De la repentina pendencia que á nuestro don Quixote se le ofreció con
el huesped al salir de la venta.
Llegada la mañana, Sancho echó de comer á Rocinante y á su jumento, y
hizo poner á asar un razonable pedazo de carnero, si no es que fuese
de su madre (que de la virtud del ventero todo se podia presumir), y
tras esto se fue á despertar á don Quixote, el cual en toda la noche
no habia podido pegar los ojos, sino al amanecer un poco, desvelado
con las traças de sus negras justas, que le sacaban de juizio; y más
aquella noche, que habia imaginado defender la hermosura de la gallega
contra todos los caballeros extrangeros y naturales, y llevarla al
reino ó provincia de donde imaginaba que era reina ó señora. Despertó
don Quixote despavorido á las vozes que dió Sancho, diziendo: Date
por vencido, ¡oh valiente caballero! y confiesa la hermosura de la
princesa gallega, la cual es tan grande, que ni Policena, Porcia,
Albana ni Dido fueran dignas, si vivieran, de descalçarle su muy justo
y pequeño çapato. Señor, dixo Sancho, la gallega está muy contenta y
bien pagada; que ya yo le he dado los docientos ducados que v. m. me
mandó; y dize que besa á v. m. las manos, y que la mande; que alli
está pintipintada para helle toda merced. Pues dile, Sancho, dixo
don Quixote, que apareje su preciado palafren mientras yo me visto y
armo, para que partamos. Baxó Sancho, y lo que primero hizo fue ir á
ver si estaba adereçado el almuerzo. Ensilló á Rocinante y enalbardó
á su jumento, poniendo á punto el adarga y lançon de don Quixote, el
cual baxó muy de espacio con sus armas en la mano, y dixo á Sancho que
le armase, porque queria partir luego. Sancho le dixo que almorzase;
que despues se podria armar; lo cual él no quiso hazer en ninguna
manera, ni quiso tampoco sentarse á la mesa, porque dixo que no podia
comer en manteles hasta acabar cierta aventura que habia prometido;
y asi comió en pie cuatro bocados de pan y un poco de carnero asado,
y luego subió en su caballo con gentil continente, y dixo al ventero
y á los demas huespedes que alli estaban: Castellano y caballeros,
mirad si de presente se os ofrece alguna cosa en que yo os sea de
provecho; que aqui estoy pronto y aparejado para serviros. El ventero
respondió: Señor caballero, aqui no habemos menester cosa alguna,
salvo que v. m. ó este labrador que consigo trae me paguen la cena,
cama, paja y cebada, y vayanse tras esto muy en hora buena. Amigo,
dixo don Quixote, yo no he visto en libro alguno que haya leido, que
cuando algun castellano ó señor de fortaleça merece por su buena dicha
hospedar en su casa á algun caballero andante, le pida dinero por la
posada; pero pues vos, dexando el honroso nombre de castellano, os
hazeis ventero, yo soy contento que os paguen: mirad cuanto es lo que
os debemos. Dixo el ventero que se le debian catorze reales y cuatro
cuartos. De vos hiziera yo esos por la desvergüença de la cuenta,
replicó don Quixote, si me estuviera bien; pero no quiero emplear tan
mal mi valor:--y volviendose á Sancho, le mandó se los pagase. A la
que volvió la cabeça para dezirselo, vió junto al ventero á la moça
gallega, que estaba con la escoba en la mano para barrer el patio, y
dixola con mucha cortesia: Soberana señora, yo estoy dispuesto para
cumplir todo aquello que la noche pasada vos he prometido, y sereis sin
duda alguna muy presto colocada en vuestro precioso reino; que no es
justo que una infanta como vos ande asi desa suerte, y tan mal vestida
como estais, y barriendo las ventas de gente tan infame como esta es:
por tanto, subid luego en vuestro vistoso palafren; y si acaso, por
la vuelta que ha dado la enemiga fortuna, no le teneis, subid en este
jumento de Sancho Pança, mi fiel escudero: venios conmigo á la ciudad
de Çaragoça; que alli, despues de las justas, defenderé contra todo el
mundo vuestra extremada fermosura, poniendo una rica tienda en medio
de la plaça, y junto á ella un cartel, junto al cartel un pequeño
aunque bien rico tablado con un precioso sitial, adonde vos esteis
vestida de riquisimas vestiduras, mientras yo pelearé contra muchos
caballeros, que por ganar las voluntades de sus amantes damas vendran
alli con infinitas cifras y motes, que declararán bien la pasion que
traerán en sus fogosos coraçones y el deseo de vencerme; aunque les
será dificultosa empresa (por no dezir imposible) emprender ganar la
prez y honra que yo les ganaré con facilidad, amparado de vuestra
beldad; y asi digo, señora, que dexando todas las cosas, os vengais
luego conmigo. El ventero y los demas huespedes, que semejantes razones
oyeron á don Quixote, le tuvieron totalmente por loco, y se rieron de
oir llamar á su gallega, princesa y infanta: con todo, el ventero se
volvió á su moça colerico, diziendola: Yo os voto á tal, doña puta
desvergonçada, que os tengo de hazer que se os acuerde el concierto que
con este loco habeis hecho; que ya yo os entiendo. ¿Asi me agradeceis
el haberos sacado de la puteria de Alcala y haberos traido aqui á mi
casa, donde estais honrada, y haberos comprado esa sayuela, que me
costó diez y seis reales, y los çapatos tres y medio, tras que estaba
de hoy para mañana para compraros una camisa, viendo no teneis andrajo
della? Pero no me la haga yo en bacin de barbero si no me lo pagaredes
todo junto; y despues os tengo de enviar como vos mereceis, con un
espigon (como dizen) en el rabo, á ver si hallareis que nadie os haga
el bien que yo en esta venta os he hecho: andad ahora en hora mala,
bellaca, á fregar los platos; que despues nos veremos. Y diziendo
esto, alçó la mano y diola una bofetada, con tres ó cuatro cozes en
las costillas, de suerte que la hizo ir tropeçando y medio cayendo.
¡Oh santo Dios, y quien pudiera en esta hora notar la inflamada ira y
encendida colera que en el coraçon de nuestro caballero entró! No hay
aspid pisado, con mayor rabia que la con que él puso mano á su espada,
levantandose bien sobre los estribos, de los cuales, con voz soberbia
y arrogante dixo: ¡Oh sandio y vil caballero! ¡asi has ferido en el
rostro á una de las más fermosas fembras que á duras penas en todo el
mundo se podrá fallar! Pero no querrá el cielo que tan grande follonia
y sandez quede sin castigo. Arrojó en esto una terrible cuchillada al
ventero, y diole con toda su fuerça sobre la cabeça, de suerte que á
no torcer un poco la mano don Quixote, lo pasara sin duda mal; pero
con todo eso le descalabró muy bien. Alborotaronse todos los de la
venta, y cada uno tomó las armas que más cerca de sí halló. El ventero
entró en la cocina y sacó un asador de tres ganchos bien grande, y
su muger un medio chuzo de viñadero. Don Quixote volvió las riendas
á Rocinante, diziendo á grandes vozes: ¡Guerra, guerra! La venta
estaba en una cuestecilla, y luego á tiro de piedra habia un prado
bien grande, en medio del cual se puso don Quixote haziendo gambetas
con su caballo, la espada desnuda en la mano, porque Sancho tenia la
adarga y lançon; al cual, luego que vió todo el caldo revuelto, se
le representó que habia de ser segunda vez manteado, y asi peleaba
cuanto podia por sosegar la gente y aplacar aquella pendencia; pero el
ventero, como se sintió descalabrado, estaba hecho un leon, y pedia muy
aprisa su escopeta, y sin duda fuera y matara con ella á don Quixote,
si el cielo no le tuviera guardado para mayores trances. Estorbolo
la muger y los huespedes con Sancho, diziendo que aquel hombre era
falto de juizio; y pues la herida era poca, que le dexase ir con todos
los diablos. Con esto se sosegó, y Sancho, excusandose que no tenia
culpa de lo sucedido, se despidió dellos muy cortesmente, y se fue
para su amo, llevando al jumento del cabestro, y la adarga y lançon.
Llegando á don Quixote, le dixo: ¿Es posible, señor, que por una moça
de soldada, peor que la de Pilatos, Anas y Caifas, que está hecha una
picara, quiera v. m. que nos veamos en tanta revuelta, que casi nos
costara el pellejo, pues queria venir el ventero con su escopeta á
tirarle? Y á hacerlo, sobre mí, que no le defendieran sus armas de
plata, aunque estuvieran aforradas en terciopelo. ¡Oh Sancho! dixo don
Quixote, ¿cuanta gente es la que viene? ¿Viene un escuadron volante,
ó viene por tercios? ¿Cuanta es la artilleria, coraças y morriones
que traen, y cuantas compañias de flecheros? Los soldados ¿son viejos
ó bisoños? ¿Están bien pagados? ¿Hay hambre ó peste en el exercito?
¿Cuantos son los alemanes, tudescos, franceses, españoles, italianos y
esgüizaros? ¿Como se llaman los generales, maeses de campo, prebostes,
y capitanes de campaña? Presto, Sancho, presto, dilo; que importa para
que, conforme á la gente, hagamos en este grande prado trincheras,
fosos, contrafosos, rebellines, plataformas, bastiones, estacadas,
mantas y reparos, para que dentro les echemos naranjas y bombas de
fuego, disparando todos á un tiempo nuestra artilleria, y primero las
pieças que están llenas de clavos y medias balas, porque estas hazen
grande efeto al primero impetu y asalto. Respondió Sancho: Señor, aqui
no hay peto ni salto, ¡pecador de mí! ni hay exercitos de turquescos,
ni animales, ni borricadas ni bestiones; bestias sí que lo seremos
nosotros si no nos vamos al punto. Tome su adarga y lança; que quiero
subir en mi asno; y pues nuestra Señora de los Dolores nos ha librado
de los que nos podian causar los palos que tan bien merecidos teniamos
en esta venta, huyamos de ella como de la ballena de Jonas; que no le
faltarán á v. m. por esos mundos otras aventuras más faciles de vencer
que esta. Calla, Sancho, dixo don Quixote; que si me ven huir, dirán
que soy un gallina cobarde. Pues par diez, replicó Sancho, que aunque
digan que somos gallinas, capones ó faisanes, que por esta vez que nos
tenemos de ir: arre acá, señor jumento. Don Quixote, que vió resuelto
á Sancho, no quiso contradezirle más; antes començó á caminar tras él
diziendo: Por cierto, Sancho, que lo hemos errado mucho en no volver
á la venta y retar á todos aquellos por traidores y alevosos, pues lo
son verdaderamente, dandoles despues desto á todos la muerte; porque
tan vil canalla y tan soez no es bien viva sobre la haz de la tierra;
pues quedando, como ves quedan, vivos, mañana dirán que no tuvimos
animo para acometellos, cosa que sentiré á par de muerte se diga de
mí. En fin, Sancho, nosotros habemos sido, en volvernos, grandisimos
borrachos. ¿Borrachos, señor? respondió Sancho: borrachos seamos
delante de Dios; que para lo deste mundo, ello hemos hecho lo que toca
á nuestras fuerças; por tanto, caminemos antes que entre más el sol;
que dexa v. m. bien castigados todos los de la venta.