traslado; pero todos al entrar en casa le dirigían una mirada penetrante
y ansiosa, queriendo leer en su rostro alguna noticia. Como no la había,
la niña se tranquilizaba, tornando a la obra, que rara vez dejaba de
tener en las manos. Ricardo tampoco hablaba para nada de partir. O no se
acordaba de su petición, o afectaba no acordarse, o no quería acordarse.
Tal vez hubiese de todo un poco. El marqués de Peñalta había pasado
desde el desconsuelo a la melancolía, y de aquí iba paulatinamente
dejándose ir a las sensaciones dulces. Aquella habitación, donde Marta
cosía, inspiraba ideas risueñas de amable sosiego y felicidad.
Una mañana, como si fuera la cosa más natural del mundo, como si la
noticia no desgarrase el corazón de nadie, como si se tratara de algo
baladí y de poco momento, Ricardo entró en casa de Elorza, diciendo:
--Esta noche me ha llegado al fin el traslado para Valencia.
¡Ciego, ciego! ¿No ves la palidez de esa niña? ¿No observas el
estremecimiento doloroso que corre por su cuerpo? ¡Mira que va a caer!
¡Corre, corre a sostenerla!...
Nada; no echó nada de ver el joven marqués. Él también estaba un poco
pálido. El tono indiferente con que comunicó su noticia era pura
comedia, porque aquella noche había dado vueltas en la cama hasta
fatigarse, y las luces de la aurora le sorprendieron sin conseguir pegar
los ojos.
Don Mariano hizo un gesto de disgusto, exclamando:
--¡Vaya por Dios, hijo, vaya por Dios!... Siento que te nos marches
ahora... En fin, si es tu gusto...
Ricardo guardó un silencio sombrío. De buena gana hubiese exclamado:
«¡Qué ha de ser mi gusto! ¡Mi gusto sería pedir la absoluta en este
momento, y quedarme aquí para siempre y vivir tranquilamente al lado de
ustedes; ¡de ustedes, que son las personas a quienes más amo en este
mundo!» Pero tuvo la flaqueza de callarse, y estas flaquezas suelen
costar muy caras en la vida.
--¿Y cuándo piensas irte?--preguntó el caballero.
--Mañana mismo. Necesito detenerme en Madrid algunos días para arreglar
ciertos asuntos. A Valencia llegaré el diez del que viene.
--¿Vas a algún regimiento?
--Al primero montado.
--¡Ah!
Y guardaron silencio. La tristeza les dominaba a todos, asfixiando la
conversación, que otras veces solía ser muy animada, aunque versara
sobre menudencias domésticas. Don Mariano la entabló de nuevo en tono
triste y distraído.
--¿Has estado ya alguna vez en Valencia?
--Sí, señor; he pasado allí un mes hace algunos años.
--Es muy bonito aquello, ¿verdad?
--Sí, muy bonito.
--Muchas naranjas, ¿eh?
--Muchas.
--Creo que es una población alegre.
--Eso no; a mí me ha parecido muy triste.
--Pues hombre, yo creía...
Y tornaron a guardar silencio. Los corazones estaban apretados, y el
acento indiferente de las palabras no bastaba a ocultarlo. Marta no
había dicho una sola en todo el tiempo. Sentada en una silla baja, al
lado del balcón, seguía atentamente la obra de croché que tenía en la
mano. Ricardo estaba reclinado en el sofá cerca de don Mariano. Mil
pensamientos melancólicos se cernían sobre las cabezas de los tres, y
aquella risueña habitación, esclarecida por la pura y brillante luz de
la mañana, se poblaba a su despecho de silencio y tristeza. Cuando el
señor de Elorza volvió a dirigir la palabra a Ricardo, se traslucía su
emoción en la voz levemente ronca y temblorosa.
--¿Y cómo has arreglado tu casa? ¿Despides a los criados?
--Menos a Pepe el jardinero y a César el portero...
--¿Has hecho el equipaje?
--No; tengo tiempo esta tarde y mañana.
--¿Y las visitas?
--Realmente, don Mariano, las únicas personas que trato con intimidad
aquí son ustedes... Con otras tres o cuatro visitas he concluido. A los
demás enviaré tarjetas... Lo que siento más es dejar sin concluir la
reforma del jardín y los dos pabellones de las esquinas en cimientos...
--No te ocupes de eso, yo cuidaré..., yo cuidaré..., yo cuidaré...
No pudo decir más. Le ahogaba la emoción. Aquellos pabellones habían
sido idea de María, cuando estaba concertada la boda. Este recuerdo
trajo consigo otros muchos, todos dolorosos, en que se mezclaban su
esposa, su hija y Ricardo, poniéndole ante los ojos las graves desdichas
que en poco tiempo había experimentado. Levantose bruscamente y salió de
la habitación.
Ricardo, conmovido igualmente y dominado por un gran abatimiento, quedó
cabizbajo y silencioso. Marta continuaba atenta a su tarea, como si nada
tuviese que partir con lo que estaba pasando. No levantó una sola vez la
cabeza durante la conversación, ni aun cuando su padre dejó la estancia.
Ricardo la contempló fijamente largo rato. La actitud impasible de la
niña empezaba a mortificarle. Se le había figurado al presuntuoso que
Martita iba a ponerse muy alterada al saber la noticia, porque siempre
le había dado pruebas de cariño. Tenía ciega confianza en la bondad de
su corazón y en la firmeza de sus afectos; pero al verla tan serena,
moviendo entre sus dedos pequeños y sonrosados la aguja de marfil, sin
preguntarle nada, sin pedirle que demorase el viaje por algunos días,
sin decirle nada, sufría un nuevo y doloroso desengaño. Y se dejó
arrastrar por la pendiente de los pensamientos sombríos a una filosofía
desesperada y pesimista. «Pues señor--se dijo lacrimosamente--, hay que
aceptar el mundo y la humanidad como son... ¡Esta niña que yo creía tan
sensible!... ¡Qué le vamos a hacer!... En la mujer no existe más que un
afecto verdadero... ¿Estará tal vez enamorada esta chica?...»
Ricardo no tenía por qué irritarse ante semejante idea. Pero lo cierto
es que se irritó, y no poco. Procuró rechazarla como un absurdo y no
logró más que hacerse cargo de que no sólo no sería absurdo, pero que
ni aun tendría nada de particular. Abatido como se hallaba, la
irritación cedió muy pronto lugar a la tristeza, una tristeza profunda y
desconsoladora.
--¿A ti no te pesa que me vaya, Martita?--dijo mientras se dibujaba en
su rostro cierta sonrisa melancólica.
--¡Si es tu gusto!...--respondió la niña sin levantar la cabeza.
¡Dale con el gusto! Ricardo no tenía ya ningún deseo de marcharse.
Estaba furioso contra sí mismo por haberlo solicitado. De buena gana lo
echaría todo a rodar... Pero no dijo una palabra de lo que pensaba.
Su tristeza y desconsuelo iban en aumento. Tenía ganas atroces de
llorar. No se atrevía a dirigir la palabra a Marta, porque no se le
conociese la emoción. Además, ¿por qué se la había de dirigir?... ¡Una
chica tan insensible!
Se hallaba en uno de esos momentos de postración en que todo se ve de
color negro y se experimenta cierto amargo deleite en ello; momento en
que (si vale la frase) el espíritu se revuelca con voluptuosidad en la
tristeza, procurando acrecentarla con recuerdos y cálculos infaustos.
Dejó caer la cabeza sobre el almohadón del sofá y cerró los ojos con
ademán de meditar. ¡Había meditado ya tanto, tanto, desde hacía algunas
horas! Sus nervios habían estado en tensión harto tiempo y empezaba a
sentirse acometido de una languidez muy próxima al desmayo. Levantó un
poco la cabeza para convencerse de que aun podía moverse y echó una
mirada a Martita, que seguía en la misma actitud; pero no tardó en
dejarla caer nuevamente. Parecía que le sujetaban contra su voluntad y
le tenían allí reclinado, sin permitirle menear un dedo. Todavía estuvo
algún tiempo con los ojos abiertos, aunque le pesaban como si fuesen de
plomo los párpados. Al cabo los cerró y se durmió. Esto es, no es fácil
decir si se durmió o se quedó solamente traspuesto. Lo cierto es que el
marqués de Peñalta, de aquel modo extendido con los ojos cerrados, no
parecía despierto y ofrecía un semblante tan pálido, tan ojeroso, tan
abatido, que inspiraba lástima.
En el espacio de algunos minutos se pueden soñar muchas y diversas
cosas. Todos han experimentado este fenómeno. Ricardo aun no había
perdido enteramente la noción de la realidad cuando se encontró en una
estancia semejante a la en que estaba positivamente. Había, sin embargo,
la diferencia de que la nueva tenía en los balcones rejas de hierro muy
espesas a manera de celosía, y uno de sus muros era también enrejado, al
través del cual se veían allá en el fondo altares dorados, imágenes de
santos, lámparas suspendidas del techo, en fin, una verdadera iglesia.
Mirando atentamente desde el sofá, observó que en la iglesia penetraba
una gran muchedumbre que producía sordo y desagradable ruido, hasta que
se llenó por completo, y no pudo entrar más gente. Entonces empezó a oír
los acordes del órgano que tocaba los valses de la reina de Escocia, lo
cual le hizo sospechar que el organista era fray Saturnino, el capellán
de San Felipe. Después, por encima de las cabezas, vio asomar los picos
dorados de una mitra. Cesó el órgano y escuchó la voz gangosa de un
predicador que pronunció largo sermón, aunque no pudo entender una
palabra de lo que decía. Concluido el sermón, oyose un cántico suave que
le hizo estremecerse de gozo: era la preciosa voz de María que entonaba
con más dulzura que nunca el aria de _Traviata: «Gran Dio, morir si
giovine...»_ Cuando terminó, sonaron prolongados aplausos en la iglesia.
Después, toda la gente se apretó contra el altar mayor dejando libres
las cercanías del enrejado. Allá pasaba algo, porque oyó claramente
algunas voces que decían: «Ahora le echa la bendición..., ahora...,
ahora...»
Y en el mismo instante apareció en la puerta de la estancia don Máximo
que le dijo: «--¿Qué hace usted ahí tumbado? ¿No sabe usted que María se
está casando?--¿Con quién se casa?--Con Jesucristo; venga usted a ver la
ceremonia.» Quiso levantarse, pero no pudo. Entonces el médico le dijo:
«--Bien, ya que usted no puede moverse, voy a la iglesia a ver si
consigo que la gente se aparte un poco para que usted vea desde ahí.» Y
en efecto, al poco rato observó que la muchedumbre dejaba un bastante
ancho pasillo frente al enrejado, y entonces vio a lo lejos, sobre las
escaleras del altar mayor, la figura arrogante de María en traje de
desposada. A su lado estaba otra figurilla menuda de hombre que la tenía
cogida de la mano. El obispo les estaba echando la bendición. ¡Más cuál
sería su asombro cuando aquel hombrecillo dio la vuelta! ¡Qué
Jesucristo ni qué calabazas! El que se casaba con María era ni más ni
menos que Manolito López, aquel chiquillo tan insolente y antipático. Se
quedó como quien ve visiones. ¡Sería posible que una chica tan hermosa y
discreta se uniera a este mocoso y le dejase a él, que al fin y al cabo
era un hombre, entregado a la desesperación! La verdad es que había
motivo para graves y dolorosas reflexiones. Pero cuando más enfrascado
estaba en ellas, he aquí que entra en la sala la misma María en hábito
de monja bernarda, y dirigiéndose a él le dice sonriendo dulcemente:
«--¿Estás triste porque me caso?--¡Pues no he de estarlo!--Tonto
(manifestó la joven acercándose más), aunque me haya casado con
Jesucristo, lo mismo te sigo amando.» Entonces Ricardo se puso a
suspirar y gemir. «--No, María, tú no me quieres, tú quieres a Manolito
López.--Vamos, Ricardo mío, no digas disparates, ¡cómo he de querer yo a
ese chiquillo!--¿No acabas de casarte con él?--Se me figura que estás
soñando; no dices más que desatinos... Despierta, hombre, despierta... o
espera un poquito, yo te voy a despertar..., ¡pero mira de qué modo tan
dulce!...» Y, en efecto, la hermosa monja se acercó todavía más y le
tomó el rostro entre sus delicadas manos con ademán cariñoso. Después
fue aproximando el suyo lentamente y le dio un tierno y prolongado beso
en la frente.
¡Oh, caso portentoso! Ricardo observó, con pasmo, que al tiempo de
hacerle la caricia, el rostro de María se había trocado súbitamente por
el de Marta. Sí; eran sus ojos negros y rasgados, sus mejillas frescas y
sonrosadas, sus negros cabellos cayendo en rizos por la frente. Pero
aquel rostro ofrecía una expresión tan triste y dolorida, que no pudo
menos de gritar:--¡Marta, Marta!, ¿qué tienes?...--Y el mismo grito que
dio le hizo despertar.
Marta seguía al lado del balcón, en la sillita baja, absorta al parecer
en su tarea. Y, no obstante, el joven, aunque ya despierto, estaba
convencido de que había lanzado un grito. Todo lo que había pasado era
un sueño, pero, a su parecer, ni el grito ni los labios tibios y húmedos
que sintió posarse en su frente eran imaginarios: no podía convencerse
de eso.
¿Qué era aquello? ¿Qué había pasado?
Estuvo algunos instantes contemplando a Martita mientras coordinaba
torpemente las ideas. Al fin, se decidió a dirigirle la palabra.
La niña levantó el rostro, que estaba encendido y turbado.
--¿No acabo de dar un grito?
Martita se turbó y encendió aún más, y apenas pudo responder con voz
temblorosa:
--No..., yo no he oído nada.
Ricardo la miró fijamente y con asombro. ¿Por qué se ruborizaba aquella
chica?
--Estaba soñando, pero juraría que he dado un grito... y juraría
también, ¡qué cosa tan extraña!, que tú me has dado un beso.
Marta, al escuchar estas palabras, pasó repentinamente del color rojo al
amarillo, dando señales de una profunda consternación. Sus manos
trémulas no pudieron sostener la obra de croché y la dejaron caer sobre
el regazo. Al mismo tiempo sus ojos se clavaron en Ricardo con tal
expresión de miedo, de ternura, de súplica, de congoja, que éste sintió
un fuerte estremecimiento, semejante al que produce una descarga
eléctrica.
¡Era la misma mirada! ¡La misma que acababa de ver en sueños!
Sintiose inundado por una gran claridad, por una luz divina. En aquel
instante supremo todo lo vio, todo lo comprendió. Disipose el polvo con
que su loca pasión por María le había cegado hasta entonces y se
encontró de frente con la escena del jardín, cuando Marta se mostraba
tan ofendida de que le besase las manos... Y la vio y la comprendió. El
raro desmayo que siguió a esta escena, también lo vio y también lo
comprendió. Fue después con la imaginación a la playa de la isla. El sol
derramando torrentes de luz sobre la arena; las olas azules y blancas
ciñendo una peña donde los jóvenes estuvieron sentados largo rato; el
sollozo que rompió el silencio del túnel; después, una niña que cae al
agua y un joven que se arroja por ella y la salva. «Gracias, señor
marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!...» También vio, también
comprendió. Después, repentino y asombroso alejamiento; unos ojos que no
le miraban, unos labios que no le hablaban, unas manos que no le
estrechaban...
¡Ah, sí, todo lo vio, todo lo comprendió!
Levantose bruscamente del sofá y acercando el rostro al de Marta, le
dijo en voz dulce y cariñosa, pero con inocente petulancia:
--No lo niegues, Martita, tú acabas de darme un beso.
La niña se llevó las manos a la cara y rompió a llorar perdidamente. Mil
diversas emociones de temor, de arrepentimiento, de cariño, de duda, de
alegría y ansiedad cruzaron en un segundo por el corazón del joven
marqués, que dobló la rodilla exclamando con acento conmovido:
--¡Marta, por Dios, me perdones la necedad que acabo de decir!... ¡Soy
un estúpido!... ¡Acababa de soñar unas cosas tan tristes, y de repente
terminaron todas tan bien!... No me resignaba a dejar escapar así la
felicidad... Una idea absurda me vino a la cabeza, inspirada por el
mismo deseo de verla realizada... Pero no..., no..., yo no puedo ser ya
feliz en la tierra... Nací para ser desgraciado... Afortunadamente
moriré pronto, como mi padre... y como mi madre... Perdóname esta locura
de un momento y no llores... ¿Quieres saber lo que soñaba?... Te lo voy
a decir, porque será quizá la última vez que me veas... Soñaba...,
soñaba, Marta, que me querías.
La niña separó un poco las manos, y dejó escapar con cierta entonación
colérica, pero adorable, estas palabras, que fueron cortadas
inmediatamente por los sollozos:
--¡Soñabas la verdad, ingrato!
El marqués de Peñalta, loco, perdido, queriendo salírsele el alma por la
boca, la estrechó entre sus brazos, sin poder articular una palabra. Al
fin, muy quedo, con la sublime incoherencia del corazón, como un
murmullo de celestial armonía, dejó caer en el oído de su amiga el himno
del amor.
Marta escuchaba. Trémula, confusa, escondía la cabeza en el pecho de su
amado, soltando un raudal de lágrimas. Ricardo la apretaba cada vez más
contra su corazón, sin cansarse de repetir la misma frase, ¡la frase más
bella que Dios ha sugerido a los hombres! Una vez sola levantó la niña
la cabeza para preguntar en voz baja y temblorosa:
--No te marcharás ya, ¿verdad?
¡Buena gana tenía Ricardo de marcharse en aquel momento! Por cuanto
hubiera de precioso en la tierra y en el cielo, no se marcharía. Su
espíritu no osaba traspasar siquiera los cristales del balcón, temeroso
de perder la dicha en que se bañaba. No obstante, tuvo aliento bastante
para separarse un segundo y salir a la puerta gritando:
--¡Don Mariano, don Mariano!
El señor de Elorza, sobresaltado, como se hallaba desde hacía algún
tiempo, acudió presuroso temiendo alguna desgracia. El rostro de
Ricardo, donde se traslucía la profunda emoción que le embargaba, no era
a propósito para tranquilizar a nadie. ¿Qué ocurría? ¿Por qué le
llamaban?
--Don Mariano--dijo el joven anudándosele la voz en la garganta--, tengo
el honor de pedir a usted la mano de su hija Marta.
¡Aquello era un escopetazo! ¿Pero cómo diablo?... ¿Se había vuelto
loco?... ¿Qué era aquello, señor?... ¡Vamos a ver, vamos a ver!...
Nada; don Mariano no pudo decir nada, porque antes de que pudiera decir,
hacer o pensar algo, ya tenía a su hija colgada del cuello llorando a
lágrima viva. ¿Qué le restaba al noble caballero? Llorar también. Pues
eso fue cabalmente lo que hizo, apretando a la hija de sus entrañas con
un abrazo y estrechando con la otra mano la del marqués de Peñalta.
--Vosotros no me abandonaréis, ¿verdad, hijos míos?--dijo el anciano
levantando su noble rostro varonil bañado en lágrimas.
Ricardo estrechó con más fuerza su mano. Marta apretó con más fuerza su
cuello.
Hubo algunos instantes de silencio, durante los cuales todos los ángeles
del cielo desfilaron por la salita que bañaba el sol de la mañana,
posando sus ojos radiantes de alegría en aquel grupo interesante. Mas he
aquí que Martita separa un poco el rostro de su padre, y sonriendo al
través del llanto pregunta cándidamente a su amado:
--¿Comerás hoy con nosotros, Ricardo?
--Sí, preciosa mía--responde el joven marqués cayendo de rodillas y
besando con efusión las manos de la niña--, comeré hoy, y mañana y
pasado... y siempre...
Marta volvió a ocultar el rostro en el pecho paternal. ¡Tenía el corazón
tan lleno de felicidad! Los tres lloraban en silencio.