia, se salió de la celda
lo más pasito que le fue posible, y se fue por el claustro, y baxó
á la sacristia; y abriendola sin ser sentida, salió al cuerpo de la
iglesia con las llaves en la mano; y habiendo de pasar al salir della
por delante de un altar de la Virgen benditisima, de cuya imagen era
particular devota, y le celebraba todas las fiestas suyas con la mayor
solenidad y devocion que podia, á la que llegó delante della, se hincó
de rodillas, diziendo con particular ternura interior y notable cariño
de despedirse della, privandose del verla, porque era la cosa que más
queria en esta vida: Madre de Dios y Virgen purisima, sabe el cielo y
sabeis vos cuanto siento el ausentarme de vuestros ojos; pero estan tan
ciegos los mios por el moço que me lleva, sin hallar fuerças en mí,
con que resistir á la pasion amorosa que me lleva tras sí, voy yo tras
ella sin reparar en los inconvenientes y daños que me estan amenaçando;
pero no quiero emprender la jornada sin encomendaros, Señora, como os
encomiendo con las mayores veras que puedo, estas religiosas que hasta
ahora han estado á mi cargo: tenedle pues dellas, Madre de piedad,
pues son vuestras hijas, á las cuales yo, como mala madastra, dexo y
desamparo: amparadlas, digo, Virgen santisima, por vuestra angelica
puridad, como verdadero manantial de todas las misericordias, siendo
como sois la madre de la fuente dellas: de Cristo, digo, nuestro Dios
y Señor. Volved y mirad, os suplico otra vez, en mi lugar, por estas
siervas vuestras que aqui quedan, más cuidadosas de su limpieza y
salvacion que yo, que voy despeñandome tras lo que me ha de hazer
perder lo uno y lo otro, si vos, Señora, no os apiadais de mí; pero
confio que lo hareis, obligada de vuestra inexplicable y natural piedad
y de la devocion con que siempre he rezado vuestro santisimo rosario. Y
dicha esta breve oracion, y hecha tras ella una profunda reverencia á
la imagen, abrió el postigo de la iglesia, y abierto, se volvió á dexar
las llaves delante del dicho altar de la Virgen, tras lo cual se salió
á la calle, entornando tras sí la puerta. Apenas estuvo fuera della,
cuando le salió al encuentro don Gregorio, que la estaba aguardando
hecho ojos, y tomandola en braços (tras haberla tenido un breve rato
entre los suyos amorosos haziendo desenvolturas que el recelo de no
ser vistos le consintió), la subió en el caballo que le pareció más
manso, con que començaron luego á caminar de suerte que los vino á
tomar el dia seis ó siete leguas lexos de adonde habian salido; y en el
primer lugar se proveyeron de todo lo necesario tocante á la comida,
con fin de no entrar en poblado, si no fuese de noche, para hurtar asi
el cuerpo á la mucha gente que tenian por sin duda iria en su busca.
En efeto, señores, que aquella habia profesado y prometido castidad
á Dios, y la habia guardado hasta entonzes con notables muestras de
virtud, permitiendolo asi su divina Magestad por su secreto juizio y
por dar muestras de su omnipotencia (la cual manifiesta, como canta
la Iglesia, en perdonar á grandes pecadores gravisimos pecados), y
por mostrar tambien lo que con él vale la intercesion de la Virgen
gloriosisima, madre suya, y con cuantas veras la interpone ella en
favor de los devotos de su santisimo rosario, la perdió por un deleite
sensual y momentaneo, yendo á rienda suelta por el camino fragoso de
sus torpezas, olvidada de Dios, de su profesion y de todos los buenos
respetos que á quien era debia. Mas no hay que maravillarse hiziese
esto, dexada de la mano de Dios, pues, como dize san Agustin, más
hay que espantarse de los pecados que dexa de hazer el alma á quien
desampara su divina misericordia, que de los que comete; que eso,
dize David, vozean los demonios, enemigos de nuestra salvacion, al
hombre que llega á tal miseria tomando animo por ello de perseguirle,
y prometiendose vencerle en todo genero de vicios: Deus dereliquit
eum: persequimini et comprehendite eum, quia non est qui eripiat.
Continuaron su camino los ciegos amantes, con los justos miedos y
sobresaltos que imaginar se pueden de quien anda en desgracia de Dios,
algunos dias, sin parar jamas hasta que llegaron á la gran ciudad
de Lisboa, cabeça del ilustre reino de Portugal. Alli pues hizo don
Gregorio una carta falsa de matrimonio, y alquilando una buena casa,
compró sillas, tapices, bufetes, camas y estrado con almohadas para
su dama, con el demas ajuar necesario para moblar una honrada casa,
comprando juntamente para el servicio della un negro y una negra:
cargó tras esto de galas y joyas para adorno suyo y de su bella doña
Luisa. Pasaron la vida muchos dias, acudiendo en aquella ciudad á todo
cuanto apetecian sus ciegos sentidos, como fuese de entretenimiento,
disolucion y fausto, sin perder fiesta ni comedia la gallarda forastera
(que asi la llamaban los portugueses) de cuantas en Lisboa se hazian.
Paseaba tambien sus calles don Gregorio de dia, ya con una gala y
caballo, y ya con otro, gozando sin escrupulo ninguno de conciencia
de aquella pobre apostata perlada, olvidado totalmente de Dios y sin
rastro de temor de su divina justicia; porque, como dize el Espiritu
Santo por boca de Salomon, lo que menos teme el malo cuando llega
á lo ultimo de su maldad, es á Dios. Dos años estuvieron en Lisboa
los ciegos amantes, gastandolos en la vida más libre y deleitosa que
imaginarse puede, pues todo fue galas, convites, fiestas, y sobre todo
juegos, á que don Gregorio se dió sin moderacion alguna.