parte en el juego. Estaba sentada al lado de su madre totalmente
abstraída de lo que la rodeaba, con los ojos fijos en el vacío. Por su
rostro un poco marchito, pero siempre hermoso, se esparcía una intensa y
singular palidez, y todo su cuerpo ofrecía señales de inquietud y
zozobra. Apenas contestaba a las preguntas que de vez en cuando le hacía
doña Gertrudis, y eso con tal brevedad, que cortaba en la buena señora
las ganas de menudearlas. Cuatro o cinco veces se había levantado ya de
la silla y había ido hacia el balcón, permaneciendo largo rato detrás de
él con la frente apoyada en los cristales sin que nadie supiera lo que
miraba. La plaza de Nieva estaba como en la primer noche en que la
vimos, obscura y sembrada de charcos de agua donde se reflejaban
tristemente los rayos de los faroles de petróleo que ardían en las
esquinas. Ni un alma la cruzaba aquella noche. En vano se sacaba los
ojos por penetrar las tinieblas de los soportales. Los vecinos todos se
habían retirado ya a sus casas, perfectamente convencidos de que la
humedad es causa de muchas enfermedades. Los balcones del café de la
Estrella eran los únicos que estaban iluminados. La lluvia difundía por
la atmósfera un rumor levísimo que apenas traspasaba los cristales para
llegar a los oídos de la joven.
A Rosarito le tocó hacer la sultana. El pollo del pelo por la frente
colocó un sillón en medio de la sala y la hizo sentarse en él; después
puso delante un cojín de terciopelo. Los caballeros zegríes y
abencerrajes de la tertulia comenzaron a desfilar por delante de ella,
doblando la rodilla en su presencia y esperando humildemente su
resolución. Rosario, con la notable aptitud que tienen todas las mujeres
para hacer el papel de reinas, los iba rechazando con gesto de soberano
desdén. Únicamente cuando llegó el pollo de las mazurcas, y se mostró
temblando a sus pies, dignose la bella cuanto feroz sultana alargarle el
pañuelo que tenía en la mano y elegirle como amante como justo premio a
sus notabilísimas corbatas y sus no menos excepcionales _chaquets_.
Después marcharon ambos en triunfo a una de las alcobas del harem, o lo
que es igual, dieron dos vueltas por el salón y se fueron a sentar en el
sofá, donde antes se hallaban.
La diminuta tertulia, después de agotar los no muy variados recursos del
juego de prendas, permaneció inactiva y acomodada en el ángulo de la
sala, entablando en voz baja una vivísima plática entrecortada de risas
y exclamaciones, donde los jóvenes de ingenio tuvieron ocasión de
lucirlo a expensas de algún desventurado a quien despellejaron sin
piedad. Los que no lo tenían se contentaban con sonreír y aplaudir
estúpidamente los chistes de los otros. Se daban interminables bromas a
las niñas, sobre los aspirantes a sus respectivas manos, y aquéllas se
defendían como de costumbre, con las clásicas respuestas: «No sé por qué
dice usted eso.--Le han informado a usted muy mal.--Entra en casa como
amigo y nada más, etcétera.» Las sonrisas maliciosas y la expresión de
reserva que acompañaban a estas respuestas decían bien claro que a las
niñas no les disgustaba la broma.
Doña Gertrudis se había dormido. Don Mariano y sus prosélitos seguían
recorriendo de un cabo a otro el salón, enfrascados en profundas
disquisiciones acerca de la baja probable de la propiedad inmueble.
María continuaba con la frente pegada a los cristales, sumida, al
parecer, en una de sus largas y frecuentes meditaciones a que ya estaban
acostumbrados los de casa, en realidad explorando con ojos ansiosos las
sombras que envolvían la plaza de Nieva, sin atender poco ni mucho a la
frívola conversación que los amigos de la casa sostenían. De pronto
creyó oír un extraño rumor a lo lejos y se estremeció, se abstrajo
cuanto pudo de los ruidos de la sala y prestó atención profunda y llena
de zozobra a aquel lejano rumor, que fue poco a poco creciendo en el
silencio de la noche, haciéndose cada vez más claro y preciso. No era un
rumor confuso y fantástico, como los que produce el viento o la mar,
sino firme y bien definido, perfectamente claro para sus oídos. Pronto
se convirtió en el ruido acompasado y característico de la muchedumbre
que marcha ordenadamente. Los ojos atónitos de la joven distinguieron a
la luz del farol las puntas de las bayonetas y los roses charolados de
la tropa. Los tertulianos todos al escuchar los pasos acudieron en
tropel a los balcones y vieron, con sorpresa, desfilar por delante de la
casa dos compañías de soldados que cruzaron la plaza y se perdieron en
las encrucijadas de la villa.
Los amigos de don Mariano se miraron con sorpresa.
--¿Qué vendrá a hacer esta tropa a tales horas?--preguntó una señora.
--No comprendo adónde pueda ir--repuso don Mariano--. Para dirigirse al
interior de la provincia, aunque vengan del Occidente, no necesitaban
pasar por aquí; tienen el valle de Cañedo a su disposición, que es un
camino mucho más breve.
--Hoy precisamente he paseado con el capitán de carabineros--dijo don
Máximo--y no me ha dicho una palabra de la venida de esa tropa.
--No lo sabría; lo más probable es que venga de marcha y no haga más que
pernoctar aquí para continuar mañana su camino--dijo el señor de Ciudad.
--Rara marcha lleva--apuntó don Mariano--, pero en fin..., podrá ser...,
podrá ser.
Los jóvenes volvieron a sus sitios y se olvidaron al instante del
suceso, anudando la rota y alegre conversación. Los viejos siguieron su
paseo, haciendo interminables comentarios e infinitas hipótesis acerca
de aquella visita inesperada. María continuó obstinadamente pegada a los
cristales del balcón, velada a los ojos de sus amigos por las grandes
cortinas de damasco.
En el grupo juvenil donde la sensible señorita de Delgado figuraba,
contra los deseos vehementemente expresados de Rosarito, que aseguraba
sobre su honrada palabra que la citada señorita la había tenido a ella
en brazos muchas veces, y que cuando iba a confesarse siendo niña, y la
señorita de Delgado se hallaba en casa, le besaba la mano como a una
_persona mayor_, se empezó a discutir con extraordinario fuego acerca de
la música. Uno de los mancebos más elegantes, que se había preparado en
Madrid para cinco carreras especiales consecutivamente, sostenía la
primacía de los maestros alemanes, asegurando que no había óperas como
_Roberto, Hugonotes y Profeta_, ni música sinfónica que pudiera competir
con la de Beethoven y Mozart. Las señoras, poderosamente secundadas por
los demás hombres, venían por los fueros de la música italiana.
--¡No nos maree usted con sus alemanes, Severino! ¡Vaya una música la de
esos señores! ¡A mí me suena lo mismo que una jauría de perros ladrando!
--Eso no es más que al principio; si usted continuase oyéndola, llegaría
a tomarle el gusto: sucede lo mismo que con las aceitunas y la cerveza.
--Pues si ha de pasar uno malos ratos antes de acostumbrarse,
francamente, no merece la pena. Vea usted cómo con la música italiana no
acontece eso y gusta desde el primer día.
--¡Claro, porque la mayor parte de la música italiana no es más que una
tonadilla que se acompaña con cuatro guitarras!
--¡Calle usted, hombre, calle usted! No diga usted sacrilegios. ¡Quiere
usted comparar ese galimatías que ni ellos mismos entienden con el
sublime final de la _Lucía_ o con el aria de tiple de la _Favorita_, que
empieza: «Oh miooo Ferna... a... a... an... do... riii... raaa... ri...
ra.., ro... riiira...!»
--¡Ah, si usted hubiera oído el cuarto acto de _Hugonotes_! ¡Qué música
tan dramática! ¡Aquello sí que expresa!... ¡Se le ponen a uno los pelos
de punta!... ¡Qué dúo aquel tan grandioso: «La... sciami... paar...
tiiir... la... sciami... paar... tiiiir... riira... riri... riri...
ra... roo... rir... ra... roo... laa... to... rii... ro... raa...!»
--¿Pero podrá haber nada más dulce que el concertante de la _Sonámbula_,
que empieza: «Tooo... ra... ri... ro... ra... roooo... laa... riii...
roo... raa... rora... rooo... tii... ra... ri... roo...?»
--¡No es posible, no es posible!--dijeron varios a un tiempo.
--Sobre todo, la música italiana conmueve el corazón, mientras que la
alemana no hace más que aturdir los oídos--apuntó la señorita de
Delgado.
--Es verdad--afirmó su hermana la viuda.
--Yo creo--siguió la señorita--que el objeto de la música es
conmover..., elevar el alma, hacernos derramar lágrimas...,
transportarnos a regiones ideales, lejos del mundo prosaico en que
vivimos... Porque la verdad es que la prosa se va apoderando de tal modo
de la sociedad que pronto va a parecer ridículo hablar de cosas que no
sean materiales y sórdidas.
--Cierto--volvió a afirmar la viuda.
--La música sigue el camino de la prosa como todo lo demás... ¿No oyen
ustedes qué tonterías cantan ahora, qué pasacalles tan desabridos? ¡Y
gracias que no sea algún trozo indecente de una zarzuela bufa! En las
canciones ya no se habla de amor; ya no hay más que frases con doble
sentido que ocultan alguna suciedad.
--Creo que usted sabe varias canciones románticas muy lindas y las canta
admirablemente--dijo el pollo del pelo por la frente, apercibido como
siempre a proporcionar a la tertulia algún nuevo solaz.
--No, señor..., no lo crea usted... Antes cantaba alguna, pero ya se me
han olvidado...
--Por mi parte--manifestó el pollo con sonrisa altamente diplomática--y
pienso que también por parte de todos estos señores, le agradecería
muchísimo que rebuscase en su memoria y nos hiciese conocer alguna...,
¿no es verdad, señores?
--Sí, sí, Margarita, cante usted, por Dios, alguna.
--¡Si no me acuerdo!
--Vamos, ya se acordará usted... Empezando, la irá usted sacando poco a
poco.
--Me parece que no podrá ser... Además, yo me las acompañaba con
guitarra...
--¿No hay en casa alguna guitarra?--se apresuró a preguntar el pollo,
levantándose de su silla.
A la guitarra que trajo Marta le faltaban dos o tres cuerdas y fue
menester echárselas, en cuya operación se invirtió algún tiempo. Después
se tardó también un poco en templarla. Una vez templada, la señorita de
Delgado declaró terminantemente que no cantaría porque no se acordaba de
nada. La tertulia se conmovió profundamente y trató con reiteradas
súplicas de infundirle un recuerdo fresco de alguna preciosa melodía.
Mas como la cantante no abandonaba el instrumento y seguía haciéndole
sonar dulcemente, volvieron todos a guardar silencio y a esperar con
ansia la canción. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de emitir la
primer nota, la sensible señorita hizo nuevas y rotundas declaraciones
en el mismo sentido que las primeras, lo cual afligió de tal modo a la
tertulia, y en particular al pollo del pelo por la frente, que de buen
grado habría concedido a la cantante en aquel momento toda la memoria de
que disponía, con tal de que no le dejase en mal lugar. Por último, la
señorita fijó los ojos en el techo y, con voz bastante dulce aunque
temblorosa, entonó la siguiente canción:
Esperanza halagüeña a mis sentidos,
tú endulzas de mi pena el amargor;
¡ay!, tú no eres un bien imaginario,
eres el bálsamo grato al corazón.
Si lejos de la vista de mi amada
me lleva de los hados el rigor,
tan sólo es la esperanza quien mitiga
mi tormento cruel y mi aflicción.
--¡Bravo!, ¡bravo!--¡Qué bonita!--¡Qué dulce!--¡Qué melancólica!--Siga
usted, por Dios, Margarita, siga usted.
La señorita de Delgado siguió de esta manera:
_Si recuerdo en la noche solitaria
el nombre de la prenda de mi amor,
se presenta hechicera a mi memoria
la imagen de su rostro encantador:
y tú eres, esperanza, quien me anuncia
que amante corresponde a mi pasión,
y sólo tu dulzura es quien mitiga
mi tormento cruel y mi aflicción._
Al llegar a este punto y cuando el auditorio se preparaba a saborear las
inefables dulzuras de una nueva estrofa, más apasionada tal vez y más
patética que las anteriores, cuando la señorita de Delgado apoyaba
lánguidamente sus dedos carnosos sobre las cuerdas del instrumento y la
cabeza más lánguidamente aun sobre el pecho en testimonio de amargo
duelo, acaeció en la casa de los señores de Elorza uno de esos sucesos
terribles y extraños, más terribles aun por lo inopinados, a tal punto
sorprendentes, que suspenden y cortan por un instante el uso de la
palabra; una escena extraordinaria, realizada con tal brevedad que no da
tiempo a reflexionar, y deja sumidos a los espectadores en profunda
consternación, sin haber podido intervenir en ella.
Abriose con violencia la puerta de la sala, y los ojos de los
circunstantes vueltos hacia ella vieron con asombro el rostro pálido de
un criado que exclamó dirigiéndose a su amo:
--¡Señor, señor!
--¿Qué ocurre?--preguntó don Mariano con el acento enérgico que emplean
los caracteres bien templados cuando adivinan un peligro.
--¡Los soldados están ahí!
--¿Y qué tengo yo que ver con los soldados, majadero?--replicó con voz
colérica.
--¡Es... que vienen a prenderle!
--No es verdad--gritó una voz desde el pasillo.
Y al mismo tiempo seis u ocho figuras taparon la puerta por detrás del
criado. Los primeros que se dejaron ver fueron un oficial muy joven con
un uniforme de marcha y un caballero no muy bien parecido con gabán
abrochado y llevando en la mano bastón con borlas.
Por detrás de ellos se veían los roses y los fusiles de algunos
soldados. El hombre del bastón, que era al parecer quien había hablado,
avanzó dos pasos por la sala y sin quitarse siquiera el sombrero,
preguntó a don Mariano con tono áspero:
--¿Es usted don Mariano Elorza?
La mirada del anciano caballero centelleó de indignación.
--Ante todo, quítese usted el sombrero.
El hombre del bastón, un poco cortado por la actitud del caballero y las
miradas del concurso, se quitó el sombrero.
--Ahora, ¿qué se le ofrece a usted?
--¿Es usted don Mariano Elorza?
--No; soy el excelentísimo señor don Mariano de Elorza.
--Es lo mismo.
--No es lo mismo.
--Bien, dejemos discusiones: traigo orden de prender a su hija doña
María.
Toda la energía del señor de Elorza se desvaneció de golpe como una
sombra al escuchar estas monstruosas palabras. Quedó algunos momentos
extático y petrificado, con la mirada apagada, como el que acaba de ver
un milagro y no quiere creer a sus propios ojos. Después, recobrándose
súbito, se lanzó sobre el hombre del bastón y sacudiéndole fuertemente
por la solapa, le dijo con voz de trueno:
--¿Y quién es usted, insolente, para pensar en cosa semejante?
--Soy el jefe de orden público de la provincia, y le advierto que si
usted intenta la menor resistencia, haré uso de la fuerza que traigo.
--¿Está usted bien seguro de que es a mi hija a quien viene usted a
prender?
--Sí, señor, traigo orden de prender a la señorita doña María Elorza.
Ruego a usted que me la entregue sin pérdida de tiempo.
--Aquí está--dijo María saliendo del hueco del balcón y avanzando hacia
el jefe de los esbirros.
--¡Pero eso no puede ser!--rugió de nuevo don Mariano deteniendo a su
hija--. ¡Este hombre está loco o viene equivocado!
--¿Está usted dispuesta a seguirme?--preguntó el comisario a la joven.
--Sí, señor--contestó ésta con firmeza.
--Pues vamos.
Don Mariano se llevó las manos al rostro y exclamó con un grito de
dolor:
--¡Hija mía de mi alma! ¿Qué has hecho?
--Nada que pueda deshonrarme ni deshonrarte--replicó la niña levantando
su rostro hermoso y altivo y saliendo precipitadamente del salón.
Don Mariano fue detenido por todos sus amigos que le habían rodeado;
pero viéndose inmediatamente solo, porque todos, advertidos por un grito
de Marta, acudieron a socorrer a doña Gertrudis, presa de un síncope, se
arrojó también como un relámpago fuera de la sala.
XII
ANTECEDENTES
Algún tiempo antes de los sucesos que acabamos de narrar, los amores de
Ricardo y María, que se habían ido desvaneciendo gradualmente como las
notas de una hermosa melodía, hasta el punto de no saber el mismo
Ricardo si realmente existían o se habían extinguido por completo, si
aun era el amante de la primogénita de Elorza, o si no tenía sobre su
corazón otros derechos que los que se conceden a un antiguo y estimado
amigo; estos amores, decimos, habían cobrado, sin que nadie supiese a
qué atribuirlo, repentina e inesperada vida, como si a una luz próxima a
morir por falta de aceite, le echasen alguna buena cantidad de ese
combustible. Todos se mostraban sorprendidos de verlos juntos charlando
como antes, en un ángulo de la sala, larguísimos ratos, abstraídos de
cuanto les rodeaba, habitando en ese rincón del cielo que los amantes
encuentran tan fácilmente lo mismo en la soledad que entre la
muchedumbre. A la sorpresa sucedía la complacencia en los amigos, y a la
complacencia las hipótesis sobre la mayor o menor proximidad de la época
del matrimonio y las conjeturas acerca de los motivos que habían operado
tal cambio en la conducta de los novios. Los maliciosos, guiñando el ojo
al decirlo, sostenían que de los tres enemigos del alma la carne era el
más temible, y que Dios había dicho: «crescite et multiplicamini», y
que era tontería oponerse a las leyes de la naturaleza. Las señoras
manifestaban, bajando la vista, que en todos los estados se podía muy
bien servir a Dios y que no eran las más flojas penitencias las que
imponían el cuidado de los hijos, su educación y el gobierno de la casa.
Mas de todas suertes, el hecho era que las cosas habían cambiado sin
saber por qué, y que señoras y caballeros se alegraban de ello,
esperando que los ilustres novios les proporcionasen pronto un día
agradable. El regocijo de don Mariano era tan grande, que se traslucía
en los ojos cada vez que los dirigía hacia la gentil pareja, y mil
hermosos ensueños, en que siempre figuraba un enjambre de nietezuelos
rubios y traviesos como lo había sido su hija, venían por la noche a
acariciarle en las soledades de su lecho feudal. Doña Gertrudis, como de
costumbre, encontraba muy bien la conducta de María. He aquí ahora cómo
se había efectuado el suceso.
Cierta mañana, en que el joven marqués de Peñalta se despertó más
temprano que otras veces, observando por el balcón de su cuarto que el
cielo estaba limpio (contra su costumbre inveterada), le vino en apetito
el dar un paseo por los alrededores de la villa, y pensando y haciendo
se vistió rápidamente y se echó a la calle en busca de aire puro. Mas
antes de salir del casco de la villa y cruzando por delante de la casa
de Elorza, tropezó casualmente con María, que iba hacia la iglesia con
su doncella. Le dio un salto el corazón y un poco turbado se detuvo a
saludarla. La niña le abocó con aquel gesto alegre y travieso, lleno a
un mismo tiempo de malicia y de candor, que por ser peculiar de su
carácter, no había podido vencer con ningún esfuerzo.
--Tú te habrás levantado temprano, por supuesto, para oír misa.
--¡Oh!, no--repuso Ricardo sonriendo--; salía a dar un paseo por el
campo, que debe de estar muy hermoso.
--Bien, pues hoy no hay paseo; te secuestro y te llevo conmigo a
misa--dijo la niña en tono resuelto y con cierta inflexión de voz
adorable. Y acompañando el hecho al dicho le tomó por la mano y le llevó
cogido de esta guisa unos cuantos pasos.
¡Venturoso Ricardo; qué otra cosa mejor podía apetecer en aquel momento
que verse secuestrado de tan gentil manera! No supo decir palabra en los
primeros momentos; embargole la emoción y una lágrima se deslizó por su
rostro honrado y varonil.
--¡Oh, María, si supieses qué feliz me haces!--le dijo en voz baja y
temblorosa--. Si tú quisieras llevarme, ¿adónde no iría yo contigo? Tú
no puedes comprender lo que ansío que me hables, que me sonrías, que me
dirijas. Busco con afán los medios de agradarte y no los encuentro. Dime
con qué puedo complacerte, con qué puedo deshacer el hielo que seca
nuestros amores. Y lo buscaré aunque sea a costa de mi vida. Si no te
quisiera más que a ningún otro ser de este mundo, tanto como el recuerdo
bendito de mi madre, ¡cuánto tiempo hace que hubiera huido de ti para
siempre!... Pero es de tal suerte mi amor, tan poderoso, tan vivo, tan
absorbente, que ha logrado concluir con todo mi orgullo... y temo que
llegue a concluir con mi dignidad--añadió sordamente.
La joven le miró fijamente, agradecida y admirada de tan sincero cariño,
y repuso con jovialidad:
--Por lo pronto, para complacerme, vendrás a misa conmigo, ¿no es
verdad?
--Sí, querida mía.
--¿Vendrás mañana también y todos los demás días?
--Sí, hermosa; no deseo otra cosa.
--¡No sabes lo que me alegro, Ricardo!
--¿De veras?
--Sí; te quiero mucho, pero te quiero bueno y piadoso, porque antes que
en todo lo demás debemos pensar en nuestra salvación y en hacer el mayor
bien que podamos en este mundo.
El joven sintiose en aquel momento enternecido, saboreando las gotas de
cariño que su amada dejaba caer sobre sus labios.
Nada hay que haga cambiar tan presto nuestras ideas más arraigadas y
nuestros juicios más firmes como la voz de la mujer querida. Ricardo era
un creyente tibio, como la generalidad de los hombres en nuestra época,
que odiaba las exageraciones y miraba con cierta repugnancia las
prácticas religiosas. Pues bien, por arte de encantamiento, esto es, por
arte de aquella voz dulce y de aquellos ojos más dulces aún, que le
miraban con elocuente expresión, se despojó súbitamente de sus opiniones
anticlericales, transformándose en un decidido campeón del altar y en un
fervoroso devoto de todos los santos y santas de la corte celestial.
Pensó con alegría que lo que su novia ejecutaba, después de todo, nada
tenía de censurable; que su piedad y su misticismo eran el reflejo de un
noble y elevado espíritu; que esta misma piedad era la prenda más segura
de su felicidad conyugal, pues la guardaría de las vanidades a que otras
mujeres se entregan después de casadas; que nada tenía de particular que
la pobrecita desease que su novio fuese creyente y devoto, dadas sus
ideas acerca de la salvación eterna, y que en este concepto él había
hecho muy mal en contrariarla de un modo tan obstinado, hiriéndola en lo
más vivo de su fe sencilla y admirable. En fin, concluyó por resolver
que él era un bárbaro incapaz de sacramentos ni de entender los
misterios adorables que puede encerrar un corazón consagrado a Dios, y
María una santa que le había sufrido con demasiada paciencia. Penetrado
en parte de esta idea y en parte infinitamente más grande de la emoción
que le produjo la inesperada ternura de su novia, repuso con acento
conmovido:
--Escucha, María..., ya sabes que yo no soy ni he sido nunca un
incrédulo... Es verdad que he mirado con cierta tibieza las prácticas
religiosas, pero también debes saber que éste es un vicio frecuente en
los jóvenes y particularmente entre los militares... Por lo demás, te lo
digo con toda la sinceridad de mi alma, jamás me ha abandonado la fe que
mi santa madre me inculcó en la niñez. Aun suenan en mis oídos sus
consejos y aun podría repetir sin equivocarme la multitud de oraciones
que me hacía decir de rodillas sobre la cama a la hora de acostarme...
Esto no se puede olvidar, María..., ¡sería un infame si lo olvidase!...
Hoy los mismos consejos vuelven a salir de unos labios idolatrados...
¿Cómo quieres que no sea para mí dulce la religión viniendo siempre
predicada por los seres a quienes más he querido y respetado en mi
vida?... Sí, hermosa mía, soy religioso por nacimiento y por convicción,
y espero serlo aún más fervoroso con tu ayuda. Dime lo que quieres que
haga en este punto y lo haré... Dime lo que quieres que piense y lo
pensaré... Soy todo tuyo, en cuerpo y en alma...
--Así, así te quiero yo... Pero no has de ser piadoso por amor mío,
porque entonces no tiene mérito alguno, sino por amor de Dios. Los lazos
que en este mundo se establecen, ¿qué valen en comparación del que
existe eternamente entre el Criador y las criaturas? Si me quieres
mucho, quiéreme en Dios y por Dios, como yo te quiero a ti. De otro modo
es pecado fijar nuestra atención y nuestro amor en ninguna criatura.
La emoción y el ardor de Ricardo recibieron un chorrito de agua fría con
estas palabras, pero supieron resistirlo sin menoscabo y siguieron
apoderados de su corazón hasta que llegaron al pórtico de la iglesia.
Allí María le dijo, tomando el agua bendita, que le ofreció con la punta
de los dedos.
--Ahora te quedarás debajo del coro a oír la misa; yo me voy a poner
cerca del altar. ¡Cuidado que mires para mí una sola vez! Ya comprendes
que eso sería profanar el templo y en tal caso más vale que no entres.
--No, no te miraré aunque me cueste mucho trabajo.
--Dame tu palabra de que lo harás así.
--Te la doy.
--Bien, pues, adiós..., hasta luego... Espérame a la salida.
Cuando ya se había alejado unos pasos se volvió para decirle, bajando
cuanto pudo la voz:
--Cuidado que cumplas eso... Y que estés con devoción, ¿eh?
Ricardo hizo señal afirmativa mientras se dibujaba en sus labios una
sonrisa feliz.