blancura!... ¡Qué cutis delicado!... ¡Y qué bien torneado sobre todo!...
El brazo de la mujer ha de ser así..., redondo y fino, como el de la
Venus de Médicis... La disminución hacia la muñeca debe ser gradual y
proporcionada... La verdad es que si el resto del cuerpo corresponde al
brazo, es usted una de las mujeres mejor formadas que un artista puede
apetecer para modelo... Las mujeres bien hechas son ahora bastante
escasas. A esto se debe la decadencia de la escultura, según los
críticos. Si hubiera muchas como usted, no podrían decir eso,
seguramente... ¡Qué brazo, qué brazo tan lindo!... No puede usted
figurarse el placer que siento al tener una obra tal de arte entre las
manos...
El ingeniero al decir esto daba tantas vueltas al brazo de la niña, lo
manoseaba tanto, que el señor de Ciudad, que contemplaba la operación
desde la proa con ojos torvos, no pudo menos de exclamar en tono
colérico:
--Amparo, ¿quieres bajarte esa manga?... ¡Chicuela más tonta!...
La niña se ruborizó y bajó la manga. El ingeniero, no pudiendo
desenvolver sus teorías artísticas con el modelo a la vista, renunció
por algún tiempo al uso de la palabra.
Las falúas estaban ya delante de los Arenales. El sol había conseguido
hacer algunos agujeros en el toldo nubloso y amenazaba desgarrarlo por
completo en plazo más o menos breve. El manojo de rayos que por estos
agujeros caía sobre los montecillos de arena, hacíalos brillar como
enormes pepitas de oro derramando sus resplandores sobre toda la
extensión de la sábana de agua. A veces, cuando los rayos del sol
fenecían momentáneamente por la interposición de alguna nube, los
resplandores se apagaban y la arena tomaba los matices grises y dorados
de las telas amarillas de seda. Los viajeros convinieron todos en que
aquellos arenales daban una idea bastante aproximada de los desiertos de
África, y don Mariano expresó la opinión de que sería muy fácil fijar la
arena por medio del esparto y otras plantas adecuadas y convertirlos
pronto en magníficos bosques de pinos.
El valle, que en la mitad del camino se abría adquiriendo mayor
amplitud, tornaba a cerrarse al llegar al Moral. Las aguas se mostraban
más inquietas, revelando la proximidad del mar. Las colinas que
protegían el pueblecillo con sus faldas pedregosas y sus cimas desnudas
y tristes, también lo anunciaban. Empezaba a sentirse el hálito del
monstruo que soplaba vivo y soberbio por la estrecha boca de la ría y
escuchábase a lo lejos el sordo y formidable rumor de sus entrañas. Las
falúas tropezaban aquí y allá con algunos pañuelos de espuma que venían
rodando sobre el agua como jirones desgarrados del manto de algún dios
que hubiese combatido toda la noche con los monstruos del océano.
Llegaron al Moral. Don Mariano les tenía preparado un suculento
refrigerio dentro de un vasto almacén que allí poseía, y la numerosa
comitiva demostró una vez más que los aires del mar son el más excelente
aperitivo para todos los estómagos. Cuando hubieron dado buena cuenta de
él y descansado un ratito, tornaron a embarcarse para continuar su
excursión. A poco trecho del Moral se hallaba la boca del puerto, por
donde salieron, dejando a la derecha la torre del faro colocada sobre
una eminencia. Los marineros soltaron el remo e izaron las velas para
aprovechar el viento fresco del N. E. que los empujaba. Eran las once de
la mañana. El toldo nubloso se había replegado enteramente sobre el
horizonte, mostrando al descubierto un hermoso cielo diáfano y azul,
donde el sol nadaba altivo y encendido como nunca.
El mar se desplegó ante los ojos de nuestros viajeros como una mancha
azul, enorme, infinita, que cerraba por todas partes la esfera celeste
para recoger su luz y su armonía. Sobre esta mancha azul la madeja
luminosa del sol hacía brillar otra de plata poblada de luces trémulas y
chispeantes que se extendía en línea recta hacia el Occidente. En cada
una de las crestas que la brisa levantaba en el agua, los rayos del
astro depositaban una luz fugitiva y viva, que al mezclarse y
confundirse con las demás en cabrilleo incesante semejaba la ebullición
monstruosa y fantástica de los tesoros ocultos en el fondo del océano.
Los viajeros siguieron con la vista aquella línea argentada sin
desplegar los labios por un buen espacio, gustando la impresión
profundamente amable y solemne que el mar produce siempre en el alma.
Los contornos de la Isla se dibujaban a lo lejos, desvaídos y confusos
por el exceso de la luz, frente a la misma embocadura de la ría, a unas
cinco millas de la costa. En torno de ella percibíanse grandes jirones
de espuma que crecían y menguaban alternativamente ciñéndola de un
blanco cinturón de encaje. El viento soplaba recio, pero franco y
benigno, porque tenía espacio donde extenderse. Las tres falúas con las
velas desplegadas cortaban el agua una en pos de otra como otras tantas
gaviotas que se persiguieran. Las maromas rechinaban, los palos gemían
en los agujeros que los aprisionaban y las velas se doblaban bajo el
soplo de la brisa, inclinando las embarcaciones harto más de lo que
desearan las señoras. El agua al dejar paso se rompía, produciendo un
garganteo flautado que sonaba en la proa, deslizándose después por ambos
costados con rumor de sedería que se despliega.
Don Serapio sintiose acometido nuevamente de un rapto marítimo, y
sujetando el sombrero con una mano y accionando dramáticamente con la
otra, cantó:
Dichoso aquel que tiene
su casa a flote
y a quien el mar le mece
su camarote.
La voz indefinible del fabricante de conservas tuvo el honor de unirse
al eterno concierto de los mares, como uno de tantos ruidos de olas que
chocan o piedras que se arrastran. El viento no quiso encargarse de
llevarla a veinte varas de distancia siquiera.
Las falúas al resbalar sobre la espalda turgente de las olas subían y
bajaban con movimiento blando y perezoso, que agradó en un principio a
los pasajeros. Se dejaban columpiar dulcemente; cerraban los ojos con
sonrisa voluptuosa y feliz, entregándose de nuevo a los sueños vagos y
poéticos que la brisa del mar despertaba en su mente. ¡Quién había de
decir, ¡ay!, que los que tan gratamente soñaban y se mecían en un mundo
risueño de fantasmas vaporosos y doradas ilusiones se habían de ver a
los pocos minutos con la cabeza tristemente inclinada sobre el mar, el
cuello apoyado en el carel como si fuese un tajo, el rostro lívido y los
ojos fijos en el agua, cual si tratasen de escrutar los arcanos del
océano! ¡Oh terrible instabilidad de las cosas humanas!
¿Pero qué pasaba en la falúa de la Sanidad para que diese la vuelta y se
apartase de sus compañeras? Un suceso imprevisto y muy enojoso
ciertamente. A Isidorito le había hecho daño el almuerzo. Al poco rato
de salir del Moral empezó a quedarse pálido y silencioso, sin que nadie
lo echase de ver, hasta que la palidez subió tanto de punto que
realmente parecía un cadáver. Entonces se creyó que era mareo y le
mandaron meter los dedos en la boca; pero el fiscal municipal, harto
bien al corriente de la tragedia que en aquel momento se representaba en
su estómago, no quiso hacerlo y suplicó humildemente que si era posible
diesen la vuelta y lo dejasen en tierra. Todos quedaron estupefactos
ante aquella proposición, y la falúa prosiguió su rauda marcha, como si
no la hubiese oído. Mas al cabo de un rato, Isidorito la formuló de un
modo más enérgico y los marineros se vieron precisados a contestar que,
aunque no imposible, el tocar en tierra otra vez les haría perder una
hora de tiempo. Pasó otro rato. Isidorito se levantó de improviso con el
rostro desencajado y extendiendo su diestra hacia la tierra, exclamó con
voz poderosa y angustiada:--¡Vuelta, vuelta por Dios, o me arrojo al
agua!--Entonces la falúa, no queriendo ser cómplice de un suicidio, giró
sobre sí misma, dejó caer la vela, y echando los remos al agua, comenzó
a caminar lo más velozmente que pudo al punto más cercano de la costa.
Hay datos, no obstante, para creer que el distinguido jurisconsulto no
llegó a tierra con suficiente oportunidad. La señorita de Mory se creyó
bastante vengada de las muchas molestias que su inflexible lógica le
había ocasionado.
X
SIGUE LA EXCURSIÓN
En tanto el océano, indiferente a las risas y a las angustias de
aquellos insectillos que rozaban su bruñida epidermis, reverberaba el
incendio del sol en toda su intensidad, gozando este placer augusto con
el mismo sosiego que en los primeros días del mundo. La luz ya podía
espaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo leguas y leguas
en un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines del
horizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podía
jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente el
espejo diáfano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o
dejarse caer desmayada con lánguido y voluptuoso estremecimiento que se
perdía entre los pliegues de las olas. Nada conseguía alterar la paz
solemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o más aguda
en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del
universo.
Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustos
como si acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando a
ella, el blanco cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase en
mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de
muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peñas que se
desgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros que se acercaban
al término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por
fin, no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaron
subir por estrecho y peligroso sendero labrado en la roca, para
encontrarse al fin en tierra firme y llana. La Isla no merecía este
nombre. Era un islote de dos o tres kilómetros de extensión, propiedad
de don Mariano de Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez en
cuando y traer de allá todos los años algunos centenares de huevos de
gaviota. Estaba cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte
vestida de tojo, donde las liebres y los conejos tenían su guarida. Por
casi todos lados ofrecía espantosos precipicios sobre el mar, que la
batía incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades
de las rocas que la circundaban. Don Mariano había edificado en el
centro una casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco a
poco algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, un
comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tenía bastante bien
amueblada y circuída de un jardincito donde crecían de mala gana algunos
árboles de adorno.
Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, que
había ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un árido
paraje de la costa, señoras y caballeros se diseminaron, dedicándose a
la caza o a la pesca, según las aficiones y aptitudes de cada cual.
Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los conejos, que se
habían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de represión
descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintos
sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los
precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde solía
cruzar la vela de algún barco. Otros estudiaban la flora arrancando
hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendría
a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo
estuvo arreglado, don Mariano lo notificó por medio de sus criados, y
unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y
entraron en el salón, donde se había improvisado una espléndida mesa
atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido costó
sentar a tanta gente; pero al fin se consiguió gracias a la actividad
del dueño de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traía el
pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del
sarao celebrado con motivo del santo de doña Gertrudis.
La comida fue digna del anfitrión. Ningún refinamiento gastronómico se
echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginación
familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la
mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla
desierta, como se decía en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada
comensal tenía frente a sí cinco o seis copas, que dos criados se
encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, según los
manjares que se servían. A nadie sorprenderá, pues, que al terminarse la
comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos
elocuentísimos y acompañados de gritos, bravos y felicitaciones de todo
género al orador. Don Máximo los rompió con unas cuantas frases bastante
mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida,
a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores
alcanzarán en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador
concluyó por verter lágrimas copiosas, embargado por tan fúnebres
consideraciones. No faltó, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que
la _papalina_ de don Máximo era la menos divertida que jamás había
visto. Pronunció después el ingeniero Suárez, con frase correcta y
atildada, un discurso enderezado a preconizar la importancia que la
mujer tenía en la actual civilización y las saludables modificaciones
que merced a su influjo se habían obtenido en las costumbres de los
pueblos modernos; hizo un elogio tan brillante como acabado de sus
actitudes artísticas, declarándolas muy superiores a las del hombre;
habló también de sus perfecciones físicas, entreteniéndose con mucha
complacencia a enumerarlas, y terminó brindando incondicionalmente por
la obra más bella y primorosa de la creación, por la eterna y dulce
compañera del hombre. Las señoritas de Ciudad batieron palmas.
Inmediatamente se levantó don Serapio, y con lengua bastante gorda
propuso en términos concretos que el brillante concurso que le escuchaba
se estableciese definitivamente en la Isla, a fin de poblarla, invitando
a cada uno de los presentes a buscar lo más pronto posible pareja. La
circunstancia de hacer un guiño tan malicioso como grosero a una de las
criadas que servían la mesa, al terminar su invitación, despertó contra
él una tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar
satisfactoriamente su conducta, don Serapio se fue muy incomodado a dar
una vuelta por la cocina. Al poco rato sonó allá una bofetada.
Siguieron los brindis, cada vez más acalorados y tempestuosos, de tal
modo que nadie se entendía. Uno de los más celebrados fue el de Martita,
quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, había bebido tres
copas de champagne y no sabía lo que le pasaba. La pobre niña, tan
reservada y silenciosa por temperamento, empezó a charlar por los codos,
dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las acogían con
regocijo y aplauso. Cuando una señora le dijo que estaba borracha, se
puso muy seria y afirmó que sólo estaba un poco alegre, lo cual nada
tenía de particular teniendo en cuenta sus pocos años. Esta salida hizo
reír a los convidados. Los vapores del champagne habían coloreado sus
mejillas fuertemente y le producían alguna sofocación. Mientras hablaba
no cesaba de darse aire con el pañuelo. Sus ojos, tan fijos y serenos
ordinariamente, habían adquirido singular movilidad y cierto brillo
malicioso que consiguió llamar la atención de Suárez el ingeniero. El
mismo timbre de la voz se le había modificado de un modo notable,
haciéndose más grave y firme. Parecía que se operaba en ella una
anticipación artificial y momentánea de la plenitud del sexo.
Cuando concluyeron de disparatar, don Mariano hizo que sacaran las mesas
del salón, para que bailasen los jóvenes. Un piano, jubilado por su
respetable ancianidad en aquel retiro, fue el que marcó con voz cascada
el compás de una mazurca. Como era de esperar, el baile perdió al
instante toda gravedad y ceremonia y se convirtió en torbellino de
saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de
pronto:
--No puedo soportar este calor: ¿quieres que salgamos un poco a tomar el
fresco?
--Vamos; yo también estoy muy sofocado.
Cuando estuvieron en el jardín, le dijo:
--Si quisieras hacer conmigo una expedición, te llevaría a un sitio que
no conoce aquí nadie más que papá y yo; una playa oculta entre las
rocas. Hasta que se está en ella no se la ve... Es un sitio precioso...
--¡Vaya si quiero! Demasiado sabes la afición que tengo a los pasajes,
y sobre todo a los del mar... ¿Por dónde se va?
--Sígueme..., ya verás.
Marta emprendió la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos
de la casa y Ricardo la siguió. Vestía la niña un traje azul marino, con
adornos de encaje blanco, y en la cabeza llevaba sombrero de paja
adornado con una guirnalda de campanillas rojas.
--Después que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.
--¿De veras?
--Ya verás, ya verás.
En efecto, así que estuvieron en el bosque y caminaron algún tiempo por
él, tropezaron con una cueva tapada a medias por los árboles y la
maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos
segundos desapareció. Ricardo quedó un instante parado y altamente
sorprendido; pero una fresca carcajada que sonó dentro le sacó de su
estupor.
--¿Qué es eso; no te atreves a entrar, cobarde?
--¿Pero chica, no ves que puedes hacerte daño?
--¡Entre usted, bravo guerrero!
--Bien..., ya que te empeñas...
Cuando se había unido a Marta observó que la cueva se abría bastante y
estaba tapizada de arena.
--¡Oh, no pensé que era tan grande y cómoda!
--Bueno; pues ahora sígueme.
--¿Adónde?
--¡Qué preguntón eres!... Ya lo sabrás, hombre; ya lo sabrás.
Entró por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo más obscura,
seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada
instante verla caer o chocar con algún obstáculo. Al cabo de poco tiempo
borrose la silueta de la niña en el fondo obscuro de la caverna, y
Ricardo se halló en verdaderas tinieblas.
--No tengas cuidado: sigue, que no te pasará nada... Iré hablando para
que camines en dirección de la voz... Si quieres que te dé la mano, te
la daré... ¿No?..., bueno, no te quedes atrás... Dentro de muy poco
tiempo empezarás a bajar..., pero es una pendiente suave... ¿Lo ves?...
No te quejarás del suelo..., aunque uno se cayese no se haría mucho
daño... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclínate a la
derecha, que el camino hace ahora una revuelta... ¡Ea, ya tenemos
claridad!
Un punto luminoso se veía efectivamente a los pies de nuestros jóvenes a
unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvió a romper las
tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el
agujero. Oyose en la cueva un sordo y prolongado rumor que hacía
sospechar la proximidad del océano. A los pocos minutos salían a la luz.
Ricardo quedó extasiado ante el espectáculo que se ofreció a su vista.
Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altísimos
peñascos cortados a pico. Parecía imposible salir de ella sin arrojarse
a las olas, que venían majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su
dorada arena festoneándola con sábanas de espuma. Nuestros jóvenes
avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra,
embargados por la emoción, aquel misterioso retiro del océano que
semejaba un locutorio escondido y amable donde venía a contar sus
profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, hacía
brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive
suave. Se pasaban los meses y los años sin que la planta de un hombre
imprimiese su huella en él. Los altos muros negros y carcomidos, que
cerraban en semicírculo la playa, esparcían sobre ella silencio triste.
Sólo el grito de algún pájaro marino, al cruzar de un peñasco a otro,
turbaba la eterna y misteriosa plática del mar.
Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente,
dominados por el respeto y la admiración. Según caminaban, la arena se
iba haciendo más blanda; las huellas de sus pies se llenaban
inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecían y
que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparían si
se pusiesen debajo. Venían graves, firmes, imponentes hacia ellos, como
si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre
sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer
en tierra desmayadas, expresando su pesar con un rugido inmenso y
prolongado. Los torrentes de espuma que salían de su ruina venían
extendiéndose y resbalando por la arena a besarles los pies.
Al cabo de algún tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintiose
turbada. Creyó advertir en ellas cada vez más ansia de tragarla y que
expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedió un
poco y tomó la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la
embargaba. La sábana de espuma que las olas extendían, en vez de
besarla, pensaba que le mordía los pies. Al replegarse de nuevo con
aspiración gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla
quién sabe adónde.
--¿No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?
--¿Crees, acaso, que van a llegar adonde estamos nosotros?
--No sé..., pero se me figura que nos vamos deslizando
insensiblemente... y que concluirán por taparnos.
--Pierde cuidado, preciosa--dijo echándole un brazo sobre el hombro y
atrayéndola suavemente hacia sí--; ni las olas suben, ni nosotros
bajamos... ¿Tienes miedo a morir?
--¡Oh, no; ahora no!--exclamó la niña en voz apenas perceptible,
estrechándose más contra su amigo.
Ricardo no oyó esta exclamación. Seguía con la vista atentamente la
marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra
columna de humo.
Al cabo de un rato quiso anudar la conversación.
--¿De veras tienes miedo a la muerte? ¡Oh!, haces bien... Hoy el mundo
guarda para ti su sonrisa más amable... Ni una sola nube oscurece el
cielo de tu vida... ¡Dios quiera que no llegues a desearla nunca!
--Y tú, ¿tienes miedo, di?
--Unas veces sí y otras veces no.
--¿En este momento lo tienes?
--¡Ah, qué curiosilla eres!--exclamó volviendo hacia ella su cara
sonriente--. No; en este momento, no.
--¿Por qué?
--Porque si el mar nos tragase, moriríamos los dos juntos, y yendo en
tan amable compañía, ¡qué me importa dejar este mundo!
La niña le miró un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados
por una sonrisa galante y protectora. Separose de él bruscamente y,
volviéndole la espalda, se puso a caminar por la playa rozando los
dominios de las olas.
El vapor iba a ocultarse ya detrás de uno de los cabos como un guerrero
fantástico que caminase dentro del agua, asomando solamente el penacho
de su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fue a unirse a su futura
hermana, que no pareció advertir su presencia, enteramente abismada en
la contemplación del océano. No obstante, al cabo de un rato volviose de
improviso y le dijo:
--¿Te atreves a ir conmigo a la peña que se ve allá abajo, a la derecha?
--No tengo ningún inconveniente; pero te prevengo que está subiendo la
marea y que esa peña quedará rodeada de agua antes de una hora.
--No importa; tenemos tiempo para ir a ella.
Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peñascos de la costa,
llenos de charcos y tapizados de algas, donde corrían grave riesgo de
resbalar, llegaron a la peña, que avanzaba buen trecho dentro del mar.
--Sentémonos--dijo Marta--. ¡Cuánto mar se ve desde aquí!, ¿no es
cierto?
Ricardo se sentó a su lado y ambos contemplaron la húmeda llanura que se
extendía a sus pies. Cerca de ellos ofrecía un color verde oscuro. A lo
lejos era azul. Allá, en el centro, la gran mancha de plata seguía
resplandeciendo con vivos destellos reflejando el diseño del disco del
sol. De los profundos senos líquidos de aquel infinito salía una música
grave, pero insinuante, que empezó a sonar como caricia paternal en los
oídos de nuestros jóvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en
los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus
olas llegaba tenía una frialdad grata que les refrescaba las sienes y
las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazón y
lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.