--¡Pero qué brazo tan precioso tiene usted, Amparito!... ¡Qué

blancura!... ¡Qué cutis delicado!... ¡Y qué bien torneado sobre todo!...

El brazo de la mujer ha de ser así..., redondo y fino, como el de la

Venus de Médicis... La disminución hacia la muñeca debe ser gradual y

proporcionada... La verdad es que si el resto del cuerpo corresponde al

brazo, es usted una de las mujeres mejor formadas que un artista puede

apetecer para modelo... Las mujeres bien hechas son ahora bastante

escasas. A esto se debe la decadencia de la escultura, según los

críticos. Si hubiera muchas como usted, no podrían decir eso,

seguramente... ¡Qué brazo, qué brazo tan lindo!... No puede usted

figurarse el placer que siento al tener una obra tal de arte entre las

manos...

El ingeniero al decir esto daba tantas vueltas al brazo de la niña, lo

manoseaba tanto, que el señor de Ciudad, que contemplaba la operación

desde la proa con ojos torvos, no pudo menos de exclamar en tono

colérico:

--Amparo, ¿quieres bajarte esa manga?... ¡Chicuela más tonta!...

La niña se ruborizó y bajó la manga. El ingeniero, no pudiendo

desenvolver sus teorías artísticas con el modelo a la vista, renunció

por algún tiempo al uso de la palabra.

Las falúas estaban ya delante de los Arenales. El sol había conseguido

hacer algunos agujeros en el toldo nubloso y amenazaba desgarrarlo por

completo en plazo más o menos breve. El manojo de rayos que por estos

agujeros caía sobre los montecillos de arena, hacíalos brillar como

enormes pepitas de oro derramando sus resplandores sobre toda la

extensión de la sábana de agua. A veces, cuando los rayos del sol

fenecían momentáneamente por la interposición de alguna nube, los

resplandores se apagaban y la arena tomaba los matices grises y dorados

de las telas amarillas de seda. Los viajeros convinieron todos en que

aquellos arenales daban una idea bastante aproximada de los desiertos de

África, y don Mariano expresó la opinión de que sería muy fácil fijar la

arena por medio del esparto y otras plantas adecuadas y convertirlos

pronto en magníficos bosques de pinos.

El valle, que en la mitad del camino se abría adquiriendo mayor

amplitud, tornaba a cerrarse al llegar al Moral. Las aguas se mostraban

más inquietas, revelando la proximidad del mar. Las colinas que

protegían el pueblecillo con sus faldas pedregosas y sus cimas desnudas

y tristes, también lo anunciaban. Empezaba a sentirse el hálito del

monstruo que soplaba vivo y soberbio por la estrecha boca de la ría y

escuchábase a lo lejos el sordo y formidable rumor de sus entrañas. Las

falúas tropezaban aquí y allá con algunos pañuelos de espuma que venían

rodando sobre el agua como jirones desgarrados del manto de algún dios

que hubiese combatido toda la noche con los monstruos del océano.

Llegaron al Moral. Don Mariano les tenía preparado un suculento

refrigerio dentro de un vasto almacén que allí poseía, y la numerosa

comitiva demostró una vez más que los aires del mar son el más excelente

aperitivo para todos los estómagos. Cuando hubieron dado buena cuenta de

él y descansado un ratito, tornaron a embarcarse para continuar su

excursión. A poco trecho del Moral se hallaba la boca del puerto, por

donde salieron, dejando a la derecha la torre del faro colocada sobre

una eminencia. Los marineros soltaron el remo e izaron las velas para

aprovechar el viento fresco del N. E. que los empujaba. Eran las once de

la mañana. El toldo nubloso se había replegado enteramente sobre el

horizonte, mostrando al descubierto un hermoso cielo diáfano y azul,

donde el sol nadaba altivo y encendido como nunca.

El mar se desplegó ante los ojos de nuestros viajeros como una mancha

azul, enorme, infinita, que cerraba por todas partes la esfera celeste

para recoger su luz y su armonía. Sobre esta mancha azul la madeja

luminosa del sol hacía brillar otra de plata poblada de luces trémulas y

chispeantes que se extendía en línea recta hacia el Occidente. En cada

una de las crestas que la brisa levantaba en el agua, los rayos del

astro depositaban una luz fugitiva y viva, que al mezclarse y

confundirse con las demás en cabrilleo incesante semejaba la ebullición

monstruosa y fantástica de los tesoros ocultos en el fondo del océano.

Los viajeros siguieron con la vista aquella línea argentada sin

desplegar los labios por un buen espacio, gustando la impresión

profundamente amable y solemne que el mar produce siempre en el alma.

Los contornos de la Isla se dibujaban a lo lejos, desvaídos y confusos

por el exceso de la luz, frente a la misma embocadura de la ría, a unas

cinco millas de la costa. En torno de ella percibíanse grandes jirones

de espuma que crecían y menguaban alternativamente ciñéndola de un

blanco cinturón de encaje. El viento soplaba recio, pero franco y

benigno, porque tenía espacio donde extenderse. Las tres falúas con las

velas desplegadas cortaban el agua una en pos de otra como otras tantas

gaviotas que se persiguieran. Las maromas rechinaban, los palos gemían

en los agujeros que los aprisionaban y las velas se doblaban bajo el

soplo de la brisa, inclinando las embarcaciones harto más de lo que

desearan las señoras. El agua al dejar paso se rompía, produciendo un

garganteo flautado que sonaba en la proa, deslizándose después por ambos

costados con rumor de sedería que se despliega.

Don Serapio sintiose acometido nuevamente de un rapto marítimo, y

sujetando el sombrero con una mano y accionando dramáticamente con la

otra, cantó:

Dichoso aquel que tiene

su casa a flote

y a quien el mar le mece

su camarote.

La voz indefinible del fabricante de conservas tuvo el honor de unirse

al eterno concierto de los mares, como uno de tantos ruidos de olas que

chocan o piedras que se arrastran. El viento no quiso encargarse de

llevarla a veinte varas de distancia siquiera.

Las falúas al resbalar sobre la espalda turgente de las olas subían y

bajaban con movimiento blando y perezoso, que agradó en un principio a

los pasajeros. Se dejaban columpiar dulcemente; cerraban los ojos con

sonrisa voluptuosa y feliz, entregándose de nuevo a los sueños vagos y

poéticos que la brisa del mar despertaba en su mente. ¡Quién había de

decir, ¡ay!, que los que tan gratamente soñaban y se mecían en un mundo

risueño de fantasmas vaporosos y doradas ilusiones se habían de ver a

los pocos minutos con la cabeza tristemente inclinada sobre el mar, el

cuello apoyado en el carel como si fuese un tajo, el rostro lívido y los

ojos fijos en el agua, cual si tratasen de escrutar los arcanos del

océano! ¡Oh terrible instabilidad de las cosas humanas!

¿Pero qué pasaba en la falúa de la Sanidad para que diese la vuelta y se

apartase de sus compañeras? Un suceso imprevisto y muy enojoso

ciertamente. A Isidorito le había hecho daño el almuerzo. Al poco rato

de salir del Moral empezó a quedarse pálido y silencioso, sin que nadie

lo echase de ver, hasta que la palidez subió tanto de punto que

realmente parecía un cadáver. Entonces se creyó que era mareo y le

mandaron meter los dedos en la boca; pero el fiscal municipal, harto

bien al corriente de la tragedia que en aquel momento se representaba en

su estómago, no quiso hacerlo y suplicó humildemente que si era posible

diesen la vuelta y lo dejasen en tierra. Todos quedaron estupefactos

ante aquella proposición, y la falúa prosiguió su rauda marcha, como si

no la hubiese oído. Mas al cabo de un rato, Isidorito la formuló de un

modo más enérgico y los marineros se vieron precisados a contestar que,

aunque no imposible, el tocar en tierra otra vez les haría perder una

hora de tiempo. Pasó otro rato. Isidorito se levantó de improviso con el

rostro desencajado y extendiendo su diestra hacia la tierra, exclamó con

voz poderosa y angustiada:--¡Vuelta, vuelta por Dios, o me arrojo al

agua!--Entonces la falúa, no queriendo ser cómplice de un suicidio, giró

sobre sí misma, dejó caer la vela, y echando los remos al agua, comenzó

a caminar lo más velozmente que pudo al punto más cercano de la costa.

Hay datos, no obstante, para creer que el distinguido jurisconsulto no

llegó a tierra con suficiente oportunidad. La señorita de Mory se creyó

bastante vengada de las muchas molestias que su inflexible lógica le

había ocasionado.

X

SIGUE LA EXCURSIÓN

En tanto el océano, indiferente a las risas y a las angustias de

aquellos insectillos que rozaban su bruñida epidermis, reverberaba el

incendio del sol en toda su intensidad, gozando este placer augusto con

el mismo sosiego que en los primeros días del mundo. La luz ya podía

espaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo leguas y leguas

en un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines del

horizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podía

jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente el

espejo diáfano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o

dejarse caer desmayada con lánguido y voluptuoso estremecimiento que se

perdía entre los pliegues de las olas. Nada conseguía alterar la paz

solemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o más aguda

en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del

universo.

Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustos

como si acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando a

ella, el blanco cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase en

mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de

muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peñas que se

desgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros que se acercaban

al término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por

fin, no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaron

subir por estrecho y peligroso sendero labrado en la roca, para

encontrarse al fin en tierra firme y llana. La Isla no merecía este

nombre. Era un islote de dos o tres kilómetros de extensión, propiedad

de don Mariano de Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez en

cuando y traer de allá todos los años algunos centenares de huevos de

gaviota. Estaba cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte

vestida de tojo, donde las liebres y los conejos tenían su guarida. Por

casi todos lados ofrecía espantosos precipicios sobre el mar, que la

batía incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades

de las rocas que la circundaban. Don Mariano había edificado en el

centro una casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco a

poco algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, un

comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tenía bastante bien

amueblada y circuída de un jardincito donde crecían de mala gana algunos

árboles de adorno.

Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, que

había ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un árido

paraje de la costa, señoras y caballeros se diseminaron, dedicándose a

la caza o a la pesca, según las aficiones y aptitudes de cada cual.

Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los conejos, que se

habían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de represión

descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintos

sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los

precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde solía

cruzar la vela de algún barco. Otros estudiaban la flora arrancando

hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendría

a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo

estuvo arreglado, don Mariano lo notificó por medio de sus criados, y

unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y

entraron en el salón, donde se había improvisado una espléndida mesa

atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido costó

sentar a tanta gente; pero al fin se consiguió gracias a la actividad

del dueño de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traía el

pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del

sarao celebrado con motivo del santo de doña Gertrudis.

La comida fue digna del anfitrión. Ningún refinamiento gastronómico se

echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginación

familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la

mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla

desierta, como se decía en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada

comensal tenía frente a sí cinco o seis copas, que dos criados se

encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, según los

manjares que se servían. A nadie sorprenderá, pues, que al terminarse la

comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos

elocuentísimos y acompañados de gritos, bravos y felicitaciones de todo

género al orador. Don Máximo los rompió con unas cuantas frases bastante

mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida,

a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores

alcanzarán en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador

concluyó por verter lágrimas copiosas, embargado por tan fúnebres

consideraciones. No faltó, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que

la _papalina_ de don Máximo era la menos divertida que jamás había

visto. Pronunció después el ingeniero Suárez, con frase correcta y

atildada, un discurso enderezado a preconizar la importancia que la

mujer tenía en la actual civilización y las saludables modificaciones

que merced a su influjo se habían obtenido en las costumbres de los

pueblos modernos; hizo un elogio tan brillante como acabado de sus

actitudes artísticas, declarándolas muy superiores a las del hombre;

habló también de sus perfecciones físicas, entreteniéndose con mucha

complacencia a enumerarlas, y terminó brindando incondicionalmente por

la obra más bella y primorosa de la creación, por la eterna y dulce

compañera del hombre. Las señoritas de Ciudad batieron palmas.

Inmediatamente se levantó don Serapio, y con lengua bastante gorda

propuso en términos concretos que el brillante concurso que le escuchaba

se estableciese definitivamente en la Isla, a fin de poblarla, invitando

a cada uno de los presentes a buscar lo más pronto posible pareja. La

circunstancia de hacer un guiño tan malicioso como grosero a una de las

criadas que servían la mesa, al terminar su invitación, despertó contra

él una tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar

satisfactoriamente su conducta, don Serapio se fue muy incomodado a dar

una vuelta por la cocina. Al poco rato sonó allá una bofetada.

Siguieron los brindis, cada vez más acalorados y tempestuosos, de tal

modo que nadie se entendía. Uno de los más celebrados fue el de Martita,

quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, había bebido tres

copas de champagne y no sabía lo que le pasaba. La pobre niña, tan

reservada y silenciosa por temperamento, empezó a charlar por los codos,

dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las acogían con

regocijo y aplauso. Cuando una señora le dijo que estaba borracha, se

puso muy seria y afirmó que sólo estaba un poco alegre, lo cual nada

tenía de particular teniendo en cuenta sus pocos años. Esta salida hizo

reír a los convidados. Los vapores del champagne habían coloreado sus

mejillas fuertemente y le producían alguna sofocación. Mientras hablaba

no cesaba de darse aire con el pañuelo. Sus ojos, tan fijos y serenos

ordinariamente, habían adquirido singular movilidad y cierto brillo

malicioso que consiguió llamar la atención de Suárez el ingeniero. El

mismo timbre de la voz se le había modificado de un modo notable,

haciéndose más grave y firme. Parecía que se operaba en ella una

anticipación artificial y momentánea de la plenitud del sexo.

Cuando concluyeron de disparatar, don Mariano hizo que sacaran las mesas

del salón, para que bailasen los jóvenes. Un piano, jubilado por su

respetable ancianidad en aquel retiro, fue el que marcó con voz cascada

el compás de una mazurca. Como era de esperar, el baile perdió al

instante toda gravedad y ceremonia y se convirtió en torbellino de

saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de

pronto:

--No puedo soportar este calor: ¿quieres que salgamos un poco a tomar el

fresco?

--Vamos; yo también estoy muy sofocado.

Cuando estuvieron en el jardín, le dijo:

--Si quisieras hacer conmigo una expedición, te llevaría a un sitio que

no conoce aquí nadie más que papá y yo; una playa oculta entre las

rocas. Hasta que se está en ella no se la ve... Es un sitio precioso...

--¡Vaya si quiero! Demasiado sabes la afición que tengo a los pasajes,

y sobre todo a los del mar... ¿Por dónde se va?

--Sígueme..., ya verás.

Marta emprendió la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos

de la casa y Ricardo la siguió. Vestía la niña un traje azul marino, con

adornos de encaje blanco, y en la cabeza llevaba sombrero de paja

adornado con una guirnalda de campanillas rojas.

--Después que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.

--¿De veras?

--Ya verás, ya verás.

En efecto, así que estuvieron en el bosque y caminaron algún tiempo por

él, tropezaron con una cueva tapada a medias por los árboles y la

maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos

segundos desapareció. Ricardo quedó un instante parado y altamente

sorprendido; pero una fresca carcajada que sonó dentro le sacó de su

estupor.

--¿Qué es eso; no te atreves a entrar, cobarde?

--¿Pero chica, no ves que puedes hacerte daño?

--¡Entre usted, bravo guerrero!

--Bien..., ya que te empeñas...

Cuando se había unido a Marta observó que la cueva se abría bastante y

estaba tapizada de arena.

--¡Oh, no pensé que era tan grande y cómoda!

--Bueno; pues ahora sígueme.

--¿Adónde?

--¡Qué preguntón eres!... Ya lo sabrás, hombre; ya lo sabrás.

Entró por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo más obscura,

seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada

instante verla caer o chocar con algún obstáculo. Al cabo de poco tiempo

borrose la silueta de la niña en el fondo obscuro de la caverna, y

Ricardo se halló en verdaderas tinieblas.

--No tengas cuidado: sigue, que no te pasará nada... Iré hablando para

que camines en dirección de la voz... Si quieres que te dé la mano, te

la daré... ¿No?..., bueno, no te quedes atrás... Dentro de muy poco

tiempo empezarás a bajar..., pero es una pendiente suave... ¿Lo ves?...

No te quejarás del suelo..., aunque uno se cayese no se haría mucho

daño... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclínate a la

derecha, que el camino hace ahora una revuelta... ¡Ea, ya tenemos

claridad!

Un punto luminoso se veía efectivamente a los pies de nuestros jóvenes a

unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvió a romper las

tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el

agujero. Oyose en la cueva un sordo y prolongado rumor que hacía

sospechar la proximidad del océano. A los pocos minutos salían a la luz.

Ricardo quedó extasiado ante el espectáculo que se ofreció a su vista.

Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altísimos

peñascos cortados a pico. Parecía imposible salir de ella sin arrojarse

a las olas, que venían majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su

dorada arena festoneándola con sábanas de espuma. Nuestros jóvenes

avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra,

embargados por la emoción, aquel misterioso retiro del océano que

semejaba un locutorio escondido y amable donde venía a contar sus

profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, hacía

brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive

suave. Se pasaban los meses y los años sin que la planta de un hombre

imprimiese su huella en él. Los altos muros negros y carcomidos, que

cerraban en semicírculo la playa, esparcían sobre ella silencio triste.

Sólo el grito de algún pájaro marino, al cruzar de un peñasco a otro,

turbaba la eterna y misteriosa plática del mar.

Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente,

dominados por el respeto y la admiración. Según caminaban, la arena se

iba haciendo más blanda; las huellas de sus pies se llenaban

inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecían y

que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparían si

se pusiesen debajo. Venían graves, firmes, imponentes hacia ellos, como

si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre

sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer

en tierra desmayadas, expresando su pesar con un rugido inmenso y

prolongado. Los torrentes de espuma que salían de su ruina venían

extendiéndose y resbalando por la arena a besarles los pies.

Al cabo de algún tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintiose

turbada. Creyó advertir en ellas cada vez más ansia de tragarla y que

expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedió un

poco y tomó la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la

embargaba. La sábana de espuma que las olas extendían, en vez de

besarla, pensaba que le mordía los pies. Al replegarse de nuevo con

aspiración gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla

quién sabe adónde.

--¿No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?

--¿Crees, acaso, que van a llegar adonde estamos nosotros?

--No sé..., pero se me figura que nos vamos deslizando

insensiblemente... y que concluirán por taparnos.

--Pierde cuidado, preciosa--dijo echándole un brazo sobre el hombro y

atrayéndola suavemente hacia sí--; ni las olas suben, ni nosotros

bajamos... ¿Tienes miedo a morir?

--¡Oh, no; ahora no!--exclamó la niña en voz apenas perceptible,

estrechándose más contra su amigo.

Ricardo no oyó esta exclamación. Seguía con la vista atentamente la

marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra

columna de humo.

Al cabo de un rato quiso anudar la conversación.

--¿De veras tienes miedo a la muerte? ¡Oh!, haces bien... Hoy el mundo

guarda para ti su sonrisa más amable... Ni una sola nube oscurece el

cielo de tu vida... ¡Dios quiera que no llegues a desearla nunca!

--Y tú, ¿tienes miedo, di?

--Unas veces sí y otras veces no.

--¿En este momento lo tienes?

--¡Ah, qué curiosilla eres!--exclamó volviendo hacia ella su cara

sonriente--. No; en este momento, no.

--¿Por qué?

--Porque si el mar nos tragase, moriríamos los dos juntos, y yendo en

tan amable compañía, ¡qué me importa dejar este mundo!

La niña le miró un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados

por una sonrisa galante y protectora. Separose de él bruscamente y,

volviéndole la espalda, se puso a caminar por la playa rozando los

dominios de las olas.

El vapor iba a ocultarse ya detrás de uno de los cabos como un guerrero

fantástico que caminase dentro del agua, asomando solamente el penacho

de su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fue a unirse a su futura

hermana, que no pareció advertir su presencia, enteramente abismada en

la contemplación del océano. No obstante, al cabo de un rato volviose de

improviso y le dijo:

--¿Te atreves a ir conmigo a la peña que se ve allá abajo, a la derecha?

--No tengo ningún inconveniente; pero te prevengo que está subiendo la

marea y que esa peña quedará rodeada de agua antes de una hora.

--No importa; tenemos tiempo para ir a ella.

Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peñascos de la costa,

llenos de charcos y tapizados de algas, donde corrían grave riesgo de

resbalar, llegaron a la peña, que avanzaba buen trecho dentro del mar.

--Sentémonos--dijo Marta--. ¡Cuánto mar se ve desde aquí!, ¿no es

cierto?

Ricardo se sentó a su lado y ambos contemplaron la húmeda llanura que se

extendía a sus pies. Cerca de ellos ofrecía un color verde oscuro. A lo

lejos era azul. Allá, en el centro, la gran mancha de plata seguía

resplandeciendo con vivos destellos reflejando el diseño del disco del

sol. De los profundos senos líquidos de aquel infinito salía una música

grave, pero insinuante, que empezó a sonar como caricia paternal en los

oídos de nuestros jóvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en

los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus

olas llegaba tenía una frialdad grata que les refrescaba las sienes y

las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazón y

lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.

Marta y María: novela de costumbres · 第 12 / 21 段