la primogénita de los Elorza, separándose de ella a la puerta de la
iglesia y volviendo a juntarse a la salida. María mostraba recibir mucho
placer de este acompañamiento. En cuanto a Ricardo, no es necesario
encarecer la dicha que de repente cayó sobre él con el cambio efectuado
en la conducta de su novia.
Poco a poco la influencia de ésta empezó a pesar de tal suerte sobre su
espíritu que en poco tiempo, como ya él mismo lo había anunciado, se
modificaron notablemente sus ideas y no sólo sus ideas sino también sus
hábitos y manera de vivir. Se hizo más circunspecto de genio y mesurado
de palabras, más apacible y más religioso. Atento a dar gusto a su
novia, que le solicitaba a la continua con súplicas y consejos, comenzó
a abandonar las diversiones ruidosas y hasta la compañía de los demás
oficiales de la Fábrica. Se retiraba temprano a casa, frecuentaba las
iglesias y paseaba muchas tardes con algún clérigo; se hizo socio de
varias cofradías piadosas, entre ellas de la de San Vicente de Paul,
visitando a los pobres en compañía de los _beatos_ de la villa y
gastando no poco dinero en donativos para el culto. Por último, después
de muchos y sentidos ruegos, hizo confesión general con fray Ignacio, el
confesor de María.
Por más que parezca extraño, debemos declarar que Ricardo, lejos de
sentir en esta nueva vida repugnancia o malestar halló profundos y
misteriosos placeres, que hasta entonces jamás había gustado. El aparato
del culto católico, en el cual había fijado poco la atención, empezó a
fascinarle; el dulce recogimiento del templo, a la caída de la tarde,
cuando se puebla de sombras y de murmullos, le infundía suave
desasosiego, cierta ansia especial de un nosequé elevado y arcano; los
olores del incienso y de la cera eran para él como grato beleño que le
adormecían arrastrándole a regiones gloriosas de dicha inmortal; los
actos de caridad frecuentes le producían un dejo agradable y grande
bienestar que acrecía su fe; la humillación del sacramento de la
penitencia, que al principio tanto le repugnaba, llegó a ser un
manantial de goces que él mismo no sabía de dónde procedían ni de qué
modo embargaban su alma.
La mañana en que tomó la comunión le dijo su novia al salir de la
iglesia:
--Hoy me has causado el mayor placer de mi vida, Ricardo.
El joven marqués sonrió beatamente y repuso en voz baja:
--¿Me quieres más ahora?
--No quiero responderte--replicó la niña con una mueca graciosa--.
Después de comulgar no se debe hablar de ciertas cosas... Esperemos a
mañana.
Esperaron efectivamente a mañana, y entonces María le dijo sin rebozo
que aquella conducta virtuosa le incitaba a amarle cada vez más, y que
no desmayase en seguirla si quería verse siempre amado. En nada menos
que en eso pensaba Ricardo, quien se hallaba tan a su placer con el
nuevo estado de cosas, que por ninguna ventaja de este mundo consintiera
en variarlo. Así, pues, siguió cada día con más decisión por la senda
que su novia le trazaba, sin hacer caso de las bromas que los compañeros
le daban en la Fábrica, pues que en otros sitios, como no fuese en su
casa, en la de don Mariano o en la iglesia, era difícil echarle la vista
encima.
--¡Me has convertido en un beato!--le decía a veces a su ídolo a modo de
cariñosa reconvención.
--¿Y qué; te pesa, pícaro?
--No, querida, no; me alegro en el alma, porque así he conquistado tu
amor...
--¿Nada más que por eso?
--¡Eso es otra cosa!
Digamos ahora (aunque el lector no dejaría de advertirlo) que la
fantasía y aun la inteligencia de María eran superiores a las del joven
marqués de Peñalta, y que en tal supuesto y teniendo presente el
profundo cariño que éste la profesaba, no tenía mucho de sorprendente
que defiriese a su parecer y a sus consejos en puntos en que otros
hombres de más instrucción e ingenio ceden con frecuencia a sus madres y
esposas. María, a más de su viva imaginación, estimulada y enardecida
por la continua lectura, poseía un don especialísimo para persuadir. Su
palabra era siempre fácil y pintoresca, ejercitándose con predilección
en convencer a sus amigos cuando trataba de arrancar de ellos algún
dinero para los pobres o para el culto de las iglesias. La rara
volubilidad con que pasaba repentinamente de lo grave y patético a lo
jocoso, y mezclaba en una súplica ardiente la sal de un dicho oportuno,
la hacía irresistible. Las cofradías y sociedades devotas de Nieva no
tenían en su seno otro cofrade más activo ni más poderoso, y contaban
con ella en los trances difíciles como con un ángel tutelar que sabría
sacarles del atolladero. Como es de suponer, no poco contribuía a
mantener esta gran consideración, además de las preciosas cualidades
morales y físicas de la joven, la circunstancia de ser hija del
caballero más opulento y respetado de la villa.
Digamos asimismo que en la época en que estos sucesos se efectuaban, el
clero y las tendencias religiosas de nuestro pueblo padecían cierta
persecución por parte del gobierno, depositado a la sazón en manos de
los liberales más extremados y más conocidos por sus ideas heréticas.
Esto, como era de esperar, había excitado vivamente las conciencias
timoratas, encendiendo en las provincias del Norte, más religiosas de
suyo y más apegadas a nuestra tradición, una obstinada y sangrienta
guerra civil que amenazaba concluir con el orden político establecido y
de paso con nuestra riqueza y prestigio. Todas las personas más o menos
piadosas y amantes de nuestras tradiciones católicas, todo el que
detestaba la persecución que la Iglesia padecía y ansiaba el reinado de
Jesús en la tierra por mediación de sus ministros, estaba pendiente de
tal guerra formidable donde se debatían, no sólo los derechos más o
menos respetables de un pretendiente al trono, sino también los más
caros y augustos intereses de la religión. Los que frecuentaban las
iglesias y se relacionaban con el clero ligábanse tácitamente contra los
herejes del poder, acogiendo con alegría y comunicándose velozmente las
noticias favorables a la causa monárquico-católica, y llenos de zozobra
y tristeza las adversas. En las casas de los hacendados más ricos, en
las sacristías y en las trastiendas de algún comerciante absolutista
leíase en secreto el _Cuartel Real_, diario oficial del Pretendiente,
que llegaba de vez en cuando entre las piezas de _cretona_ o los
paquetes de macarrones. Celebrábanse con gran pompa funciones de
desagravio a la Virgen por las impiedades vertidas en el Congreso de los
Diputados, funciones que en alguna ocasión terminaron violentamente por
la intervención del populacho. Crecía la devoción al culto, sobre todo
al de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y mucha gente piadosa
iba en peregrinación al santuario de Lourdes, contando de regreso a sus
amigos las buenas disposiciones y la sólida organización que tenían las
huestes católicas en las provincias vascas. Algunos jóvenes de las
familias más conocidas de Nieva habían desaparecido de la noche a la
mañana, dándose por seguro que habían ido a engrosarlas. De esto a la
conspiración franca y resuelta hay poco que andar, y en Nieva se anduvo
lo que hacía falta para llegar a la conspiración.
Actuaba dentro de la villa una junta carlista, que celebraba sus
sesiones con cierto misterio y sostenía relaciones estrechas con la
junta central, a la que obedecía, y frecuente correspondencia con el
ejército del Pretendiente. Como en el país, aunque no de tanta monta
como en las provincias vascas, existían bastantes elementos al servicio
de la causa católico-monárquica, que bien aprovechados podían dar por
resultado, si no una guerra formal, al menos alguna agitación
conveniente, la junta de Nieva, instigada por la de la capital,
decidiose, después de mucha vacilación y no pocas discusiones, a
levantar una partida dentro del territorio. Los preparativos fueron
largos. Comenzaron a principios del invierno y no terminaron hasta los
comienzos de la primavera. Fueron noticias circunstanciadas a Bayona,
vinieron órdenes y planes de conducta, hubo infinitos cabildeos,
mezcláronse algunas mujeres, salieron subrepticiamente fusiles de la
Fábrica, sustraídos por algunos operarios carlistas; hízose acopio de
boinas blancas y polainas; por último, cierta noche salieron al campo
como unos treinta jóvenes, en su mayoría estudiantes y seminaristas, a
cuyo frente se puso el presidente de la junta, don César Pardo, a quien
hemos tenido el honor de conocer al final del capítulo tercero de esta
narración. Pasaban de trescientos los juramentados para salir aquella
noche, mas sólo acudió aquel puñado de valientes, y don César, dando
prueba de lo que era, esto es, de caballero firme y bizarro, no tuvo
inconveniente en acaudillarlos, esperando arrastrar con su ejemplo a los
tímidos. Dirigiéronse a la montaña por el valle de Cañedo, pero al día
siguiente una docena de guardias civiles, que salió inmediatamente en su
persecución, los sorprendió en el momento de estar acampados comiendo, y
sin que pudiesen hacer resistencia los trajo para la villa amarrados. La
gente que tuvo noticia del suceso acudió en gran número a esperarlos a
la carretera, y violes desfilar hacia la cárcel, tristes, pero dignos y
severos, mostrando en sus ojos altivos que, a no haber sido víctimas de
una sorpresa, hubiera corrido la sangre en abundancia.
La primogénita de la casa de Elorza, ardentísima devota del culto
religioso, entregada con alma y vida a la divina tarea de santificar su
espíritu y salvarlo de las garras del pecado, incansable trabajadora del
campo de la virtud evangélica, aspirando siempre a una perfección mayor
y celosa propagadora de la fe y la piedad, no podía menos de participar
de la indignación que ardía en los pechos de las personas con quienes
más se relacionaba. A sus oídos llegaba muy aumentado el ruido de los
excesos revolucionarios y de las impiedades diariamente vertidas por las
hojas periódicas de la capital, aunque ella jamás osaba leerlas. Los
confesores le encargaban que rogase a Dios en sus oraciones por el
triunfo de la Iglesia y la confusión y arrepentimiento de sus enemigos;
las amigas y compañeras de cofradía la solicitaban para que hiciese con
ellas novenas de desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones le
pidieron limosna para algún sacerdote que yacía en la miseria, y otras
veces para las infelices monjas de algún convento arrojadas de él
cruelmente para transformarlo en cuartel.
Todas estas cosas iban fomentando en su alma entusiasta y ardiente, a
par de un cariño fervoroso a las santas instituciones así perseguidas,
profunda aversión a sus perseguidores y a los impíos que gobernaban
contra la ley de Dios. Alguna vez, arrastrada de su temperamento
impresionable, sintió impulsos vehementes de seguir el ejemplo de
Judith, haciendo expiar a algún malvado tan horribles sacrilegios.
Quisiera tener en su mano a los perseguidores de Jesús para deshacerlos
y convertirlos en polvo. Cuando estos ímpetus crueles la cogían,
quedábale siempre una eterna compasión por las inocentes víctimas de las
iras de la impiedad, y un vago deseo de contribuir con su sangre al
reinado de Jesús y María sobre todas las potestades de la tierra. Sintió
que en su corazón nacía un algo que la impulsaba hacia la vida activa,
persuadiéndola a que dejase por algún tiempo las dulzuras de la
contemplación por los dolores de la lucha, el reposo, por el trabajo, el
encanto de la soledad por el tumulto; escuchó, como la esposa del
sagrado Cantar, una voz que le decía: _«Ábreme, hermana mía, amiga mía,
mi paloma, mi inmaculada; porque mi cabeza está llena de rocío y mi
cabellera mojada por las gotas de la noche.»_ Vio claramente que su
Jesús padecía por las injusticias de los hombres y que demandaba su
concurso, que le pedía una nueva prueba de amor arrancándola al
bienestar que disfrutaba y arrojándola en medio de los huracanes del
mundo.
Pero la hermosa joven vio al mismo tiempo las enormes dificultades que
surgían delante de ella al primer paso que intentara dar, las
persecuciones de que sería objeto y lo extravagante que parecería su
conducta aun a las personas que la amaban. Comprendió su debilidad, tuvo
miedo a los amargos dolores que se le preparaban y respondió como la
esposa: _«He quitado ya mi túnica; ¿cómo ponérmela otra vez? He lavado
mis pies; ¿cómo mancharlos nuevamente?»_ Largo tiempo estuvo luchando
consigo misma para apagar la voz que la llamaba a la vida activa, y
convencerse de que ella no serviría de nada a la causa del Señor, pero
fue en vano. A todos sus especiosos argumentos contestaba vigorosamente
la voz haciéndole presente que no debía preocuparse de si su concurso
serviría o no serviría, sino más bien de la voluntad con que lo
prestaba; que Dios se complace muchas veces en mostrar su poder
encargando la consecución de grandes empresas a una humilde y flaca
criatura, de lo cual daban testimonio bien patente la ínclita Juana de
Arco, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa y otras egregias vírgenes
que realizaron, contra altos poderes de la tierra, obras portentosas.
Un suceso de poca monta vino a decidir a María. Su tío Rodrigo, marqués
de Revollar, que era uno de los magnates más importantes de la corte del
Pretendiente, teniendo noticia de su acendrada fe y de las relaciones
que mantenía con los partidarios de la monarquía católica en Nieva, le
escribió desde Bayona preguntándole si se prestaría a servir de
intermediario de la correspondencia entre él y don César Pardo,
presidente de la junta carlista. María se apresuró a responder que
tendría en ello mucho gusto, y desde entonces empezó a recibir con
frecuencia cartas de su tío, dentro de las cuales venían otras para don
César, que eran, a no dudarlo, el hilo por donde la conspiración
carlista de Nieva se anudaba a las altas esferas de donde partían las
órdenes. Y sin saber cómo, viose comprometida, sin que de ello le
pesara, en la causa de los buenos cristianos que trataban, como a menudo
escuchaba en boca de don César y de otros, de volver a Jesús a su santo
trono y arrojar de él a la soberbia y la herejía. Lejos, pues, de sentir
temor ni pesar por esto, crecieron sus ánimos con el peligro que corría,
lo cual fue para ella señal evidente de que el favor del cielo la
acompañaba, y enfrascose cada vez más en la empresa de los
conspiradores, acudiendo a sus reuniones y sirviéndoles con celo y
entusiasmo en todo lo que podía. Cuando la intentona armada de don
César, ella fue quien bordó el estandarte y los corazones de franela que
los defensores de la fe llevaban cosidos al chaleco. Los conspiradores
sentían hacia ella grandísimo respeto por la fama de santidad de que
gozaba, y le profesaban profundo cariño por el entusiasmo con que había
abrazado su causa. En algunas de sus asambleas, invitada a emitir
opinión, lo hizo con tanto ingenio y elocuencia, había tal fuego y al
mismo tiempo tanta discreción en sus palabras, que los conjurados vieron
en la hermosa joven un ángel enviado por Dios para sostener su fe y
hacerles persistir en sus grandes propósitos.
Después del fracaso de don César, los carlistas de Nieva quedaron
bastante abatidos, María derramó muchas lágrimas y pidió a Dios con
fervor que no hiciesen prevalecer la iniquidad y la mentira sobre su
santa ley y se compadeciese de los buenos defensores, desterrados y
perseguidos a la sazón. Y, en efecto, Dios, compadecido, permitió que
don César y la mayor parte de los jóvenes que con él fueron desterrados
a las islas Canarias, se fugasen en un vapor extranjero y volviesen de
incógnito a su patria, ocultándose en las casas de los amigos fieles y
valerosos. Entonces, los partidarios de la tradición cobraron algunos
bríos y tornaron nuevamente a conspirar, si bien vagamente y sin objeto
determinado. El objeto no apareció hasta después de algún tiempo en que
el bravo y obstinado don César les insinuó la idea de dar un golpe de
mano atrevido que los pusiese repentinamente en aptitud de luchar
ventajosamente contra la escasa tropa que había en la provincia. El
golpe de mano que el valiente cabecilla les propuso, fue nada menos que
apoderarse de la Fábrica de armas de Nieva. Al principio pareció a todos
desatinado el proyecto, mas poco a poco, a fuerza de dar vueltas a la
idea, fueron viéndolo menos inaccesible y hasta empezaron con lentitud y
sin gran entusiasmo a preparar los medios de llevarlo a término.
Hallándose en tal estado las cosas, una tarde se presentó María en la
casa donde don César se ocultaba y quiso hablarle a solas. Lo que la
joven le dijo debió ser tan importante y halagüeño, que el viejo
cabecilla le dijo con voz conmovida, apretándole la mano y dándole un
beso en la frente:
--Hija mía, usted va a ser nuestra salvación. Dios quiere poner en unas
manos tan delicadas la suerte de muchos valientes y ¡quién sabe si
también el triunfo de la causa!
Volvió a casa la joven y retirose a su cuarto, donde hizo oración largo
rato, y después bajó a la habitación de su madre. No tardó Ricardo en
llegar, como tenía por costumbre. Después de algunos momentos de
conversación general, doña Gertrudis empezó a dormitar y los dos jóvenes
se retiraron al hueco de un balcón a decirse los dulces secretos de
todos los días, más dulces y más amables cuanto más se repiten. María
estaba preocupada. Su novio, con la perspicacia del que ama de veras, lo
notó al instante.
--¿Qué tienes hoy?... Parece que estás agitada...
--Me siento triste, Ricardo..., me siento triste como si fuera a
sucederme una desgracia.
--Son los nervios que trabajan demasiado en ti, querida. Los ayunos te
debilitan mucho. Debieras suspenderlos, así como tantas horas de
oración, por algún tiempo... Te están poniendo muy delgada.
--Al contrario, nunca me he sentido tan bien como estos días. No son los
nervios, sino una verdadera tristeza... Es el alma quien padece y no el
cuerpo.
--¿Pero tienes acaso algún motivo de disgusto?...
--Tengo un presentimiento.
--¡Bah, quién hace caso de presentimientos!
María guardó silencio y Ricardo también. Era la hora del obscurecer.
Ambos tenían la vista fija, al través de los cristales, en la gran
plaza de Nieva, cercada de soportales, donde los chicos que acababan de
salir de la escuela se recreaban corriendo y chillando. El sol se había
retirado ya, dejando sobre el tejado de las casas consistoriales un gran
pedazo de cielo teñido de leve tinta rosada, que hacia el cenit tomaba
matices azules y hacia el horizonte amarillos. Los habitantes de la
villa discurrían por las calles evacuando los últimos negocios del día y
gozando aquel suave crepúsculo, al que no estaban avezados. Los balcones
del café de la Estrella estaban ocupados por algunos parroquianos, que
pasaban su errante mirada por los ámbitos de la plaza. En el balcón de
la casa de enfrente, un niño de ojos azules y blonda y rizada cabellera
se entretenía en arrojar con un canutillo pompas de jabón, que unos
cuantos pilluelos desde abajo recibían con no poca algazara,
deshaciéndolas con la gorra y el pañuelo.
Al cabo de un rato, María volviose hacia su novio, y posando en él una
mirada intensa y ansiosa, le dijo con voz que temblaba:
--Ricardo, ¿me quieres mucho?
--¿Cómo me preguntas eso?... ¿No lo sabes bien?
--Sí, sé que me quieres, me has dado ya pruebas de ello..., pero en el
amor, como todo lo que no pasa de este mundo, hay siempre más y menos.
Sólo el amor divino es infinito. El que me tienes ha resistido bien a
ciertas pruebas; ¡quién sabe si podrá resistir a otras!
--El amor que te tengo--dijo el joven marqués apoyando la mano sobre el
corazón--tiene fuerza para resistir a todas las pruebas.
--¿A todas?
--A todas.
--¿Y si yo te pidiese la vida?
--¡Bah, bah!--repuso alzando los hombros con ademán desdeñoso--, eso
sería pedir muy poco.
María sonrió con satisfacción, y después de una pausa preguntó
tímidamente:
--¿Y si te pidiese el honor..., o lo que vosotros los hombres entendéis
por honor?...--añadió corrigiéndose.
Ricardo se puso levemente pálido y tardó algún tiempo en contestar. Al
fin dijo en voz más baja y con calma:
--El honor, querida mía, no nos pertenece; es un depósito que el cielo
pone en nuestras manos al nacer y del cual nos pide cuenta al morir.
Un relámpago de indignación y desprecio pasó por los ojos de María al
escuchar estas palabras.
--¿Y quién os ha dicho a vosotros lo que el cielo os deja y os pide, y
por qué mezcláis al cielo en cosas que pertenecen muchas veces al
infierno?...
Pero, calmándose inmediatamente y comunicando a sus palabras un tono
dulce y persuasivo, añadió:
--Lo que el cielo confía al hombre al nacer nadie puede revelarlo más
que la religión, y ésta nos dice que el hombre cifra no pocas veces su
honor en lo que debiera considerar como su ruina y perdición...
Generalmente, lo que el mundo más aprecia y apetece va contra la ley de
Dios. Por eso debemos hacer muy poco caso de ese pretendido honor con
que se disfraza el orgullo y la soberbia. El verdadero honor del
cristiano consiste únicamente en servir a Dios y cumplir sus santos
preceptos... Escucha, Ricardo... Cuando te preguntaba si me amabas mucho
es porque tenía necesidad de saberlo..., de saberlo con entera y
absoluta certeza... Voy a hacerte una confesión, después de la cual, si
eres tan virtuoso y tienes tanta fe como puedo exigir de ti, tal vez me
ames más... Si tu fe es tibia y vacilante y pagas tributo a las frívolas
consideraciones mundanas, seguramente me amarás menos y quizá llegarás a
huirme...
--¡Eso nunca!
--Aguarda un instante... Figúrate que tu novia, desechando y aun
violando ciertas reglas que la sociedad exige y traspasando los límites
que señala siempre a la mujer, sobre todo cuando es una niña soltera, se
mezcla en asuntos puramente varoniles..., por ejemplo, en política... Y
no sólo se mezcla con el pensamiento y la palabra, sino que toma en ella
una parte activa. Figúrate que entra en una conspiración y trabaja con
ahínco para que triunfe su causa... y pone en peligro su vida o su
libertad para conseguirlo...
--¿Pero tú?
--Sí--dijo con resolución--; yo estoy unida con toda mi alma a una
conspiración..., yo trabajo con todas mis fuerzas por el triunfo de la
causa de los buenos. ¡Bien sabe Dios que no me importa nada que
gobiernen unos u otros ni me ha arrastrado a tal proceder ninguna
consideración terrenal! Pero he visto y estoy viendo maltratada a la
religión y sus ministros, estoy viendo en peligro la salvación de muchas
almas, veo todos los días al divino Jesús y su dulce nombre escarnecidos
por los impíos que mandan casualmente en España, poniéndole una corona
de espinas mil veces más dolorosa que la que llevó en Jerusalén... y
siento que sus ojos me imploran y escucho su voz celestial que me
solicita para que afloje un poco aquella terrible corona... ¿Crees tú
que debo posponer los sublimes intereses de la religión, la salud de mi
alma y la gloria de Jesús al pueril temor de desagradar al mundo?
--Yo no sé nada--dijo sordamente Ricardo, abismado en profunda
meditación.
--¡Ves cómo tenía razón! Ahora que me he confesado contigo y te he dicho
mi secreto, ya no me quieres y no tardarás seguramente en alejarte de mí
y dejarme abandonada.
La última palabra de la joven hizo levantar vivamente la cabeza a
Ricardo, quien, presintiendo algo grave, repuso en tono malhumorado:
--¿Y qué es lo que te ha movido a confiarme todas estas cosas que tanto
reservaste hasta ahora?
--Ante todo perdóname que no te las haya confiado antes. Eran secretos
que no me pertenecían... Además, recelaba que no pensarías como yo y
levantarías algún obstáculo a mis planes... Pero hoy has variado mucho;
eres más piadoso y amas el nombre de cristiano que posees. Por eso me
decidí a abrirte enteramente mi alma y a poner en tus manos fieles y
seguras la vida de muchos hombres generosos... Yo soy muy débil, Ricardo
mío; no soy más que una pobre niña incapaz de luchar ni de resistir...
¡No me abandones..., por Dios, no me abandones!...
El joven presintió el peligro mucho más próximo y exclamó:
--¡Acabemos de una vez, María, y sepamos de qué se trata!