--Señora, yo creo..., ejem..., que esa enfermedad obedece a

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MARTA Y MARÍA

NOVELA DE COSTUMBRES

ORIGINAL DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

ÍNDICE

PRÓLOGO Pág. 5

ACLARACIÓN 7

I.--Desde la calle 9

II.--El sarao de los señores de Elorza 17

III.--La novena del Sagrado Corazón de Jesús 39

IV.--De cómo el marqués de Peñalta fue convertido en duque de Turingia 59

V.--Camino de perfección 78

VI.--En busca del Menino 94

VII.--El alma y el esposo 111

VIII.--Como ustedes gusten 123

IX.--Excursión al Moral y a la Isla 136

X.--Sigue la excursión 150

XI.--¡Caso extraño! 167

XII.--Antecedentes 177

XIII.--En que se narran los trabajos de una virgen cristiana 194

XIV.--Pálida mors 213

XV.--Gocémonos, amado 230

XVI.--El sueño del marqués de Peñalta 245

PRÓLOGO

No está fundado el libro, que hoy tengo el honor de ofrecer al público,

sobre hechos usuales y corrientes, ni se narran en él sucesos que

estemos avezados a presenciar todos los días. Tal vez por ello se le

acuse de falso o inverosímil y se le juzgue como un producto de la

fantasía lejano de toda realidad. Me someto y resigno de antemano a

estas censuras, reservándome el derecho de protestar interiormente, ya

que no de público, contra la injusticia de tal acusación. Porque--lo he

de decir, aunque perezca mi gloria de inventor--todos los hechos

fundamentales de esta novela se han efectuado. El autor no hizo más que

relacionarlos y darles unidad.

Tengo la presunción de creer, por lo tanto, que aunque _Marta y María_

no sea una novela bella, es una novela realista. Sé que el

realismo--actualmente llamado naturalismo--tiene muchos adeptos

inconscientes, quienes suponen que sólo existe la verdad en los hechos

vulgares de la existencia y que sólo estos son los que deben ser

traducidos al arte. Por fortuna no es así. Fuera de los mercados, los

desvanes y las alcantarillas existe también la verdad. El mismo apóstol

del naturalismo, Emilio Zola, lo reconoce pintando escenas de acabada y

sublime poesía, que riñen ciertamente con sus exageradas teorías

estéticas.

_ACLARACIÓN_

_No he querido en la presente obra herir al misticismo verdadero ni

ridiculizar la vida contemplativa. Cervantes, el gran maestro de nuestra

literatura, tampoco quiso atacar al honor y al heroísmo en su inmortal_

Quijote. _Aunque yo piense que la esencia del Cristianismo es caridad y

por lo tanto vida activa, entiendo asimismo que sin una fe viva, esto

es, sin la unión mística y amorosa de nuestro espíritu con el Creador,

la misma caridad no puede beatificarnos. Pero existen y han existido

siempre seres que transportan la santidad del corazón a la fantasía, de

la vida a la quimera, como el ingenioso hidalgo transportaba el

heroísmo, y contra estos espíritus exaltados, imaginativos, en el fondo

vanidosos y egoístas, van las presentes páginas. Así como las aventuras

novelescas de los libros de caballerías enloquecían a los espíritus

débiles, ciertas exageraciones en que incurren los biógrafos de los

santos son extremadamente peligrosas para los temperamentos no bien

equilibrados. Sólo los corazones sencillos son gratos a Dios y a los

hombres. O niños o como niños, ha dicho el Salvador. En tal pensamiento

he pretendido inspirarme para escribir este libro. No obstante, como

algunas personas piadosas han creído ver en él menosprecio de la vida

contemplativa y burla de las gracias sobrenaturales que Dios ha operado

en algunas santas que la Iglesia venera, y como realmente al arrojar

piedras sobre el falso misticismo pude haber salpicado al verdadero,

cúmpleme declarar que si esto ha sucedido, lo deploro. No doy a ninguna

de las palabras contenidas en mi libro otra significación que la que

pueda acordarse con la fe cristiana y con las enseñanzas de la Iglesia

Católica, a las cuales me glorio de vivir sometido._

_A. P. V._

I

DESDE LA CALLE

Dentro del soportal la gente se estrujaba sin compasión: cada cual hacía

prodigios de habilidad para burlar la ley física de la impenetrabilidad

de los cuerpos, reduciendo el suyo a un volumen imaginario. La noche era

densa y oscura como pocas. Los pies de los curiosos se buscaban en las

tinieblas, y al encontrarse prodigábanse caricias harto expresivas. Los

codos de los unos, por secreto y fatal impulso, iban derechos a los ojos

de los otros. El sujeto pasivo de tales caricias llevaba inmediatamente

la mano al lugar del contacto, y solía exclamar ásperamente: «¡Bárbaro!

¡Ya podía usted...!» Pero un enérgico _chiis chiis_ de la muchedumbre le

obligaba a matar en flor su discurso. Y volvía a imperar el silencio. El

silencio era a la sazón la necesidad más apremiante que sentían los

vecinos de Nieva allí congregados. El menor ruido era considerado como

acto sedicioso y castigado inmediatamente con un _chicheo_ amenazador.

Estaban prohibidas las toses y los estornudos, y con penas más

aflictivas aún la risa y las conversaciones. Se sudaba muchísimo, aunque

la noche no era de las más templadas de otoño.

En los soportales de las casas de enfrente acaecía poco más o menos lo

mismo; pero en la calle había poca gente, porque estaba cayendo

pausadamente una agua menudísima que los vecinos de Nieva se habían

acostumbrado a no despreciar, pues a la postre, y a pesar de sus modos

blandos y sutiles, moja como cualquiera otra. Sólo unas cuantas personas

con paraguas y algunas otras que, no teniéndolo, se amparaban de su

filosofía permanecían a pie firme en medio del arroyo.

Los balcones de la casa de Elorza se hallaban entreabiertos, y por la

abertura salía una viva y regocijada claridad que tornaba aún más triste

la noche oscura y húmeda del exterior. También salían por intervalos

torrentes de notas armoniosas desprendidas de un piano.

La casa de Elorza era la primera de una calle estrecha y larga y

guarnecida por ambos lados de soportal, como casi todas las de la villa

de Nieva. Su fachada más importante miraba, pues, a esta calle; pero

tenía otra con balcones a la plaza del pueblo, que era amplia y hermosa

como la de una ciudad. Aunque la oscuridad no nos permite descubrir

exactamente el aspecto de la casa, se puede asegurar que es un edificio

de piedra labrada y de un solo piso, con espacioso soportal, cuya

arquería elegante y soberbia declara desde luego la jerarquía de sus

dueños. Este soportal, que bien merece los honores de pórtico, contrasta

notablemente con el de las casas que le siguen, bajo y estrecho, y

sostenido por pilares redondos y toscos sin ornamento alguno. También se

observa la misma diferencia en el piso, que en el soportal de que

hablamos es de losa bien aderezada, mientras los demás ofrecen solamente

un incómodo pavimento empedrado de guijarros. Sin osar, por tanto,

llamarla un palacio, no es aventurado afirmar que aquella mansión había

sido construida por una persona principal para su exclusivo uso y

regalo. La circunstancia de tener sólo un piso, bien claramente lo

decía. Exige la verdad que manifestemos asimismo que el arquitecto había

dado pruebas de buen gusto al trazar el plano del edificio, pues sus

proporciones no podían ser más elegantes y correctas. Pero lo que más

saltaba a la vista en él, sin duda alguna, era cierto bienestar amable y

aristocrático, exento de presunción que, aunque lograse inspirar

envidia, no despertaba ciertamente en el corazón de la plebe los odios y

rencores que excita siempre la opulencia soberbia.

El ceñudo firmamento dejaba caer sin cesar toda la ceniza húmeda y fría

de que estaban preñadas sus nubes. Las sombras envolvían y borraban los

contornos de la casa, amontonándose en lo interior de los arcos y en los

huecos de sus molduras de piedra; pero no intentaban siquiera acercarse

a la abertura luminosa y feliz de los balcones, que las rechazaba con

espanto. Miraban furtivamente el dorado paraíso de lo interior, y roídas

por la envidia descargaban su indignación acuosa sobre la cabeza de los

filósofos que escuchaban al descubierto.

El apiñado grupo de curiosos que se guarecía en los soportales de

enfrente no apartaba los ojos de aquellos balcones, mientras los que se

agrupaban debajo de los arcos de la casa, careciendo de tal recurso,

ateníanse exclusivamente a sus orejas, cuya capacidad receptiva

procuraban perfeccionar colocando la palma de la mano por detrás de su

pabellón y doblándolo un poquito hacia adelante. La oscuridad era grande

en ambos soportales, porque los faroles del municipio despedían sus

pálidos rayos a respetable distancia. Sólo servían para esclarecer en

apartados parajes de la plaza un círculo bastante reducido, produciendo

reflejos tristes sobre las piedras mojadas del suelo. Entre las sombras

brillaba de vez en cuando el fuego de un cigarro, que con su lumbre roja

iluminaba un instante los bigotes del fumador. Allá a lo lejos, en la

esquina, aún permanecía abierta una tienda de quincalla; mas podía verse

la sombra del dueño cruzar con frecuencia por delante de la puerta

arreglando ya sus cosas para cerrarla. En el piso principal de la misma

casa, los balcones se hallaban abiertos de par en par. Por ellos salían

voces, risas desentonadas y chasquidos de bolas de billar, que

afortunadamente llegaban muy debilitados al soportal. Era el café de la

Estrella, concurrido hasta las altas horas de la noche por una docena de

indefectibles parroquianos. Reinaba, pues, silencio, aunque no podía

evitarse el zumbido particular que origina la aglomeración de gente en

un sitio, producido por el roce de los pies, el movimiento de los

cuerpos, y sobre todo por las frases reprimidas que en tono de falsete

dejaban caer los unos en los oídos de los otros.

El piano, en el momento de dar comienzo la presente historia, preludiaba

con sonidos vibrantes el _allegro_ apasionado de la _Traviata_ «_gran

Dio, morir si giovine_». Terminado el preludio, empezó un acompañamiento

suave y discreto. La ansiedad era grande. Al fin, sobre el

acompañamiento se alzó una voz clara y dulcísima que sonó en toda la

plaza como eco del cielo. Los dos grupos de curiosos se estremecieron

cual si hubiesen tocado con el dedo en el botón de una máquina

eléctrica, y un murmullo sordo de complacencia corrió por encima de

ellos.

--Es María--dijeron tres o cuatro, esperando que no les oyese más que el

cuello de la camisa.

--¡Ya era tiempo!--apuntó uno en voz algo más alta.

--Ésta sí que canta en la mano, ¡olé!, y no el otro bestia de la fábrica

de conservas--exclamó un tercero todavía más indiscreto.

--¡Tengan ustedes la bondad de callarse, señores, para que podamos

oír!--gritó una voz irritada.

--¡Que se calle ése!

--¡Fuera!

--¡Silencio!

--¡Chis, chiis, chiis!

--¡Siempre he dicho que no hay gente peor educada que la de este

pueblo!--volvió a exclamar la voz colérica.

--¡Cállese usted!

--¡No sea usted estúpido, hombre!

--¡Chis, chiis, chiis!

Al fin callaron todos y pudo oírse la fogosa melodía de Verdi,

interpretada con singular delicadeza. La voz femenina que salía por los

entreabiertos balcones rasgaba la atmósfera acuosa del exterior vibrando

con fuerza por el ámbito de la plaza y yendo a perderse en las

encrucijadas de la villa. La soledad y tristeza de la noche aumentaban

el poder y la extensión de aquella voz amable, ¡amable sobre todo

elogio! Para un inteligente de los que se sientan embozados en la

escalerilla del paraíso del Teatro Real, es posible que no fuese la

cantante un prodigio de maestría en el _atacar, filar y trinar_ las

notas; mas para los que no se ven atormentados por escrúpulos

filarmónicos, puede afirmarse que cantaba muy bien y que poseía

especialmente una voz hechicera, de timbre apasionado que llegaba hasta

lo profundo del alma.

Los curiosos de ambos soportales, lo mismo que los filósofos del arroyo,

daban pruebas inequívocas de hallarse conmovidos. La afición a la música

en los pueblos ofrece siempre un carácter más violento e impetuoso que

en las capitales. Quizá se deba a que en éstas anda prodigada en demasía

por iglesias, teatros y salones, mientras en aquéllos sólo alguna que

otra vez pueden gustarla. Nadie chistaba ni se movía un punto de su

sitio. Con la boca entreabierta y la mirada perdida seguían extáticos el

curso de aquella melodía desesperada en que Violeta se lamentaba de

morir después de haber penado tanto. Los más sensibles empezaban a

soltar lágrimas, recordando alguna aventura galante de su vida juvenil.

El cielo seguía dejando caer, inflexible, su depósito inagotable de

polvo líquido. Dos de los filósofos del arroyo se palparon la ropa,

sacudieron el sombrero y, lanzando una sorda imprecación a los

elementos, vinieron a refugiarse al soportal, produciendo al llegar leve

disturbio entre sus convecinos.

Algo alejados de ambos grupos y arrimados a una columna, se percibían no

muy distintamente tres bultos menudos, con los cuales necesitamos poner

al lector en relación por breves instantes. Uno de ellos sacó una

cerilla para encender el cigarro, y aparecieron tres rostros de catorce

o quince años, frescos, risueños y maliciosos que volvieron a borrarse

al morir el fósforo.

--Oye, Manolo--dijo uno apagando todo lo posible la voz--, ¿quién te ha

dado esa boquilla?

--Pues se la he _limpiado_ a mi hermano.

--¿Es de ámbar?

--De ámbar y espuma de mar: le ha costado tres duros en Madrid.

--¡Pobre de ti si llega a saber que has sido tú...!

--Calla, tonto. ¿Para qué está el criado en casa, sino para pagar estas

culpas?...

Un sujeto que estaba más cerca que los demás, les mandó callar

ásperamente. Los chiquillos obedecieron. Mas de pronto dijo Manolo con

voz apenas perceptible:

--Escuchad, muchachos. ¿Queréis que yo deshaga esto en un instante?

--¡Sí, Manolo; sí, Manolo!--repusieron precipitadamente los otros, que,

por lo visto, tenían gran confianza en las facultades destructoras de su

compañero.

--Pues vais a ver; estaos quietos ahí.

Y apartándose poco trecho de ellos se agazapó al lado de una puerta y

soltó tres chillidos descomunales, idénticos a los que lanzan los perros

cuando se les castiga. Un ladrido inmenso, furioso, universal, resonó

inmediatamente por los espacios. Los perros todos de la población,

unidos y compactos como un solo mastín, protestaban enérgicamente

contra la pena infligida a un semejante suyo. El canto de María se

perdió completamente dentro de aquel formidable ladrido. La multitud que

escuchaba experimentó dolorosa sacudida, se agitó tumultuosamente unos

instantes, lanzó exclamaciones incoherentes contra los malditos

animales, trató de imponerles silencio a gritos, y, por último, visto lo

inútil de sus esfuerzos, se resignó a esperar que cesasen. Los ladridos,

en efecto, se fueron extinguiendo paulatinamente, haciéndose cada vez

más raros y lejanos. Sólo el perro del comercio de quincalla, que

acababa de cerrarse, continuó algún tiempo ladrando con furia. Al fin

también éste cesó, aunque muy a disgusto. El canto de la moribunda

Violeta volvió a escucharse, puro y límpido como antes. Los oyentes

tornaron a reanudar las suaves emociones que les había producido, si

bien un poco inquietos y nerviosos, como si temiesen a cada instante

verse privados de aquel placer.

Manolo se acercó a sus compañeros ahogando la risa y fue recibido

también con risas y aplausos ahogados.

--Anda, Manolito, chilla otra vez.

--Esperad, esperad un poco; hace falta que estén descuidados.

Pasado un rato, Manolo se alejó de nuevo cautelosamente, y, rodeando el

grupo, fue a situarse en el extremo opuesto. Desde allí lanzó otros tres

lamentos como los anteriores, y el mismo ladrido atronador pobló el

espacio respondiendo a ellos. La muchedumbre se alborotó nuevamente,

pero con mucho mayor estrépito. Todos hablaban a un tiempo y lanzaban

furiosas exclamaciones.

--¡Esto es horrible!

--¡Vaya un concierto que nos están dando esos condenados de perros!

--¡El perro que chilla es el que tiene la culpa!

--¡Maldito!...

--¡Condenado!...

--¡Silencio, silencio, que ya se oye algo!

--¡Qué se ha de oír!... ¡Maldita sea mi suerte!

--¡Silencio, silencio!

--¡Chis, chiis, chiiiiis!

Los perros fueron callando uno en pos de otro cuando lo tuvieron por

oportuno, y poco a poco se fue restableciendo la calma. El cántico de

Violeta tornó a aparecer lleno de dulzura melancólica y de pasión. La

voz de María sollozaba de tal suerte al interpretarlo, que el corazón se

oprimía y las lágrimas brotaban en los ojos. Un solo perro, el del

comercio de quincalla, siguió ladrando con persistencia sumamente

incómoda, pues la voz de la cantante no acababa de llegar a los oídos

del público con la debida pureza. Un hombre con garrote en mano se

destacó del grupo, y expuesto a la intemperie, atravesó la plaza para

hacerle callar; mas el perro olió en seguida la caña y puso pies en

polvorosa. El hombre se metió otra vez en el soportal. Al fin reinaba

completo silencio en la plaza y los aficionados disfrutaban a su sabor

del concierto de los señores de Elorza.

¿Qué había sido de Manolo? Sus compañeros le aguardaban hacía rato para

tributarle los elogios a que se había hecho acreedor; pero no acababa de

aparecer.

El más pequeño preguntó, al fin, tímidamente, al otro:

--Di, ¿qué le harían si le cogiesen chillando?

--Pues nada: le administrarían un poco de jarabe de bastón.

El que había hecho la pregunta se estremeció levemente y guardó

silencio.

--Pero ¡ca!--continuó el otro--, no le han cogido, no. ¡Bueno es él para

dejarse atrapar!

En este momento Manolo lanzó dos gritos más rabiosos aún desde el

soportal de enfrente, y con la misma rabia contestaron ladrando los

perros de la vecindad. No es posible describir lo que entonces acaeció

en la muchedumbre de oyentes de uno y otro soportal. El tumulto que se

produjo fue en realidad imponente. Una porción de manos se agitaron en

la oscuridad esgrimiendo terribles bastones y paraguas. Y de ambos

grupos salió un coro de imprecaciones nada lisonjeras para la raza

canina. La confusión y el desorden se apoderaron de todas las cabezas.

Los pechos no respiraban más que venganza y exterminio.

--¡Matad a ese perro indecente!--gritó una voz dominando el tumulto.

--¡Sí, sí, rompedle el espinazo!--repuso otro buscando ya el género de

muerte más adecuado.

--¡Ese perro, ese perro!

--Pero ¿dónde está ese maldito?

--Buscadlo y rompedle el espinazo.

--Y si no se encuentra el perro, rompédselo al amo.

--¡Mala centella los mate a los dos!

El alboroto había subido de tal suerte y la gritería era tan

escandalosa, que algunos balcones de la vecindad dejaron escapar un

chirrido y se abrieron discretamente. Las cabezas investigadoras que por

ellos asomaron, no logrando enterarse de lo que ocurría y temiendo

resfriarse, se retiraron al instante. En la casa de Elorza se asomaron

tres o cuatro personas, que también se metieron velozmente, y ¡oh

dolor!, al retirarse cerraron tras sí los balcones.

--¡Ea, ya oímos lo que teníamos que oír!

--¿Han cerrado los balcones?

--Sí, señor, los han cerrado y han hecho perfectamente.

De aquella muchedumbre salió un suspiro apagado de fatiga y de rabia.

Hubo silencio durante un momento, como tributo rendido a sus esperanzas

muertas. Nadie se movía de su sitio. Al fin uno dijo en alta voz:

--Señores, buenas noches y divertirse. Me voy a la cama.

Este saludo les sacó de su estupor. Los grupos empezaron a disolverse

lentamente, no sin lanzar coléricas exclamaciones. Algunas personas se

alejaron caminando dentro de los soportales. Otras atravesaron la plaza

con los paraguas abiertos. Los menos, permanecieron en el mismo sitio

haciendo interminables comentarios sobre lo que acababa de ocurrir. Al

fin quedó una media docena de curiosos, que, fatigados de murmurar en

aquel paraje, se fueron a hacer lo mismo al café de la Estrella.

Mientras salvaban la distancia que mediaba entre el soportal y el café,

una voz irritada, la misma que había protestado contra la mala educación

de aquel pueblo, decía con más cólera aún:

--¡Siempre he dicho que no hay perros peor enseñados que los de esta

villa!

II

EL SARAO DE LOS SEÑORES DE ELORZA

--¡Qué lástima, Isidorito, que usted no hubiese estudiado para médico!

¡No sé por qué se me figura que habría de tener usted mucho ojo para las

enfermedades!

El joven se ruborizó de placer.

--Doña Gertrudis, me honra usted demasiado; no tengo otro mérito que el

de fijarme bien en lo que traigo entre manos, lo cual me parece de

absoluta necesidad en cualquier carrera a que uno se consagre.

--Tiene usted muchísima razón. Lo primero es fijarse en lo que se tiene

delante y no andar pensando en musarañas. Y si no, aplique usted el

cuento a don Máximo. No se le puede negar mucha sabiduría y buen deseo,

pero tiene la desgracia de no fijarse en nada de lo que le dicen, y por

eso no da casi nunca en el clavo. ¿Quiere usted decirme, Isidorito, cómo

es posible que acierte a curar un hombre que cuando el enfermo le está

contando lo que padece se pone a tajar un lápiz o a tocar el tambor con

los dedos? ¡Usted no sabe lo que yo he sufrido por su causa! ¡Que Dios

no le tome en cuenta el mal que me ha hecho! Mi marido le quiere

mucho... y yo también, no vaya usted a creer... En medio de todo es un

buen sujeto, y hace veinticuatro años que entra en casa; pero hay que

decir la verdad aunque cueste trabajo: el pobre señor tiene la desgracia

de no fijarse..., de no fijarse poco ni mucho.

--Exacto, exacto. Don Máximo carece, a mi juicio, de las dotes de

observación indispensables para el arte que ejercita. Quizá se sorprenda

usted de que califique de arte a la medicina en vez de ciencia: es una

opinión particular mía que estoy dispuesto a sostener contra cualquiera,

lo mismo en privado que en público. La medicina, a mi juicio, no es otra

cosa todavía que una profesión empírica, puramente empírica. Repito que

es una opinión particular y que, como tal, la expongo; pero abrigo la

confianza de que será muy pronto una verdad universalmente aceptada.

--La verdad es, Isidorito, que a mí no acaba de entenderme. Anteayer

pasé todo el día con un ruido en la cabeza, como si estuviese tocando

dentro de ella una banda de tambores. Al mismo tiempo esta rodilla

izquierda se me había inflamado de tal modo que no pude ir siquiera

desde mi cuarto al comedor. Le mandé recado a don Máximo, y hasta el

oscurecer no vino. Le digo a usted que pasé un día cruel, y que si no

hubiera sido por unos parches de sebo, que a medianoche me puso mi hija

Marta en las sienes, me hubiese muerto sin remedio, porque don Máximo no

tuvo por conveniente mandar encender luz siquiera para verme.

--Lo que usted indica corrobora más y más mi aserto. Vea usted cómo los

remedios caseros, administrados sin otro discernimiento que el que

comunica la rutina, por los resultados obtenidos en una larga serie de

casos, obran a veces sobre el organismo de modo más favorable que una

medicación científica. No acaece otro tanto en nuestra profesión,

señora, donde todos los casos que puedan ocurrir están de antemano

previstos por las leyes o por la jurisprudencia elevada a la categoría

de ley. No hay un solo litigio que no tenga ya su resolución adecuada en

los códigos civiles, ni puede cometerse absolutamente ningún delito o

falta que no esté comprendido en algún artículo del Código penal. Y para

que jamás pueda quedar nada al libre arbitrio de los tribunales (excepto

la interpretación _usual_), tenemos como derecho supletorio el canónico,

que es un abundante venero de reglas de conducta, aunque basadas todas

ellas principalmente en la equidad.

--Cierto, cierto, Isidorito. Los médicos no entienden absolutamente una

palabra. Si yo pudiese meter en frascos otra vez las medicinas que he

tomado, podía muy bien abrir botica. Ya ve usted que estoy como el

primer día... ¡Lo mismo que el primer día!..., sin adelantar un paso

siquiera... Dios me concede mucha resignación, que si no... Mire usted,

ayer estuve regularmente, pero lo que es hoy, por ser día de mi santo,

me encuentro fatal, fatal... Un desasosiego en todo el cuerpo..., un

hormigueo en las piernas..., un ruido en los oídos... Usted, que tiene

tanto talento, ¿no sabría lo que es este ruido en los oídos?

--Señora, yo creo..., ejem..., que esa enfermedad obedece a un estado

puramente nervioso... Las alteraciones nerviosas son tan variadas y

extrañas..., ejem..., que no es posible someterlas a principios fijos,

sino más bien conviene no sentar ninguna regla y estudiarlas en detalle,

o sea cada una de por sí.

Trabajo le costó, pero al fin salió del paso. Isidorito era un muchacho

macilento y encogido, con hondos y precoces surcos en las mejillas, de

pelo ralo y ojos saltones. Se le tenía por uno de los jóvenes más

formales o acaso el más formal de la villa y servía siempre de espejo a

los padres de familia para afear la conducta de sus hijos

calaveras:--«¿No ves a Isidorito qué bien se produce en sociedad, y con

qué aplomo habla sobre todas las cuestiones?»--«¡Ah, si tú fueses como

Isidorito, qué vejez tan dulce me harías pasar!»--«¡Vergüenza te había

de dar que Isidorito se hubiese hecho doctor hace ya cuatro años, y tú

no hayas logrado graduarte de licenciado todavía, zopenco!»

Doña Gertrudis, esposa del señor don Mariano de Elorza, dueño de la casa

en que nos hallamos, está sentada, o por mejor decir, recostada en un

sillón al lado de Isidorito. Aunque no pasaba de cuarenta y cinco años

de edad, representaba casi tantos como su marido, que frisaba ya en los

sesenta. En su rostro descaecido y marchito, sin embargo, no se habían

borrado aún enteramente los rasgos de una belleza excepcional, que había

dado mucho que decir allá por los años de 1846 al 48, y que le valiera

multitud de romances, sonetos y acrósticos de los más eminentes poetas

de la villa, insertos en un periódico semanal que entonces se publicaba

en Nieva con el título de _El Judío Errante_. Doña Gertrudis guardaba

con gran esmero una colección lujosamente encuadernada de _Judíos

Errantes_ y solía asegurar a los amigos que si el joven que firmaba sus

acrósticos con una V y tres estrellas no hubiese fallecido de una tisis

galopante, sería a la fecha el poeta a la moda, y que si otro muchacho,

llamado Ulpiano Menéndez, que se ocultaba bajo el seudónimo de _El Moro

de Venecia,_ no se hubiera marchado a América a hacer fortuna en el

comercio, sería por lo menos tanto como Zorrilla o Espronceda. Don

Mariano, su esposo, participaba de la misma convicción, aunque en otra

época, tanto el poeta lírico como el comerciante le habían causado

grandes desasosiegos y turbado no pocas veces la paz de sus relaciones

amorosas. Pero era hombre justificado y amigo de dar a cada uno lo suyo.

Doña Gertrudis estaba rebujada en una magnífica manta de felpa, y tenía

la cabeza cubierta con una cofia, por debajo de la cual enseñaba algunos

cabellos entre rubios y blancos. Su rostro era de singular blancura

mate, fino y correcto. Los ojos azules y sumamente tristes. Más que de

la enfermedad advertíanse en aquel rostro las huellas de la clausura.

--Me mata, me mata este ruido en los oídos. No puedo comer, no puedo

dormir, no puedo sosegar en ninguna parte.

--Juzgo que debiera usted permanecer en la cama.

--Es peor, Isidorito, es peor. En la cama no puedo prender los ojos.

Empiezo a dar vueltas como un molinillo y llega a producirme fiebre.

Estoy mucho más enferma de lo que se cree. Ya se verá cómo esto tiene

mal fin. Hoy me encuentro tan nerviosa, tan nerviosa... Tómeme usted el

pulso, Isidorito, y dígame usted si tengo fiebre.

Al sacar la mano enflaquecida y dársela al joven, don Mariano y don

Máximo, que charlaban animadamente en el hueco de un balcón, dirigieron

la vista hacia allí y sonrieron. Doña Gertrudis se ruborizó un poco y

volvió a ocultar su mano velozmente dentro de la manta.

--Ya tiene un nuevo médico de cámara su señora--apuntó don Máximo con

acento irónico.

--¡Bah, bah, bah!... ¿Con qué perro o gato de la villa habrá dejado mi

mujer de celebrar consulta? Estos días anda furiosa con usted y dice que

se va a morir sin que usted haga caso de ella. Yo la encuentro mejor que

nunca... Pero vamos a ver, don Máximo, ¿usted cree de buena fe que

podemos aceptar el trazado de Miramar?

--¿Y por qué no?

--¿No comprende usted que nos hundimos para siempre?

--Don Mariano, me parece que está usted obcecado. Lo que le importa a

Nieva es tener ferrocarril pronto, pronto, pronto.

--Lo que le importa a Nieva es tener ferrocarril bueno, bueno, bueno. El

trazado de Miramar sería nuestra ruina, porque nos acerca a Sarrió, que,

como usted sabe muy bien, tiene más importancia comercial y marítima que

nosotros. En pocos años nos tragaría como una pepita de cereza. Además

debe usted tener en cuenta que habiendo quince kilómetros desde el

empalme hasta Nieva y doce solamente a Sarrió, ninguna mercancía dejará

de preferir este punto para exportarse. Si a esto agrega usted que tarde

o temprano...

Un golpe violento de tos cortó la palabra a don Mariano. Era un hombre

grueso, alto, con barba y cabellos blancos; aquélla muy crecida. Sus

ojos negros brillaban como los de un joven, y en sus mejillas sonrosadas

el tiempo no había conseguido labrar profundos surcos. Sin duda había

sido uno de los jóvenes más gallardos de su época. Tal como ahora le

hallamos, todavía llamaba la atención por su fisonomía simpática y

venerable, y por su figura atlética. Con la violencia de la tos, su

temperamento sanguíneo experimentó una fuerte sacudida: el rostro se

coloreó excesivamente. Cuando hubo cesado, tornó a coger el hilo del

discurso.

--Si a esto agrega usted que tarde o temprano tendremos un buen puerto,

ya sea en El Moral o en el mismo Nieva, porque la guerra no ha de durar

eternamente ni el Gobierno ha de dejarnos reducidos siempre a la

condición de parias, ya verá usted qué vuelo toma en un instante el

comercio de la villa y qué pronto le hacemos sombra a Sarrió.

--Bien, bien: convengo en que el trazado de Sotolongo ofrece algunas

ventajas; pero usted bien sabe que por ahora ni en mucho tiempo no hay

que soñar con él, mientras que el de Miramar lo tenemos en la mano. El

Gobierno está profundamente interesado en ello, porque no hay otro medio

de proteger nuestra fábrica de armas. Ya comprende usted que si los

carlistas llegasen a romper la línea de Somosierra, entrarían aquí como

Pedro por su casa, tomarían las armas que les pareciera, inutilizarían

la fábrica y podrían marcharse por el valle de Cañedo sin peligro

alguno. Por ahora no hay cuidado que rompan la línea, ya lo sé, pero

¿quién puede asegurar lo que sucederá con el tiempo? Además, ¿no puede

llegar un día en que el mismo elemento carlista que aquí tenemos levante

la cabeza? Pues si hubiese ferrocarril, cualquiera que él fuese, nada

más fácil que poner aquí en dos horas cuatro o cinco mil hombres...

--En primer lugar, don Máximo, un ferrocarril militar, como usted mismo

confiesa que es el de Miramar, no es el que tenemos derecho a exigir de

la Nación. Necesitamos un ferrocarril verdadero y adecuado para el

fomento de nuestros intereses y que no sirva únicamente para proteger

una fábrica. Hágase usted cargo de que es obra para siempre y que, si

desde su origen adolece de un vicio grave, este vicio pesará eternamente

sobre nuestra villa. En segundo lugar, los carlistas no pasarán jamás de

Somosierra. En cuanto a que aquí levanten la cabeza, demasiado comprende

usted que no es posible, porque cuentan con muy pocos elementos..., y

eso que bien lo trabajan.

--¡Ya lo creo que lo trabajan! Hay que estar prevenidos... y no

dormirse... Y en último resultado, más vale pájaro en mano... Pero

dígame usted, don Mariano, hablando de otra cosa, ¿han terminado ya de

arreglar las cocheras?

Don Mariano, antes de responder, se palpó con aire distraído todos los

bolsillos de la ropa, y no hallando lo que buscaba, dirigió la vista

hacia un rincón de la sala.

--Martita, ven acá.

Una niña que estaba sentada en el extremo de un diván, sin hablar con

nadie, llegó corriendo. Podría tener trece o catorce años, pero estaban

ya bien señaladas en ella las formas de la mujer: vestía de corto, sin

embargo. Era blanca, con ojos y cabellos negros, mas su semblante no

ofrecía la expresión provocativa que suele tener esta clase de rostros.

Las facciones no podían ser más correctas ni el conjunto más armonioso.

Faltaba a aquella belleza, no obstante, un soplo de vida que la animase.

Era lo que se llama vulgarmente un rostro parado.

--Oye, hija mía; ve a mi cuarto, abre el segundo cajón de la izquierda

de la mesa de escribir y tráeme la petaca.

La niña se alejó presurosa y no tardó en volver con ella.

--Vamos a fumar al comedor--dijo don Mariano tomando a don Máximo del

brazo.

Y ambos salieron del salón por una de las puertas laterales.

Marta volvió a sentarse otra vez en el mismo sitio. Las señoras que se

hallaban cerca estaban empeñadas en una conversación animadísima en la

cual ella no tomaba parte. Quedose, pues, sentada, paseando su mirada

indiferente de una a otra parte de la sala, deteniéndola ahora en un

grupo, ahora en otro de circunstantes y fijándola más particularmente en

el pianista que _ejecutaba_ a la sazón la sinfonía de _Semíramis_.

Pocas veces había presentado el salón de los señores de Elorza aspecto

tan brillante. Todos sus divanes de damasco floreado estaban ocupados

por señoras ricamente ataviadas, con los brazos y el pecho al aire. La

araña de cristal que colgaba en el centro despedía hermosos cambiantes

de luz que iban a caer sobre su tersa piel produciendo visos nacarados.

Los espejos reflejaban de uno y otro lado aquellos pechos hasta el

infinito. El severo papel verde botella del salón realzaba su blancura.

Marta tenía frente a sí a las señoras de Delgado; tres hermanas, una

viuda y dos solteras. Todas pasaban de los cuarenta. Las solteras no

fiaban de su juventud, pero tenían absoluta confianza en el poder de sus

espaldas lustrosas y en sus brazos redondos y crasos. Cerca de ellas

estaba la señorita de Morí, carirredonda, vivaracha, de ojos negros

maliciosos, huérfana y rica. Un poco más allá la señora de Ciudad,

dormitando sosegadamente hasta que llegaba la hora de recoger a las seis

hijas que tenía diseminadas por los distintos parajes de la sala. Allá,

en un rincón, su hermana María charlaba íntimamente con un joven. Los

ojos de la niña rodaban de un sitio a otro lentamente. La música le

interesaba poco. Parecía estar segura de no ser observada por nadie, y

su rostro tenía la expresión glacial e indiferente del que se encuentra

solo en su cuarto.

Los caballeros, con levita negra correctamente abrochada, se arrimaban

lánguidamente a las puertas del gabinete y del comedor, lanzando desde

allí miradas persistentes a los brazos y los pechos que ocupaban los

divanes. Otros se mantenían en pie detrás del piano, esperando que un

compás de silencio les diese tiempo para expresar por medio de

exclamaciones reprimidas la admiración que rebosaba de su alma. Sólo muy

pocos, bien quistos de la suerte, habían logrado que alguna señora

refrenase con la mano, en obsequio suyo, el vuelo exuberante de sus

faldas de seda y les hiciese un lugarcito a su lado. Orgullosos de tal

prerrogativa, manoteaban sin cesar y derrochaban su ingenio para

entretener a la magnánima señora y a las tres o cuatro amigas que

tomaban parte en la conversación. El torrente de fusas y semifusas que

salía del piano colocado en un ángulo del salón llenaba su recinto y

apagaba enteramente el cuchicheo de las conversaciones. A veces, sin

embargo, cuando los dedos del pianista herían suavemente las teclas en

algún pasaje, se oía el ruido áspero de los abanicos al abrirse y

cerrarse y sobre el murmullo tenue y confuso de los imprudentes que

charlaban se percibía súbito una palabra o una frase entera que hacía

volver con disgusto la cabeza de los que formaban detrás del piano. El

calor era grande, a pesar de hallarse entreabiertos los balcones. La

atmósfera, sofocante y cargada de un desagradable olor, mezcla del

perfume de pomadas y esencias con los efluvios de los cuerpos que ya

transpiraban. En esta mixtura de olores predominaba el aroma acre de los

polvos de arroz.

Doña Gertrudis, según costumbre cotidiana, se había dormido

profundamente en la butaca. Tenía fuero de enferma y nadie se lo tomaba

a mal. Isidorito levantose silenciosamente y fue a arrimarse a la puerta

del gabinete. Desde aquella posición inexpugnable comenzó a lanzar

miradas abrasadoras, largas y profundas sobre la señorita de Morí, que

recibió los fuegos de la batería con una calma heroica. Isidorito había

amado a la señorita de Morí desde que tuvo conocimiento de lo que eran

dotes y bienes parafernales, asombrando después por su fidelidad a toda

la villa. Aquella pasión había hecho presa de tal suerte en su alma, que

jamás se le vio cruzar la palabra ni dirigir una mirada incendiaria a

otra mujer que no fuese la citada señorita.

Pero Isidorito, contra lo que pudiera creerse dados sus vastos

conocimientos jurídicos y su formalidad no menos vasta, experimentaba

una leve contrariedad en sus amores. La señorita de Morí tenía por

costumbre prodigar sonrisas amables a todo el mundo, derrochar miradas

largas y apasionadas con todos los jóvenes de la población; con todos...

menos con Isidorito. Esta conducta inexplicable no dejaba de causarle

algunas inquietudes, obligándole a meditar frecuentemente sobre la

sabiduría de los legisladores romanos que jamás quisieron otorgar

capacidad jurídica a la mujer. Había sido nombrado recientemente fiscal

municipal del distrito, lo cual, al constituirle en autoridad, le daba

gran prestigio entre sus convecinos. Pues bien, la señorita de Morí,

lejos de dejarse fascinar por la nueva posición de su apasionado,

pareció encontrar ridículo tal nombramiento, a juzgar por el empeño con

que desde entonces trató de evitar toda comunicación visual con él. Pero

nuestro joven no se dejó abatir por estas nubecillas tan frecuentes

entre enamorados y continuó bloqueando, unas veces por medio de pláticas

eruditas y otras con actitudes lánguidas y románticas, la carita redonda

y los tres mil duros de renta de la inquieta damisela.

Al lado de Marta cierto joven ingeniero que acababa de llegar de Madrid

convertía en un edén con su charla insinuante y graciosa la tertulia que

se había formado para escucharle. Era una tertulia o _petit comité_,

como lo llamaba el ingeniero, compuesta exclusivamente de damas, donde

el núcleo estaba constituido por tres señoritas de Ciudad.

--Eso no es más que una galantería de usted, Suárez--dijo una señora.

--¡Ya se ve!--repitieron varias.

--Es la pura verdad, y cualquiera que haya vivido allí algún tiempo lo

podrá decir. En Madrid no hay términos medios: o las mujeres son

totalmente hermosas o totalmente feas. No hay el conjunto de rostros

agradables y simpáticos que aquí veo. Porque no les extrañará a ustedes

que les diga que el número de feas es allí mucho mayor que el de

hermosas.

--¡Bah! ¡bah! En Madrid es donde se encuentran las mujeres más bonitas

y, sobre todo, más elegantes.

--Eso ya es otra cosa: elegantes, sí; pero bonitas, no paso por ello.

--Pues aunque usted no pase.

--Señoras, hay una razón para que ustedes sean más bonitas que las

madrileñas: es una razón que pueden apreciar mejor los que, como yo, se

han dedicado a las bellas artes. Aquí hay el color y la forma, que allí

no existen. Esta noche, afortunadamente, tengo ocasión de observarlo y

de establecer comparaciones que resultan muy favorables para ustedes.

Ahora que nos permiten contemplar lo que ordinariamente cubren con tal

cuidado, puedo asegurar que ustedes tienen forma de mujer, la forma que

tanto admiramos en las estatuas griegas y en las pinturas flamencas,

mórbida, blanca, transparente, mientras que al entrar en un salón de

Madrid no se tropieza más que con esqueletos en traje de baile...

Las señoras rieron, tapándose la cara con los abanicos.

--¡Qué lengua, qué lengua tiene usted, Suárez!

--No me sirve más que para decir lo que es cierto. Las niñas de Madrid

me hacen el efecto de sombras chinescas. En ustedes encuentro seres

visibles, palpables... y hasta confortables.

Marta observó que la bujía de un candelabro se estaba concluyendo y que

iba a hacer estallar la arandela de cristal. Se levantó y fue a apagarla

con un soplo. Después, al sentarse nuevamente, lo hizo en sitio

distinto.

El pianista terminó sin novedad su sinfonía. Las conversaciones cesaron

de golpe. Algunos batieron las palmas y otros dijeron: «¡Muy bien, muy

bien!» Ninguno le había escuchado. El pianista se creyó indemnizado de

sus fatigas, y asomando la cara ruborosa por encima del piano, dio las

gracias a la sociedad con sonrisa triunfal. Un joven que traía el pelo

sobre la frente al estilo de los elegantes de Madrid aprovechó este

momento de felicidad para obligarle a tocar un vals-polca.

Desde los primeros acordes se pudo notar extraordinaria agitación en la

juventud de las puertas, que se enervaba a ojos vistas por la falta de

ejercicio. Algunos empezaron a meterse los guantes apresuradamente;

otros se aliñaron los cabellos con la mano y apretaron el nudo de la

corbata. Uno preguntó con voz alterada:

--Es mazurca, ¿verdad?

--No; es vals-polca.

--¿Cómo vals-polca?

--¿No lo estás oyendo?

--¡Ah, sí, es verdad! ¡Pues, señor, ese bruto del piano se empeña en que

yo no baile con Rosario esta noche!

Todos parecían inquietos y nerviosos como si fuesen a entrar en fuego.

Los más atrevidos salieron con paso rápido al medio de la sala y se

acercaron a las jóvenes, disimulando su emoción con una sonrisa

petulante. Cuando la señorita invitada se levantaba para apoyarse en su

brazo, empezaban a sentirse dueños de sí mismos. Otros menos osados

daban tres o cuatro chupadas intensas al cigarro, despidiendo el humo

hacia el pasillo, y, después de arrojar la punta, se dirigían

pausadamente hacia alguna joven de las menos agraciadas, que les pagaba

su atención con una sonrisa henchida de promesas amables. Los más

cobardes forcejeaban con los guantes buen rato y concluían por rogar a

algún señor grave que les abrochase los botones. Terminada la operación

y al disponerse a bailar, se encontraban con que no había ninguna

muchacha sentada. Entonces se resignaban a bailar con alguna mamá.

Una en pos de otra, todas las parejas rompieron el baile. Marta

permaneció sentada. Dos o tres pollastres habían venido muy almibarados

y dándose aires de protección a invitarla, pero les contestó que no

sabía bailar. El motivo verdadero de la negativa era que a su padre no

le gustaba que empezase tan niña a figurar en sociedad. Quedose, pues,

mirando atentamente cómo daban vueltas los demás. Sus grandes ojos

negros se iban posando con plácida expresión sobre cada una de las

parejas que por delante de ella cruzaban. Algunas le interesaban más que

otras, y las seguía con la vista. Las actitudes, los movimientos y la

traza de ellas eran tan distintos que ofrecían estudio curioso. Un joven

largo y delgado doblaba cuanto podía el espinazo para abrazar a una

señorita diminuta que se empinaba sobre la punta de los pies. Una dama

ajamonada y obesa se apoyaba lánguidamente sobre el hombro de un

muchacho, embadurnándole la levita con el _blanco cera de Circasia_.

Algunos, como Isidorito, no llevaban compás de ninguna clase, y pisaban

con frecuencia a sus parejas, que concluían por declararse fatigadas y

pedir tregua. Otros lo marcaban con fuertes taconazos, estropeando la

alfombra. A éstos les miraba Marta con cierta mala voluntad de ama de

casa. Al cabo de un rato los rostros empezaron a reflejar el cansancio,

poniéndose rojos o pálidos, según el temperamento de cada uno. Con la

boca entreabierta, las mejillas inflamadas y la frente cubierta de

sudor, no ofrecían otra expresión que la de la estupidez más cumplida.

En un principio habían sonreído y hasta habían dejado escapar de sus

labios alguna palabra galante; pero muy pronto cesaron las galanterías y

se apagó la sonrisa. Todos concluyeron por brincar graves y silenciosos,

como si una mano invisible descargase latigazos sobre ellos para que lo

hiciesen. Marta cerraba de vez en cuando los ojos, y de esta suerte

evitaba el mareo que empezaba a acometerle.

Al fin dejó de sonar el piano repentinamente. Las parejas, en virtud del

impulso adquirido, dieron otros tres o cuatro saltos sin música, lo cual

hizo sonreír a Marta. Antes de sentarse, las muchachas pasearon unos

momentos por el salón de bracero con sus galanes, anudando alguna rota e

interesante plática. El pianista recibía las gracias efusivas del

pollastre del pelo por la frente. Al cabo, las damas fueron sentándose

en sus respectivos sitios, y los galanes se replegaron de nuevo hacia

las puertas, limpiándose el sudor con el pañuelo. Los que habían bailado

con las bellezas de la sala tenían la cara resplandeciente de felicidad

y acogían, sonriendo, las bromitas de sus amigos, mientras los que

habían apechugado con las feas, un tanto mohínos, ponían por las nubes

la destreza en el baile de sus parejas.

El joven del pelo por la frente inició la idea de que cantase don

Serapio, y recorrió los diversos grupos del salón haciendo propaganda

instantánea y satisfactoria de tan feliz pensamiento.

--Sí, sí, que cante don Serapio.

--Que cante don Serapio, que cante don Serapio.

--¡Señores, por Dios! Estoy sumamente acatarrado.

--Mil gracias, señoras, mil gracias. Quisiera poseer en este momento la

voz de un ángel, porque los ángeles sólo deben escuchar a los ángeles.

El piropo produjo excelente efecto en la parte femenina del salón. La

parte masculina lo recibió con sonrisas burlonas.

--Siempre hemos tenido gusto en escucharle; ya lo sabe usted.

--Porque siempre va unida a la belleza la bondad. Los rostros son espejo

de las almas, suelen decir, y si esto es cierto, ¿cómo no han de ser

ustedes benévolas conmigo?

El segundo piropo fue recibido también con risas de complacencia por las

señoras. Los hombres continuaron sonriendo malignamente.

--A cantar, a cantar, don Serapio.

--¡Pero si no tengo nada ensayado!... No sé cómo arreglarme para

corresponder a tanta bondad... Además, estoy ronco.

Don Serapio se hizo de rogar todavía algún tiempo. Por último se fue

acercando al piano rodeado de señoras, a quienes dirigía sonrisas y

palabras llenas de almíbar, y terminó por sacar disimuladamente un rollo

de papeles de música que traía en el bolsillo interior de la levita. El

pianista se hizo cargo al instante de la maniobra, y le ayudó,

quitándoselo rápidamente de la mano.

--Don Serapio, va usted a cantar..., va usted a cantar... la romanza

_Lontano a te_--dijo, desplegándola sobre el atril.

--¡Oh, por Dios! Es demasiado sentimental, y estas señoras no están

ahora por el romanticismo...

--Al contrario, don Serapio--exclamó una de las señoritas de Delgado--,

las mujeres, en esta época de interés y de cálculo, somos las que

debemos rendir culto al sentimiento y al corazón.

--¡Siempre tan linda como discreta!--manifestó el cantante inclinándose

hasta el suelo.

Marta y María: novela de costumbres · 第 1 / 21 段