De como don Quixote de la Mancha volvió á sus desvanecimientos de
caballero andante, y de la venida á su lugar del Argamesilla ciertos
caballeros granadinos.
El sabio Alisolan, historiador no menos moderno que verdadero, dize
que, siendo expelidos los moros agarenos de Aragon, de cuya nacion él
decendia, entre ciertos anales de historias halló escrita en arabigo la
tercera salida que hizo del lugar del Argamesilla el invicto hidalgo
don Quixote de la Mancha, para ir á unas justas que se hazian en la
insigne ciudad de Çaragoça, y dize desta manera. Despues de haber sido
llevado don Quixote por el Cura y el Barbero y la hermosa Dorotea á
su lugar en una jaula, con Sancho Pança, su escudero, fue metido en
un aposento con una muy gruesa y pesada cadena al pie; adonde, no con
pequeño regalo de pistos y cosas conservativas y sustanciales, le
volvieron poco á poco a su natural juizio; y para que no volviese á
los antiguos desvanecimientos de sus fabulosos libros de caballerias,
pasados algunos dias de su encerramiento, empezó con mucha instancia á
rogar á Madalena, su sobrina, que le buscase algun buen libro en que
poder entretener aquellos setecientos años que él pensaba estar en
aquel duro encantamiento; la cual, por consejo del cura Pedro Perez
y de maese Nicolas, barbero, le dió un Flos Sanctorum, de Villegas,
y los Evangelios y Epistolas de todo el año en vulgar, y la Guia de
pecadores, de fray Luis de Granada; con la cual licion, olvidandose
de las quimeras de los caballeros andantes, fue reducido dentro
de seis meses á su antiguo juizio, y suelto de la prision en que
estaba. Començó tras esto á ir á misa con su rosario en las manos, con
las Horas de nuestra Señora, oyendo tambien con mucha atencion los
sermones; de tal manera, que ya todos los vecinos del lugar pensaban,
que totalmente estaba sano de su accidente, y daban muchas gracias á
Dios, sin osarle dezir ninguno (por consejo del Cura) cosa de las que
por él habian pasado. Ya no le llamaban don Quixote, sino el señor
Martin Quijada, que era su propio nombre; aunque en ausencia suya
tenian algunos ratos de pasatiempo con lo que dél se dezia, y de que
se acordaban todos, como lo del rescatar ó libertar los galeotes, lo
de la penitencia que hizo en Sierra Morena, y todo lo demas que en
las primeras partes de su historia se refiere. Sucedió pues en este
tiempo, que, dandola á su sobrina, el mes de agosto, una calentura
de las que los fisicos llaman efimeras, que son de veinte y cuatro,
horas, el accidente fue tal, que dentro dese tiempo la sobrina Madalena
murió quedando el buen hidalgo solo y desconsolado; pero el Cura le
dió una harto devota vieja y buena cristiana, para que la tuviese en
casa, le guisase la comida, le hiziese la cama, y acudiese á lo demas
del servicio de su persona, y para que, finalmente, les diese aviso á
él ó al Barbero de todo lo que don Quixote hiziese ó dixese dentro ó
fuera de casa, para ver si volvia á la necia porfia de su caballeria
andantesca. Sucedió pues en este tiempo que un dia de fiesta, despues
de comer, que hazia un calor excesivo, vino á visitarle Sancho Pança,
y hallandole en su aposento leyendo el Flos Sanctorum, le dixo: ¿Que
haze, señor Quijada? ¿Como va? ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, seas
bien venido: sientate aqui un poco; que á fe que tenia harto deseo de
hablar contigo. ¿Que libro es ese, dixo Sancho, en que lee su mercé?
¿Es de algunas caballerias como aquellas en que nosotros anduvimos
tan neciamente el otro año? Lea un poco por su vida, á ver si hay
algun escudero que medrase mejor que yo; que por vida de mi sayo,
que me costó la burla de la caballeria más de veinte y seis reales,
mi buen Rucio, que me hurtó Ginesillo, el buena voya, y yo me quedé
tras todo eso sin ser rey ni Roque, si ya estas carnestoliendas no
me hazen los muchachos rey de los gallos: en fin, todo mi trabajo
ha sido hasta agora en vano. No leo, dixo don Quixote, en libro de
caballerias; que no tengo alguno: pero leo en este Flos Sanctorum,
que es muy bueno. ¿Y quien fue ese Flas Sanctorum? replicó Sancho;
¿fue rey, ó algun gigante de aquellos que se tornaron molinos ahora
un año? Todavia, Sancho, dixo don Quixote, eres necio y rudo. Este
libro trata de las vidas de los santos, como de san Lorenço, que fue
asado; de san Bartolome, que fue desollado; de santa Catalina, que
fue pasada por la rueda de las navajas; y asimismo de todos los demas
santos y martires de todo el año. Sientate, y leerte hé la vida del
santo que hoy, á 20 de agosto, celebra la Iglesia, que es san Bernardo.
Par Dios, dixo Sancho, que yo no soy amigo de saber vidas agenas, y
más de mala gana me dexaria quitar el pellejo ni asar en parrillas.
Pero digame: ¿á san Bartolome quitaronle el pellejo, y á san Lorenço
pusieronle á asar despues de muerto ó acabando de vivir? ¡Oigan que
necedad! dixo don Quixote: vivo desollaron al uno, y vivo asaron al
otro. ¡Oh, hi de puta, dixo Sancho, y como les escoceria! Pardiobre,
no valia yo un higo para Flas Santorum; rezar de rodillas media dozena
de credos, vaya enhorabuena; y aun ayunar, como comiese tres vezes al
dia razonablemente, bien lo podria llevar. Todos los trabajos, dixo
don Quixote, que padecieron los santos que te he dicho, y los demas
de quien trata este libro, los sufrian ellos valerosamente por amor
de Dios, y asi ganaron el reino de los cielos. A fe, dixo Sancho,
que pasamos nosotros, ahora un año, hartos desafortunios para ganar
el reino Micomicon, y nos quedamos hechos micos; pero creo que v. m.
querrá ahora que nos volvamos santos andantes para ganar el paraiso
terrenal. Mas dexado esto aparte, lea, y veamos la vida que dize, de
san Bernardo. Leyola el buen hidalgo, y á cada hoja le dezia algunas
cosas de buena consideracion, mezclando sentencias de filosofos,
por donde se descubria ser hombre de buen entendimiento y de juizio
claro, si no le hubiera perdido por haberse dado sin moderacion á leer
libros de caballerias, que fueron la causa de todo su desvanecimiento.
Acabando don Quixote de leer la vida de san Bernardo, dixo: ¿Que te
parece, Sancho? ¿Has leido santo que más aficionado fuese á nuestra
Señora que este? ¿Más devoto en la oracion, más tierno en las lagrimas
y más humilde en obras y palabras? A fe, dixo Sancho, que era santo
de chapa: yo le quiero tomar por devoto de aqui adelante, por si me
viere en algun trabajo (como aquel de los batanes de marras ó manta
de la venta), y me ayude, ya que v. m. no pudo saltar las bardas del
corral. ¿Pero sabe, señor Quijada, que me acuerdo que el domingo
pasado llevó el hijo de Pedro Alonso, el que anda á la escuela, un
libro debaxo de un arbol, junto al molino, y nos estuvo leyendo
más de dos horas en él? El libro es lindo á las mil maravillas, y
mucho mayor que ese Flas Santorum, tras que tiene al principio un
hombre armado en su caballo, con una espada más ancha que esta mano,
desenvainada, y da en una peña un golpe tal, que la parte por medio,
de un terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y él
le corta la cabeça. ¡Este sí, cuerpo non de Dios, que es buen libro!
¿Como se llama? dixo don Quixote; que si yo no me engaño, el muchacho
de Pedro Alonso creo que me le hurtó ahora un año, y se ha de llamar
Don Florisbian de Candaria, un caballero valerosisimo, de quien
trata, y de otros valerosos, como son Almiral de Çuazia, Palmerin
del Pomo, Blastrodas de la Torre y el gigante Maleorte de Bradanca,
con las dos famosas encantadoras Zuldasa y Dalfadea. A fe que tiene
razon, dixo Sancho; que esas dos llevaron á un caballero al castillo
de no sé como se llama. De Azefaros, dixo don Quixote. Si, á la fe;
y que si puedo, se lo tengo de hurtar, dixo Sancho, y traerle acá el
domingo para que leamos; que aunque no sé leer, me alegro mucho en
oir aquellos terribles porrazos y cuchilladas que parten hombre y
caballo. Pues, Sancho, dixo don Quixote, hazme plazer de traermele;
pero ha de ser de manera que no lo sepa el Cura ni otra persona. Yo
se lo prometo, dixo Sancho, y aun esta noche, si puedo, tengo de
procurar traersele debaxo de la halda de mi sayo; y con esto quede
con Dios; que mi muger me estará aguardando para cenar. Fuese Sancho,
y quedó el buen hidalgo levantada la mollera con el nuevo refresco
que Sancho le traxo á la memoria, de las desvanecidas caballerias.
Cerró el libro, y començó á pasearse por el aposento, haziendo en su
imaginacion terribles quimeras, trayendo á la fantasia todo aquello
en que solia antes desvanecerse. En esto tocaron á visperas, y él,
tomando su capa y rosario, se fue á oirlas con el Alcalde, que vivia
junto á su casa; las cuales acabadas, se fueron los alcaldes, el Cura,
don Quixote y toda la demas gente de cuenta del lugar á la plaça, y
puestos en corrillo, començaron á tratar de lo que más les agradaba.
En este punto vieron entrar por la calle principal en la plaça cuatro
hombres principales á caballo, con sus criados y pajes, y doze lacayos
que traian doze caballos del diestro ricamente enjaezados; lo cual
visto por los que en la plaça estaban, aguardaron un poco á ver que
seria aquello, y entonces dixo el Cura, hablando con don Quixote: Por
mi santiguada, señor Quijada, que si esta gente viniera por aqui hoy
haze seis meses, que á v. m. le pareciera una de las más extrañas y
peligrosas aventuras que en sus libros de caballerias habia jamas oido
ni visto; y que imaginara v. m. que estos caballeros llevarian alguna
princesa de alta guisa forçada; y que aquellos que ahora se apean eran
cuatro descomunales gigantes, señores del castillo de Bramiforan, el
encantador. Ya todo eso, señor licenciado, dixo don Quixote, es agua
pasada, con la cual, como dizen, no puede moler molino, mas lleguemonos
hazia ellos á saber quien son; que si yo no me engaño, deben de ir á
la corte á negocios de importancia, pues su trage muestra ser gente
principal. Llegaronse todos á ellos, y hecha la debida cortesia, el
Cura, como más avisado, les dixo de esta manera: Por cierto, señores
caballeros, que nos pesa en extremo que tanta nobleza haya venido á
dar cabo en un lugar tan pequeño como este, y tan desapercibido de
todo regalo y buen acogimiento, como vs. ms. merecen; porque en él no
hay meson ni posada capaz de tanta gente y caballos como aqui vienen;
mas con todo, estos señores y yo, si de algun provecho fueremos, y
vs. ms. determinaren de quedar aqui esta noche, procuraremos que se
les dé el mejor recado que ser pudiere. El uno de ellos, que parecia
ser el más principal, le rindió las gracias, diziendo en nombre de
todos: En extremo, señores, agradecemos esa buena voluntad que sin
conocernos se nos muestra, y quedaremos obligados con muy justa razon á
agradecer y tener en memoria tan buen deseo. Nosotros somos caballeros
granadinos, y vamos á la insigne ciudad de Çaragoça á unas justas que
alli se hazen; que teniendo noticia que es su mantenedor un valiente
caballero, nos habemos dispuesto á tomar este trabajo, para ganar en
ellas alguna honra, la cual sin él es imposible alcançarse. Pensabamos
pasar dos leguas más adelante; pero los caballos y gente vienen algo
fatigada, y asi nos pareció quedar aqui esta noche, aunque hayamos de
dormir sobre los poyos de la iglesia, si el señor Cura diere licencia
para ello. Uno de los alcaldes, que sabia más de segar y de uncir las
mulas y bueyes de su labrança, que de razones cortesanas, le dixo: No
se les dé nada á sus mercedes; que aqui les haremos merced de alojarles
esta noche; que sietecientas vezes al año tenemos capitanias de otros
mayores fanfarrones que ellos, y no son tan agradecidos y bien hablados
como vs. ms. son; y á fe que nos cuesta al Concejo más de noventa
maravedis por año. El Cura, por atajarle que no pasase adelante con
sus necedades, les dixo: vs. ms., mis señores, han de tener paciencia;
que yo les tengo de alojar por mi mano, y ha de ser desta manera:
que los dos señores alcaldes se lleven á sus casas estos dos señores
caballeros con todos sus criados y caballos, y yo á v. m., y el señor
Quijada, á esotro señor; y cada uno, conforme sus fuerças alcançaren,
procure de regalar á su huesped; porque, como dizen, el huesped, quien
quiera que sea, merece ser honrado; y siendolo estos señores, tanta
mayor obligacion tenemos de servirles, siquiera porque no se diga que
llegando á un lugar de gente tan politica, aunque pequeño, se fueron á
dormir, como este señor dixo lo harian, á los poyos de la iglesia. Don
Quixote dixo á aquel que por suerte le cupo, que parecia ser el más
principal: Por cierto, señor caballero, que yo he sido muy dichoso en
que v. m. se quiera servir de mi casa, que, aunque es pobre de lo que
es necesario para acudir al perfeto servicio de un tan gran caballero,
será á lo menos muy rica de voluntad, la cual podrá v. m. recebir sin
más ceremonias. Por cierto, señor hidalgo, respondió el caballero, que
yo me tengo por bien afortunado en recebir merced de quien tan buenas
palabras tiene, con las cuales es cierto conformarán las obras. Tras
esto, despidiendose los unos de los otros, cada uno con su huesped, se
resolvieron, al partir, en que tomasen un poco la mañana, por causa de
los excesivos calores que en aquel tiempo hazian. Don Quixote se fue á
su casa con el caballero que le cupo en suerte; y poniendo los caballos
en un pequeño establo, mandó á su vieja ama que adereçase algunas aves
y palominos, de que él tenia en casa no pequeña abundancia, para cenar
toda aquella gente que consigo traia; y mandó juntamente á un muchacho
llamase á Sancho Pança para que ayudase en lo que fuese menester en
casa; el cual vino al punto de muy buena gana. Entre tanto que la cena
se aparejaba, començaron á pasearse el caballero y don Quixote por el
patio, que estaba fresco; y entre otras razones le preguntó don Quixote
la causa que le habia movido á venir de tantas leguas á aquellas
justas, y como se llamaba: á lo cual respondió el caballero que se
llamaba don Alvaro Tarfe, y que decendia del antiguo linage de los
moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes, y valerosos por
sus personas, como se lee en las historias de los reyes de aquel reino,
de los Abencerrajes, Zegries, Gomeles y Muzas,[4] que fueron cristianos
despues que el Catolico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada;
y ahora[5] esta jornada por mandado de un serafin en habito de muger,
el cual es reina de mi voluntad, objeto de mis deseos, centro de mis
suspiros, archivo de mis pensamientos, paraiso de mis memorias, y
finalmente, consumada gloria de la vida que poseo. Esta, como digo, me
mandó que partiese para estas justas, y entrase en ellas en su nombre,
y le truxese alguna de las ricas joyas y preseas que en premio se
les ha de dar á los venturosos aventureros vencedores; y voy cierto
y no poco seguro de que no dexaré de llevarsela; porque yendo ella
conmigo, como va dentro de mi coraçon, será el vencimiento infalible,
la vitoria cierta, el premio seguro, y mis trabajos alcançaran la
gloria que por tan largos dias he con tan inflamado afecto deseado.
Por cierto, señor don Alvaro Tarfe, dixo don Quixote, que aquella
señora tiene grandisima obligacion á corresponder á los justos ruegos
de v. m. por muchas razones. La primera, por el trabajo que toma v.
m. en hazer tan largo camino en tiempo tan terrible. La segunda, por
el ir por solo su mandado, pues con él, aunque las cosas sucedan al
contrario de su deseo, habrá cumplido con la obligacion de fiel amante,
habiendo hecho de su parte todo lo posible. Mas suplico á v. m. me dé
cuenta desa hermosa señora y de su edad y nombre, y del de sus nobles
padres. Menester era, respondió don Alvaro, un muy grande calapino para
declarar una de las tres cosas que v. m. me ha preguntado; y pasando
por alto las dos postreras, por el respeto que debo á su calidad,
solo digo de sus años que son diez y seis, y su hermosura tanta, que
á dicho de todos los que la miran aun con ojos menos apasionados que
los mios, afirman della no haber visto, no solamente en Granada, pero
ni en toda la Andaluzia, más hermosa criatura; porque, fuera de las
virtudes del animo, es sin duda blanca como el sol, las mexillas de
rosas recien cortadas, los dientes de marfil, los labios de coral, el
cuello de alabastro, las manos de leche, y finalmente, tiene todas las
gracias perfetisimas de que puede juzgar la vista; si bien es verdad
que es algo pequeña de cuerpo. Pareceme, señor don Alvaro, replicó don
Quixote, que no dexa esa de ser alguna pequeña falta; porque una de las
condiciones que ponen los curiosos para hazer á una dama hermosa es la
buena disposicion del cuerpo; aunque es verdad que esta falta muchas
damas la remedian con un palmo de chapin valenciano; pero quitado este,
que no en todas partes ni á todas horas se puede traer, parecen las
damas, quedando en çapatillas, algo feas, porque las basquiñas y ropas
de seda y brocados, que estan cortadas á la medida de la disposicion
que tienen sobre los chapines, les vienen largas de tal modo que
arrastran dos palmos por el suelo; y asi no dexará esto de ser alguna
pequeña imperfecion en la dama de v. m. Antes, señor hidalgo, dixo
don Alvaro, esa la hallo yo por una muy grande perfecion. Verdad es
que Aristoteles, en el cuarto de sus Eticas, entre las cosas que ha
de tener una muger hermosa cual él alli la describe, dize que ha de
ser de una disposicion que tire á lo grande; mas otros ha habido de
contrario parecer, porque la naturaleza, como dizen los filosofos,
mayores milagros haze en las cosas pequeñas que en las grandes[6]; y
cuando ella en alguna parte hubiese errado en la formacion de un cuerpo
pequeño, será más dificultoso de conocer el yerro, que si fuese hecho
en cuerpo grande. No hay piedra preciosa que no sea pequeña, y los
ojos de nuestros cuerpos son las partes más pequeñas que hay en él, y
son las más bellas y más hermosas; asi que mi serafin es un milagro de
la naturaleza, la cual ha querido darnos á conocer por ella como en
poco espacio puede recoger con su maravilloso artificio el inumerable
numero de gracias que puede produzir; porque la hermosura, como dize
Ciceron, no consiste en otra cosa que en una conveniente disposicion
de los miembros, que con deleite mueve los ojos de los otros á mirar
aquel cuerpo cuyas partes entre sí mesmas con una cierta ociosidad se
corresponden. Pareceme, señor don Alvaro, dixo don Quixote, que v.
m. ha satisfecho con muy sutiles razones á la objecion que contra la
pequeñez del cuerpo de su reina propuse; y porque me parece que ya
la cena por ser poca estará aparejada, suplico á v. m. nos entremos
á cenar; que despues sobre cena tengo un negocio de importancia que
tratar con v. m., como con persona que tan bien sabe hablar en todas
materias.
[4] En la edición de 1614 y en la de 1732 dice _Mazas_.
[5] Falta el verbo _hacía_, ú otro análogo.
[6] En la primera edición: _haze las cosas pequeñas que las
grandes_. Lo mismo se lee en la edición de 1732.