En que el soldado Antonio de Bracamonte da principio á su cuento del
Rico desesperado.
En el ducado de Brabante, en Flandes, en una ciudad llamada Lovayna,
principal universidad de aquellas provincias, habia un caballero
mancebo llamado monsiur de Japelin, de edad de veinte y cinco años,
buen estudiante en ambos derechos, civil y canonico, y dotado tan
copiosamente de los bienes que llaman de fortuna, que pocos habia en
la ciudad que se le pudiesen igualar en riqueza. Quedó el mancebo,
por muerte de padre y madre, señor absoluto de toda ella; y asi, con
la libertad y regalo (alas que sacan á volar y precipitarse mocedades
prodigas, con peligrosos pronosticos de infelices fines) començó á
afloxar en el estudio y á andar envuelto en mil generos de vicios,
con otros de su edad y partes, sin perder ocasion de convites y
borracheras, que en aquella tierra se usan mucho. Sucedió pues, andando
en estos pasos, que un domingo de cuaresma dirigió acaso los suyos á
oir un sermon en un templo de padres de santo Domingo, por predicarle
un religioso eminente en dotrina y espiritu, donde tocandole Dios al
libre y descuidado oyente en el coraçon con la fuerça y virtud de
las palabras del predicador, salió de la iglesia trocado de suerte,
que començó á tratar consigo proprio de dexar el mundo con toda su
vanidad y pompa, y entrarse en la insigne y grave religion de los
Predicadores. Encargó en este presupuesto toda su casa y hacienda á un
pariente suyo, para que se la administrase algunos dias en que pensaba
hazer una precisa ausencia, con cargo de que le diese fiel cuenta della
cuando se la pidiese. Tras esto se fue á Santo Domingo, y hablando con
el religioso predicador, le descubrió su pecho. En resolucion, como
era hombre de prendas singulares y conocido por ellas de todos, fue
facil darle luego el habito, como en resolucion se le dió en dicho
convento. Vivió en él con mucho gusto y muestras de exemplar religioso
por espacio de diez meses; pero nuestro general adversario (que anda
dando vueltas como leon rabioso buscando á quien tragarse, como dize
en no sé que parte la Escritura), para daño de su conciencia, traxo
á aquella universidad dos amigos suyos que habian estado ausentes de
Lovayna algunos meses, no poco viciosos y aun sospechosos de la fe,
plaga que ha cundido no poco, por nuestros pecados, en aquellos estados
y en los circunvecinos suyos. Sabido por ellos como Japelin, su amigo,
se habia entrado religioso dominicano, lo sintieron en el alma, y
propusieron de ir al convento y persuadirle con las mayores veras que
les fuese posible, dexase el camino que habia començado á seguir, y
volviese á sus estudios. Efectuaronlo de suerte que lo determinaron, y
la mesma tarde del concierto fueron á verle; y obtenida licencia para
ello del Prior (que por allá no se observa el rigor que en nuestra
España en hazer guardar el debido recogimiento á los novicios el año
de su noviciado), le abraçaron con mucho amor; y despues de haber
hablado mil cosas diferentes y de gusto, el que debia de ser más libre
començó á dezirle las siguientes razones: Maravillado estoy, monsiur de
Japelin, de ver que, siendo vos tan prudente y discreto, y un caballero
en quien toda esta ciudad tiene puestos los ojos, hayais dexado
vuestros estudios, contra la esperança que todos teniamos de veros
antes de muchos años catedratico de prima, y celebrado por vuestra
rara habilidad, no solo en Lovayna, sino en todas las universidades
de Flandes, y aun en las de todo el mundo; porque vuestro divino
entendimiento y feliz memoria claros presagios daban de que habiades
de alcançar esto y todo lo demas á que aspirasedes; y lo que aumenta
el espanto es ver hayais querido, contra el gusto de toda esta ciudad,
y aun contra vuestra reputacion y la de vuestros deudos, tomar el
habito de religioso, como si fuerades hombre á quien faltasen bienes de
fortuna, ó fuerades persona simple y desaparentada, y por eso obligado
á tomar semejante profesion de pobreza. ¿No sabeis, señor, que la
cosa más preciosa que el hombre posee es la libertad, y que vale más,
como dize el poeta, que todo el oro que la Arabia cria? ¿Pues por que
la quereis perder tan facilmente, y quedar sugeto y hecho esclavo de
quien, siendo menos doto y principal que vos, os mandará mañana, como
dizen, á çapataços, y por cuyas manos habrán de llegar á las vuestras
hasta las cartas y papeles que para consuelo vuestro os escribiremos
los amigos? Miradlo, señor, bien, y acordaos que vuestro padre, que
buen siglo haya, no podia ver pintados los religiosos; y asi, amigo
del alma, os suplico por la ley del amistad que os debo, que volvais
sobre vos, y desistais desta necedad, ó por mejor dezir ceguera, y
volvais á vuestra hacienda, que anda toda como Dios sabe, por faltarle
vos. Volved á vuestros estudios, pues si os pareciere, siendo vos,
como sois, tan principal y rico, os podeis casar con una de las damas
hermosas y de hacienda desta tierra, en el cual estado os podeis muy
bien salvar, y alegrar á vuestros parientes, los cuales estan muy
tristes por lo que habeis hecho, teniendoos ya por muerto en vida. No
os quiero, señor, dezir más de que metais la mano en vuestro pecho; que
sé que con esto echareis de ver que os digo la verdad y como amigo que
desea en todo vuestro bien; y pues agora teneis tiempo, que no ha mas
de diez meses que entrastes aqui, para enmendar el yerro empezado y dar
contento á los que os amamos, dadnosle cumplido con vuestra salida; que
os prometo, á fe de quien soy, que no os arrepintais de haber tomado
mi consejo, como dirá el tiempo. Estuvo el religioso mancebo callando
á todo lo que el ministro del demonio le dezia, y mirando al suelo con
suma turbacion y melancolia; y en fin, como era flaco y estaba poco
fundado en las cosas tocantes á la perfecion y mortificacion de sus
apetitos, convencieronle las razones frivolas y pestilenciales avisos
que aquel falso amigo y verdadero enemigo de su bien le habia dado; y
asi le respondió, diziendo: Bien echo de ver, señor mio, que todo lo
que me habeis dicho es mucha verdad; y estoy yo ya tan arrepentido de
lo hecho más ha de ocho dias, que si no fuera por el que diran y por
mi propria reputacion, me hubiera ya salido deste convento; pero con
todo eso, estoy determinado de seguir el consejo y parecer de quien
tan sin pasion y con tan buenas entrañas me dize lo que me está bien.
Yo, en suma, me resuelvo de pedir hoy por todo el dia mis vestidos
y volver á mi casa y hacienda; que ya tengo echado de ver lo que me
importa; y con esto no hay sino que os vais y me aguardeis á cenar
esta noche en vuestra posada, seguros de que no faltaré á la cena;
pero tenedme secreta, os suplico, esta mi resolucion. Con notable
alegria abraçandole, se despidieron todos dél, por la buena nueva; y
el engañado mancebo se fué derecho á la celda del Prior, y le dixo le
mandase volver luego sus vestidos de secular, porque le importaba á
su reputacion volver á su casa y hacienda, tras que no podia llevar
los trabajos de la orden, de vestir lana, no comer carne, levantarse
todas las noches á maitines, y los demas que en ella se profesaban:
demas desto, le dixo, mintiendo, como habia dado palabra de casamiento
á una dama, y que forçosamente se la habia de cumplir casandose con
ella, á que le obligaba la conciencia y las recebidas prendas de su
honra. Maravillose no poco el Prior de oir lo que el novicio le dezia,
y lleno de suspension, le respondió, diziendo: Espantome, monsiur de
Japelin, de vuestra indiscrecion, y que tan poco os hayan aprovechado
los exercicios espirituales en que en diez meses de religioso habeis
tratado, y los buenos consejos mios que como padre os he siempre dado.
¿No os acordais, hijo, haberme oido dezir muchas vezes que mirasedes
por vos, principalmente este año de noviciado, porque el demonio os
habia de hazer crudelisima guerra en él, procurando con todas sus
astucias y fuerças persuadiros, como ahora lo ha hecho, á que dexeis
la religion, volviendo á las ollas de Egipto; que eso es volver á la
confusion del siglo, en que él sabe que con mejor facilidad os podrá
engañar y hazer caer en graves pecados, á manos de los cuales perdais,
no solo la vida del cuerpo, sino, lo que peor es, la del alma? Acordaos
tambien, hijo, que me habeis oido dezir como hasta hoy ninguno dexó el
habito que una vez tomó de religioso, que haya tenido buen fin; que
justo juizio es de Dios que quien siendo llamado por su divina vocacion
á su servicio, si despues le dexa de su voluntad en vida, que el mismo
Dios le dexe á él en muerte; siendo esto lo que él dixo á los tales por
su Profeta: Vocavi, et renuistis, ego quoque in interitu vestro ridebo.
Verdad es que he visto por mis ojos mil experiencias, y plegue á Dios,
como se lo ruego, no lo haga su divina justicia en vuestra ingratitud
y precipitada determinacion; que lo temo por veros tan engañado del
demonio; que las razones que vos me dezis, claramente descubren no ser
forjadas en otra fragua sino en la infernal que él habita. Advertid
que si al principio hallais la dificultad que dezis en la religion,
no hay que maravillarse dello, pues, como dize el filosofo, todos los
principios son dificultosos, y más los que lo son de cosas arduas.
Los hijos de Israel despues de haber pasado á pie enjuto el mar
Bermejo enviaron ciertas espias á reconocer la tierra de promision,
para la cual caminaban; y volviendo ellas con grandisimo racimo de
uvas, tan grande, que menos que en un palo traido en hombros de dos
valerosos soldados, no le podian traer, dixeron: Amigos, esta fruta
lleva la tierra que vamos á conquistar; pero sabed que los hombres
que la defienden son tan grandes como unos pinos:--con que dixeron
que el principio de la conquista de aquella fertilisima tierra era
dificultoso, siendo sus habitadores gigantes. Desa manera, hijo mio,
os ha acontecido á vos, me parece, al principio de vuestra conversion,
en la cual ha permitido Dios sintais las presentes dificultades, con
que pretende probar vuestra perseverancia, á fin de obligaros á que
acudais á él solo á pedirle favor para salir con vitoria; si bien
veo os habeis dado por vencido de vuestros enemigos á los primeros
encuentros, dexandoos atar por ellos las manos, sin haber acudido á
quien las tiene liberalisimas y prontas para remediaros, de lo cual
nace el venirme á pedir con tan ciega resolucion vuestros vestidos.
Por la pasion que Cristo padeció por vos, os ruego, amado Japelin,
que hagais una cosa por mí, y es, que os reporteis por tres ó cuatro
dias, y en ellos hagais oracion á Dios; que yo de mi parte os prometo
de hazer lo mesmo con todos los religiosos desta casa, y vereis como
usa su Magestad con vos de misericordia, haziendoos salir vitorioso
desta infernal tentacion. Todas estas razones que el santo Prior dixo
al inquieto novicio no fueron bastantes para apartarle de su proposito;
antes al cabo dellas le dixo: No hay padre mio, que dar ni tomar más
sobre este negocio; que estoy resuelto en lo que tengo dicho, y lo
tengo muy bien mirado y tanteado todo. El, en efeto, se salió aquella
noche del convento, y se fue derecho, como lo tenia concertado, á la
posada de sus dos amigos, donde le esperaban á cenar; dieronle un bravo
convite, y brindaronse en él con mucho contento y abundancia los unos
á los otros. Volvió tras esto Japelin á tomar posesion de su hacienda,
y començó á seguir de nuevo el humor de sus compañeros, andando de dia
y de noche con ellos, sin hazerse convite ó fiesta en toda la ciudad
donde los tres disolutos mancebos no se hallasen. Sucedió pues que
un dia se fue á hablar muy de pensado con un caballero algo pariente
suyo, el cual tenia una sobrina en extremo hermosa, discreta y rica; y
pidiosela por muger, atento que ya antes que entrase á ser religioso
le habia hecho muchos dias del galan con demostraciones de aficion,
en un monasterio de religiosas donde habia estado encomendada. Viendo
el caballero cuan bien le venia el casamiento á su sobrina, por ser
Japelin en todo su igual, se la prometió con gusto suyo y della, á
la cual su mismo tio aun no habia un mes entero que tambien la habia
sacado del convento de religiosas, en que, como queda dicho, habia
estado encomendada á una prima suya, perlada, sin haberle consentido
que fuese monja en él, como sus padres habian deseado y procurado
en vida: fin para el cual desde niña la habian hecho criar baxo de
su clausura. Casaronse, en efeto, los dos recien salidos de sendos
conventos, con grandes fiestas y universales regocijos, y estuvieron
casados tres años, al cabo de los cuales concibió la dama; y viendola
su marido preñada, perdia el juizio de contento, sin haber regalo
en el mundo que no fuese para su muger, acariciandola y poniendola
sobre su cabeça, con increible desvelo y mil amorosas ternuras; pero
sucedió que á los seis meses de su preñez, un tio deste caballero,
que era gobernador de un lugar en los confines de Flandes, que se
llama Cambray, murió; y sabido por el sobrino, partió para Bruselas,
donde está la corte, y negoció sin mucha dificultad (representadas sus
prendas y los buenos servicios de su tio) le diesen aquel gobierno,
del cual fue luego á tomar posesion, con intento de volver despues por
toda su casa y hacienda. Antes de la partida se despidió de su muger
con harto sentimiento de entrambas partes, diziendo: Señora mia, yo
voy á dar asiento á las cosas de mi difunto tio el gobernador, y á
poner en cobro la hacienda que por su muerte heredo: cosa que, como
sabeis, no la puedo excusar; de alli pienso llegarme á Bruselas á
pretender sucederle en el cargo, y á que me hagan sus altezas merced
dél, por los buenos servicios de mi tio: cosa que creo me será facil
de alcançar. Lo que os suplico es mireis por vos en esta ausencia,
y que al punto que parieredes, me aviseis para que me halle en el
bautismo; que lo haré sin falta; y creo será de igual regocijo para
mi vuestra vista que la del hijo ó hija que parieredes. Prometioselo
ella, de quien despidiendose con mil abraços y amorosas lagrimas, se
partió para Cambray, donde y en Bruselas negoció muy á su gusto lo que
pretendia, como queda dicho; tardando en los negocios y en volver á su
casa casi tres meses. Antes que lo hiziese, le dieron á la señora los
dolores del parto, la cual luego que se le sintió despachó un correo
á su marido, rogandole partiese, vista la presente, pues ya lo estaba
el dia de su parto. No tardó Japelin á ponerse á caballo y dar la
vuelta para su casa más[19] de lo que tardó en leer la deseada carta.
A la que llegaba cerca de la ciudad de Lovayna encontró por el camino
un soldado español, á quien preguntó, en emparejando con él, adonde
caminaba; y respondiendole el soldado que iba á Amberes á holgarse
con ciertos amigos que le habian enviado á llamar, y que estaba de
guarnicion en el castillo de Cambray, le fue preguntado por el camino
muchas cosas acerca de como lo pasaban los soldados en el castillo, á
todo lo cual respondia el español con mucha discrecion, porque era no
poco practico, aunque moço. Ya que llegaban á las puertas de la ciudad,
le dixo Japelin. Señor soldado, si v. m. esta noche no ha de pasar
adelante, podrá, si gustare, venirse conmigo á mi casa, adonde se le
dará alojamiento; y aunque no será conforme su valor merece, recebirá á
lo menos el buen deseo deste su servidor, dueño de una razonable casa
y del caudal que para sustentarla con el adereço y fausto que v. m.
verá en ella, es necesario; porque sepa soy muy aficionado á la nacion
española, y el ser della v. m., y sus prendas, me obligan á usar desta
llaneza: reposará, y por la mañana podrá emprender la jornada con más
comodidad, habiendo precedido el descanso de una acomodada noche. El
soldado le respondió que le agradecia la merced que le ofrecia, no
poco, y que por ella y la voluntad con que iba envuelta, le besaba las
manos mil vezes, y que le parecia pasar los limites de la cortesia
que su nacion profesaba el dexar de aceptar el ofrecimiento con que
se resolvió quedar esa noche en Lovayna, aunque por ello perdiera la
comodidad de su jornada. Llegaron ambos, yendo en estas platicas, á
la deseada puerta de la casa de Japelin, de la cual salia acaso una
criada, que viendole, volvió corriendo, sin hablarle palabra, la
escalera arriba, dando una mano con otra con muestras de regocijo, y
diziendo turbada: ¡Monsiur de Japelin, monsiur de Japelin!--Y tras
esto volvió á baxar á su amo con las mismas muestras de contento,
diziendole: Albricias, señor, albricias; que mi señora ha parido esta
noche un niño como mil flores. Apeose del caballo, con la nueva, él
como un viento, y subió en dos saltos la escalera, sin que el gozo le
diese lugar de hazer comedimientos con el soldado; y puesto en la sala,
vió á su muger que estaba en la cama; y saludandola y abraçandola,
llegando á ella, muchas vezes, le dixo: Dad, mi bien, un millon de
gracias al cielo por la merced que nos ha hecho agora en darnos hijo,
que, siendo heredero de nuestra hacienda, pueda ser baculo de nuestra
senectud, consuelo de nuestros trabajos y alegria de todas nuestras
afliciones. Sentose en esto en una silla que estaba en la cabeçera
de la cama, teniendola siempre asida de la mano, platicando los dos,
ya del camino y buen suceso de sus negocios, ya del venturoso parto
y cosas de su casa. A la que se hizo de noche mandó que le pusiesen
alli junto á la cama la mesa, porque gustaba de cenar con su muger:
hizo llamar al soldado luego, para que se asentase á cenar tambien
con ambos, lo cual él hizo con mucha cortesia, y no con el recato
que debiera tener en los ojos en orden á mirar á la dama; porque le
pareció, desde el punto que la vió, la más bella criatura que hubiese
visto en todo Flandes. (Y eralo sin duda, segun me refirieron los que
me dieron noticia del cuento, que eran personas que la conocieron.)
Traxeron abundantisimamente de cenar; pero el español, que habia
hecho pasto de sus ojos á la hermosura de la partera y la gracia
con que estaba asentada sobre la cama, algo descubiertos los pechos
(que usan más llaneza las flamencas en este particular que nuestras
españolas), comió poquisimo, y eso con notable suspension. Acabada la
cena y quitados los manteles, mandó Japelin á un paje que le trajese
un clavicordio, que él tocaba por extremo; que en aquellos paises se
usa entre caballeros y damas el tocar este instrumento, como en España
la arpa ó vihuela. Traido y templado, començó á tañer y á cantar en él
con extremada melodia las siguientes letras, de las cuales él mismo era
autor; porque, como queda dicho, tenia gallardo ingenio y era universal
en todo genero de sciencias:
[19] Falta el _más_ en la primera edición.
Celebrad, instrumento,
El ver que no podrá el tiempo variable
Alterar mi contento
Ni hazerme con sus fuerças miserable,
Pues hoy con regocijo
Me ha dado un angel bello, un bello hijo.
Alçome la fortuna
Sobre lo más constante de su rueda;
Y aunque ella es como luna,
Le manda mi ventura que esté queda
Y que la tenga firme,
Y su poder en mi favor confirme.
Y asi, señora mia,
No temais que ella nuestro bien altere
Jamas; porque este dia
El mismo cielo nuestro aumento quiere;
Que eso dize el juntarnos
En uno á ambos para más amarnos.
Sin duda fui dichoso
Cuando me aconsejaron dos amigos
No fuese religioso,
Pues los gustos que gozo son testigos
De que su triste suerte
En vida les iguala con la muerte.
Razon es, pues soy rico,
Que viva alegre, coma y me regale,
Y que el avaro inico
Me tema siempre, y nunca ese me iguale,
Pues puedo en paz y en guerra
Honrar á los más nobles desta tierra.
Que viva sin zozobras
Tambien mil años, libre de cuidados,
Es justo, pues mis sobras
Invidian muchos de los más honrados,
Viendo como de renta
Más de diez mil al año, á buena cuenta.
Y sobre todo aquesto,
Mi braço, mi fortuna y buena estrella
Echaron hoy su resto
En darme un hijo de una diosa bella,
Por quienes, noble y moço,
Mil parabienes y contentos gozo.
Acabose la musica con la letra, y començó la suspension del español
á subir de punto, por haber oido los suavisimos de garganta del rico
flamenco, dichoso dueño del serafin por quien ya se abrasaba. Llegó
un paje, por mandado de su amo, en dando fin al canto, á quitarle de
delante el clavicordio; que ya era tarde y tiempo de dar lugar al
soldado á que descansase; y para que lo hiziese mandó luego tras esto
á otro criado tomase uno de los candeleros de la mesa, y le fuese
alumbrando con él al aposento primero del cuarto en que solia dormir
su paje de camara, que era vecino de la cuadra en que la dama estaba
acostada; con orden de que la diese al mayordomo ó dispensero, para
que tuviese en amaneciendo aderezado un buen almuerzo para aquel señor
soldado, con deseo de que pudiese salir de madrugada de Lovayna y
hazer de un tiron la jornada, llevando hecha la alforja y saliendo
desayunado. Despidiose agradecidisimo deste cuidado, y de la merced
y regalo recebido del caballero y de su esposa, el soldado, con mil
corteses ofrecimientos; y puesto en su aposento y acostado en él,
fue tal la bateria que le dieron las memorias del bello angel que
adoraba, que totalmente estaba fuera de sí. Reprendia su temeridad,
representandosele la imposibilidad del negocio á que aspiraba, y
procuraba desechar de su animo una imaginacion tal, cual la que daba
garrote á su sosiego. El caballero, al cabo de breve rato que se hubo
ido á reposar el soldado, hizo lo proprio, despidiendose de su esposa
con las muestras de amor que del suyo, tras tan larga ausencia, se
puede creer, guardando el debido decoro al parto recien sucedido;
que para no ponerse en ocasion de lo contrario, se entró en otro
aposento más adentro del en que la partera estaba. Tuvo el paje que
llevó á acostar al soldado consideracion á que venia cansado, y por
no haberse de obligar á darle mala noche, le dixo se iria á dormir en
otro aposento con otros criados, y asi, que sin cuidado de su vuelta
reposase, pues lo haria mejor estando solo; que para el mismo efecto
su señor tambien habia apartado cama, y se habia acostado en una que
habia en otra pieça más adentro. Fuese con esto, dexando sus ultimas
razones con más confusion al amartelado español; porque del entender
dormia la dama sola y tan vecina dél, y del verse (contra el orden de
Japelin) sin compañia en el aposento, nació la resolucion diabolica
que tomó en ofensa de Dios, infidelidad de su nacion, y en agravio
del honrado hospedaje que le habia hecho su noble huesped; que á todo
le precipitó el vehemente fuego y rabiosa concupiscencia en que se
abrasaba. Resolviose pues en levantarse de su cama, y en ir á la de
la dama sin ser sentido, persuadido de que ella por su honra y por
no dar pesadumbre á su marido ni alborotar la casa, callaria, y aun
podria ser que se le aficionase de manera, que yendose su marido, le
diese libre entrada y le regalase; y si bien consideraba el peligro de
la vida que corria si acaso ella (como era justo) daba vozes, pues á
ellas era fuerça saliese el marido y se matasen el uno al otro, de lo
cual sucederian notables escandalos y graves inconvenientes; todavia
su gran ceguera rompió con todas estas dificultades. Levantose pues á
media noche en camisa, y entró en la sala de la dama; y llegandose á
ella sin çapatos por no ser sentido, estuvo un rato en pie sin acabarse
de resolver; pero hizolo de volver á su aposento, y de tomar la espada
que tenia en él; y sacandola desenvainada, volvió muy pasito á la cama
de la flamenca, y poniendo la espada en tierra, alargó la mano, y
metiendola debaxo de las sabanas muy quedito, la puso sobre los pechos
de la señora, que despertó al punto alborotada; y asiendosela, pensando
que fuese su marido (que no imaginaba ella que otro que él en el mundo
pudiese atreverse á tal), le dixo: ¿Es posible, señor mio, que un
hombre tan prudente como vos haya salido á estas horas de su aposento
y cama para venirse á la mia, sabiendo estoy parida de ayer noche,
y por ello imposibilitada de poder por ahora acudir á lo que podeis
pretender? Tened, por mi vida, señor, un poco de sufrimiento; y pues
soy tan vuestra, y vos mi marido y señor, lugar habrá, en estando como
es razon, para acudir á todo aquello que fuere de vuestro gusto, como
lo debo por las leyes de esposa. No habia acabado ella de dezir estas
honestas razones, cuando el soldado la besó en el rostro sin hablar
palabra; y pensando ella siempre fuese su marido, le replicó: Bien sé,
señor, que de lo que intentais hazer teneis harta vergüença, pues por
tenerla no me osais responder palabra; y echó de ver tambien que el
intentar tal proceda del grandisimo amor que me teneis, y de la represa
de tan larga ausencia, pues á no ser eso, no salierades de vuestra cama
para venir á la mia, sabiendo me habiais de hallar en ella de la suerte
que me hallais. Oyendo el soldado estas razones, y coligiendo dellas
el engaño en que la dama estaba, alçó la ropa callando, y metiose en
la cama, do puso en execucion su desordenado apetito; porque viendo
ella su resolucion, no quiso contradezirle, por no enojarle, como le
tenia por su marido; si bien quedó maravillada no poco de ver que no
le hubiese hablado palabra; porque sin dezirle cosa se levantó, hecha
su obra, y tomando con todo el silencio que pudo su desnuda espada, se
volvió á su aposento y cama, harto apesarado de lo que habia hecho; que
en fin, como se consigue á la culpa el arrepentimiento, y al pecado la
vergüença y pesar, tuvole tan grande luego de su maldad, que maldezia
por ello su poco discurso y sufrimiento y su maldita determinacion,
imaginando el delito que habia cometido, y el peligro en que estaba
si acaso el ofendido marido se levantase antes que él. Tambien á la
dama asaltaron sus pensamientos, poniendola en cuidado el no haberle
hablado palabra quien con ella habia estado, si seria su marido ó no.
Pero resolviese en que seria él, y que la vergüença de haber hecho cosa
tan indecente en tiempo que lo estaba ella para semejantes burlas,
le habria cerrado la boca. Con todo, propuso, (que no debiera), en
su coraçon darle por lo hecho á la mañana una reprehension amorosa,
afeandole su poca continencia. Llegada la madrugada, y apenas vistas
sus primeras luzes, se levantó el soldado, que no habia podido pegar
las de sus ojos con la rabia que tenia de lo hecho; y estando aun la
dama durmiendo, pidió á los primeros criados que topó le abriesen
la puerta y le excusasen con su señor de no aceptar el preparado
almuerzo y provision, pues la prisa de la jornada no le daba lugar
para detenerse, ni sus obligaciones permitian aumentase las muchas con
que quedaba á toda aquella casa; y aunque los criados porfiaron con
él, queriendo ponerle en la alforja lo que para almorzar le tenian
aparejado, no hubo remedio consintiese lo hiziesen, diziendo no era
de su humor el ir cargado, y que asi le tuviesen por excusado; á más
de que una legua de alli, en el camino habia una famosa hosteria, y
en ella pensaba detenerse á almorzar con lo cual se despidió dellos y
salió del lugar.