Fue una época feliz para María. Tenía entonces dieciséis años, y el

pensamiento inquieto y atrevido. La música, en la cual había hecho

prodigiosos adelantos, había fomentado en su corazón cierta tendencia a

la melancolía y al llanto. Lloraba por cualquier cosa; a veces sin

motivo alguno y cuando menos se esperaba; pero las lágrimas eran tan

dulces y sentía con ellas placer tan intenso, que en muchas ocasiones

las provocaba con artificio. ¡Cuántas veces, contemplando desde aquella

ventana los celajes del horizonte teñidos de grana y los últimos

resplandores del sol moribundo, sintió su corazón acongojado por una

profunda melancolía que venía a deshacerse en sollozos! ¡Cuántas veces

había atormentado a su padre con lloro intempestivo, cuya causa no

acertaba a decir porque no la sabía ella misma! El conocimiento de la

pintura, en la cual también había descollado, despertó su inclinación

hacia la luz y el paisaje, lo cual contribuyó asimismo a que solicitase

con ardor las habitaciones de la torre. Una vez instalada en ellas con

su piano, pinceles y novelas, se juzgó la mujer más dichosa de la

tierra. Cuando en mitad de un día esplendoroso de sol, bajo un cielo

azul reverberante, abría todas las ventanas del gabinete y dejaba pasar

el viento fresco y acre que levantaba sus cabellos y arrojaba por el

suelo los papeles de la mesa, pensaba con deleite que había ascendido en

un globo y se hallaba en mitad del espacio nadando por el aire a merced

de todas las venturas. Y esta ilusión, que procuraba conservar con

empeño, la hacía feliz algunos momentos. Por la noche solía abrir

también algunas veces las contraventanas y encender, además de la

lámpara, todas las bujías de los candelabros para imaginarse que se

hallaba metida dentro de un gran farol. «Desde la ría, esta torre debe

parecer un faro y mi habitación la lámpara que acaba de encenderse», se

decía con gozo infantil. Y se ponía a inspeccionar por los cristales si

alguna embarcación cruzaba entonces hacia El Moral, hasta que,

amedrentada por la obscuridad de fuera y ofuscada por la claridad de

adentro, concluía por asustarse de tanta iluminación y empezaba a apagar

las luces apresuradamente.

Don Mariano llamaba a aquel gabinete ligero y aéreo _la jaula de María_.

Y en verdad que le cuadraba admirablemente el nombre; porque la niña

revoloteaba sin cesar dentro de él, moviendo los muebles y trasladando

los objetos de un sitio a otro, tan inquieta y nerviosa como un pájaro.

Para que la semejanza fuese más completa, cuando la familia se hallaba

en el comedor oíanse muchas veces los trinos lejanos de alguna cavatina

o romanza que estudiaba. Don Mariano nunca dejaba de exclamar con su

habitual y bondadosa sonrisa: «¡Ya canta el pajarito!» Y todos sonreían

también llenos de complacencia; porque en la casa todo el mundo quería y

admiraba a la niña.

En dos o tres años entró un cargamento de novelas en el gabinete de la

torre, y volvió a salir después de haber entretenido largas horas los

ocios de nuestra joven, que puso a contribución para ellos no sólo la

biblioteca de su padre y su bolsillo, sino también las librerías de

todos los amigos de la casa. Don Serapio fue su primer proveedor. Así

que durante una larga temporada no leyó más que relaciones sangrientas

de crímenes terribles y monstruosos, en las cuales tanto se placía el

fabricante de conservas alimenticias. En aquella temporada no gozó gran

cosa, porque estas novelas, aunque excitaron en alto grado su

curiosidad, teniéndola suspensa y sujeta a la lectura gran parte del día

y de la noche, no dejaban en su espíritu ningún recuerdo dulce ni

poético con que recrearse, y las olvidaba al día siguiente de leídas.

Además, la aterraban demasiado: no pocas veces le habían quitado el

sueño, y hasta en algunas ocasiones pidió a Genoveva que se acostase a

su lado porque se moría de miedo.

Después de haber agotado la librería de don Serapio, pidió a una de las

señoritas de Delgado que le abriese la suya, que tenía fama de hallarse

ricamente abastecida. En efecto, contenía gran número de novelas, todas

de la escuela romántica primitiva, cuidadosamente encuadernadas, pero

muchas de ellas ya grasientas por el uso. En los pasajes más tiernos

solían tener las hojas algunas manchas amarillentas, lo cual ponía de

manifiesto que las distintas lectoras en cuyas manos había estado el

libro habían tributado algunas lágrimas a las desdichas del héroe. Ya

sabemos que una de las señoritas de Delgado lloraba con extrema

facilidad. Las novelas que entonces leyó fueron, entre otras: _Ivanhoe_,

_La dama del lago_, _Maclovia y Federico o Las minas del Tirol_, _Saint

Clair de las islas o Los desterrados a la isla de Barra_, _Oscar y

Amanda_, _El castillo del Águila Negra_, etc. Estas le hicieron gozar

muchísimo más. Entró de lleno, con vida y alma, en la región de las

quimeras deliciosas con que el ilustre Walter Scott y otros novelistas

no tan ilustres solazaban a nuestros padres creando una Edad Media para

su uso, poblada de trovadores y torneos, de hazañas estupendas, de

castillos góticos, de héroes y de amores invencibles. Lo que más seducía

a la señorita de Elorza era la inquebrantable constancia de afectos que

los protagonistas de aquellas novelas manifestaban siempre. Ya fuese

varón o hembra, cuando una pasión amorosa les prendía no había que

empeñarse en llevarles la contraria, porque todo era inútil. Al través

de la oposición de los padres y tutores, y por encima de las asechanzas

que les tendían, los amantes desdeñados, purificados con mil pruebas

diversas, padeciendo mucho y llorando mucho más, al cabo salían siempre

triunfantes. Y bien lo merecían. La señorita de Elorza prometía

secretamente en el santuario de su alma guardar la misma fidelidad al

primer novio que la Providencia le deparase, e imitar su fortaleza en

las adversidades.

Cada una de aquellas novelas dejaba huella duradera en su juvenil

espíritu, y durante algunos días, en tanto que los personajes de otra no

lograban cautivarla, pensaba sin cesar en los hermosos milagros que el

amor de la heroína, puro como el diamante y tan firme, había realizado.

Y tomando la acción donde el novelista la había dejado, que era siempre

en el acto de celebrarse las bodas de los atribulados amantes, la

proseguía en su imaginación fingiéndose con todos sus pormenores la vida

venturosa que los esposos llevarían rodeados de sus hijos y recorriendo

con las manos enlazadas los sitios donde tan frecuentemente habían caído

sus lágrimas. Nuestra joven ansiaba que una de estas pasiones

irresistibles y lacrimosas se apoderase de su corazón, pero no concebía

que ningún joven de los que visitaban su casa vestidos de _chaquet_ o

_americana_ lograse inspirársela. Para ella el amor tomaba siempre la

forma de un guerrero y se le representaba con casco y loriga viniendo

jadeante y cubierto de polvo, después de haber sacado a su competidor

fuera de la silla de un bote de lanza, a doblar la rodilla delante de

ella para recibir la corona de su mano, que después besaba con ternura y

devoción. Otras veces, despojado del casco y con disfraz de villano,

pero dejando adivinar por su gallardo porte la nobleza y bravura de su

sangre, llegaba por la noche al pie de la torre y entonaba,

acompañándose con el laúd, preciosas endechas en que la invitaba a huir

con él por los campos hasta algún castillo ignorado, lejos de la tiranía

de su padre y del esposo aborrecido que le quería dar. La noche estaba

obscura, los centinelas del castillo narcotizados con un filtro, la

escala colgada ya de la ventana y los raudos corceles piafaban no muy

lejos... «¿Qué aguardas, dueño mío, qué aguardas...?» María oía tocar

suavemente a los cristales, y más de una vez se había levantado del

lecho con los pies desnudos a cerciorarse de que no era su guerrero,

sino el viento, quien la llamaba suspirando. Por aquella época no podía

ver durante la noche cruzar un bote hacia el puerto sin estremecerse. El

misterio que guarda siempre una embarcación que se divisa entre las

sombras le hacía pensar vagamente en una celada tendida por algún amante

ignorado y brutal que, temiendo ser desairado, quería arrebatarla por la

fuerza de su casa, y arrastrarla a lejanas riberas donde pudiese

satisfacer con ella sus bárbaros deseos. Necesitaba observar que el bote

atracaba sosegadamente en el muelle y descargaban de él algunos barriles

y cajones para sentir desvanecerse su ilusión.

Pero la novela que más honda impresión le produjo fue sin disputa la

titulada _Matilde o Las cruzadas_. Ésta, mejor que ninguna otra,

consiguió trasladar su espíritu a la época singular y brillante que

representaba, haciéndola asistir a aquella lucha heroica trabada debajo

de los muros de Jerusalén. Fácil es de concebir, no obstante, que no

eran las batallas entre infieles y cristianos lo que más la interesaba

de la relación, sino aquel amor extraño, inverosímil, tanto como tierno

y fogoso, que prendió en el corazón de la heroína hacia uno de los

guerreros moros que usurpaban el sepulcro del Señor. La señorita de

Elorza disculpaba y hasta aplaudía con toda su alma esta pasión, donde

el pecado de amar a uno de los más terribles enemigos de Cristo prestaba

mayor atractivo y un sabor más picante. ¡Cómo no apasionarse de aquel

ínclito Malec-Kadel tan fiero y terrible en los combates, tan tierno y

sumiso con su dama, tan noble y generoso en todas ocasiones! ¡Ah, si

ella hubiera estado en lugar de Matilde, hubiera amado del mismo modo a

despecho de todas las leyes humanas y divinas! Este moro fue el

personaje que más la sedujo en toda su vida, hasta el punto de

inspirarle un cuadro muy bonito en que lo representaba sobre la cubierta

del buque donde iba con Matilde, salvándola de las garras de sus

enemigos, teniéndola protegida con la mano izquierda y cercenando

cabezas con la derecha, como quien siega mieses en verano. Cuando mejor

pudo comprobarse este entusiasmo fue a la llegada de un turco a Nieva

vendiendo objetos de nácar y babuchas. Quedó tan sorprendida al verle

pasar por delante de casa y a tal punto excitada su curiosidad que no

paró hasta trabar relación con él, haciéndole sufrir largo

interrogatorio acerca de la campiña de Jerusalén, donde se efectuaron

las escenas amorosas que tan impresionada la tenían, de las costumbres,

de los trajes y del gobierno de los agarenos. Mas el turco, ya porque no

tuviese humor de andar en parlamentos, o por razón de ser natural de

Reus, en la provincia de Tarragona, y no haber estado en su vida en

Palestina, respondió con sobrada concisión a sus preguntas.

No obstante, hacía ya mucho tiempo que María no tomaba una novela en las

manos. El recuerdo de esa época en que tantas había devorado, produjo

leve turbación en su fisonomía e hizo nacer en su tersa frente una

arruga ancha y profunda.

Las ráfagas de viento cargadas de lluvia batieron durante largo rato los

cristales hasta que enteramente los lavaron. Poco a poco se fueron

haciendo sus golpes menos frecuentes; al cabo cesaron por completo. La

luz había crecido en tanto, extendiendo por todo el nublado firmamento y

mostrando ya los bultos de las colinas lejanas de Occidente, que se

veían por la ventana de la pared opuesta. El temporal se resolvió, como

ordinariamente, en lluvia fina y menuda que empezó a descender con

pausa, tendiendo por la atmósfera un velo sutil y tremante, formado de

hilos de agua, el cual amortiguaba aún más el brillo de la luz naciente

y borraba los contornos de los objetos lejanos. La marea subía. La gran

sábana de agua que se extendía hasta El Moral tomaba un color terroso

por los bordes, obscuro y profundo por el centro.

María cogió de nuevo el libro, acercó una silla a la ventana y,

sentándose en ella, se puso a leer, porque la luz ya se lo permitía. Era

la _Vida de Santa Teresa_ escrita por ella misma, encuadernada con la

pasta sólida de filos dorados que caracteriza a los libros religiosos.

A medida que se enfrascaba en la lectura, el rostro de la joven se fue

serenando más y más, y la profunda arruga de la frente concluyó por

desaparecer. Leía el capítulo segundo, en que la santa manifiesta cómo

mostró afición en los primeros años de su juventud a los libros de

caballerías y a las vanidades del tocador, y da cuenta con palabras

encubiertas de unas relaciones amorosas que por la misma época mantuvo.

Cuando levantó los ojos del libro advertíase en ellos cierto regocijo o

satisfacción íntima.

Sonaron al fin verdaderamente las campanas de San Felipe. Dejó

bruscamente el libro y abrió la puerta del cuarto de su doncella:

--¡Genoveva, Genoveva!

--Ya estoy despierta, señorita.

--Levántate; ya tocan en San Felipe.

En un abrir y cerrar de ojos se levantó, se vistió y apareció en el

gabinete de su ama. Genoveva era una mujer de cuarenta años poco más o

menos; baja, gruesa, morena, mofletuda, con ojos grandes y pardos a flor

de la cara, que no decían nada, absolutamente nada, el cabello muy

lamido y formando ondas por las sienes. Vestía saya lisa del hábito del

Carmen y manto negro de merino anudado a la espalda, al uso de todas las

sirvientas provincianas. Había entrado en la casa cuando María apenas

contaba un año para servirla de niñera, y nunca más la dejó, siendo

ejemplar notable de criada fiel y consecuente.

--¿Desde cuándo está ya vestida mi palomita?

--Hace ya cerca de una hora, Genoveva. Creí escuchar las campanas y me

engañé. Ahora suenan de veras. No perdamos tiempo; toma los paraguas y

vámonos...

--Vamos, vamos cuando usted quiera, señorita; ya estoy lista.

Ambas se pusieron las mantillas, y procurando no hacer ruido bajaron

hasta el portal, abrieron con precaución la puerta, que aun se hallaba

cerrada, y salieron a la calle, que atravesaron con los paraguas

abiertos hasta llegar al soportal de enfrente.

La villa de Nieva, como ya se ha dicho, tiene soportal en casi todas sus

calles, de uno o de otro lado; a veces de los dos. Suele ser mezquino,

bajo, desigual y sostenido por columnas lisas y redondas de piedra, sin

adornos de ningún género; muy mal empedrado asimismo. Sólo en tal o cual

paraje, donde alguna casa se había reedificado, ofrecía mayor amplitud y

un pavimento más cómodo. Si todas las casas se restaurasen (y no hay

duda que sucederá con el tiempo), la villa, merced a este sistema de

construcción, tomaría cierto aspecto monumental que la haría digna de

verse. Tal cual es, si no de apariencia muy bella, a lo menos ofrece

comodidad a los transeúntes, que no se mojan más que cuando quieren

pasar de una acera a otra. Y ciertamente que anduvieron precavidos sus

ilustres fundadores, pues en punto a llover firme y acompasado, no hay

población en España que le pueda alzar el gallo a nuestra villa.

Guarecidas de la lluvia ama y criada, atravesaron la plaza por uno de

sus flancos, internándose después por una calle estrecha, larga y

solitaria. Los honrados habitantes dormían el sueño dulce de la mañana.

Sólo de vez en cuando tropezaban con algún marinero cubierto de burdo

capote impermeable que, con los enseres de pescar en la mano y haciendo

gran ruido con sus enormes botas de agua, se dirigía a paso largo hacia

el muelle.

--¿Va usted bien abrigada, señorita? ¡Mire usted que hace un frío!...

Parece que estamos ya en enero.

--Sí; me he puesto cuerpo de terciopelo, y además este gabán está bien

forrado.

--Eso, eso, mi corazón. Si papá sabe que salimos tan de mañana, me va a

reñir porque se lo consiento. Es usted demasiado virtuosa, señorita.

Pocas o ninguna llevarán a la edad de usted vida tan santa...

--Calla, calla, Genoveva, no digas eso; no soy más que una miserable

pecadora; mucho más miserable de lo que tú te figuras.

--¡Señorita, por Dios!... No soy yo quien lo dice, sino todo el mundo...

Ayer me decía doña Filomena que la edificaba verla a usted oír la misa y

comulgar y que daría cualquier cosa porque sus hijas fuesen lo mismo...

Y razón tiene para desearlo, porque una de ellas, la última, es de la

piel del diablo... ¿Querrá usted creer, señorita, que el otro día arañó

a su hermana en la iglesia, sobre si había de confesar una primero que

otra?... ¡Bonito arrepentimiento! ¡Si da vergüenza, señorita, da

vergüenza el ver cómo andan algunas por la iglesia! ¡Parece que están en

su casa! ¡Ay, no se hacen cargo las pobrecitas de que están en la casa

del Señor de los cielos y tierra que les ha de pedir cuenta de su

pecado!... ¿No le ha enseñado doña Filomena el rosario que le mandó su

hermano de la Habana? ¡Es una maravilla! Todo de marfil y de oro con un

crucifijo grande de oro macizo. Para rezar no hace falta tanto lujo,

¿verdad, señorita?

--Para rezar no hace falta más que un corazón limpio y humilde.

--¡Ay, señorita, qué bien habla usted! Parece mentira que no tenga más

que veinte años. Pero cuando Dios quiere conceder dones a una criatura,

lo mismo da que sea joven o vieja, rica o pobre. Todos los días pido a

la Virgen Santísima que le conserve la salud para que sirva de ejemplo a

los que están en pecado mortal.

--Lo que debes pedir, Genoveva, es que purifique mi alma y me perdone

los muchos que he cometido.

--¡Bendito sea Dios! Si usted necesita que la perdonen siendo tan

piadosa y humilde, ¡qué necesitaremos los demás! No sea tan severa

consigo misma. Fray Ignacio la estima a usted tanto que no se cansa de

elogiarla... y eso que no tiene la manga muy ancha, como usted sabe... A

estas horas ya debe de estar en la sacristía el santo varón aguardando a

la gente. ¡Qué salud tiene!... Parece que Dios lo hace... No come, no

duerme, no descansa un momento... y, sin embargo, cada día está más

fuerte y con más ánimo para servir a Dios... No sé cómo puede pasar

tantas horas en el confesonario sin tomar alimento... Sólo el Señor

puede darle fuerzas. Bendito sea por siempre jamás. Amén.

--Es verdad; Dios obra verdaderos milagros con él, porque hace falta en

el mundo. ¡Oh, Dios mío, qué sería de mi alma si estos santos misioneros

no hubieran llegado a abrirme los ojos!

--Aunque la hayan ayudado mucho en el camino de la salvación, antes de

que ellos viniesen ya era usted muy buena y frecuentaba los

sacramentos...

--¡Qué poco es eso, Genoveva, cuando no se escudriñan los últimos

pliegues de la conciencia!

--Dígame, señorita, ¿ha visto en sueños hoy, como las noches pasadas, el

hermoso pájaro de plumas de fuego con la cruz en el pico?

María se detuvo repentinamente y se llevó la mano al pecho, como si

hubiese recibido un golpe. Después volvió a emprender la marcha y

exclamó sordamente:

--Esta noche no podía verlo.

--¿Por qué, corazón?

No contestó. Siguió caminando algún tiempo y dejó escapar un gemido.

Después parose nuevamente, y echando los brazos al cuello a su doncella,

comenzó a sollozar con amargura.

--¡Soy muy mala, Genoveva, soy muy mala! Mi corazón no acaba de verse

libre de impurezas; el demonio y la carne me tienen aún sujeta. ¡Si

supieses qué pecado he cometido ayer!

--Calle, calle, no se desconsuele. ¡Qué pecado había usted de cometer,

cordera!

--Sí, sí; soy más mala de lo que piensas. Cuanta más luz recibo de Dios,

más me empeño en hundirme en las tinieblas; cuantos más favores me

otorga, más ingrata soy hacia Él.

--Dios es infinitamente misericordioso, señorita.

--Pero infinitamente justo también...

--Encomiéndese a San José bendito. No hay culpa que el Señor no perdone

por su intercesión... Vamos, déjese de lloros, que ahora va a confesarse

y todo queda perdonado.

Después de serenarse un poco la niña, siguieron marchando. Y llegaron a

cierta plazuela no muy espaciosa, donde se alzaba la fachada parda y

severa de una gran iglesia que no llamaba la atención por su esbeltez ni

por otra cualidad buena o mala. Atravesaron un pórtico grande y pardo

como la fachada y entraron en el templo, que era igualmente pardo y

enorme. Estas cualidades concluían por caracterizarlo. Constaba de tres

naves, la del centro ancha y elevada como la de una catedral; las de los

lados, bajas y estrechas; todas ellas enjalbegadas en otro tiempo, muy

lejano, cubiertas ahora de polvo, descascaradas por varios sitios y

salpicadas de manchas extensas y misteriosas. Los altares, profusamente

tallados, ofrecían ya un color gris muy diferente del dorado que en un

principio tuvieran. Al través de los cristales sucios percibíase la

figura rígida de algún santo con nimbo de metal o el rostro sombrío y

angustiado de un Eccehomo.

Era demasiado temprano para que hubiese mucha gente. Sin embargo,

diseminadas aquí y allá, orando prosternadas frente a los altares con la

cabeza cubierta, veíase algunas mujeres; otras se arrimaban a las

ventanillas enrejadas de los confesonarios y extendían la mantilla por

ambos lados de la cara para depositar con un cuchicheo imperceptible sus

pecados en el sagrado tribunal de la penitencia. Algunos sacerdotes

tenían abiertas las puertas del confesonario y se les veía con sotana y

bonete inclinar el cuerpo y oído hacia la ventanilla, reflejando en su

rostro fruncido y en su postura desmadejada el cansancio que sentían.

Otros las tenían cerradas herméticamente y apenas se advertía dentro, al

pasar, la presencia de un ser humano.

La luz bañaba tristemente algunos parajes del recinto, dejando los

ángulos y los huecos de los pilares casi en total obscuridad. Las

enormes lámparas de metal amarillo se balanceaban en el espacio sujetas

al techo por un cordel. Los vidrios emplomados de dos grandes rosetones

abiertos en lo alto de las paredes de la gran nave central dejaban paso

a una triste claridad que se extendía como blanco mantel delante del

altar mayor. Al lado de éste y algo separado, había otro altarcito sobre

el cual se alzaba una imagen del Salvador con el pecho abierto, dejando

ver un corazón ensangrentado, ceñido por corona de espinas y coronado de

llamas. En torno de la imagen había una muchedumbre de cirios encendidos

que chisporroteaban lúgubremente en el inmenso ámbito silencioso de la

iglesia. Era un altar de quita y pon que se había colocado a causa de la

novena del Sagrado Corazón de Jesús, que por aquellos días se celebraba.

Genoveva fue a la sacristía a preguntar a Fray Ignacio si podía confesar

a su señorita. Ésta quedó hincada de rodillas al lado del confesonario

esperando al sacerdote. Experimentaba cierta impaciencia medrosa; un

poco de temor mezclado de ansiedad y deseo. El templo exhalaba un olor

confuso de humedad y polvo, de cirios apagados y flores ajadas que la

penetraba de respeto. Los momentos que precedían a la confesión eran de

sobresalto amable para María. El aparato y misterio de que estaba

rodeada aquella confidencia íntima, la más íntima que en el mundo

existe, ejercía cierta fascinación sobre su espíritu y la turbaba hasta

el fondo sin producirle disgusto. Sentía correr por su cuerpo leves

temblores de frío alternados con ráfagas cálidas que le subían al

rostro y se lo encendían. En aquel momento no pensaba en sus pecados,

sino en la manera que tendría de relatarlos.

La figura negra, firme y severa de Fray Ignacio se abalanzó hacia el

confesonario y sin dirigir siquiera una mirada a su penitente se

introdujo en él. María, trémula y enternecida, se acercó a la

ventanilla. Cuando se separó, al cabo de una media hora, tenía los ojos

enrojecidos y las mejillas pálidas.

La iglesia, en tanto, se había ido poblando, aunque casi exclusivamente

de mujeres. Algunas entraban hasta el medio con almadreñas, produciendo

verdadero estrépito al caminar sobre el embaldosado pavimento; las más

se despojaban de ellas a la puerta y las traían en la mano. Un clérigo

anciano, con sobrepelliz, subió al púlpito, que estaba cubierto con paño

de tisú de oro. Los fieles, desde los más apartados parajes de la

iglesia, se fueron replegando hacia el centro, formando apretado grupo

en torno del púlpito. María y Genoveva hicieron lo mismo. El sacerdote

hizo la señal de la cruz y comenzó el rosario en alta voz. Terminado el

rosario comenzó la novena, la novena del Sagrado Corazón de Jesús. El

clérigo se puso unas enormes gafas de plata, y con voz gangosa y

lastimera exclamó:

«_¡Oh corazón!_--La muchedumbre repitió con solemne rumor:--¡Oh

corazooón!--_amantísimo_--amantísimooo--_santísimo_--santísimooo--_y

melifluo_--y melifluooo--_de mi divino Jesús_--de mi divino

Jesús.--_Corazón_--corazooón--_lleno de llamas_--lleno de llamas--_de

purísimo amor_--de purísimo amooor.»

Marta y María: novela de costumbres · 第 3 / 21 段