divertidos que desarrugaban el rostro de la niña y concluían por hacerla
reír a carcajadas. Poco a poco la cesta se iba vaciando y pasando su
contenido al armario, que despedía siempre su olor punzante y un poco
agrio de lencería lavada. Este olor había invadido toda la habitación y
la refrescaba con un perfume de salud y de limpieza más grato que todas
las esencias y pomadas. Era el perfume que acompañaba siempre a Marta,
al decir de su padre, y parecía exclusivamente creado para ella. Cuando
iba sola a abrir los armarios, experimentaba gran deleite en meter la
cabeza dentro de ellos y hundirla entre la ropa, gozando de la frialdad
del lienzo en el rostro y aspirando con voluptuosidad su aroma
saludable. La luz que penetraba a torrentes por el blanco tul de las
cortinas, la charla incesante y las sonoras carcajadas de los jóvenes
llenaban la pieza de alegría y animación. Se le llamaba «el cuarto de la
plancha», porque, en efecto, allí se planchaba la ropa de la casa. Las
paredes que no ocupaban los armarios estaban pintadas lisamente de
blanco.
Carmen entró como un huracán por la puerta gritando:
--¡Señorita Marta, señorita Marta!
--¿Qué sucede?--preguntó ésta con sobresalto.
--¡Que el Menino se ha escapado, señorita!
La niña dejó caer la sábana que tenía en las manos y exclamó con
estupor:
--¿Se ha escapado?
--Sí, señorita; al pasar ahora por la galería, voy a mirar a la jaula y
me encuentro la puerta abierta y que el pájaro no está allí.
--¡Vamos allá, vamos allá!
Y todos corrieron en tropel a la galería. En efecto, el Menino se había
fugado. Por un descuido deplorable, Marta, al darle de comer y colocarlo
al aire libre en la galería para que se alegrara con la perspectiva de
la huerta y el canto de los otros pájaros, había dejado abierta la
puerta de la jaula. Hacía tres años que el Menino estaba en poder de
nuestra niña y en todo este tiempo no había dado señal alguna de nutrir
en su cerebro proyectos de evasión; antes por el contrario, el
grandísimo hipócrita mostraba siempre que podía que se le daba un bledo
por la libertad y que había renunciado a ella de buen grado en obsequio
de su amabilísima ama. Desde mucho tiempo atrás salía de la jaula a
tomar con ella el chocolate, se le ponía sobre el hombro, le picaba
suavemente en las manos a guisa de caricia, brincaba de aquí para allá
sobre los muebles, y cuando tocaban a retirarse se metía otra vez en la
jaula tranquilo como un cordero. Todo hacía presumir que era un canario
dichoso que daba por bien perdida la libertad a cambio de ser cuidado y
atendido por una niña tan linda y estar facultado para dar cuando
quisiera algunos picotazos en sus mejillas sonrosadas. Y dejando a un
lado estos goces más o menos espirituales, por los que más de un
muchacho en la villa haría estupendos sacrificios, y atendiendo
únicamente al aspecto material de la existencia, o sea al bienestar del
cuerpo, menester es dejar escrito que el Menino estaba en su jaula como
un arzobispo y tratado a qué quieres cuerpo, y pide por esa boca;
cañamón por aquí, alpiste por allá, unas veces lechuga, otras, sopas de
chocolate, otras, migajas remojadas en leche; en fin, que pedir más era
ofender a Dios. Y en orden al aseo y limpieza de la habitación, tampoco
podía envidiar a nadie: todas las mañanas la misma Marta se encargaba de
barrer lo que el puerco de él ensuciaba, dejándole la jaula como un
espejo. Pues a pesar de que la opinión general era que se hallaba muy a
su gusto y que no se cambiaría por el director de la Fábrica del Sello,
lo cierto es que el Menino esperaba con impaciencia la ocasión de
escaparse; se había dejado dominar por la melancolía, se le había
agriado el carácter y tenía la bilis excitada por la falta de ejercicio.
Si no hubiera salido a respirar el aire fresco, el día menos pensado se
hubiese levantado la tapa de los sesos contra las rejas de la jaula.
Debajo de ella deliberaron brevemente nuestros jóvenes lo que habían de
hacer. Marta estaba atribulada. Decidiose que Carmen, con la planchadora
y el jardinero, irían a recorrer la huerta, pues se sospechaba que
faltándole práctica, no había de volar muy lejos del primer arranque,
mientras Marta y Ricardo lo buscarían por toda la casa en la
contingencia de que se hubiese quedado dentro brincando por las salas,
como lo había hecho ya otra vez. Marta se constituyó en guía y
registraron desde luego la habitación contigua al corredor; una gran
sala cuadrada con dos alcobas en el fondo, donde ella y María habían
dormido de niñas con sus respectivas doncellas. El papel de la
habitación representaba escenas de caza que impresionaban mucho a Marta
cuando chiquita, sobre todo una que figuraba a un ciervo moribundo
sujeto por media docena de perros feroces. Recorrieron después algunos
gabinetes destinados a los forasteros que viniesen de huéspedes a la
casa; pasaron a los cuartos de las muchachas; bajaron a la cocina, que
estaba en un entresuelo, y tornaron a subir sin obtener resultado.
Después se fueron al cuarto de don Mariano, que era un magnífico
gabinete con dos balcones a la plaza, decorado con gusto severo y
clásico; grandes sillones de cuero, ricos tapices, escritorio de ébano y
armarios para los libros de la misma madera. En las paredes colgaban
algunos retratos de familia pintados al óleo.
Marta experimentaba siempre en este gabinete una sensación de bienestar
y alegría que no gustaba en las demás habitaciones de la casa. Había en
esta sensación una mezcla religiosa de respeto y enternecimiento en que
se confundían todos los recuerdos de la infancia impregnados de ese amor
filial exclusivo, fervoroso y absorbente, que produce la cólera rabiosa
de los niños cuando la niñera les arranca de los brazos paternos y el
ansia de ir a ellos cuando vuelven a tenerlos cerca. Así que tuvo
fuerzas y habilidad para hacerlo, nunca permitió que nadie arreglara
aquel cuarto más que ella. Por la mañana pasaba siempre media hora de
amable sosiego y dulzura limpiando los enormes sillones, que le costaba
gran trabajo mover de su sitio, y haciendo la vasta cama de don Mariano.
Sentíase feliz en medio de aquella habitación grave y patriarcal. Los
colosales armarios, la mesa, los sillones, los cuadros y las figuras
circunspectas de los tapices posaban sobre ella una mirada silenciosa y
benévola, en la cual sentía agitarse la gran sombra protectora de su
padre.
Ricardo quedó parado ante un retrato.
--¿Esta es tu tía, eh?... ¡Cómo te pareces a ella!... Lástima fue que se
hubiese muerto tan joven... Era una mujer muy simpática.
--¡Ya quisiera yo parecerme a ella!... Era alta y yo soy chiquita.
--¿Qué importa eso?... Te pareces y mucho... Y es natural, después de
todo, porque se parece a tu padre y tú eres Elorza de los pies a la
cabeza. ¡Qué grandes armarios de libros tiene don Mariano!... Hay aquí
para entretenerse un rato...
--Pues María se ha leído la mayor parte.
--¿Y tú?
--¡Oh, yo leo muy poco!... Soy muy holgazana... Papá dice que me estorba
lo negro--repuso la niña con su ingenua sonrisa y un poco avergonzada.
Después añadió:--Mira tú, Ricardo, no es verdad completamente lo que
dice papá. Aunque no tenga afición a los libros, algunos me gustan; pero
apenas tiene uno tiempo para tomarlos en la mano... Yo no sé cómo me
arreglo que no tengo una hora mía..., unas veces por uno y otras por
otro...
--Confiesa, chica, que no te gustan y punto concluido.
--Si tú quieres lo confesaré, pero no es verdad; algunos me gustan.
--¿Y el Menino?
--¡Ay, sí, vamos, vamos!
Entraron en la habitación contigua, que era la de doña Gertrudis, la
cual les aseguró que por allí no había parecido casta de Menino alguna,
aun cuando ella tuviese en la cabeza una verdadera pajarera que le
impedía sosegar un instante; y en su consecuencia pasaron al cuarto
inmediato, que era el de Marta. Era una habitación que parecía forrada
de espejos, pues todo estaba bruñido allí, desde el pavimento de madera
hasta los hierros de los balcones. Lo que no estaba barnizado por mano
del ebanista lo estaba a fuerza de trapo. La gran manía de Marta, la que
le proporcionaba más alegría y más pesadumbre, era el lustre. Su
inclinación exagerada a la limpieza le había llevado por una pendiente
rápida a pretender sacar brillo a todos los objetos y muebles de la casa
y muy particularmente a los de su cuarto. Todos los días, ayudada de la
doncella, los frotaba con una bayeta bien seca, sobándolos con afán
incansable hasta lograr que lanzasen vivos reflejos. Entonces, toda
sofocada, a veces sudando como un río, con el cabello en desorden y las
mejillas encarnadas, levantaba la bayeta y permanecía un rato
contemplando su obra, los hermosos destellos que la luz producía en el
objeto bruñido, con una satisfacción íntima y verdadera, con entusiasmo
casi místico. En casa le daban mucha cantaleta, lo cual hacía que se
ocultase para desempeñar esta tarea y que procurase cerrar su cuarto a
todo el mundo. Ricardo no había entrado nunca en él. Así que sin pensar
en el Menino se puso a contemplarlo con atención curiosa e impertinente.
Pasaba revista a los cuadros, se detenía ante el tocador, abría los
frascos, palpaba las cortinas y hasta entraba en la alcoba para ver la
cama, dejando escapar exclamaciones de asombro por lo bien arreglado que
estaba todo y especialmente por el lustre particular de los muebles.
--¡Qué cuarto tan lindo tienes, chica!... Parece una taza de plata...
¡Qué camita tan blanda y tan mona!
--Ricardo, no seas curioso..., anda..., vámonos. El Menino no está aquí.
La niña se sentía turbada por la atención del joven. Todas las mujeres
bien nacidas tienen el pudor de su cuarto, si vale la frase; porque hay
siempre en él como impregnado algo de lo íntimo de su alma y de su
cuerpo que repugna mostrar a un hombre. Pero a este pudor se añadía en
Marta la vergüenza de que se descubriesen sus manías infantiles y
obstinadas como la del lustre, la de colocar los frascos del tocador con
cierta simetría propia de un altar y otras tales que servían a los suyos
para embromarla a la hora de comer. Por esto se empeñaba en hacerle
salir tirando con fuerza de él.
--Anda, Ricardo..., no hay nada que ver aquí..., vámonos, vámonos...
--Déjame, niña, déjame contemplar esta monada de cuarto... ¡Qué
precioso!--y metiendo la nariz por la cama decía con mucha
seriedad:--¡Huele a Marta!
--¿Quieres callar, majadero?
--A ti no te costará trabajo conservar tu habitación de este modo; pero
lo que es yo te aseguro, chica, que ni con pena de la vida podría
tenerla así... ¡Si vieses mi cuarto, Martita!
--Sí, sí..., bueno estará... Siempre fuiste un adán... ¡Pero anda,
criatura, vámonos!
--Vámonos cuando quieras... Mi cuarto es una cuadra comparado con éste;
pero considera que allí entran los perros, los gatos, el jardinero con
los zapatos sucios, el cochero con el olor de la cuadra y en fin todo
bicho viviente... No es mía la culpa...
Después del cuarto de Marta recorrieron otras piezas, el comedor, el
salón, la galería del patio, otra sala de confianza y algunas más sin
que el dichoso Menino se dejase ver en ninguna parte. Como quedasen
parados en medio de un pasillo sin saber adónde dirigirse, a Marta le
vino de repente una idea y dijo:
--Vamos al terrado: aun no hemos estado allá.
El terrado no era a la sazón más que una vasta sala embaldosada de
mármol y cubierta de cristales de color. Llamábase el terrado porque lo
había sido en otro tiempo, pero don Mariano lo había cerrado con
cristalería hacía pocos años, transformándolo en una hermosa y
fantástica habitación de gusto árabe donde se iba a tomar café en las
tardes de verano con sus hijas y algún amigo. Estaba por amueblar. Sólo
había en un rincón tres o cuatro mesillas taraceadas y unas cuantas
mecedoras de rejilla. Cuando llegaron nuestros jóvenes la sala se
hallaba anegada en luz. El sol, desquitándose aquella mañana de sus
largos y frecuentes encierros, salía fogoso y resuelto a visitar todos
los rincones de la villa, y al tropezar con los mil cristales del
terrado de Elorza, no queriéndola ver mejor, pasaba por ellos y se
zambullía dentro con un esperezo vivo y ansioso que abrazaba enteramente
el ámbito del salón. Era un mágico espectáculo. Millares de luces rojas,
verdes, amarillas, carmesíes, grises y azules ardían dentro de él,
poblando el pavimento, la techumbre y las paredes, descomponiéndose en
infinitos matices que regocijaban los ojos y los deslumbraban. Sobre el
mosaico del suelo caía una lluvia de rayos intensos donde flotaba un
polvo ligero y coloreado, y estos rayos se cruzaban y tejían en el
espacio formando una tela flamígera, sutil y vistosa, por cuyos
intersticios pasaban los fugaces destellos de otros rayos más pálidos
donde flotaba un polvo aun más aéreo. Y estos velos de polvo, de rayos,
de destellos y de colores extendiéndose unos detrás de otros, a pesar
de su transparencia apenas dejaban ver con vaga indecisión, como al
través de una bruma, los cristales y arabescos de las paredes. El sol
derrochaba sus tesoros de luz y color, como un bajá turco, en el recinto
de aquella cámara oriental, demostrando una vez más que cuando él se
empeña en formar una decoración brillante y fantástica, no hay
tramoyista de teatro con todas sus lentejuelas, bengalas y telones que
le ponga el pie delante.
Nuestros jóvenes quedaron un instante absortos ante el caprichoso y
mágico trabajo de la luz, enteramente olvidados del Menino, y sin
decirse una palabra penetraron en la sala y llegaron hasta el medio con
el paso lento y vacilante del que entra en un baño. En efecto, quedaron
sumergidos y anegados en un vapor luminoso donde nadaban todos los
colores posibles.
--¡Qué hermoso está el terrado hoy!--acabó por decir Marta.
--¡Parece la habitación de un palacio encantado!... Aquí estarían mejor
que nosotros un moro con turbante blanco y una odalisca cubierta de
brocado y pedrería... ¡Qué juegos de luz tan caprichosos!... Espera un
poco, Martita, ponte aquí frente a este rayo de luz roja... ¡Si vieras
qué semblante tan particular tienes ahora!... Pareces una gitana..., una
hija del desierto.
En efecto, aquella luz tostaba el blanco rostro de la niña, lo encendía
con reflejos de sol moribundo y lo animaba con la expresión ardiente y
feroz de las naturalezas meridionales. Toda la inocencia de sus ojos,
toda la pureza de sus contornos virginales se borraba bajo el poder de
aquella llama maliciosa y lasciva, transformándola en un ser distinto,
fiero y voluptuoso al mismo tiempo, bien lejano por cierto del
verdadero. Ricardo lo comprendió y le dijo:
--No; este color no te conviene... Vente a este otro...
Y la puso debajo de un rayo de luz verde.
--¡Jesús; pareces una muerta!... No, no; éste tampoco... Aquí; a ver el
color amarillo... No estás mal..., pero te hace rubia, y las morenas
deben quedarse morenas, quiero decir, las pelinegras, porque ya sabemos
que tú eres blanca. Vamos a ver el azul... ¡Oh, sorprendente!...
¡Maravilloso!... ¡Qué hermosa estás, criatura!
Tenía razón el joven marqués. El color azul, que es el más espiritual,
el más puro y el más sublime de los colores, se adaptaba admirablemente
al rostro cándido de Marta. El rayo de luz caía sobre él como una
caricia del cielo, bañándolo suavemente de una claridad diáfana. La
negra cabellera quedaba teñida de azul profundo mientras el óvalo
adorable de su rostro y el cuello firme y mórbido se coloreaban
levemente por un azul celeste. La línea delicada y correcta de sus
facciones adquiría perfección ideal, y todo su semblante se
transfiguraba con una expresión angélica de beatitud.
No obstante, había cierta exageración de mal gusto en esta fisonomía
arrobada y celeste que la tinta azul le prestaba. Aquélla no era la
Marta verdadera, ingenua y modesta en su expresión como en sus rasgos,
sino otra Marta afectada, teatral y fantástica. Ricardo concluyó por
decirle que con ninguna luz estaba mejor que con la natural.
La niña exclamó de repente:
--¡Y el Menino, Ricardo!
--Es verdad; nos habíamos olvidado... ¿Pero dónde vamos ahora?... Ya lo
hemos recorrido todo...
--Vamos a la habitación de María... Tal vez se haya subido allá...
--No me parece probable..., pero, en fin, vamos.
Subieron a la torre, sin lograr mejor resultado. Ni en la habitación de
María ni en la de Genoveva descubrieron rastro del canario. Ricardo
sintió cierta emoción al entrar en el cuarto de su amada, que no pasó
inadvertida para Marta. Quedose grave y silencioso, y se puso a examinar
con afán cuanto allí había, moviendo los objetos, destapando los frascos
y hasta abriendo los cajones; de tal suerte que la niña se vio obligada
a decirle:
--No enredes, Ricardo... Cuando venga María y vea sus cosas revueltas se
va a enfadar.
--¡Y qué importa que se enfade!--respondió con alguna aspereza el joven.
--Es que me va a echar la culpa a mí.
--Bien, pues dile que he sido yo y asunto arreglado.
Entró en la alcoba, levantó las cortinas del lecho, tomó en la mano los
libros que había sobre la mesa de noche, tornó a dejarlos y concluyó por
tirar del cajón de la mesilla. Había dentro una porción de objetos
hacinados, entre los cuales metió la mano, sacando uno por demás
extraño.
Era una cruz ancha de cuero, llena de pinchos de bronce por uno de los
lados y con un cordón para colgar al cuello.
--¿Qué es esto?--dijo dándole vueltas en la mano con asombro.
Marta adivinó lo que era.
--¡Déjalo, déjalo por Dios, Ricardo!... Se va a enfadar mucho María...
--¡Jesús, qué barbaridad!... ¡Esto debe de ser un cilicio!
--Puede ser..., pero déjalo, déjalo por Dios.
El joven lo arrojó otra vez con violencia dentro del cajón, haciendo un
gesto de desprecio y repugnancia.
--María se ha vuelto loca... ¡Esto es una atrocidad que a nada conduce!
--¡No digas eso, que es pecado!... María es muy virtuosa...
--¡Virtuosa!..., ¡virtuosa!--murmuró con cólera el joven--. También tú
lo eres sin necesidad de tales extravagancias...
--¡No me compares a mí con María!
Ricardo se puso a dar paseos por el cuarto, agitadamente y sin
pronunciar palabra. Después volvió a la alcoba y tornó a sacar el
cilicio del cajón, examinándolo con más cuidado.
--Parece que estos pinchos forman letras... Mira... ¿Tú sabes lo que
dicen?
--No, yo no leo nada; será aprensión tuya.
--Sí, sí; aquí hay una inscripción... Pero, en fin, no quiero molestarme
descifrándola... Todas estas cosas no son más que ridiculeces...
Vámonos, chica, vámonos... Dejemos a cada loco con su tema...
Y cerrando el cajón con enfado salió de la alcoba, seguido de Marta. Al
cruzar por delante de una de las ventanas del gabinete, la niña lanzó un
grito de sorpresa y alegría:
--¡Mira, mira, Ricardo!..., ¡mira dónde está el Menino!
El joven se abalanzó a la ventana, y vio sobre el tejado de la casa, no
a mucha distancia, dando brinquitos de satisfacción, muy orondo y
espetado, al Menino en persona.
--¡Qué bribón, adonde se ha ido!... Es menester cogerle... ¿Por dónde se
sale al tejado?
--Por aquí no; necesitamos bajar primero a casa y subir luego a la
buhardilla.
--Pues, vamos.
Bajaron de la torre y después de atravesar algunas habitaciones tomaron
la escalera del desván, que venía a parar a una de ellas. Estaba
sumamente obscura y el joven subía con mucho trabajo.
En el segundo tramo dio un tropezón.
--¡Oh, se conoce que no estás acostumbrado!... Te vas a lastimar; dame
la mano que yo te guiaré.
Tomó la mano de la niña, que era pequeña, pero firme y segura como la de
una amazona. No tenía la suavidad del raso como las de María, porque los
trabajos de la casa le habían curtido un poco; en cambio ofrecía la
tersura amable de una epidermis rebosando de salud y de sangre. No
estaba ardorosa tampoco como aquélla, sino siempre tibia y serena, y
apercibida a toda molestia como las de una hija del pueblo.
El joven marqués no pudo hacer estas observaciones, porque marchaba
atento solamente a no caerse. Entraron en un desván, débilmente
esclarecido aquí y allá por algunos delgadísimos rayos de sol, que por
los intersticios de las rejas se colaban. Después de caminar un rato,
Marta soltó la mano, diciendo:
--Aguarda ahí; voy a abrir la ventana.
Y escapándose con ligereza subió media docena de escaleras que tenía la
buharda y abrió de par en par la ventana. Una ola de luz viva, intensa y
consoladora invadió súbitamente todo el desván y deslumbró a nuestro
joven.
--¡Aquí está, aquí está el Menino!--gritó Marta desde arriba con
entusiasmo--. ¡Está muy cerca!... ¡Menino! ¡Menino!... ¡Ven acá,
tonto!... ¡Toma, toma!... ¿No me conoces?...
El Menino, que se hallaba a seis u ocho pasos de distancia, al oír la
voz de su dueña, ladeó la cabeza con gracioso movimiento, como para
escuchar. Los rayos del sol que caían de plano sobre él bañaban su
plumaje amarillo, haciéndole resaltar de tal suerte sobre el color rojo
del tejado, que parecía un pedacito de oro animado. Dio tres o cuatro
brinquitos en son de acercarse a Marta y dijo _pi_... _pii_.
--¿Quieres que suba a ver si le cojo?--preguntó Ricardo.
--No; aguarda un poco..., parece que viene él... Menino, Menino..., ven
acá, mono..., ven acá..., toma...
El Menino dio otros tres o cuatro brincos, acercándose, y se paró,
ladeando otra vez la cabeza para escuchar. No es fácil saber lo que
entonces pasó por su cerebro; algo de ruin y de bajo y de deshonroso
para la raza a que pertenece debió de ser, porque olvidando en un punto
los cariñosos cuidados de su ama, sus continuas caricias, los muchos
chocolates que con ella compartió, el regalo de los bizcochos y los
copiosos tarros de alpiste, se espulgó con grande indiferencia ante su
vista, dijo varias veces _pii_, _pii_, con cierta sorna, y abriendo las
alas se tendió por el espacio yendo a perderse entre el follaje de las
huertas vecinas.
Marta lanzó un grito de dolor.
--¡Dios mío, se ha ido!
--¿Se ha ido?
--¡Sí!
--¿Muy lejos?
--Se perdió de vista.
--¡Pues señor, la hemos hecho buena!
Ricardo subió a la ventana, y siguiendo la dirección del dedo de la niña
miró y remiró hasta sacarse los ojos, sin ver absolutamente nada que
semejase de una legua a canario. Cuando volvió la vista a Marta observó
que por sus mejillas rodaba una lágrima.
--¿No te da vergüenza llorar por un pájaro, tonta?
--Tienes razón--repuso la niña, haciendo esfuerzos por reír y secándose
la lágrima con el pañuelo--. Pero me había encariñado con él como con
una persona... Ya ves..., ¡hacía tres años que le cuidaba!...
VII
EL ALMA Y EL ESPOSO
El rocío de la Gracia seguía cayendo copiosamente sobre el alma de la
primogénita de los señores de Elorza. Las virtudes cristianas florecían
en ella como rosas místicas henchidas de fragancia, y uno por uno, con
la impaciencia y ardor que imprimía a todas sus acciones, iba subiendo
los peldaños de la escala de perfección que conduce al cielo. Sus actos
de caridad y de humildad no sólo llenaban de asombro a las personas que
vivían cerca de ella, sino que se esparcían ya por toda la villa,
sirviendo de ejemplo edificante a jóvenes y viejos y de tema a las
conversaciones de sacristía. Los ayunos y penitencias de toda clase,
cada vez más frecuentes y ásperos, aumentaban el entusiasmo y la
seráfica alegría de su alma, pero enflaquecieron al cabo notablemente el
cuerpo. Su frágil naturaleza empezaba a rebelarse contra tanta
mortificación y a mostrarse dolorida a cada instante, unas veces en el
corazón, otras en el estómago, otras en la cabeza, aunque todo lo sufría
con una resignación digna de envidia, y sin que la hiciesen cejar en sus
santos propósitos. Padecía frecuentes desmayos, que la tenían largo
tiempo sin sentido, y fuertes convulsiones. Algunos días, así que tomaba
alimento lo devolvía, y en otros se quejaba de agudos dolores de cabeza.
Don Máximo comenzó a recetar los preparados de hierro, baños de mar y
vino de quina, con cuya medicación algo se mejoró, aunque poco. El
doctor concluyó por afirmar que mientras no cambiase enteramente de
régimen de vida no desaparecerían estos achaques; pero fue imposible
reducirla a ello.