Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza del

océano con un sentimiento humilde de su pequeñez y con vago deseo de

participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y

otra vez, sin fatigarse nunca, por la línea indecisa del horizonte, que

les revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta

de ello, por un movimiento instintivo, se habían acercado de nuevo uno a

otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que rugía a

sus pies. Ricardo había pasado un brazo en torno de la cintura de la

niña y la tenía sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.

Al cabo de mucho tiempo, Marta volvió su rostro encendido hacia él y le

dijo con voz conmovida:

--Dime, ¿me dejas apoyar la cabeza en tu pecho? ¡Tengo unas ganas de

llorar!

Ricardo la miró con sorpresa y atrayéndola dulcemente hacia sí la acostó

sobre su regazo. La niña le dio las gracias con una sonrisa.

--¿Te encuentras bien ahora?

--¡Oh, sí; muy bien, muy bien!

--¿Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?

--No, no quiero dormir... Déjame..., no me hables..., ¡si supieras qué

bien me encuentro!

Ricardo sonrió satisfecho y le acarició la cara como a un niño.

El agua batía la peña donde se hallaban, salpicándoles de espuma y

entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca,

que parecía hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban

por ellas despertaban en su seno extraños y confusos rumores, que unas

veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos

profundos de un órgano.

Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al

cielo, hacía rodar sus grandes y límpidos ojos continuamente por la

bóveda azul, con el oído atento a los graves rumores que debajo de ella

sonaban. El viento fresco del mar no había conseguido aún apagar el

ardor de sus mejillas.

--¡Atiende!--dijo de pronto--. ¿No oyes?...

--¿Qué?

--¿No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?

Ricardo atendió un instante.

--No oigo nada.

--No; ya ha cesado... Aguarda un poco... ¿No lo oyes ahora?... Sí, sí,

no cabe duda..., en las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...

--No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraños...

¿Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?

--¡No, no!--exclamó con sobresalto--. Estate quieto... Si te movieses

ahora me harías mucho daño...

La gran mancha de plata se extendía cada vez más por el ámbito del

océano, pero empezaba a palidecer. El sol caminaba velozmente hacia el

horizonte con serenidad majestuosa, sin una nube que lo escoltara,

anegado en un vapor de oro y grana que se filtraba hasta perderse

enteramente en el azul claro del firmamento. La peña donde se hallaban

extendía también su sombra sobre el agua, cuyo verde oscuro se iba

trocando poco a poco en negro. Los rugidos de las olas se amortiguaban y

la brisa soplaba dulcemente como el hálito perezoso del que se prepara a

dormir. Un silencio augusto y conmovedor empezaba a elevarse del seno de

las aguas. En las cavernas de la roca, Marta dejó de percibir el grito

acongojado que la asustara, y los truenos y ronquidos se habían ido

cambiando lentamente en un _glu glu_ suave y lánguido.

--¿No te duermes?--volvió a preguntar Ricardo.

--Ya te he dicho que no quiero dormirme... ¡Me encuentro tan bien

despierta!... El que duerme no padece, pero tampoco goza... Sólo es

bueno dormir cuando se sueñan cosas lindas, y yo no las sueño casi

nunca... Ahora me parece que estoy durmiendo y soñando... ¡Te veo de un

modo tan raro!... Estoy viendo el cielo debajo y el mar encima. Tu

cabeza está bañada por un vapor azul... Cuando la mueves parece que

oscila la bóveda que nos cubre; cuando hablas, tu voz parece que sale de

lo profundo del mar... ¡No cierres los ojos, por Dios, que me haces

sufrir!... Se me figura que estás muerto y que me has dejado aquí sola.

¿No ves los míos qué abiertos están? Nunca tuve menos deseos de dormir

que ahora. Oye; acerca un poco la cara. ¿Sentirías mucho que el mar

fuese poco a poco subiendo y llegase a cubrirnos?

Ricardo se estremeció levemente. Echó una mirada en torno y observó que

el agua empezaba a cerrar el istmo que unía la peña a la costa. Los ojos

de Martita, cuando volvió el rostro hacia ella, brillaban con fuego

malicioso y singular.

--Vámonos, que ya estamos casi cercados de agua.

--Espera un poquito..., tengo que decirte una cosa... Te la voy a decir

muy bajo para que no se entere nadie..., nadie más que tú... Ricardo, me

alegraría que el mar subiese ahora de pronto y nos sepultase para

siempre... Así estaríamos eternamente en el fondo del agua, tú sentado y

yo apoyada en tu regazo con los ojos abiertos... Entonces, sí, me

dormiría a ratos y tú velarías mi sueño, ¿no es verdad? Las olas

pasarían sobre nuestra cabeza y nos vendrían a contar lo que sucedía en

el mundo... Esos peces blancos y azules que los marineros pescan con los

anzuelos vendrían silenciosamente a visitarnos y nos permitirían pasar

la mano por sus escamas de plata... Las algas se enredarían a nuestros

pies, formando cojines blandos, y cuando el sol saliera le veríamos al

través del cristal del agua más grande y más hermoso, filtrando sus

rayos de mil colores por ella y deslumbrándonos con su esplendor... Di,

¿no te gusta?

--Calla, Martita; estás delirando... Vámonos, que el agua sube.

--Espera un momento... Hace una hora que estamos aquí y el viento no ha

conseguido enfriarme las mejillas..., tengo cada vez más calor en ellas.

No importa..., me encuentro bien... ¿Quieres hacerme un favor?...

Sóplame en la cara a ver si se me pasa esta sofocación... ¡Así, así!...

¡Qué amable eres!... Por algo dice todo el mundo que eres muy

simpático... Tienes el genio un poco vivo, pero a mí me gustan los

hombres de genio vivo... Oye; necesito pedirte perdón.

--¿De qué?

--De un susto que te he dado el otro día. ¿Te acuerdas cuando hicimos

juntos un ramo de flores en el jardín?... Después quisiste hacerme una

caricia y fui tan necia que lo llevé a mal y me eché a llorar... ¡Qué

sorpresa y qué disgusto habrás tenido!... Confieso que soy una tonta y

que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme

que no estaba enfadada contigo... Lloré de sentimiento..., sin saber por

qué... ¡Qué motivo tenía yo para llorar! Tú no querías hacerme ningún

daño..., no querías más que besarme las manos, ¿verdad?

--Nada más, hermosa.

--Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tómalas...

La niña extendió hacia arriba sus lindas manos, que se agitaron en el

aire alegres y cándidas como dos palomitas recién salidas del nido.

Ricardo las besó con efusión repetidas veces.

--No basta eso--prosiguió la niña riendo--. Antes me besabas en la cara

siempre que me encontrabas o te despedías... ¿Por qué has dejado de

hacerlo? ¿Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer..., soy una niña

todavía... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme...

Después ya será otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...

El joven se inclinó y le dio un beso en la frente.

--Ahora dame un beso en cada mejilla... Aun sigue el calor, ¿no es

cierto?... Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda...,

déjame sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el

cabello negro..., ya lo sé..., pero eres muy amable y lo besarás para

darme gusto...

Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le señalaba. Al fin se

detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas

suavemente el rostro de la niña. En los ojos de ésta seguía luciendo el

mismo fuego malicioso. Sintiose levemente turbado y trató de fijar los

suyos en el mar; pero ella le dijo sonriendo:

--Si no te enfadases, te pediría otro aquí--y señaló a sus labios rojos

y húmedos.

El rostro del joven marqués se tiñó de carmín. Quedó un instante

inmóvil, y bajando al fin la cabeza unió sus labios a los de la niña con

prolongado beso.

Un fuerte soplo de viento había despertado el océano cuando se preparaba

a dormir: agitose un instante en su inmenso lecho de arena, cual si

cambiase de postura, y dejó escapar un sordo murmullo de disgusto. Las

olas tornaron a rodar de nuevo con extrañas voces. Apagáronse las luces

que ardían en sus crestas y se desvaneció la esplendorosa ebullición de

los tesoros submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes

reflejos del acero bruñido.

Cuando Ricardo separó sus labios de los de la niña, lo primero que hizo

fue pasear una mirada inquieta por los contornos de la peña. Estaban ya

cercados por el agua. Levantose bruscamente y sin decir nada cogió a

Marta entre sus brazos con la misma facilidad que si fuese una

cervatilla, y dando un prodigioso salto cayó de bruces sobre la peña

vecina, lastimándose un poco en una mano. Marta quedó ilesa y contempló

la herida del joven; después, sacando su fino pañuelo de batista, lo ató

silenciosamente sobre ella y echó a andar con paso rápido. Ricardo la

siguió. Los dos marchaban callados. La distancia que los separaba se fue

haciendo cada vez mayor, porque Marta ya no andaba, corría. El joven

marqués sentía vago malestar y una turbación extraña que le impedían

apretar el paso. Estaba enojado consigo mismo. Cuando entraron en el

agujero del túnel que conducía al bosquecillo de pinos, perdió

enteramente de vista a su amiga y hasta dejó de escuchar el ruido de sus

botitas por el suelo. Al hallarse en medio de la cueva, sumido en las

tinieblas, creyó oír muy confusamente el eco de un sollozo y sintió aún

más oprimido su corazón. Después de salir a la luz, empezó a encontrarse

mejor.

Cuando llegaron a la casa supieron que se habían expedido ya varios

criados a buscarlos, pues hacía rato que todo estaba dispuesto para el

regreso. La tarde avanzaba y no era muy del gusto de las señoras que las

sorprendiese la noche en el mar. Recibiéronlos, pues, con muestras de

satisfacción, y todo el mundo se apresuró a acomodarse nuevamente en las

falúas, que con el oleaje no estaban quietas un instante, como caballos

enjaezados, esperando al jinete al pie de la cuadra.

Izáronse las velas y, dando largar bordadas para aprovechar el viento,

hicieron rumbo hacia El Moral. Marta, al entrar en la lancha, había

perdido los vivos colores de las mejillas.

El sol se acercaba cada vez con más prisa al horizonte. Las señoras

veían con recelo crecer la sombra en el cielo como en el mar, dirigiendo

miradas inquietas a los marineros. Las frecuentes viradas que las

lanchas hacían les retrasaban extraordinariamente. Al cabo fue necesario

arriar las velas y caminar al remo en línea recta. Nada tenía esto de

particular, y es lo más usual cuando no se tiene el viento por la popa;

pero he aquí que a Rosario, la amiga de la señorita de Mory, se le mete

en la cabeza de pronto que aquel cambio de motor náutico significa

peligro inminente de naufragio, el cual se le representa a la

imaginación con todos los horrores de que suele venir rodeado en las

novelas por entregas: la densidad espesa de la noche, las olas

elevándose como montañas a los cielos, los gritos de los náufragos

mezclándose a los rugidos de la mar, etcétera. Y sin poder evitarlo,

empieza a agarrarse con mano nerviosa a su amiga y a dejar salir de su

boca exclamaciones de angustia y terror.

--¡Ay, Dios mío, vamos a perecer; vamos a perecer!

--No pasa nada; tranquilízate, Rosario.

--¡Sí, sí, vamos a perecer..., nos vamos a ahogar! ¡Dios mío, qué muerte

tan horrible!... ¡Por qué habré venido yo a la Isla!... ¡Qué dirá mi

papá cuando sepa que no tiene hija!... ¡Papá, papá de mi alma!...

--¡Pero, niña, si no ocurre absolutamente nada!

--¡No me digas eso, por Dios!, ¿no estoy viendo que han bajado las

velas? ¡Ay, qué muerte, qué muerte tan espantosa!... ¡Morir sin

confesión!... ¡Morir separada de mi papá!... ¡Y luego quedar sepultada

aquí en este fondo tan negro..., y ser comida por los peces..., y por

los cangrejos!... ¡Es horrible!...

Los esfuerzos de la señorita de Mory para calmar a su amiga eran

inútiles. No contribuían poco a asustarla las voces de los marineros,

que para alentarse y vencer la resistencia de las olas a cada golpe de

remo gritaban a un tiempo: ¡Aaaguanta!..., ¡aaaguanta!... Cada vez que

sonaba esta palabra en el aire con ritmo brutal, Rosario exhalaba un

grito de angustia; tanto que la vivaracha señorita de Mory, temiendo que

se pusiera mala, dijo a los marineros:

--Señores, hagan ustedes el favor de no decir _aguanta_, porque esta

señorita se asusta mucho.

Pero Rosario, toda azorada y hecha un mar de lágrimas, exclamó

inmediatamente:

--¡No, no; que digan _aguanta_, que digan _aguanta_! Si no, vamos a

perecer más pronto...

Poco a poco, no obstante, y viendo que la tremenda catástrofe no

llegaba, se fueron calmando sus nervios, y no tardó en reírse, como niña

aturdida que era, de sus ridículos temores.

En la falúa de Elorza se hablaba poco: don Mariano y don Máximo llevaban

demasiado Medoc en el cuerpo para hallarse en estado de sostener una

conversación animada. La señorita de Delgado, secundada por sus

hermanas, admiraba con vivos transportes de entusiasmo, abriendo y

cerrando mucho los ojos, la puesta del sol. El marqués de Peñalta había

cerrado los suyos y parecía dormido con la mano en la mejilla. Algunas

parejas cuchicheaban.

¿Qué pensaba Marta en aquel instante, con la mirada clavada en el mar,

grave, inmóvil y pálida como una estatua? ¿Qué negros fantasmas surgían

ante ella de lo profundo de las aguas para trazar en su cándida frente

las profundas arrugas de que estaba surcada? ¿Qué funestos secretos le

soplaba la brisa en el oído?

¡Oh! ¡Más fácil es descifrar el misterio de los rumores del océano y los

secretos de la brisa, que los vagos pensamientos que oculta la frente de

una niña!

La mar quería entregarse otra vez al sueño. Las crestas de sus olas ya

no blanqueaban a lo lejos con su corona de espumas. El horizonte

replegaba su línea indecisa que se borraba en la sombra de la tarde. Las

serenas y abultadas ondas bajaban y subían, semejando la respiración

perezosa y dormida de un seno gigantesco. Una por una, con amable

sosiego y confianza, las iban dejando atrás las falúas, avecinándose al

puerto. La costa festoneaba con línea negra y ondulante la gran llanura

resplandeciente. Allá, a lo lejos, en lo interior, columbrábanse las

cimas de las montañas, bañadas de un transparente vapor violáceo.

El pensamiento de Marta rompió la tupida nube que lo encerraba en un

piélago de confusiones y vaguedades, y en su alma asomaron de golpe un

sinnúmero de recuerdos dulces e inefables como otros tantos puntos

luminosos de que estaba sembrado el cielo sereno de su vida. Entretúvose

largo rato a contarlos recreándose en cada uno de ellos. ¡Qué vivos y

qué hermosos ardían en su memoria! ¡Qué luz tan suave derramaban los

monótonos y laboriosos días de su existencia! Estaban rodeados de

silencio y misterio; nadie los había gustado, nadie los conocía siquiera

más que ella; la misma mano que había dejado caer en su corazón el

bálsamo de la felicidad ignoraba en absoluto su bienhechora influencia.

Este pensamiento la llenaba de íntimo gozo, que hacía asomar a sus

labios descoloridos una sonrisa. Uno tras otro, no obstante, y sin saber

por qué, aquellos puntos luminosos se fueron apagando, se fueron

borrando y perdiendo en los abismos profundos y negros de una idea. Su

imaginación empezó a dar vueltas como un pájaro aturdido dentro de esta

idea triste y desesperada, donde no penetraba el más delgado rayo de

luz. ¿Para qué estaba ella en el mundo? La felicidad que había venido a

buscar estaba ya recogida y no le quedaba otro recurso que contemplarla

sin rencor y sin envidia, porque la envidia en este caso constituía

enorme pecado. ¿Y estaba segura de no caer en él a cada instante o, lo

que es peor, estaba segura de no llevar la mano a aquella felicidad? La

escondida playa de la Isla le vino de pronto a la memoria con su arena

de oro y sus olas espumosas derramándose sobre ella. Un gran

remordimiento, un remordimiento vivo y cruel empezó a entrar en su

inocente corazón como la hoja fina de un puñal, produciéndole tal dolor

que dejó escapar un grito ahogado que nadie escuchó más que ella misma.

La confusión y el vértigo se apoderaron de su cabeza, que ardía como un

volcán. Se llevó la mano a la frente y estaba fría como si fuese de

mármol. Esto la sorprendió de un modo extraordinario. ¡Tanto calor

dentro y tanto frío fuera!

El océano se mostraba en aquel instante lleno de paz y dulzura. El sol

iba a sumergir muy pronto su abrasado disco en el cristal de las aguas,

iluminando algunos parajes de la llanura con dorada y fantástica

claridad y dejando otros en la sombra. Los rumores eran más graves y

profundos, de una melancolía infinita. Aquella masa inconmensurable de

agua perdía lentamente su color azul, tomando otro verde muy opaco

sembrado aquí y allá de fugaces reflejos. El sosiego melancólico con

que el mar se despedía de la luz causó en Marta impresión profunda. Con

la cabeza inclinada sobre el agua y los ojos extáticos contemplaba los

más leves matices que la luz iba despertando en ella y atendía a todos

los rumores que sonaban en lo profundo.

El sol se sumergió enteramente. El océano dejó escapar un sollozo

inmenso, colosal. En este sollozo había tal enternecimiento, que Marta

creyó sentir vibrar el ambiente con movimiento de simpatía y admiración.

Nunca había visto al mar tan grande y tan sublime, tan fuerte y

bondadoso a un tiempo mismo. Aquel silencio augusto, aquel reposo

momentáneo del gran atleta la conmovía hasta lo íntimo, infundía en su

espíritu alborotado un ansia ardiente de paz. ¿Quién le había dicho que

el mar era terrible? ¿Qué corazón pequeño le había hablado de sus

crueles traiciones? ¡Ah, no! El mar era noble y generoso como lo son los

fuertes siempre, y sus cóleras, aunque temibles, eran pasajeras. En su

fondo tranquilo vivían felices las perlas y los corales, las blancas

sirenas, los peces azules...

La falúa, al oprimir su húmeda espalda, formaba entre proa y popa un

lecho ancho y cómodo con bordes de espuma, un lecho que convidaba a

dormir eternamente con el rostro vuelto al cielo, mirando resbalar por

el seno transparente del agua el fulgor de las estrellas...

--¡Jesús!... ¿Qué ha sido eso?

--¿Quién se ha caído al agua?

--¡Hija mía de mi alma! ¡Marta!... ¡Marta!... ¡Dejadme..., dejadme

salvar a mi hija!

--Ya está salvada, don Mariano; no hay necesidad de que usted se arroje

al agua.

--¡Cía!, ¡cía firme!--dijo la bronca voz del patrón--. Echa esa beta al

agua, Manuel... No asustarse, señores, que no es nada... ¡Ciar más!...

Basta... Agárrense ustedes a la beta... Ya no hay cuidado...

La confusión fue muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de los

marineros se habían echado al agua y nadaban vigorosamente para salvar

la corta distancia que la falúa había recorrido antes de que se diera el

grito de alarma. Ricardo, que iba delante, se sumergió, y a los pocos

segundos tornó a aparecer con la niña entre los brazos. La falúa ya

estaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguida

el carel de la lancha, viéndose suspendido por una porción de brazos que

los metieron dentro. Don Mariano, en los cortos momentos que esto duró,

forcejeaba con don Máximo y otras personas, pugnando por arrojarse al

agua. Cuando vio a su hija en la embarcación faltó poco para que la

ahogase contra su pecho.

Martita se había desmayado. Varias señoras se apresuraron a desatarle el

corsé y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que había

tragado. Después la extendieron en uno de los asientos de popa, y

Ricardo, tomando un frasco de éter que don Máximo había traído, se lo

aplicó a la nariz. No tardó en abrir los ojos, y al ver el demudado

semblante del joven inclinado sobre ella, sonrió dulcemente, y le dijo

de modo que nadie lo oyó más que él:

--Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!

Así que llegaron al Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que allí

estaban tomando baños, y se echaron encima la primer ropa que les

dieron. Después emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle

con una hora de noche, cuando las respectivas familias empezaban a

inquietarse por su tardanza.

XI

¡CASO EXTRAÑO!

Los tertulios de don Mariano se recreaban con el juego de prendas. La

noche estaba harto desapacible y habían acudido solamente las personas

de más confianza. Cuando esto acaecía (que no dejaba de ser con alguna

frecuencia), proscribíanse el baile y la música y sustituíanse con

juegos de naipes, de aduana o de prendas y a veces simplemente por una

amena y sabrosa conversación. La noche a que nos referimos, el sexo

femenino estaba representado por tres señoritas de Ciudad, dos de

Delgado, la señorita de Mory y alguna otra que, unidas a las de casa,

formaban un núcleo bastante respetable. En el masculino figuraban el

médico de la casa, el señor de Ciudad, don Serapio, el ingeniero Suárez

y otros cuatro o cinco pollastres que por lo simples e insignificantes

no merecen especial mención. La tertulia no ocupaba sino uno de los

ángulos del salón, si bien en ocasiones, cuando el juego lo exigía, se

diseminaba por todo él, aunque momentáneamente. Don Mariano, rodeado de

sus amigos, paseaba y discutía, parándose a menudo a exponer alguna

razón intrincada y siguiendo después su paseo con las manos atrás.

A don Serapio le tocó decir tres veces _sí_ y tres veces _no_, y, en

consecuencia, se retiró a uno de los rincones, mirando a la pared. Las

señoras y los caballeros se estrecharon aún más, formando grupo, y

empezaron a cuchichear animadamente, proponiendo cada cual una pregunta.

Al fin quedaron acordes en preguntarle si gastaba bisoñé.

--¿Eeeeh?--gritó el coro prolongando la nota.

--Sí--respondió el infeliz don Serapio.

La respuesta fue acogida con ruido y alegría que hicieron temblar al

fabricante de conservas. En seguida convinieron en preguntarle si

pensaba en casarse.

--¿Eeeeh?

--No--dijo resueltamente.

--¡Bravo!, ¡bravo!--gritaron los hombres.

--¡Qué hombre tan empedernido!--chillaron las mujeres.

Uno de los pollos propuso que se le preguntase si continuaba con la

misma afición a las criadas. Las señoras quisieron oponerse, pero no

hubo remedio.

--¿Eeeeh?

--Sí.

Gran algazara en el grupo. El mismo pollo malévolo propuso otra cosa

peor: si pensaba dar carrera a alguno de sus hijos. Las señoras

rechazaron seriamente esta pregunta y fue sustituida por otra. Y de esta

suerte prosiguieron hasta que dijo los tres _sí_ y tres no de rúbrica, y

vino cabizbajo a informarse de lo que habían preguntado.

Tocole después a Amparito Ciudad contentar a todos los caballeros de la

reunión, y empezó a ejecutarlo con suma discreción y donaire,

contentando de la primera a los pollos, exceptuando al ingeniero

Suárez, que se negó rotundamente a darse por satisfecho con ninguna de

las proposiciones, y que muy quedo le dijo a la niña lo único con lo que

se contentaría. Amparito se puso colorada y le dirigió una tierna mirada

de reconvención, volviendo después la vista a su padre, que por fortuna

se hallaba de espalda paseando con don Mariano.

Llegó la vez a Isidorito, teniendo la mala suerte de ponerse en berlina:

¡y allí fue ella para la señorita de Mory! Isidorito, aunque nada

simpático, infundía general respeto por su fama de estudioso y sensato:

así que la mayoría de las niñas y pollos se contentaron con ponerle en

berlina por «demasiado serio», por «tener poco pelo», por «bailar muy

mal», por «estudiar con exceso», por «gastar levitas muy largas»,

etcétera; pero al llegar a la señorita de Mory, ésta, que esperaba con

impaciencia su turno, le puso en berlina con fruición nada disimulada,

por «muy pesado de cabeza y ligero de estómago». Isidorito, al tener

noticia de las causas por que le habían puesto en berlina, conoció con

dolor de dónde partía aquella saeta envenenada, pero no tuvo ánimos para

manifestarlo y prefirió guardar sobre este punto un silencio noble y

prudente al mismo tiempo.

Marta y María: novela de costumbres · 第 13 / 21 段