María repetía las palabras de la oración con el borde de los labios,

puestos los ojos en el suelo. Genoveva las decía en alta voz, mirando

cara a cara al sacerdote. La muchedumbre suspiró después de decir Amén.

Terminadas las oraciones, el sacerdote propuso que cada cual pidiese a

Dios, por medio de estos sagrados corazones, lo que mejor le conviniera,

y la muchedumbre meditó en silencio breves instantes. María pidió

fervorosamente a Dios que la hiciese más buena. Genoveva estuvo un rato

vacilando sin saber qué pedir, y, por último, pidió paciencia para

sufrir los dolores de reuma. El cura leyó con voz gangosa que se

arrastraba sobre las sílabas como un lamento el siguiente

EJEMPLO

«En la ciudad de Munich vivía no ha muchos años una dama de

extraordinaria hermosura que hacía una vida ejemplar; de modo que todos

le daban el nombre de santa. Acaeció que un día llegó a su casa un

mancebo muy gallardo a hacerle visita de parte de una prima suya, y al

instante logró el demonio que se prendase de él perdidamente. Fue su

pasión tan loca y miserable, que al cabo de algún tiempo de relaciones

consintió en un pecado de impureza ofendiendo a Dios gravemente. Caída

en el pecado, viose abismada en una melancolía profunda, porque si bien

rechazó prontamente al que había sido la causa de su culpa, la infeliz

se creyó condenada al infierno. Comenzó a llevar una vida áspera,

mortificándose con ayunos y penitencias sin conseguir desechar su

horrible pensamiento. Al fin, por consejo de un peregrino que por allí

acertó a pasar, dispuso hacer una novena al Sagrado Corazón de Jesús. Al

quinto día de rezarla devotamente, hallándose por la noche en su lecho,

oyó un gran estrépito y vio escaparse de su habitación un demonio

aullando horriblemente y dejando tras sí un hedor intolerable. A la

mañana siguiente se encontró curada de su melancolía y muy confiada en

la infinita misericordia de Dios.»

Los fieles se apretaron más en torno del púlpito para escuchar el

ejemplo y gustaron con deleite su sabor novelesco. La novena terminó con

una oración en latín. La muchedumbre rezó un Avemaría y un Credo. El

clérigo bajó de la tribuna.

Hubo fuerte y prolongado rumor en la iglesia. El grupo de mujeres se

abrió, se ensanchó, se revolvió charlando todas a un tiempo. Volvieron a

sonar los chasquidos de las almadreñas sobre las losas húmedas y sucias

del pavimento. Un monaguillo fue a despabilar los cirios que ardían en

torno de la imagen de Jesús, y de pie sobre el altar, con su cabeza

rapada y sus ojos maliciosos, hizo muecas profanas a otros chicos que

sus madres tenían orando de rodillas. Algunos clérigos salieron de los

confesonarios y cruzaron hacia la sacristía a paso largo. Uno fue

detenido en medio de la iglesia por varias señoras y estuvo hablando un

buen rato con ellas, aunque con visibles deseos de dejarlas. Por los

vidrios emplomados de los grandes rosetones pasaba ya toda la claridad

del día que evaporaba el misterio del templo, dejándolo triste, pobre y

sucio como en realidad era. Dos o tres pollastres matinales con cuello

bajo y los puños muy sacados entraron lanzando rápidas miradas

investigadoras a todos los sitios. A un sacristán se le ocurrió abrir el

cancel de la puerta de par en par y una multitud inquieta y estrepitosa,

que no había madrugado a rezar la novena, fue penetrando en la vasta

nave a escuchar la palabra del misionero que en aquel momento subía al

púlpito con ademán recogido y fervoroso.

Cuando estuvo en pie dominando el concurso con la sagrada paloma de

madera pintada sobre su cabeza, el ruido se fue apagando poco a poco. La

muchedumbre, extraordinariamente engrosada, se apiñó otra vez debajo de

la tribuna. Había ya muchos hombres que no venían por pura devoción,

sino también con el objeto de juzgar el sermón literariamente. Mas por

la puerta seguían entrando grandes oleadas de gente que turbaban a los

fieles de adentro e impedían establecer el silencio. María y Genoveva

fueron arrastradas diferentes veces de un punto a otro por el vaivén de

la muchedumbre. El orador aguardó en vano que se apagara el rumor. Al

fin, extendiendo el brazo en forma académica hacia la puerta, exclamó

con énfasis, como quien se encuentra ya en pleno discurso:

--¡Cerrad ese cancel!

Las puertas se cerraron lentamente, como si nadie las tocara. Los fieles

se fueron acomodando en su sitio. Durante un rato se oyeron muchas

toses. Al fin cesaron y el templo quedó en un silencio frágil y

artificioso, a menudo roto por algún constipado rebelde o por el

trompeteo de una nariz al sonarse.

El orador era joven, alto y delgado, con grandes ojos negros enclavados

en un rostro pálido y correcto. Vestía también sotana con sobrepelliz y

bonete. Infundía respeto por su gravedad dulce y mansa.

Se quitó el bonete y dijo unas cuantas palabras en latín que nadie pudo

escuchar. Después, poniéndose de nuevo el bonete y abalanzándose sobre

la baranda, exclamó en alta voz:

«Amados hermanos en Jesucristo...»

Poseía una voz clara, de timbre dulce y simpática en extremo, que

prestaba mayor realce a la gravedad de su rostro. Principió mostrando un

asombro irónico de que aun hubiera quien dejase las vanidades del mundo

para escuchar la palabra de Dios y felicitó calurosamente a los fieles

que habían acudido a tomar parte en la novena del Sagrado Corazón de

Jesús.

Dedicó la primera parte de su oración a describir los tormentos del alma

apartada de su Dios por el pecado y trazó un cuadro minucioso y perfecto

de las ofensas e injurias con que diariamente traspasamos el dulce

Corazón de Jesús. Al pintar los sufrimientos que el pecado origina,

abandonó el camino trillado de hablar de las penas materiales del

infierno, y sólo describió los padecimientos espirituales, las congojas

y las angustias que el alma siente cuando se ve privada por su culpa del

amor del Creador; pero los pintó con tan sombríos colores y con tal

fuerza de expresión, que aquel padecer infinito, aquella soledad

profunda, aquel silencio y obscuridad causaron más efecto en la fantasía

del concurso que el fuego y las culebras de costumbre.

María sintió miedo y tristeza. Se acordó de sus pecados y pensó con

horror que podía morir de repente y condenarse. Entonces hizo solemne

promesa interior de enmendarse. Pero ¿cómo? Para cambiar de vida era

preciso romper el lazo que más la ataba a la tierra y al pecado.

Acometiole una turbación profunda, preñada de lágrimas, que no pudo

verter. La voz clara y armoniosa del sacerdote resonaba en la gran nave

relatando sin fatiga, uno a uno, los dolores del condenado. La

muchedumbre escuchaba inmóvil y aterrada. Allá en el fondo, cerca del

altar mayor, la imagen del Salvador, rodeada de cirios, parecía una gran

mancha roja cuyos resplandores hacían pasar algunas sombras fugitivas

por las paredes del templo.

«Pero la clemencia divina es inagotable. No hay pecado, por enorme que

sea, que no pueda borrarse por la misericordia de Dios. El amor del

Salvador a las almas que ha redimido con su sangre no se marchita y

fenece como el de los hombres. Como un amante padre, como un esposo

enamorado, está siempre dispuesto a abrir los brazos al pecador

arrepentido. Si pecaseis, lavad con lágrimas de arrepentimiento los pies

del Redentor, como hizo la santa María Magdalena, y seréis salvos.

Acordaos de aquella triste pecadora que, transida de pena, desmayada de

amor, da consigo a los pies de Jesús y se los lava con sus lágrimas y se

los limpia con sus cabellos y se los unge, sin que se escuche una

palabra de su boca porque se derrite en fuego de amor. ¡Oh lágrimas

derramadas por Dios, y cuánto valéis y cuánto podéis y cuánto acabáis!

Para alcanzar perdón más valen las lágrimas que las palabras, porque las

lágrimas, como dice San Máximo, son ruegos callados, no piden perdón,

sino que lo merecen. Con las lágrimas no se engaña como con las

palabras. Por eso San Pedro, para obtener el perdón de su culpa, no usó

de las palabras, con las cuales había pecado, había mentido, había

blasfemado y renegado, sino que lloró con amargo llanto y fue creído y

perdonado. Son las lágrimas moneda que no se puede falsificar, único

refugio nuestro: lavan las manchas de nuestros pecados, aplacan la ira

de Dios, alcanzan el perdón, alegran el alma, fortifican la fe, aumentan

la esperanza y encienden la caridad. El mismo divino Jesús lo ha dicho:

«Bienaventurados los que lloran, porque sacarán fruto de consuelo.»

María se sintió enternecida. Aquel fervoroso panegírico de las lágrimas

ahuyentó el temor de su pecho. Al considerar la bondad inagotable de

Jesucristo, que después de haber sufrido tanto y haber derramado su

preciosa sangre por nosotros, olvida a cada instante las mayores ofensas

con sólo presentarse a él arrepentido, la conmovió hasta lo último.

Representose a la santa de su nombre, María Magdalena, bañada en llanto

a los pies del Redentor, y pensó que ella hubiera hecho lo mismo. Un

torrente de lágrimas se escapó de sus ojos al imaginar que ya estaba

postrada delante de Jesús. Las mujeres que se hallaban cerca la vieron

llorar y le dirigieron miradas respetuosas de admiración cuchicheando

entre sí.

Terminó el sermón exhortando a los fieles, con arranques de elocuencia

henchidos de imágenes, a que se muestren devotos del Sagrado Corazón de

Jesús. «Un cuarto de hora todos los días de plática amable con este

Sagrado Corazón proporciona al alma el gozo más puro que puede tener en

la tierra. _Gustate, et videte quoniam suavis est Dominus_. Probad a

conversar un rato con el Señor, y sentiréis las delicias celestiales y

los contentos especialísimos que hallan los que le aman. Todo cuanto hay

en el mundo es locura y engaño; festines, comedias, tertulias,

diversiones y lo demás que los hombres tienen por bienes están mezclados

con hiel y sembrados de espinas. No dudéis que el Corazón de Jesús da

más gustos y consuelos a las almas que van a visitarle con devoción y

recogimiento que el mundo con todos sus pasatiempos y placeres insulsos.

¡Qué delicia es estar hablando un instante con el amabilísimo Jesús,

pronto siempre a escuchar nuestros ruegos! ¡Descubrirle uno su pecho

como se hace con un amigo íntimo! ¡Pedirle su gracia, su amor y su

gloria! ¡Oh amados míos, _gustate et videte, gustate et videte_!»

El orador terminó los últimos párrafos de su oración siempre con estas

palabras: _gustate et videte, gustate et videte!_

Al concluir, deseando la gloria eterna a todos, estaba pálido de fatiga.

Algunas gotas de sudor se deslizaban por su frente espaciosa. Había

dicho la última parte de su discurso con creciente agitación y

entusiasmo que supo transmitir a los oyentes. María, después de haber

llorado, quedó sosegada y hasta contenta. Genoveva le dijo al oído,

mientras bajaba el sacerdote del púlpito:

--Señorita, acabo de ver entre la gente a don César.

La niña se inmutó ligeramente. El grupo comenzó a disolverse,

extendiéndose por todo el ámbito del templo. La mayor parte de la gente

acudió a la puerta en tropel, empujándose para salir. Después de algunas

apreturas, María y Genoveva consiguieron verse en el pórtico y

emprendieron el camino hacia casa. Mas la señorita de Elorza volvía con

frecuencia la cabeza. Un caballero anciano, alto, delgado, pálido, con

perilla y grandes bigotes blancos, vestido de negro de pies a cabeza,

las seguía a larga distancia. Al entrar en el soportal de una calle

estrecha y solitaria, el caballero apretó el paso y las mujeres lo

aflojaron, de suerte que muy presto se juntaron. El caballero se dirigió

a María y le dijo gravemente en voz baja:

--Señorita, esta noche llegué de donde usted sabe.

--He pedido a Dios que le trajese a usted bueno, don César.

--Gracias, gracias. ¿Ha terminado usted de bordar el estandarte?

--Sí, señor.

--¿Y los corazones de franela?

--También.

--Está bien, señorita. Tendré presente su diligencia y entusiasmo.

Don César no movió un pliegue de su rostro varonil en esta conversación.

Sus ojos, de una extraña firmeza que rayaba en ferocidad, no se

apartaban de la niña. Guardó silencio un instante, meditando alguna

cosa, y al cabo lo rompió diciendo con tono conciso de mando:

--Mañana a estas horas preséntese usted donde otras veces. Tenemos que

darle algunas comisiones.

--No faltaré.

Don César advirtió que dos jóvenes acababan de doblar la esquina y

venían hacia ellos. Entonces, sin despedirse, se apartó de las mujeres

pasando a la acera de enfrente.

IV

DE CÓMO EL MARQUÉS DE PEÑALTA FUE CONVERTIDO EN DUQUE DE TURINGIA

Pocos días después, Ricardo salió como de costumbre de su casa a las

diez de la mañana y se dirigió a la de su novia. No era el amor

solamente quien le empujaba tan temprano a pisar la calle, sino también

la triste soledad que reinaba hacía tiempo en el inmenso y vetusto

caserón en donde vivía; porque nuestro joven se hallaba solo en el mundo

desde hacía poco más de un año. Su padre, el viejo marqués de Peñalta,

había fallecido cuando él no contaba más de seis años de edad. Apenas

recordaba vagamente su rostro pálido asomando entre las sábanas del

lecho cuando le llevaron a darle un beso algunas horas antes de morir.

Se acordaba también de que aquel mismo día todo el mundo le abrazaba y

le besaba llorando, lo cual le había llamado la atención hasta hacerle

preguntar: «¿Por qué lloráis todos hoy?»

Su madre le había amado con uno de esos cariños concentrados y feroces

que asfixian a fuerza de cuidados. Durante la niñez le tenía preso a sus

faldas, sin consentirle tomar parte en los juegos de los demás niños por

temor de que se lastimase. Ya bastante crecido, todavía iba ella a

acostarle por las noches, rezando con él un sinfín de oraciones

inocentes, y esperando sentada, con los brazos cruzados, a que se

durmiese, para salir de la alcoba sobre la punta de los pies. Al llegar

a la pubertad no tuvo más remedio que pensar en la carrera de su hijo,

porque el difunto marqués dejó prevenido que la siguiese. Ricardo quiso

ser artillero. ¡Cuántas lágrimas costó a su madre esta implacable

decisión del niño! La primera vez que partió a Segovia, la buena señora

creyó morir; se empeñó en no salir de casa hasta que su hijo volviese, y

cumplió su empeño. Cuando venía a pasar las vacaciones, no se saciaba de

estar junto a él, mirándolo, acariciándolo y adivinando en los ojos sus

más leves caprichos, para cumplirlos inmediatamente. Dos o tres días

antes de partir, otra vez empezaban los sollozos y las lágrimas; le

tenía apretado contra su pecho largos ratos y le hacía prometer un

millón de veces que le escribiría todos los días, que se abrigaría bien

durante el viaje y que no saldría por las noches de casa. Lo único que

lograba distraerla algunos momentos era el arreglo del baúl del cadete,

al cual consagraba tantos y tan prolijos cuidados que nada se echaba de

menos en él, desde las prendas más usuales de ropa hasta un pedazo de

tafetán de golpes y un paquete de hilas para el caso de herirse. Ricardo

evitaba siempre la despedida, escapándose.

Gracias a su carácter bondadoso, alegre y simpático, más que a su

aplicación, terminó el joven marqués de Peñalta la carrera. En el

colegio todo el mundo le quería, lo mismo alumnos que profesores. Era

uno de esos muchachos francos y entrañables con los cuales es difícil

reñir, y que todos buscamos para depositar alguna misteriosa confidencia

del corazón en los amargos trances de la vida. Siempre se le encontraba

risueño y comunicativo, esparciendo la alegría y la confianza

dondequiera que estuviese. Rara era la querella entre dos cadetes que él

no consiguiese arreglar amistosamente. A pesar de su temperamento

conciliador, nadie dudaba en el colegio ni fuera de él de su valor, ni

mucho menos de la increíble fortaleza de sus puños. Más de una vez, en

las frecuentes reyertas entre cadetes y paisanos que estallaban

generalmente en los bailes de candil, había tirado al suelo tres o

cuatro mozos de tres o cuatro puñetazos, lo cual llamaba tanto más la

atención del vulgo cuanto que nada tenía de corpulento y atlético en su

figura.

Un día, hallándose destinado ya en el parque de Sevilla, le llamó el

coronel a su pabellón y le preguntó:

--¿Hace muchos días que no ha recibido usted carta de su madre, Peñalta?

Ricardo se puso pálido como un muerto.

--¿Qué pasa, mi coronel, qué pasa?

--No se sofoque usted, criatura. Sé por una casualidad que se encuentra

un poco enferma.

Ricardo lo adivinó todo y cayó en brazos del coronel, derramando un

torrente de lágrimas. Aquella noche tomó asiento en el tren del Norte.

La noche funesta de aquel viaje quedó grabada hondamente en su corazón.

Cuando la máquina lanzó el grito de marcha y los compañeros que le

habían ido a despedir le dijeron adiós con la mano en pie sobre el

andén, se fue a sentar en un rincón del carruaje envuelto en una manta,

aparentando dormir para entregarse mejor a sus dolorosos y sombríos

pensamientos. ¡Oh, qué pensamientos tan dolorosos y sombríos! Se

representó el ángel tutelar de su infancia, a la madre de su corazón

muriendo sola, sin recibir el beso postrero de su hijo, tal vez

llamándole con ansia en los momentos supremos de la agonía. Recordaba

que cuando se despidió de ella ya tenía la salud bastante quebrantada y

que el abrazo que le dio fue mucho más prolongado y estrecho y sus

besos más vivos que otras veces, como si la infeliz tuviese el

presentimiento de que no había de verle más. En sus ojos rasgados y

húmedos se leía un ruego ferviente y silencioso: que dejase la carrera y

no se apartase de ella. Pero él, pagado de las vanidades sociales y

seducido por la voz del egoísmo, no había atendido a este ruego que la

desdichada mujer no se había atrevido a formular con sus labios. Sentía

ira profunda contra sí mismo y se apellidaba interiormente con los

adjetivos más injuriosos y humillantes. De vez en cuando sacaba la

cabeza fuera del carruaje y respiraba el aire fresco de la noche para

evitar que los sollozos le ahogaran.

El misterioso y vago contorno de las ondulaciones del paisaje envuelto

en las sombras cambiaba su desesperación en desconsuelo, que poco a poco

se iba transformando en melancolía solemne, como los obscuros celajes

que se cernían sobre la tierra aun más obscura. Aquella majestad

silenciosa de la naturaleza muerta calmaba su excitación, pero le hacía

pensar con temblores de frío en la profunda soledad que le aguardaba. Se

había roto el lazo de amor que le ataba a la tierra, y por el cual se

creía emparentado con todos los humanos. Ya no tenía en el mundo ningún

ser que pudiera llamar suyo. El viento que la rauda marcha del tren

agitaba, zumbando en sus oídos, parecía decirle: ¡solo!, ¡solo! El

traqueteo áspero de las ruedas y maquinaria despertaba con violencia a

la naturaleza de su letargo, causándole quizá una sensación de dolor

como la que le causaba a él su pensamiento al cruzar por el cerebro. El

ritmo sonoro y metálico de las ruedas parecía decirle también con acento

más implacable: ¡solo!, ¡solo! Paseaba su mirada triste por los senos

profundos del horizonte y éste le devolvía, en trémulos y fatídicos

reflejos, que apenas conseguían rasgar la malla de sombras, tristeza por

tristeza. La luz de la máquina iba esparciendo una claridad roja, que

teñía de sangre el suelo y los árboles de la vía. Donde no había

árboles, los postes telegráficos pasaban con vertiginosa rapidez por

delante de su vista como las horas felices de la niñez. Por encima de su

cabeza flotaba el negro y colosal penacho de humo sujeto al cañón de la

máquina que al disiparse en la atmósfera se partía formando mil

extraños y monstruosos fantasmas. Estos fantasmas, al huir de la vía

arrastrándose por el suelo, le decían también lúgubremente: ¡solo!,

¡solo! Entonces, no pudiendo soportar el soplo glacial del paisaje

desierto que le traspasaba el pecho y le secaba los ojos, cerraba la

ventanilla y tornaba nuevamente a su rincón y a sus lágrimas.

Dentro del carruaje había otras cuatro personas: una señora anciana y un

joven de veinte a veinticinco años, una muchacha de dieciocho a veinte y

una niña de cinco o seis que parecían sus hijos. La señora dormitaba

abriendo una que otra vez los ojos para vigilar a la niña, que corría de

un lado a otro sin cesar. Los dos jóvenes charlaban suavemente en el

otro extremo cogidos de la mano. El espectáculo de esta madre rodeada de

sus hijos, y posando a cada instante en ellos su mirada amorosa,

enterneció todavía más a Ricardo. El susurro apagado de la conversación

de los dos hermanos, cortado a menudo por alguna carcajada reprimida,

despertaba en su corazón una envidia punzante y triste. La joven era

hermosa, con una fisonomía noble y simpática. Ricardo, sin darse cuenta,

la estuvo mirando toda la noche; pero ella no pareció fijar la atención

en él. Cuando el mozo de la estación gritó: «Córdoba, veinte minutos de

parada», todos se levantaron bruscamente y tomaron sus enseres

disponiéndose a salir. Sólo entonces fijó la joven en él una mirada

suave y prolongada, diciéndole al tiempo de salir con sonrisa triste y

compasiva: «Buenas noches, que usted lleve feliz viaje.» No ofrecía duda

que se había hecho cargo de su dolor. Ricardo sintió profunda pena de

que se quedasen allí, como si le ligase a aquella familia algún vínculo

de amor, y tuvo deseos de decir a la mamá: «Señora, acabo de perder a mi

madre; estoy solo en el mundo y no tengo a nadie a quien amar ni que me

ame; ¿quiere usted llevarme a su casa como hijo?» La puerta del carruaje

se cerró de golpe, sonó la campanilla, se oyó el grito ronco de la

máquina y el tren prosiguió la marcha con su traqueteo metálico que

clamaba sin cesar en el silencio de la noche: ¡solo!, ¡solo!, ¡solo!

Fueron a esperarle algunos parientes y amigos y le acompañaron

silenciosamente hasta su casa, donde le dejaron después de un rato de

conversación insulsa. En los días siguientes recibió muchas visitas con

traje negro, que le ensalzaron las virtudes de su madre y le

recomendaron mucha resignación. Todos le llamaban marqués. Nunca padeció

más que entonces. La única persona con quien tenía gusto de hablar era

con don Mariano Elorza, que había sido muy amigo de su padre, y cuya

casa visitaba con gran confianza siempre que venía a Nieva de

vacaciones. Don Mariano, que era expansivo y amable con todo el mundo,

no podía menos de mostrarse con él doblemente afectuoso por la situación

desgraciada en que se hallaba. Su casa fue para nuestro joven, en la

temporada que siguió a la muerte de la marquesa, un lugar de refugio

donde distraía sus penas y hallaba un poco de calor de familia que le

hacía tanta falta. Por otra parte, es necesario decirlo, Ricardo siempre

había sentido hacia la hija primera de don Mariano cierta admiración y

simpatía, que fácilmente se trueca en amor cuando la edad y la ocasión

convidan y la frecuencia del trato estimula; con mayor motivo aun cuando

ni él ni ella habían estado enamorados nunca. Mucho antes de que se

formalizasen sus relaciones, ya se hablaba en la villa del matrimonio

del joven marqués de Peñalta con la señorita de Elorza. Era un

matrimonio indicado y pedido por la opinión pública. Porque es de

advertir que las familias de Peñalta y Elorza eran las más opulentas de

la villa, y el público encuentra siempre tan lógico que la riqueza vaya

a la riqueza, como los ríos a la mar. Así que Ricardo y María fueron

declarados marido y mujer, poco después de su nacimiento. Las comadres

de la villa no les perdonarían que se hubiesen sustraído a este auto

acordado de las tertulias de Nieva. Ya sabemos de buena tinta que los

muchachos no pensaron en semejante substracción, y que acataban con la

mayor humildad el fallo soberano.

Marta y María: novela de costumbres · 第 4 / 21 段