preparados para tomar un estado que arrastra consigo tantos y tan graves
cargos? ¿Has meditado bien lo que significa el sacramento del
matrimonio? ¿No habrá en nuestros corazones más bien una inclinación
irreflexiva mezclada tal vez de impulsos carnales que el propósito firme
de emprender una vida austera y piadosa como conviene a una familia
cristiana, educando a nuestros hijos en el temor de Dios y en la
práctica de las virtudes? Si reflexionas un poco en lo frívolos que
hasta ahora han sido nuestros amores y en los pecados que constantemente
cometemos, no podrás menos de convenir conmigo en que dos muchachos tan
desprovistos de gravedad y sólida virtud no están facultados por Dios
para educar y dirigir una familia. Sentiría un gran remordimiento de
conciencia casándome hoy (y tú debes de sentirlo también) y creería que
Dios no podría bendecir ni hacer dichosa nuestra unión. Para que la
bendiga es necesario que nos hagamos dignos de celebrarla, dejando para
siempre el modo frívolo y mundano que tenemos de querernos por otro más
elevado y espiritual, cesando por completo en ciertas expansiones
terrenales a que nuestro gran amor nos impulsa, y preparándonos durante
algunos meses, por lo menos, con una vida virtuosa y devota, haciendo
algunos sacrificios y obras de caridad, y pidiendo a Dios constantemente
que ilumine nuestro espíritu y nos dé fuerzas para cumplir los deberes
que el nuevo estado nos impone.
»Hay un ejemplo en la historia que nos debe alentar mucho para llevar a
cabo lo que te propongo. La Amada Santa Isabel de Hungría estuvo
desposada desde su tierna edad con el duque Luis de Turingia, pero sin
que las bodas se celebrasen hasta que ambos llegaron a la edad oportuna.
Celebrados los desposorios, Isabel y Luis no volvieron a separarse,
habitando el mismo palacio como si fuesen hermanos, hasta que por la
voluntad de Dios fueron marido y mujer. Los piadosos sentimientos de los
dos novios, junto con la austera educación que les dieron, hizo que su
cariño fuese siempre puro y limpio, fundando la inalterable unión de sus
corazones, no sobre los efímeros sentimientos de un atractivo puramente
humano, sino sobre una fe común y la severa observancia de todas las
virtudes que esta fe enseña. Hasta que el matrimonio los unió con
vínculo indisoluble, siempre se llamaron hermanos, y aun después de
casados continuaron dándose a menudo este dulce nombre.
»Te confieso, Ricardo, que el espectáculo de estos nobles y santos
jóvenes me seduce hasta un grado indecible. El amor santificado de tal
suerte es mil veces más hermoso y proporciona al corazón goces más puros
y elevados. ¿Por qué no habíamos de seguir hasta donde nos fuese posible
las huellas de estos esposos, dechado de abnegación y de ternura tanto
como de pureza y fidelidad? ¿Por qué no habías de imitar tú, amado
Ricardo, la virtud severa del joven duque de Turingia, la nobleza y
dignidad de todos sus actos, la inocencia y la modestia de su alma,
jamás desmentida, y que en nada se oponían al valor y fortaleza de que
siempre dio relevantes pruebas? Por mi parte te prometo imitar en la
medida de mis débiles fuerzas la ternura, la obediencia y fidelidad de
su santa esposa Isabel, viviendo sujeta a la ley de Dios dentro del
cariño que te profeso.
»Esto es lo que te propongo y deseo que hagamos. No te enfades, por
Dios, querido Ricardo. Reflexiona sobre lo que te acabo de decir y verás
como tengo razón. No dudes de que te quiere mucho, mucho, la que es _por
ahora_ tu hermana,
MARÍA.»
V
CAMINO DE PERFECCIÓN
La carta que acabamos de leer señala una etapa importantísima en la vida
de nuestros amantes. Ricardo principió por enfurecerse y escribir una
larga contestación a su novia, dando por terminadas sus relaciones, que
no llegó a enviar a su destino. Después celebró con ella una
conferencia, donde se desató en denuestos. Todo cuanto venía escrito en
su epístola no era más que un tejido de necedades y simplezas, fabricado
adrede para disimular su perfidia. Bien podía despedirle de otro modo
menos grotesco, pues ya que no tuviese derecho a su amor, al menos podía
y debía exigir la franqueza y lealtad que él había usado siempre; desde
mucho tiempo atrás venía notando su frialdad y desvío, pero jamás pudo
creer se sirviese para desatar el lazo que los unía de pretexto tan
ridículo, etc., etc. María recibió con humildad tal granizada de
insolencias, afirmando con palabras tiernas y persuasivas, siempre que
le dejaba un instante para hablar, que le seguía amando con toda su
alma; que podía poner a prueba su amor siempre que quisiera, pues
resuelta estaba a hacer por él cuantos sacrificios exigiese menos el de
su conciencia; que le atravesaban el pecho las sospechas de traición y
de engaño, pero que se las perdonaba, teniendo presente el estado de
exaltación en que se hallaba; que sentía igualmente en el alma que
calificase de grotescos y ridículos los móviles de su resolución, cuando
ella los tenía por tan respetables, y, en fin, que le rogaba se calmase.
Ya que hubo desahogado su bilis el joven marqués, sin resultado,
comenzaron a desmayar sus ánimos y entró por el camino de las buenas
razones, pasando en seguida al de los ruegos, aunque sin lograr mejor
éxito. Empleó todos los recursos del ingenio y el lenguaje tierno y
expresivo que le dictaba su honrado corazón a fin de convencerla de que
ni ella ni él se hallaban, por fortuna, en el caso de ponerse a llorar
sus pecados como dos criminales, pues si no eran más buenos, por lo
menos lo eran tanto como el vulgo de los mortales; y en cuanto a tino y
seso para gobernarse y gobernar a sus hijos en el matrimonio, no se
creía tampoco menos apto que los demás, y que, en último término,
pasarían por donde otros pasaron. Todo fue inútil. La joven opuso
razones a razones y un silencio firme y obstinado a las súplicas
salpicadas de ternezas de su amante.
Éste, en tal estado de tribulación, de que no hace mérito el padre
Rivadeneira en su tratado, fue derecho a contar el caso y a pedir
consejo y ayuda a don Mariano, a quien quería como a un padre. Dicho
señor mostrose altamente sorprendido y confuso al leer la carta de su
hija. Leyola repetidas veces, como si no acabara de dar en la clave, y a
cada nueva lectura la encontraba más turbia e inexplicable. Por último,
se la devolvió, con un gesto de susto, manifestando que su hija debía de
haber perdido el juicio, porque no entendía nada de aquella monserga.
En efecto, don Mariano era un creyente sincero, que cumplía
escrupulosamente con los preceptos morales de la religión, pero que
miraba con un poco de tibieza, ya que no con desdén, los referentes al
culto. Nunca había dudado de las verdades religiosas aprendidas en la
niñez; pero jamás había dado capital importancia a las misas y
oraciones, ni había pasado en las iglesias más que el tiempo
estrictamente necesario. Sabía distinguir, cuando se trataba de estos
asuntos, entre la religión y los curas, profesando hacia éstos cierta
enemistad volteriana, que le venía de casta, al decir de doña Gertrudis,
pues su abuelo, el mejicano, había sostenido relaciones amistosas y
larga correspondencia con un miembro de la Convención francesa. Tenía fe
incontrastable en el progreso moderno, y echaba mano de los inventos
realizados continuamente por la industria humana para combatir los
argumentos deleznables, y pulverizarlos, de sus constantes enemigos los
partidarios de la tradición, entre los cuales no era el menos
empedernido y molesto su mujer. Se recibía, verbigracia, en la casa un
telegrama de cualquier pariente o amigo; don Mariano, con sonrisa
triunfal, después de leerlo, se lo alargaba a su señora, diciendo:
--Toma; este endiablado invento moderno viene a comunicarnos que tu
hermano ha llegado bueno a París.
Gustaba de hacer consideraciones picarescas sobre el espanto que se
apoderaría de nuestros abuelos, si de repente los metiesen en el coche
de un ferrocarril, o les dijesen que podían conferenciar cuando
quisieran con un amigo residente en la Habana. En cuanto tenía noticia
por los periódicos de cualquier invención peregrina, corría a leerle el
suelto a su mujer, y guardaba el periódico para leérselo igualmente a
los muchos tradicionalistas que frecuentaban la casa. Si el invento no
era costoso, hacía que le remitiesen la máquina, aunque no le sirviese
para nada. Así, que tenía la casa poblada de artefactos curiosos, casi
todos empolvados y descompuestos por la falta de uso; máquinas de hacer
hielo, manteca, sidra, pitillos, etc.; telégrafos de salón,
estereoscopios, cacerolas para asar la carne con un pedazo de papel,
salvavidas, bastones con silla y carabina, paraguas con tienda de
campaña, impermeables y otro sinfín de objetos extraños. Cuando la
máquina no daba el resultado apetecido, don Mariano tenía un disgusto,
se creía humillado y temiendo que por esto sufriese menoscabo la prez de
la civilización moderna, no hablaba del aparato delante de su señora, o
viéndose obligado, escurría el bulto, como suele decirse, por la
tangente, atribuyendo siempre el éxito desgraciado a su propia torpeza y
no a la calidad del invento.
Este amor fervoroso que profesaba a los increíbles adelantos de la época
presente, y la lucha que dentro y fuera de casa sostenía a todas horas
contra los amigos de la tradición, le impulsaban en ocasiones a valerse
de armas prohibidas, como eran, por ejemplo, el exagerar el poder de la
industria moderna, forjando nuevas y estupendas empresas que él daba por
comenzadas, cuando a nadie se le habían pasado aún por la cabeza. Un día
asombraba a sus amigos manifestándoles que se pensaba muy seriamente en
establecer un puente flotante entre Europa y América, por el cual se
podría ir en ferrocarril al Nuevo Mundo; otro, los dejaba atónitos
diciéndoles que se estaba construyendo un telescopio que traería la luna
a media legua de distancia, con el que podríamos percibir si en este
satélite había seres movientes; otro, les llenaba de admiración
noticiándoles que en los Estados Unidos habían trasladado entera una
catedral de un pueblo a otro, por medio de la presión hidráulica. En
materia de progresos mecánicos don Mariano tenía más imaginación que
Shakespeare. La política nacional le preocupaba poco en comparación del
incesante y sublime progreso realizado por la humanidad, y odiaba las
exageraciones que en su concepto lo retrasaban. Estaba afiliado al
partido conservador liberal.
Con estos antecedentes fácil es imaginarse el efecto que la carta de su
hija le causaría. Considerola como una extravagancia de las muchas que
la niña había padecido en su vida, y prometió a Ricardo solemnemente
hacerla desistir de aquella tontería. Mas después de haberla llamado a
su cuarto y pasar encerrado con ella cerca de dos horas, empezó a
sospechar que la cosa no era tan fácil como a primera vista parecía. Ni
con echarlo a broma haciendo chacota de su austero propósito, ni con
mostrarse enojado, ni con bajarse a las súplicas logró nada nuestro buen
caballero. María opuso a estos ataques, como había hecho con su novio,
una actitud humilde, pero resuelta, imposible de vencer. A unos y a
otros no les quedó otro recurso que resignarse, y eso hicieron de mal
grado con la secreta esperanza de que la joven cambiaría pronto de
acuerdo una vez satisfecho el capricho. Aplazose, por tanto, la boda
indefinidamente, y el pobre Ricardo empezó a desempeñar su papel de
duque de Turingia, casi tan mal como un actor español. Las entrevistas
con María fueron desde entonces menos frecuentes y familiares. La joven
parecía huirle y evitar las ocasiones de conversar con él íntimamente
como antes. Ricardo las buscaba con empeño y las aprovechaba unas veces
para dirigirle amargas reconvenciones, otras para decirle con labio
balbuciente mil frases apasionadas. Ella se mostraba siempre dulce y
cariñosa, mas procurando encaminar la conversación hacia asuntos serios.
Ricardo siguió acariciándola siempre que tenía ocasión para hacerlo;
pero no volvió a obtener de ella la acostumbrada reciprocidad por más
que hizo increíbles esfuerzos para conseguirlo. Y no sólo no logró este
favor, sino que poco a poco la joven evitó que él se propasase a lo
primero, hablándole siempre delante de gente. Un día que la encontró
sola en el comedor, se dijo con íntimo gozo: «Esta es la mía.» Y,
acercándose a ella cautelosamente por detrás, le dio un sonoro beso en
el cuello. María se levantó bruscamente de la silla y le dijo con cierta
dulzura no exenta de severidad.
--Ricardo, no vuelvas a hacer eso.
--¿Pues?
--Porque no me gusta.
--¿Desde cuándo?
--Desde siempre; no seas tonto.
Estas palabras las dijo ya con enojo, y señaló otra etapa desgraciada de
los amores de Ricardo. Cesaron casi en absoluto aquellos felices
momentos de tiernas expansiones, dulces y amables como los placeres de
los ángeles, cuyo recuerdo esparce por toda la vida, hasta por la del
hombre más prosaico, una vaga y poética melancolía que ayuda a sufrir
los contratiempos de la existencia y a contemplar sin envidia la
felicidad ajena. Lo más que recabó el joven marqués de su amada fue que
le permitiese besarla en la frente de vez en cuando a título de hermano.
Y no es necesario manifestar a los experimentados lectores que con este
ayuno forzoso el amor del joven, lejos de mermarse, creció y se
sobresaltó hasta lo indecible; porque deben suponerlo.
María pudo entregarse de lleno a la vida de perfección, a la cual
aspiraba con vehemencia. Las horas del día le parecían pocas para orar,
lo mismo en la iglesia que en su casa, y para llorar sus pecados.
Frecuentaba los sacramentos cada vez más, y asistía y tomaba parte con
su presencia y dinero en todas las solemnidades religiosas que se
celebraban en la villa. El tiempo que le dejaban libre sus oraciones lo
empleaba en leer libros devotos, los cuales formaron al poco tiempo una
biblioteca casi tan numerosa como la de novelas. Las vidas de las santas
le placían sobre todos los demás. Devoró pronto una multitud, fijándose,
como es lógico, en las de aquellas que más gloria alcanzaron y más
esplendor han dado a la Iglesia: la vida de Santa Teresa, la de Santa
Catalina de Siena, la de Santa Gertrudis, Santa Isabel, Santa Eulalia,
Santa Mónica y la de algunas otras que, sin hallarse canonizadas aun,
fueron célebres por su piedad y por las gracias espirituales que Dios
les otorgó, como la Beata Margarita de Alacoque, Mademoiselle de Melum,
etcétera. Estas lecturas causaron profundísima impresión en el ánimo
ardiente y exaltado de nuestra joven, empujándola más y más por el
camino de la devoción. Los increíbles y maravillosos esfuerzos de
aquellas almas heroicas que, por el amor y la caridad, lograron elevarse
al cielo y gozar por anticipado en la tierra de las gracias reservadas a
los bienaventurados la llenaban de íntima y fervorosa admiración.
Extasiábase ante los incidentes más insignificantes de la existencia de
las santas, en los cuales solía mostrar Dios que las tenía elegidas para
sí y que no permitía que el mundo se las arrebatase, como, por ejemplo,
la escena del milagroso sapo que Santa Teresa vio hallándose conversando
en el jardín con un caballero hacia quien se sentía inclinada; la muerte
inopinada de Buenaventura, hermana de Santa Catalina, que encaminaba a
esta santa por la senda mundanal del adorno del cuerpo y los placeres, y
otros muchos de que están llenos los libros referidos. María admiraba a
las insignes heroínas de la religión, como se admiran los fenómenos y
prodigios de la naturaleza, con emoción y asombro. Mucho tiempo se pasó
sin que osara levantar sus ojos hasta ellas para imitarlas. Limitábase a
pedirles con interminables oraciones que intercediesen para que Dios le
perdonase sus pecados. Compraba las mejores efigies que de ellas
encontraba, y después de ponerles un rico marco, las colgaba de las
paredes de su cuarto. Para hacerlo hubo necesidad de descolgar a
Malec-Kadel y a otros varios guerreros de la Edad Media que las tenían
invadidas. Le seducían en alto grado las escenas de los años infantiles
y los primeros pasos que las bienaventuradas habían dado en el camino de
la perfección. Pero al llegar a aquella parte de la vida que determina
el apogeo de su gloria en la tierra, cuando Dios, vencido de su
constante amor, de su fidelidad y de los pasmosos sacrificios que se
imponen, comienza a otorgarles favores y regalos espirituales por medio
de éxtasis y visiones, quedaba un poco turbada y hasta aterrada. No
comprendía aún el goce místico de la comunicación directa y sensible
entre el alma y su Dios, y se confesaba con gran remordimiento que si
en ella se efectuase una de estas maravillosas visiones sentiría mucho
más miedo que placer.
No tardó, sin embargo, en nacer en su corazón el deseo de imitarlas. De
la admiración a la imitación va siempre poco trecho. Principió por donde
debía, esto es, por imitar su humildad. Hasta entonces había sido
modesta, aunque no tanto que no le gustase verse lisonjeada y aplaudida;
mas a partir de esta época no sólo huyó toda alabanza con cuidado, sino
que rechazó las que le dirigían y hasta procuró ocultar sus habilidades
para quitar a los amigos la ocasión de ensalzarla. Principió a hablar lo
menos posible, tanto con los de fuera como con los de casa, y a ejecutar
al instante cualquier cosa que le suplicaran, lamentándose en su
interior de que no se lo mandasen en términos ásperos. Hizo con maña que
los criados le sirviesen en la mesa después que a todos los demás y que
le pusiesen siempre pan duro en vez de tierno. Para vencer los naturales
impulsos del amor propio se mostró más afable con las personas que le
habían causado algún disgusto que con las otras, y bastaba que una le
hiriese más o menos en el orgullo para que inmediatamente la colmase de
atenciones como si le debiese gratitud. En cambio, con las que sabía que
la querían y la admiraban gustaba de aparecer desabrida para que no la
tuviesen en mejor concepto del que merecía.
Enderezada por esta piadosa vía, que todos los santos han recorrido,
para honra de Dios y del género humano, y socorrida de su viva
imaginación, llevó a cabo una porción de actos extraños y hasta
incomprensibles para aquellos cuya atención está convertida al mundo y
no a las prácticas religiosas, actos que el ilustre biógrafo de Santa
Isabel califica de _secretas y santas fantasías_, que son los peldaños
místicos por donde el alma sube a la perfección y se comunica con Dios.
Un día, por ejemplo, le venía en mientes comer con los criados
humildemente como si fuese uno de ellos. Para realizarlo simulaba a la
hora de comer una jaqueca y se quedaba en su cuarto; y cuando la familia
se hallaba reunida en el comedor bajaba muy despacito a la cocina, y
allí se estaba todo el tiempo que duraba la comida, sirviéndose por sí
misma las sobras de la mesa, con sorpresa y admiración de la
servidumbre.
Otro día, en que, a su parecer, no había contestado con bastante respeto
a su padre, se presentaba repentinamente en el despacho, se hincaba de
rodillas y le pedía perdón. Don Mariano la levantaba del suelo con ojos
espantados.
--¡Pero, hija mía, si no me has ofendido en nada ni has cometido falta
ninguna!... Y aunque la hubieses cometido no es para hacer esos
extremos... ¡Vaya una tontería!... Anda, dame un beso y vete a coser con
tu hermana, y no vuelvas a asustarme con tales boberías.
María no encontraba en el seno de su familia las contrariedades que
hubiera deseado para probarse. Su padre y su hermana, aunque no la
alentasen en las devociones, nada le decían en contra, y cada día le
otorgaban mayores muestras de cariño, pues a ello les invitaba la
creciente dulzura y afabilidad de su carácter. Su madre la adoraba con
pasión loca y aplaudía ciegamente todos sus actos de piedad. No se
cansaba de alabar la virtud y el talento de su primogénita. Los criados,
y muy particularmente Genoveva, hacían coro también a estas alabanzas
difundiendo por la villa la fama de sus virtudes y formando en torno
suyo una aureola de respeto y santidad. Nuestra joven hubiera preferido
para los efectos de su salvación tener un padre bárbaro y tirano que la
mandase con dureza, o una madre despegada o una hermana envidiosa que no
la dejase vivir, pues ninguna santa se había librado de padecer
persecuciones dentro de su familia, al decir de las historias que leía.
Dolíase interiormente del sosiego y felicidad que en su casa disfrutaba,
pensando en que nada sufría por el Dios que nos redimió con su sangre.
Ansiaba que le levantasen una calumnia como las que Palmerina hizo
sufrir a Santa Catalina de Siena, a fin de que la despreciasen y
maltratasen; pero a ninguna persona de su casa ni de fuera se le pasaba
por la imaginación semejante cosa.
Para compensar esta ausencia de persecuciones mortificábase con ayunos y
penitencias, ejecutando siempre lo que más le disgustaba. Le repugnaba
algún manjar de la mesa; pues se imponía la penitencia de comerlo,
dejando, en cambio, otros que le placían extremadamente. Llegó hasta
echar en algunos acíbar, a imitación de lo que hacía San Nicolás de
Tolentino. Los viernes ayunaba rigurosamente a pan y agua, haciendo
prodigios de habilidad para que su padre no cayese en la cuenta, pues de
notarlo tenía por seguro que no se lo consentiría.
Traía siempre un medallón al cuello con el retrato de su novio. Un día
que éste consiguió hablar un momento a solas con ella, le dijo:
--Oye, Ricardo; si no te enfadas, te diría una cosa.
--¿Qué es?--se apresuró a preguntar el joven con el sobresalto de quien
teme siempre alguna desgracia.
--Estoy viendo que te vas a enfadar..., pero te lo diré. He quitado tu
retrato del medallón.
La fisonomía de Ricardo expresó el asombro.
--Y lo peor es que lo he sustituido con otro...
La expresión de asombro se trocó en dolorida, de tal modo, que María, al
contemplar aquel rostro contraído y rebosando de aflicción, no pudo
menos de soltar una carcajada sonora y fresca como las que en otro
tiempo salían a cada instante de su boca y que poco a poco habían ido
cesando, como si se hubiese apagado el foco de luz y alegría de donde se
escapaban.
--¡Dios mío, qué cara has puesto!... Espera; para que sufras más voy a
mostrarte tu sustituto.
Y, quitando el medallón del cuello, se lo presentó. Tenía la efigie de
Jesús coronado de espinas. Ricardo sonrió entre satisfecho y molesto.
--Ahora, bésalo.
El joven obedeció al punto posando los labios sobre la imagen del Señor
y un poco también sobre los dedos rosados que la apretaban. María se
escapó corriendo.
Al par que se ejercitaba en la humildad no descuidaba tampoco otra
virtud, que es, por decirlo así, el fundamento de nuestra religión y el
timbre mayor de gloria que la criatura puede ofrecer a Dios: la virtud
de la caridad. Bastábale a nuestra joven su excelente corazón y el
ejemplo de sus padres para aliviar siempre que podía las miserias del
prójimo; pero añadíase a esto tener presente a la continua los
increíbles esfuerzos de abnegación y caridad llevados a cabo por las
santas que con más fervor veneraba, particularmente la santa duquesa de
Turingia, que mereció el nombre de _Madre de los pobres_. Así que,
mostrábase compasiva hacia todos los miserables, y no perdía ocasión de
remediar sus necesidades con mano próvida. Todo el dinero que su padre
le daba empleábalo en hacer limosnas. Visitaba, en compañía de Genoveva,
las casas de algunos pobres, a los cuales aliviaba, no sólo con dinero,
sino también con palabras de consuelo, atento que no sólo de pan vive el
hombre. Para ejercitarse en la humildad, al tenor de lo que practicaba
muy a menudo la santa reina de Escocia, Margarita, hizo venir en secreto
algunos pordioseros a su cuarto y les lavó los pies con el mayor esmero.
Cada uno de estos actos piadosos le llenaba de una santa e íntima
alegría que jamás había experimentado anteriormente. Tomó la costumbre
de no despedir sin limosna a ningún pobre que se la pidiese, pues,
además de dictárselo así su corazón, tenía la multitud de casos en que
Nuestro Señor o la Virgen se habían aparecido bajo la forma de
pordioseros a muchos santos y santas. El temor y el deseo de que otro
tanto le sucediese a ella, la obligaba a escudriñar el semblante de los
pobres con cierta emoción. Mas como su peculio no bastase para atender a
tan numerosas caridades, diose traza para obtener dinero de su padre
valiéndose de mil ardides inocentes; un día pidiéndole para una
sombrilla, otro para un reloj, otro para un estuche de costura,
etcétera. Tanto fue lo que abusó, no obstante, que don Mariano sospechó
la verdad y señaló un límite a sus larguezas. Su hija le hubiera
arruinado con la mayor inocencia.
Arrastrada por su ardiente caridad, quiso también probarse en cuidar
enfermos, sobre todo aquellos que padecían enfermedades repugnantes.
Supo que cerca de su casa una mujer padecía de llagas en el pecho, y
tomó la resolución de ir todas las mañanas a curárselas, lo cual puso en
práctica al instante. Mas al hacerle la primera cura, queriendo añadir a
ella lo que había leído en la historia de Santa Catalina, esto es,
queriendo besar las llagas de la enferma, fue tanto el asco y el horror
que se le apoderó, que le dio un vahído, se puso muy mala y fue
necesario que Genoveva la llevase en brazos a casa. La pobrecita no
atribuyó, como era justo, su fracaso a la debilidad de estómago, sino a
falta de virtud, y se aplicó con creciente afán a mejorar su vida.