abandonas las nefandas sugestiones del mundo y acudes al llamamiento del
cielo... En esta villa existe un arma poderosa que en vez de servir a
Dios, como todo el mundo debe servir, es un temible auxiliar del
demonio. Esta arma es la Fábrica de fusiles... (María se detuvo un
instante, y echando una mirada de temor a su amante, añadió con voz
temblorosa): Tú puedes arrancar al demonio esta arma para ponerla en
manos de Dios, entregando la Fábrica a los defensores de la religión,
y...
Se detuvo otra vez mirando con espanto el rostro lívido y contraído del
joven marqués, que agarrándola del brazo y sacudiéndola fuertemente
rugió más que dijo:
--¿Quién te ha sugerido la idea de proponerme eso?... Respóndeme...
¿Quién ha sido el miserable, el vil y el canalla que te lo ha
aconsejado?... ¡Quiero ir ahora mismo a arrancarle la lengua! Dímelo,
dímelo, María... De ti no ha nacido ese pensamiento... Tú no has podido
pensar que tu prometido, el marqués de Peñalta, el descendiente de
tantos caballeros nobles, un militar pundonoroso y leal, pudiera
escuchar con calma semejante proposición... Tú no has podido imaginar
que el hombre que te adora sea un cobarde traidor a quien sus compañeros
escupirían con razón en la cara... Sólo así te puedo perdonar las
horribles palabras que acabas de proferir... Oye, por Dios, María... En
este momento tengo la cabeza encendida y el corazón helado... Escucho
dentro de mí una voz que me anuncia una gran desgracia. Pues bien, en
este momento te digo que te quiero con toda mi alma..., hasta dar por ti
la vida con gusto..., pero si el amor que te tengo se multiplicase por
mil y no cupiese en este mundo, lo ahogaría, lo apagaría como se apaga
una luz..., de un soplo, y me quedaría toda la vida en tinieblas antes
que prestarme a tal villanía... ¡Qué digo!... Si el mismo Dios bajase a
proponérmela y me amenazase con las penas eternas del infierno, la
rechazaría... Preferiría condenarme con los leales a salvarme con los
traidores.
María bajó consternada la cabeza. Al cabo de un rato pudo articular
débilmente:
--No me entiendes, Ricardo, ni yo te entiendo tampoco. Para juzgar las
cosas de este mundo nos colocamos en puntos de vista muy distintos. Tú
miras por el cristal de las convenciones establecidas por los hombres y
yo únicamente por la de la ley de Dios. Para ti el renombre de valiente,
la fama de leal y de noble es lo primero. Para mí lo principal es la
salvación del alma... Perdóname si te he ofendido, y que ese honor, al
cual rindes tan fervoroso culto, te sirva para no acordarte de lo que
hemos hablado.
Ricardo posó sobre la joven una mirada prolongada y triste. Acababa de
hacerse cargo de que aquella mujer no podía ser suya; que en aquel
corazón idolatrado, henchido de sentimientos misteriosos, quizá grandes
y sublimes, pero incomprensibles para él, ocupaba lugar muy secundario.
Una lágrima saltó a sus ojos y se deslizó temblorosa por sus mejillas.
--Tienes razón, María..., no te comprendo... Mi padre fue un hombre
honrado, y tampoco te comprendería... Mi abuelo fue un militar que
perdió la vida defendiendo a su patria, y tampoco te comprendería...
Pero mi padre y mi abuelo se ofenderían, como yo me ofendo, de que
alguno les recordase que debían guardar los secretos que se les
confiaba.
Ambos guardaron silencio obstinado mirando tristemente al través de los
cristales de la gran plaza de Nieva, que las sombras de la noche
empezaban a ocultar. Los transeúntes se retiraban a sus casas con paso
tardo y perezoso. Algunas luces brillaban ya en el fondo de las
viviendas. Los pilluelos, que recibían afanosos las pompas de jabón que
el chico de la casa de enfrente les arrojaba, habían desaparecido, y
aquél, harto de soplar por el canuto, concluyó por dejarlo en el suelo,
así como la taza del agua, poniéndose a hacer muecas a Ricardo y María.
Pero éstos, graves y rígidos, no le hicieron caso como otras veces, y el
niño, sorprendido de hallarlos tan serios, quedose también inmóvil
mirándoles fijamente con sus claros y hermosos ojos de querubín.
XIII
EN QUE SE NARRAN LOS TRABAJOS DE UNA VIRGEN CRISTIANA
El comandante general que la vacilante república española tenía en la
provincia de... era bastante bárbaro (dicho sea sin ánimo de inferirle
agravio, pues todo hombre tiene derecho a ser lo bárbaro que juzgue
conveniente dentro de la sana moral y las buenas costumbres). Lo primero
que hizo, así que tuvo noticia por _un soplo_ de que los carlistas de
Nieva preparaban una _algarada_ (así la llamaba él) e intentaban nada
menos que apoderarse de la Fábrica de armas, fue llamar al comandante
Ramírez y decirle:
--Necesito que antes de una hora salga usted con dos compañías y
acompañado del inspector de policía para Nieva; y en cuanto llegue usted
allá me prenda usted y me traiga amarrados codo con codo, ¿lo entiende
usted bien?, amarrados codo con codo, a todos los individuos que van
apuntados en ese papel.
--Está bien, mi general.
--Para custodiarlos no hace falta más que media compañía. Usted, con lo
restante de la fuerza, se pone a las órdenes del coronel director hasta
que yo disponga otra cosa.
--Está bien, mi general.
Cuando el comandante Ramírez, después de hacer su saludo, salía por la
puerta del despacho, el brigadier volvió a llamarle.
--Oiga usted, Ramírez, ¿cómo le he dicho que trajese a los presos?
--Amarrados codo con codo, mi general.
--Perfectamente. Vaya usted con Dios.
La noche en que las dos compañías llegaron a Nieva era la señalada por
los amigos de don César para dar el grito de guerra y apoderarse de la
Fábrica. La conspiración estaba bien tramada. A la una de la madrugada
debían reunirse cincuenta hombres en la huerta de un rico hacendado
carlista y otros cincuenta en la bodega de otro para proveerse de armas
y uniformes. A las dos en punto marcharían todos hacia la Fábrica, cuya
guardia, encomendada a la sazón al joven marqués de Peñalta, no pasaba
de veinticinco hombres, y la atacarían ostensiblemente por las puertas,
mientras otros escalarían por detrás las tapias. Una vez dentro, se
apoderarían rápidamente de los fusiles construidaos, cargándolos sobre
mulos, que también estaban preparados, pegarían fuego a los talleres y
se saldrían a toda prisa de la población. Para cuando fuesen atacados
contaban llevar ya quinientos o seiscientos hombres bien provistos de
armas y municiones. Don César no dudaba del buen éxito de su atrevida
empresa; pero el maldito _soplo_ tradicional en todas las conspiraciones
habidas y por haber, vino a dar al traste con los proyectos del bravo
caballero.
A las once de la noche el comandante Ramírez y el inspector de policía
tenían presos ya a todos los individuos de la junta y a diez o doce de
los más caracterizados carlistas de Nieva, los cuales, amarrados y
custodiados por media compañía, según las prevenciones del comandante
general, esperaban debajo de los soportales del Ayuntamiento la orden de
marcha. La única mujer que iba entre ellos era María. En vano don
Mariano, con lágrimas en los ojos, suplicó al jefe de la fuerza que le
permitiese llevarla en un coche. El comandante Ramírez manifestó que
sentía muchísimo no poder complacerle y que lo único que en su obsequio
haría era llevarla suelta y aguardar unos instantes a que le trajesen
calzado fuerte y ropa de abrigo, exponiéndose por ello a incurrir en las
iras del general, que era... (Aquí el comandante Ramírez hizo uso del
adjetivo que ya hemos tenido el honor de emplear.)
Al fin se dio la orden y el teniente emprendió la marcha con los presos.
Don Mariano no quiso dejar a su hija. Aunque no llovía en aquel momento,
la noche estaba muy húmeda y el piso, según acusaban las polainas de los
soldados, verdaderamente asqueroso. En la villa se hallaban ya casi
todos al corriente de lo que pasaba, y muchos bultos negros,
silenciosos, ocupaban los balcones, sacándose los ojos para ver cómo
desfilaban los presos. Al pasar por cierta calle una voz irritada de
mujer gritó desde un balcón:
--¡Infames, ya las pagaréis todas en el infierno!
Los soldados levantaron la cabeza y tornaron a bajarla, prosiguiendo
silenciosamente su marcha, cuyo rumor acompasado infundía tristeza y
miedo. Todos ellos sentían sobre sus roses una continua descarga de
miradas de odio, que, a pesar de no merecer, recibían con la resignación
del que está avezado a padecer injusticias. Pronto dejaron las últimas
casas del pueblo y entraron en la carretera, cuyo primer trozo estaba
guarnecido de altos álamos.
El cielo seguía negro y espeso, envolviendo en tinieblas a la tierra.
Apenas se percibían los bultos de los árboles cercanos y los de tal casa
que otra de labranza construida al borde de la carretera. Los pies de
los viajeros no producían el ruido seco que cuando caminaban por el
empedrado de la villa, sino un chapoteo aún más triste. El teniente, que
era un mancebo de veinte años, bastante simpático, dio la orden de
colocarse en dos filas, dejando a los presos en el medio. Después se
acercó a ellos, y, preguntándoles si se les ofrecía algo, disculpose con
frases corteses de llevarlos atados; pero ya debían tener noticia de que
el general era bastante... (El joven teniente hizo uso del mismo
adjetivo que su comandante y que nosotros, los primeros, hemos echado a
volar.) Los presos murmuraron las gracias encerrándose en un silencio
digno. Al poco rato comenzó a llover fuertemente. Don Mariano, que no
había cruzado la palabra con su hija, abrió el paraguas apresuradamente
para taparla y la estrechó largo rato contra su corazón, murmurándole en
el oído:
--¡Hija mía, qué trago tan amargo me haces pasar!... Embózate bien...
¿Tienes frío? ¡Oh, me las pagará ese bruto!... Iré a Madrid a ver al
ministro de la Guerra y conseguiré mandarlo a un castillo. ¿Te entra el
agua por algún sitio, corazón mío? ¿Quieres mi impermeable?... ¡Mandar
traer atada a mi hija!... ¡Ah, grandísimo puerco! ¿De qué cuadra te
habrá sacado este gobierno de sainete?... Si te pones enferma, le mato
irremisiblemente... Pero a ti, mentecata, ¿quién te ha metido en estos
líos de conspiraciones sin mi permiso?... ¡Si no te hubiese dejado
arrastrar tanto los zapatos por las iglesias, a estas horas no estaría
pasando tales amarguras! ¿Qué tienes tú que ver con los carlistas ni con
los republicanos?... Una niña bien educada se está en su casa
quietecita, cuidando de las camisas de su padre y haciendo calceta...,
¿estamos?..., y haciendo calceta... ¡Canalla! ¡Miserable! ¡Mandar traer
atada a mi hija!... ¡Si le veo no respondo de no echarle las manos al
cuello!...
--Cálmate, papá..., cálmate, por Dios... Voy perfectamente... Cuando se
sufre por Dios, el sufrimiento se convierte en placer. Nunca me he
sentido tan bien como en este momento... y es porque advierto en mi
alma el consuelo de haber hecho algo por restablecer a Jesús en su santo
reino... Lo único que me hace padecer es verte disgustado... ¡Ay, papá,
cuánto daría porque tu fe fuese tan viva y ardiente como la mía, para
que despreciases todos los dolores de la tierra y marchases tranquilo y
contento como yo marcho adonde Dios quiera llevarme!
Don Mariano sintió que un torrente de palabras irritadas y coléricas se
le agolpaban a la garganta, pero no pudo darle salida. Lo único que hizo
fue echarle el impermeable encima a su hija, dejando escapar una especie
de gruñido de elocuencia conmovedora.
Cesó de llover al fin. Sintiose un leve soplo de viento ábrego y la
espesa capa del cielo comenzó a enrarecerse despidiendo tenue y escasa
claridad, que hizo resaltar las siluetas de los soldados y los árboles y
los enormes bultos de las montañas que cerraban el valle. El silencio en
la comitiva era sepulcral. Los presos no cambiaban entre sí palabra
alguna, devorando su rabia y tristeza. En la campiña tampoco se
escuchaba ninguno de los gratos ruidos que acrecientan el misterio de la
noche y llenan el alma de suave melancolía. Sólo al pasar por delante de
alguna casa se oía dentro el gruñido amenazador de un perro que
protestaba contra el desfile de la tropa a hora tan inusitada y tal vez
que otra el no más dulce murmullo del sargento Alcaraz, que maldecía de
la noche, de su suerte y de la madre que le había parido.
El viento siguió soplando cada vez más vivo; un viento tibio y húmedo
que los presos encontraban asaz siniestro. Los árboles que bordaban las
orillas de la carretera se retorcieron angustiados, dejando caer toda el
agua de que estaban cargados. En la escasa claridad del cielo comenzaron
a resaltar los bultos de grandes nubarrones negros que rodaban
velozmente por la atmósfera cual si viniesen perseguidos de cerca por
algún monstruo de la noche. Detrás de estas nubes no se percibía el azul
oscuro del firmamento, sino un espeso manto gris que parecía
impenetrable. No obstante, el viento, cuyo ímpetu iba siempre en
aumento, logró desgarrarlo, al fin, por algunos sitios, formando gratos
agujeros, en el fondo de los cuales se percibía el suave fulgurar de
alguna estrella. Las grandes nubes negras venían a taparlos; pero el
manto se desgarraba por otros parajes a toda prisa y las diminutas
estrellas tornaban a hacer guiños amables a la tierra. Al cabo, una gran
luz argentada bañó súbitamente toda la campiña. La luna había aparecido
entre dos nubes, bella y esplendorosa como una virgen que abre las
ventanas de su aposento. Mas apenas hubo echado una mirada curiosa a
nuestra comitiva, cuando los nubarrones se estrecharon, poniendo venda a
sus ojos y dejando a la tierra triste y sombría. De nuevo volvió a
aparecer en lo alto y otra vez tornó a ocultarse, mirando resbalar por
delante de sí una legión presurosa de nubes de todas formas y tamaños
que volaban a regiones desconocidas. En el espacio de media hora
presentose y ocultose un número incalculable de veces, ofreciéndose a
los ojos de los viajeros como un navío presto a sumergirse en aquel
océano inquieto y tenebroso.
Por último, sosegó la tempestad del cielo. Poco a poco habían ido
desapareciendo detrás de las montañas los espesos nubarrones que
manchaban la faz del firmamento. Unos cuantos que habían quedado
rezagados y que a largos intervalos, cruzando por delante de la luna,
sumían a la tierra en las tinieblas, también traspusieron los picos de
las montañas. Y quedó el firmamento sereno y límpido, desplegando su
oscuro manto tachonado de estrellas. La luna trazaba un círculo luminoso
a su alrededor, en el cual, como reina orgullosa, no permitía brillar
ningún otro astro. El dilatado valle pareció estremecerse suavemente de
placer al sentir el beso de la luz. Y de sus bosquecillos de naranjos, y
arroyos sosegados y blancos caseríos esparcidos aquí y allá dejó escapar
millones de reflejos que se perdieron con dulce misterio en el aire. En
ciertos parajes se extendían grandes sábanas argentadas donde se
percibían con admirable claridad las siluetas de los árboles y vallados;
en otros se acumulaban las sombras protegiendo el sueño de las plantas.
El anchuroso valle así iluminado ofrecía un aspecto de lago dormido.
Después de caminar bastante tiempo por el medio, nuestra comitiva tocó
en las montañas que lo cercaban. Era necesario trasponerlas para entrar
en la campiña que rodea a... La carretera penetraba por los sitios más
accesibles, ciñendo el costado de uno de los montes con declive bastante
pronunciado. El horizonte se estrechaba de modo extraordinario. Al
comenzar la subida, el teniente mandó hacer alto delante de un enorme
mesón situado al pie de la carretera, y haciendo llamar al dueño le
obligó a levantarse y a servir vitualla a la tropa. Los presos entraron
en la casa y descansaron buen rato. Y otra vez emprendieron la marcha
subiendo con calma el áspero repecho.
La briosa vegetación del valle había desaparecido. Los montes, que se
cerraban cada vez más, dejando apenas paso a la carretera, estaban
vestidos únicamente de helecho. De vez en cuando se tropezaba con el
agujero de alguna mina de carbón, abierta sobre el camino. Don Mariano
no pudo resistir a la tentación de hablar del ferrocarril de Nieva, y se
acercó al teniente mostrándole por dónde iba el trazado de Sotolongo y
explicándole ampliamente las ventajas que llevaba sobre el de Miramar.
El piso estaba bastante más enjuto a causa de la pendiente, y la luna
seguía desde lo alto esclareciendo la ruta, posando su dulce y tranquila
mirada sobre los viajeros. Oyéronse los acordes de una guitarra. ¡Cuándo
dejó de sonar la guitarra en una marcha de soldados españoles! Y una voz
de timbre varonil, con acento del Mediodía, cantó:
_Como cosita propia
te miraba yo,
te miraba yo;
pero quererte como te quería,
eso se acabó,
eso se acabó._
Cuatro o cinco soldados esparcidos en distintos puntos acusaron también
su origen meridional, gritando al concluirse la estrofa: «¡Olé, olé!»
Aquella canción, nacida en el ardiente suelo de Andalucía, fue una
varilla mágica que ahuyentó la tristeza de los corazones. Las montañas
severas, poseídas de súbito enternecimiento, hicieron resonar la voz del
soldado, conduciéndola muy lejos al través de sus gargantas y
quebraduras. Entabláronse animadas conversaciones en la tropa que se
suspendían cada vez que el soldado andaluz lanzaba al aire una copla.
Los presos continuaban en su obstinado silencio.
Todos marchaban perezosamente, con la boca entreabierta, gozando, sin
darse cuenta, del cambio favorable que la noche había experimentado. De
pronto, al salvar una de las numerosas revueltas de la carretera, en el
sitio más fragoso de la divisoria, oyose el disparo de un fusil. Un
soldado vino a tierra. Casi al mismo tiempo el grito formidable de
_¡Viva Carlos Séptimo!_ fue lanzado al espacio. Al levantar la cabeza
vieron todos no a mucha distancia y en pie sobre una de las rocas que
dominaban el camino, a un hombre de grandes bigotes blancos vestido con
zamarra y boina. Los presos reconocieron inmediatamente en él al
presidente de la Junta, don César Pardo. El teniente ordenó en batalla a
la tropa temiendo una emboscada, y mandó hacer fuego; pero la descarga
no dio resultado. Disipado el humo, tornaron a ver a don César cargando
tranquilamente su arma. Al dispararla, gritó otra vez con más fuerza:
--¡Viva Carlos Séptimo!
--¡Mal rayo te parta, viejo zorro, me has destrozado un brazo!--exclamó
el sargento Alcaraz llevando la mano a la herida.
--¡Segunda fila, apunten, fuego!--dijo el teniente.
Tampoco se consiguió nada. Don César disparó de nuevo, gritando:
--¡Viva la religión!
Entonces el teniente ordenó con voz colérica:
--¡Fuego a discreción!
Un tiroteo incesante partió de la media compañía formada en batalla.
Pero el solitario enemigo ni huía ni caía. En pie sobre la roca, sin
intentar siquiera guarecerse detrás de alguna piedra, seguía cargando y
disparando su arma, repitiendo siempre con voz terrible:
--¡Viva Carlos Séptimo! ¡Viva la religión!
Raro era el disparo que no ocasionase alguna baja en la tropa. La luna
iluminaba su rostro altivo y feroz surcado de arrugas.
--¿Me conocéis?--gritó sin dejar de hacer fuego--. Soy don César Pardo,
cristiano viejo y carlista de los pies a la cabeza.
--¡Eres un ladrón!--contestó un soldado.
--Oye, chiquito; te tiembla mucho el pulso y tus balas pasan muy lejos.
--¡Allá va ésa!
--¡Nada..., no has acertado!... Si trajese diez hombres conmigo, ¡cómo
correríais todos, falderillos!
--Haced lo que queráis, muchachos... ¡A matar ese perro!--gritó el
teniente en el colmo de la irritación.
Los soldados se lanzaron veloces a la montaña y se pusieron a treparla
con la agilidad de gatos monteses. La rabia de que estaban poseídos
redoblaba sus fuerzas. Pero al mismo tiempo el teniente, que había
arrebatado el fusil a uno de los soldados, disparó sobre don César y le
volcó.
--Basta, muchachos..., volveos..., ya cayó el milano--tornó a gritar con
acento de triunfo.
--¡No tiene más que una pata herida!... ¡Todavía le queda el
pico!--repuso el cabecilla con voz ronca.
Y, en efecto, con el muslo atravesado consiguió incorporarse y cargar su
fusil, que disparó inmediatamente sobre los que subían. Éstos lanzaban
rugidos de cólera mientras se iban agarrando a los helechos o hincaban
las uñas en el musgo para trepar más presto.
--¡Venid, venid, cobardes!--decía don César trasportado también por el
furor--. Venid a aprender a pelear... ¿Veis cómo se bate un oficial
carlista?... ¿Veis cómo vale por cincuenta republicanos?... Contad
mañana vuestra hazaña al general Bum Bum que os ha enviado... ¡Que os
den la cruz laureada, valientes! ¡Allá va ese tiro por don Carlos!... Ya
sé que lleváis una niña presa, bravos soldados de la república... Allá
va ese otro por doña Margarita... ¿Te ha sabido mal la peladilla,
muchacho?... ¡Oh, me alegro que ya estéis aquí! ¡Viva Carlos...!
No pudo acabar. Un soldado, que había llegado a la cima, le puso el
cañón del fusil en la frente, y le deshizo la cabeza, diciendo:
--¡Muere, cochino!
Lo mató sin hacer caso de las voces de sus compañeros, que gritaban:
--¡Déjamelo a mí; déjamelo a mí!
Al llegar con las mejillas pálidas y los ojos inyectados, todos
dispararon sobre el cuerpo inanimado del terrible cabecilla, que pronto
quedó espantosamente destrozado. Una vez concluido aquel acto de
barbarie, engendrado por la cólera, los soldados quedaron silenciosos.
Calmada la irritación, se hicieron cargo de que habían luchado contra un
hombre solo y no quedaron satisfechos de sí mismos. A su despecho se
sentían poseídos de admiración.
--¡Tenía agallas el viejo!--dijo uno, limpiándose unas gotas de sangre
que le habían saltado a la cara.
--¡Bien reñido estaba con la vida!--manifestó otro.
--La verdad es, muchachos, que uno por uno este viejo se hubiera tragado
a la media compañía con trapos y todo--concluyó por apuntar un tercero,
sin que nadie protestase.
En la tropa habían resultado cinco heridos. Colocáronlos como pudieron
en andas improvisadas y emprendieron nuevamente la marcha. Lo mismo los
soldados que los presos caminaban silenciosos y tristes, profundamente
impresionados por el trágico suceso que acababa de ocurrir. El cielo
seguía tan plácido y sereno como antes, y en medio de él la luna, que
acababa de alumbrar con su luz tibia y poética aquella lucha desigual,
seguía esparciéndola sobre la comitiva, que ascendía lentamente por la
carretera y sobre el lívido y destrozado cadáver que dejaban atrás,
encima de la roca. Las luchas, las alegrías, los dolores de estos pobres
diablos que nos movemos por la tierra, ¡qué valor tienen, qué significan
ante la paz augusta de los cielos! Para ellos lo mismo pesa la caída de
un imperio que la de una hoja, lo mismo suena el suspiro de una niña
enamorada que el estertor de un moribundo. «La naturaleza es sorda--dijo
el gran Leopardi--y no sabe compadecer.»
Pero María caminaba con los ojos clavados en el firmamento, mirándolo de
un modo muy diverso. Allí donde el poeta no encontraba sino una voluntad
ciega incapaz para el bien, la piadosa niña veía un Dios providente y
misericordioso, tan misericordioso como terrible, que acogía en su seno
a los buenos y mandaba a los malos a penar eternamente; un Dios que,
como nosotros, se ablandaba con las súplicas y las lágrimas. Sintiose
conmovida pensando en la suerte que correría ante la justicia divina el
alma del que acababa de expirar, y por un movimiento vivo y espontáneo
de su corazón, dijo con alta y sonora voz:
--Por el alma del difunto don César Pardo: «Padre nuestro que estás en
los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nos el tu reino, hágase
tu voluntad así en la tierra como en el cielo.»