Los presos contestaron rezando con fervor. Algunos soldados hicieron lo

mismo. Después siguieron caminando en silencio, sin que se escuchase más

que el ruido de su fatigosa respiración, y tal vez que otra las quejas

de los heridos, no muy bien acomodados en sus parihuelas. Salvaron, al

fin, el punto más alto de los montes divisorios y comenzaron a bajar

hacia el extenso valle de... Rayaba ya el alba en los confines del

Oriente. El oscuro azul del cielo por aquel lado se desvanecía en una

claridad pálida y triste que borraba también el centelleo de las

estrellas. Los viajeros sintieron un vientecillo fresco y desagradable.

Muy pronto se extendió una gran franja dorada sobre las colinas de

Levante, y la comitiva pudo contemplar a su placer el dilatado valle que

tenía a los pies. Algunos jirones de niebla se alzaban lentamente del

fondo de los arroyos que lo surcaban, y allá, al Occidente, una gran

cortina de montañas negras, en cuyas cimas aun blanqueaba la nieve,

cerrábalo bruscamente arrojando sobre él un manto de sombra. A pesar de

esta sombra, los ojos de los viajeros, conocedores del terreno,

distinguieron en la misma falda de la negra cortina la aguja de la torre

de la catedral. Los presos y sus custodios llegaron al llano y

atravesaron el valle de un cabo a otro, empleando en ello mucho tiempo,

a causa principalmente del cuidado que exigían los heridos. Por último,

tocaron a las ocho de la mañana en las primeras casas de los arrabales

de...

Los habitantes de la capital habían tenido noticia del repentino golpe

que su gobernador militar había dado a los carlistas de Nieva, y una

gran muchedumbre, reunida en las calles, esperaba impacientemente para

ver desfilar a los presos. Estaba compuesta en su casi totalidad por lo

que durante el período revolucionario se llamó pueblo soberano, esto es,

por todos los pilluelos y ganapanes de la ciudad, a los cuales se

agregaban algunas personas dignas, aunque ociosas, y casi todas las

comadres de los arrabales.

Al ver de lejos la comitiva, la multitud se agitó tempestuosamente, y

hubo un sordo clamor general:

--¡Ya están ahí, ya están ahí! Dicen que tenían preparado para esta

noche el asesinato de todos los liberales de Nieva. ¡Ah, tunos! ¡Gracias

que han caído antes en la ratonera!

--Hay que desengañarse--manifestó un gordo y colorado caballero de

aspecto bonachón--, todos los carlistas son unos pillos o unos tontos.

Yo no emplearía con ellos otros medios que el exterminio..., ¡el hierro

y el fuego!

--Vamos a cantarles el _trágala_ cuando pasen--dijo un chico desarrapado

a otros dos elegantes que le acompañaban.

La gente avanzó cuando ya los tuvieron cerca, poniéndose los que

pudieron en pie sobre el pretil de la carretera. Al ver los heridos y al

tener noticia por las breves palabras de algún soldado del incidente de

don César, los curiosos ciudadanos se creyeron en el caso de indignarse,

y contentándose al principio con manifestarse unos a otros sus

pensamientos hostiles, concluyeron por vomitar furiosas injurias contra

los presos, apostrofándoles en voz alta, como si todos hubieran recibido

de ellos algún agravio. De esta suerte continuaron escoltándoles por las

calles de la población, creciendo siempre su furor e indignación, hasta

querer pasar a vías de hecho. Los presos caminaban con la cabeza baja y

el rostro encendido.

--¡Ah, hipócritas, comesantos!--les decía uno--. ¡Cuándo será el día en

que os vea ahorcados!

--¡Míralos cómo bajan la cabeza esos malditos! ¡Si nos tuvieran entre

sus uñas ya estarían más contentos los muy arrastrados!

--¡Gritad ahora viva Carlos Séptimo, tunantes!

Pero con quien más se ensañó el furor popular fue con María. Ni su

juventud, ni su belleza, ni su debilidad fueron parte a librarla de

feroces y asquerosos insultos.

--¿Quién es la mujer que viene entre ellos? Dicen que es una

santa.--¡Sí, una santa que anda suelta!--¡Oye, muchacha, si buscas

novio, aquí tienes uno!--¡Qué falta de algunas docenas de azotes!--¡Mira

qué ojillos hipócritas pone la pendanga!

Comprenderáse fácilmente en qué estado de aturdimiento, furor, angustia

y exaltación pondrían al noble don Mariano Elorza estas groseras frases

que se veía obligado a escuchar. En su impotente rabia mordíase las

manos y se tapaba los oídos, temiendo que la sangre le cegase y llegase

a cometer algún delito que comprometiera la vida de su hija.

Como ya dijimos, la muchedumbre, no contenta con prodigarles injurias,

trató asimismo de arrojarse sobre ellos brutalmente. Un chicuelo dio la

señal lanzándoles un pedazo de naranja. Otros muchos siguieron su

ejemplo, y cayó sobre los desgraciados una granizada de proyectiles más

sucios en verdad que mortíferos. Sin embargo, un tallo de berza lanzado

con fuerza vino a dar en el rostro de María y la hizo sangrar por los

labios.

¡Oh!, entonces el furor del infeliz don Mariano estalló terrible y

alborotado como el del mar en momentos de borrasca, como el de un volcán

en erupción. Su atlética figura cayó sobre el grupo de curiosos que

tenía más cerca y lo deshizo del primer empuje, volcando a los hombres

por el suelo cual si fuesen de paja. Los que quedaron en pie huyeron,

sin esperar la segunda arremetida. El señor de Elorza quiso internarse

por la muchedumbre, pero encontrando resistencia por lo apretada que

estaba, echó las manos al cuello al primer ganapán con quien tropezó, y

lo hubiera asfixiado seguramente a no haber intervenido los soldados,

que sujetaron por detrás al irritado padre. Su ira entonces se deshizo

en palabras desbordadas y frenéticas que impusieron silencio a los

rumores de la plebe.

--¡Canalla!, ¡vil canalla!, ¡cobardes, miserables!... Si no me

sujetasen, os iría arrancando la lengua uno a uno... Habéis herido a mi

hija... ¿No sabíais que era mi hija, pillos? ¡Aquí demostraréis vuestro

valor! ¿Por qué no vais a Navarra a combatir con los hombres armados, y

atacáis ahora a los indefensos?... ¡Porque sois unos cobardes..., una

chusma indecente, que se debe esparcir a latigazos!... Si hubiese entre

vosotros alguna persona digna de medirse conmigo, que salga para que le

escupa en la cara... ¡Déjenme ustedes, déjenme ustedes, por Dios, matar

a alguno de estos granujas que han herido a mi hija! ¡Déjenme ustedes,

señores; por Dios, me dejen ustedes!...

Don Mariano forcejeaba por desasirse de los brazos de los soldados. Los

curiosos, que habían retrocedido ante su empuje, viéndole sujeto y

repuestos del susto, volvieron hechos basiliscos, arrojando espumarajos

por la boca.

--¡Este vejestorio está insultando al pueblo!--¡Es un carcunda

rabioso!--¡Vaya una vergüenza que así se insulte al pueblo!--¿Por qué no

matáis a ese bribón?--¡Matarlo, sí; matarlo!--¡Matarlo! ¡Matarlo!...

Y la muchedumbre se fue acercando, aunque lentamente, a la tropa como un

océano de olas hinchadas y amenazadoras, y hubiera dado buena cuenta de

don Mariano y los presos a no haber impedido el teniente tal acto de

barbarie, gritando con voz entera:

--Compañía..., preparen..., ¡ar...!

Entonces las olas hinchadas se deshincharon como por ensalmo. La voz del

teniente fue el... _Sed motos prestat componere fluctus_ de Neptuno. El

pueblo soberano volvió grupas, y diciendo para sus adentros, ¡sálvese el

que pueda!, se dio a correr en todas direcciones, cayendo aquí y

levantándose más allá. Y es fama que su majestad corrió tanto y tan bien

que en menos de tres minutos desaparecieron de la puntería de los

soldados.

Gracias a ello los presos continuaron tranquilos hasta la cárcel, donde

preventivamente los alojaron en una gran sala bastante sucia, con

pavimento de madera agujereado de los ratones por no pocos sitios. A

María se le concedió un cuarto independiente, de relativo aseo y

comodidad.

La hora designada para comparecer ante el Consejo de guerra fueron las

doce, y cuando sonaron se les trasladó perfectamente custodiados a un

salón bien decorado del cuartel, donde aquél se hallaba reunido. Los

oficiales que lo componían estaban sentados detrás de una larga mesa,

vestida de damasco encarnado, debajo de un dosel de terciopelo que, en

otro tiempo, cuando no estábamos en república, había servido para dar

realce y prestigio al retrato del monarca. Se hallaban presididos por el

gobernador militar, quien se había empeñado en llevar de un modo rápido

y violento el asunto. Quería escarmentar duramente a todos los

conspiradores, o lo que es igual, no dejar títere con cabeza, según sus

propias palabras. Era un hombre rechoncho, con grandes mofletes y exiguo

bigote; gran traza de lo que ya hemos dicho y con nosotros el comandante

Ramírez y el teniente de la escolta. Los demás oficiales no ofrecían

absolutamente nada de particular en sus rostros: facciones abultadas,

ojos negros, bigotes retorcidos, perillas puntiagudas, fisonomías

vulgares en un todo, aunque varoniles. Se comprendía a primera vista que

les venía muy ancha la toga. Cuando los presos llegaron, las puertas y

los alrededores del cuartel estaban invadidos por numeroso público, no

tan grosero y soez como el de la mañana. Lo componían personas de más

categoría, estudiantes en su mayor parte, hidalgos y empleados. Este

público guardó prudente y compasivo silencio al verlos entrar.

Fueron introducidos uno por uno en la vasta sala del Consejo. El capitán

que hacía de fiscal les fue tomando declaración con los documentos

justificativos de la delincuencia a la vista. Los individuos de la junta

carlista de Nieva fueron deponiendo como mejor les convenía, negando la

mayor parte de los hechos, afirmando sagazmente otros y haciendo, en

fin, todo lo posible para salir absueltos. El mofletudo general se

enfureció no pocas veces durante el curso de las declaraciones, cortando

la palabra al fiscal para apostrofar duramente a los conspiradores y

amenazarlos con fusilarlos interinamente si no declaraban todos los

pormenores y ramificaciones de la conjuración; pero no consiguió gran

cosa con sus bravatas. Cuando tocó el turno a María sonrió

sarcásticamente, y dijo con burda ironía:

--Tenga usted la amabilidad de acercarse, señorita, y de contestar a las

preguntas que este caballero capitán va a dirigirle.

--¿Cómo se llama usted?--dijo el fiscal.

--María de Elorza y Valcárcel.

--_De, dee, dee_--murmuró el general--. ¡Siempre los mismos humos

aristocráticos!

--Se le acusa a usted de servir de intermediaria en la correspondencia

entre el marqués de Revollar, ministro y consejero del Pretendiente, y

el cabecilla don César Pardo, desterrado hace poco tiempo, por virtud de

sentencia firme del Consejo de guerra, reunido en catorce de marzo.

Además, se le acusa a usted de haber asistido y tomado parte en varias

reuniones que los conspiradores de Nieva han celebrado con asistencia

del mismo fugado cabecilla y de otros varios reos políticos. En estas

reuniones usted ha usado de la palabra alentando a la rebelión y

suministrando ideas para que lograse éxito feliz. Se dice que usted ha

bordado el estandarte para los facciosos y que ha ocultado boinas y

polainas en su casa y también que ha facilitado dinero a los

conjurados...

El fiscal dejó de hablar. Hubo unos instantes de silencio. El general

dijo con impaciencia:

--¡Vamos..., conteste usted! ¿Son ciertos los hechos de que se la acusa?

María, con la mirada serena, clavada en el rostro ceñudo del presidente,

y con tono firme y reposado, respondió:

--Todo cuanto acaba de manifestar el señor fiscal es la pura verdad, y

de ello me felicito ardientemente. Es verdad que he servido de

intermediaria en la correspondencia entre mi noble tío el marqués de

Revollar y el bravo don César Pardo (que Dios tenga en gloria). Es

cierto que he asistido a reuniones donde se conspiraba contra el impío

gobierno que hoy existe y que he procurado con mi torpe palabra alentar

a los conjurados al combate, y es cierto igualmente que he bordado el

estandarte y otras prendas para los defensores de la fe. También es

verdad que les he facilitado el dinero que pude, pero no es exacto que

haya ocultado solamente en casa de mi padre boinas y polainas; he

ocultado también armas, fusiles con sus bayonetas y municiones.

Los oficiales del Consejo quedaron estupefactos. El mismo general, a

pesar de su temperamento colérico, permaneció algunos instantes suspenso

ante la audacia de aquella niña. Mas si la conociesen, como nosotros la

conocemos, es bien seguro que no hallarían motivo para asombrarse tanto.

La primogénita de la casa de Elorza había entrado en la conspiración

carlista completamente persuadida de que realizaba una obra grata a los

ojos de Dios y con el propósito firme de no retroceder ante ningún

peligro. Su fe ardiente y todopoderosa buscaba los medios de servirle, y

además el prurito de imitación de que ya hemos hecho mérito la impulsaba

a remedar la conducta de aquellas santas vírgenes que desafiaron el

poder de los más crueles tiranos y dieron ejemplo glorioso de constancia

en tiempos de persecución. Sabía de memoria las vidas de Santa Leocadia,

Santa Bárbara, Santa Julia, Santa Eulalia y otras ilustres mártires de

la fe cristiana, y su firmeza era para ella un ejemplo y un incentivo

más en el camino de santidad que había emprendido. Innumerables veces se

había representado escenas de martirio de las cuales era protagonista y

en las que siempre salía vencedora: bien así como muchos hombres

aficionados a las peleas se imaginan luchar con una docena de campeones

y hacerlos correr ignominiosamente, y otros enamorados de la oratoria se

representan dirigiendo su voz a las muchedumbres, conmoviéndolas y

arrastrándolas a su talante. ¡Con cuánta admiración había leído la fuga

de la santa doncella de Mérida desde la casa de campo de sus padres

hasta la ciudad, donde se presentó voluntariamente ante el gobernador

Calfurniano a confesar su fe y a pedir el martirio! En el viaje que

acababa de hacer desde Nieva había recordado muchas veces los detalles

de aquella memorable fuga, queriendo hallar en él cierta analogía con el

de la santa. Ahora que se veía en presencia de jueces severos y

enojados, notaba aún más determinada la semejanza, lo cual alentábala no

poco a persistir en su propósito de mantenerse firme ante el peligro.

El general, que no tenía noticias muy exactas de lo que había sucedido a

Santa Eulalia con Calfurniano, creyó buenamente que aquella mocosa

quería burlarse y exclamó dando un tremendo puñetazo sobre la mesa:

--Oiga usted, señorita, ¿sabe usted con quién está hablando? ¿Sabe usted

que soy el gobernador militar de la provincia y que nunca he tenido

afición muy decidida a las bromas? ¿Sabe usted a lo que se expone al

querer burlarse del respetabilísimo consejo de guerra que en este

momento presido? ¿Sabe usted que me están dando intenciones de mandarla

a usted a la cárcel y encerrarla en un calabozo y tenerla allí a pan y

agua hasta que se pudra?... ¿Lo sabe usted, eh?..., ¿lo sabe usted?...

¿Eh?..., ¿eh?...

--Sé perfectamente--repuso María en tono firme, aunque modesto--que

estoy en presencia de un consejo de guerra; pero aunque me hallase

frente a un batallón de soldados que me apuntasen con sus fusiles, diría

lo mismo, sin quitar ni añadir una letra. No acostumbro a faltar a la

verdad, y tratándose de actos que pueden prestar algún servicio a la

causa de Dios sería indigna de llamarme cristiana si renegase de ellos

en presencia de nadie.

--¿Y qué es lo que usted llama causa de Dios, bella señorita?--preguntó

el general con aparente calma, mientras por sus ojos pasaban relámpagos

de ira.

--Llamo causa de Dios a la que en estos momentos representa el rey

legítimo y católico en torno del cual se agrupan todos los que se

escandalizan de ver perseguida la religión y vejados sus ministros, los

que lloran al leer las infames blasfemias proferidas en el Congreso y

repetidas diariamente por los periódicos, los que no quieren ver

entronizada la impiedad en España, la tierra católica por excelencia,

favorecida siempre por Dios con una sola fe y un solo culto.

El general se puso más rojo que una guindilla; temblaron sus labios,

agitados por la cólera; iba a proferir alguna gran atrocidad, pero al

fin, dominándose, dijo enderezando sus palabras hacia el fiscal:

--Continúe usted el interrogatorio, señor capitán.

Primera vez en su vida que al general le quedó una barbaridad entre

pecho y espalda. El fiscal, en quien tal vez por ser el más joven, la

fuerza de atracción de los sexos no había perdido aún su influjo,

prosiguió, dulcificando cada vez más la voz y la sonrisa que contraía su

rostro:

--Bien; puesto que usted ha tenido la franqueza de confesar que ha

intervenido en la conspiración, esperamos que siga siendo tan franca y

nos declare todas las circunstancias de ella y los nombres de las

personas que han tomado parte.

--¡Oh!, no..., eso no puede ser. Yo declaro y confieso mis actos, pero

no puedo confesar los de los demás. Aunque ellos me otorgasen permiso,

bien pueden ustedes estar seguros de que no lo haría, pues me parece

pecado dar a los impíos armas para matar a los buenos cristianos...

--¡Esto ya no se puede sufrir!--vociferó el general montando en

cólera--.Vamos a ver, señorita: ¿usted cree que yo no dispongo de medios

para hacer que usted cante de plano? Diga usted prontito lo que sabe,

pues de otro modo vamos a estar mal..., ¡vamos a estar maaaaal!...

--Señor presidente, me hallo resuelta a no decir una sola palabra que

pueda comprometer a mis amigos los piadosos y leales defensores de la fe

de Jesucristo. Haga usted de mí lo que quiera, en la inteligencia de que

aceptaré con gusto cualquier ocasión de padecer algo por el que tanto

padeció por nosotros.

--¡Rayo de Dios!--gritó el general, dando otro terrible puñetazo sobre

la mesa--. ¡Esta chiquilla ha concluido con mi paciencia!... A ver,

ordenanza, que conduzcan inmediatamente esta joven a la cárcel y la

pongan incomunicada hasta nueva orden...

Los oficiales del consejo, comprendiendo que aquello era dar una

campanada sin resultado alguno, se lo hicieron presente al gobernador en

voz baja, y éste un poco calmado también lo comprendió.

--Tienen ustedes razón--dijo en voz alta--. Todas las noticias que esta

chica puede dar las conocemos nosotros, y algunas más. No quiero que

esos papeluchos carlistas digan que nos hemos ensañado con una mujer...

Oiga usted, ordenanza, vea usted si anda por ahí el padre de esta joven

y hágale usted entrar.

A los pocos instantes entró don Mariano.

--Me veo en el caso de decirle a usted, señor de Elorza--manifestó el

general encarándose con él--, que tiene usted una niña muy mal educada,

y que gracias a que no figura usted como carlista y a nuestra

benevolencia, no adoptamos con ella las medidas de rigor que merece por

su atrevimiento. Puede usted llevársela cuando quiera a casa,

respondiéndonos antes de que no volverá a meterse directa ni

indirectamente en conspiraciones o en cosa que lo valga..., ¿estamos?...

Cuide usted más de ella si no quiere exponerse a disgustos mayores y no

la deje andar tan suelta como hasta ahora.

Faltó poco para que don Mariano lo echase todo a rodar, lanzando algún

insulto a la cara de aquel soldadote; pero las amarguras que desde la

noche anterior venía padeciendo le tenían muy abatido. Por otra parte,

temió comprometer gravemente la situación de su hija, y viéndola libre

no quiso perderla de nuevo. Reservándose, pues, _in pectore_, para

tiempos mejores el derecho de exigir al gobernador cumplida satisfacción

de sus groseras palabras, dio la caución que se le pedía y salió

inmediatamente de la sala y del cuartel con María, yendo a alojarse a

casa de unos parientes. Por la tarde se trasladaron a Nieva, llegando a

su casa cuando ya cerraba la noche.

XIV

PÁLIDA MORS

Cuando se detuvo el carruaje, don Mariano conoció en el rostro del

criado que salió a abrir la portezuela que nada halagüeño había acaecido

en su ausencia.

--¿La señora...?--preguntó con sobresalto.

--La señora se encuentra en cama.

--¡Oh, debía suponerlo!... ¡Cómo había de tener fuerzas la pobre para

resistir este golpe!

Las caras de los otros servidores que halló al paso estaban de la misma

suerte, graves y taciturnas, lo cual aumentó extraordinariamente su

agitación. María le seguía. Cuando llegaron a la habitación de doña

Gertrudis observaron que dentro había algunas personas, las cuales, al

verlos, vinieron hacia ellos en ademán de detenerlos.

--Pero qué, ¿tan mala está?--exclamó el infeliz don Mariano con voz

ronca y ya temblorosa.

--No está muy mal--dijo una señora oficiosa--, pero no conviene que

ustedes entren así de golpe, porque una emoción fuerte le puede hacer

daño. Ha tenido algunos ataques desde ayer noche y se encuentra bastante

débil. Déjenme ustedes que la prepare.

La señora fue, en efecto, a decir a doña Gertrudis que su hija estaba

libre y que no tardaría en llegar a Nieva.

--¡Mi hija está ahí!--gritó la enferma con maravilloso instinto de madre

y de mujer histérica--. ¡Sí, está ahí!..., ¡la siento!..., ¡la estoy

viendo!...; ¡ven, ven, hija mía!...

Y al mismo tiempo hizo un esfuerzo supremo para incorporarse. María

entró en la alcoba, y poniéndose de rodillas al lado de la cama, besó

respetuosamente las manos que su madre le tendía.

--Perdóname, mamá; perdóname el disgusto que te he dado... Te has puesto

enferma por mi causa, pero el Señor querrá sanarte pronto...

--No, hija mía; no tengo de qué perdonarte; has hecho lo que Dios te ha

ordenado. Me he puesto mala..., es verdad..., pero es porque no tengo

tanta virtud como tú para sufrir los dolores que Dios nos envía... Tú

eres una santa... Ya me pondré buena..., no pienses en mí... Lo que

ahora me asusta es no haberme muerto viéndote marchar de aquel modo....,

entre soldados... ¡Pobre hija mía!..., ven, dame un beso.

Cuando María entró en la alcoba estaban en ella Marta y Ricardo; la niña

sentada cerca de la cabecera y Ricardo a los pies de la cama. El joven

marqués, al saber en la Fábrica la prisión de María, había solicitado

del coronel que se le relevase en la guardia aquella noche, y otorgada

su petición, corrió a casa de Elorza cuando ya don Mariano y su hija

estaban fuera del pueblo. Doña Gertrudis se hallaba padeciendo un ataque

fortísimo, del cual se temió que no saliese. Volvió en sí, pero fue para

caer en seguida en otro. ¡Qué noche tan angustiosa! Don Máximo y la

señora de Ciudad se quedaron con la pobrecita Marta para velar a la

enferma. Ricardo tampoco quiso dejar la casa. La niña, haciéndose cargo

de que de su actitud dependían tal vez la salud y la vida de su madre,

se mantuvo firme, no cesando de moverse en torno del lecho, entrando y

saliendo en la alcoba centenares de veces. Apenas don Máximo emitía una

orden, ya se estaba cumplimentando con admirable exactitud. Se agotaron

multitud de remedios que exigían mucho esmero y cierta costumbre:

sinapismos, sanguijuelas, fricciones en las sienes con varios líquidos,

etcétera. Marta no consintió que ninguna criada pusiera la mano en su

madre: todo lo hizo ella sin precipitación, sin ruido, como si en toda

su vida no hubiese hecho otra cosa. En algunos momentos de respiro se

sentaba al lado del lecho y contemplaba fijamente con ojos ansiosos el

rostro de la enferma. La alcoba estaba débilmente esclarecida por un

quinqué que ardía a media mecha en la sala. Un fuerte olor de drogas y

medicinas partía de los frascos acumulados en la mesilla de noche; pero

Marta no se mareaba con ningún olor, ¡tenía la cabeza firme!, y su

salud, jamás alterada, era la envidia de todos los de casa. Ricardo

también se sentaba a veces a los pies de la enferma. La niña apenas veía

más que su silueta dibujada sobre el hueco claro de la puerta; pero esta

silueta le causaba gran consuelo. Ya no estaba sola; Ricardo no era un

extraño. Alguna vez, cuando la enferma pedía algo, los dos se levantaban

presurosos a dárselo; mas al coger un frasco, si sus manos se tocaban,

Marta retiraba la suya velozmente, como si hubiese tropezado con una

víbora, y dejaba hacer a su amigo. Ambos guardaban silencio. Marta,

olvidada de sí misma, no pensaba más que en su madre. Ricardo, más

egoísta, pensaba en María. Toda el alma de la niña estaba pendiente del

ser querido que respiraba agitadamente a su lado, y sin equivocarse un

punto, con la exactitud de un cronómetro, contaba los latidos de su

corazón y observaba los movimientos de su pecho. Don Máximo y la señora

de Ciudad cuchicheaban en la sala como si se estuviesen confesando. La

señora le explicaba al anciano médico el carácter y temperamento de cada

una de sus hijas; la conversación era larga. En el espacio de nueve

horas le dieron cuatro ataques intensos a la enferma, que la dejaron a

tal punto postrada, que el médico temió seriamente un mal resultado. No

obstante, después del cuarto, quedó relativamente bien, y pasó el día

bastante tranquila. El peligro, a pesar de esto, aun continuaba.

Pasados los primeros momentos de efusión, María llamó a su hermana

aparte, a un rincón de la sala.

--Oye, ¿mamá se ha confesado?

--No.

--¿Y por qué no has mandado llamar a un sacerdote?... ¿No veías que

estaba en peligro?

Marta y María: novela de costumbres · 第 17 / 21 段