arqueó repetidas veces las cejas y estiró cuanto pudo el cuello en señal
de asentimiento. Pasaba de los cincuenta, aunque las pomadas, tinturas y
cosméticos le diesen aspecto de joven a cierta distancia. De cerca, sus
bigotes engomados a la perfección no bastaban a compensar las patas de
gallo y arrugas de todo linaje que le cruzaban el rostro. Era fabricante
de conservas alimenticias y solterón empedernido, no porque dejase de
honrar al bello sexo y tenerle en gran estima, sino porque pensaba que
el matrimonio era la muerte del amor y sus ilusiones. No había hombre
más azucarado y mantecoso en conversación con las damas, ni jamás tuvo
galán un surtido más numeroso de requiebros para soltarles. En casi
todos ellos jugaba mucho papel _el fuego de la pasión, la pérdida del
albedrío, el aliento perfumado, los latidos del corazón_ y otras cuantas
lindezas análogas, todas trasnochadas. Esto en cuanto a las señoras. En
cuanto a las doncellas de labor y cocineras, no paraban aquí los
galanteos de don Serapio. Se le consideraba como uno de los más
terribles y dañinos seductores de este género; y era cosa bien sabida en
Nieva que más de una vez y más de dos habían ido a la fábrica con algún
tierno infante entre los brazos a armarle un escándalo mayúsculo, que él
se había apresurado a conjurar con los rellenos de su gaveta.
Ordinariamente hacía una vida arreglada, levantándose muy de mañana,
yendo a la fábrica a despachar las cuentas y a inspeccionar el
condimento de los pescados y mariscos y viniendo a eso de las cinco de
la tarde a jabonarse y vestirse para emprender su paseo o sus visitas
que no eran pocas, y que terminaban siempre a las once de la noche. La
única lectura que le agradaba, las novelas de crímenes.
La voz de don Serapio era poquita, pero desagradable, como decía un
joven humorista de los que se arrimaban a las puertas. Nunca pudo
averiguarse si era tenor, barítono o bajo. En cambio, cantaba con un
sentimiento capaz de derretir a las piedras, del cual podía juzgarse por
los movimientos infinitos de sus cejas y por la expresión de desconsuelo
que tomaba su fisonomía así que se hallaba frente al piano. Nadie vio un
rostro tan arqueado, estirado y compungido. La romanza _Lontano a te_,
más que ninguna otra, tenía el privilegio de despertar su sensibilidad y
dar a sus ojos expresión extremadamente amarga.
Mientras el fabricante de conservas expresaba en italiano el dolor de
hallarse lejos de su amada, la hija mayor de los señores de la casa
seguía conversando en el paraje más retirado de la sala con un joven de
fisonomía abierta y simpática, moreno, de ojos negros y bigote
naciente.
--Enrique no entendió bien mi encargo--decía el joven--. Yo le pedía que
me remitiese un aderezo de valor y lo que me manda es medio aderezo
vulgarísimo hasta más no poder; tanto, que pienso devolvérselo mañana
mismo sin mostrártelo siquiera.
--No te moleste más; es igual uno u otro.
--¡Cómo ha de ser igual! ¿De cuándo acá, señorita, se ha vuelto usted
tan indiferente en asuntos de tocador? Estoy seguro de que si te trajese
el dichoso aderezo reirías en grande.
--No lo creas.
--¿Te figuras acaso que no me acuerdo de la burla que has hecho del
sombrero que tu tía Carmen te regaló hace pocos días?
--Hice mal en burlarme; pero tú haces también mal en echármelo en cara.
La verdad es que, en resumidas cuentas, lo mismo da un sombrero o un
aderezo que otro.
--Corriente; dale expresiones. Te conozco bien y no me dejo engañar. El
aderezo se devolverá y en su lugar vendrá otro a mi gusto y al tuyo...
Dejemos el aderezo... Algo tenía que decirte y ya no me acuerdo... ¡Ah,
sí! Es necesario que escribamos a tu tío Rodrigo, pues según la carta
que de él recibí hoy, no sabe todavía el día en que nos casamos. Creo
que debemos escribirle los dos en una misma carta, ¿no te parece?
--Como tú quieras.
--Bien, pues mañana, antes de comer, pasaré por aquí y lo haremos.
Ambos callaron algunos instantes y atendieron al canto de don Serapio,
que se lamentaba cada vez con acento más patético de la soledad y
tristeza en que su dueño le tenía. Una de las señoritas de Delgado se
llevó el pañuelo a los ojos, declarando en voz baja a los que estaban
cerca que desde hacía poco tiempo se le saltaban las lágrimas por
cualquier cosa.
--¡Qué majadero es este don Serapio! Con tanto mover la frente se le va
a correr hacia atrás el peluquín.
--No seas malo, Ricardo; ten un poco de caridad y déjale al pobre que
goce sin ofender a Dios ni al prójimo.
--No, lo que es por mí ya puede cantar hasta que reviente... Pero
observo, niña, que te has vuelto muy moralista de algún tiempo a esta
parte. ¿Tratas de hacerle competencia al cura de la parroquia?
--Lo que trato es de que no seas murmurador. Si me quieres tanto como
dices, no debían ofenderte mis consejos.
--No me ofenden; todo lo contrario, los escucho siempre con gusto y los
sigo... cuando puedo. Ya conoces mi genio y sabes que no puedo menos de
hablar en broma. En fin, tiempo te queda para sermonearme a tu gusto,
¿verdad? No sólo tiempo sino espacio también. Puedes ir echándome
sermones desde Nieva hasta Madrid, después de Madrid hasta París, y
desde París a Milán, y desde Milán a Venecia, y después hasta Roma y
Nápoles, y otra vez de vuelta por Ginebra, Bruselas, París y Madrid
hasta casa. ¡Con qué gusto iré escuchando a un predicador tan monísimo
por todos esos países extranjeros! ¿Qué te parece el itinerario de
nuestro viaje?
--Bien.
--¡Bien, bien! Eso no es decir nada. ¡No parece sino que el asunto no te
interesa tanto como a mí! Yo no lo declaro definitivo mientras tú no
hagas en él las modificaciones que creas convenientes o lo varíes por
entero si te place. El mismo interés tengo en ir a París y Roma que a
Berlín o a Londres. ¡Figúrate lo que me importará, yendo contigo, viajar
por un lado o por otro!
--Lo que tú determines estará bien.
--Dejémonos de cuentos: ¿te gusta el viaje que te propongo, sí o no?
--Ya te he dicho que sí.
--Pero, hija, ¿qué tienes? En toda la noche no he podido hacerte sonreír
una vez siquiera, ni pronunciar más que las palabras estrictamente
necesarias. ¿A qué viene esa gravedad? ¿Estás enfadada conmigo?
--¿Por qué había de estarlo?
--Eso pregunto yo, ¿por qué? Lo cierto es que lo estás, pues de otro
modo no tiene explicación el tono displicente con que me respondes hace
rato.
--Es una suspicacia tuya. Te respondo como siempre.
Ricardo contempló en silencio a su novia, que separó la vista fijándola
en don Serapio.
--Podrá ser; pero no lo veo claro. Si realmente estuvieses enfadada,
harías mal en no decirme el motivo, para reparar mi falta, si por
ventura la hubiese cometido. La conciencia no me acusa de nada...
--Te digo que no estoy enfadada: ¡no seas pesado!
María pronunció estas palabras con evidente sequedad y sin apartar la
vista del cantante. Ricardo la contempló otra vez largamente.
--Bueno, bueno..., más vale así... Yo creía, sin embargo...
Ambos guardaron silencio buen espacio. Ricardo lo rompió diciendo:
--Cuando acabe don Serapio te van a hacer cantar a ti; estoy seguro...
Todos ganarán en ello menos yo...
--¿Pues?
--Por dos razones: la primera porque todo lo que gozo oyéndote cuando
estamos en familia, me disgusta cuando cantas en público; la segunda
porque vas a separarte de mí.
--No sé por qué te disgusta que cante en público. A mí es a quien
disgusta... y mucho. Lo de la separación es una tontería, porque estamos
juntos mucho más tiempo de lo que debiéramos.
--Es largo de explicar y difícil el porqué no me gusta que cantes en
público. Lo de la separación, aunque lo juzgues tontería, es la pura
verdad. Por más que estemos juntos algunas horas del día, aun me parece
poco. Quisiera que lo estuviésemos todas. En un hombre que se va a casar
dentro de mes y medio no creo que tenga mucho de particular este
deseo...
Y bajando la voz, con acento apasionado, añadió:
--Ni me sacio ni me saciaré jamás de estar a tu lado, vida mía. En los
años que llevo adorándote, ni un solo momento he sentido la sombra del
hastío. Cuando estoy cerca de ti pienso que ni en el cielo estaría tan
bien; cuando estoy lejos pienso que estaría mejor junto a ti. Esto es
una garantía de que nunca nos cansaremos el uno al lado del otro, ¿no es
verdad? Por mi parte te hago juramento de que si llegamos a viejos me
gustará más estar a tu lado que tomando el sol... ¡Qué vida tan dichosa
nos espera y cuánto tiempo hace que sueño con ella!... ¿Te acuerdas
cuando un día, en la huerta de casa, teniendo tú ocho años y yo diez,
mi pobre mamá nos hizo cogernos de la mano diciéndonos gravemente:
«¿Queréis ser marido y mujer?... Pues daos un beso y cuidado con
enfadarse más.» Desde entonces nunca pensé que podía casarme con otra
mujer más que contigo.
María no respondió a este fervoroso discurso. Siguió mirando con fijeza
extraña y como absorta en lejanos pensamientos al fabricante de
conservas.
--¿Sabes una cosa?
--¿Qué?
--Que han venido también los estuches con tus vestidos, pero aun no los
he abierto. Los dos tienen sobre la tapa tu cifra con corona de
marquesa. Aunque te rías, no dejaré de decirte que me dio un salto el
corazón al ver la corona. Me pareció que ya estábamos unidos, que no
había que esperar estos mortales cuarenta y cinco días. No sé lo que
daría por que hoy fuese el último de diciembre. Dime, feísima ¿no tienes
deseos de llamarte la marquesa de Peñalta, de ser mía, mía para siempre?
María se levantó del diván y con gesto desdeñoso, sin mirar a su novio,
repuso:
--Así, así.
Y fue a sentarse cerca de una de las infinitas señoritas de Ciudad.
Ricardo permaneció algunos instantes clavado a la butaca sin mover
siquiera un dedo. Después se levantó bruscamente y salió de la sala.
Don Serapio, al fin, terminó de llorar ausencias de su dama, asegurando
en una última fermata que, si tal estado de cosas se prolongaba, moriría
sin remisión. El pianista secundó este grito de dolor con una escala en
octavas estrepitosas. Sonó un largo palmoteo y se dirigieron al cantante
por parte de las damas sonrisas afectuosas de aprobación. La juventud de
las puertas, siempre bromista, se empeñó en hacerle repetir la romanza;
pero don Serapio tuvo bastante buen olfato para advertir que los
aplausos juveniles no eran de buena ley, y se negó a complacerla.
Entonces el pollo del pelo por la frente dirigió a la asamblea la
siguiente alocución:
--Señores, yo creo que ya es hora de que escuchemos a la gran artista...
Todos esperamos con impaciencia que María nos proporcione... uno de
esos momentos felices..., que otras veces nos ha proporcionado...,
¿verdad?
--Eso es: que cante María.
--Sí, cantará, porque es muy amable.
El orador fue a dar el brazo a la señorita de la casa y la trajo hasta
el piano.
Cuando María quedó sola y en pie frente a la tertulia, produjo como
siempre un estremecimiento de admiración: «¡Qué hermosa, qué
hermosa!--¡Esta chica cada día es más bonita!--¡Qué gusto exquisito
tiene para vestirse!--¡Parece una reina!» Estas y otras muchas frases
laudatorias fueron las que se dijeron al oído los tertulios de los
señores de Elorza.
Sin ser muy alta, tenía una estatura y porte majestuosos. Era delgada,
flexible y elegante como las bellas damas del Renacimiento que los
pintores italianos escogían para modelos. La línea de su cuello mórbido
y lustroso recordaba las estatuas griegas. Este cuello servía de sostén
a una cabeza rubia de rostro blanco, levemente sonrosado en las
mejillas, fino, correcto, transparente, con labios rojos y ojos azules.
Semejaba notablemente al de doña Gertrudis, pero tenía una expresión
persuasiva e insinuante que jamás había mostrado el de aquella
esclarecida señora, por más que otra cosa asegurase el poeta lírico de
los acrósticos. En torno de sus ojos claros y brillantes se observaba un
leve círculo morado que prestaba a su rostro cierta tintura poética.
--Ya verá usted, Suárez, qué modo de cantar tiene esta chica--dijo una
señora.
--Lo celebraré, porque este señor don Serapio me había descompuesto los
oídos para una temporada.
--¡Oh, María es una profesora!
--Lo que reconozco por ahora es que tiene una figura preciosa.
--¡Pues cuando usted la oiga!...
--Esa chica lo hace todo bien. ¡Si viera usted cómo dibuja!
--¿No tienen más hija que ésta los señores de Elorza?
--Y aquella otra niña que está sentada allí enfrente, que se llama
Marta. Ha de ser muy linda también.
--En efecto, es bonita..., pero no tiene expresión alguna. Es una
belleza vulgar, mientras que su hermana...
--Silencio, que ya empieza.
Guardose por la reunión un silencio que siempre había sido el ideal de
don Serapio, irrealizable como todos los ideales. María cantó varios
trozos de ópera que le fueron pidiendo, sin hacerse de rogar. Cuando
terminó, los aplausos fueron tan vivos y prolongados que la hicieron
ruborizarse.
Suárez manifestó a su tertulia de señoras que tenía una voz parecida a
la de la Nantier Didier y que con poco tiempo de Conservatorio podría
competir con las primeras contraltos.
Como cesaran las felicitaciones y las miradas de todos dejaron de estar
fijas sobre ella, una sombra de tristeza se esparció por el hermoso
semblante de María. Acercose a doña Gertrudis y le dijo al oído:
--Mamá, me duele muchísimo la cabeza.
--¡Ay, hija de mi alma, te compadezco! A mí se me está partiendo también
de dolor.
--Quisiera irme a acostar.
--Pues ve, hija mía, ve; yo diré que te has sentido un poco indispuesta.
--Adiós, mamaíta. Que pases buena noche.
María besó a su madre en la frente, y poco a poco, procurando no ser
notada, salió del salón por la puerta del comedor. Se detuvo en él a
beber un vaso de agua azucarada y quedó un instante inmóvil con la
mirada puesta en el vacío. La sombra de tristeza había obscurecido mucho
más su semblante.
Salió del comedor y atravesó un largo pasillo bastante obscuro. Al final
había una puerta de donde arrancaba una escalerilla interior. Apenas
hubo subido cuatro o cinco peldaños, se sintió cogida fuertemente por el
brazo y dejó escapar un grito de susto. Al volverse percibió con
dificultad el rostro pálido y angustiado de su novio.
--¡Ricardo! ¿Qué haces aquí?
--Vi que salías del comedor y te he seguido.
--¿Para qué?
--Para oír otra vez de tus labios la palabra infame que me has dicho en
el salón. ¿Crees, por ventura, que no vale la pena de repetirse? ¿Crees
que puedo renunciar a todo un pasado de amor, a todo un porvenir de
dicha, a todos los sueños gratos de mi vida sin llamarte infame, cien
veces infame, mil veces infame, ahora aquí entre los dos, después en
plena tertulia, después ante el mundo entero?... ¡Ven, ven,
miserable!... ¡Ven, a que te lo llame delante de todo el mundo!...
Y Ricardo, pálido y trémulo como el jugador que pone junto a una carta
las últimas monedas que le quedan, trataba de arrastrar a su novia hacia
la sala, sujetándola fuertemente por la muñeca.
María inclinó la cabeza y no dijo una palabra. Se dejó arrastrar sin
oponer resistencia, bajando los cuatro o cinco peldaños de la escalera.
Mas al llegar al pasillo, Ricardo sintió en la mejilla un beso cálido
que le hizo soltar su presa y retroceder con espanto. Inmediatamente los
brazos de María se anudaron a su cuello y sintió en los labios la
presión de otros labios.
--¡Ricardo mío, por Dios, no me martirices más!
Estas palabras, dichas al oído con acento apasionado, fueron acompañadas
de una nube de caricias. El joven la estrechó fuertemente contra su
pecho sin contestar, porque la emoción le tenía embargado. Cuando estuvo
un poco más sereno, le preguntó con voz débil:
--¿Me quieres?
--Con toda mi alma.
--¿No fue más que un instante de mal humor?
--Nada más.
--¡Oh, qué rato tan amargo me has hecho pasar! Por todo el oro del mundo
no lo pasaría otra vez.
--¿No quedas bien pagado, di?
--Sí, hermosa.
--Suelta. Me voy a acostar. ¡Tengo un dolor de cabeza tan fuerte!...
--Espera un poco... Déjame darte un beso en la frente... Ahora otro en
los ojos... Ahora otro en los labios... Ahora en las manos...
--Adiós.
--Adiós.
--Suelta, Ricardo, suelta...
El joven la tenía sujeta aún por las manos, riendo de felicidad. María
forcejeaba por desasirse, riendo también.
--Vamos, déjame marchar; no seas tonto.
--Porque no soy tonto no te dejo marchar.
--Mira que me duele la cabeza.
--Bien, pues te dejo.
--Hasta mañana. ¡Cuidado con bailar ahora!
--No tengas cuidado. Me voy a marchar en seguida. Hasta mañana.
María se escapó corriendo, Ricardo trató de alcanzarla otra vez saltando
por la obscura escalera; pero no pudo. La joven le dio las buenas noches
con una alegre carcajada desde arriba.
Al penetrar de nuevo en el salón, Ricardo sonreía como un
bienaventurado. El brillo de la araña le trastornó un poco y se apresuró
a sentarse.
El gabinete de María, al llegar a él su dueña, estaba sumido en las
tinieblas. Buscó a tientas las cerillas y encendió una lámpara de bomba
esmerilada. Estaba decorado con lujo y con un gusto que rara vez suele
verse en los pueblos secundarios. Los muebles vestidos de raso azul; las
cortinas y el papel de las paredes, del mismo color. En el hueco de dos
ventanas había un armario de caoba con espejo de cuerpo entero. El
tocador, abrumado bajo el peso de los frascos, arrimado a la pared
opuesta. La alfombra era blanca con flores azules. El esmero exquisito
con que todos los objetos se hallaban colocados en sus puestos, la
elegancia y coquetería de los muebles y el perfume delicado que al
entrar se percibía, bien claramente anunciaban el sexo y la calidad de
la persona que lo habitaba.
Cuando María dio luz a la lámpara se encontraron sus ojos con los de una
imagen del Redentor que ocupaba el centro de la mesa donde la luz ardía.
Era de madera primorosamente tallada y pintada y con cierta expresión
triste y apacible en el rostro que había sido la que moviera la joven a
comprarla. Al tropezar con la mirada dulce pero glacial de la imagen, se
apagó la sonrisa feliz que aun vagaba por sus labios, quedando inmóvil y
hondamente pensativa. Poco a poco y a influjo sin duda de las ideas que
la embargaron, su rostro perdió la expresión habitual y fue adquiriendo
otra dolorida y humilde como la de una Magdalena. En aquel momento los
acordes del piano subieron vibrando por la obscura escalera, señalando
los primeros compases de un insinuante rigodón. Dejose caer de rodillas
y dobló la cabeza. Al poco tiempo sollozaba. Sus labios se apretaron
convulsos contra los desnudos pies del Salvador murmurando palabras
ininteligibles.
Después de un largo rato alzó la cara bañada en lágrimas y exclamó con
acento de dolor:
--¡Jesús mío, cuánta traición, cuánta traición!... ¡Qué mal os pago el
amor que me tenéis!... ¡Castígame, Señor, para que pueda tener sosiego!
Levantose del suelo, tomó la lámpara en una mano y penetró en su alcoba.
Era pequeñita y tibia como un nido y estaba adornada con profusión de
estampas de Jesús y de la Virgen. El lecho, cubierto con pabellón de
gasa, blanco y risueño como el altar de un bautizo. Dejó la luz sobre la
mesa de noche y con semblante más tranquilo se desnudó en breves
instantes.
Después tomó una manta de viaje del ropero, se envolvió con ella, apagó
la lámpara, hizo repetidas veces la señal de la cruz sobre la frente,
sobre la boca y sobre el pecho, y se acostó en el suelo. El blanco lecho
cubierto de seda y batista, tierno y perfumado y henchido de sensuales
caricias, la estuvo reclamando en vano toda la noche. Así permaneció
extendida sobre el pavimento hasta que la luz del día rayaba.
III
LA NOVENA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Rayaba apenas el día cuando nuestra joven se levantó bruscamente del
suelo. Quedose inmóvil un instante con el oído atento; pero no percibió
el sonido de las campanas de San Felipe, que creyó escuchar en sueños.
Se había equivocado; todavía no eran las seis. Encendió la lámpara, y
saliendo al gabinete se puso a orar humildemente postrada frente a la
imagen de Jesús. Como no tenía puesta más que una fina camisa de
batista, el frío la traspasó en seguida y empezó a tiritar; pero no
quiso dejarse vencer y siguió orando hasta que sus dientes chocaron
fuertemente unos contra otros. Sólo entonces se decidió a dejar la
postura que había tomado y vestirse. Después abrió las cuatro ventanas
del gabinete y apagó la luz.
Una escasísima claridad triste y fría invadió la habitación de la
señorita de Elorza, prestando a los muebles un aspecto lúgubre que
estaban lejos de tener ordinariamente. El frío de la mañana los
penetraba también como a su dueño; yacían silenciosos y melancólicos,
esperando, sin duda, que los rayos del sol mostraran su belleza y
esplendor. Sólo en tal sitio que otro, al caer la luz sobre el barniz,
producía un blanco reflejo que semejaba al ojo vidrioso y opaco de un
moribundo. El gabinete se hallaba en una especie de torreón cuadrado que
la casa tenía por la parte de atrás en uno de sus ángulos. Levantaba por
encima de ella algunas varas y recibía luz por los cuatro lienzos de sus
paredes. La torre no contenía más que dos habitaciones: la de María,
compuesta de gabinete y alcoba, y la de su doncella Genoveva, que
constaba de un solo cuarto. Eran las habitaciones más frías, pero
también las más alegres de la casa. Las pocas veces que el sol se
dignaba salir en Nieva, iba derecho a alojarse en ellas; las invadía sin
miramientos como un huésped soberano, y se pasaba el día en su interior
reflejándose en los espejos, matizando el raso de las sillas,
estropeando el charol de los armarios y regalándose, en fin, de mil
diversas formas. Todo esto, por supuesto, si Genoveva no había tenido la
precaución de echar las cortinas a tiempo. Eran también las más
silenciosas. Los ruidos de la casa no llegaban hasta ellas, y los de
fuera, por la situación que ocupaban, era imposible que las turbaran.
Solamente el viento, que casi nunca dejaba de soplar fuerte en la torre,
producía ruidos extraños, sobre todo por la noche, suspirando unas
veces, riñendo otras y lamentándose constantemente de que le tuviesen
herméticamente cerradas las ventanas. Durante el día, ni se lamentaba ni
reñía, contentándose con zumbar perpetuamente, pero con mucha
discreción, como los caracoles de mar cuando se acercan al oído.
María se acercó rebujada en su chal y tiritando aún a una de las
ventanas que daban a la huerta, cuyas tapias lindaban con el muelle.
Desde aquella ventana se oteaba la ría entera de Nieva hasta El Moral,
que era el sitio por donde comunicaba con el mar. No mediría más de una
legua de largo; el ancho variaba extremadamente, según se la viese en
baja o pleamar, en mareas vivas o muertas. Cuando las grandes mareas
alcanzaría hasta media legua, lamiendo las faldas de las colinas
cubiertas de pinos que a uno y otro lado cerraban la cuenca. En la hora
de bajamar el agua se retiraba por completo, dejando apenas un hilo
estrecho y retorcido que corría por el centro. Entre las colinas
limítrofes y este canal quedaba por ambas orillas una extensa superficie
gris de limo suelto, salpicado de charcos de agua donde los pilluelos
del muelle gustaban de hundirse y revolcarse hasta que se embadurnaban
asquerosamente para ir luego a lavarse arrojándose de cabeza en el
canal. Por encima de las tapias de la huerta asomaban los palos de
algunos barcos, que no llegarían a una docena, anclados en el muelle,
los más de ellos pataches y quechemarines de escasísimo porte.
La joven contempló un instante el cielo, que se mostraba todavía
profundamente obscuro hacia el poniente, borrando y confundiendo el
perfil de los montes lejanos. Después fue a tomar un libro que tenía en
la mesa de noche de su cuarto y vino hacia la ventana a ver si podía
leer. Aun no había suficiente claridad. Posó el libro sobre una silla y
se acercó de nuevo a la ventana, apoyando la frente sobre los cristales.
El cielo iba agrandando sus claraboyas por la parte de El Moral sin
infundir vida ni alegría sobre la tierra. La luz creciente no servía más
que para esclarecer su semblante hosco. Se preparaba un día desapacible,
como los que acostumbran a disfrutar los habitantes de Nieva la mayor
parte del año.
El gabinete se iba iluminando lentamente; los primorosos muebles y
objetos que lo adornaban salían de la obscuridad graciosos, esbeltos y
risueños como las bailarinas de las óperas cuando a un golpe de la
orquesta se despojan del manto que las transformaba en espectros. Pero
la luz no sonreía; cada vez se mostraba más triste y severa. Por delante
de las grandes nubes de un color violeta obscuro que se amontonaban allá
en el horizonte sobre las cuatro o cinco casas de El Moral cruzaban
velozmente otras pequeñas y blancas como jirones arrancados de una gasa;
signo cierto de borrasca.
María sintió de pronto vibrar el cristal en que se apoyaba. Una ráfaga
de aire y de lluvia había azotado con fuerza la ventana. Se apartó un
poco hacia atrás y vio llorar a todos los cristales a la vez. Por algún
tiempo se entretuvo en seguir con la vista el camino más o menos rápido
y tortuoso que las gotas de agua seguían al bajar por la superficie
tersa del vidrio. El redoble intermitente de la lluvia le trajo a la
memoria las muchas tardes que había pasado cerca de aquella misma
ventana escuchándolo con un libro abierto en la mano. El libro era
siempre una novela. Más de cuatro meses anduvo solicitando de sus padres
que la dejasen habitar el gabinete de la torre, con objeto de entregarse
de lleno, y sin temor de que nadie la molestase, a su recreo favorito.
Pero don Mariano temía concederle este permiso porque los cuartos de la
torre eran fríos y la salud de la niña delicada. Al fin, rendido por sus
ruegos y halagos, consintió en ello, después de haber tapizado las
habitaciones esmeradamente y con la condición de que Genoveva durmiese
cerca de ella.