De las razones que pasaron entre don Alvaro Tarfe y don Quixote sobre
cena, y como le descubre los amores que tiene con Dulcinea del Toboso,
comunicandole dos cartas ridiculas: por todo lo cual el caballero cae
en la cuenta de lo que es don Quixote.
Despues de haber dado don Quixote razonablemente de cenar á su noble
huesped, por postre de la cena, levantados ya los manteles, oyó de sus
cuerdos labios las siguientes razones: Por cierto, señor Quijada, que
estoy en extremo maravillado de que en el tiempo que nos ha durado la
cena, he visto á v. m. algo diferente del que le ví cuando entré en su
casa; pues en la mayor parte della le he visto tan absorto y elevado en
no sé que imaginacion, que apenas me ha respondido jamas á proposito,
sino tan ad Ephesios, como dizen, que he venido á sospechar que algun
grave cuidado le aflige y aprieta el animo; porque le he visto quedarse
á ratos con el bocado en la boca, mirando sin pestañear á los manteles,
con tal suspension que, preguntandole si era casado, me respondió:
¿Rocinante? señor, el mejor caballo es que se ha criado en Cordoba;
y por esto digo que alguna pasion ó interno cuidado atormenta á v.
m.; porque no es posible nazca de otra causa tal efecto; y tal puede
ser que, como otras muchas vezes he visto en otros, pueda quitarle
la vida, ó á lo menos, si es vehemente, apurarle el juizio; y asi
suplico á v. m. se sirva comunicarme su sentimiento; porque si fuere
tal la causa dél que yo con mi persona pueda remediarla, lo haré con
las veras que la razon y mis obligaciones piden, pues asi como con las
lagrimas, que son sangre del coraçon, él mesmo desfoga y descansa, y
queda aliviado de las melancolias que le oprimen, vaporeando por el
venero de los ojos; asi, ni más ni menos el dolor y afliccion, siendo
comunicado, se alivian algun tanto, porque suele el que lo oye, como
desapasionado, dar el consejo que es más sano y seguro al remedio de
la persona afligida. Don Quixote entonzes le respondió: Agradezco,
señor don Alvaro, esa buena voluntad, y el deseo que muestra tener
v. m. de hazermela; pero es fuerça que los que profesamos el orden
de caballeria, y nos hemos visto en tanta multitud de peligros, ya
con fieros y descomunales jayanes, ya con malandrines sabios ó magos,
desencantando princesas, matando grifos, y serpientes, rinocerontes y
endriagos,[7] llevados de alguna imaginacion destas, como son negocios
de honra, quedemos suspensos y elevados y puestos en un honroso extasi,
como el en que v. m. dize haberme visto, aunque yo no he echado de
verlo: verdad es que ninguna cosa destas por ahora me ha suspendido
la imaginacion; que ya todas han pasado por mí. Maravillose mucho don
Alvaro Tarfe de oirle dezir que habia desencantado princesas y muerto
gigantes, y començó á tenerle por hombre que la faltaba algun poco de
juizio; y asi, para enterarse dello le dixo: ¿Pues no se podrá saber
que causa por ahora aflige á v. m.? Son negocios, dixo don Quixote,
que aunque á los caballeros andantes no todas las vezes es licito
dezirlos, por ser v. m. quien es y tan noble y discreto, y estar herido
con la propia saeta con que el hijo de Venus me tiene herido á mí, le
quiero descubrir mi dolor, no para que me dé remedio para él, que solo
me le puede dar aquella bella ingrata y dulcisima Dulcinea, robadora de
mi voluntad; sino para que v. m. entienda que yo camino y he caminado
por el camino real de la caballeria andantesca, imitando en obras y
en amores á aquellos valerosos y primitivos caballeros andantes que
fueron luz y espejo de todos aquellos que despues dellos han por sus
buenas prendas merecido profesar el sacro orden de caballeria que yo
profeso, como fueron el invicto Amadis de Gaula, don Belianis de Grecia
y su hijo Esplandian, Palmerin de Oliva, Tablante de Ricamonte, el
caballero del Febo[8] y su hermano Rosicler, con otros valentisimos
principes aun de nuestros tiempos, á todos los cuales, ya que les he
imitado en obras y hazañas, los sigo tambien en los amores: asi que,
v. m. sabrá que estoy enamorado. Don Alvaro, como era hombre de sutil
entendimiento, luego cayó en todo lo que su huesped podia ser, pues
dezia haber imitado á aquellos caballeros fabulosos de los libros de
caballeria; y asi, maravillado de su loca enfermedad, para enterarse
cumplidamente della le dixo: Admirome no poco, señor Quijada, que un
hombre como v. m., flaco y seco de cara, y que á mi parecer pasa ya de
los cuarenta y cinco, ande enamorado; porque el amor no se alcança sino
con muchos trabajos, malas noches, peores dias, mil disgustos, celos,
zozobras, pendencias y peligros; que todos estos y otros semejantes
son los caminos por donde se camina al amor. Y si v. m. ha de pasar
por ellos, no me parece tiene sujeto para sufrir dos noches malas
al sereno, aguas y nieves, como yo sé por experiencia que pasan los
enamorados. Mas digame v. m. con todo: esa muger que ama, ¿es de aqui
del lugar, ó forastera? que gustaria en extremo, si fuese posible,
verla antes que me fuese; porque un hombre de tan buen gusto como v.
m. es, no es creible sino que ha de haber puesto los ojos en no menos
que en una Diana efesina, Policena troyana, Dido cartaginense, Lucrecia
romana ó Doralize granadina. A todas esas, respondió don Quixote,
excede en hermosura y gracia; y solo imita en fiereza y crueldad á
la inhumana Medea; pero ya querrá Dios que con el tiempo, que todas
las cosas muda, trueque su coraçon diamantino, y con las nuevas que
de mí y mis invencibles fazañas terná, se molifique y sujete á mis
no menos importunos que justos ruegos. Asi que, señor, ella se llama
Princesa Dulcinea del Toboso (como yo don Quixote de la Mancha), si
nunca v. m. la ha oido nombrar; que si habrá, siendo tan celebre por
sus milagros y celestiales prendas. Quiso reirse de muy buena gana don
Alvaro cuando oyo decir la princesa Dulcinea del Toboso; pero disimuló,
porque su huesped no lo echase de ver y se enojase, y asi le dixo:
Por cierto, señor hidalgo, ó por mejor dezir, señor caballero, que yo
no he oido en todos los dias de mi vida nombrar tal princesa, ni creo
la hay en toda la Mancha, si no es que ella se llame por sobrenombre
Princesa, como otras se llaman Marquesas. No todos saben todas las
cosas, replicó don Quixote; pero yo haré antes de mucho tiempo que
su nombre sea conocido, no solamente en España, pero en los reinos y
provincias más distantes del mundo. Esta es pues, señor, la que me
eleva los pensamientos; esta me enagena de mí mismo; por esta he estado
desterrado muchos dias de mi casa y patria, haziendo en su servicio
heroicas hazañas, enviandole gigantes y bravos jayanes y caballeros
rendidos á sus pies; y con todo eso ella se muestra á mis ruegos una
leona de Africa y una tigre de Hircania, respondiendome á los papeles
que le envio, llenos de amor y dulzura, con el mayor desabrimiento y
despego que jamas princesa á caballero andante escribió. Yo le escribo
más largas arengas, que las que Catilina[9] hizo al senado de Roma; más
heroicas poesias, que las de Homero ó Virgilio; con más ternezas, el
Petrarca escribió á su querida Laura, y con más agradables episodios,
que Lucano ni Ariosto pudieron escribir en su tiempo, ni en el nuestro
ha hecho Lope de Vega á su Filis, Celia, Lucinda, ni á las demas que
tan divinamente ha celebrado, hecho en aventuras un Amadis, en gravedad
un Cévola, en sufrimiento un Perineo de Persia, en nobleza un Eneas,
en astucia un Ulises, en constancia un Belisario, y en derramar sangre
humana un bravo Cid Campeador; y porque v. m., señor don Alvaro, vea
ser verdad todo lo que digo, quiero sacar dos cartas que tengo alli en
aquel escritorio: una que con mi escudero Sancho Pança la escribi en
los dias pasados, y otra que ella me envió en respuesta suya. Levantose
para sacarlas, y don Alvaro se quedó haziendo cruces de ver la locura
del huesped, y acabó de caer en la cuenta de que él estaba desvanecido
con los vanos libros de caballerias, teniendolos por muy autenticos
y verdaderos. Al ruido que don Quixote hizo abriendo el escritorio,
entró Sancho Pança, harto bien llena la barriga de los relieves que
habian sobrado de la cena. Y como don Quixote se asentó con las dos
cartas en la mano, él se puso repantigado tras las espaldas de su silla
para gustar un poco de la conversacion. Ve aqui, dixo don Quixote, v.
m. á Sancho Pança mi escudero, que no me dexará mentir á lo que toca
al inhumano rigor de aquella mi señora. Si á fe, dixo Sancho Pança;
que Aldonza Lorenço, alias Nogales (como asi se llamaba la infanta
Dulcinea del Toboso por propio nombre, como consta de las primeras
partes desta grave historia), es una grandisima... Tengaselo por
dicho; porque ¡cuerpo den ciruelo! ¿ha de andar mi señor hendo tantas
caballerias de dia y de noche, y hendo cruel penitencia en Sierra
Morena, dandose de calabaçadas, y sin comer por una?... Mas quiero
callar; alla se lo haya, con su pan se lo coma; que quien yerra y se
emienda, á Dios se encomienda; que una anima sola ni canta ni llora; y
cuando la perdiz canta, señal es de agua; y á falta de pan, buenas son
tortas. Pasara adelante Sancho con sus refranes, si don Quixote no le
mandara, imperativo modo, que callara; mas con todo replicó diziendo:
¿Quiere[10] saber, señor don Tarfe, lo que hizo la muy zurrada cuando
la llevé esa carta que ahora mi señor quiere leer? Estabase en la
caballeriça la muy puerca, porque llovia, hinchendo un seron de basura
con una pala; y cuando yo le dixe que le traia una carta de mi señor
(¡infernal torçon le dé Dios por ello!), tomó una gran palada del
estiercol que estaba más hondo y más remojado, y arrojomele de boleo,
sin dezir agua va, en estas pecadoras barbas. Yo, como por mis pecados
las tengo más espesas que escobilla de barbero, estuve despues más
de tres dias sin poder acabar de agotar la porqueria que en ellas me
dexó, perfetamente. Diose, oyendo esto, una palmada en la frente don
Alvaro, diziendo: Por cierto, señor Sancho, que semejante porte que
ese no le merecia la mucha discrecion vuestra. No se espante v. m.
replicó Sancho; que á fe que nos ha sucedido á mí y á mi señor, andando
por amor della en las aventuras ó desventuras del año pasado, darnos
pasadas de cuatro vezes muy gentiles garrotaços. Yo os prometo, dixo
colerico don Quixote, que si me levanto, don bellaco desvergonçado, y
cojo una estaca de aquel carro, que os muela las costillas y haga que
se os acuerde per omnia saecula saeculorum. Amen, respondió Sancho.
Levantarase don Quixote á castigarle la desvergüença, si don Alvaro
no le tuviera el braço y le hiziera volver á sentar en su silla,
haziendo con el dedo señas á Sancho para que callase, con que lo hizo
por entonzes; y don Quixote, abriendo la carta, dixo: Ve aqui v. m. la
carta que este moço llevó los dias pasados á mi señora, y juntamente
la respuesta della, para que de ambas colija v. m. si tengo razon de
quexarme de su inaudita ingratitud.
[7] _Endrigos_ en la primera edición.
[8] En la edición de Tarragona, _Pueblo_.
[9] En la edición de Tarragona, _Catalina_.
[10] _Quiero_, en la primera edición, pero es evidente errata.
_Sobrescrito de la carta. A la infanta Dulcinea del Toboso_
«Si el amor afincado, ¡oh bella ingrata! que asaz bulle por los
poros de mis venas, diera lugar á que me ensañara contra vuestra
fermosura, cedo tomara vengança de la sandez con que mis cuitas
os dan enojoso reproche. Cuidades, dulce enemiga mia, que non
atiendo con todas mis fuerças en al que en desfazer tuertos de
gente menesterosa: magüer que muchas vezes ando envuelto en sangre
de jayanes, cedo el pensamiento sin polilla está ademas ledo, y
tiene remembrança que está preso por una de las más altas fembras
que entre las reinas de alta guisa fallar se puede. Empero lo que
agora vos demando es, que si alguna desmesurança he tenido, me
perdonedes; que los yerros por amare, dignos son de perdonare. Esto
pido de finojos ante vuestro imperial acatamiento. Vuestro hasta el
fin de la vida.
_El caballero de la Triste Figura,
Don Quixote de la Mancha._»
Por Dios, dixo don Alvaro riendose, que es la más donosa carta que
en su tiempo pudo escribir el rey don Sancho de Leon á la noble doña
Ximena Gomez, al tiempo que, por estar ausente della, el Cid, la
consolaba; pero siendo v. m. tan cortesano, me espanto que escribiese
esa carta ahora tan á lo del tiempo antiguo; porque ya no se usan esos
vocablos en Castilla sino es cuando se hazen comedias de los reyes y
condes de aquellos siglos dorados. Escribola desta suerte, dixo don
Quixote, porque, ya que imito á los antiguos en la fortaleça, como son
al conde Fernan Gonzalez, Peranzules, Bernardo y al Cid, los quiero
tambien imitar en las palabras. ¿Pues para qué, replicó don Alvaro,
puso v. m. en la firma El caballero de la Triste Figura? Sancho Pança,
que habia estado escuchando la carta, dixo: Yo se lo aconsejé, y á fe
en toda ella no va cosa más verdadera que esa. Puseme El de la Triste
Figura, añadió don Quixote, no por lo que este necio dize, sino porque
la ausencia de mi señora Dulcinea me causaba tanta tristeza, que no me
podia alegrar: de la suerte que Amadis se llamó Beltenebros, otro el
caballero de los Fuegos, otro de las Imagenes, ó de la Ardiente espada.
Don Alvaro le replicó: y el llamarse v. m. don Quixote, ¿á imitacion de
quien fue? A imitacion de ninguno, dixo don Quixote, sino como me llamo
Quijada, saqué deste nombre el de don Quixote el dia que me dieron el
orden de caballeria. Pero oiga v. m., le suplico, la respuesta que
aquella enemiga de mi libertad me escribe.
_Sobrescrito. A Martin Quijada, el Mentecapto._
«El portador desta habia de ser un hermano mio, para darle la respuesta
en las costillas con un gentil garrote. ¿No sabe lo que le digo, señor
Quijada? Que por el siglo de mi madre, que si otra vez me escribe de
emperatriz ó reina, poniendome nombres burlescos, como es A la infanta
manchega Dulcinea del Toboso y otros semejantes que me suele escribir,
que tengo de hazer que se le acuerde. Mi nombre propio es Aldonza
Lorenço ó Nogales, por mar y por tierra.»
Vea v. m. si habrá en el mundo caballero andante, por más discreto y
sufrido que sea, que pueda sin morir tolerar semejantes razones. ¡Oh,
hi de puta! dixo Sancho Pança, conmigo las habia de haber la relamida:
á fe que la habia de her peer por ingeño; que aunque es moça forçuda,
yo fio que si la agarro, no se me escape de entre las uñas: mi señor
don Quixote es muy demasiado de blando. Si él la enviase media dozena
de cozes dentro de una carta, para que se la depositasen en la barriga,
á fe que no fuera tan repostona. Sepa v. m. que estas moças yo las
conozco mejor que un huevo vale una blanca, si las hablan bien, dan al
hombre el pescoçon y pasagonçalo que le hacen saltar las lagrimas de
los ojos: sobre mí, que conmigo no se burlan, porque luego les arroxo
una coz mas redonda que de mula de frayle hieronymo; y más si me pongo
los çapatos nuevos: ¡mal año para la mula del Preste Juan que mejor
las endilgue! Levantose riendo don Alvaro, y dixo: Por Dios que si el
rey de España supiese que este entretenimiento habia en este lugar,
que aunque le costase un millon, procurara tenerlo consigo en su casa.
Señor don Quixote, ello hemos de madrugar por lo menos una hora antes
del dia, por huir del sol; y asi, con licencia de v. m. querria tratar
de acostarme. Don Quixote dixo que su merced la tenia; y asi començó
á desnudarse para hazerle la cama que en el mesmo aposento estaba, y
mandó á Sancho Pança que le desçalzase las botas. Llegaron en esto á
quererlo hazer dos pajes del mesmo don Alvaro que habian estado oyendo
la conversacion desde la puerta; pero no consintió Sancho Pança que
otro que él hiziese tal ofizio, de que gustó en extremo don Alvaro,
el cual le dixo, mientras don Quixote salió afuera por unas peras en
conserva para darle: Tirá, hermano Sancho, bien, y tened paciencia. Si
tendran, respondió Sancho; que no son bestias; y aunque no soy don, mi
padre lo era. ¿Como es eso? dixo don Alvaro: ¡vuestro padre tenia don!
Sí, señor, dixo Sancho; pero teniale á la postre. ¿Como á la postre?
replicó don Alvaro. ¿Llamabase Francisco Don, Juan Don ó Diego Don? No,
señor, dixo Sancho, sino Pedro el Remendon. Rieron mucho del dicho los
pajes y don Alvaro, que prosiguió preguntandole si era aun su padre
vivo; y él respondió: No, señor; que más há de diez años que murió
de una de las más malas enfermedades que se puede imaginar. ¿De que
enfermedad murió? replicó don Alvaro. De sabañones, respondió Sancho.
¡Santo Dios! dixo don Alvaro con grandisima risa: ¡de sabañones! El
primer hombre que en los dias de mi vida oí dezir que muriese desa
enfermedad fue vuestro padre, y asi no lo creo. ¿No puede cada uno,
dixo Sancho, morir la muerte que le da gusto? Pues si mi padre quiso
morir de sabañones, ¿que se le da á v. m.? En medio de la risa de don
Alvaro y sus pajes, entró don Quixote y su ama la vieja con un plato de
peras en conserva y una garrafa de buen vino blanco, y dixo: V. m., mi
señor don Alvaro, podrá comer un par destas peras, y tras ellas tomar
una vez de vino, que le dará mil vidas. Yo beso á v. m. las manos,
respondió don Alvaro, señor don Quixote, por la merced que me haze;
pero no podré servirle; porque no acostumbro comer cosa alguna sobre
cena; que me daña, y tengo larga experiencia en mi de la verdad del
aforismo de Avicena ó Galeno, que dize que lo crudo sobre lo indigesto
engendra enfermedad. Pues por vida de la que me parió, dixo Sancho, que
aunque ese Açucena ó Galena que su merced dize, me dixese más latines
que tiene todo el a, b, c, asi dexase yo de comer, habiendolo á mano,
como de escupir. ¡Mirá que cuerpo de San Belorge! El no comer para los
castraleones, que se sustentan del aire. Pues por vida de la que adoro,
dixo don Alvaro, tomando una pera con la punta del cuchillo, que os
habeis de comer esta, con licencia del señor don Quixote. ¡Ah! no, por
vida, señor don Tarfe, respondió Sancho; que estas cosas dulces, siendo
pocas, me hazen mal; aunque es verdad que cuando son en cantidad, me
hazen grandisimo provecho. Con todo, la comió, y tras esto se puso don
Alvaro en la cama, y á los pajes les hizieron otra junto á ella do se
acostasen, como lo hizieron. En esto dixo don Quixote á Sancho: Vamos,
Sancho amigo, al aposento de arriba; que alli podremos dormir lo poco
que de la noche queda; que no hay para que irte ahora á tu casa; que
ya tu muger estará acostada; y tambien que tengo un poco que comunicar
contigo esta noche sobre un negocio de importancia. Pardiez, señor,
dixo Sancho, que estoy yo esta noche para dar buenos consejos, porque
estoy redondo como una chueca; solo será la falta que me dormiré luego,
porque ya los bostezos menudean mucho. Subieronse arriba tras esto
ambos á acostar, y puestos en una misma cama, dixo don Quixote: Hijo
Sancho, bien sabes ó has leido que la ociosidad es madre y principio
de todos los vicios, y que el hombre ocioso está dispuesto para pensar
cualquier mal, y pensandolo, ponerlo por obra, y que el diablo de
ordinario acomete y vence facilmente á los ociosos, porque haze como
el cazador, que no tira á las aves mientras que las ve andar volando,
porque entonzes seria la caza incierta y dificultosa, sino que aguarda
á que se asienten en algun puesto, y viendolas ociosas, les tira y
las mata. Digo esto, amigo Sancho, porque veo que há algunos meses
que estamos ociosos, y no cumplimos, yo con el orden de caballeria
que recebi, y tú con la lealtad de escudero fiel que me prometiste.
Querria pues (para que no se diga que yo he recebido en vano el talento
que Dios me dió, y sea reprehendido como aquel del Evangelio, que ató
el que su amo le fió en el pañizuelo, y no quiso granjear con él) que
volviesemos lo más presto que ser pudiese á nuestro militar exercicio,
porque en ello haremos dos cosas: la una, servicio muy grande á Dios,
y la otra, provecho al mundo, desterrando dél los descomunales jayanes
y soberbios gigantes que hazen tuertos de sus fueros, y agravios
á caballeros menesterosos y á donzellas afligidas; y juntamente
ganaremos honra y fama para nosotros y nuestros sucesores, conservando
y aumentando la de nuestros antepasados; tras que adquiriremos mil
reinos y provincias en un quita allá esas pajas, con que seremos ricos,
y enriquezeremos nuestra patria. Señor, dixo Sancho, no tiene que
meterme en el caletre esos guerreamientos, pues ya ve lo mucho que me
costaron ese otro año, con la perdida de mi Rucio, que buen siglo haya;
tras que jamas me cumplió lo que mil vezes me tenia prometido, de que
nos veriamos dentro de un año, yo adelantando, ó rey por lo menos, mi
muger almiranta y mis hijos infantes; ninguna de las cuales cosas veo
cumplidas por mí (¿oye v. m., ó duerme?), y mi muger tan Mari-Gutierrez
se es hoy como agora un año: asi que, yo no quiero perro con cencerro.
Y fuera deso, si nuestro cura el licenciado Pero Perez sabe que
queremos tornar á nuestras caballerias, le tiene de meter á v. m. con
una cadena por unos seis ó siete meses en domus Jetro, que dizen, como
la otra vez; y asi, digo que no quiero ir con v. m., y dexeme dormir
por vida suya; que ya se van pegando los ojos. Mira, Sancho, dixo don
Quixote, que yo no quiero que vayas como la otra vez; antes quiero
comprarte un asno en que vayas como un patriarca, mucho mejor que el
otro que te hurtó Ginesillo; y en fin, iremos ambos con mejor orden, y
llevaremos dineros y provisiones, y una maleta con nuestra ropa; que ya
he echado de ver que es muy necesario, porque no nos suceda lo que en
aquellos malditos castillos encantados nos sucedió. Aun desa manera,
respondió Sancho, y pagandome cada mes mi trabajo, yo iré de muy buena
gana. Oyendo su resolucion, alegre don Quixote, prosiguió diziendo:
Pues Dulcinea se me ha mostrado tan inhumana y cruel, y lo que peor
es, desagradecida á mis servicios, sorda á mis ruegos, incredula á
mis palabras, y finalmente, contraria á mis deseos, quiero probar, á
imitacion del caballero del Febo, que dexó[11] á Claridana, y otros
muchos que buscaron nuevo amor, y ver si en otra hallo mejor fe y
mayor correspondencia á mis fervorosos intentos, y ver juntamente...
¿Duermes, Sancho? ¡Ah Sancho! En esto Sancho recordó, diziendo: Digo,
señor, que tiene razon; que esos jayanazos son grandisimos bellacos, y
es muy bien que les hagamos tuertos. ¡Por Dios, dixo don Quixote, que
estás muy bien en el cuento! Estoyme yo quebrando la cabeça diziendote
lo que á ti y á mí más, despues de Dios, nos importa, y tú duermes
como un liron. Lo que digo, Sancho, es, ¿entiendes?... ¡Oh! reniego
de la puta que me parió, dixo Sancho: dexeme dormir con Barrabas; que
yo creo bien y verdaderamente cuanto me dixere y piensa dezir todos
los dias de su vida. Harto trabajo tiene un hombre, dixo don Quixote,
que trata cosas de peso con salvajes como este: quierole dexar dormir;
que yo, mientras que no diere fin y cabo á estas honradas justas,
ganando en ellas el primero, segundo y tercero dia las joyas de más
importancia que hubiere, no quiero dormir, sino velar, traçando con
la imaginacion lo que despues tengo de poner por efecto, como haze el
sabio arquitecto, que antes que comienze la obra, tiene confusamente
en su imaginativa todos los aposentos, patios, chapiteles y ventanas
de la casa, para despues sacallos perfectamente á luz. En fin, al buen
hidalgo se le pasó lo que de la noche quedaba, haziendo grandisimas
quimeras en su desvanecida fantasia, ya hablando con los caballeros, ya
con los jueces de las justas, pidiendoles el premio; ya, finalmente,
saludando con grandisima mesura á una dama hermosisima y ricamente
adereçada, á quien presentaba desde el caballo con la punta de la lança
una rica joya. Con estos y otros semejantes desvanecimientos se quedó
al cabo dormido.
[11] _Dixo_, por errata, en la primera edición.