confidente íntimo que su doncella. Ayudábala sin comprender en muchos
casos adónde iba a parar, persuadida enteramente a que no iría por mal
camino, pues tenía fe ciega en la discreción de su señorita. Más que
cariño era una especie de idolatría la que le profesaba, donde se
mezclaba la admiración de su belleza, el respeto de su talento y el
orgullo de haber visto nacer y contribuido a criar aquel prodigio. María
no había logrado infundir en ella el entusiasmo místico de que se sentía
poseída, porque Genoveva no era de suyo inflamable, y una ignorancia
supina la ponía a cubierto de toda suerte de entusiasmos; pero había
conseguido con sus actos y pláticas religiosas despertar en ella el
fanatismo que duerme siempre en el fondo de las almas vulgares e
ignorantes.
Una noche, después de recogida la familia y los criados, se hallaban
ambas en el gabinete de la torre. María leía a la luz del quinqué de
bomba esmerilada, mientras Genoveva, sentada en otra silla, frente a
ella, se ocupaba en hacer calceta. Acaecíales muchas veces pasar de esta
manera una o dos horas antes de acostarse, pues la señorita estaba
acostumbrada de antiguo a leer en las altas horas de la noche.
No parecía tan absorta en la lectura como otras veces. Posaba el libro
con frecuencia sobre la mesa y se quedaba largo rato pensativa con la
mano en la mejilla. Tornaba a cogerlo vacilando, para dejarlo otra vez
muy presto. Su cuerpo estaba nervioso, a juzgar por los crujidos que
dejaba escapar la silla. De vez en cuando fijaba en Genoveva una larga
mirada en que se vislumbraba un deseo inquieto y temeroso y cierta lucha
interior con algún pensamiento que la preocupaba. Genoveva, en cambio,
aquella noche estaba más embebida en la calceta que nunca, entreverando,
sin duda, por sus puntos, una muchedumbre de consideraciones más o menos
filosóficas que la obligaban tal vez que otra a dar con la frente en las
manos, lo mismo que cuando se dormita.
Por último, la señorita decidiose a romper el silencio.
--Genoveva, ¿quieres leer este trozo de la vida de Santa Isabel?--dijo
alargándole el libro.
--Con mil amores, señorita.
--Mira, ahí donde dice: _Cuando su marido_...
Genoveva comenzó a leer para sí el párrafo; pero muy presto la
interrumpió María, diciéndole:
--No, no; lee en voz alta.
Entonces obedeció, leyendo lo que sigue:
_«Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela
con Jesús, el esposo de su alma. Pero no se reducían a sólo éstas las
penitencias que se imponía la joven e inocente princesa. Bajo los trajes
más espléndidos llevaba siembre un cilicio a raíz de la carne; hacíase
azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasión
dolorosa de Nuestro Señor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice
un historiador, de pagar en algún modo al Señor el suplicio de los
azotes), presentándose luego delante de la corte con alegre y sereno
semblante. Andando el tiempo trasladó esta austeridad a las altas horas
de la noche, y entrándose en un aposento inmediato a la cámara donde
dormía con su esposo, hacía que sus doncellas le diesen áspera
disciplina, volviendo después al lado de su marido más alegre y amable
que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia
debilidad. Así es como ella, dice un poeta contemporáneo, procuraba
acercarse a Dios y romper las ligaduras de la cárcel de su carne como
valerosa guerrera del amor del Señor..._»
--Basta, no leas más: ¿qué te parece?
--Ya he leído muchas veces esto mismo.
--Es verdad; pero ¿qué pensarías si yo tratase de hacer algo
parecido?--se arrojó a decir con precipitación, como quien se decide a
proferir una cosa que le ha preocupado mucho.
Genoveva se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.
--¿No entiendes?
--No, señorita.
María se levantó, y echándole los brazos al cuello, le dijo al oído con
el rostro encendido de rubor:
--Quiero decir, tonta, que si tú te avinieses a hacer el oficio de las
doncellas de Santa Isabel, yo imitaría a la santa esta noche.
Genoveva comprendió vagamente; pero todavía preguntó:
--¿Qué oficio?
--Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que
recibió Nuestro Señor y todos los santos y santas a su ejemplo.
--¡Señorita, qué está usted diciendo! ¿Cómo se le ha metido una cosa
como esa en la cabeza?
--Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo
tiempo. Esta es la penitencia verdadera y más agradable a los ojos de
Dios por la razón de que Él mismo la sufrió por nosotros. He intentado
hacerla por mí, pero no he podido, y además no es tan eficaz como
sufriendo la humillación de recibirla por mano ajena... Conque no
dejarás de satisfacerme este deseo, ¿verdad?
--No, señorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...
--¿Por qué, tonta? ¿No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme
de algunos días de purgatorio por no hacer lo que te pido, ¿no tendrías
un remordimiento?
--Pero mi palomita del alma, ¿cómo quiere usted que yo la maltrate,
aunque sea para su bien?
--Pues no tienes más remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo
que cumplirla... Tú me has ayudado hasta ahora en el camino de la
virtud... No me abandones a lo mejor. No lo harás, Genovita, ¿no es
verdad que no lo harás?
--¡Señorita, por Dios, no me mande usted eso!
--¡Vamos, Genovita! Te lo pido por el cariño que me tienes.
--No..., no..., no me pida eso.
--Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendré si
no me lo das... Creeré que has dejado de quererme...
María agotó todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada
sobre sus rodillas la cubría de caricias, le hacía mimos, enfadándose
unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a
los cuales parecía imposible resistirse. Semejaba una niña que demanda
un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco
ablandada o más bien fatigada de negar, le dijo con graciosa
volubilidad:
--Verás, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves...
Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido
bastante a menudo... La imaginación te hace creer que es una cosa
terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo
depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del
mundo; pero en los buenos tiempos de la religión era cosa común y
corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta
penitencia... Vamos, prepárate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo
una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace
falta...
Y, corriendo a la cómoda, abrió un cajón y sacó de él unas disciplinas,
unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus
ramales de cuero. Después, toda agitada y nerviosa, con las mejillas
encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. Ésta las tomó sin
saber lo que hacía, de un modo automático. Estaba completamente
estupefacta. La joven volvió a acariciarla, animándola nuevamente con
frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la
señorita de Elorza, con mano trémula, comenzó a desabotonarse la bata de
color azul que traía. Tenía pintado en el rostro el goce irritado y
ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con
luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios
secos, como los de un sediento. Había crecido el círculo morado que
rodeaba sus ojos y tenía rosetas de un encarnado subido en los pómulos.
Respiraba agitadamente por las narices, más abiertas que de ordinario.
Sus manos pálidas y aristocráticas, de dedos afilados y uñas sonrosadas,
soltaban con extraña velocidad los botones de la bata. Con rápido
movimiento despojose de ella.
--Verás, no tengo más que la camisa y la chambra. Ya me había preparado.
En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y quedó
cubierta solamente de la camisa. Detúvose un instante, echó una mirada
al instrumento que Genoveva tenía en la mano y corrió por su cuerpo un
estremecimiento de frío, de placer, de angustia, de terror y de ansia,
todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emoción dijo:
--¡Que no sepa papá esto!
Y la camisa de batista se deslizó por el cuerpo, deteniéndose un
instante en las caderas y cayendo después pausadamente al suelo. Quedó
desnuda. Genoveva la contempló con ojos extáticos y la joven sintiose un
poco avergonzada.
--No te enfadarás conmigo, ¿eh, Genovita?--preguntó sonriendo.
La doncella no acertó más que a decir:
--¡Señorita, por Dios!...
--Cuanto más pronto mejor, porque voy a constiparme.
De este modo quería obligar aún más a su doncella. Con ademán febril le
arrancó las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha,
le echó nuevamente los brazos al cuello, y, dándole un beso, le dijo muy
quedo al oído en tono jovial:
--Has de dar fuerte, Genovita, porque así lo he prometido a Dios.
Un violento temblor se apoderó de su cuerpo al decir estas palabras;
pero un temblor delicioso que le penetró hasta los huesos. Luego,
tomando a Genoveva de la mano, la atrajo un poco hacia la mesa donde
estaba la imagen del Salvador.
--Aquí ha de ser..., hincada de rodillas delante de Nuestro Señor.
La voz se le anudaba en la garganta. Estaba pálida. Postrose, en efecto,
humildemente ante la imagen, persignose rápidamente, cruzó las manos
sobre el pecho, y, volviendo el rostro hacia su doncella con sonrisa
dulce, le dijo:
--Ya puedes empezar.
--¡Señorita, por Dios!...--tornó a exclamar Genoveva toda confusa.
Por los ojos de la señorita pasó un relámpago de cólera que se apagó al
instante; pero le dijo en tono un poco irritado:
--¿Estamos en eso?... Obedece y no seas terca. La doncella, dominada y
convencida de que ayudaba a una obra de piedad, obedeció, descargando
las disciplinas harto suavemente sobre las desnudas espaldas de la
señorita.
Y en verdad que parecía sacrilegio tocar en aquel cuerpo, prodigio de
hermosura y elegancia. María no poseía aún, ni era de presumir que
poseyera nunca, atento su temperamento, la plenitud de la forma
femenina. Era un poco delgada para que pudiera servir de modelo a un
escultor. Pero esto mismo constituía atractivo más poderoso para los que
gustan de contemplar en la belleza de la mujer el sello del espíritu, y
anteponen a la hermosura clásica de la forma la delicadeza y la
elegancia. Los brazos eran finos y frágiles, como los de un niño, pero
admirablemente torneados; el cuello, flexible y esbelto, como el de la
gacela, se unía a los hombros por una línea fugitiva y ondulante, cuya
suprema gracia sólo se encuentra en las vírgenes de Rafael.
Los primeros azotes de la doncella fueron tan suaves y comedidos, que no
dejaron rastro alguno en aquella preciosa epidermis. Pero María se
irritó; quiso que fuesen más fuertes.
--No, así no; con más fuerza... Pero espera un instante; déjame quitar
estas joyas, que son ridículas en este momento.
Y velozmente sacó todas las sortijas de los dedos, se arrancó los
pendientes de las orejas y depositó el puñado de oro y pedrería a los
pies de Jesús. También Santa Isabel, cuando oraba en la iglesia,
depositaba la corona ducal al pie del altar.
Volvió a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no podía pasar
por otro camino, empezó a macerar sin duelo las carnes de su piadosa
ama. El quinqué despedía luz tibia y difusa, que bañaba el pequeño
gabinete de una claridad discreta. Sólo al reflejarse en las joyas que
yacían a los pies del Redentor lanzaba hermosos y fugaces destellos. El
silencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba oír su
voz plañidera en las ventanas. Respirábase en el cuarto una atmósfera de
misterio y recogimiento que enajenaba a María y la penetraba de un
placer embriagador. Su hermoso cuerpo, desnudo, se estremecía cada vez
que cruzaban por él las correas de las disciplinas con un dolor no
exento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los pies del
Redentor, respirando ansiosamente y con cierta opresión, y sentía latir
en sus sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado y
sutil vello de su nuca se levantaba de un modo imperceptible a impulso
de la emoción que la embargaba. De vez en cuando sus labios, pálidos y
trémulos, decían en voz baja:
--¡Sigue, sigue!
Los azotes habían dejado ya algunos surcos de color de rosa en su
cándida epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas llegó un instante
en que el bárbaro instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre.
Genoveva no pudo contenerse; tiró las disciplinas muy lejos y se arrojó
llorando a abrazar a su señorita, cubriéndola de caricias y pidiéndole,
por la salvación de su alma, que no la obligase a hacer semejante
atrocidad. María la consoló, asegurándole que le había dolido muy poco
la flagelación. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsos
ascéticos, despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.
VI
EN BUSCA DEL MENINO
--Te conozco, Ricardo, déjame.
Ricardo callaba.
--Vamos, déjame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldo
a mamá.
El joven seguía tapándole los ojos por detrás sin decir una palabra.
--Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberte
conocido...
--En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
--Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
--Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con
precauciones.
Marta, en cuanto se vio libre, corrió con la escoba enarbolada detrás de
él, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y siguió
barriendo el comedor. Aun no se había arreglado. Vestía una bata suelta
de color carmesí bastante usada, y traía el cabello sujeto con una
redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta niña. Con el
vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el
cabello al desgaire, estaba más linda que cuando se ponía de tiros
largos. Bien fuese porque la índole de su belleza no era para brillar
con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la
falta de costumbre de ponérselos (pues rara vez usaba los que le
compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo
cierto es que aquí y en el teatro Marta llamaba poco la atención y
quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y espléndida de su
hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera;
sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquirían brillo
y animación y todo su cuerpo cobraba una libertad que perdía así que
ponía el pie en la calle.
Barría sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre
llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tenía voz para
el canto ni gran afición a la música, y todos los esfuerzos de sus
maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta
ausencia de facultades filarmónicas. Las obras maestras de la música y
aun las _fantasías_, _réveries_ y _nocturnos_ que María tocaba en el
piano la dejaban fría, sin comprender su mérito. En cambio, confesaba,
avergonzada, que ciertas melodías de zarzuela y muchas canciones
populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos
cierta. La música que algunas veces acompaña a los entierros, que por
regla general es pésima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos
de bronce, la conmovía profundamente hasta hacerle derramar lágrimas. No
cantaba, pues, casi nunca, pero solía tararear suavemente cuando
ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar
aliento, apoyándose un instante en la escoba, y después de echar hacia
atrás algunos rizos que le caían por la frente, seguía su tarea.
Ricardo apareció de nuevo en la puerta.
--¿Martita, estás enfadada aún?
--Sí que lo estoy--repuso entre severa y risueña--y escape usted pronto,
señor marqués, antes que le siente las costuras con el palo de la
escoba.
--¿Pero de veras estás enfadada?
--De veras lo estoy.
--Pues bien, te pido perdón humildemente--dijo poniéndose de rodillas--.
Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.
--Vamos, álzate y no hagas boberías... Mira que te estás manchando los
pantalones...
--Aunque me manchase el mismísimo cuello de la camisa, no me movería,
mientras no me perdones.
--¡Qué payaso eres, Ricardo!
--Muchas gracias.
--¿Quieres alzarte, criatura?
--No, mientras no me perdones.
--Has de ser formal, Ricardo.
--Hablaremos de eso con espacio... ¿Me perdonas?
--Sí, pesado, sí; levántate.
Ricardo se levantó, aproximose a Marta y sacudiéndola fuertemente,
exclamó:
--¡Chiquita, qué remonísima eres!... No me admira que Manolito... Ya me
entiendes...
--¡Vaya un modo de empezar a ser formal!
--Lo seré con el tiempo; no te apures.
--Bien, pues ahora déjame concluir para llevar el caldo a mamá.
--¿Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?
--Mamá aun no ha salido de su cuarto y papá y María están fuera.
--María en la iglesia, como siempre, ¿verdad?
--No fue más que a misa; pronto vendrá.
--¡Ya, ya!--exclamó el joven, poniéndose repentinamente grave y
silencioso.
Marta dio fin a su tarea bajo la inspección seria y no muy atenta de su
futuro hermano.
--¿Quieres aguardarme? No tardaré en venir...
Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la niña estuvo
ausente, subió uno de los transparentes de los balcones y se puso a
tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada
vaga y perdida en las casas de la vecindad.
No tardó en presentarse otra vez Marta.
--Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.
Ricardo siguió a la niña como un cordero hasta una habitación clara y
llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una
mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recién lavada.
--¿Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aquí cerca del armario?
--¡Pues no faltaba más!
La cesta era enorme y costó trabajo llevarla al sitio designado.
Mientras la conducían se les soltó la risa, lo que les obligó más de una
vez a dejarla en el suelo.
El joven, con los esfuerzos, se ponía muy colorado, y esto hacía reír de
tal modo a la niña que le privaba en absoluto de las fuerzas. Reía pocas
veces, mas cuando se le soltaba la llave no había quien la atajase.
Ricardo, con sus instintos de _clown_, procuraba hinchar los carrillos y
ponerse aún más colorado. Se le había disipado por completo el mal
humor. La cesta no avanzaba poco ni mucho: ambos permanecían inclinados
y agarrados a ella sin poder alzarla un dedo del suelo, la una
desternillándose de risa y el otro afectando una desesperación cómica.
--¡Qué militar tan valiente que no puede con una cesta de
ropa!--exclamaba la niña en el colmo de la alegría.
--¡Quisiera yo ver aquí a Prim y a Espartero y hasta al mismo Napoleón!
Esta no es una cesta cualquiera... Hay aquí lencería para un
regimiento...
--¡Quita allá! Si no fuese que me haces reír, yo sola era capaz de
llevarla.
Después de mucha risa y no poca brega, llegó la cesta a su destino.
Marta abrió el armario, del cual se escapó el olor especial, fresco y
penetrante de la ropa blanca. La niña lo aspiró algunos momentos con
delicia mientras hacía hueco, trasladando las piezas de unos estantes a
otros, a la nueva ropa que iba a introducir. Después quiso llamar a
Carmen, una de las doncellas, para que le ayudase a estirar las sábanas,
pero Ricardo le preguntó tímidamente:
--Oye, chica, ¿no serviría yo para eso?
--¡Oh! Si tú quisieras...
--¡Pues no había de querer!... Oro molido que fuese, preciosa... Tú
dispones de mí como reina y señora...
--No será tanto.
--No rebajo nada..., puedes ponerme a prueba.
--Bien, pues, por lo pronto te mando que tomes las dos puntas de esta
sábana y que tires hacia allá con fuerza... ¡No tanto, hombre, que me
arrastras!... ¡Basta, basta! Ahora dobla como yo..., así..., una punta
con otra... Bien, ahora tira otra vez..., más..., más todavía...
¡Basta!... Ahora vuelve a doblar..., tira otra vez... ¡Bastante!...
Acércate ahora a mí... Trae... Esto corre ya de mi cuenta... Vamos a
otra... Toma las dos puntas..., sacude bien y estira... Ten cuidado que
ésta tiene guarnición..., no vayas a romperla... Estas son las sábanas
de mamá y María.
--¡Qué ajena estará María de que yo estiro ahora sus sábanas!--exclamó
Ricardo soltando una carcajada.
--Pues sí que lo son. A mamá y a ella les gustan muy finas y se las
hacen de batista. A papá y a mí nos gustan más gruesas. Yo no puedo
soportar las sábanas finas...; me deslizo dentro de ellas y no encuentro
sitio. A papá tenemos que ponérselas sin ninguna clase de encaje, porque
el tacto del almidón le crispa los nervios y el ruido que produce le
despierta. Es una manía. Figúrate que cuando va de viaje y en alguna
casa le ponen sábanas con guarnición, tiene la paciencia de deshacer la
cama para meter los encajes debajo del colchón..., a los pies... A mí
tampoco me gustan, pero si me las ponen, me conformo... Papá tiene
muchas manías: todas las noches se ha de quedar dormido con el cigarro
en la boca... Yo ando cerca de su cuarto dando vueltas hasta que observo
que se duerme, y entonces entro muy despacito, le quito el cigarro de la
boca y apago la luz... ¡No tires tanto, que ya me duelen los brazos!...
La verdad es que te obligo a hacer unas cosas bien impropias de un
militar, ¿no es verdad?
--No lo creas: en el colegio, y aun después que salimos, en las casas de
huéspedes, nos vemos precisados a hacer cosas peores. ¡Cuántos botones
habré pegado yo en mi vida! ¡Y cuántas veces habré recosido los
pantalones cuando se rozaban por debajo!
--¿De veras?
--¡Vaya!
Marta se maravillaba sinceramente. No comprendía que un hombre tuviera
que descender a estos oficios habiendo tantas mujeres en el mundo, y se
informaba menudamente de las particularidades de la vida de colegio;
cómo los trataban, qué comían, a qué hora se acostaban, quién les hacía
las camas, les lavaba la ropa y se la planchaba; si los colchones eran
duros o blandos, si bebían vino, cuántas veces a la semana les mudaban
las toallas, etc., etc. Ricardo satisfacía a todas estas preguntas
haciendo una relación circunstanciada de sus hábitos de colegial con la
verbosidad del que tiene los recuerdos muy frescos y no le pesa traerlos
a cuento. De las costumbres pasaba a las aventuras, narrando las que
podían ser narradas delante de una niña, y entreteniéndose sobre todo a
pintar con negras tintas las desdichas de la época de _novatada_ y las
crueldades que con ellos ejecutaban los _antiguos_. Les obligaban a
pasar noches enteras haciendo pitillos de arena para que después
saliesen mejor hechos los de tabaco; en el paseo no les permitían
levantarse del asiento de piedra que les habían señalado de antemano;
les ponían en el cepo de campaña sin motivo alguno, aunque fuese después
de comer, sólo por divertirse; los que eran más débiles solían vomitar o
caer desmayados...
Marta le escuchaba con atención profunda, revelando en su semblante
todas las fases de la indignación; tiraba cada vez con más fuerza de las
sábanas y las doblaba atropelladamente sin apartar los ojos de los del
narrador. De vez en cuando soltaba una exclamación: «¡Pero, Dios mío,
eso es una atrocidad! ¡Esos hombres estaban locos! ¿Por qué no dábais
parte al jefe de tales atrocidades?» Ricardo no podía convencerla de que
hubiera sido inútil revelarse ni dar parte al coronel, pues la
_novatada_ era costumbre tradicional en el colegio, que los jefes no
querían arrancar. A todas sus razones contestaba: «Pues yo me hubiera
presentado al coronel, y si no me hacían justicia me escaparía del
colegio.»
--Vamos, no te pongas tan furiosa, Marta, que ya ha pasado. Así se hacen
los hombres sufridos. Voy a narrarte ahora una cosa que me sucedió con
el coronel. Después que salí a teniente...