pensamiento inquieto y atrevido. La música, en la cual había hecho
prodigiosos adelantos, había fomentado en su corazón cierta tendencia a
la melancolía y al llanto. Lloraba por cualquier cosa; a veces sin
motivo alguno y cuando menos se esperaba; pero las lágrimas eran tan
dulces y sentía con ellas placer tan intenso, que en muchas ocasiones
las provocaba con artificio. ¡Cuántas veces, contemplando desde aquella
ventana los celajes del horizonte teñidos de grana y los últimos
resplandores del sol moribundo, sintió su corazón acongojado por una
profunda melancolía que venía a deshacerse en sollozos! ¡Cuántas veces
había atormentado a su padre con lloro intempestivo, cuya causa no
acertaba a decir porque no la sabía ella misma! El conocimiento de la
pintura, en la cual también había descollado, despertó su inclinación
hacia la luz y el paisaje, lo cual contribuyó asimismo a que solicitase
con ardor las habitaciones de la torre. Una vez instalada en ellas con
su piano, pinceles y novelas, se juzgó la mujer más dichosa de la
tierra. Cuando en mitad de un día esplendoroso de sol, bajo un cielo
azul reverberante, abría todas las ventanas del gabinete y dejaba pasar
el viento fresco y acre que levantaba sus cabellos y arrojaba por el
suelo los papeles de la mesa, pensaba con deleite que había ascendido en
un globo y se hallaba en mitad del espacio nadando por el aire a merced
de todas las venturas. Y esta ilusión, que procuraba conservar con
empeño, la hacía feliz algunos momentos. Por la noche solía abrir
también algunas veces las contraventanas y encender, además de la
lámpara, todas las bujías de los candelabros para imaginarse que se
hallaba metida dentro de un gran farol. «Desde la ría, esta torre debe
parecer un faro y mi habitación la lámpara que acaba de encenderse», se
decía con gozo infantil. Y se ponía a inspeccionar por los cristales si
alguna embarcación cruzaba entonces hacia El Moral, hasta que,
amedrentada por la obscuridad de fuera y ofuscada por la claridad de
adentro, concluía por asustarse de tanta iluminación y empezaba a apagar
las luces apresuradamente.
Don Mariano llamaba a aquel gabinete ligero y aéreo _la jaula de María_.
Y en verdad que le cuadraba admirablemente el nombre; porque la niña
revoloteaba sin cesar dentro de él, moviendo los muebles y trasladando
los objetos de un sitio a otro, tan inquieta y nerviosa como un pájaro.
Para que la semejanza fuese más completa, cuando la familia se hallaba
en el comedor oíanse muchas veces los trinos lejanos de alguna cavatina
o romanza que estudiaba. Don Mariano nunca dejaba de exclamar con su
habitual y bondadosa sonrisa: «¡Ya canta el pajarito!» Y todos sonreían
también llenos de complacencia; porque en la casa todo el mundo quería y
admiraba a la niña.
En dos o tres años entró un cargamento de novelas en el gabinete de la
torre, y volvió a salir después de haber entretenido largas horas los
ocios de nuestra joven, que puso a contribución para ellos no sólo la
biblioteca de su padre y su bolsillo, sino también las librerías de
todos los amigos de la casa. Don Serapio fue su primer proveedor. Así
que durante una larga temporada no leyó más que relaciones sangrientas
de crímenes terribles y monstruosos, en las cuales tanto se placía el
fabricante de conservas alimenticias. En aquella temporada no gozó gran
cosa, porque estas novelas, aunque excitaron en alto grado su
curiosidad, teniéndola suspensa y sujeta a la lectura gran parte del día
y de la noche, no dejaban en su espíritu ningún recuerdo dulce ni
poético con que recrearse, y las olvidaba al día siguiente de leídas.
Además, la aterraban demasiado: no pocas veces le habían quitado el
sueño, y hasta en algunas ocasiones pidió a Genoveva que se acostase a
su lado porque se moría de miedo.
Después de haber agotado la librería de don Serapio, pidió a una de las
señoritas de Delgado que le abriese la suya, que tenía fama de hallarse
ricamente abastecida. En efecto, contenía gran número de novelas, todas
de la escuela romántica primitiva, cuidadosamente encuadernadas, pero
muchas de ellas ya grasientas por el uso. En los pasajes más tiernos
solían tener las hojas algunas manchas amarillentas, lo cual ponía de
manifiesto que las distintas lectoras en cuyas manos había estado el
libro habían tributado algunas lágrimas a las desdichas del héroe. Ya
sabemos que una de las señoritas de Delgado lloraba con extrema
facilidad. Las novelas que entonces leyó fueron, entre otras: _Ivanhoe_,
_La dama del lago_, _Maclovia y Federico o Las minas del Tirol_, _Saint
Clair de las islas o Los desterrados a la isla de Barra_, _Oscar y
Amanda_, _El castillo del Águila Negra_, etc. Estas le hicieron gozar
muchísimo más. Entró de lleno, con vida y alma, en la región de las
quimeras deliciosas con que el ilustre Walter Scott y otros novelistas
no tan ilustres solazaban a nuestros padres creando una Edad Media para
su uso, poblada de trovadores y torneos, de hazañas estupendas, de
castillos góticos, de héroes y de amores invencibles. Lo que más seducía
a la señorita de Elorza era la inquebrantable constancia de afectos que
los protagonistas de aquellas novelas manifestaban siempre. Ya fuese
varón o hembra, cuando una pasión amorosa les prendía no había que
empeñarse en llevarles la contraria, porque todo era inútil. Al través
de la oposición de los padres y tutores, y por encima de las asechanzas
que les tendían, los amantes desdeñados, purificados con mil pruebas
diversas, padeciendo mucho y llorando mucho más, al cabo salían siempre
triunfantes. Y bien lo merecían. La señorita de Elorza prometía
secretamente en el santuario de su alma guardar la misma fidelidad al
primer novio que la Providencia le deparase, e imitar su fortaleza en
las adversidades.
Cada una de aquellas novelas dejaba huella duradera en su juvenil
espíritu, y durante algunos días, en tanto que los personajes de otra no
lograban cautivarla, pensaba sin cesar en los hermosos milagros que el
amor de la heroína, puro como el diamante y tan firme, había realizado.
Y tomando la acción donde el novelista la había dejado, que era siempre
en el acto de celebrarse las bodas de los atribulados amantes, la
proseguía en su imaginación fingiéndose con todos sus pormenores la vida
venturosa que los esposos llevarían rodeados de sus hijos y recorriendo
con las manos enlazadas los sitios donde tan frecuentemente habían caído
sus lágrimas. Nuestra joven ansiaba que una de estas pasiones
irresistibles y lacrimosas se apoderase de su corazón, pero no concebía
que ningún joven de los que visitaban su casa vestidos de _chaquet_ o
_americana_ lograse inspirársela. Para ella el amor tomaba siempre la
forma de un guerrero y se le representaba con casco y loriga viniendo
jadeante y cubierto de polvo, después de haber sacado a su competidor
fuera de la silla de un bote de lanza, a doblar la rodilla delante de
ella para recibir la corona de su mano, que después besaba con ternura y
devoción. Otras veces, despojado del casco y con disfraz de villano,
pero dejando adivinar por su gallardo porte la nobleza y bravura de su
sangre, llegaba por la noche al pie de la torre y entonaba,
acompañándose con el laúd, preciosas endechas en que la invitaba a huir
con él por los campos hasta algún castillo ignorado, lejos de la tiranía
de su padre y del esposo aborrecido que le quería dar. La noche estaba
obscura, los centinelas del castillo narcotizados con un filtro, la
escala colgada ya de la ventana y los raudos corceles piafaban no muy
lejos... «¿Qué aguardas, dueño mío, qué aguardas...?» María oía tocar
suavemente a los cristales, y más de una vez se había levantado del
lecho con los pies desnudos a cerciorarse de que no era su guerrero,
sino el viento, quien la llamaba suspirando. Por aquella época no podía
ver durante la noche cruzar un bote hacia el puerto sin estremecerse. El
misterio que guarda siempre una embarcación que se divisa entre las
sombras le hacía pensar vagamente en una celada tendida por algún amante
ignorado y brutal que, temiendo ser desairado, quería arrebatarla por la
fuerza de su casa, y arrastrarla a lejanas riberas donde pudiese
satisfacer con ella sus bárbaros deseos. Necesitaba observar que el bote
atracaba sosegadamente en el muelle y descargaban de él algunos barriles
y cajones para sentir desvanecerse su ilusión.
Pero la novela que más honda impresión le produjo fue sin disputa la
titulada _Matilde o Las cruzadas_. Ésta, mejor que ninguna otra,
consiguió trasladar su espíritu a la época singular y brillante que
representaba, haciéndola asistir a aquella lucha heroica trabada debajo
de los muros de Jerusalén. Fácil es de concebir, no obstante, que no
eran las batallas entre infieles y cristianos lo que más la interesaba
de la relación, sino aquel amor extraño, inverosímil, tanto como tierno
y fogoso, que prendió en el corazón de la heroína hacia uno de los
guerreros moros que usurpaban el sepulcro del Señor. La señorita de
Elorza disculpaba y hasta aplaudía con toda su alma esta pasión, donde
el pecado de amar a uno de los más terribles enemigos de Cristo prestaba
mayor atractivo y un sabor más picante. ¡Cómo no apasionarse de aquel
ínclito Malec-Kadel tan fiero y terrible en los combates, tan tierno y
sumiso con su dama, tan noble y generoso en todas ocasiones! ¡Ah, si
ella hubiera estado en lugar de Matilde, hubiera amado del mismo modo a
despecho de todas las leyes humanas y divinas! Este moro fue el
personaje que más la sedujo en toda su vida, hasta el punto de
inspirarle un cuadro muy bonito en que lo representaba sobre la cubierta
del buque donde iba con Matilde, salvándola de las garras de sus
enemigos, teniéndola protegida con la mano izquierda y cercenando
cabezas con la derecha, como quien siega mieses en verano. Cuando mejor
pudo comprobarse este entusiasmo fue a la llegada de un turco a Nieva
vendiendo objetos de nácar y babuchas. Quedó tan sorprendida al verle
pasar por delante de casa y a tal punto excitada su curiosidad que no
paró hasta trabar relación con él, haciéndole sufrir largo
interrogatorio acerca de la campiña de Jerusalén, donde se efectuaron
las escenas amorosas que tan impresionada la tenían, de las costumbres,
de los trajes y del gobierno de los agarenos. Mas el turco, ya porque no
tuviese humor de andar en parlamentos, o por razón de ser natural de
Reus, en la provincia de Tarragona, y no haber estado en su vida en
Palestina, respondió con sobrada concisión a sus preguntas.
No obstante, hacía ya mucho tiempo que María no tomaba una novela en las
manos. El recuerdo de esa época en que tantas había devorado, produjo
leve turbación en su fisonomía e hizo nacer en su tersa frente una
arruga ancha y profunda.
Las ráfagas de viento cargadas de lluvia batieron durante largo rato los
cristales hasta que enteramente los lavaron. Poco a poco se fueron
haciendo sus golpes menos frecuentes; al cabo cesaron por completo. La
luz había crecido en tanto, extendiendo por todo el nublado firmamento y
mostrando ya los bultos de las colinas lejanas de Occidente, que se
veían por la ventana de la pared opuesta. El temporal se resolvió, como
ordinariamente, en lluvia fina y menuda que empezó a descender con
pausa, tendiendo por la atmósfera un velo sutil y tremante, formado de
hilos de agua, el cual amortiguaba aún más el brillo de la luz naciente
y borraba los contornos de los objetos lejanos. La marea subía. La gran
sábana de agua que se extendía hasta El Moral tomaba un color terroso
por los bordes, obscuro y profundo por el centro.
María cogió de nuevo el libro, acercó una silla a la ventana y,
sentándose en ella, se puso a leer, porque la luz ya se lo permitía. Era
la _Vida de Santa Teresa_ escrita por ella misma, encuadernada con la
pasta sólida de filos dorados que caracteriza a los libros religiosos.
A medida que se enfrascaba en la lectura, el rostro de la joven se fue
serenando más y más, y la profunda arruga de la frente concluyó por
desaparecer. Leía el capítulo segundo, en que la santa manifiesta cómo
mostró afición en los primeros años de su juventud a los libros de
caballerías y a las vanidades del tocador, y da cuenta con palabras
encubiertas de unas relaciones amorosas que por la misma época mantuvo.
Cuando levantó los ojos del libro advertíase en ellos cierto regocijo o
satisfacción íntima.
Sonaron al fin verdaderamente las campanas de San Felipe. Dejó
bruscamente el libro y abrió la puerta del cuarto de su doncella:
--¡Genoveva, Genoveva!
--Ya estoy despierta, señorita.
--Levántate; ya tocan en San Felipe.
En un abrir y cerrar de ojos se levantó, se vistió y apareció en el
gabinete de su ama. Genoveva era una mujer de cuarenta años poco más o
menos; baja, gruesa, morena, mofletuda, con ojos grandes y pardos a flor
de la cara, que no decían nada, absolutamente nada, el cabello muy
lamido y formando ondas por las sienes. Vestía saya lisa del hábito del
Carmen y manto negro de merino anudado a la espalda, al uso de todas las
sirvientas provincianas. Había entrado en la casa cuando María apenas
contaba un año para servirla de niñera, y nunca más la dejó, siendo
ejemplar notable de criada fiel y consecuente.
--¿Desde cuándo está ya vestida mi palomita?
--Hace ya cerca de una hora, Genoveva. Creí escuchar las campanas y me
engañé. Ahora suenan de veras. No perdamos tiempo; toma los paraguas y
vámonos...
--Vamos, vamos cuando usted quiera, señorita; ya estoy lista.
Ambas se pusieron las mantillas, y procurando no hacer ruido bajaron
hasta el portal, abrieron con precaución la puerta, que aun se hallaba
cerrada, y salieron a la calle, que atravesaron con los paraguas
abiertos hasta llegar al soportal de enfrente.
La villa de Nieva, como ya se ha dicho, tiene soportal en casi todas sus
calles, de uno o de otro lado; a veces de los dos. Suele ser mezquino,
bajo, desigual y sostenido por columnas lisas y redondas de piedra, sin
adornos de ningún género; muy mal empedrado asimismo. Sólo en tal o cual
paraje, donde alguna casa se había reedificado, ofrecía mayor amplitud y
un pavimento más cómodo. Si todas las casas se restaurasen (y no hay
duda que sucederá con el tiempo), la villa, merced a este sistema de
construcción, tomaría cierto aspecto monumental que la haría digna de
verse. Tal cual es, si no de apariencia muy bella, a lo menos ofrece
comodidad a los transeúntes, que no se mojan más que cuando quieren
pasar de una acera a otra. Y ciertamente que anduvieron precavidos sus
ilustres fundadores, pues en punto a llover firme y acompasado, no hay
población en España que le pueda alzar el gallo a nuestra villa.
Guarecidas de la lluvia ama y criada, atravesaron la plaza por uno de
sus flancos, internándose después por una calle estrecha, larga y
solitaria. Los honrados habitantes dormían el sueño dulce de la mañana.
Sólo de vez en cuando tropezaban con algún marinero cubierto de burdo
capote impermeable que, con los enseres de pescar en la mano y haciendo
gran ruido con sus enormes botas de agua, se dirigía a paso largo hacia
el muelle.
--¿Va usted bien abrigada, señorita? ¡Mire usted que hace un frío!...
Parece que estamos ya en enero.
--Sí; me he puesto cuerpo de terciopelo, y además este gabán está bien
forrado.
--Eso, eso, mi corazón. Si papá sabe que salimos tan de mañana, me va a
reñir porque se lo consiento. Es usted demasiado virtuosa, señorita.
Pocas o ninguna llevarán a la edad de usted vida tan santa...
--Calla, calla, Genoveva, no digas eso; no soy más que una miserable
pecadora; mucho más miserable de lo que tú te figuras.
--¡Señorita, por Dios!... No soy yo quien lo dice, sino todo el mundo...
Ayer me decía doña Filomena que la edificaba verla a usted oír la misa y
comulgar y que daría cualquier cosa porque sus hijas fuesen lo mismo...
Y razón tiene para desearlo, porque una de ellas, la última, es de la
piel del diablo... ¿Querrá usted creer, señorita, que el otro día arañó
a su hermana en la iglesia, sobre si había de confesar una primero que
otra?... ¡Bonito arrepentimiento! ¡Si da vergüenza, señorita, da
vergüenza el ver cómo andan algunas por la iglesia! ¡Parece que están en
su casa! ¡Ay, no se hacen cargo las pobrecitas de que están en la casa
del Señor de los cielos y tierra que les ha de pedir cuenta de su
pecado!... ¿No le ha enseñado doña Filomena el rosario que le mandó su
hermano de la Habana? ¡Es una maravilla! Todo de marfil y de oro con un
crucifijo grande de oro macizo. Para rezar no hace falta tanto lujo,
¿verdad, señorita?
--Para rezar no hace falta más que un corazón limpio y humilde.
--¡Ay, señorita, qué bien habla usted! Parece mentira que no tenga más
que veinte años. Pero cuando Dios quiere conceder dones a una criatura,
lo mismo da que sea joven o vieja, rica o pobre. Todos los días pido a
la Virgen Santísima que le conserve la salud para que sirva de ejemplo a
los que están en pecado mortal.
--Lo que debes pedir, Genoveva, es que purifique mi alma y me perdone
los muchos que he cometido.
--¡Bendito sea Dios! Si usted necesita que la perdonen siendo tan
piadosa y humilde, ¡qué necesitaremos los demás! No sea tan severa
consigo misma. Fray Ignacio la estima a usted tanto que no se cansa de
elogiarla... y eso que no tiene la manga muy ancha, como usted sabe... A
estas horas ya debe de estar en la sacristía el santo varón aguardando a
la gente. ¡Qué salud tiene!... Parece que Dios lo hace... No come, no
duerme, no descansa un momento... y, sin embargo, cada día está más
fuerte y con más ánimo para servir a Dios... No sé cómo puede pasar
tantas horas en el confesonario sin tomar alimento... Sólo el Señor
puede darle fuerzas. Bendito sea por siempre jamás. Amén.
--Es verdad; Dios obra verdaderos milagros con él, porque hace falta en
el mundo. ¡Oh, Dios mío, qué sería de mi alma si estos santos misioneros
no hubieran llegado a abrirme los ojos!
--Aunque la hayan ayudado mucho en el camino de la salvación, antes de
que ellos viniesen ya era usted muy buena y frecuentaba los
sacramentos...
--¡Qué poco es eso, Genoveva, cuando no se escudriñan los últimos
pliegues de la conciencia!
--Dígame, señorita, ¿ha visto en sueños hoy, como las noches pasadas, el
hermoso pájaro de plumas de fuego con la cruz en el pico?
María se detuvo repentinamente y se llevó la mano al pecho, como si
hubiese recibido un golpe. Después volvió a emprender la marcha y
exclamó sordamente:
--Esta noche no podía verlo.
--¿Por qué, corazón?
No contestó. Siguió caminando algún tiempo y dejó escapar un gemido.
Después parose nuevamente, y echando los brazos al cuello a su doncella,
comenzó a sollozar con amargura.
--¡Soy muy mala, Genoveva, soy muy mala! Mi corazón no acaba de verse
libre de impurezas; el demonio y la carne me tienen aún sujeta. ¡Si
supieses qué pecado he cometido ayer!
--Calle, calle, no se desconsuele. ¡Qué pecado había usted de cometer,
cordera!
--Sí, sí; soy más mala de lo que piensas. Cuanta más luz recibo de Dios,
más me empeño en hundirme en las tinieblas; cuantos más favores me
otorga, más ingrata soy hacia Él.
--Dios es infinitamente misericordioso, señorita.
--Pero infinitamente justo también...
--Encomiéndese a San José bendito. No hay culpa que el Señor no perdone
por su intercesión... Vamos, déjese de lloros, que ahora va a confesarse
y todo queda perdonado.
Después de serenarse un poco la niña, siguieron marchando. Y llegaron a
cierta plazuela no muy espaciosa, donde se alzaba la fachada parda y
severa de una gran iglesia que no llamaba la atención por su esbeltez ni
por otra cualidad buena o mala. Atravesaron un pórtico grande y pardo
como la fachada y entraron en el templo, que era igualmente pardo y
enorme. Estas cualidades concluían por caracterizarlo. Constaba de tres
naves, la del centro ancha y elevada como la de una catedral; las de los
lados, bajas y estrechas; todas ellas enjalbegadas en otro tiempo, muy
lejano, cubiertas ahora de polvo, descascaradas por varios sitios y
salpicadas de manchas extensas y misteriosas. Los altares, profusamente
tallados, ofrecían ya un color gris muy diferente del dorado que en un
principio tuvieran. Al través de los cristales sucios percibíase la
figura rígida de algún santo con nimbo de metal o el rostro sombrío y
angustiado de un Eccehomo.
Era demasiado temprano para que hubiese mucha gente. Sin embargo,
diseminadas aquí y allá, orando prosternadas frente a los altares con la
cabeza cubierta, veíase algunas mujeres; otras se arrimaban a las
ventanillas enrejadas de los confesonarios y extendían la mantilla por
ambos lados de la cara para depositar con un cuchicheo imperceptible sus
pecados en el sagrado tribunal de la penitencia. Algunos sacerdotes
tenían abiertas las puertas del confesonario y se les veía con sotana y
bonete inclinar el cuerpo y oído hacia la ventanilla, reflejando en su
rostro fruncido y en su postura desmadejada el cansancio que sentían.
Otros las tenían cerradas herméticamente y apenas se advertía dentro, al
pasar, la presencia de un ser humano.
La luz bañaba tristemente algunos parajes del recinto, dejando los
ángulos y los huecos de los pilares casi en total obscuridad. Las
enormes lámparas de metal amarillo se balanceaban en el espacio sujetas
al techo por un cordel. Los vidrios emplomados de dos grandes rosetones
abiertos en lo alto de las paredes de la gran nave central dejaban paso
a una triste claridad que se extendía como blanco mantel delante del
altar mayor. Al lado de éste y algo separado, había otro altarcito sobre
el cual se alzaba una imagen del Salvador con el pecho abierto, dejando
ver un corazón ensangrentado, ceñido por corona de espinas y coronado de
llamas. En torno de la imagen había una muchedumbre de cirios encendidos
que chisporroteaban lúgubremente en el inmenso ámbito silencioso de la
iglesia. Era un altar de quita y pon que se había colocado a causa de la
novena del Sagrado Corazón de Jesús, que por aquellos días se celebraba.
Genoveva fue a la sacristía a preguntar a Fray Ignacio si podía confesar
a su señorita. Ésta quedó hincada de rodillas al lado del confesonario
esperando al sacerdote. Experimentaba cierta impaciencia medrosa; un
poco de temor mezclado de ansiedad y deseo. El templo exhalaba un olor
confuso de humedad y polvo, de cirios apagados y flores ajadas que la
penetraba de respeto. Los momentos que precedían a la confesión eran de
sobresalto amable para María. El aparato y misterio de que estaba
rodeada aquella confidencia íntima, la más íntima que en el mundo
existe, ejercía cierta fascinación sobre su espíritu y la turbaba hasta
el fondo sin producirle disgusto. Sentía correr por su cuerpo leves
temblores de frío alternados con ráfagas cálidas que le subían al
rostro y se lo encendían. En aquel momento no pensaba en sus pecados,
sino en la manera que tendría de relatarlos.
La figura negra, firme y severa de Fray Ignacio se abalanzó hacia el
confesonario y sin dirigir siquiera una mirada a su penitente se
introdujo en él. María, trémula y enternecida, se acercó a la
ventanilla. Cuando se separó, al cabo de una media hora, tenía los ojos
enrojecidos y las mejillas pálidas.
La iglesia, en tanto, se había ido poblando, aunque casi exclusivamente
de mujeres. Algunas entraban hasta el medio con almadreñas, produciendo
verdadero estrépito al caminar sobre el embaldosado pavimento; las más
se despojaban de ellas a la puerta y las traían en la mano. Un clérigo
anciano, con sobrepelliz, subió al púlpito, que estaba cubierto con paño
de tisú de oro. Los fieles, desde los más apartados parajes de la
iglesia, se fueron replegando hacia el centro, formando apretado grupo
en torno del púlpito. María y Genoveva hicieron lo mismo. El sacerdote
hizo la señal de la cruz y comenzó el rosario en alta voz. Terminado el
rosario comenzó la novena, la novena del Sagrado Corazón de Jesús. El
clérigo se puso unas enormes gafas de plata, y con voz gangosa y
lastimera exclamó:
«_¡Oh corazón!_--La muchedumbre repitió con solemne rumor:--¡Oh
corazooón!--_amantísimo_--amantísimooo--_santísimo_--santísimooo--_y
melifluo_--y melifluooo--_de mi divino Jesús_--de mi divino
Jesús.--_Corazón_--corazooón--_lleno de llamas_--lleno de llamas--_de
purísimo amor_--de purísimo amooor.»