rodillas del Señor y las inundó de lágrimas, diciendo entre sollozos,
como la esposa del texto sagrado:
--_Mi alma se ha derretido cuando habló mi amado._
Y poco a poco sus brazos, anudados al cuerpo de Jesús, fueron subiendo
hasta estrecharle el cuello. Faltole el aliento y sintió escapar su
memoria, su imaginación y todas sus potencias, perdiéndose en una
alegría inmensa y ansiosa, donde todo el ser se bañaba como en un éter
purísimo. Acercó el rostro al del Señor; tocó con sus mejillas las del
Amado, posó los labios en la blancura de su frente, en el fulgor de sus
ojos, en el coral de sus labios.
Y en la sala de la torre, silenciosa, hundida en las tinieblas, sonó por
largo tiempo un ruido de sollozos y besos comprimidos. Al cabo, un
cuerpo humano, el cuerpo de la señorita de Elorza, privado de sentido,
rodó pesadamente por el suelo. Genoveva, al entrar con luz, después de
un rato, todavía la halló desmayada, con los ojos abiertos e inmóviles,
reflejando en su rostro una celestial alegría.
VIII
COMO USTEDES GUSTEN
Llegó la primavera. Los vientos del N. E., a modo de escoba gigantesca
manejada por la mano de algún dios aficionado a la limpieza, barrían a
menudo el polvo y la ceniza del firmamento. Los marineros que salían de
madrugada a la pesca, al poner el pie en el muelle veían muchas veces un
gran pedazo de cielo azul sobre las casas lejanas del Moral, que se iba
extendiendo lentamente hacia los cuatro puntos cardinales, dejando
suspensas sobre el horizonte algunas levísimas rayas de niebla de color
violeta semejando grandes cejas. La vasta sábana de la ría, en vez de
los tristes y metálicos reflejos del invierno, dejaba escapar ahora
hermosos destellos azules, y las cáscaras de nuez, llamadas barcos por
mal nombre, cabeceaban impacientes en la dársena como otros potros
preparados a salir. Mas por las tardes todavía el invierno reivindicaba
sus derechos, ora esparciendo sobre la villa y la ría una espesa capa de
niebla, que no tardaba en deshacerse en cierzo, ora haciendo correr por
el cielo furiosamente negras y colosales nubes que iban a descargar su
peso a lo interior. Algunos días no obstante, a la puesta del sol, un
soplo de aire tibio llegaba de la parte de tierra, que advertía
deliciosamente a los pacíficos habitantes de Nieva de la presencia en
aquel partido judicial de la más amable y coqueta de las estaciones. Y
este soplo de aire cargado de perfumes, subiendo por la nariz al cerebro
de los vecinos más inclinados a la poesía y a las dulces expansiones del
corazón, se portaba como enemigo declarado del sosiego de los espíritus
femeninos y perturbador de la paz de las familias.
La villa dormía plácidamente como una sultana, recibiendo la caricia
halagüeña de este soplo. Sin embargo, debajo de sus techos el sosiego
era más aparente que real. Una gran parte del vecindario seguía
durmiendo como antes a pierna suelta, pero otra no menos numerosa y
estimable, sin saber a qué atribuirlo, despertaba varias veces en el
curso de la noche y se pasaba en ocasiones una hora con la luz encendida
leyendo los artículos de _El Tiempo_, sin lograr conciliar el sueño.
Bebíase gran copia de vasos de agua; soñábanse cincuenta mil disparates,
que al recordarlos por la mañana hacían sonreír con enternecimiento a
los honrados moradores, y más de uno y más de dos atraparon una fluxión
de pecho por habérseles caído la ropa de la cama. Despachábase en las
dos boticas del pueblo una cantidad extraordinaria de cebada perlada;
algunos rechazaban a la mesa el vino, con sorpresa de sus consortes; y
dulcificábase extremadamente el carácter de los señoritos en el trato
con las criadas. El librero de la calle de la Industria pedía a Madrid
algunas novelas de Paul de Kock por encargo de sus parroquianos, y el
profesor de piano hacía análoga reclamación a los editores de música, de
varias romanzas sentimentales con títulos apasionados como _Vorrei
morir_, _Tutto per te_, _Non posso vivere_ y otras de igual jaez, por
empeño de sus discípulas. Las golondrinas comenzaban a instalarse en los
corredores, y después de cortejarse unos cuantos días por el aire
persiguiéndose con gritos descompasados y partiéndose solas las parejas
a los sitios más escondidos de las huertas, sin respeto alguno al _qué
dirán_ y a las buenas formas, celebraban sus bodas con la misma
grosería, sin consultar la voluntad de los papás, ni suplicar dispensa
cuando la necesitaban, ni proclamarse por conducto del párroco, ni
encargar _trousseau_ a París, ni recibir un mal juego de café de los
parientes, ni pasar papeletas impresas a los amigos y conocidos
participando su efectuado enlace, ni siquiera insertar en _La
Correspondencia de España_ un suelto diciendo: «Ayer, ante numerosa y
escogida concurrencia, en la que figuraba lo más eminente de la nobleza,
la política y la literatura, se verificó en casa de la desposada el
anunciado matrimonio de la bellísima y distinguida golondrina doña
Fulana de Tal con el acaudalado golondrino don Zutano de Cual. Después
de servirse un espléndido _buffet_, los novios partieron a su rica
posesión de los Robledales, en Aragón». Y quien habla de las golondrinas
claro está que se refiere igualmente a toda la caterva de pájaros que
habían sentado sus reales tanto en las huertas de Nieva como en los
inmensos pinares que bordaban las orillas de su ría.
Entre las personas en quienes la influencia de este soplo primaveral se
ejercitaba de un modo más señalado (dejando aparte, por supuesto, a la
señorita de Delgado, con quien nadie se atrevería a mantener competencia
en materia de sensaciones, sentimientos, emociones y todo lo referente a
la vida del corazón) contábase nuestro conocido Manolito López. Su
apreciable familia observaba con grata sorpresa, no sólo que el
carácter del chico se dulcificaba a ojos vistas, sino también que
crecían y se propagaban en él de un modo inusitado la inclinación al
aseo y los hábitos de compostura. Esta loable inclinación manifestábase
en todas las prendas de vestir que adornaban su persona, pero muy
particularmente en el calzado. Un tarro de betún superior cada quince
días no era bastante para el consumo de sus botas, gastando mucha parte
de la mañana y de sus fuerzas físicas en ponerlas relucientes como un
espejo, y aun así no estaba contento. Hubiera necesitado Manolito que el
brillo del diamante brasileño y el de todos los de las coronas reales
europeas, el de los mares y el de los astros viniera a refugiarse a
ellas para quedar enteramente satisfecho. Después de dar la última mano
de gato a sus cabellos, Manolito salía siempre en la amable compañía de
sus botas charoladas a pasear por delante de la casa de Elorza, y calle
arriba, calle abajo, allí se estaba todo el tiempo que le permitían sus
ocupaciones y alguna parte también del que le prohibían. Los balcones de
la casa permanecían por regla general herméticamente cerrados, pero
Manolito, a juzgar por el gracioso contoneo que adoptaba al cruzar por
delante, debía de sospechar que unos ojos fijos y enamorados le estaban
siempre observando por detrás de las rendijas. Tal vez que otra los
balcones se abrían, apareciendo en ellos la figura de Carmen, de
Genoveva, de Adela o de algún otro sirviente, que le dirigían miradas no
bastantemente respetuosas, atendiendo a la edad (quince años y tres
meses) y al carácter de nuestro joven. De raro en raro solía aparecer
también la linda cabeza de Marta, que paseaba sus ojos un instante por
los contornos de la casa con expresión indiferente; la cual, dicho sea
en honor de la verdad, no se trocaba en apasionada y halagüeña a la
vista de Manolito, antes bien continuaba de la misma suerte, apagada y
severa, como si nuestro joven no tuviese más personalidad que una
columna de los soportales, o que el reloj del Ayuntamiento o el letrero
del café de la Estrella o cualquiera de los objetos inanimados sobre los
que se espaciaban los ojos de la niña. Manolito quedaba algunos momentos
turbado, como si hallándose navegando por los mares del Polo viese de
improviso llegar hacia él una enorme montaña de hielo, pero no tardaba
en reponerse, exclamando para sus adentros: «¡Qué disimulada es esta
chica!» Y aunque los balcones se cerrasen inmediatamente con chirrido
desdeñoso y permaneciesen tapiados todo el día, Manolito no dejaba de
pasear arriba y pasear abajo, atrincherado siempre en su convicción de
que por los intersticios de las cortinas unos ojos extáticos y húmedos
de amor le clavaban mil saetas apasionadas.
Pero donde la primavera ejercía un imperio más absoluto y hasta
despótico (dejando siempre a salvo, por supuesto, el espíritu poético de
la señorita de Delgado) era en la huerta de los señores de Elorza. Allí,
sin consultar para nada la voluntad de las flexibles mimosas ni de las
redondas acacias, ni de las imponentes catalpas, ni la de ningún otro
árbol o arbusto, flor o legumbre, por respetable que fuese, comenzó a
vestirlos todos de verde, matizando los trajes cuidadosamente, a éste
dándole uno obscuro y profundo, a aquél claro y deslumbrante, al otro
pálido y amarillento, haciendo con ellos una especie de mascarada
risueña y original que lisonjeaba la vista de los que aun persisten en
tener afición a las obras de la naturaleza. Sobre este traje brillaban
como honoríficas condecoraciones algunas flores, amarillas, blancas,
azules o encarnadas, prestas a embalsamar el ambiente con los suaves
aromas que guardan en su corazón.
La huerta era extensa, como pocas, dilatándose desde la plaza, donde se
alzaba la casa de don Mariano, hasta el muelle, por un lado, y por el
otro hasta las últimas casas del pueblo. Y ora porque no fuese muy fácil
cuidar esmeradamente tan gran pedazo de tierra, bien porque don Mariano
no quisiera, como hombre de gusto, imponer su ley a la naturaleza,
estableciendo en su finca un régimen tiránico de tijeras y líneas
geométricas, lo cierto es que ofrecía toda ella el vigor desordenado, la
exuberancia y la espontaneidad que no suele verse ya sino en las huertas
provincianas gobernadas aún por un sistema español amplio y tolerante.
Las calles, aunque tiradas a cordel, según prescribía la moda en el
tiempo en que se abrieron, estaban ya torcidas, gracias a las invasiones
o a las deficiencias de los setos de membrillo, boj y rosal. Los
árboles cerraban en muchos parajes estas calles con bóveda espesa,
prestándoles un tinte de amable misterio, que digan lo que quieran, es
el hechizo mayor de los jardines, y apelamos al testimonio de todas las
almas ardientes elevadas, particularmente a la de la señorita de
Delgado.
Por detrás de los árboles y al través de los setos se veía algún fauno o
sátiro de piedra, deteriorado, con grandes manchas verdes por las
espaldas musculosas, arrojando agua por narices y boca; en esta
agradable ocupación había pasado toda su vida. Las flores no tenían en
el jardín de Elorza los monstruosos privilegios que suelen gozar en los
flamantes parques modernos, sino que se habían establecido en un pie de
igualdad con las modestas cuanto suculentas legumbres. Al lado de un
grupo o _cesto_ de dalias crecía una esparraguera, y a la vista de un
magnífico _macizo_ de _cannas índicas_ y _calladium_ prosperaba un
bosque de alcachofas y un cuadro de berzas de la Alsacia. En una de las
esquinas había un gran tendejón donde yacían hacinados muebles viejos de
la casa, algunos coches estropeados, aperos de jardinería, etc., etc.
Circundaba toda la huerta una tapia de bastante espesor y elevación por
donde trepaban la yedra y la madreselva cautelosamente hasta asomar sus
hojas por encima como pilluelos que entrasen a robar fruta y tratasen
antes de espiar al jardinero. Sobre uno de los lienzos de la tapia se
alzaban los palos de los barcos del muelle, que con sus numerosos
cables, enlazándose y cruzándose en todos sentidos, semejaban de lejos
arañas monstruosas. Una gran puerta enrejada de hierro ponía en
comunicación a la huerta con el muelle.
La hija menor de los dueños de esta huerta se hallaba una mañana en ella
cortando flores con las tijeras que pendían de su cintura y colocándolas
después con mucha delicadeza en un cestillo de mimbre. Las iba eligiendo
de un lado y de otro, parándose a veces a reflexionar delante de
algunas, y dejándolas intactas para ir en seguida hacia otras y volver
más tarde a las primeras, dando un sinfín de vueltas en todas
direcciones con paso vacilante. Se hallaba tan embebida en las
profundidades de alguna combinación referente al ramo de jardinería, que
se dejaba tostar sin piedad por un magnífico sol iracundo y soberbio,
como pocas veces solía estarlo. Desde la última vez que la vimos había
experimentado en su figura algún leve cambio, no muy fácil de definir.
Acababa de cumplir los catorce años. Su desarrollo físico, siempre
exuberante y vigoroso, había dado una sacudida en los últimos tres
meses, no estirándola y enflaqueciéndola a la par, como sucede
generalmente con las niñas en esta edad, sino acabando de modelarla como
un hermoso juguete. Marta iba a quedarse pequeñita. La naturaleza estaba
dando los últimos toques a su figura, abultando la línea de su cadera,
redondeando sus brazos, hinchando su seno virginal y perfilando la
elipse de su rostro, sin acordarse para nada de otorgarle tres dedos más
de estatura, que eran los que le hacían falta. Por eso un teniente de
caballería andaluz, al hacerle un favor y un disfavor en el juego de
prendas, le había dicho recientemente: «--Ez uzté mu bonita, pero ez
uzté mu redondita». Y esto había servido para que los amigos de la casa
la llamasen festivamente la _redondita_ y la mareasen a la continua con
el «ez uzté mu bonita, etcétera». La expresión del rostro continuaba
siendo tan plácida, tan grave y dulce como antes. No obstante, sus
grandes ojos negros, serenos y límpidos, que, como hemos dicho, ofrecían
cierta singular inmovilidad semejante a la de los que padecen de _gota
serena_, adquirían un movimiento tan sosegado y tan dulce que una de las
señoritas de Ciudad, la misma que la había presentado al ingeniero
Suárez, no pudo menos de exclamar la noche anterior:
--¿No repara usted qué mirada tan suave tiene Martita?
--En efecto--repuso el ingeniero--, esa niña parece que acaricia con los
ojos cuanto mira.
Al mismo tiempo propendían a quedársele húmedos, lo cual aumentaba aún
más su brillo y su ternura. Vestía en aquel momento un traje morado
obscuro extremadamente ceñido y plegado al cuerpo, y si bien, a petición
suya, se los hacían ya un poco más largos, todavía al bajarse para
cortar las flores enseñaba gran parte de unas espléndidas y bien
torneadas pantorrillas, que corrían pareja con los brazos de marras.
Después que hubo cortado, a su juicio, las suficientes flores, fue a
sentarse en un banco de piedra a la sombra, y poniendo el cesto a su
lado y sacando un ovillo de hilo, se dispuso con gran calma a hacer un
ramillete. Tomó primero una magnífica rosa blanca de las llamadas de té,
le quitó todas las espinas y foliolos y ató en torno suyo una serie de
hojas de malva. Al llegar a este punto de la operación apareció Ricardo.
Marta levantó la cabeza al oír los pasos y la bajó rápidamente para
continuar su obra.
--Te andaba buscando, Martita.
--¿Para?
--Para nada..., para verte... ¿Te parece poco?
--Si no es más, me parece poco, sí.
--¿Acaso no quieres que te vea?
--No digo eso..., pero como no hace aún veinticuatro horas que has
estado en casa...
--De todos modos tenía ganas de verte.
Marta calló y siguió su tarea poniendo en torno de la rosa y apoyados en
las hojas de malva tres _pensamientos_ obscuros. Ricardo había cambiado
también un poco desde la última vez que le vimos. Su rostro estaba
levemente descaecido, y a la ordinaria expresión de alegría había
sucedido otra como de fatiga, que a veces rayaba en triste y amarga.
Indudablemente no había sido muy feliz en los últimos meses. Ya sabemos
que no tenía motivos para serlo. La perpetua lucha que necesitaba
sostener con los escrúpulos de María y el desvío sincero o fingido que
observaba en ella constituían un disgusto sordo y continuado que le
amargaba la existencia. Los breves ratos en que conseguía hablar con su
adorada, en vez de dedicarlos a las dulces expansiones del amor, se
pasaban ordinariamente en reyertas y reconvenciones o cuando menos en
largos discursos suasorios de la una y la otra parte; Ricardo
convenciendo a María de que sus prácticas piadosas eran una exageración
incompatible con la naturaleza humana; María tratando de persuadir a
Ricardo a que abandonase las frivolidades del mundo y emprendiese el
camino de la virtud, que es el de la salvación.
Después que hubo contemplado silenciosamente por un momento la obra de
Marta, le preguntó:
--¿Para quién es ese ramo?
--Para María, que quiere empezar esta tarde sus flores a la Virgen. Me
ha pedido que le hiciese dos y ya tengo uno en casa.
Un relámpago de alegría pasó por los ojos del joven al oír el nombre de
su amada y empezó a interesarse en el arreglo del ramillete. Marta notó
perfectamente la alegría y el interés de su futuro hermano.
Entre los tres _pensamientos_ colocó tres claveles, uno rojo, otro de
color de rosa y otro blanco. Después tomó algunas hojas de almoraduj y
rosal, y ciñó con ellas el naciente ramo. En seguida colocó alrededor
una faja de margaritas alternando los colores: encarnada, blanca, azul y
jaspeada.
--Ahora debes poner más claveles--apuntó Ricardo con la osadía del
ignorante.
--Cállate, Ricardo; no sabes lo que dices... Ahora se pone un relleno de
almoraduj y malva para que las margaritas tengan donde apoyarse... Es
necesario que las flores vayan sueltas y no se toquen unas a otras para
que cada cual conserve su forma dentro del ramo... ¿Lo ves?... Ahora ya
puede agregarse una faja de rosas sin temor de chafar las margaritas,
una blanca, otra encarnada..., una blanca..., otra encarnada... Basta...
El hilo daba vueltas entre sus dedos, apretando suavemente las flores.
El ramillete iba tomando una forma piramidal bien proporcionada.
Ricardo, al dirigir la vista al cestillo, vio unos geranios de color
rojo extremadamente vivo y exclamó:
--¡Oh qué geranios tan hermosos!... Este color tan vivo debe convenirte
muy bien, Martita... Ponte uno en el pelo...
La niña, sin hacerse de rogar, cogió el que le presentaba y se lo colocó
entre sus negros cabellos por encima de la oreja. Esta combinación tan
vulgar de lo negro con lo encarnado que todas las niñas conocen se
manifestó más armoniosa que otras veces por la intensidad excepcional
tanto de lo obscuro como de lo rojo. El geranio, al trasladarse a aquel
sitio, pareció haber cumplido su destino en la tierra, brillando más
hermoso y satisfecho que nunca.
Ricardo contempló la cabeza de Marta con verdadera admiración, mientras
por los labios y los ojos de ésta vagaba una inocente sonrisa de
triunfo.
En torno de las rosas colocó en vez del relleno verde de almoraduj y
malva otro de alelíes blancos y morados y en seguida una faja de
geranios de todos colores, combinándolos graciosamente. Estaba hecho el
ramillete. Para cerrarlo cogió algunos puñados de tomillo y los fue
agregando a fin de que le sirviesen de apoyo. Las flores todas,
artísticamente combinadas, aparecían sueltas, ostentando cada cual su
propia forma perfectamente unidas al todo.
Marta levantó el ramo en alto, diciendo con orgullo infantil:
--¿No está bien?..., ¿no está bien?
--¡Admirable!..., ¡admirable!--prorrumpió Ricardo, y en el colmo del
entusiasmo tomó el ramo, le dio una porción de vueltas y poniéndolo
después en el cestillo cogió una mano de la niña y se la llevó a los
labios.
Marta se puso tan encarnada como el geranio que llevaba en el pelo y la
retiró velozmente. Ricardo, mirándola con sonrisa burlona, le dijo:
--¿Qué es eso, señorita? ¿Qué es eso? ¿Se avergüenza usted ya de que le
besen una mano cuando no hace todavía cuatro meses que la besábamos
todos en la mejilla?... No paso por ello... De ningún modo paso por
ello...
Y tomándole a la fuerza las dos manos empezó a repartir besos en ellas a
toda prisa sin darse punto de descanso hasta que creyó percibir algo
raro sobre su cabeza y la levantó. Marta estaba llorando. La sorpresa
del joven fue tan grande que soltó las manos sin decir palabra. La niña
se tapó con ellas la cara y comenzó a sollozar con vivo sentimiento.
--Martita, ¿qué te pasa?... ¿Qué tienes?--le preguntó todo asustado,
bajándose para verle el rostro.
--Nada, nada..., déjame.
--¿Pero por qué lloras?... ¿Te he lastimado?... ¿Te he ofendido?...
--No, no..., déjame, Ricardo..., déjame, por Dios.
Y levantándose del banco echó a correr en dirección de la casa,
limpiándose los ojos. Ricardo la vio alejarse, cada vez más sorprendido,
y permaneció algún tiempo en el banco tratando inútilmente de explicarse
la conducta de la niña. Después se levantó y comenzó a pasear por la
huerta. Al cabo de un rato se había olvidado enteramente del llanto de
Marta. Otras memorias más punzantes vinieron a turbarle el ánimo y a
embeber su atención. Una hora lo menos pasó dando vueltas por el parque
meditando en ellas, cuando al cruzar por delante del banco donde
estuviera sentado con la niña se fijó en que el ramo de ésta aun
permanecía dentro del cesto, como lo había dejado, y ocurriéndosele que
no estaba bien allí quiso llevarlo a casa. A la primera sirvienta con
quien tropezó le preguntó dónde se hallaba la señorita.
--Me parece que debe de estar en la habitación de la señora.
Se encaminó hacia allá. A la puerta misma del cuarto de doña Gertrudis
encontró a Marta, que salía de evacuar sin duda algún encargo de su
madre. La niña, que aun llevaba el geranio rojo en el pelo, así que le
vio dirigiole una sonrisa dulce, con señales de hallarse avergonzada.
--¿Estás enfadada todavía, Martita?--le preguntó en voz baja.
--Nunca lo estuve, Ricardo.
--¿Y aquel lloriqueo?...
--No sé yo misma lo que ha sido... Hace algunos días que no me encuentro
bien... y sin saber por qué se me sueltan las lágrimas...
--Pues lo celebro en el alma, preciosa. No puedes figurarte lo que
sentía haberte disgustado.
--¡Bah!...
--¡Y con qué sentimiento llorabas!... Creí que te pasaba algo grave de
veras... ¿Has tenido algún disgusto hoy?
--No, no, no he tenido nada. Vuelvo en seguida... Hasta ahora.
El marqués de Peñalta entró en el cuarto de doña Gertrudis, donde se
hallaban a la sazón conversando don Mariano y don Máximo, que no
manifestaban de modo alguno en su rostro la zozobra angustiosa, la
palidez y el espanto de los que presencian la agonía de un moribundo; lo
cual irritaba de tal manera a doña Gertrudis, que casi se hubiera
alegrado de morir en aquel momento sólo por darles un susto. Estaba,
como siempre, arrellanada en su butaca, tapadas las piernas y los pies
con una magnífica piel de cabra selvática, repartiendo miradas de amarga
desolación entre el cielo raso y una copa de leche que tenía en la
mano. De vez en cuando la acercaba a los labios y tragaba parte de su
contenido alzando en seguida los ojos y exclamando interiormente: «¡Dios
mío, que pase de mí este cáliz!» Tal vez que otra posábalos también con
inefable serenidad en sus verdugos, expresándoles de una manera
conmovedora que si Dios les perdonaba su crueldad, ella, por su parte,
no tenía inconveniente en otorgarles un amplio y generoso perdón; aunque
mucho dudaba que el Supremo Hacedor se lo concediera.
Ricardo fue a sentarse cerca de los verdugos sin ceremonia alguna,
porque ya había tenido ocasión aquella mañana de disertar profundamente
una buena hora sobre los nervios de doña Gertrudis. Ésta, haciéndose
cargo de que quien alterna con delincuentes está muy expuesto a caer en
el crimen, le comprendió de antemano en la omnímoda y liberal amnistía
que tenía decretada a favor de sus malhechores.
--Yo no consentiría ni periódicos facciosos como _La Tradición_, ni
autoridades que no obedeciesen puntual e incondicionalmente al Gobierno,
don Máximo.
--Estoy de acuerdo con usted hasta cierto punto; aun nos encontramos en
un período de lucha y es menester apelar a procedimientos excepcionales.
Pero no me negará usted que bajo un régimen normal, la libertad...