Volviendo, pues, adonde quedábamos, cumple manifestar que Ricardo llegó

muy presto al portal de la casa de Elorza, que era espacioso y obscuro.

De la gran puerta sólida y ennegrecida por el tiempo y el uso pendía una

cadena de bronce con la cual se llamaba. Entrábase inmediatamente en un

patio bastante amplio con fuente en el medio. A este patio venía a

parar una anchurosa escalera de piedra con balaustrada de la misma

materia. Estaba ya gastada y necesitaba reparos en algunos sitios. En el

primer descanso esta escalera se partía en dos brazos, uno de los cuales

conducía a las habitaciones de los señores y otro a la de los criados.

El primero de dichos brazos terminaba en un ancho corredor o galería de

cristales que miraba al patio. Toda la casa ofrecía el mismo desahogo,

al igual de los antiguos palacios, por más que fuese construida en

época relativamente moderna. Llevaba ventaja a los vetustos caserones

solariegos, como el del marqués de Peñalta, en que al fabricarla no se

había atendido tanto a la vanidad de sus dueños cuanto a la apropiada

distribución de las habitaciones para los usos de la vida. No era triste

y obscura como suelen serlo aquéllos. Por el contrario, todo su interior

denotaba alegría, bienestar y elegancia. Era, pues, un edificio grande

sin ser imponente, y cómodo sin caer en la vulgaridad desgraciada de las

construcciones modernísimas. Manteníase en un término de conciliación

entre la aristocracia y la burguesía, aceptando la altivez fastuosa de

aquélla y las inclinaciones prácticas y sensuales de ésta.

La casa reflejaba en cierto modo la posición de sus dueños. Ambos eran

hijos de las familias más principales, no tan sólo de Nieva, sino de la

provincia en que esta villa radica. La señora era hermana del marqués de

Revollar, que tanto había figurado en Madrid hacía pocos años por su

increíble disipación y prodigalidad, y que ahora, totalmente arruinado y

perseguido de cerca por sus acreedores, había corrido a refugiarse en

las huestes del Pretendiente, a quien servía como ministro y consejero.

Don Mariano procedía de una familia menos gloriosa y añeja, pero mucho

más acaudalada. Su abuelo había traído una fortuna inmensa de Méjico en

las postrimerías del pasado siglo, y con ella se había hecho el

terrateniente más poderoso de Nieva y fabricado la casa de que estamos

hablando. Lo mismo él que su hijo y su nieto habían procurado dar lustre

a los millones enlazándose con familias nobles.

Ricardo penetró por las habitaciones de la casa de Elorza con la

indiferencia del que se encuentra dentro de la suya, sin quitarse

siquiera el sombrero. Cuando entró en el gabinete de doña Gertrudis,

esta señora se hallaba tomando una taza de caldo ayudada por dos

criadas. Al ver a nuestro joven dejó la taza sobre el velador que tenía

delante y echándose hacia atrás en la butaca, exclamó con acento

dolorido:

--¡Ay, querido, en qué mal hora llegas!

--Pues ¿qué pasa?

--¡Que me muero, Ricardo, que me muero!

--¿Se siente usted peor?

--Sí, hijo mío, sí, me siento muy mal: no es posible decir lo mal que me

siento. Si no me muero hoy, no me muero nunca. Toda la noche la pasé en

un puro grito... Después..., después ese tigre de don Máximo no ha

venido todavía a pesar de haberle enviado dos recados... ¡Que Dios le

perdone!... ¡Que Dios le perdone!

Doña Gertrudis cerró los ojos como si se dispusiese a morir sin auxilios

temporales ni espirituales.

Ricardo, acostumbrado a estos exabruptos, permaneció buen rato

silencioso. Al cabo dijo en tono indiferente:

--¿No sabe usted?... Enrique ha conseguido cambiar el aderezo, y ayer ha

llegado el otro sin novedad.

--Vaya, gracias a Dios--repuso doña Gertrudis, abriendo los ojos--. Bien

creí que no se lo cambiarían.

--¿Por qué no?

--¡Toma!, porque vendiendo el otro se habían deshecho de una antigualla

de la cual no sé cómo saldrán ahora.

--Sí, pero también perdían un parroquiano que les deja muchas ganancias.

¿Usted no ve que Enrique recibe encargos de toda la provincia?

--Eso también es verdad..., ¿pero no sabes tú que a los comerciantes les

ciega la avaricia?... ¡Uf, qué gente más mala! Te digo que no puedo ver

a los comerciantes, Ricardo; no los puedo ver, ni pintados.

Después de haber expresado este sentimiento desfavorable para el

comercio, que doña Gertrudis en su fuero interno hacía extensivo también

a la industria y en general a todas las artes mecánicas, cerró de nuevo

los ojos con un gesto de dolor, y siguió de esta manera:

--Lo que siento, hijo mío, es que no os he de ver casados y que por mi

causa tendréis que dilatar la boda... Me encuentro muy mal, muy mal...

El corazón me dice que me he de morir antes de que llegue el día del

matrimonio... Y la verdad es que más vale que me muera si he de padecer

tanto...

--Vamos, no diga usted esas cosas; ¡qué se ha de morir! La enfermedad

tendrá que ir cediendo poco a poco, se curará usted y se pondrá sana y

gorda que dará gusto verla.

En vez de animarse con estas palabras, doña Gertrudis se enfureció.

--Esas son tonterías, Ricardo... Mi enfermedad es mortal, y si no ya

severa... Mi marido no quiere creerlo; pero pronto se ha de convencer...

No me quejo de mimo, no... ¡Ay, querido, si supieses lo que yo padezco

sentada en esta butaca!

Lo cierto es que desde el día en que el cura había echado la bendición

nupcial sobre doña Gertrudis, se puede asegurar que esta noble señora no

había hecho otra cosa que atender a los quebrantos y lacerias de su

cuerpo, arrastrando una vida mezquina al través de las enfermedades más

extrañas e inverosímiles que jamás se hubiesen visto. Antes de dar a luz

su primera hija María, había padecido de vómitos de sangre y consunción.

Después del parto, y por algunos años, hasta el nacimiento de su segunda

hija Marta, padeció un mal dolorosísimo del corazón, tan acerbo y cruel

que muchas veces le privaba del sentido. Las manifestaciones de esta

enfermedad, tal como la paciente las relataba, inspiraban terror a

cualquiera. Unas veces creía sentir que le manoseaban el corazón y se lo

estrujaban hasta no poder más; otras veces pensaba que se lo metían

entre hielo, y allí lo tenía tiritando sin que valiesen de nada las

pieles y franelas que le ponían sobre el pecho, hasta que por una brusca

transición entraba en un horno encendido donde se abrasaba de tal suerte

que hacía pedazos con sus manos crispadas cuanta ropa le habían echado

antes encima; otras, en fin, sentía un animal que clavaba en él los

dientes, produciéndole tan agudos dolores que no le dejaban fuerzas para

gritar. El licenciado don Máximo permanecía totalmente confundido

delante de aquel caso patológico, anunciando en cada visita el próximo

fin de la paciente si el antiespasmódico que recetaba no la tornaba al

instante sana y salva. Como doña Gertrudis no acababa de fallecer ni su

extraordinaria enfermedad desaparecía, don Máximo llegó a perder

enteramente la fe en ella. Seguía visitando la casa con mucha

frecuencia, pero siempre a la hora de costumbre, que rara vez alteraba

por más que doña Gertrudis le moliese muchos días a recados,

suplicándole se personase acto continuo en su alcoba. Don Máximo

concluyó por despreciar profundamente las enfermedades de su noble

cliente, y calificarlas públicamente en la botica adonde solía asistir

de _cajigalinas_ de mujeres. El significado exacto del vocablo

_cajigalinas_ jamás se supo ni dentro ni fuera del pueblo, ni se llegó a

averiguar si era invención particular de don Máximo o si procedía de

algún idioma antiquísimo, muerto ya, que el licenciado hubiese

estudiado. La palabra por su raíz parece de origen semítico, pero no es

posible fallar de plano en este asunto: que los sabios lo decidan. Lo

que sí está fuera de duda es que con ella quería decir don Máximo dar a

entender algo insignificante, baladí o de poco monto. Y basta con esto

para que sepamos a qué atenernos sobre la opinión de la ciencia en lo

referente a los males de doña Gertrudis.

Después del nacimiento de Marta, las dolencias de doña Gertrudis no

desaparecieron, sino que cambiaron de rumbo. El corazón quedó un tanto

sosegado, pero en cambio todos los músculos o tendones de la atribulada

señora empezaron a contraerse con fuertes dolores, impidiéndole por

algunos meses servirse en absoluto de sus miembros, dejándola reducida

al cabo, como gran mejoría, a caminar apoyada en su marido o en una de

sus hijas. Don Máximo, en los comienzos de esta nueva fase, mostrose

preocupado y caviloso, estudió con ojo avizor los síntomas y

antecedentes, recetó los antiespasmódicos por azumbres, echó mano, en

una palabra, de todos los recursos que la ciencia (la ciencia de don

Máximo) ofrecía para tales ocasiones; pero sin lograr resultados

satisfactorios. Al cabo, el vocablo _cajigalinas_, de origen semítico,

apareció nuevamente en sus labios, y desde entonces no volvió a entrar

en las habitaciones de la señora sin que una fina sonrisa de

incredulidad vagase por su rostro atezado.

Ricardo permaneció todavía un rato al lado de doña Gertrudis y después

salió a dar vueltas por la casa en busca de las niñas. Halló a Marta en

la cocina muy ocupada en heñir la masa de una empanada.

--¿Y María, _ma petite ménagère_?

--Está en su cuarto arreglándose; no tardará en bajar.

--Si te molesto en tu trabajo, me voy; si no, me quedo.

--No me molestas, si te quitas un poco de la luz..., así...; ya estás

bien.

--Corriente; me quedo para aprender a hacer..., ¿qué es lo que estás

haciendo?

--Una empanada de jamón.

--Pues a hacer una empanada de jamón.

La niña levantó la cabeza sonriendo a su futuro cuñado y emprendió de

nuevo la tarea. Estaba colocada en pie delante de una mesa baja

destinada, a juzgar por su lustre, a la operación que ejecutaba. Tenía

puesto un enorme delantal blanco cómo el de las cocineras y en la cabeza

una cofia también blanca. Sus ojos negros, brillantes, lucían mejor con

este traje, lo mismo que sus cabellos de azabache. Había alzado las

mangas del vestido y mostraba al descubierto unos brazos mórbidos y

mejor torneados de lo que pudiera esperarse de su corta edad. Estos

brazos anunciaban una mujer en plena posesión de todos los atractivos

punzantes, de todas las graciosas curvas de su sexo: eran unos brazos

blancos y tersos de virgen flamenca, firmes y macizos como los de una

doncella de labor; lo mismo podrían servir de modelo a un estatuario que

para arreglar una cama a las mil maravillas. Con ellos hacía rodar de un

lado a otro por encima de la mesa un pedazo grande de pasta amarillenta,

arrastrándolo y doblándolo constantemente sobre sí sin darse punto de

parada. La masa se desprendía suavemente de la tabla por efecto de la

manteca de que estaba impregnada con levísimo rumor parecido al roce de

la seda. Algunas criadas daban vueltas por la cocina atendiendo a sus

quehaceres. Ricardo contempló un instante la operación en silencio; pero

no tardó en exclamar con señales de asombro:

--¡Qué atrocidad! ¡Qué atrocidad!

Las criadas volvieron la cabeza. Marta también alzó la suya.

--Pues, ¿qué pasa?

--Pero, niña, ¿dónde te has comprado esos brazos tan rollizos?

La niña se ruborizó, y entre risueña y molesta llevó la mano a las

mangas del vestido bajándolas un poquito.

--Vamos, ¿ya principias? Mira, para eso no te he permitido que te

quedases.

--Es que ahora ya merece la pena quedarse, aunque mandases lo contrario.

--Bien, haz lo que quieras; pero déjame trabajar en paz.

--Te dejaré que trabajes, pero haciendo constar que nunca había entrado

en mis cálculos que la señorita Marta poseyese unos brazos semejantes...

Sabía que era apretadita de carnes, redondita y maciza, ¿pero cómo había

de sospechar...? Vamos, te digo que a no verlo, no lo creyera.

Las criadas reían. Marta amasaba con afán, haciendo gestos de

resignación como quien está dispuesto a sufrir una broma hasta el fin.

Ricardo prosiguió:

--Y eso que había oído hablar a María de ellos; pero en términos

vagos... No eran bien precisas sus noticias. Lo mejor en estos casos

para hacerse cargo del asunto es verlo por sí propio. ¡Al que se meta

contigo no le arriendo la ganancia!... La verdad es que, bien mirado,

una niña de catorce años no tiene derecho a poseer unos brazos como

esos.

Marta suspendió su obra para reír.

--¡Jesús, qué pesadísimo eres, criatura; no se te puede sufrir!

Después, su semblante adquirió la expresión plácida y grave que lo

caracterizaba, y emprendió nuevamente el trabajo hundiendo en la masa

blanda una y otra vez sus puños tersos y rosados. La pasta iba adoptando

sucesivamente diversas formas bajo la presión continuada de las manos

breves pero firmes de la niña.

Cuando le pareció que se hallaba en su punto, la partió en varios

trozos, y tomando un rollo de madera se puso a modelarlos con gran

cuidado.

Ricardo preguntó con timidez.

--¿Me dejas que te ayude, Martita?

--No sabes.

--Me dirás lo que debo hacer, y bajo tu dirección marchará bien el

negocio.

--¡Ahora me adulas! Bueno, consiento en ello, pero lávate las manos.

Ricardo no tuvo más remedio que ir a lavarse las manos.

--Está bien; ahora toma este otro rollo y extiende este pedazo de pasta

hasta que lo conviertas en una lámina redonda.

El nuevo panadero se puso a la obra con ardor, con demasiado ardor, pues

la pasta se agujereó varias veces de puro fina. Las criadas le

contemplaban admiradas y sonrientes, mientras Marta permanecía grave y

atenta a su tarea. En la cocina se respiraba una atmósfera sofocante,

calentada por las chapas de hierro incandescente del fogón e impregnada

de olores espesos de manjares a medio guisar, que empachan y repugnan al

estómago cuando está ahíto y lo irritan y soliviantan cuando ayuno.

Ricardo no podía estarse callado un instante. Mientras hacía resbalar el

rollo sobre la pasta con más precaución que si se tratase de

confeccionar un filtro mágico, no cesaba de hacer preguntas y dirigir

observaciones de todo género a Marta acerca de la empanada que tenía

entre manos. «¿Cuántos huevos había echado en la harina? ¿Qué cantidad

de manteca? ¿Con quién había aprendido a hacer empanadas? ¿Cuánto tiempo

necesitaba estar en el horno?, etc., etc.» Marta respondía lacónicamente

y sin levantar la vista a todas las preguntas, dejando asomar a sus

labios una vaga sonrisa de superioridad condescendiente.

--Oye, Marta, ¿qué diría Manolito López si nos viera en este momento?

--¿Qué había de decir? Lo que se le antojara--contestó la niña

ruborizándose levemente.

--¿No tendría celos al vernos tan cerca uno de otro?

--¿Pues?

--¡Qué sé yo!... Como está tan enamorado, según dicen...

--¡Qué ganas tienes de embromarme!

--Chica, es lo que se corre por ahí; yo no pongo nada de mi cosecha.

--Bien, pues dale expresiones, como tú dices.

--Se las daré en cuanto le vea.

--¡Vamos, no seas tonto!

Marta profirió esta exclamación demostrando en el acento cierto

sobresalto. Se conocía que le molestaba un poco la broma. El fundamento

que Ricardo tenía para dársela era deleznable, como sucede casi siempre

en la adolescencia; pero verdadero hasta cierto punto. Los zagalillos de

catorce o quince años, llamados por el vulgo _pipiolos_, corren en pos

de las zagalas de la misma edad y establecen con ellas, tácitamente la

mayor parte de las veces, ciertas relaciones que remedan los amores de

los jóvenes. Se dice, por ejemplo, entre ellos, que Fulanito es novio de

Fulanita, sin saber por qué, y Fulanito, por ese mero hecho, sin que le

importe gran cosa de Fulanita, va a esperarla con otros amigos a la

salida del colegio, y la sigue hasta su casa, molestando mucho a la

doncella que la conduce; en las giraldillas que se forman en las

romerías la saca a bailar con más frecuencia que a las otras; cuando es

un poco atrevido le suele ofrecer dulces en cucurucho de papel dorado, y

pasa por delante de su casa varias veces el día que se pone traje o

sombrero nuevo; procura, cuando la sigue, hablar alto y con desenfado,

para que ella le oiga y se regale con su buen decir, y se traba a

mojicones por la cosa más insignificante, para lucir en presencia suya

el arrojo y coraje que no tiene en ausencia; gasta los cuartos que posee

en pomadas o aceites de olor, y se presenta en la misa a que ella asiste

con la cabeza lamida y reluciente como un gato cuando sale del agua. La

tarde en que se enfada porque ella no le hace caso, la sigue de cerca en

el paseo, entre varios amigos, soltando palabras groseras y carcajadas

estúpidas, y llegando a veces a tirarle por las trenzas del pelo, hasta

que con esta y otras sandeces consigue hacerla llorar.

La conducta de Fulanita suele ser análoga. No le importa tampoco un

ardite de Fulanito; pero como dicen que es su novio, hace lo posible por

que lo parezca; y así, vuelve la cabeza a menudo para mirarle cuando

sale del colegio; en la giraldilla le saca a bailar más veces que a los

otros; sale al balcón cuando él pasa y se ruboriza cuando la bromean.

Pero estos seudoamores casi nunca prevalecen ni se convierten en

verdaderos. Tácitamente principian, tácitamente viven y tácitamente

concluyen cuando la niña _se pone de largo_. La razón de tal frialdad es

muy obvia. Fulanito no se encuentra todavía en la edad de las pasiones,

sino en la de la gimnasia, los _suspensos_ y los cigarros de salvia.

Fulanita está siempre a mucha mayor altura por lo que respecta a la vida

del corazón, y en su interior desprecia profundamente a Fulanito, que no

sabe divagar un poco sobre la simpatía y el amor, ni es capaz de besar

un abanico que cae de la mano, ni tiene pizca de bigote. Por eso,

generalmente, cuando a Fulanita le agregan una cuarta más de tela al

vestido, no vuelve a mirar ni por casualidad a Fulanito, el cual lo

encuentra naturalísimo y no se desmejora por ello ni se suicida.

Tales eran las relaciones, con muy leves variantes, que sostenía nuestra

Marta con Manolito López. A las causas generales que marchitan y secan

en flor semejantes inclinaciones, debe agregarse en este caso la poca

conformidad de los caracteres. Manolito, si bien de rostro expresivo y

hasta hermoso, era travieso, ruidoso, pendenciero e insolente. Una buena

cualidad se reconocía en él: la de no ser rencoroso. Marta era apacible,

callada, firme, circunspecta y reservada. El defecto que en su casa le

señalaban era el de ser un poco terca. No era posible, pues, una

antítesis más perfecta. Si así no fuese, Marta hubiera llegado a querer

a Manolito, porque su temperamento repugnaba la mudanza lo mismo en los

muebles del cuarto que en los sentimientos de su corazón.

Cuando terminaron de modelar varias capas delgadas de pasta, Marta las

fue colocando unas encima de otras en una tartera de cobre, formando el

lecho de la empanada. Después una de las criadas le trajo el jamón,

convenientemente aderezado y cortado en rajas. El pringue sazonado de

especias exhalaba un olor irritante y apetitoso que hacía la boca agua.

Una vez puestas las rajas sobre el lecho del modo más adecuado, la niña

se puso a extender nuevas capas de pasta sobre el jamón. Ricardo ya no

la ayudaba; al parecer, se había cansado. Mas cuando se trató de

ejecutar los adornos de la tapa, acudió de nuevo a prestarle auxilio,

complaciéndose largamente en ejecutar con la masa mil suerte de

mosaicos, arabescos y primores de toda clase, que no había más que ver.

Marta puso término a tan prolijas labores quitándole la pasta de la

mano, porque no acababa nunca. Hecha la empanada, fue la misma niña a

meterla en el horno, y siguiendo una piadosa costumbre tradicional de

aquella tierra, se santiguó y rezó un padrenuestro, para obtener

resultado feliz.

--¿Sabes una cosa, Martita?

--¿Qué te pasa?

--Que con estos olores de cocina y el trajín de la dichosa empanada, se

me ha despertado un apetito más que regular.

--Pues mira, eso comiendo se quita. Ven conmigo.

Y le condujo al comedor, que estaba cerca, y le hizo sentarse a la mesa.

Después sacó de un armario cubierto, servilleta, pan, vino, un plato de

pavo en galantina y un tarro de dulce, y se lo fue colocando delante,

uno en pos de otro, con el sosiego y compás que caracterizaban todos sus

movimientos.

--Coma usted, señor marqués; coma usted.

Llamar a Ricardo señor marqués era una de las bromas más picantes que

Marta se autorizaba respecto a su futuro hermano. No estaba en la índole

de su genio dirigir cuchufletas y epigramas. Los que salían de su boca

alguna vez eran para disimular una caricia que su carácter reservado le

impedía hacer abiertamente a nadie, ni aun a su misma hermana.

Ricardo se puso a despachar un pedazo de pavo al estómago con toda

solemnidad, empujándolo de vez en cuando con tragos de Valdepeñas,

mientras la niña, en pie, lo contemplaba risueña y satisfecha, gozando

con el voraz apetito de su amigo, y cuidando de escanciarle vino y

arrimarle los platos siempre que hacía falta.

--Eres una gran mujer, Martita--decía Ricardo con la boca llena--. Se te

puede comprar al peso, y eso que no debes pesar poco, a juzgar por las

señales de que no quiero hacer mención porque no me llames pesado... En

cuanto vea a Manolito López le diré que no piense en otra mujer si

quiere ponerse gordo y rollizo (que buena falta le hace)... Si a mí me

cuidas de ese modo, ¡cómo le cuidarás a él!... Basta, basta, Martita, no

me pongas tanto dulce... Tú quieres, por lo visto, que pille una

indigestión aquí en secreto... Está bien ese pavo: merece los honores

que le he hecho... Échame un poquito de vino...

Marta escanciaba y seguía contemplándole con sus grandes ojos serenos,

por donde resbalaba una leve sonrisa de complacencia sensual. Parecía

que era ella la que se estaba atracando.

--Mira, chica, haz el favor de comer tú también, porque me da pena

verte. Parece que te han castigado...

La niña no tenía apetito y se negó a tomar el plato que le presentó. Sin

embargo, cortó un pedacito de pan y empezó a roerlo gravemente con sus

dientes blancos y menudos.

--Te profetizo que no tardarás en despachar ese plato de dulce,

Martita... La cuestión es empezar... Ya verás, ya verás... Lo peor es

que ya son las doce, y que a la hora de comer me voy a hallar sin

apetito... Martita, no seas tonta y cómete ese dulce que te está

apeteciendo...

Cuando Ricardo daba ya fin a su tarea de engullir y charlar, entró en el

comedor Genoveva, diciéndoles:

--A la señorita María le duele un poco la cabeza y está descansando

sobre la cama.

--Voy allá--exclamó Marta, ausentándose velozmente.

--De su parte traigo para usted este recado, señorito--añadió la

doncella, presentándole una carta.

Pero al ver que el joven trataba de romper el sobre, le dijo:

--La señorita le encarga que no la lea hasta que se vaya de casa.

--Bueno, bueno--articuló Ricardo un poco alterado.

Y tomando el sombrero y sin despedirse de nadie, se fue a escape a su

casa devorado por la impaciencia, y rompiendo el sobre con mano

temblorosa, leyó la carta que sigue:

«Mi queridísimo Ricardo: Hace ya tiempo que deseo comunicarte un

pensamiento que me preocupa, sin atreverme a ello. Conozco bien tu

genio; eres impetuoso en extremo, y tal vez antes de reflexionar sobre

mis palabras y equivocándote acerca de su sentido, te inflamarías como

una pólvora, lo echarías todo a rodar y me asustarías horriblemente como

en la noche que celebramos el santo de mamá. Por eso, después de vacilar

mucho, me resuelvo a decírtelo por escrito y no de palabra.

»El pensamiento que me agita estos días es el de suplicarte que

aplacemos todavía algún tiempo nuestro matrimonio. No te enfades,

Ricardo mío, y sigue leyendo con calma. Estoy segura de que lo primero

que se te ocurre pensar es que no te quiero. ¡Cómo te equivocarás si lo

piensas! Si pudieses leer en mi alma, verías que tu amor tiene

avasallada mi conciencia, lo cual deploro amargamente. Pero no se trata

ahora de esto.

Marta y María: novela de costumbres · 第 5 / 21 段