Recordaba perfectamente las pocas veces que de novio se había enfadado

con ella y la ninguna razón que le asistía en casi todas. ¡Gertrudis

tenía un genio tan apacible y un carácter tan débil! Siempre concluía

por hacerla llorar. La veía el día de su matrimonio, vestida con su

traje de raso negro (estaba aún de luto por su padre el marqués de

Revollar), sobre el cual la blancura de su tez y el oro de sus cabellos

resaltaban de un modo deslumbrador. Cierto personaje de Madrid que había

asistido a la boda, le dijo llevándole a un rincón de la sala: «Elorza,

se casa usted con una de las mujeres más hermosas de España; se lo digo

yo, que he visto muchas en mi vida.» El mismo día se habían ido a viajar

por los países extranjeros. Recordaba, como si aun la estuviese

sintiendo, la impresión embriagadora, inefable, tal vez la más dulce y

dichosa de la existencia, que le produjo el hallarse repentinamente a

solas con su amada, cuando el cochero dio un latigazo a los caballos y

oyeron los adioses de los deudos y amigos que los despedían a la puerta

del palacio de Revollar. Todas las peripecias encantadoras de aquel

viaje estaban clavadas en la memoria del señor de Elorza. Después,

recordaba la extraña sensación de placer y sobresalto que experimentó al

tener el primer hijo y la impresión deliciosamente cruel que su mujer le

causó teniéndole fuertemente asido, sin querer soltarle, en aquellos

momentos de angustia. Pero ¡ay!, al poco tiempo la pobre Gertrudis se

puso enferma y nunca más volvió a recobrar una salud perfecta. A pesar

de esto jamás se había entibiado su amor. Él la cuidaba con esmero,

procurando por cuantos medios estaban en su mano hacerle más llevaderos

los dolores, y ella agradecía sus sacrificios viendo en él una

Providencia que se los mitigaba con sus caricias. Después de

transcurridos muchos años y cuando ya nadie hacía caso de los males de

la buena señora, todavía don Mariano era quien más la compadecía aunque

fingiese mirar sus achaques con desdén. Ella lo comprendía perfectamente

y le seguía reservando en su corazón el mismo puesto privilegiado que en

la juventud. La armonía de sentimientos generosos y tiernos en ambos, el

cariño que tenían depositado en sus hijas, la profunda estimación que se

profesaban y el recuerdo, siempre presente, de sus apasionados amores,

habían compenetrado de tal suerte su existencia que ninguno de los dos

la comprendía sin tener el otro a su lado. Era la unión íntima perfecta

y absoluta ordenada por Dios, y que los hombres pocas veces obedecen.

Un rumor triste, fatídico, que escuchó detrás de las paredes de su

cuarto, le hizo levantar la cabeza y clavar los ojos atónitos en el

vacío. Sí; no cabía duda; se la llevaban, se la llevaban. Don Mariano se

arrojó de bruces sobre el sofá y hundió el rostro en los almohadones

para reprimir los gritos.

--¡Esposa mía! ¡Esposa de mi alma!... Te llevan..., te llevan para

siempre... ¡Ay, qué horror!...

Y las lágrimas del buen caballero se filtraban por el tejido del damasco

y su atlética figura se agitaba convulsivamente a impulsos de los

gemidos. Después sintió una gran curiosidad, una de esas terribles

curiosidades que suelen fascinar en tales momentos y dejar señal

indeleble en la memoria del que las ha satisfecho. Atendió con cuidado y

no tardó en escuchar el sordo rumor de la muchedumbre y más tarde el

canto fúnebre, desgarrador de los clérigos, casi debajo de los balcones.

Entonces se levantó velozmente y alzó con discreción una de las

cortinas. Y vio el ataúd, el ataúd negro y dorado flotando como una

barca sobre la muchedumbre. El cielo estaba nublado y tenía un color

gris que sombreaba la gran plaza de Nieva. Las olas de la multitud se

extendían por todo su ámbito con vaivén acompasado. Y la barca se

alejaba, se alejaba llevándose para siempre su tesoro, precedida de una

gran cruz de plata en medio de dos cirios encendidos.

Dejó caer la cortina y arrojose de nuevo sobre el sofá, murmurando

palabras incoherentes. No supo el tiempo que estuvo así. La luz también

fue huyendo, dejando el cuarto en la sombra, y todo quedó en silencio...

Todo, menos su pensamiento, que le hablaba sin cesar, y el pecho, que se

rompía en sollozos.

Y así estuvo mucho tiempo, mucho tiempo. Al cabo notó que la puerta del

cuarto se abría suavemente. Volvió la cabeza y vio a su hija María, que

vino a sentarse silenciosamente a su lado. Pero él, como si presintiera

un nuevo dolor, no le preguntó nada, no le dijo nada. Contentose con

apretarle la mano y cerró de nuevo los ojos.

--Papá--pronunció la joven después de largo rato de silencio--, hemos

padecido una desgracia inmensa, una de esas desgracias que hacen

levantar los ojos al cielo hasta a los más descreídos en demanda de

consuelo. Sólo Dios tiene la clave de ellas, conoce su porqué y sabe

enderezarlas a un resultado ventajoso para nosotros. Esta desgracia me

ha afianzado en una resolución que hace ya algún tiempo tenía tomada: la

de consagrarme a Dios para siempre... Conozco por mil señales que Él me

llama, y sería en verdad muy ingrata si no atendiese a su llamamiento...

Yo no sirvo para el mundo... Todas sus diversiones me causan tedio; así,

pues, no hago ningún sacrificio encerrándome en un convento... Además,

desde allí puedo mejor pedir por vosotros y seros más útil que aquí...

La idea de matrimonio, que tú me has insinuado, repugna a mi corazón, en

el cual ha echado por fortuna raíces otro amor más puro, que es

inmortal... Esta resolución no debe cogerte de sorpresa... Yo creo que

no debes sentirla... En este momento solemne en que la desgracia pesa

sobre ti tal vez te servirá de consuelo el saber que vas a tener una

hija asegurada de todo engaño, de toda traición, que vive feliz

sirviendo a su Dios y pidiendo por vosotros...

María había hablado deteniéndose a menudo como si esperase que su padre

la interrumpiera. Pero concluyó y aun transcurrió un largo intervalo de

silencio sin que aquél se acordase de despegar los labios. Al fin la

joven le preguntó tímidamente:

--¿No me dices nada, papá?

--Nada--repuso éste sin mirarla.

--¿Pero me das tu consentimiento para poner por obra mi propósito?

--Sí.

--¡Oh, ya lo sabía!... Tú eres muy bueno... y bastante piadoso... Tú no

eres como otros padres ciegos que prefieren entregar sus hijas a los

peligros del mundo a dejarlas para siempre esclavas de Señor, recogidas

en una santa casa... Gracias, papá, gracias... Yo temía, la verdad,

temía que no te pareciese bien mi resolución... Pero Dios te ha tocado

en el corazón... Ahora te dejo... me está esperando Marta... Adiós,

papá... déjame darte un beso... Adiós.

Y la puerta tornó a abrirse y cerrarse suavemente. El señor de Elorza

continuó inmóvil, en la misma postura que le había dejado su hija,

sentado, con las manos enlazadas y la cabeza inclinada sobre el pecho.

El cuarto quedó en tinieblas. Los ruidos de lo exterior se fueron

apagando lentamente. Un dolor inmenso, agudo, cruel palpitaba sólo en

aquella estancia, y unos ojos fijos, atónitos, sin lágrimas, reflejaban

los átomos de claridad que aún vagaban perdidos por el ambiente.

¿Cuánto tempo permaneció así?

Los pajarillos que vinieron a posarse a la madrugada sobre los hierros

de los balcones acaso pudieran dar respuesta. Pero la palidez de unas

mejillas, el lívido círculo que rodeaba ciertos ojos y las profundas

arrugas que surcaban una frente la daban, sin duda, más exacta.

XV

GOCÉMONOS, AMADO

En la pequeña y linda iglesia de las monjas Bernardas de Nieva había

gran movimiento. El sacristán, ayudado de tres monagos, las dos

demandaderas de convento y un marica de la población, célebre por su

pericia en vestir los santos, armaban un trajín insoportable sacudiendo

con zorros y plumeros los retablos de los altares. No tenían escrúpulo

en colocarse de pie sobre ellos y hasta encaramarse sobre los mismos

santos, cuando así lo requería la necesidad de quitar el polvo a alguna

moldura o poner un cirio en el paraje designado. La madre abadesa desde

el coro, con la frente pegada a las rejas, dictaba sus órdenes como un

general en jefe, con vececita delgada y áspera.

Aquí un candelabro; allá un ramo de flores; subir un poco más esa

lámpara; poner derecha la corona a esa Virgen...

En lo interior del convento también reinaba agitación. Un grupo de

monjas contemplaba, desde la puerta de una celda, cómo otra compañera

daba la última mano al pobre lecho que estaba arreglando, después de

haber colgado el crucifijo reglamentario sobre la cabecera. Una gran

bandeja de plata descansaba sobre la mesa, también reglamentaria, de

pino. Cuando la monja dejó lista la cama, salió de la celda, dirigiendo

breves palabras a las otras al pasar. Después volvió con un lío de ropa

en la mano, que todas se apresuraron a tomar en las suyas abriéndolo,

extendiéndolo y dándole mil vueltas. Era un hábito completo de novicia;

la túnica de franela blanca, la toca de lienzo, los zapatos, el rosario,

la cruz de bronce, etc. Las monjas contemplaba con afán cada uno de los

objetos como si se tratase de algo que jamás hubiesen visto, emitiendo

en voz baja muchas y diversas opiniones.

--¡Ay! este rosario me parece que tiene las cuentas más gordas.--No,

hermana, tome el suyo y verá cómo son iguales.--Voy a ver por gusto...

Es verdad, son iguales..., ¡qué tonta!--La franela está demasiado

tiesa.--Es que no la han mojado bien.--La toca está planchada.--¡Jesús

mío, qué puntadas!... ¡Esto no es coser, es hilvanar!...--¿Quién ha

hecho esta túnica?--La hermana Isabel.--¡Pues se ha lucido!--No diga

eso, hermana, que tal vez ella lo haría peor.--¡Yo, peor!... ¡Anda,

anda! Nunca en mi vida hice una chapucería semejante.--¡Cuántas habrá

hecho, hermana!--¡Nunca, nunca!--repitió la monja en tono colérico--. A

los siete años ya sabía yo coser mejor.

En aquel momento apareció la superiora en el pasillo. La monja que había

reprendido a su compañera se destacó del grupo para decirle:

--Madre, la hermana Luisa acaba de jactarse de coser mejor que la

hermana Isabel y se ha impacientado mucho porque le dije que no debía

hacerlo.

--¿Es verdad, hija mía?--preguntó en tono severo la superiora.

La hermana Luisa bajó la cabeza.

La superiora meditó unos instantes; después le dijo:

--Hija, ya tiene bien sabido que aquí nadie debe jactarse de hacer nada

mejor que otra... Debes creerte la última, porque acaso lo serás... Hace

tiempo que vienes siendo poco humilde y es necesario que empecemos a

corregirte ese vicio... Por lo pronto, ve a pedir perdón a la hermana

Isabel de tu falta y en seguida enciérrate en la celda a rezar un

rosario a la Virgen... Después, cuando esté en el locutorio con la

novicia, te presentarás allí y te pondrás de rodillas para que la gente

vea que estás castigada.

La hermana Luisa inclinó aún más la cabeza y se alejó con paso

precipitado. La monja triunfante sonrió con el borde de los labios.

A la misma hora los criados de la casa de Elorza iban y venían de un

lado a otro con diversos objetos en la mano. Pedro, el viejo cochero,

daba cera a la carretela de lujo, mientras dos mozos de cuadra limpiaban

los caballos. Martín, el cocinero, preparaba un espléndido refresco. Las

doncellas subían y bajaban desde el piso principal al cuarto de la

señorita María, que estaba lleno de gente, a pesar de no haber aún

sonado las diez de la mañana. Las quince o veinte damas, que apenas

podían revolverse en aquel sitio, hablaban a un tiempo, como es natural,

haciendo de aquel silencioso y elegante retiro un insufrible gallinero.

De pie, en medio de él, se hallaba la primogénita del señor de Elorza, a

medio vestir, y en torno suyo unas cuantas señoras, algunas de ellas de

rodillas, que la estaban aderezando lo mismo que si fuese una Virgen de

madera. Reinaba gran emoción en todas. Ya le habían puesto un precioso

vestido de raso blanco guarnecido por delante desde el pecho hasta los

pies con una franja de azahar. Una la estaba calzando en aquel momento

con diminutos y elegantísimos zapatos de la misma tela, mientras otra

cosía precipitadamente algunas flores que se le habían caído. Por la

parte de arriba le estaban poniendo una guirnalda de azahar en la

cabeza: había gran marejada con tal motivo. Amparito Ciudad sostenía que

la guirnalda era demasiado grande y que no dejaba ver bien el hermoso

cabello de su amiga, mientras las demás creían que no había necesidad de

aligerarla. Después de vivo altercado se convino en adoptar un término

medio, quitando algunas florecitas a la guirnalda, aunque pocas. Se oían

frecuentes exclamaciones de las que no tomaban parte en el tocado.

--¡Ay, qué valor se necesita, Dios mío!

--¡Esta sí que es verdadera vocación!... ¡Una chica tan joven y tan

guapa!

--No se habla de otra cosa en la villa... ¡Todo el mundo anda revuelto

con el dichoso monjío!

--¡Dichosa ella, querida! Yo no sé si tendré valor para ver la

ceremonia.

--Pues yo, aunque me cueste una enfermedad, la he de ver.

Algunas derramaban ya lágrimas llevándose el pañuelo a los ojos; otras

se contaban al oído los preparativos para la fiesta y las circunstancias

que habían acompañado a la determinación de la joven. Se hablaba mucho

de una carta que ésta había escrito al marqués de Peñalta despidiéndose

de él y disculpándose. Algunas compadecían a Ricardo, mientras otras

murmuraban que no le faltaría novia para casarse. Después de todo, si

Dios la llamaba a Sí por ese camino, ¿había razón para apartarse de Él

porque un muchacho estuviese enamorado de ella? ¡Si lo dejase por

otro!... Pero siendo por Dios, no había motivo para quejarse. Este era

el mismo argumento que resplandecía en la carta de la señorita de

Elorza. Escrita y remitida a Ricardo quince días antes de aquel en que

estamos, decía así al pie de la letra:

«Mi querido Ricardo: Aunque hace ya tiempo que nuestras relaciones

amorosas se han roto tácitamente y por virtud de providenciales

circunstancias más que por iniciativa de mi voluntad, juzgo obligatorio

el darte algunas explicaciones acerca de la resolución que he tomado y

que tú conocerás seguramente. No puedo ni debo olvidar que has sido mi

prometido con el beneplácito de mis padres y el cariño sincero de mi

corazón.

Antes de renunciar para siempre al mundo, debo manifestarte que no tengo

absolutamente ninguna queja de tu conducta para conmigo. Has sido

siempre bueno, leal y cariñoso y me has estimado en más de lo que

merezco. Hasta tal punto es así, que por ningún hombre de este mundo te

cambiaría si hubiese de quedar en él, y me juzgaría muy dichosa

llamándome tu esposa, si no me juzgase mucho más siéndolo de Cristo. La

preferencia que establezco no puede ofender ni aun disgustar a un joven

tan bueno y tan piadoso como tú. De aquí en adelante ya no existe el

amor terrenal entre nosotros; sólo queda una amistad pura y suavísima,

amándonos en el sagrado corazón de Jesús. No te olvidaré en mis pobres

oraciones. Olvídame tú cuanto te sea posible. Eres bueno, eres noble,

hermoso y rico; busca una mujer que te merezca más que yo te merecía, y

cásate y sé feliz. Yo rogaré siempre por vosotros.

Adiós.

María.»

--¿Podía haber píldora mejor dorada? No, no; Ricardo no tenía derecho a

quejarse.

Mientras el grueso de las señoras ponía interminables glosas a este

documento, las que vestían a la nueva prometida de Jesús andaban cerca

de concluir su tarea y daban la última mano al tocado con la misma

complacencia que un artista da las últimas pinceladas a un cuadro,

alejándose y acercándose infinitas veces para hacerse cargo del efecto

que produce. Aquí un alfiler; el cuello un poco más abierto para dejar

ver la hermosa garganta de alabastro; algunos rizos sobre la frente

saliendo al desgaire por entre las flores de azahar; pegar un botón que

ha saltado...

María ayudaba con vivos movimientos a sus nuevas camaristas. Todas

admiraban su serenidad. ¡Y, en efecto, la joven desposada no podía

mostrar un rostro más jovial en aquellos momentos! Advertíase, no

obstante, cierta agitación en aquella alegría. Sus movimientos eran

demasiado vivos y resueltos, como si tratase de ocultar el leve temblor

de sus manos y el estremecimiento que corría por todo su cuerpo. ¿Era un

estremecimiento de placer?

¡Oh, sí, María sentía un inmenso placer!

Las rosetas encarnadas de sus pómulos así lo decían; el brillo inusitado

de los ojos también lo pregonaba. Tenía los labios secos y las ventanas

de la nariz sonrosadas y más abiertas que de ordinario. La cándida

frente estaba surcada por una leve y prolongada arruga que anunciaba el

vivo deseo, el ansia inquieta y sensual que debajo de ella se ocultaba.

Era el ansia henchida de gozo del glotón que se encuentra frente a su

plato favorito después de largo ayuno. Por aquel rostro encendido,

brillante, pasaba una muchedumbre de soplos cálidos, cargados de

congojas, sobresaltos y anhelos voluptuosos, en revuelta y vaga

confusión. Iba a ser la esposa de Jesucristo y encerrarse para siempre

entre cuatro paredes, pasando toda la vida en misterioso coloquio, cuyas

dulzuras aun no había gustado por completo. Una gran curiosidad la

dominaba, la irritaba en grado indecible. Siempre le había fascinado

aquel coro del convento de San Bernardo, donde la media luz que

penetraba por las altas claraboyas dormía con místico sosiego sobre los

sillones de roble. ¡Cuántas veces, viendo cruzar una figura blanca y

silenciosa y sentarse allá en el fondo, se había estremecido! Era un

temblor dulce, voluptuoso, que le hacía apetecer con ansia la entrada en

aquel fantástico recinto. Las monjas con sus blancas y esbeltas figuras

le parecían seres sobrenaturales, ángeles bajados a la tierra

casualmente y que no tardarían en remontar vuelo. Fijose particularmente

en una porque era joven y hermosa. Cuando la veía entrar en el coro no

apartaba de ella los ojos. La belleza severa y correcta de aquella

religiosa y su mirada límpida y firme le causaban una impresión que no

se explicaba. En su pecho nació cierta inclinación extravagante hacia

ella y vivo y ardiente deseo de ser su amiga o más bien su discípula, de

postrarse ante ella y decirle: «¡Enseñadme, dirigidme!» ¡Oh, si le

permitiera darle un beso por pequeño que fuese! Cierta tarde le acometió

una tentación inmensa de pedírselo. El templo se hallaba desierto. Echó

una mirada hacia atrás y vio que la hermosa monja penetraba en el coro y

se arrodillaba cerca de la reja; y sin reparar en lo que hacía se

dirigió a ella, diciéndole con voz temblorosa: «Madre, ¿me deja usted

una mano para que la bese?» La monja le hizo una seña graciosa de que no

podía ser, pero levantándose le tendió el crucifijo de su rosario con

sonrisa tan dulce y protectora que María, al besarlo, sintiose

profundamente conmovida.

Siempre que entraba en la iglesia del convento sentía la misma

embriaguez, una especie de somnolencia voluptuosa que penetraba en su

ser como una caricia. De aquel coro venía un murmullo lánguido y tierno

que le llamaba, invitándola a dejar los placeres del mundo por otros más

dulces y misteriosos que había comenzado a gustar sin conocerlos aún

enteramente. Jesús le había ya otorgado valiosos regalos en sus

oraciones, pero no se entregaría por completo, bien seguro, no se

olvidaría en los brazos de la esposa, no se daría todo Él con el amor

infinito, inmortal que pedía con ansia, sino dentro de aquel recinto

silencioso y poético donde ningún ruido podía turbarlos.

Había llegado por fin el día de satisfacer su anhelo. Dentro de una hora

estaría en aquel coro misterioso que tanto le había hecho soñar, y

cruzaría con su flotante túnica al través de los rayos tibios de luz de

las altas claraboyas. Sentía impaciencia por que el momento llegase.

Estaba nerviosa, inquieta, pero risueña. Nunca se encontró más

satisfecha de sí misma. Las amigas no se cansaban de exaltar su virtud y

heroísmo; la villa la contemplaba con asombro, y en torno de ella no se

escuchaban más que lisonjas y frases de admiración. María se hallaba

realmente sobre un pedestal. Y, como todo el que se encuentra bajo las

miradas del público, nuestra joven procuraba ocultar las emociones de

su alma mostrando un semblante sereno y alegre. Era su día, era el día

de la gran batalla, y componía las arrugas de la frente y la expresión

de su mirada lo mismo que un general cuando suena la hora del ataque.

No obstante, de vez en cuando dirigía miradas de sobresalto a uno de los

rincones del gabinete. En aquel rincón, sentada, con las manos en el

rostro, estaba su hermana sollozando. Al fin, no pudiendo contenerse,

dejó plantadas a las camaristas, y se fue hacia Marta, y bajando el

rostro hasta tocar con el de ella, le dijo:

--No llores, querida mía, no llores más... No nos sucede ninguna

desgracia para que te aflijas tanto... Piensa, al contrario, en el gran

favor que Dios me otorga al llamarme a ser su esposa... ¡Debieras

alegrarte, pichona!... Vamos, no llores más, ¡mira que me estás quitando

el valor!...

Y mientras esto decía, besaba el rostro terso y sonrosado de su gentil

hermanita. La niña respondió entre sollozos:

--¡Ay, María, te pierdo para siempre!

--No, querida, no... Me verás muchas veces... y hablarás conmigo.

--¡Qué importa!..., te pierdo, hermana mía...

Y Marta no sabía salir de ahí «¡te pierdo, te pierdo para siempre!» No

sabía salir porque era lo único que en aquel instante llenaba su

corazón, un corazón que jamás se equivocaba. Acostumbrada a dejarse

dictar creencias y opiniones, Marta aceptaba sin rebelarse la de que su

hermana obraba bien al encerrarse en un convento. Pero era señora

absoluta de su corazón. Allí no mandaba nadie. Y el corazón le decía que

ya no tenía hermana; que todo el amor, toda la ternura de María iba a

evaporarse muy presto, como una esencia divina, en las profundidades de

un nosequé misterioso y vago totalmente incomprensible para ella.

Cuando el tocado estaba a punto de terminarse, penetró en la sala un

joven con la violencia de un golpe de viento. Era aquel pollo del pelo

por la frente, que poco a poco se había hecho indispensable en todas las

fiestas, solemnidades, ceremonias y regocijos de la villa.

--Mariíta, el secretario del señor obispo me manda a decirle que Su

Ilustrísima está ya dispuesto y que sale al instante para la iglesia.

--Bien; yo no tardaré en salir.

--Dejo ya la tribuna de los músicos preparada. He avisado a don Serapio

y al organista... ¡Preciosa, Mariíta, preciosa!... Fíjese usted en las

colgaduras azules que hice poner en el retablo de la Virgen...

--Gracias, Ernesto, muchas gracias, se lo agradezco a usted en el alma.

A una señal de María todas las señoras se levantaron y se precipitaron

detrás de ella por la escalera, sin dejar por eso su charla mareante. La

joven fue derecha al cuarto de su padre y se encerró en él durante largo

rato. Nadie supo lo que pasó dentro. Los que a la puerta esperaban

oyeron sollozos, frases confusas pronunciadas en tono colérico, ruido de

sillas. Las señoras, que aguardaban en la antesala, decían en voz de

falsete a las que entraban: «Se está despidiendo, se está despidiendo de

su padre... Don Mariano no quiere ir a la ceremonia.»

Después apareció otra vez María, risueña y serena como antes,

diciéndoles:

--Vamos, señores; en marcha.

Con la misma serenidad atravesó los grandes salones de la casa sin

dirigir una mirada a los muebles, y bajó por la anchurosa escalera de

piedra sin notar vacilación alguna en sus lindos pies vestidos de raso

blanco.

Y sin embargo, ¡cuántos recuerdos quedaban a su espalda! ¡Cuántas horas

de luz y de alegría! La charla de sus labios infantiles, suave como el

gorjeo de un pájaro; el canto un poco ronco, pero aun más tierno, por

eso mismo, de su padre, al dormirla entre los brazos; los sueños, las

frescas carcajadas de la adolescencia, el hermoso sol de las mañanas de

abril que la bañaba en su cuarto, las caricias incesantes de su madre,

el calor del hogar en suma, ese calor que no se compra con los tesoros

de la tierra, todo quedaba detrás de ella impreso en las paredes,

empapado en los muebles. ¡Y ella lo dejaba sin lágrimas!

A la puerta esperaba una magnífica carroza abierta, tirada por cuatro

caballos blancos. Pedro había demostrado su gusto poniéndoles grandes

penachos azules y adornándose él mismo con una librea de idéntico color.

En aquel día todo debía ser azul, como emblema de pureza y virginidad.

Hasta el cielo, por mayor gala, se había vestido de azul y se mostraba

límpido y hermoso. María montó en el carruaje con la señora de Ciudad,

su madrina, y las otras se despidieron hasta luego, tomando

apresuradamente el camino de la iglesia.

Reinaba extraordinaria agitación en la villa. La toma de hábito de la

señorita de Elorza, aunque esperada desde hacía algún tiempo, no por eso

dejaba de impresionar profundamente. ¡Una joven tan rica, tan bella, tan

lisonjeada por todo lo que el mundo tiene de risueño y apetecible!

Interminables comentarios se hacían por aquellos días en las tertulias

de las tiendas.

--¿Pero no decían que estaba ya arreglada la boda con el

marquesito?--Nada, nada, ya no hay boda; el marquesito se ha quedado con

un palmo de narices. La niña, después del extraño suceso de su prisión y

la muerte de su madre, volvió con más fuerza que nunca a sus aficiones

piadosas: es una vocación decidida, no hay que darle vueltas. Unos la

juzgaban de un modo y otros de otro; pero en general María excitaba

vivas simpatías, y en mucha gente, sobre todo entre la plebe, ejercía

cierta fascinación, como todo lo que es extraordinario y hasta cierto

punto maravilloso. Pasaba por una santa. El apagar todo el esplendor de

su hermosura, riqueza y talento en las soledades de un claustro era el

complemento único de su fama, la última firma echada en el expediente de

su canonización popular. Todas aquellas mujerzuelas que se codeaban sin

piedad para verla cruzar hacia la iglesia se creerían defraudadas si se

hubiera casado prosaicamente y la viesen de bracero con su marido,

precedida de una niñera con tierno infante en los brazos.

Marta y María: novela de costumbres · 第 19 / 21 段