Pedro, chasqueando la lengua y el látigo, hizo arrancar a los caballos,
alzose un gran rumor en la muchedumbre, que llegó a los oídos de María
como un coro de lisonjas. La gente se apartaba precipitadamente dejando
paso. En presencia de aquel aparato, que sólo alguna vieja había visto
en otra ocasión, los pacíficos habitantes se hallaban sobrecogidos de
respeto y excitados a la par por una gran curiosidad. El coche empezó a
caminar lentamente, rompiendo las apretadas filas de los curiosos. Los
caballos piafaban impacientes, sacudiendo los penachos azules como si
les corriese prisa llevar la desposada a los brazos del Esposo místico.
Era una procesión regia. Y en verdad que María, por su gallarda
presencia, mereciera ser reina. Así como estaba, espléndidamente
ataviada, con sus ojos azules y profundos, que brillaban de emoción, y
las mejillas de leche y rosas levemente coloreadas, era una figura de
singular belleza, que ofrecía muchos puntos de semejanza con la Virgen
rubia de Murillo que vemos en el Museo de Madrid. Las mujeres de la
villa no podían reprimir el entusiasmo y le prodigaban en voz alta mil
adjetivos a cual más lisonjero.
--¡Mírala, mírala qué preciosa va, mujer del alma!
--¡Si apetece comérsela a besos!
--¡Y qué traje tan rico lleva!
--Dicen que ha venido ex profeso de París. No ha querido vestirse de
tisú. Las casullas que se habían de hacer de él las regalará por
separado, y el vestido quedará para la Virgen del Amor Hermoso.
--¡Es que yo no he visto criatura más linda!... ¡Parece un ángel!
La carroza seguía su carrera majestuosa, y la joven sonreía dulcemente a
la muchedumbre. Desde dos o tres casas dejaron caer sobre ella un
diluvio de flores, cuyos pétalos multicolores esmaltaron un instante la
tela blanca del vestido: algunos quedaron enredados en el cabello. La
gente aplaudía.
--¡Mujer, la vocación de esta niña edifica!
--¡Ay, dichosa de ella!..., ¡quién estuviese en su lugar!
--Y aquí no pueden decir que ha sido obligada... Sé yo que su padre se
ha puesto furioso cuando lo supo y trató de disuadirla por todos los
medios...
--Vamos, entonces se casa con Jesucristo a disgusto de la
familia--manifestó un joven que escuchaba la conversación.
Las mujeres se volvieron airadas a confundir al impío, que se alejó
riendo.
Y la carroza seguía marchando bajo un sol radiante, que hacía centellear
los cristales de los balcones, reverberando en el blanco caserío de la
villa con transportes de felicidad. El firmamento mostraba sus
purísimos senos sonriendo a todos los deseos de dicha, a todas las
aspiraciones placenteras de los mortales, hasta a las de la hermosa
virgen que iba por su voluntad a perderlo de vista y a hundirse para
siempre entre las sombras del claustro. El carruaje cruzó por delante
del palacio feudal de los Peñalta, cuyas vetustas paredes, manchadas a
trechos de musgo, arrojaban sobre la calle un manto de sombra.
¡Qué haría a estas horas Ricardo!
María no se dijo esto; no. Pasó sin dirigir siquiera una mirada furtiva
a los góticos balcones, con la misma sonrisa serena y protectora. La
sombra, no obstante, le produjo un leve temblor de frío.
A la puerta de la iglesia esperábanla todas sus amigas, que habían
llevado consigo a Martita. El templo rebosaba de gente, que se apretó
para dejarle paso. En el altar mayor la recibió el obispo de..., que
había venido adrede para darle el hábito. Hincose de rodillas y oró
breves instantes. El rumor confuso de la gente se apagó, reinando un
silencio ansioso.
El prelado comenzó a decir con voz clara y solemne:
--Sé, querida hija, que habéis formado resolución de encerraros para
siempre en esta santa casa con propósito de ser toda la vida esclava del
Señor... Sé también que vuestra voluntad es firme, y que habéis sabido
resistir, no sólo a las vanas seducciones del mundo, sino también a
aquellos goces honestos que la bondad de Dios nos permite... Pero la
vida, hija mía, en el seno de la mortificación y penitencia suele ser
más larga que en el tumulto de los placeres, y mientras nuestro espíritu
resida aprisionado en la carne, somos el blanco de graves e incesantes
tentaciones...
El anciano obispo hablaba con extraordinaria calma, haciendo largas
pausas al final de los períodos, lo que prestaba a su discurso gran
majestad. Su voz era dulce y clara y sonaba en la nave silenciosa del
templo como una música suave. Entretúvose a trazar con terrible
exactitud los pormenores de la vida religiosa, desplegando ante la vista
de la joven todo el aparato de mortificación que arrastra consigo; los
placeres del mundo, olvidados por entero; los sentidos, contrariados;
los afectos terrenales, hasta los más puros, reprimidos. Y eso no un
día, ni un mes, ni un año solamente, sino todos los días, todos los
meses y todos los años hasta la hora de la muerte, buscando siempre con
afán el dolor como otros buscan el placer. Mas después de pintar el
cuadro sombrío de la mortificación, pasó a expresar con elocuencia los
puros y vivos goces que dentro de ella se encuentran. ¡Abandonarse en
los brazos de Dios como el niño en los de su madre, para que haga de
nosotros lo que quiera! ¡Hallar a Dios en el fondo de las amarguras y
dolores, unirse a Él!..., ¡poseerlo!... ¡Y ser la criatura predilecta,
en quien su infinita Grandeza se recrea!... ¡Vivir eternamente unida a
Él!... ¡Ser su esposa!... ¿No es bastante recompensa para los pequeños
dolores que en una vida tan breve podemos experimentar?
Comenzó la profesión de fe. El obispo preguntaba, leyendo por un libro,
si estaba pronta a dejar la vida del mundo y el comercio de las
criaturas para consagrarse exclusivamente al servicio de Dios. María
contestaba que había escuchado la voz del Señor y corría presurosa a su
llamamiento. El prelado tornaba a preguntar si había meditado bien en su
resolución, si la había tomado por algún respeto mundanal, herida de
algún desengaño pasajero. María respondía que venía por su libre
voluntad a confiarse y reposar en el seno del Amado de su alma. Todos
los ejércitos de la tierra no la harían retroceder, porque su Dios la
había hecho firme e inexpugnable, como la montaña de Sión.
Por encima de la cabeza de los fieles apareció una gran bandeja de
plata, la misma que pocas horas antes estaba en una de las celdas del
convento, y en ella el hábito de novicia bernarda. El prelado lo
bendijo.
Dejáronse oír las notas agudas y gangosas del órgano y se puso en marcha
la procesión. María delante y a su lado la madrina y Marta; detrás el
obispo y en pos de él la clerecía. Parte de la gente los siguió y parte
se quedó en la iglesia. Cerca de la puerta de ésta se hallaba la del
convento por donde penetraron, internándose en un largo y sombrío
claustro, iluminado a trechos por alguna viva raya de sol, que las
molduras de los arcos dejaban pasar. Al fin de una de las galerías
estaba ya una puerta abierta y guardándola, silenciosas, inmóviles,
veíanse dos figuras blancas de monja, con sendas hachas de cera en las
manos. Tornó a hincarse de rodillas la desposada, y levantándose al
instante, estrechó vivamente entre los brazos a su hermana. ¡Era el
último abrazo que le daba! Cuando quiso desprenderse tenía a Martita tan
fuertemente colgada del cuello, que fue necesaria la intervención de
algunas señoras para lograrlo. Abrazó igualmente a todas sus amigas que
lloraban a lágrima viva, mientras ella, dando ejemplo de sublime
serenidad, entró alegre y sonriente en la casa del Señor, escoltada por
las dos monjas.
Las puertas se cerraron. Aunque era en el mes de agosto, Marta y las
amigas sintieron frío repentino en el claustro y corrieron a refugiarse
en la iglesia, donde don Serapio, acompañado del órgano, degollaba la
hermosa plegaria de Stradella.
Esperose algún tiempo, con grandes ímpetus de curiosidad. Nadie atendía
a la cascada voz del fabricante de conservas. Los ojos de la muchedumbre
estaban fijos, clavados en el coro de las Bernardas, escrutando por
entre sus rejas la portezuela del fondo.
Al fin apareció. Venía igualmente escoltada por dos monjas. El traje de
novicia la hacía un poco más vieja. Sin embargo, estaba hermosa, ¡muy
hermosa!, porque lo era realmente aquella santa y extraordinaria
criatura. La gente la devoraba con los ojos y se repetía en voz baja:
«¡Viene sonriendo, viene sonriendo!»
¡Ah, sí, la nueva esposa de Jesucristo sonreía, esperando el dulce
premio de su sacrificio! Pero el anciano que en el mismo instante
paseaba solitario por uno de los salones de la casa de Elorza..., ¡ése
no sonreía! Y el joven que a la misma hora se hallaba cruzado de brazos,
con la cabeza inclinada sobre el pecho, frente a un retrato de mujer,
¿acaso sonreía?... No, no; tampoco sonreía.
El prelado vino a la reja y dijo a la novicia:
--Ya no te llamarás María Magdalena, sino María Juana de Jesús.
La novicia fue a postrarse delante de la abadesa, y besó con respeto el
crucifijo de su rosario. Después fue abrazando una por una a sus nuevas
compañeras. Mientras duró esta escena, muchas de las señoras del
concurso vertían lágrimas.
El obispo dijo la misa solemne, y al concluir, todas las religiosas,
incluso María, comulgaron. Don Serapio apenas cerraba boca. El órgano
chilló, silbó y roncó con más brío que nunca, estimulado quizá por la
competencia. Parecía que don Serapio y él habían trabado un pugilato
tremendo, un duelo a muerte, cuyas estrepitosas consecuencias recaían
sobre las orejas de los fieles. Pero el órgano se reía con todo descaro
del fabricante. Cuando se hallaba más extasiado, dejando resbalar por la
garganta alguna complicada _fioritura_ o _fermata_, un mugido horrísono
se la estropeaba sin piedad, dejándole perdido y anegado para un buen
rato. Volvía a sacar la cabeza el fabricante con una nota tierna y de
efecto seguro... ¡Zas!, el órgano, como una fiera encarnizada, caía
sobre ella y la desbarataba. Así estuvo jugando mucho tiempo, hasta que,
harto de divertirse y embriagado por el triunfo, soltó de improviso y
simultáneamente todas sus voces, que clamaron en el silencio de la
iglesia con grito monstruoso e insufrible. El fabricante quedó asfixiado
en aquel bramido diabólico y no volvió a aparecer.
Reinaron algunos instantes de silencio, que fue turbado por cierto
triste chirrido. Era la cortina del coro que se extendía. Ya no se vio
más. Las luces comenzaron a apagarse y la gente a desfilar a toda prisa.
Las amigas íntimas se fueron al locutorio a dar la enhorabuena a María.
El locutorio era una pieza cuadrada y bastante obscura, cortada por una
doble reja de hierro. La novicia apareció acompañada de la superiora...,
¿sonriendo tal vez?... Sí, sonriendo.
--¡Qué ejemplo nos has dado de valor y de virtud, María!--le dijo una.
La joven alzó los hombros, en ademán de arrojar de sí la gloria que le
echaban encima.
--¡No dejes de pedir por nosotras!
--Sí, pediré, querida... Nosotras--añadió con un poco de
énfasis--tenemos la obligación de pedir por los que se quedan en el
mundo.
--¡Si supieras cómo lloraban los criados hace un momento!
--¡Pobre gente!... Les quiero yo mucho a todos.
--Aquí tienes a Marta, que quiere despedirse.
--Acércate, Marta... ¿Te vas conformando ya?...
--¡Qué remedio tengo, María!--repuso la niña pugnando por reprimir los
sollozos.
--No, hermana mía; es necesario que te resignes con gusto, agradecida al
Señor, por el favor que me ha dispensado... Serás buena siempre, ¿no es
verdad?... Consuela a papá... No olvides aquellas oraciones que te he
dado, ni dejes de leer los libros que te dije... Ven a oír misa todos
los días... Procura siempre ser formal y humilde...
¡Ah!, no; Martita no procuraría, no procuraría. Cuando se nace honrada y
humilde no hay necesidad de procurarlo. Podía estar tranquila sobre este
asunto la esposa del Señor.
El estrecho cuarto donde las dos monjas se hallaban cerca de la reja
parecía, por lo feo y obscuro, un calabozo. Sus túnicas resaltaban como
dos manchas blancas detrás del negro enrejado.
Las amigas dirigían todas, alternativamente o a la vez, la palabra a
María con cierta mezcla de admiración, de lástima, de curiosidad y
cariño. Lo que más dominaba era la curiosidad. Se le hacían mil
preguntas impertinentes y muchos encargos ridículos de oraciones,
medallas, etcétera. Algunos pollos de los antiguos tertulianos de la
casa de Elorza se habían deslizado en la concurrencia y contemplaban con
grandes ojos abiertos y pasmados a la nueva religiosa, sin atreverse a
dirigirle la palabra. Pero ella se mostraba serena y amable y les
llamaba por sus nombres con cierta condescendencia protectora, dándoles
recuerdos para sus familias. El más osado fue el ceremonioso mancebo del
pelo por la frente, quien, abriéndose paso y llegando muy sofocado a la
reja, dijo a la novicia, dándole ya su nuevo nombre:
--Hermana Juana, tengo que pedirle un favor..., que me envíe como
recuerdo un poquito de azahar de la corona que llevaba...
--Si la madre consiente...--murmuró María dirigiendo la vista a la
superiora.
Ésta hizo una seña con la cabeza y el ramito de azahar fue liberal y
graciosamente otorgado.
En aquel instante entró la hermana Luisa, aquella monja castigada por su
vanidad, y se puso de rodillas; pero ni el más leve soplo de rubor pasó
por su rostro. La costumbre de ejecutar tales actos los priva de todo
mérito.
Siguió la conversación versando sobre fiestas, novenas que se
preparaban, la marcha del vicario que iba nombrado canónigo de la
catedral, la persona que le sustituiría, etcétera. Insensiblemente
todas fueron bajando el tono de la voz hasta convertirse en un cuchicheo
monótono y triste. Más que de enhorabuena parecía una visita de pésame.
Continuábase alabando el valor de María y su virtud. ¡Ay Dios mío, el
considerar que está una encerrada para siempre y llevando una vida de
tanto trabajo!...
La superiora, mirando para ella, exclamaba con cierta sonrisilla no muy
tranquilizadora:
--¡Pobrecita!, ¡pobrecita!
Mas la joven, volviéndose con uno de esos arranques graciosos tan
propios de su carácter, respondía:
--¡Riquita!, ¡riquita! digo yo, madre.
Poco a poco los muchachos se habían ido acercando a las muchachas, y sin
respetar lo sagrado del recinto ni hacer caso de las cruces severas
colgadas de los muros, comenzaban a decirse cositas más o menos
picarescas al oído:--¿Cuándo sigue usted el ejemplo, Fulanita? La verdad
es que si todas ustedes hiciesen lo mismo, ¡qué sería de nosotros!--Pues
no dejaría usted de estar linda con el hábito.--Oiga usted, Amparito, si
usted se metiese monja, yo quisiera ser vicario.--Pues yo quisiera que
usted fuese un poco más formal, Suárez.--¡Cuántos ratos de compañía
había de hacerle!... Lo peor es la reja... ¿No se quita la reja para el
vicario?...--Calle usted, malvado; mire que es pecado hablar así en este
sitio.
Rosarito y su novio se habían apoderado de un rincón y se comían con los
ojos, diciéndose sólo de vez en cuando alguna palabra insignificante que
la inflexión de la voz y el temblor de los labios hacían subir a la
categoría de sentencia sublime. Sólo las viejas y algunas chicas que no
habían logrado emparejarse, seguían charlando con las monjas. Al fin, la
superiora se levantó de la silla y María siguió su ejemplo.
XVI
EL SUEÑO DEL MARQUÉS DE PEÑALTA
El traslado del joven teniente de artillería Ricardo de Peñalta no
acababa de llegar. Se había solicitado quince días antes de la toma de
hábito de la señorita de Elorza. Era ya pasado un mes desde la ruidosa
ceremonia... y nada. Los personajes influyentes que nuestro amigo tenía
en Madrid a su devoción, no se habían dado mucha prisa esta vez a
satisfacer sus deseos.
¿Pero por qué este muchacho tenía tales deseos de alejarse de Nieva?
Dicho sea en honor de la verdad, Ricardo cuando pidió el traslado sentía
ganas vehementes de perder de vista para siempre aquellos lugares, donde
tan feliz había sido y donde iba a ser tan desgraciado; mas ahora,
después de transcurrido un mes, se habían calmado un tanto sus congojas
y andaba cerca de acostumbrarse a su desgracia. No obstante, seguía muy
abatido. Toda la villa lo advertía.
Desde el día en que le hizo aquella horrible proposición, que no podía
recordar sin sentirse inflamado de cólera, comprendió que no sería dueño
jamás del corazón de María. Una voz secreta e implacable se lo estaba
diciendo sin cesar al oído. Así que no le causó gran sorpresa la carta
en que se le notificaba la entrada en el convento. Hacía ya algún tiempo
que corría este rumor en la población. Sin embargo, no pudo sustraerse,
por más que hizo, a un dolor vivo y agudo y a un abatimiento que postró
todas sus fuerzas. No es lo mismo la persuasión más o menos fundada de
que la mujer querida no le corresponde a uno, que verlo confirmado por
un hecho material y tangible. Ni aun le quedaba el derecho de
encolerizarse y desahogar su rabia apellidándola pérfida, traidora, como
acontece en la mayoría de los casos. Como cristiano sincero que era, le
tocaba ver con paciencia, hasta con gusto (la carta bien lo decía),
aquella piadosa sustitución de afectos terrenales, aunque nobles, por
otros divinos y sublimes. María no era culpable de nada, absolutamente
de nada. Su conducta, digna de elogios; y advertía que la villa entera
los tributaba espontáneos y calurosos. Quizá en esta idea encontraba el
joven marqués el único consuelo posible. Porque lo cierto era que la
hermosa joven no le había dejado por ningún otro hombre, sino por seguir
el áspero camino que conduce al cielo, para lo cual indudablemente debió
necesitar hacerse gran violencia. Y en esta violencia cifraba nuestro
marqués un poquito de orgullo, pensando con deleite y dolor al mismo
tiempo en los esfuerzos que la nueva esposa de Jesús haría para
arrancar las raíces de afecto tan sólido y antiguo.
Mas por entre el hermoso follaje de estos pensamientos, más o menos
consoladores, sacaba no pocas veces su odiosa cabeza una idea triste y
cruel. Aunque procurase todos los medios para alejar de sí tal idea, no
podía menos de pensar muy a menudo que María jamás le había profesado un
amor sincero y vehemente como el suyo; que había sido su novia por
compromiso, por el influjo de las circunstancias especiales en que ambos
se encontraban en Nieva; que tal vez ella se había engañado a sí misma,
pensando quererle, pues si le hubiese amado realmente, nunca le hubiese
venido la idea de meterse en conspiraciones ridículas ni mucho menos en
proponerle odiosas traiciones; que María era una joven de mucho talento
y gran imaginación, a propósito para brillar en el mundo o para acometer
cualquier empresa religiosa o profana, con tal que fuese elevada, pero
incapaz, tal vez por lo mismo, de la ternura de sentimientos, de la
constancia, de la abnegación modesta y obscura que deben poseer las
buenas esposas y madres. En fin, Ricardo presumía que su amada tenía más
cabeza que corazón, o él no sabía lo que se pescaba.
Y poco a poco y a impulso de estas dudas que andaban cerca de ser
certezas, nació en su espíritu cierto desvío del amoroso recuerdo que le
embargaba. Cuando pensaba en la María de otros tiempos, tan alegre, tan
gentil, tan bulliciosa, solía enternecerse y derramaba lágrimas. Cuando
el pensamiento se enderezaba al día en que, escondido detrás de las
cortinas, la vio cruzar impasible y sonriente por delante de su casa sin
dirigir siquiera una mirada a los balcones, se llenaba su corazón de
amargura no exenta de rencor. Y cuando la veía en la imaginación en
hábito de monja bernarda, por entero olvidada de aquellas dulces escenas
que habían sido el encanto de su vida, despreciándolas tal vez, y
aborreciéndolas cual si fueran delitos, nuestro joven--¡que Dios le
perdone el pecado!--llegaba a mirar con ojeriza a la esposa de
Jesucristo. Estas dudas que sin cesar le asaltaban eran para su pasión
un verdadero cauterio, doloroso y cruel como todos, pero de muy
saludables efectos.
No dejó por un instante de frecuentar la casa de Elorza como antes;
acaso más que antes. Había allí dos seres a quienes compadecer y que le
compadecían. Además era un hábito el pasar algunas horas del día entre
aquellas cuatro paredes, y no sólo hábito, sino deber de reconocimiento
por el cariño que se le dispensaba, y no sólo deber, sino también, ¿por
qué no hemos de decirlo?, también gusto, mucho gusto, pues no podía
dejar de tenerlo en hacer compañía a un caballero tan cumplido como don
Mariano, que le había dado pruebas de amarle como a hijo, y a una niña
tan buena y hermosa como Marta, a quien quería como hermana. El dolor
había estrechado aún más el parentesco de sus corazones. A medida que el
recuerdo de María se iba haciendo menos grato, hallaba más dulce el
cariño de aquella familia y se agarraba a él como a la última tabla, en
el naufragio de sus esperanzas. Si dejaba escapar esta tabla, quedaría
solo. ¡Solo, solo! Esta palabra le traía a la imaginación la horrible
noche pasada en el tren cuando vino a Nieva después de la muerte de su
madre. El destino cruel volvía a pronunciarla en sus oídos cuando menos
lo pensaba. Al fin, mientras permaneciese en Nieva, no sonaba tan triste
y desconsoladora, porque todo lo que veía y tocaba en su casa le hablaba
de la ternura de su madre, cuando tropezaba en la de Elorza le recordaba
el amor de María; pero ¿y después?... ¿Qué le dirían los campos yermos
de Castilla por donde la rauda locomotora le haría cruzar? ¿De qué le
hablaría la indiferente muchedumbre en las calles de Madrid?... Por eso,
Ricardo temía ya, más que deseaba, el traslado que con tanta
precipitación había pedido.
Todos los días al entrar en casa de Elorza le preguntaba Martita:
--¿Ha llegado eso, Ricardo?
A las pocas veces repuso entre risueño y enfadado:
--¿Acaso tienes ganas de que me vaya, Martita?
--¡Oh, no!...--dejó escapar la niña con una inflexión de voz que valía
por un poema.
Pero Ricardo no acertó a leerlo. Estos náufragos del amor, estos hombres
heridos de un desengaño, no saben leer más poemas que el suyo.
Después de la muerte de su madre, en cuya enfermedad tanto le ayudó y
consoló Ricardo, Marta volvió a tratarle con la misma confianza y
cariño que antes, un poco entibiados desde hacía algún tiempo. La hija
menor de don Mariano había atravesado por una terrible crisis, que nadie
sospechó siquiera en la casa. Mientras duró se hizo un poco arisca en el
trato, más inquieta, más seria y reservada. Pero al fin su espíritu
firme y su temperamento sano y equilibrado salieron vencedores. La
muerte de doña Gertrudis, que era una desgracia más grande y positiva
que todas las demás, contribuyó no poco a calmar las inquietudes y
desórdenes de su corazón. Volvió a ser la misma Marta tranquila, serena
y cariñosa de antes, atenta siempre a desembarazar de obstáculos el
camino de los otros aunque el suyo estuviese cerrado por un muro
infranqueable. ¡Dichosos los que en la vida tropiezan con estos seres
benditos que fundan su felicidad en la ajena, que ofrecen las flores y
se quedan con las espinas!
Ricardo pasaba largas horas en casa de Elorza. Las tardes, sobre todo,
las dedicaba enteras a don Mariano y su hija, saliendo con ellos de
paseo cuando hacía buen tiempo, y permaneciendo en casa cuando llovía.
Algunas veces iba también por la mañana y entonces don Mariano solía
invitarle a comer. Mientras Ricardo rehusaba y el caballero insistía,
Marta no despegaba los labios, pero se advertía en su rostro la zozobra
y en los ojos suplicantes el vivo deseo de retenerle. Cuando al fin
aceptaba, ¡era de ver la alegría de la niña y la solicitud con que todo
lo preparaba, entrando y saliendo en la cocina infinitas veces,
improvisando los platos que sabía más del gusto del joven marqués y
poniendo en movimiento a la servidumbre! El _beefsteak_ a la inglesa,
porque Ricardo se había acostumbrado allá por Madrid a comerlo un poco
crudo; el pescado frío, el arroz suelto, la raja de limón (Ricardo
echaba limón a casi todos los manjares), la mostaza inglesa, las
aceitunas, etc., etc. Pero donde Marta ponía los cinco sentidos era en
el café. Ricardo era un árabe, un sibarita en materia de café. Por eso
la niña concedía un cuidado más atento y vigilante a la confección de
este líquido que un químico analizando cualquier metal precioso.
Mientras iba y venía disponiéndolo todo, el joven no cesaba de bromearla
en el mismo tono cariñoso de los primeros tiempos, y eso que Marta,
aunque de corto todavía, era ya una verdadera mujer, y no de las menos
lindas, como hemos tenido ocasión de decir. Había crecido poco, no
obstante.
--¡Anda, taponcito! ¿Cuándo acabas de estirar?--le decía Ricardo,
reteniéndola por una de sus trenzas, cuando cruzaba por delante de él.
La niña sonreía, encogiéndose de hombros, y proseguía su camino.