El maestro Raimundico había leído no pocos periódicos y algunos libros,
iniciándose en varias ciencias morales y políticas, y sobre todo en una
novísima, que las comprende casi todas, y que se llama Sociología. Mas
no por eso presumía de orador, de sabio o de hombre de consejos. Su
orgullo se cifraba en ser hombre de acción y completamente práctico. No
aseguraré yo que él hubiese leído los _Ensayos_ de Lord Macaulay, aunque
me parece que hay de ellos versión castellana; pero, si no los había
leído, su mérito era mayor, pues coincidía con el positivista noble Lord
en uno de sus más singulares pensamientos. Séneca había compuesto un
elocuentísimo discurso contra la ira, lo cual de nada sirvió, ya que no
se sabe de sujeto alguno que haya dejado de ponerse iracundo y de hacer
mil barbaridades, convencido y corregido por los razonamientos de
Séneca. Y como no se sabe que nadie haya ido con zapatos sin que los
haya hecho algún zapatero, así el Lord como el maestro Raimundico
inferían, con juiciosa dialéctica, que es más útil que Séneca, en toda
sociedad humana, el más humilde de los zapateros. El maestro Raimundico,
por consiguiente, como era o había sido zapatero y como nunca había sido
humilde, se estimaba en mucho más que Séneca, sobre todo en lo tocante a
utilidad y arte de la vida.
Despreciaba o aparentaba despreciar la oratoria; pero, sin darse cuenta
de ello, y dejándose arrebatar de sus convicciones, echaba amenudo
discursos, si bien, más que floridos, enérgicos y breves.
Veamos ahora lo que dijo a Currito el Guapo, hallándose presentes las
demás personas que hemos enumerado:
--Tu modo de proceder, amigo Currito, me tiene ya harto, y como soy
alcalde no he de consentir que siga. Nadie te ha dado el encargo de
vigilar y de celar a las muchachas y de hacer el papel, navaja en mano,
de Catón censorino. Ya sabes tú que yo pertenezco al partido liberal,
que gusta ahora de la autonomía y la concede a varias provincias de
Ultramar. Considera, pues, si no quieres enojarme, a tu hermana Rosita y
a mi señora doña Marcela, y déjalas autónomas, o sea en completa
libertad de hacer cuanto se les antoje. Sólo así y no por violencia,
miedo o tutela constante, tendrá verdadero mérito que resplandezcan en
ellas la entereza y la persistencia con que mantienen su inmaculada
virtud, defendiéndola de todos los ataques y asechanzas de los galanes
seductores. Si ellas quieren de verdad que no entre en sus dominios
contrabando ni matute, no es menester que tú asustes ni que mates a los
contrabandistas y matuteros. Y si ellas quieren contrabando o matute le
habrá aunque mates a docenas a los matuteros y contrabandistas. No puede
ser el guardar a una mujer: ha dicho no sé qué sabio, y con sobrada
razón a lo que entiendo. En suma, aunque el sabio no tuviera razón ni yo
tampoco, yo tengo aquí la autoridad y la fuerza, que para el caso
importan más que la razón, y te declaro que si continúas amedrentando a
la gente, a mí no me amedrentas, y te empapelo, y si me empeño te envío
a Ceuta o a Melilla para que allí luzcas tu valor matando moros. Si eres
tan animoso, ¿por qué no te vas a Cuba o a Filipinas a espantar y a
vencer a los rebeldes en vez de espantar al pacífico vecindario que yo
gobierno ahora?
--Yo, maestro, me hallo bien en este lugar, y maldita la gana que tengo
de ir a Cuba o a Filipinas. Con que así no me amenace usted, que ya
procuraré enmendarme. De todos mis furores tiene la culpa la penilla
negra, y de la penilla negra que hay en mi corazón, bien me sé yo quien
tiene la culpa.
Aquí intervino doña Ramona y dijo:
--Ea, hermano, déjate de sermones que aquí no hemos venido a sermonear
sino a divertirnos. Ya se enmendará Curro y se pondrá más suave que un
guante. D. Antonio, rasguee usted esa guitarra y que bailen el fandango
estas niñas. Currito tiene buena voz y mejor estilo y cantará las
coplas.
No fue menester decir más. El organista tocó un fandango estrepitoso.
Doña Marcela y Rosita bailaron con gracia y primor, repiqueteando las
castañuelas.
El maestro Raimundico, la tía Pepa y doña Ramona batieron palmas. Fue
tal el estruendo que armaron que no parecía que hubiese allí siete sino
setecientas personas.
Cuando las palmas y las castañuelas cesaron y sólo sonó la guitarra,
Currito cantó con voz sentimental y suave la copla siguiente:
Atame con un cabello
a los palos de tu cama,
y aunque el cabello se rompa
no hay miedo que yo me vaya.
Mostró Currito al cantar inspiración tan amorosa y miró con ojos tan de
carnero a medio morir a doña Ramona, que estaba sentada cerca de él, que
doña Ramona no acertó a dominarse por más tiempo; sintió que se derretía
y hasta que se evaporaba el hielo de sus desdenes; y, desechando sus
propósitos de resistencia y echando a rodar hasta cierto punto su
señoril o _magistral_ recato, dijo dirigiéndose a Currito:
--Vamos, hombre, si al fin ha de ser, no quiero molerte más. Mejor es
vergüenza en rostro que mancilla en corazón. No te ataré con un cabello,
pero voy a atarte con este hilo, de la lana con que, sin que tú lo
supieses, te estaba haciendo calcetines y pensando en ti, ¡ingratón,
prófugo, arrastrado!
Doña Ramona sacó entonces de la faltriquera de su delantal un enorme
ovillo de lana parda, que allí tenía, desenvolvió un par de metros, hizo
un lazo corredizo y se le echó a Currito cogiéndole por el pescuezo y
teniéndole por el otro extremo a modo de brida.
Aplaudieron todos que al fin se hubiera humanado la maestra y
aplaudieron más aún que, en virtud de nuevas declaraciones y promesas de
Currito, se reconociese y se proclamase allí la autonomía de Rosita y de
doña Marcela. Para solemnizarla, ambas niñas bailaron unas sevillanas
con notable garbo y maestría.
Tres doncellas, de la servidumbre del maestro Raimundico, las tres muy
aseadas y graciosas, sirvieron luego la cena en el comedor contiguo.
En Villalegre se vive aún a la antigua usanza. Todos los vecinos
acomodados comían la sopa y el puchero a las dos de la tarde. No se ha
de extrañar, por consiguiente, que los asistentes en la tertulia
tuviesen voraz apetito a eso de las once de la noche en que se sirvió la
cena.
En ella hubo lomo de cerdo en adobo, conservado en manteca, semejante a
líquidos rubíes por el color rojo que le prestaba el aliño. Hubo también
pavo asado y boquerones; exquisito vino de los Moriles; y, para postres,
frutas y piñonate. Por último, como apéndice y complemento de festín tan
opíparo, chocolate con hojaldres, mostachones y bizcotelas.
El festín fue todavía más regocijado y alegre que suculento,
prolongándose hasta las dos de la madrugada.
Como despedida, quiso el maestro Raimundico poner el sello y dar la
conveniente firmeza a lo que allí se había concertado. Impuso silencio y
habló de esta suerte:
--Yo tengo en Chinchón un excelente amigo, llamado D. Arturo González,
el cual es tan profundo sociólogo como hábil fabricante o cosechero de
aguardiente de anís doble. De este producto suyo me ha enviado algunas
botellas, en cuyo marbete, que hoy se llama _etiqueta_, se lee con
asombro: _Espíritu-Sociológico o líquido altruista_. Yo he querido
competir con mi amigo D. Arturo, y sin robarle su _marca registrada_ he
hecho aguardiente de anís doble también, que es tan altruista y tiene un
espíritu tan sociológico como el suyo. Estas muchachas traerán en
sendas bandejas copas y aguardiente de Villalegre y de Chinchón. Cada
uno de nosotros se beberá dos copitas, una de cada clase, dirá cual le
parece mejor, y brindará luego, así por el futuro consorcio de mi
hermana y de Currito el Guapo, como por la gloriosa autonomía y plena
libertad de Rosita y de doña Marcela.
En efecto, trajeron el aguardiente, y cada uno bebió dos copas. Los
pareceres se dividieron. Hubo quien votó por Chinchón, y hubo quien votó
por Villalegre: pero, como cada cual bebió por lo menos segunda copa del
aguardiente que le pareció mejor, el resultado vino a ser que salieron a
tres o a cuatro copas por barba.
Todo fue luego regocijo y afecto mutuo, y quedó demostrado que ambos
aguardientes eran altruistas y estaban dotados de igual espíritu
sociológico.
Entonces el cortesano D. Raimundo, merced a varios evidentes indicios,
no tardó en convencerse de que la virtud de doña Marcela no era cosa del
otro jueves, ni con autonomía, ni sin autonomía.
Pocos días después, se volvió D. Raimundo a la corte, convencido ya de
que los inocentes idilios no son más fáciles que en ella en los más
rústicos y apartados lugares. En la corte se olvidó pronto de doña
Marcela, puso la mira en distinguirse como personaje político, logró
salir diputado, y hay quien asegura que es hombre de gran porvenir, que
llegará a ser Director General, Embajador o Ministro, y que al cabo el
Gobierno español, o cuando no el pontificio, le concederá el título de
Conde de Cartabón o de Hormabella.
Doña Marcela, reconociendo que Villalegre es mezquino recinto para sus
expansiones y propósitos, se ha ido a Tarifa, su patria, y desde Tarifa
ha pasado a Gibraltar, cuya reconquista tal vez haga. Lo cierto es que
así como a los Escipiones y a otros héroes de la antigua Roma, los
apellidaron el Africano, el Numantino, el Británico y el Germánico,
según la ciudad de que se habían apoderado o según la nación que habían
subyugado, a ella, sin dejar de ser nunca el Sol de Tarifa, la apellidan
la Gibraltareña, y como tal es famosa y celebrada en las cinco partes
del mundo.
Rosita se ha distinguido y ha prosperado menos desde que es autónoma;
pero tampoco se duerme en las pajas. Sigue con el estanco, y por
comprarle tabaco, hasta los que antes no fumaban, ya fuman, y la
Tabacalera hace en Villalegre doble o triple negocio. Por comprarle
sellos de correo no hay villalegrino que no escriba hoy más cartas de
las que solía escribir. Y por último, Rosita vende tanto papel sellado
que es una maravilla. Para explicarla racionalmente, hay quien da por
seguro que ella no recibe ni acepta declaración alguna amorosa si no
viene escrita en folios de a peseta.
Entretanto doña Ramona y Currito, convertido ya en maestro, son cada día
más venturosos y prosperan mucho haciendo y vendiendo corambres. No
sabemos cómo se las compone Currito, pero es el caso que nunca sabe a
pez el vino que se echa en sus odres; que hace botas lindísimas; y que
también construye otra clase de cueros muy apropósito para llevar en
ellos aceite a las Alpujarras, porque los _mangurrinos_, que así llaman
en Villalegre a los alpujarreños, no producen aceite. En cambio producen
miel de caña o de prima, de la cual miel llenan los arrieros los odres
en que llevaron el aceite, y la traen a la provincia de Córdoba. Esta
miel hace las delicias de las golosas lugareñas cordobesas, que la sacan
del plato a pulso empapando en ella pedacitos de pan, y luciendo así las
lindas manos con los deditos engarabitados en forma de cresta de gallo.
No acierto a decidir qué lección moral pueda sacarse, ni qué tesis pueda
probarse, en vista de los sucesos que he referido. Diré, pues,
sencillamente, que cada cual saque la lección moral o pruebe la tesis
que se le antoje, o no saque lección moral ni pruebe tesis alguna, con
tal de que no se fastidie demasiado leyéndome.