CAPITULO XVI

En que Bracamonte da fin al cuento del Rico desesperado.

Estuvieron con atencion los canonigos y jurados al cuento, y don

Quixote, aunque lo estuvo, daba de cuando en cuando asomos de querer

salir con algo en contrapusicion de los malos consejos que los

estudiantes dieron á Japelin cuando era novicio, ya en abono de su

buena eleccion en haberse casado con muger hermosa, y particularmente

en loa de su valor por haber pretendido seguir la milicia en

prosecucion de la gobernacion de su tio; pero ibale á la mano á todo

el venerable ermitaño que le tenia al lado. Pero como no lo estaba

al suyo Sancho, no pudo obviar á que no saliese de traves cuando oyó

la bellaqueria del soldado, y particularmente su poco estomago en no

querer llevar el matalotaje que le daban los criados para acudir á

las necesidades venideras; y asi dixo con una colera donosa: Juro á

Dios y á esta cruz, que merecia el muy grandisimo bellaco más palos

que tiene pelos mi rucio, y que si le tuviera aqui me le comiera á

bocados. ¿Donde aprendió el muy grandisimo hi de puta á no tomar lo que

le daban, siendo verdad que no está eso prohibido, no digo yo á los

soldados y reyes, pero ni á los mismos señores caballeros andantes, que

son lo mejor del mundo? En mi anima, que creo que ha de arder la suya

en el infierno, más por ese pecado que por cuantas cuchilladas ha dado

á luteranos y moriscos; pero no me espanto fuese el muy follon tan mal

mirado y tan poco quillotrado, si como v. m. dize venia de Cambray;

que juro á los años del gigante Golias que debe de ser esa la más mala

tierra del mundo, pues segun dizen por las calles y plaças chicos y

grandes, hombres y mugeres, no se coge en ella pan ni vino ni cosa que

lo parezca, sino estopilla, de lo cual se quexan con un perpetuo ay,

ay, que es señal que debe de ser malisima y que debe de causar torçon

á cuantos la comen. Rieron destas boberias los canonigos y Bracamonte,

pero no don Quixote, que con una melancolia y sentimiento digno de

su honrado celo dixo: Dexate, Sancho hijo, de llorar el descuido y

poca prudencia del soldado, y de si el ay, ay, ay que dizes se dize

por la estopilla maldita que en Cambray se coge ó no; llora lagrimas

de sangre por el agravio y tuerto fecho á aquella noble princesa, y

por la ofensa y mancha que en la honra del famoso Japelin cayó por

industria ó inconsideracion, ó por la maldad, que es lo más cierto, de

aquel soldado, infamia de nuestra España, y deshonra de todo el arte

militar, cuyo aumento procuran tantos nobles, y yo entre ellos, á

costa de la hidalga sangre de mis venas; pero yo sacaré la alevosa de

las suyas antes de muchos dias, si le topo, como deseo. Deste cuidado

queda ya libre v. m. (dixo Bracamonte), como verá si me la haze de

oir con paciencia lo que queda de la historia. Rogaron todos á don

Quixote reprimiese su justa colera, y á Sancho le pidieron callase, sin

meterse en dibuxos de averiguar lo que oiria; y prometiendolo ambos

con mucha seguridad y algunos juramentos, prosiguió Bracamonte la

tela de su cuento, diziendo: Ido el soldado con la cortedad referida,

y cargado de miedo y vergüença, salió de su aposento el noble y

descuidado Japelin, á la hora en que el bullicio de la gente de casa

dió muestras de que era ya la de levantarse; y llegandose á la cama

de su esposa á darle los buenos dias, y cuidadoso de saber como habia

pasado la noche asegurandola de que con el contento de verse él en

su cama y con heredero della no habia podido apenas sosegar. Riose

su muger de la disimulacion que mostraba en sus razones y en tomarle

la blanca mano, y mostrando un fingido enojo con su risa, le dixo,

retirando hacia adentro el braço: Por cierto, señor mio, que sabeis

disimular lindamente, y que anda ahora bien ligera esa lengua, que

anoche tan muda tuvistes conmigo: idos de ahi con Dios, y no me hableis

por lo menos hoy en todo el dia; que bien lo habré menester todo para

desenojarme del enojo que tengo con vos tan justamente; y aun despues

de pasado, os será menester me pidais perdon, y no será poco si os lo

concedo. Riose Japelin del desvio, y cayendole en gracia, á pesar suyo

la besó en el rostro, diziendo: Por mi vida, señora que me digais el

enojo que os he hecho; que gustaré infinito de sabello, si bien ya,

poco más ó menos, sospecho yo será porque habreis imaginado que he

dormido dentro con compañia, en ofensa vuestra; y muera yo en la de

Dios si jamas os la he hecho ni con el pensamiento; y asi, quiteseos

del vuestro, os suplico, ese temerario juizio; que con él me ofendeis

no poco. Por cierto (dixo ella de nuevo) que sabeis encubrir bien y

negar mejor ahora lo que fuera justo negarais á vuestro apetito antes

de ejecutalle tan sin consideracion; que si la tuvierais, no efectuara

un hombre tan prudente y discreto como vos lo que tan contra toda

razon os pedia vuestro desordenado deseo. Corrida estoy no poco de ver

no lo esteis más de lo que lo estais de haber tenido atrevimiento de

llegar á mi cama esta noche á tratar conmigo, sabiendo de la suerte

que estoy; y siento muchisimo ver hayan podido tan poco con vos mis

justos ruegos, que no bastasen á obligaros á que, volviendoos á vuestra

cama, dexaseis de entrar en la mia con los excesos de aficion que la

primer noche de nuestras bodas. Y añadiendo agravio á agravio, habeisme

dexado sin hablar palabra; si bien doy por disculpa de vuestro silencio

el justo empacho que os causó el atrevimiento. No ignoro, señor,

direis nació él del sobrado amor que me teneis; y aunque esa parezca

bastante disculpa, no la admito por tal, pues habiais de considerar

el tiempo y indispisicion mía, teniendo algun respeto y sufrimiento á

tan justo obstaculo; que no se perdia el mundo en ser continente siete

ó ocho dias más, cuando mucho; pero pase esta, que os la perdona mi

grande amor, con esperanças de enmienda en lo porvenir. No se puede

pintar la suspension que cayó en el animo de Japelin cuando oyó á su

esposa tales razones, y dichas con tantas veras y circunstancias;

y como era de agudo ingenio, sospechó luego todo lo que podia ser,

imaginando (como era la verdad) que el soldado español habria dormido

solo, por inconsideracion del paje de guarda, el cual pensaba él le

haria compañia en el aposento, sin dexarle á solas, y que asi, con

la ocasion, que es madre de graves maldades, habria cometido aquel

delito con artificioso silencio; y disimulando cuanto pudo, le dixo

á la dama: No haya más, mis ojos, por vida de los vuestros; que del

amor excesivo que os tengo ha nacido el desorden de que os quexais;

pero yo os prometo á ley de quien soy, corregirme, y aun vengaros

cabalmente de todo. Y volviendose á otro lado, dezia entre dientes,

bramando de colera: ¡Oh vil y alevoso soldado! por el cielo santo

juro de no volver á mi casa sin buscarte por todo el mundo y hazerte

pedazos do quiera que te encontrare:--tras lo cual, disimulando con

su muger con notable artificio, se despidió della fingiendo cierta

necesidad precisa. Llamó luego aparte un moço, diziendole: Ensillame

al punto, sin dezir cosa, el alazan español; que me importa ir fuera

en él con brevedad. Mientras el caballo se ensillaba se acabó de

vestir, y entrando en un aposento do tenia diferentes armas, sacó dél

un famoso venablo. Violo la dama, y recelosa le preguntó que pensaba

hazer de aquel venablo. Quierole (dixo él) inviar á un vecino nuestro

que ayer me le pidió prestado. ¿Que vecino puede ser nuestro (replicó

ella) que no tenga armas en su casa, y necesita de venir por ellas á

la nuestra? En verdad, mi bien, que si no lo recebis por enojo, que me

habeis de dezir para que es. El la respondió que no le importaba nada

á ella el saberlo; pero que con todo lo sabria dentro de breves horas.

Saliose tras esto fuera de la sala, demudado el rostro; y despidiendo

un sospiro tras otro, se baxó la escalera abaxo, y se puso á pasear

delante la caballeriza, aguardando le sacasen el caballo; y mientras

el criado tardaba en hazello, dezia con rabioso despecho entre sí: ¡Oh

perverso y vil español, que mal me has pagado la buena obra que te

hize en darte alojamiento, que no debiera! Aguarda, traidor adultero

á costa de la inocencia de mi engañada esposa; que te juro por las

vidas della, de mi hijo y mia, que te cueste la tuya la alevosia:

vuela, infame, y mueve los pies; que yo haré que los de mi caballo

igualen al pensamiento con que voy en tu busca, con determinacion

de no volver á mi patrio suelo hasta hallarte, aunque te escondas

en las entrañas del mismo siciliano Etna. No habia bien dicho estas

razones, cuando el criado, que las habia oido todas estando en la

caballeriza, sacó della el caballo, en el cual subió Japelin como un

viento, diziendole á él que se quedasen todos, sin acompañarle ninguno,

pues no necesitaba de compañia en la breve jornada que iba á hazer; y

tomando el venablo, salió de casa, dando de espuelas al caballo, hecho

un frenetico, guiandole asi á la parte y camino que entendia llevaba

el soldado, dexando maravillados á los criados de su casa la furia

y repentina jornada con que la dexaba; si bien de las palabras que

dezia haberle oido el que le ensilló el caballo, colegian iba tras el

soldado por haberle hurtado algo de casa, ó por haber dicho al salir

della algunas palabras deshonestas á su esposa, y que como tan celoso

y noble, pretendia tomar vengança de quien con solo el pensamiento le

agraviaba. El caballero, en fin, se dió tan buena maña en caminar tras

el soldado, que dentro de una hora le alcançó, y calandose el sombrero

antes de emparejar con él, porque no le conociese, en medio de un

valle, sin que se recelase el soldado ni tener testigos á quienes poder

remitir la disposicion de su violenta muerte, con la mayor presteza

que pudo, sin hablar palabra, le escondió el robusto y agraviado

Japelin la ancha cuchilla ó penetrante hierro del milanes venablo por

las espaldas, sacandosele más de dos palmos por delante, á vista de

los lascivos ojos que en su honestisima esposa puso, sin darle lugar

de meter mano ni defenderse de tan repentino asalto. Cayó luego en

tierra el misero español...--¡Oh, buena pascua le dé Dios y buen San

Juan, dixo don Quixote! Ese sí que fue buen caballero: en verdad que

puede agradecer á su buena diligencia el haberme ganado por la mano

la toma de la vengança dese delito; que, si no, juro por la vitoria

que espero presto alcançar del rey de Chipre, que la tomara yo dél

tan inaudita, que pusiera terror hasta á las narizes de los miseros y

nefandos sodomitas, á quien abrasó Dios. Pues á fe que si v. m., mi

señor, no lo hiziera, que yo acudiera á mi obligacion (dixo Sancho),

y que cuando eso de Sodoma y Gomorra, que v. m. dize, faltara, le

ahogara yo con un diluvio de gargajos como aquel del tiempo de Noe.

Pues no pára en esto, señores, la tragedia, dixo Bracamonte, ni la

vengança que Japelin tomó del soldado; porque luego, tras lo dicho,

se apeó del caballo, y sacando el venablo del cuerpo del cadaver, le

volvió á herir con él cinco ó seis vezes, haciendole pedazos la cabeça

y hechos con una crueldad inexplicable, pagando bien con muerte de las

dos vidas (á lo que se puede presumir) y con fin tan aciago el pequeño

gusto de su desenfrenado apetito, quedando alli revolcado en su propria

sangre para exemplo de temerarias deliberaciones y comida de aves y

bestias: el caballero, algo aconsolado con la referida vengança que

de su ofensor habia tomado, se volvió poco á poco hazia su casa. En

el tiempo que él tardó della, quiso la desgracia que su muger, viendo

eran más de las diez y no le veia ni sabia adonde estaba, preguntó á un

paje por él, y respondiole el indiscreto criado luego, le dixo: Señora,

mi señor ha ido fuera á caballo, con un venablo en la mano, más ha de

dos horas, sin criado alguno y no podemos imaginar adonde ni adonde

no; solo sé que iba demudadisimo de color y dando algunos pequeños

suspiros, mirando al cielo. Llegaron, estando en estas razones, el moço

de caballos, una criada y la ama que criaba el niño, y la dixeron: V.

m., mi señora, ha de saber que hay algun grande mal, porque mi señor

ha estado paseandose á la puerta de la caballeriza todo el rato que yo

tardé (dixo el moço) á ensillarle el caballo suspirando y quexandose de

aquel soldado español que esta noche durmió en la cama y aposento del

paje de camara, llamandole (aunque pensó que nadie le oia) perverso y

vil traidor y adultero á costa de la inocencia de su engañada esposa;

tras lo cual juró por su vida, la de v. m. y de su hijo de hazerle

pedazos, siguiendo hasta alcançarle; pero no le oí jamas quexar de v.

m.; antes me parece que en sus razones la iba disculpando; tras lo

cual, en sacandole el caballo, subió en él, y salió de casa como rayo,

en busca suya. Cuando la noble flamenca oyó los ultimos acentos desta

sospechosa nueva, cayó sobre la almohada, de los braços de la criada

que la habia levantado, y sentado en la cama, con un mortal desmayo; y

volviendo en sí al cabo de breve rato, començó á llorar amargamente,

sospechando (como era asi) que aquel que la noche antes habia llegado

á su cama sin duda habia sido el soldado español, con quien, como

ella misma tenia confesado á su marido, habia cometido adulterio

teniendole por su esposo. Començó pues con esta imaginacion á maldezir

su fortuna, diziendo: ¡Oh traidora, perversa y adultera de mí! ¿Con

que ojos osaré mirar á mi noble y querido esposo, habiendole quitado

en un instante la honra que en tantos años de proprio valor y natural

nobleza heredado tenia? ¡Oh ciega y desatinada hembra! ¿Como es posible

no echases de ver que el que con tanto silencio se metia en tu honesto

lecho no era tu marido, sino algun aleve tal cual el falso español?

¡Desdichada de mí! ¿Y con que cara osaré parecer delante de mi querido

Japelin, pues no hay duda sino que no seré creida dél por más que con

mil juramentos le asegure de mi inocencia, habiendo dado lugar á que

otros pies violasen su honrado talamo? Con razon, dulce esposo mio,

podrás quexarte de mí de aqui adelante, y negarme los amorosos favores

que me solias hazer en correspondencia de la fe grande que siempre

he profesado guardarte; pero ya justamente (pues he desdicho de mi

fidelidad, aunque tan sin culpa cuanto sabe el cielo) seré aborrecible

á tus ojos, pesada á tus oidos, desabrida á tu gusto, enojosa á tu

voluntad, é inutil finalmente á todas las cosas de tu provecho. Vuelve

presto, señor mio, si acaso has ido á matar al adultero español: con el

mismo venablo con que le castigares traspasa este desconocido y desleal

pecho; que pues fuí complice en el adulterio, justa cosa es iguale

tambien con él en la muerte: ven, digo, y toma entera vengança de mi

desconcierto, con la seguridad que puedes tener de quien, por muger y

culpada, no sabrá hazerte resistencia. Pero no es bien aguarde que tú

vengas á vengarte ni á castigar con el hierro del venablo el mio, sino

que es justo que yo te vengue de suerte que digas lo estás al igual de

mi alevosia y de la ofensa hecha. Y diziendo esto la desesperada señora

(que lo estaba de pasion, colera y corrimiento), saltó de la cama,

mesandose las rubias y compuestas trenças, y esmaltando sus honestas

mexillas con un diluvio de menudo y espeso aljofar que de sus nublados

ojos salia; y poniendose un faldellin, se començó á pasear por la sala

con tan descompuestos pasos, acompañados de sospiros, sollozos y quexas

por lo hecho, que no bastaban á consolarla todos los de casa; antes

su pena les tenia á todos necesitados de consuelo, por lo mucho que

les enternecia. Estando pues de la suerte que digo, turbados ellos, el

marido ausente, el adultero muerto, y ella fuera de sí, se salió al

patio á vista de todos; y despues de haber hecho una nueva repeticion

de las quexas dichas, se arrojó de cabeça en un hondo pozo que en

medio del patio habia, sin poder ser socorrida de los que presentes

estaban, haziendosela dos mil pedazos: de suerte que cuando llegó al

suelo el cuerpo, habia ya llegado su alma libre dél en bien diferente

lugar del en que yo querria llegase la mia á la hora de mi muerte.

Aumentaronse las vozes y gritos de los de casa con el nuevo y funesto

espectaculo; y con la turbacion, unos acudian á mirar el pozo, otros

á dar gritos á la calle, con los cuales se alborotó toda: de suerte

que en un instante se vió la casa llena de gente afligida toda, y toda

ocupada ó en consolar á los de ella ó en echar sogas y cuerdas, aunque

en vano, pensando podria ser socorrida quien ya no estaba en estado de

poderlo ser. Entre esta universal turbacion sucedió llegar á su casa el

desdichado Japelin, ignorante de la desgracia que acababa de suceder

en ella; y maravillado de ver tantas personas juntas en su patio,

unas de pie sobre el brocal del pozo, otras al derredor dél, y todas

llorando, entró con su caballo y el venablo ensagrentado en la mano;

y preguntando que habia de nuevo, llegaron los criados de la casa,

dando una mano con otra y arañandose la cara, diziendo: ¡Ay, mi señor,

que acaba de suceder la mayor desgracia que los nacidos hayan visto!

pues mi señora, sin que sepamos por que, quexandose de aquel maldito

español que esta noche durmió en casa, llamandose engañada y adultera,

y diziendo palabras que moviera á compasion á una peña, arrancandose á

puños los cabellos, se echó, sin que la pudiesemos remediar, de cabeça

en este hondo pozo, donde se hizo pedazos antes de llegar al suelo.

El caballero, en oyendo tal, se quedó atonito sin hablar palabra por

grande rato; y de alli á poco, vuelto en sí, se arrojó del caballo, y

teniendose en el suelo, empeçó á lamentarse amargamente, suspirando y

arrancandose con dolor increible las barbas, diziendo en presencia de

todos: ¡Ay muger de mi alma! ¿Que es esto? ¿Como te apartaste de mí?

¿Como me dexaste, serafin mio, solo y sin llevarme contigo? ¡Ay esposa

mia y bien mio! ¿Que culpa tenias, si aquel enemigo español te engañó

fingiendo ser tu amado marido? El solo tenia la culpa; pero ya pagó la

pena. ¡Ay prenda de mis ojos! ¿Como será posible que yo viva un dia

entero sin verte? ¿Adonde te fuiste, señora de mis ojos? Aguardaras

siquiera á que yo volviera de vengarte, como agora vengo, y mataraste

despues; que yo te acompañara en la muerte, como lo he hecho en vida.

¡Ay de mí! ¿Que haré? ¡Triste de mí! ¿A donde iré ó que consejo tomaré?

Pero ya le tengo tomado conmigo. Y diziendo esto, se levantó muy

furioso, y metiendo mano á la espada, dezia: Juro por Dios verdadero

que el que llegare á estorbarme lo que voy á executar ha de probar los

filos de mi cortadora espada, sea quien se fuere. Llegose tras esto al

brocal del pozo, haziendo una grandisima lamentacion, diziendo: Si tú

¡oh muger mia! te desesperaste sin razon ninguna, y tu anima está en

parte adonde no puedo acompañarla si no te imito en la muerte, razon

será y justicia, pues tanto te amé y quise en vida, que no procure

estar eternamente sino en la parte en que estuvieres; y asi, no temas,

dulcisima prenda mia, que tarde en acompañarte. Como la gente que

presente estaba, que no era poca y entre quien habia muchos caballeros

y nobles de la ciudad, oyeron lo que dezia, porque no sucediese alguna

desgracia se llegaron á él á darle algun consuelo, el cual estuvo

escuchando echado de pechos sobre el brocal del pozo; y volviendo la

cabeça de alli á un rato, vió cerca de sí á la ama que criaba su hijo,

llorando amargamente con el niño en los braços; llegandose á ella con

una furia diabolica, se le arrebató, y asiendole por la faja, dió

con él cuatro ó seis golpes sobre la piedra del pozo, de suerte que

le hizo la cabeza y braços dos mil pedazos, causando en todos esta

desesperada determinacion increible lastima y espanto; si bien con

todo, ninguno osaba llegarsele, temiendo su diabolica furia. Con lo

cual començó tras esto á darse de bofetadas, diziendo: No viva hijo

de un tan desventurado padre y de madre tan infeliz, ni haya tampoco

memoria de un hombre cual yo en el mundo. Y diziendo esto, començó á

llamar á su muger y á dezir: Señora y bien mio, si tú no estás en el

cielo, ni yo quiero cielo ni paraiso, pues donde tú estuvieres estaré

yo consoladisimo, siendo imposible que la pena del infierno me la dé

estando contigo; porque donde tu estás no puede estar sino toda mi

gloria. Ya voy, señora mia, aguarda, aguarda. Y con esto, sin poder

ser detenido de nadie, se arrojó tambien de cabeça en el mismo pozo,

haziendosela mil pedazos, y cayendo su desventurado cuerpo sobre el

de su triste muger. Aqui fue el renovar los llantos cuantos presentes

estaban; aqui el levantar las vozes al cielo, y el hinchirse la casa

y calle de gente, maravillados cuantos llegaban á ella de semejante

caso. A las nuevas dél, vino luego el gobernador de la ciudad, y

informado del desdichado suceso, hizo sacar los cuerpos del pozo, y

con parecer del obispo, los llevaron á un bosque vecino á la ciudad,

donde fueron quemados, y echadas sus cenizas en un arroyo que cerca

dél pasaba. En verdad que merece, dixo Sancho, el señor Bracamonte

remojar el gaznate, segun se le ha enjugado en contar la vida y muerte,

osequias y cabo de año de toda la familia flamenca de aquel malogrado

caballero: yo reniego de su vengança, y mi anima con la de san Pedro.

No dize mal Sancho, dixo uno de los canonigos; porque muy de temer es

el fin triste de todos los interlocutores desa tragedia; pero no podran

tenerle mejor (moralmente hablando) los principales personages della,

habiendo dexado el estado de religiosos que habian empeçado á tomar,

pues, como dixo bien el sabio prior al galan cuando quiso salirse de la

religion, por maravilla acaban bien los que la dexan. En verdad, dixo

don Quixote, que si el señor Japelin acabara tan bien su vida cuanto

honrosamente acabó la del adultero soldado, que diera por ser él la

mitad del reino de Chipre, que tengo de ganar; pues como muriera, no

desesperado como murió, sino en alguna batalla, quedara gloriosisimo;

que en fin un bel morir tutta la vita onora. Quiso Sancho salir á

contar otro cuento, y impidieronselo los canonigos y su amo, diziendo

que despues le contaria; que ahora era bien, guardando el decoro á los

habitos religiosos de aquel venerable señor ermitaño, darle la primer

tanda. Y asi le suplicaron la aceptase, contandoles algo que fuese

menos melancolico que el cuento pasado, y que no pusiese como él las

almas de todas las figuras en el infierno; porque era cosa que los

habia dexado tristisimos; si bien todos alabaron al curioso soldado de

la buena disposicion de la historia, y de la propriedad y honestidad

con que habia tratado cosas que de sí eran algo infames. Excusose el

ermitaño cuanto pudo, y viendo era en vano, con pretesto de que nadie

interromperia el hilo de su historia, empeçó la siguiente, diferente en

todo de la pasada, y más en el fin.

El Quijote apócrifo · 第 26 / 58 题