la única que nos hace falta... Caminos, puentes, fábricas, saneamientos
de terrenos, ferrocarriles y puertos; eso es lo que pide nuestra
desgraciada nación... La libertad que ustedes los progresistas
ambicionan es la libertad de morirse de hambre... Cuando considero que
si no hubiera sido por la _Gloriosa_ nuestro ferrocarril estaría ya a
punto de terminarse, me acomete tal desesperación...
--Esto no es más que un sacudimiento pasajero, don Mariano... ¡Ya verá
usted qué pronto luce el iris de paz!
--Sí, sí..., ¡ya escampa!... ¿Ha leído usted el artículo de entrada de
_La Tradición_? (_La Tradición_ era un periódico que se publicaba en
Nieva los jueves.) Pues cuando lo lea ya verá usted qué arcos iris nos
preparan los partidarios del altar y del trono...
--¿Está muy fuerte?
--Poca cosa... Dice que todos los buenos católicos deben empuñar las
armas, para exterminar la caterva de impíos y desalmados que hoy nos
gobiernan...
En aquel momento entraba Marta en el gabinete. Al pasar por delante de
Ricardo, éste la cogió de una mano y la obligó a sentarse sobre sus
rodillas, haciéndole una muda caricia con los ojos, sin dejar de atender
a la conversación. La niña se sentó sin resistencia y escuchó también en
silencio.
--¿Pero de veras dice eso?--preguntó don Máximo.
--¡Y tan de veras!... Léalo usted y se edificará... Para mí, los
carlistas de acá están meditando y aun fraguando algún golpe de mano. El
comandante general descuida demasiado esta región y distrae todas las
fuerzas en perseguir las partidas de la montaña... La Fábrica necesita
siempre una fuerte guarnición por lo que pueda acaecer... ¡Pues apenas
es presa codiciada por ellos!...
--Yo no creo que se atrevan nunca a intentar nada por ese lado. Y si no
que lo diga el marqués...
Ricardo no oyó bien las últimas palabras de don Máximo porque estaba
saludando con sonrisa apasionada a María, que entraba a la sazón.
Después que se hubo sentado cerca de doña Gertrudis y cambiado con él
algunas miradas, fue cuando se acordó de la pregunta que le dirigían.
--¿Qué decía usted, don Máximo?
--Que yo no creo que los carlistas intenten nada contra la Fábrica...
Sería una empresa ridícula.
--¡Oh!, no tanto..., no tanto como usted se figura, don Máximo... Hoy
por hoy con la escasa guarnición que tenemos no sería un imposible ni
mucho menos el sorprenderla... ¡Cuántas veces he pensado, haciendo la
guardia de noche, que treinta hombres decididos me podían poner en un
apuro!... Si lograsen entrar, la cosa estaba resuelta, bien pueden
ustedes creerlo...
--¿Lo oye usted, hombre inconvencible, lo oye usted?... Ya verá usted
cómo nos hemos de acordar de Santa Bárbara después que caigan rayos y
centellas... Pero escucha una cosa, Ricardo, ¿por qué no aprovecháis
para la defensa de la Fábrica los últimos adelantos que se han hecho en
la luz eléctrica?
--¿Cómo?
--A mí se me figura que colocando en distintos parajes de ella unos
cuantos focos de luz eléctrica que el oficial de guardia pudiese
encender con sólo apretar un botón, se podría evitar muy bien el peligro
de una sorpresa; y si al mismo tiempo se colgasen una buena cantidad de
campanas poderosas, movidas igualmente por la electricidad, que
produjesen alarma instantánea en la población y despertasen a los
obreros, que por lo común viven cerca... Martita, ¿qué tienes?--exclamó
de improviso cortando el hilo del discurso.
Todos acudieron a ella. La niña, que continuaba sentada sobre las
rodillas de Ricardo, se había ido poniendo pálida sin que nadie se
hiciese cargo. Cuando don Mariano se fijó en ella, casualmente, estaba
blanca como el papel.
--¿Qué te pasa, hija mía?
--¿Qué tienes, Martita?
--Me siento un poco mal. Dadme un vaso de agua. María corrió por ella.
Don Máximo le tomó el pulso y dijo:
--No es más que un amago de vahído, que se cortará con el agua.
En efecto, después que la bebió y se hubo sentado en el sofá empezó a
serenarse, y a los pocos minutos ya estaba completamente bien. Siguió la
conversación.
IX
EXCURSIÓN AL MORAL Y A LA ISLA
Quince días por lo menos se habló de la excursión al Moral y a la Isla.
Durante el invierno las jóvenes tertulianas de la casa de Elorza habían
querido formar un capital, con los productos de la aduana y lotería,
destinado a sufragar los gastos. Don Mariano las dejó formarlo,
sonriendo bellacamente cada vez que le participaban el estado de la
caja. Mas cuando llegó la época fijada para la excursión, a presencia de
toda la tertulia tomó el puñado de plata del cajoncito donde se
guardaba y se lo entregó al cura de Nieva para que lo repartiese entre
los feligreses que más lo necesitaran.
--¿Pues qué--exclamó el noble caballero al mismo tiempo--; no es cien
veces mejor dedicar este dinero a matar el hambre en algunos pobres, que
a un pasatiempo frívolo y excusado?
--Es cierto, es cierto--dijeron las niñas poniendo una cara que no
hacía, en verdad, recordar las puras satisfacciones de la virtud y las
alegrías del justo.
Aquella noche se habló, se cantó y se bailó poco en la tertulia de
Elorza. La virtud, severa por naturaleza, no gusta de manifestaciones
ruidosas. Muchachos y muchachas expresaban la íntima y pura satisfacción
que aquel sacrificio les había inspirado con una inefable serenidad que
los tenía mudos y quietos la mayor parte del tiempo, cual si meditasen
profundamente sobre algún texto del Evangelio.
Grande, pues, debió ser el disgusto que sintieron todos cuando don
Mariano les dijo a última hora:
--Señoras y señores: el jueves, a las ocho de la mañana, agradecería a
ustedes en el alma que diesen una vuelta por el muelle convenientemente
provistos de sombrero, quitasol, abrigo, etcétera. Nada más fácil que a
esa hora los marineros de mi falúa se empeñen en llevarnos al Moral, y
como ustedes comprenden no sería cortés el desairarlos.
La tertulia deploró esta determinación que la privaba de sacrificarse
por la fraternidad universal, con risa inextinguible, voces y
movimientos desordenados:--«¡Qué don Mariano éste!--¡Siempre ha de tener
esas bromas!--El jueves, el jueves, ¿qué tengo yo que hacer el jueves?
¡Ah, me parece que nada!--¿Llevaremos el impermeable? Yo creo que basta
con el abrigo, etcétera.»
Y en efecto, el jueves a las ocho de la mañana, la falúa de don Mariano
y la de la Sanidad, limpias y aderezadas como dos muchachas en día de
romería, aguardaban impacientes a la gente cabeceando una al lado de
otra en el atracadero del muelle. Cuatro marineros daban la última mano
en cada una al arreglo del aparejo, dirigiendo de vez en cuando miradas
escrutadoras ora a la ría, bien a las calles que desembocaban en el
muelle. Los señores no aparecían y la marea ya había bajado dos pies y
medio. Alguno de los marineros expresaba sus impresiones desagradables
por la tardanza con un rugido no bastante _fashionable_. Últimamente
apareció un grupo abigarrado de damas y caballeros, donde predominaban
los sombreros de paja y las manteletas encarnadas, y el viejo lobo
marino que acababa de jurar como un carretero, blasfemó otra vez de puro
satisfecho y colocó una tabla entre el atracadero y la falúa para que
pasase la gente. El primero que saltó fue don Mariano. La falúa se
inclinó blandamente sobre un costado al recibir el peso de su amo, como
si le hiciese una reverencia cariñosa. Las niñas todas, incluyendo por
supuesto a las señoritas de Delgado, fueron saltando después, apoyadas
en la atlética mano de don Mariano; los caballeros las siguieron. Una
vez llena la primera falúa, pasose a cargar la segunda, que a su vez no
tardó también en llenarse. En la primera iban, entre otras personas
distinguidas, las dos señoritas de Delgado con su hermana la viuda, que
iba autorizándolas con su presencia; las de Merino con su hermano
Bonifacio, el más complaciente de todos los hermanos; tres o cuatro
oficiales de la Fábrica, don Mariano, don Máximo, Martita y Ricardo.
María no iba por impedírselo el hábito que había ofrecido con voto de no
asistir a ninguna fiesta. Tampoco los achaques de doña Gertrudis la
dejaban tomar parte en la excursión. En la segunda se hallaba ya bien
acomodada nuestra amiga, la simpática y vivaracha señorita de Mory,
escrutada de cerca por los ojos saltones del ilustrado Isidorito.
También pudimos distinguir entre otras una jovencita muy linda llamada
Rosario, con quien el pollo que está a su lado no había podido bailar la
noche del sarao de Elorza a causa de la guerra que el pianista tenía
declarada a las mazurcas. Los marineros iban ya a zafar los cables para
emprender la marcha, cuando de una de las falúas salió una voz
preguntando:
--¿Y las de Ciudad?
Faltaban las de Ciudad. Don Mariano y el médico de la Sanidad quedaron
consternados al oír este nombre que envolvía un guarismo tan respetable.
Antes de que pudieran salir de su consternación ya habían aparecido por
una de las bocacalles del muelle las seis señoritas acompañadas por su
papá, su mamá, el ingeniero Suárez y dos hermanitos de menor edad. En
las falúas ya era imposible acomodar tanta gente: fue necesario buscar
otra y tripularla con los primeros marineros que se hallaron, entre lo
cual se perdió un tiempo precioso. Mas al fin, como todo se arregla en
este mundo menos la muerte, las señoritas de Ciudad con sus adyacentes
quedaron bien empaquetadas en una embarcación destinada a la pesca, y el
patrón de la Sanidad pudo dar señal de marcha. Los doce remos de las
falúas empezaron a caer acompasadamente en el agua con chapoteo
lánguido, como brazos que se esperezan.
La superficie de la ría estaba tersa, inmóvil y brillante, como la de un
espejo: la luz proyectaba sobre ella algunas extensas manchas argentadas
hacia el centro y otras obscuras en los bordes. El cielo se presentaba
velado por un levísimo toldo de nubes que hacían soberbia competencia a
los quitasoles y sombreros de las señoras. Sólo una tenue brisa cargada
con los acres olores de los pinos de la orilla venía a besar tímidamente
la espalda turgente de las aguas y los cuellos no menos turgentes y
frescos de las señoras. No era todavía una brisa legítimamente marinera
sino mestiza, con las cualidades de mar y tierra.
Los remos cobraron al fin toda su agilidad y removieron airados con sus
palmas el cristal de las aguas, produciendo en ellas remolinos fugaces y
espumosos. Todos los semblantes expresaban la cándida alegría que
comunica el movimiento y el espectáculo siempre nuevo y hermoso de la
naturaleza. Las jóvenes inclinadas sobre el carel de la embarcación
sumergían con deleite las manos en el agua, dejándola deslizarse con
ruido entre sus blancos dedos ceñidos de sortijas, charlaban, gritaban,
reían y se apostrofaban de una embarcación a otra. Los muchachos les
salpicaban el rostro con los bastones y se inclinaban de repente sobre
un costado para asustarlas, complaciéndose grandemente con sus gritos
desesperados. Todo era ruido y algazara en la diminuta escuadrilla.
Según avanzaba hacia El Moral, las cualidades marineras de la brisa
fueron sobrepujando a las terrestres: se hizo más intensa, llegando
hasta soplar con violencia en algunos parajes, cuando las falúas
pasaban frente a alguna cañada formada por las colinas o lomas que
cerraban la cuenca de la ría. Las cintas de los sombreros, los
gallardetes de los palos de popa, los pañuelos y las corbatas comenzaron
a tremolar vivamente. Los viajeros sintieron el dulce ensordecimiento
que produce el viento agudo del mar, nutrido de sales. Algunos pajaritos
acuáticos de poca importancia salieron de una de las orillas y pasaron
volando sobre las falúas, lo cual fue causa para que don Serapio, en un
rapto de entusiasmo marítimo, se pusiese en pie sobre la popa y agarrado
al palo de la bandera entonase como un energúmeno la canción que
empieza:
_Al ver en la inmensa llanura del mar
Las aves marinas con rumbo hacia acá,
siguiendo envidioso su vuelo fugaz,_ etcétera.
Si la ría pudiera ruborizarse no dejaría de hacerlo al oírse calificar
tan hiperbólicamente de _inmensa llanura_, si no es que creyéndolo broma
de mal género lo echase a mala parte y se enojase seriamente. De todos
modos, el viento se encargó de vengarla arrebatando de improviso el
sombrero del inspirado cantante y cortando el arroyuelo, por no decir el
torrente, de su voz. La falúa que venía detrás lo recogió y lo entregó
muy bien remojadito a su dueño, que no manifestó deseos por el momento
de seguir apostrofando a las aves marinas.
La escuadrilla continuaba acercándose al puñado de casas de El Moral,
que distaban de Nieva legua y media próximamente. La villa se iba
alejando cada vez más de nuestros viajeros, ofreciendo a sus ojos un
espectáculo hermoso. Estaba asentada en la misma falda de una montaña no
muy elevada, guarnecida por todos lados de huertas frondosas y bosques
de laurel y naranjo. Su blanco caserío parecía colocado en tal sitio por
una mano de artista amiga de combinar los recursos de la naturaleza para
producir la emoción estética, como diría un revistero de teatros. La
blancura deslumbrante de la villa resaltaba sobre el verde obscuro de la
montaña como un gran pedazo de nieve desprendido de la cúspide. La
sábana argentada de la ría extendiéndose a sus pies esperaba inmóvil y
sumisa que viniera a caer en su seno. Las suaves colinas vestidas de
pinos que bordeaban las orillas y que nuestros viajeros iban dejando
atrás una en pos de otra semejaban lomos erizados de animales
monstruosos y fantásticos.
Las conversaciones de falúa a falúa fueron cesando. Las embarcaciones
recobraron su autonomía viviendo para sí. Oigamos algo de lo que se
charlaba en ellas.
EN LA FALÚA DE ELORZA.--Yo soy muy viejo, don Máximo, pero cuento que
mis hijas han de ver esta ría perfectamente canalizada. La cantidad de
agua que penetra por la boca del puerto es capaz de producir, si no
estuviese diseminada, un fondo suficiente para los buques de más calado.
La cuestión es encauzarla. ¿Y cómo se consigue esto? Pues ha de ser
forzosamente por medio de dos escolleras paralelas que arranquen en la
misma barra y vengan a parar a Nieva. El agua, lo mismo en el flujo que
en el reflujo, pasará entre ellas con mayor velocidad trabajando sobre
el fondo hasta profundizarlo. Poco a poco el espacio comprendido entre
el canal y las orillas irá quedando en seco y podrá sanearse fácilmente.
Una vez saneados estos grandes espacios, no dudo que por ellos se ha de
extender la población de Nieva a orillas del hermoso canal, que se verá
surcado constantemente por toda clase de embarcaciones. La moderna villa
fundada en una planicie tan dilatada tendrá seguramente sus calles
trazadas a cordel como las de las ciudades americanas y magníficos
muelles. Pero el verdadero puerto no puede ser aquí, sino en el
surgidero de los arenales... Muy pronto pasaremos por delante de él...
Es un sitio abrigado y extenso donde puede maniobrar una escuadra
entera... Hoy tiene poca profundidad, lo sé perfectamente, pero el fondo
es de arena y sabe usted que con las máquinas poderosas de dragar que
hay ahora en muy poco tiempo se le puede dar dos o tres metros más de
calado... Entonces Nieva será el puerto más importante del Cantábrico.
La mayor parte de nuestros productos mineros se exportarán por él,
porque la dársena de Sarrió es muy chica y no hay posibilidad de darle
más amplitud. En vez de ir a los puertos franceses a pasar el verano,
los españoles vendrán a estas hermosas provincias del Norte,
abandonadas hoy por falta de vías de comunicación... ¿Qué Biarritz se
puede comparar en el verano a estos sitios frescos y deliciosos? ¿Qué
playa de Arcachón puede sostener la competencia con las nuestras de
Miramar y las Huelgas?...
A BORDO DE LA SANIDAD.--Hoy he dormido perfectamente después de una
porción de noches que llevo sin pegar apenas los ojos--dijo la señorita
de Mory a su amiga Rosario que estaba sentada a su lado--. No sé qué
tengo hace algún tiempo... Me siento nerviosa... Me duele la cabeza al
levantarme de la cama... Yo creo que necesito refrescarme.
--Tal vez necesite usted refrescar el corazón, señorita--se aventuró a
decir Isidorito con el rostro espantosamente contraído por una sonrisa.
--No sabía yo que se despachasen también en la botica refrescos para el
corazón--repuso la joven con gesto desdeñoso, dirigiendo sus palabras a
Rosario.
--¡Oh! no, señorita; en la botica no. El corazón no se cura con los
preparados de la terapéutica ordinaria ni con ninguna fórmula de la
farmacopea, porque tiene, aparte de su naturaleza física semejante a la
de las demás vísceras, otra naturaleza puramente espiritual en el uso
corriente de la conversación, que no puede ser influida sino por
medicamentos morales. Al decir que tal vez necesitase usted refrescar el
corazón quería indicar que acaso convendría que usted desterrase de él
ciertas preocupaciones de carácter amoroso que algunas veces lo suelen
alterar.
--No tengo esas preocupaciones que usted dice, ni pienso en tenerlas,
por ahora, Dios mediante--respondió la señorita con el mismo gesto
desabrido y dirigiéndose siempre a Rosario.
--No puede usted afirmar eso de un modo tan categórico.
--¿Pues?
--Porque en la edad que usted tiene es muy difícil, por no decir
imposible, sondar las profundidades del espíritu y escudriñar todos sus
pliegues. Frecuentemente las impresiones se introducen en nuestra alma
de un modo subrepticio, sin que nos demos cuenta de ello; empiezan
siendo vagas y fugitivas y por lo mismo pasan inadvertidas; pero
lentamente van tomando cuerpo, haciéndose fuertes, y concluyen por
apoderarse de la persona y gobernarla a su talante. Entonces pasan a la
categoría de pasiones.
--Pues yo sé perfectamente lo que siento y lo que no siento.
--¡Oh! no, señorita; permítame usted que le diga que no lo puede saber.
--¡Hombre, tiene gracia! ¿No he de saber yo lo que siento?... Pues
entonces lo sabrá usted...
--Quizá lo sepa mejor. La observación de sí mismo, según todos los
filósofos y moralistas, es más difícil que la de los demás, y son pocos
los que logran conocerse bien. Por otra parte, la juventud es
irreflexiva de suyo y, sobre todo, las mujeres no saben darse cuenta
cabal de sus inclinaciones y de las vagas emociones que cruzan por su
corazón.
--Mire usted; las mujeres son como Dios las crió, y los hombres también.
--No lo dudo; pero Dios las ha criado así, con una capacidad sensitiva
(si vale expresarse de esta suerte) más viva y delicada que la de los
hombres. Se puede decir que han nacido exclusivamente para el amor y que
el amor debe llenar su existencia. El amor y las consecuencias que de él
se desprenden constituyen el primer fin de la unión conyugal o sea del
matrimonio. Tal es lo que se encuentra establecido en todas las
legislaciones y muy particularmente en la canónica, que es la fuente más
pura de todas ellas. La mujer, por consiguiente, obra más bien impulsada
por la fantasía y el sentimiento, que por la razón...
--¡Jesús, cuántas cosas sabe Isidorito de las pobres mujeres!--exclamó
la señorita de Mory en tono entre irritado y burlón.
El fiscal municipal quedó un poco acortado, pero al cabo prosiguió
diciendo sin dejar la seudosonrisa que le atormentaba la cara:
--Siendo, por tanto, el amor el móvil más poderoso, por no decir el
único, de la vida de la mujer, nada tiene de particular que haya
supuesto que una joven como usted se encuentre agitada por ese
sentimiento omnipotente y pague tributo a lo que constituye una ley
indeclinable de la vida. Vea usted ahora cómo no andaba descaminado al
afirmar que tal vez necesitase usted refrescar el corazón o, lo que es
igual, aligerarlo de alguna impresión demasiado punzante.
--¡Ay Dios, qué pesado!--dijo la señorita de Mory en voz baja; y en alta
voz repuso--: Pues se equivoca usted de medio a medio, Isidorito; nada
me pincha ni me punza por ahora.
--Permítame usted que lo dude.
--Es usted muy dueño de dudarlo, pero le aseguro que lo sé de muy buena
tinta.
--De todos modos, en buena lógica, por más que usted asegure lo
contrario, no hay posibilidad de sostener una afirmación semejante. No
sólo la razón y el buen sentido se oponen a ello, sino que de la
observación más superficial de los hechos resulta: primero, que el amor
es un sentimiento natural y constante en las jóvenes; segundo, que en
usted no existen motivos para sustraerse a él, y tercero, que el hecho
de dormir poco y agitadamente hace muy verosímil la suposición de que
usted se encuentra enamorada.
La señorita de Mory se encogió de hombros, hizo una mueca desdeñosa con
los labios y sin dignarse responder entabló conversación con su amiga
Rosario.
Isidorito había triunfado, como siempre, de su contrario. Porque para el
joven fiscal la mujer con quien hablara era su contrario y se creía en
el caso de envolverla en los pliegues de su lógica y estrecharla de
cerca hasta que la rendía lo mismo que a un litigante rebelde. De este
modo pensaba captarse la admiración y el respeto del sexo femenino. Mas
el sexo femenino (dicho sea en su desdoro) no sólo no admiraba a
Isidorito por su lógica contundente, por su formalidad y por sus vastos
conocimientos jurídicos, sino que le miraba con marcada ojeriza y huía
su conversación cual si se tratase de un ruido enfadoso.
La señorita de Mory, con quien había sostenido controversias reñidísimas
sobre la naturaleza del amor y la amistad, las dulzuras del recuerdo,
las amarguras del olvido, la simpatía y todo lo demás referente al
corazón, en las cuales siempre salía, por de contado, victorioso, había
llegado a aborrecerle de muerte. Así que nuestro sensato joven se
hallaba a más de cien leguas de los tres mil duros de renta de la
graciosa heredera cuando creía estar tocándolos ya con la punta de los
dedos. Su formalidad jamás desmentida, su elocuencia reposada y serena,
sus levitas prolongadas, sus ideas de orden y su jurisprudencia se
habían estrellado contra una prevención tan cruel como injustificada.
EN LA FALÚA DE LAS DE CIUDAD.--¡María Julia, Consuelo, mirad qué _bonito
hace_ el agua metiendo la mano dentro!
--¡Lindísimo!
--Se va usted a mojar el vestido, Amparo.
--¡Mire usted qué penachitos blancos tan monos salen por entre los
dedos, Suárez!
--Preciosos..., pero se va usted a mojar la manga del vestido.
--Aguarde usted un poco... Me la voy a remangar... Ea, ya está bien...
Mire usted, mire usted...
--Todavía me parece que se moja... Levántela usted un poquito más...
--¿Más?
--Sí.
--¡Pero me voy a descubrir todo el brazo!
--¡Qué importa!
--Tiene usted razón; el tiempo no está para constiparse. Ahora me parece
que ya queda bien... ¡Huy, qué fría está el agua!... ¡En la mano no se
nota, pero en los brazos!... Mire usted, mire usted cómo salta...
Poniendo la palma de la mano contra la corriente se sube por el brazo
arriba... ¿No ve usted qué hermosa y transparente está hoy?...
--Hablando con franqueza le diré--murmuró el ingeniero al oído de
Amparo--que en este momento me llama más la atención su lindo brazo.
--Si no se calla usted, pícaro, le sacudo el agua en la cara--manifestó
la niña en medio de castas contorsiones.
--Aunque usted me echase a la ría lo seguiría diciendo... Yo soy artista
ante todo, ya lo sabe usted... Nada hay tan hermoso como la forma
humana... cuando es hermosa; y ese brazo sostiene la competencia con los
más acabados modelos del arte escultórico.
--Vamos, no sea usted bromista... Mi brazo es como otro brazo
cualquiera... Lo que hay es que ya voy sintiendo frío en él... ¡Caramba
con el agua! ¡Parecía tan templadita al principio!... ¡Y cómo se va
enfriando poco a poco hasta que se le mete a una por los huesos!...
--Sáquelo usted, sáquelo usted... Vamos a secarlo.
Y Amparito lo sacó, en efecto, del agua, y lo entregó inocentemente al
ingeniero, que se puso a secarlo con el pañuelo, prodigándole cuidados
exquisitos y diciendo al mismo tiempo: