CAPITULO IV

Como don Quixote de la Mancha y Sancho Pança su escudero salieron

tercera vez del Argamesilla, de noche; y de lo que en el camino desta

tercera y famosa salida les sucedió.

Tres horas antes que el rojo Apolo esparziese sus rayos sobre la

tierra, salieron de su lugar el buen hidalgo don Quixote y Sancho

Pança: el uno sobre su caballo Rocinante, armado de todas pieças y el

morrion puesto en la cabeça con gentil talante y postura, y Sancho

con su jumento enalbardado, con unas muy buenas alforjas encima y una

maleta pequeña, en que llevaban la ropa blanca. Salidos del lugar, dixo

don Quixote á Sancho: Ya ves, Sancho mio, como en nuestra salida todo

se nos muestra favorable, pues, como ves, la luna resplandece y está

clara, no hemos topado en lo que hasta aqui habemos andado, cosa de

que podamos tomar mal agüero, tras que nadie nos ha sentido al salir:

en fin, hasta ahora todo nos viene á pedir de boca. Es verdad, dixo

Sancho: pero temo que en echandonos menos en el lugar, han de salir

en nuestra busca el Cura y el Barbero con otra gente, y topandonos,

á pesar nuestro nos han de volver á nuestras casas, agarrados por

los cabeçones ó metidos en una jaula, como el año pasado; y si tal

fuese, par diez que seria peor la caida que la recaida. ¡Oh barbero

cobarde! dixo don Quixote: juro por el orden de caballeria que recebi,

que solo por eso que has dicho, y porque entiendas que no puede caber

temor alguno en mi coraçon, estoy por volver al lugar y desafiar á

singular batalla, no solamente al Cura, sino á cuantos curas, vicarios,

sacristanes, canonigos, arcedianos, deanes, chantres, racioneros y

beneficiados tiene toda la Iglesia romana, griega y latina, y á todos

cuantos barberos, medicos, cirujanos y albeitares militan debaxo de

la bandera de Esculapio, Galeno, Hipocrates y Avicena. ¿Es posible,

Sancho, que en tan poca opinion estoy acerca de tí, y que nunca has

echado de ver el valor de mi persona, las invencibles fuerças de mi

braço, la inaudita ligereza de mis pies y el vigor intrinseco de mi

animo? Osariate apostar (y esto es sin duda) que si me abriesen por

medio y sacasen el coraçón, que le hallarian como aquel de Alexandro

Magno, de quien se dize que le tenia lleno de vello, señal evidentisima

de su gran virtud y fortaleça: por tanto, Sancho, de aqui adelante no

pienses asombrarme, aunque me pongas delante más tigres que produce la

Hircania, más leones que sustenta la Africa, más sierpes que habitan

la Libia, y más exercitos que tuvo Cesar, Anibal ó Xerxes; y quedemos

en esto por ahora; que la verdad de todo verás en aquellas famosas

justas de Çaragoça, donde ahora vamos. Alli verás por vista de ojos

lo que te digo; pero es menester, Sancho, para esto, en esta adarga

que llevo (mejor que aquella de Fez que pedia el bravo moro granadino

cuando á vozes mandaba que le ensillasen el potro rucio del alcalde

de los Velez), poner alguna letra ó divisa que denote la pasion que

lleva en el coraçon el caballero que la trae en su braço; y asi quiero

que en el primer lugar que llegaremos, un pintor me pinte en ella dos

hermosisimas donzellas que esten enamoradas de mi brio, y el dios

Cupido encima, que me esté asestando una flecha, la cual yo reciba en

el adarga, riendo dél y teniendolas en poco á ellas, con una letra que

diga al derredor de la adarga, El Caballero Desamorado, poniendo encima

esta, curiosa aunque agena, de suerte que esté entre mi, entre Cupido y

las damas:

Sus flechas saca Cupido

De las venas del Pirú,

A los hombres dando el Cu,

Y á las damas dando el pido.

¿Y que habemos de her, dixo Sancho, nosotros con esa Cu? ¿Es alguna

joya de las que habemos de traer de las justas? No, replicó don

Quixote; que aquel Cu es un plumaje de dos relevadas plumas, que suelen

ponerse, algunos sobre la cabeça á vezes de oro, á vezes de plata, y á

vezes de la madera que haze diafano encerado á las linternas, llegando

unos con dichas plumas hasta el signo Aries, otros al de Capricornio,

y otros se fortifican en el castillo de San Cervantes. Par diez, dixo

Sancho, que ya que yo me hubiese de poner esas plumas, me las habia

de poner de oro ó de plata. No te convienen á ti, dixo don Quixote,

esos dijes; que tienes la muger buena cristiana y fea. No importa

eso, dixo Sancho; que de noche todos los gatos son pardos, y á falta

de colcha no es mala manta. Dexemos eso, replicó don Quixote; porque

delante de nosotros tenemos ya uno de los mejores castillos que á duras

penas se podran hallar en todos los paises altos y baxos, y estados

de Milan y Lombardia. Esto dixo por una venta que un cuarto de legua

lejos se divisaba. Respondió Sancho: En buena fe que me huelgo, porque

aquello que v. m. llama castillo es una venta, para la cual, pues

ya el sol se va poniendo, será bueno que enderecemos el camino para

pasar en ella la noche muy á nuestro placer; que mañana proseguiremos

nuestro viage. Porfiaba don Quixote en que era castillo, y Sancho en

que era venta: Acertaron en esto á pasar dos caminantes á pie, los

cuales, maravillados de ver la figura de don Quixote, armado de todas

pieças, y con morrion, haziendo el calor que hazia, que no era poco,

se detuvieron mirandole, á los cuales se llegó don Quixote diziendo:

Valerosos caballeros, á quien algun soberbio jayan, contra todo orden

de caballeria, haziendo batalla con vosotros, ha quitado los caballos y

alguna fermosa donzella que en vuestra compañia traiades, hija de algun

principe ó señor destos reinos, la cual habia de ser casada con un hijo

de un conde, que aunque moço, es valeroso caballero por su persona:

fablad, y dezidme punto por punto vuestra cuita; que aqui está en

vuestra presencia el Caballero Desamorado, si nunca le oisteis nombrar

(que si habreis, pues tan conocido es por sus fazañas), el cual os jura

por las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso, causa total

de mi desamor, de vos fazer tan bien vengados y tan á vuestro sabor,

que digais que en buen dia la fortuna os ha ofrecido en este camino

quien vos desfaga el tuerto que se os ha fecho. Los dos caminantes no

supieron que le responder sino, mirandose el uno al otro le dixeron:

Señor caballero, nosotros con ningun soberbio jayan hemos peleado, ni

tenemos caballos ni donzellas que se nos hayan quitado; pero si su

merced habla de una batalla que habemos tenido alli debaxo de aquellos

arboles con cierto numero de gentes que nos daba harto fastidio en el

cuello del jubon y pliegues de los calzones, ya hemos habido cumplida

vitoria de semejante gente; y si no es que alguno se nos haya escapado

por entre los bosques de los remiendos, todos los demas han sido

muertos por el conde de Uñate. Antes que respondiese don Quixote, salió

Sancho diziendo: Dígannos, señores caminantes; aquella casa que alli se

ve, ¿es venta ó castillo? Replicó don Quixote: Majadero, insensato, ¿no

ves desde aqui los altos chapiteles, la famosa puente levadiza, y los

dos muy fieros grifos que defienden su entrada á aquellos que contra

la voluntad del castellano pretenden entrar dentro? Los caminantes

dixeron: Si v. m. es servido, señor caballero armado, aquella es la

venta que llaman del Ahorcado desde que junto á ella ahorcaron ahora un

año al ventero, porque mató á un huesped y le robó lo que tenia. Ahora

pues andad en hora mala, dixo don Quixote; que ello será lo que yo digo

á pesar de todo el mundo. Los caminantes se fueron muy maravillados

de la locura del caballero; y don Quixote, ya que llegaban á tiro de

arcabuz de la venta, dixo á Sancho: Conviene mucho, Sancho, para que en

todo cumplamos con el orden de caballeria, y vayamos por el camino que

la verdadera milicia enseña, que tú vayas delante, y te llegues á aquel

castillo como si fueses verdadera espia, y adviertas en él con mucho

cuidado la anchura, altura y profundidad del foso, la disposicion de

las puertas y puentes levadizas, los torreones, plataformas, estradas

encubiertas, diques, contradiques, trincheas, rastrillos, garitas,

plaças y cuerpos de guardia que hay en él; la artilleria que tienen

los de dentro; qué bastimentos y para cuantos años; que municiones;

si tiene agua en las cisternas; y finalmente, cuantos y que tales son

los que tan gran fortaleça defienden. ¡Cuerpo de quien me parió! dixo

Sancho: esto es lo que me agota la paciencia en estas aventuras ó

desventuras que andamos buscando por nuestros pecados. Tenemos la venta

aqui al ojo, donde podemos entrar sin embarazo ninguno y cenar con

nuestros dineros muy á nuestro placer, sin tener batalla ni pendencia

con nadie; y quiere v. m. que yo vaya á reconocer puentes y fosos y

extrañas cubiertas, ó como diablos llama esa letania que ha nombrado,

adonde salga el ventero, viendome andar alrededor de la casa midiendo

las paredes, con algun garrote, y me muela las costillas, pensando

que le voy á hurtar por los trascorrales las gallinas ó otra cosa.

Vamos, por vida suya; que yo salgo por fiador á todo aquello que nos

puede suceder, si no es que nosotros mismos nos tomemos las pendencias

con las manos. Bien parece, Sancho, dixo don Quixote, que no sabes lo

que á la buena espia toca de hazer: pues porque lo sepas, entiende

que lo primero ha de ser fiel; que si es espia doble, dando aviso á

una parte y á otra de lo que pasa, es muy perjudicial al exercito y

digna de cualquier castigo. Lo segundo, ha de ser deligente, avisando

con presteza de todo lo que ha oido y visto en los contrarios, pues

por venir tarde el aviso se suele á vezes perder todo un campo. Lo

tercero, ha de ser secreta, de tal manera, que á persona nacida, aunque

sea grande amigo ó camarada, no ha de dezir el secreto que trae en su

pecho, sino es al propio general en persona. Por tanto, Sancho, vé al

momento y haz lo que te digo, sin replica alguna; que bien sabes y

has leido que una de las cosas por donde los españoles son la nacion

más temida y estimada en el mundo, fuera de su valor y fortaleça, es

por la prompta obediencia que tienen á sus superiores en la milicia:

esta los haze victoriosos casi en todas las ocasiones; esta desmaya al

enemigo; esta da animo á los cobardes y temerosos; y finalmente, por

esta los reyes de España han alcançado el venir á ser señores de todo

el orbe; porque, siendo obedientes los inferiores á los superiores, con

buen orden y concierto se hazen firmes y estables, y dificultosamente

son rompidos y desbaratados, como vemos lo son con facilidad muchas

naciones, por faltarles esta obediencia, que es la llave de todo suceso

prospero en la guerra y en la paz. Ahora bien, dixo Sancho, no quiero

más replicar, pues nunca acabariamos. V. m. se venga tras mí poco á

poco; que yo voy con mi jumento á her lo que me manda; y si no hay

nada de lo que v. m. me dize, podremos quedar allá; porque á fe que

me zorrian ya las tripas de pura hambre. Dios te dé ventura en lides,

dixo don Quixote, para que en esta empresa que ahora vas salgas con

mucha honra, y alcances por los maeses de campo ó generales de algun

exercito, alguna ventaja honrosa para todos los dias de tu vida; y

mi bendicion y la de Dios te alcance; y mira que no te olvides de lo

que te he dicho, de hazer la buena espia. Començó Sancho á arrear su

asno de tal manera, que llegó brevemente á la venta; y como vió que

no habia fosos, puentes ni chapiteles, como su amo dezia, riose mucho

entre sí, diziendo: Sin duda que todos los torreones y fosos que mi amo

dezia que habia en esta venta, los debe él tener metidos en la cabeça;

porque yo no veo aqui sino solo una casa con un corralazo, y es sin

duda venta como yo dixe. Acercose á la puerta della y preguntó al

ventero si habia posada. Dixole que sí, con que baxó luego de su asno,

y dió al ventero la maleta para que le diese cuenta della cuando se la

pidiese, tras lo cual le preguntó si habia qué cenar; y respondiole el

ventero que habia una muy buena olla de vaca, carnero y tocino, con

muy lindas berças, y un conejo asado, dió dos saltos de contento en

oir nombrar aquella devota olla el buen Sancho. Pidió al punto cebada

y paja para su jumento, y llevole con esta provision á la caballeriza,

y mientras estaba ocupado en ella en darsela, llegó don Quixote cerca

de la venta sobre su rocin, con la figura ya dicha. El ventero y otros

cuatro ó cinco que estaban con él á la puerta, se maravillaron infinito

de ver semejante estantigua, y esperaron á ver lo que haria ó diria.

Llegó él, sin hablar palabra, á dos picas de la puerta, y mirando

de medio lado y con grave continente á la gente que en ella estaba,

pasó sin hablar palabra, y dió una vuelta alrededor de toda la venta,

mirandola por arriba y por abaxo, y á vezes midiendo con el lançon la

tierra desde la pared por defuera; y habiendo dado la vuelta, se puso

otra vez delante la puerta, y con una voz arrogante, puesto de pies

sobre los estribos, començó á dezir: Castellano desta fortaleça, y

vosotros, caballeros, que para defenderla con todos los soldados que

dentro están, atalayais, puestos en perpetua centinela dias y noches,

invierno y verano, con intolerables frios y fastidiosos calores,

los enemigos que os vienen á dar asaltos y hazer salir en campaña á

probar ventura, dadme luego aqui sin replica alguna un escudero mio

que, como falsos y alevosos, contra todo orden de caballeria habeis

prendido, sin hazer batalla primero con él; que yo sé por experiencia

que él es tal por su persona, que á hazerlo, no tenia para empezar en

diez de vosotros; y pues estoy certificado de que le prendisteis como

alevosos, con la fuerça del encantamiento de la vieja maga que dentro

teneis, ó por traicion, demasiado comedimiento os hago en pediroslo

con el termino que os le pido. Volvedmele, digo otra vez, al punto, si

quereis quedar con las vidas y excusar de que no os pase á todos con

los filos de mi espada, y deshaga este castillo sin dexar en él piedra

sobre piedra. Ea, entregadmelo luego, dezia levantando la voz con más

colera, aqui, sano, salvo y sin lesion alguna, juntamente con todos los

caballeros, donzellas y escuderos que en vuestras escuras mazmorras

con crueldad inhumana teneis presos; y si no, salid todos preciados

caballeros, puestas vuestras coraças fuertes y vuestras blandeadoras

lanças de recio fresno; que á todos os espera aqui. Y con esto tiraba

á cada paso á Rocinante de las riendas hazia atras, porque se fatigaba

mucho por entrar en la venta; que tambien tenia picado el molino como

Sancho Pança. El ventero y los demas, maravillados de las razones de

don Quixote, y, viendo que, la lança baxa, les desafiaba á batalla,

llamándoles gallinas y cobardes, haziendo piernas en su caballo,

llegaronse á él, y dixole el ventero: Señor caballero, aqui no hay

castillo ni fortaleça; y si alguna hay es la del vino, que es tan bravo

y fuerte, que basta no solamente para derribar sino para hazer dezir

mucho más de lo que v. m. nos ha dicho, y asi dezimos y respondemos

todos en mí, y yo por todos, que aqui no ha venido escudero alguno

de v. m.: si quiere posada, entre; que le daremos buena cena y mejor

cama, y aun, si fuere menester, no le faltará una moça gallega que le

quite los çapatos; que aunque tiene las tetas grandes, es ya cerrada

de años; y como v. m. no cierre la bolsa, no haya miedo que cierre los

braços ni dexe de recebirle en ellos. Por el orden de caballeria que

profeso, replicó don Quixote, que si, como digo, no me dais el escudero

y aquesa princesa gallega que dezis, que habeis de morir la más abatida

muerte que venteros andantes hayan muerto en el mundo. Al ruido salió

Sancho diziendo: Señor don Quixote, bien puede entrar; que al punto

que yo llegué se dieron todos por vencidos: baxe, baxe; que todos son

amigos, y habemos hechado pelillos á la mar, y nos están aguardando con

una muy gentil olla de vaca, tocino, carnero, nabos y berças, que está

diziendo: comeme, comeme. Como don Quixote vió á Sancho tan alegre,

le dixo: Dime por Dios, Sancho amigo, si esta gente te ha hecho algun

tuerto ó desaguisado; que aqui estoy, como ves, á punto de pelear.

Señor, dixo Sancho, ninguno desta casa me ha hecho tuerto; que, como

v. m. ve, los dos ojos me tengo sanos y buenos, que saqué del vientre

de mi madre; ni tampoco me han hecho desaguisado; antes tienen guisada

una olla y un conejo, tal, que el mismo Juan de Espera en Dios la puede

comer. Pues toma, Sancho, dixo don Quixote, esta adarga, y tenme del

estribo mientras me apeo; que me parece esta gente de buena condicion,

aunque pagana. ¡Y como si es pagana! respondió Sancho, pues en pagando

tres reales y medio, seremos señores disolutos de aquella grasisima

olla. Baxó en esto del caballo, y Sancho le llevó á la caballeriza con

su jumento. El ventero dixo á Don Quixote que se desarmase; que en

parte segura estaba, donde, pagando la cena y cama, no habria pendencia

alguna; pero el no lo quiso hazer, diziendo que entre gente pagana no

era menester fiarse de todos. Llegó en esto Sancho, y pudo acabar con

él á puros ruegos se quitase el morrion: tras lo cual le puso delante

una mesa pequeña con sus manteles, y dixo al ventero que truxese luego

la olla y el conejo asado, lo cual fue traido en un punto; de todo lo

cual cenó harto poco don Quixote, pues lo más de la cena se le fue en

hazer discursos y visages; pero Sancho sacó de vergüença á su amo, pues

á dos carrillos se comió todo lo que quedaba de la olla y conejo, con

la ayuda de un gentil azumbre de lo de Yepes, de suerte que se puso

hecho una trompa. Alçada la mesa, llevó el ventero á don Quixote y á

Sancho á un razonable aposento para acostarse; y despues que Sancho le

hubo desarmado, se fue á echar el segundo pienso á Rocinante y á su

jumento, y á llevarles á la agua. Mientras pues que Sancho andaba en

estos bestiales exercicios, llegó una moça gallega, que por ser muy

cortes era facil en el prometer y mucho más en el cumplir, y dixo á

don Quixote: Buenas noches tenga v. m., señor caballero: ¿manda algo

en su servicio? que aunque negras, no tiznamos: ¿gusta v. m. le quite

las botas, ó le limpie los çapatos, ó que me quede aqui esta noche

por si algo se le ofreciere? que por el siglo de mi madre, que me

parece haberle visto aqui otra vez, y aunque en su cara y figura me

parece á otro que yo quise harto; pero agua pasada no muele molino:

dexome y dexele libre como el cuclillo: no soy yo muger de todos, como

otras disolutas. Donzella, pero recogida; muger de bien, y criada de

un ventero honrado, y engañome un traidor de un capitan que me sacó

de mi casa, dandome palabra de casamiento: fuese á Italia, y dexome

perdida, como v. m. ve: llevome todas mis ropas y joyas que de casa de

mi padre habia sacado. Començó la moça á llorar tras esto, y dezir:

¡Ay de mí! ¡Ay de mí, huerfana y sola, y sin remedio alguno sino del

cielo! ¡Ay de mí! ¡Y si Dios deparase quien, á aquel bellaco diese

de puñaladas, vengandome de tantos agravios como me ha hecho! Don

Quixote, que oyó llorar aquella moça, como era compasivo de suyo, le

dixo: Cierto, fermosa donzella, que vuestras dolorosas cuitas de tal

manera han ferido mi coraçon, que, con ser para las lides de acero,

vos me le habedes tornado de cera; y asi, por el orden de caballeria

que juro y prometo, como verdadero caballero andante cuyo ofizio es

desfazer semejantes tuertos, de no comer pan en manteles, nin con la

Reina folgare, nin peinarme barba ó cabello, nin cortarme las uñas

de los pies ni de las manos, y aun de non entrar en poblado, pasadas

las justas donde agora voy á Çaragoça, fasta fazeros bien vengada de

aquese desleal caballero ó capitan tan á vuestro sabor, que digais

que Dios vos ha topado con un verdadero desfazedor de agravios. Dadme,

donzella mia, esa mano; que yo vos la doy de caballero de cumplir

cuanto digo; y mañana en ese dia subid sobre vuestro preciado palafren,

puesto vuestro velo delante de vuestros ojos, sola ó con vuestro enano

que yo vos seguiré, y aun podria ser, en las justas reales donde

agora voy defender con los filos de mi espada contra todo el mundo

vuestra fermosura, y despues fazeros reina de algun estraño reino ó

isla, adonde seais casada con algun principe poderoso: por tanto,

idos agora á acostar, y reposad en vuestro blando lecho, y fiad de mi

palabra, que no puede faltar. La disoluta moçuela, que se vió despedir

de aquella manera, contra la esperança que ella tenia de dormir con

don Quixote y que le daria tres ó cuatro reales, se puso muy triste

con tan resoluta respuesta tras tan prolixa arenga, y asi le dixo: Yo

por agora, señor, no puedo salir de mi casa por cierto inconveniente:

lo que á v. m. suplico, si alguna me piensa hazer, es se sirva de

prestarme hasta mañana dos reales, que los he mucho menester; porque

fregando ayer quebré dos platos de Talavera, y si no los pago, me dará

mi amo dos dozenas de palos muy bien dados. Quien á vos os tocare,

dixo don Quixote, me tocará á mí en las niñas de los ojos, y yo solo

seré bastante para desafiar á singular batalla, no solamente á ese

vuestro amo que dezis, sino á cuantos amos hoy gobiernan castillos y

fortaleças. Andad y acostadvos sin temor; que aqui está mi braço, que

faltarvos non puede. Asi lo tengo yo creido, dixo la moça; y mire si

me haze merced de esos dos reales agora, que aqui estoy para lo que

v. m. mandare. Don Quixote no entendia la musica de la gallega, y asi

le dixo: Señora infanta, no digo yo los dos reales que me pedis, sino

docientos ducados os quiero dar luego á la hora. La moça, que sabia

que quien mucho abraça poco aprieta, y que más vale pajaro en mano que

buitre volando, se llegó á él para abraçarle, por ver si por alli le

podia sacar los dos reales que le habia pedido; pero don Quixote se

levantó diziendo: Muy pocos caballeros andantes he visto ni leido que,

puestos en semejantes trances cual este en que yo me veo, hayan caido

en deshonestidad alguna; y asi, ni yo tampoco, imitandoles á estos,

pienso caer en ella. Començó tras esto á llamar á Sancho, diziendo:

Sancho, Sancho, sube y traeme esa maleta. Subió Sancho (que habia

estado hasta entonzes ocupado en una grande platica con el ventero y

los huespedes, alabandoles la singular fortaleça de su señor, echando

de la gloriosa, como estaba tan relleno con la olla podrida que habia

cenado), subiendo juntamente la maleta, y dixole don Quixote: Sancho,

abre esa maleta, y dale á esta señora infanta á buena cuenta docientos

ducados desos que ahi traemos; que en haziendola vengada de cierto

agravio que contra su voluntad le han fecho, ella te dará, no solamente

eso, pero muchas y muy ricas joyas que un descortes caballero á pesar

suyo la ha robado. Sancho, que oyó el mandato, le respondió colerico:

¡Como docientos ducados! Por los huesos de mis padres, y aun de mis

agüelos, los puedo yo dar como dar una testarada en el cielo. Mirese

la muy zurrada, hija de otra: ¿no es ella la que denantes me dixo en

la caballeriza que si queria dormir con ella, que como le diese ocho

cuartos, estaba alli para herme toda merced? Pues á fe que si la agarro

por los cabellos, que ha de saltar de un brinco las escaleras. Como

la pobre gallega vió tan enojado á Sancho, le dixo: Hermano, vuestro

señor ha mandado que me deis dos reales; que ni pido ni quiero los

docientos ducados; que bien veo que este señor lo dize por hazer burla

de mí. Estaba en esto don Quixote maravillado de ver lo que Sancho

dezia, y asi le dixo: Haz, Sancho, luego lo que te digo: dale luego los

docientos ducados, y si más te pidiere, dale más; que mañana iremos con

ella hasta su tierra, donde seremos[13] cumplidamente pagados. Ahora

sus, dixo Sancho, baxe acá abaxo, señora: ¡asi señora seais de la mala

perra que os parió! Y agarrando la maleta, baxó la moça delante dél,

y diole cuatro cuartos, diziendo: Por las armas del gigante Golias,

que si dezis á mi amo que no os he dado los docientos ducados, que os

tengo de hazer más tajadas que hay puntos en la albarda de mi asno.

Señor, dixo la gallega, deme esos cuatro cuartos; que con ellos quedo

contentisima. Sancho se les dió diziendo: Y bien pagada queda la muy

zurrada de lo que no ha trabajado. Y el ventero en esto llamó á Sancho

para que se acostase en una cama que de dos jalmas le habia hecho, y

Sancho lo hizo, echando su maleta por cabecera, con que durmió aquella

noche muy de repapo.

[13] _Iremos_ en la edición original, pero es errata evidente.

El Quijote apócrifo · 第 13 / 58 题