confesor bañada en lágrimas, que infundía admiración y respeto a la
gente; que cuando salía a la calle la saludaban algunos con frases de
elogio y cuando estaba en la iglesia la miraban todos los fieles con
particular insistencia. A sus oídos llegaban, por boca de los criados,
muchas frases lisonjeras, que merecían sus virtudes a los sacerdotes
más venerables y a las almas más piadosas de la población, y
percibiendo en ellas cierto sabor dulce, les prohibió que se las
repitiesen. Algunas señoras consultaban con ella sus casos de
conciencia, y la hicieron presidenta de una escuela dominical de
adultas, a las cuales comenzó a explicar la doctrina y la moral
cristianas, con tanta claridad y elocuencia que no había otra cosa de
qué hablar. Al segundo domingo se llenó el local que el Ayuntamiento les
había cedido en un antiguo convento, no sólo de criadas y jornaleras,
para las cuales se había fundado el instituto, sino también de las
personas más distinguidas de la villa, ganosas de comprobar lo que la
fama decía de la joven. Y en efecto, pudieron cerciorarse de que poseía
especiales dotes para la enseñanza; una palabra sencilla y animada,
maneras humildes y paciencia nunca desmentida. Las muchachas hicieron
notables progresos bajo su dirección. No contenta con esto, suplicó y
obtuvo de su padre que le cediese un pabellón que había en la huerta
para reunir allí todos los días una docena de niñas huérfanas y
enseñarles a leer, escribir y rezar y darles una educación apropiada a
su sexo y posición social. La extremada dulzura con que trataba a las
discípulas le granjearon pronto su cariño y hasta su adoración.
En todas partes recibía nuestra virtuosa heroína testimonios
inexcusables del gran aprecio con que era mirada, pero muy
particularmente en la sociedad de devotos y beatas, donde se la
consideraba como un faro luminoso que había de reportar ventajas a la
religión. En los tiempos de incredulidad a que habíamos llegado, el
espectáculo de una joven tan linda, tan instruida y tan principal,
consagrada exclusivamente al ejercicio de las virtudes y de los actos
religiosos, no podía menos de influir saludablemente en las costumbres
de la villa.
Cierta mañana, al retirarse de las gradas del altar, donde acababa de
recibir la comunión, ofrecía su rostro tal expresión edificante, que una
mujer salió del concurso, y arrodillándose delante de ella le pidió su
bendición. María, turbada y confusa, quiso negarse; pero al fin no tuvo
más remedio que ceder a sus instancias. En otra ocasión, pasando por uno
de los arrabales con Genoveva, otra mujer que estaba a la puerta de una
pobre vivienda, con un niño moribundo entre los brazos, le suplicó que
le tomase entre los suyos y rezase un padrenuestro por él. María así lo
hizo por complacerla, protestando de que ella era una miserable pecadora
a quien Dios no podía escuchar; pero el niño, apenas se vio acariciado
por tan hermosa mano, comenzó a sonreír y no tardó muchos días en
ponerse bueno. Esta maravillosa cura, pregonada por la agradecida madre,
hizo gran ruido en el pueblo. Desde entonces la casa de Elorza se vio
invadida por una muchedumbre de mujeres que venían con niños enfermos a
pedir a la señorita María que los tomase en brazos y los bendijese. Como
esto tenía visos de milagro, al decir de la gente, nuestra joven se
apresuró a consultar con su confesor si debía continuar cediendo a los
ruegos de las afligidas madres, y el sacerdote, después de tomarse un
día para reflexionar, le contestó que no veía ningún inconveniente,
antes creía que de ello pudieran redundar algunas ventajas a la fe.
¿Cómo es posible, preguntó María, que Dios quiera obrar actos milagrosos
por medio de una criatura tan ruin y tan pecadora como yo? A lo cual
replicaba el confesor que significaba gran osadía pretender escrutar los
altos designios de Dios, y que se abstuviese de hacer tan irrespetuosas
consideraciones; que Dios se valía de quien quería para manifestar su
santa voluntad, y que de todas suertes, aunque no hubiese en ello
milagro, nunca era malo atribuir al poder del supremo Hacedor los bienes
que experimentamos, lo mismo en el alma que en el cuerpo. María acataba
estas razones y procuraba hacerse digna por todos los medios que estaban
a su alcance, por la oración, por la humildad y la penitencia, de
aquellas increíbles gracias que Dios ponía en su mano.
Poco a poco, y por virtud del apartamiento a que su vida piadosa la
obligaba, iban aflojándose en su alma los lazos terrenales. Principió
por huir toda diversión y entretenimiento mundanos, como bailes, teatros
y paseos, donde antes brillaba por su hermosura y elegancia, llegando al
extremo de aborrecerlos. Abstúvose después de ciertos recreos lícitos
como cantar y tocar música profana, jugar a los naipes, correr por la
huerta, tomar parte en las tertulias de su casa. En su afán de
mortificarse concluyó por no contemplar a menudo el paisaje desde las
ventanas de su cuarto y privarse de aspirar el aroma de las flores y el
perfume de las esencias. Todavía le quedó, no obstante, y por mucho
tiempo el gusto de vestirse con elegancia, lo cual procedía de cierta
reflexión que había leído en un libro devoto francés, aconsejando a las
jóvenes que no descuidasen el aseo y afeite del cuerpo, pues Dios se
complacía en verlas hermosas y saber que para Él solamente se adornaban.
Al mismo tiempo que se iba despegando de los placeres de este mundo se
amortiguaban en su corazón los sentimientos de amor hacia las criaturas,
aun hacia aquellas que más de cerca la tocaban. Comprendiendo que para
amar a Dios es indispensable despojarse de los afectos terrenales,
porque ningún otro afecto es digno de entrar en un corazón consagrado al
Criador, se apartaba cada vez más del cariño, no sólo de su prometido,
sino también de sus padres y hermana. Cesaron las frecuentes expansiones
de amor que con todos tenía y por donde se revelaba la ternura de su
apasionado espíritu. Cuando veía a su padre por la mañana, ya no se
arrojaba a su cuello y le cubría de caricias. Con su hermana ya no
desahogaba los secretos y pesares de su corazón. A todos los mantenía
alejados por una prudente reserva revestida de dulzura y humildad.
El calor que escatimaba a los humanos iba subiendo, no obstante, como
perfumado incienso, a un sitio más elevado, a un objeto infinitamente
más digno de él. Su corazón no podía permanecer inactivo; necesitaba
amar porque era su ley; necesitaba rebosar de entusiasmo por algo, en lo
cual pensara en todos los instantes de la vida y a lo que dedicase
continuos sacrificios. María no podía apetecer ni amar nada sin sentirse
agitada por una fiebre que la consumía. Cuando era niña había amado a
otra de la misma edad, morena, de grandes ojos negros y duros, y la
había amado con tal pasión que se había convertido en su esclava
voluntariamente. La niña de los ojos negros, hija de un pobre menestral
de la villa, la trataba con la autoridad de reina y señora, le exigía
todos los juguetes de que era poseedora, la obligaba a plegarse a todos
su caprichos, la humillaba siempre que quería, y frecuentemente la
maltrataba de palabra y de obra, sin que por eso disminuyese poco ni
mucho el cariño de su apasionada amiga. En cierta ocasión, estando las
dos planchando las enaguas de una muñeca, la cruel muchacha le dijo con
cierto tonillo de burla:--Si tanto me quieres, ¿a que no eres capaz de
ponerte por mí esta plancha en un brazo? María levantó con decisión la
manga del vestido y aplicó la plancha encendida al brazo, ocasionándose
una horrible quemadura. Por estas y otras cosas de que don Mariano tuvo
noticia, puso en la calle a la amiguita y le prohibió pisar en adelante
el portal de su casa, lo cual hizo enfermar a su hija de dolor.
Cuando un corazón es de tal suerte inflamable, su aspiración constante
es la de abrasarse y consumirse en algún amor extraordinario, y cuando
no lo tiene lo busca como el sediento la fuente de agua cristalina.
María lo había buscado y lo había hallado; un amor puro e inmortal,
sublime y maravilloso; el amor de un Dios que reduce a polvo los astros
y se entrega como un manso cordero al alma enamorada. Este amor, que iba
prendiendo cada vez con más violencia en su espíritu, no sólo se
manifestaba en actos casi incomprensibles de humildad y mortificación,
sino que se escapaba continuamente de sus labios con frases apasionadas
que iban a refugiarse como tímidas avecillas en el sagrado Corazón de
Jesús. En un principio había orado con admiración respetuosa, con el
alma y el cuerpo prosternados, más asustada que enternecida, como el que
hace una declaración de amor; pero así que por mil señales manifiestas
comprendió que Jesús correspondía a su pasión y se la pagaba con creces,
encontró más libertad y elocuencia en sus palabras y una felicidad más
firme en todo su ser.
Los momentos más dichosos de su existencia eran los que consagraba a la
oración, que más bien era un tierno coloquio de dos enamorados,
incomprensible para los que no han sondeado jamás los profundos secretos
del amor divino ni han gustado las dulzuras de la unión mística. A
fuerza de conversar con Dios, de comunicarle sus más íntimos
pensamientos e impresiones y de confesarle con lágrimas todos los días
las más leves flaquezas de su conciencia, había llegado a establecer
con Él una santa familiaridad llena de dichas y consuelos. A la hora del
crepúsculo, cuando cesaba en sus piadosas tareas, que la tenían ocupada
todo el día, acostumbraba a recogerse en su cuarto para gozar a su sabor
de los regalos y deleites que Jesús le otorgaba en sus fervorosas
súplicas como recompensa de los trabajos y mortificaciones del día.
En una tarde plácida y serena de las postrimerías del invierno, María se
hallaba en su cuarto haciendo oración, postrada ante la imagen de Jesús.
Todas las ventanas estaban abiertas para recoger la luz que ya se iba
escapando lentamente. Por la que miraba a la tierra veíase la extensa
llanura de prados y las suaves colinas que la circundaban bañadas en un
vapor azul que se hacía cada vez más denso hasta convertirse en niebla.
Por la que daba a la ría se veía la superficie de ésta tranquila,
inmóvil, como si de improviso toda aquella agua se hubiese convertido en
piedra. Cerca del Moral había cuatro o cinco montecillos de arena,
llamados con propiedad los Arenales, que heridos por los moribundos
rayos del sol brillaban como grandes topacios. Ni el más leve ruido
turbaba el silencio del gabinete, que en aquel momento semejaba, por lo
sombrío y recogido, un gran confesonario.
Una hora larga hacía que la joven conversaba con el Amado de su corazón,
sin que ningún pensamiento terrestre se deslizase en su arrobado
espíritu. Nunca se sintiera tan abstraída y despegada de la carne y de
los intereses mundanos. Todo el calor de su cuerpo se había refugiado en
el corazón, que latía con inusitado brío. Tenía los ojos cerrados.
Después de haber rezado todas las oraciones que sabía de memoria,
algunas compuestas por ella, dejó descansar los labios y se entregó a
una suave meditación, donde su fantasía se espació como en un campo
infinito esmaltado de flores. Lo mismo el confesor que los libros
devotos le aconsejaban que pensase con frecuencia en la cruenta pasión y
muerte del Redentor, y así lo había hecho hasta entonces, embargada de
dolor y anegada en lágrimas. Se le clavaba en el alma aquel rostro
contraído y angustiado de Jesús en la cruz, aquellos ojos entornados y
moribundos, donde aun ardían el amor y la bondad eterna de un Dios.
Cuando le veía marchar hacia el Calvario, cargado con el pesado leño y
caer una, dos y tres veces, rendido de fatiga, sin encontrar en los
feroces rostros que le rodeaban una mirada de compasión, sentía
anudársele la garganta y estallar el pecho en sollozos. Asistía uno por
uno a todos los dolores de Cristo, desde la memorable noche del huerto
hasta el instante de cerrar los ojos para siempre entre dos ladrones,
víctima de la perfidia de los hombres. Las sublimes palabras de perdón
que al expirar pronunció, sonaban en sus oídos como una promesa del
cielo y una esperanza de verle aún rodeado de gloria en la otra vida.
Pero en aquel instante su pensamiento huía de las escenas de muerte. En
torno de él flotaban imágenes risueñas y gloriosas que le infundían una
amable alegría que pocas veces había sentido, acompañada de indecible
bienestar corporal. Creía sentir un suavísimo calor que irradiaba del
corazón hasta las manos y los pies, como si la sumergiesen en un baño de
leche tibia. Al mismo tiempo, unas manos delicadas y fragantes le tenían
cerrados los ojos, mientras un hálito dulce le refrescaba la frente. El
gabinete de la torre se henchía de vagos y tenues sonidos que su
imaginación transformaba en conciertos misteriosos. Estaba tan fuera de
sí que no sabía si se hallaba en realidad despierta, por más que
conservase todas sus potencias. Poco a poco empezó a perder la voluntad;
trató de abrir los ojos y no pudo; trató de separar las manos que tenía
cruzadas, y tampoco lo consiguió. Una fuerza superior la ataba, pero tan
dulcemente, que por nada en el mundo rompería aquellos lazos. Era un
desmayo celestial de todo el ser que la sumía en deleites ignorados por
ella hasta entonces. Las lágrimas resbalaban por su rostro como un licor
exquisito que bañaba sus labios de dulzura, y desde los labios corría
por lo interior de su cuerpo y penetraba en los huesos como unción
suavísima, como un gran olor. Este licor la embriagaba y la fortalecía a
la vez, y no se cansaba de beberlo. La salud penetraba como un torrente
en su marchito cuerpo, prestándole una fuerza incomprensible; entraba en
una vida plena y divina donde no existen los dolores, en un letargo
extático lleno de molicie, del cual nacían muchedumbre de vagos deseos,
como flores que abren su cáliz un instante y difunden por el aire su
perfume. Los deseos de su alma también se difundían y apagaban en la
inmensa alegría que la embargaba.
Mientras el cuerpo dormía en este dulce enajenamiento de los sentidos,
velaba el espíritu con actividad maravillosa. Su memoria estaba bañada
de claridad y la imaginación se lanzaba con raudo vuelo dando vuelta a
los orbes. En vez de meditar sobre la muerte del Señor, pensaba con
íntima complacencia en su adorable vida y recorría todos los pasos
completamente embelesada, representándoselos con tal verdad como si
realmente hubiese asistido a ellos. Veía primeramente a Jesús naciendo
en la gruta de las cercanías de Belén, abrazando con sus tiernos brazos
el cuello de la Virgen y sonriendo a los pastores y a los magos que de
luengas tierras vinieron a adorarlo. Veíale en seguida transportado a
Egipto, recorriendo los desiertos de la Arabia, durmiendo sobre el
regazo de su madre debajo de algún árbol o en el fondo de alguna cueva.
Después lo encontraba en los pórticos del templo de Jerusalén sentado en
medio de los doctores, cuando sólo tenía doce años, con sus largos
cabellos de color de bronce y la blanca túnica, que formaba graciosos
pliegues hasta cubrirle los pies, asombrando a todos tanto por su
belleza sobrehumana como por la profunda sabiduría de sus palabras.
Contemplábale en su modesto albergue de Nazareth, en la paz de una vida
obscura y contemplativa, nutriendo su divino espíritu de las sublimes
verdades que el Eterno Padre le comunicaba en sus frecuentes solitarios
paseos. Asistía después a sus primeras predicaciones por la Galilea y al
primer milagro con que dio testimonio de su poder infinito en las bodas
de Caná. Acompañábale a Cafarnaum, cuando de pie sobre una barca de
pescar, mecida suavemente por las olas, dirigía su palabra, más clara
que el sol que los alumbraba, más dulce que la brisa de la tarde, a la
muchedumbre congregada a la orilla. Volvía con Él a Nazareth, de donde
sus rebeldes e ingratos compatriotas le arrojaron sin dejarse vencer de
su dulzura y elocuencia. Marchaba a Bethania, donde la santa de su
nombre, María Magdalena, y Marta, su hermana, tuvieron la dicha de
hospedarle y aquélla de escucharle sentada a sus pies por largo tiempo.
En todas partes le veía sereno y hermoso como lo pinta la tradición, con
sus ojos azules de inexplicable dulzura, el cutis sonrosado y
transparente, la barba apuntada y su dorada cabellera partida por el
medio cayendo en ondas sobre los hombros. Los numerosos retratos que
había visto, no sólo de su divina persona, sino del país donde las
predicaciones se efectuaron, unido a su poderosa fantasía, la
transportaban a los tiempos de la Redención, como nadie pudiera
imaginarse. Pero donde más se placía su imaginación era en verle entrar
triunfante en Jerusalén, seguido de una muchedumbre embriagada de
entusiasmo, en medio de hosannas y bendiciones. Entonces su hermoso
rostro, que desaparecía casi entre el follaje de los ramos y las palmas,
tomaba una expresión divina; sus ojos, tan apacibles, brillaban con el
fulgor de la omnipotencia y sus manos se extendían sobre la ciudad,
perdonándola de antemano el bárbaro deicidio. ¡Oh, cómo se recreaba su
alma con esta escena poética y tierna en que Jesús alcanzó sobre la
tierra un poco de la adoración que se le debe! Si ella se hubiese
encontrado en aquellos parajes, formaría parte del séquito del Rey de
los Reyes y elevaría su voz para aclamarle. La mezcla que había en Él de
poder y de humildad, de fuerza y dulzura, la llenaba de entusiasmo y de
admiración.
Sabía, no obstante, que la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
repetíase diariamente en un sentido místico; que el divino Señor gozaba
más entrando en el alma de sus escogidos que en la ingrata hija de Sión;
que el amor era poderoso contra el dueño absoluto de todas las cosas y
tenía placer en entregarse a quien se lo profesaba. Mas para ello era
necesario amarle mucho, amarle de tal modo que se prefiriesen los
dolores y tormentos venidos de su mano a los deleites más exquisitos de
la tierra, amarle hasta desfallecer y morir en su presencia y caer
rendida a sus pies bajo el imperio de su mirada; era necesario pasar
largas horas buscándole en las profundidades del cielo, en el sosiego de
la tarde, en la hermosura de las flores, de los pájaros y de todas las
criaturas, al lado de los moribundos, en el centro de los dolores y
penitencias; era necesario dejar correr las horas en extática oración,
sintiendo resbalar las lágrimas y quemar las mejillas; era necesario
obedecer a todos, ser la sierva humilde de todos, despegarse de todo lo
criado, hasta de sus mismos padres, y aborrecerse a sí misma para ser la
amada de Jesús. ¡Así, así le amaba ella! ¡Cuántas horas del día y de la
noche había pasado pensando en Él! ¡Cuántas lágrimas había derramado por
su causa! ¡Cuántas veces en el silencio de la noche había salido su alma
_con ansias en amores inflamada_ como la Esposa del místico Cantar, en
busca del Dueño de su corazón! Y cuando de esta manera le buscaba
ardiendo en amoroso deseo, nunca dejaba de hallarle. En cierta ocasión,
habiendo pasado todo el día curando a los enfermos del hospital, a la
hora de acostarse sintió tan gran placer en su alma y en su cuerpo, que
faltó poco para que se desmayase. Humillándose delante de alguno también
percibía un dejo exquisito. Macerando su cuerpo con áspera disciplina,
había sentido más deleite que jamás le había proporcionado el mundo con
sus desabridos placeres. De esta suerte Jesús le empezaba a pagar
subidamente el amor que le profesaba, transformando para ella en regalo
lo que para otros era dolor y penitencia.
Esta última consideración penetró tan agudamente en su espíritu, que la
hizo prorrumpir en un sinfín de gracias y bendiciones, que permanecieron
encerradas en el corazón sin brotar a los labios. Sus labios estaban
mudos, inmóviles como los de la esfinge, sin osar reproducir por medio
de sonidos los inefables pensamientos que cruzaban por su mente.
Escuchaba dentro de sí mil voces suaves que le hablaban, pero sin
comprender lo que decían: sentíase suspendida por unos delicados brazos,
que sin cesar la acariciaban y advertía cerca, aunque sin verla, como la
presencia de un ser sobrenatural que la consolaba con su aliento.
Entonces se persuadió de un modo repentino a que el Señor la amaba. Vio
claramente con los ojos del espíritu que el esposo acudía ya a la voz de
la esposa y no deseaba más que unirse a ella para enriquecerla y
regalarla eternamente. Ya estaba cerca: lo sentía a su lado y se
deshacía en ansias de verle; pero Él no se mostraba, no acababa de
rendirse a sus tiernas y amorosas súplicas. Como el que muestra una
golosina a un niño y se la oculta, y de nuevo se la enseña y torna a
ocultársela para encenderle más el apetito, así el divino Esposo la
tenía suspensa y embelesada, irritando más y más su deseo. La apasionada
estrofa de San Juan de la Cruz acudió a su memoria:
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero,
No quieras enviarme
De hoy ya más mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero.
Y mil veces la estuvo repitiendo en su interior con una sublime congoja
en que le parecía que el alma quería salírsele por la boca. Pero su boca
seguía muda. Quería gritar, romper en alabanzas de Jesús, desahogar los
ímpetus fervorosos de su pecho, y no le era posible. Sentía una extraña
opresión que la mataba con una muerte celestial que no trocara por cien
vidas.
Un deseo punzante, ansioso, irresistible se apoderó súbito de su
corazón. Jesús, el Rey de las almas, había otorgado a alguna favores que
espantaban por los grandes e incomprensibles. A Santa Isabel, después de
sus prodigiosos actos de caridad y penitencia, se le había aparecido y
le dijo: «Isabel, si tú quieres ser mía, yo quiero ser tuyo también, y
nunca separarme de ti». A Santa Catalina de Siena la venía
frecuentemente a consolar a su celda, platicaba y paseaba con ella y
muchas veces la ayudaba a rezar sus oraciones. A Santa Teresa la tomaba
entre sus brazos, sin que pudiese desprenderse y la acariciaba y la
besaba. ¡Si ella lograse un regalo parecido! Apenas nació en su mente
este pensamiento atrevido se espantó de él y sintió tanta vergüenza que
de buen grado se hubiera ocultado debajo de la tierra. ¡Oh, no, Dios
mío! ¡Quién era ella para recibir una gracia semejante, otorgada
solamente a las mártires de la caridad y a las seráficas vírgenes que
brillan en el cielo como claros luceros! ¡Perdón, Jesús mío, perdón!
Mas aquel osado deseo no quiso apartarse de su espíritu y continuó
persiguiéndola sin que a pesar de muchos esfuerzos lograse desecharlo.
Ella no era digna de tanta gloria, bien lo sabía, pero su deseo era
hijo del amor que el divino Jesús le había infundido en el pecho; de
suerte que no era ella, sino el mismo Jesús el autor de este deseo. Si
no la hubiese abrasado en su celestial afecto y empezado a otorgar
favores tan gratos como inmerecidos, nunca le hubiera venido a la cabeza
idea tan disparatada. No, no pedía tanta gracia, tanto consuelo; le
bastaba con lo que Jesús se dignase darle, con algunas migajitas de su
amor inmortal. Se consideraría la más dichosa de las vírgenes del cielo
si al cabo de largos años de oración y penitencia, de amarguras y
tribulaciones, Jesús le consintiera poner los labios una sola vez en su
divino rostro. ¿Oh Jesús mío, será pecado el pedir esto? ¿Podrá merecer
jamás esta ruin criatura un gozo tan infinito?
Alzó los ojos. Jesús, con su nimbo dorado que brillaba entre las sombras
reflejando la última y triste claridad de la ventana, y su luenga túnica
de infinitos pliegues, extendía las manos hacia ella, clavándole al
mismo tiempo una mirada dulce y profunda. Corrió por sus venas una
sensación de frío cual si se sintiera próxima a la muerte; pero al
instante fue substituida por otra de calor intenso que la hizo sudar por
todos los poros del cuerpo. Comprendía vagamente que se estaba
efectuando un adorable misterio a su vista, y un santo temor la
sobrecogió. El gabinete estaba envuelto en la sombra: las ventanas
parecían grandes ojos opacos que miraban por sus muros. Un
enternecimiento suave y lánguido apoderose de su ser y la inundó de
felicidad. Desapareció el temor. Entraba en ella la certidumbre de ser
querida por Jesús, de ser la amada de un Dios. La ternura, la
admiración, la dicha rebosaban de su pecho y ya no pudo apartar los ojos
de los del Señor, bebiendo en ellos el misterio e inefable deleite de la
gloria.
El mismo deseo se presentó de nuevo en su mente. Esta vez lo formuló con
palabras, cuyo aliento cálido resbaló por sus manos cruzadas delante de
la boca.
--Jesús mío, ¿permitiréis a vuestra sierva poner los labios en vuestra
divina persona?
Jesús se inclinó aún más. María sintió que los cabellos se le erizaban y
el corazón quería salírsele del pecho. Jesús había hablado. Su voz
penetró como una música en el alma de la joven, que se creyó muerta y
trasladada al cielo.
Jesús había dicho:
--_Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven._
--¡Señor, yo no soy digna!--exclamó María con un grito de angustia y de
dicha a la vez.
Jesús volvió a decir:
--_Toda eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha._
--¡Jesús mío, os amo sobre todas las cosas!
--_Paloma mía, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tu
voz es dulce y tu rostro hermoso_--replicó Jesús inclinándose todavía
más.