IV

El maestro Raimundico había leído no pocos periódicos y algunos libros,

iniciándose en varias ciencias morales y políticas, y sobre todo en una

novísima, que las comprende casi todas, y que se llama Sociología. Mas

no por eso presumía de orador, de sabio o de hombre de consejos. Su

orgullo se cifraba en ser hombre de acción y completamente práctico. No

aseguraré yo que él hubiese leído los _Ensayos_ de Lord Macaulay, aunque

me parece que hay de ellos versión castellana; pero, si no los había

leído, su mérito era mayor, pues coincidía con el positivista noble Lord

en uno de sus más singulares pensamientos. Séneca había compuesto un

elocuentísimo discurso contra la ira, lo cual de nada sirvió, ya que no

se sabe de sujeto alguno que haya dejado de ponerse iracundo y de hacer

mil barbaridades, convencido y corregido por los razonamientos de

Séneca. Y como no se sabe que nadie haya ido con zapatos sin que los

haya hecho algún zapatero, así el Lord como el maestro Raimundico

inferían, con juiciosa dialéctica, que es más útil que Séneca, en toda

sociedad humana, el más humilde de los zapateros. El maestro Raimundico,

por consiguiente, como era o había sido zapatero y como nunca había sido

humilde, se estimaba en mucho más que Séneca, sobre todo en lo tocante a

utilidad y arte de la vida.

Despreciaba o aparentaba despreciar la oratoria; pero, sin darse cuenta

de ello, y dejándose arrebatar de sus convicciones, echaba amenudo

discursos, si bien, más que floridos, enérgicos y breves.

Veamos ahora lo que dijo a Currito el Guapo, hallándose presentes las

demás personas que hemos enumerado:

--Tu modo de proceder, amigo Currito, me tiene ya harto, y como soy

alcalde no he de consentir que siga. Nadie te ha dado el encargo de

vigilar y de celar a las muchachas y de hacer el papel, navaja en mano,

de Catón censorino. Ya sabes tú que yo pertenezco al partido liberal,

que gusta ahora de la autonomía y la concede a varias provincias de

Ultramar. Considera, pues, si no quieres enojarme, a tu hermana Rosita y

a mi señora doña Marcela, y déjalas autónomas, o sea en completa

libertad de hacer cuanto se les antoje. Sólo así y no por violencia,

miedo o tutela constante, tendrá verdadero mérito que resplandezcan en

ellas la entereza y la persistencia con que mantienen su inmaculada

virtud, defendiéndola de todos los ataques y asechanzas de los galanes

seductores. Si ellas quieren de verdad que no entre en sus dominios

contrabando ni matute, no es menester que tú asustes ni que mates a los

contrabandistas y matuteros. Y si ellas quieren contrabando o matute le

habrá aunque mates a docenas a los matuteros y contrabandistas. No puede

ser el guardar a una mujer: ha dicho no sé qué sabio, y con sobrada

razón a lo que entiendo. En suma, aunque el sabio no tuviera razón ni yo

tampoco, yo tengo aquí la autoridad y la fuerza, que para el caso

importan más que la razón, y te declaro que si continúas amedrentando a

la gente, a mí no me amedrentas, y te empapelo, y si me empeño te envío

a Ceuta o a Melilla para que allí luzcas tu valor matando moros. Si eres

tan animoso, ¿por qué no te vas a Cuba o a Filipinas a espantar y a

vencer a los rebeldes en vez de espantar al pacífico vecindario que yo

gobierno ahora?

--Yo, maestro, me hallo bien en este lugar, y maldita la gana que tengo

de ir a Cuba o a Filipinas. Con que así no me amenace usted, que ya

procuraré enmendarme. De todos mis furores tiene la culpa la penilla

negra, y de la penilla negra que hay en mi corazón, bien me sé yo quien

tiene la culpa.

Aquí intervino doña Ramona y dijo:

--Ea, hermano, déjate de sermones que aquí no hemos venido a sermonear

sino a divertirnos. Ya se enmendará Curro y se pondrá más suave que un

guante. D. Antonio, rasguee usted esa guitarra y que bailen el fandango

estas niñas. Currito tiene buena voz y mejor estilo y cantará las

coplas.

No fue menester decir más. El organista tocó un fandango estrepitoso.

Doña Marcela y Rosita bailaron con gracia y primor, repiqueteando las

castañuelas.

El maestro Raimundico, la tía Pepa y doña Ramona batieron palmas. Fue

tal el estruendo que armaron que no parecía que hubiese allí siete sino

setecientas personas.

Cuando las palmas y las castañuelas cesaron y sólo sonó la guitarra,

Currito cantó con voz sentimental y suave la copla siguiente:

Atame con un cabello

a los palos de tu cama,

y aunque el cabello se rompa

no hay miedo que yo me vaya.

Mostró Currito al cantar inspiración tan amorosa y miró con ojos tan de

carnero a medio morir a doña Ramona, que estaba sentada cerca de él, que

doña Ramona no acertó a dominarse por más tiempo; sintió que se derretía

y hasta que se evaporaba el hielo de sus desdenes; y, desechando sus

propósitos de resistencia y echando a rodar hasta cierto punto su

señoril o _magistral_ recato, dijo dirigiéndose a Currito:

--Vamos, hombre, si al fin ha de ser, no quiero molerte más. Mejor es

vergüenza en rostro que mancilla en corazón. No te ataré con un cabello,

pero voy a atarte con este hilo, de la lana con que, sin que tú lo

supieses, te estaba haciendo calcetines y pensando en ti, ¡ingratón,

prófugo, arrastrado!

Doña Ramona sacó entonces de la faltriquera de su delantal un enorme

ovillo de lana parda, que allí tenía, desenvolvió un par de metros, hizo

un lazo corredizo y se le echó a Currito cogiéndole por el pescuezo y

teniéndole por el otro extremo a modo de brida.

Aplaudieron todos que al fin se hubiera humanado la maestra y

aplaudieron más aún que, en virtud de nuevas declaraciones y promesas de

Currito, se reconociese y se proclamase allí la autonomía de Rosita y de

doña Marcela. Para solemnizarla, ambas niñas bailaron unas sevillanas

con notable garbo y maestría.

Tres doncellas, de la servidumbre del maestro Raimundico, las tres muy

aseadas y graciosas, sirvieron luego la cena en el comedor contiguo.

En Villalegre se vive aún a la antigua usanza. Todos los vecinos

acomodados comían la sopa y el puchero a las dos de la tarde. No se ha

de extrañar, por consiguiente, que los asistentes en la tertulia

tuviesen voraz apetito a eso de las once de la noche en que se sirvió la

cena.

En ella hubo lomo de cerdo en adobo, conservado en manteca, semejante a

líquidos rubíes por el color rojo que le prestaba el aliño. Hubo también

pavo asado y boquerones; exquisito vino de los Moriles; y, para postres,

frutas y piñonate. Por último, como apéndice y complemento de festín tan

opíparo, chocolate con hojaldres, mostachones y bizcotelas.

El festín fue todavía más regocijado y alegre que suculento,

prolongándose hasta las dos de la madrugada.

Como despedida, quiso el maestro Raimundico poner el sello y dar la

conveniente firmeza a lo que allí se había concertado. Impuso silencio y

habló de esta suerte:

--Yo tengo en Chinchón un excelente amigo, llamado D. Arturo González,

el cual es tan profundo sociólogo como hábil fabricante o cosechero de

aguardiente de anís doble. De este producto suyo me ha enviado algunas

botellas, en cuyo marbete, que hoy se llama _etiqueta_, se lee con

asombro: _Espíritu-Sociológico o líquido altruista_. Yo he querido

competir con mi amigo D. Arturo, y sin robarle su _marca registrada_ he

hecho aguardiente de anís doble también, que es tan altruista y tiene un

espíritu tan sociológico como el suyo. Estas muchachas traerán en

sendas bandejas copas y aguardiente de Villalegre y de Chinchón. Cada

uno de nosotros se beberá dos copitas, una de cada clase, dirá cual le

parece mejor, y brindará luego, así por el futuro consorcio de mi

hermana y de Currito el Guapo, como por la gloriosa autonomía y plena

libertad de Rosita y de doña Marcela.

En efecto, trajeron el aguardiente, y cada uno bebió dos copas. Los

pareceres se dividieron. Hubo quien votó por Chinchón, y hubo quien votó

por Villalegre: pero, como cada cual bebió por lo menos segunda copa del

aguardiente que le pareció mejor, el resultado vino a ser que salieron a

tres o a cuatro copas por barba.

Todo fue luego regocijo y afecto mutuo, y quedó demostrado que ambos

aguardientes eran altruistas y estaban dotados de igual espíritu

sociológico.

Entonces el cortesano D. Raimundo, merced a varios evidentes indicios,

no tardó en convencerse de que la virtud de doña Marcela no era cosa del

otro jueves, ni con autonomía, ni sin autonomía.

Pocos días después, se volvió D. Raimundo a la corte, convencido ya de

que los inocentes idilios no son más fáciles que en ella en los más

rústicos y apartados lugares. En la corte se olvidó pronto de doña

Marcela, puso la mira en distinguirse como personaje político, logró

salir diputado, y hay quien asegura que es hombre de gran porvenir, que

llegará a ser Director General, Embajador o Ministro, y que al cabo el

Gobierno español, o cuando no el pontificio, le concederá el título de

Conde de Cartabón o de Hormabella.

Doña Marcela, reconociendo que Villalegre es mezquino recinto para sus

expansiones y propósitos, se ha ido a Tarifa, su patria, y desde Tarifa

ha pasado a Gibraltar, cuya reconquista tal vez haga. Lo cierto es que

así como a los Escipiones y a otros héroes de la antigua Roma, los

apellidaron el Africano, el Numantino, el Británico y el Germánico,

según la ciudad de que se habían apoderado o según la nación que habían

subyugado, a ella, sin dejar de ser nunca el Sol de Tarifa, la apellidan

la Gibraltareña, y como tal es famosa y celebrada en las cinco partes

del mundo.

Rosita se ha distinguido y ha prosperado menos desde que es autónoma;

pero tampoco se duerme en las pajas. Sigue con el estanco, y por

comprarle tabaco, hasta los que antes no fumaban, ya fuman, y la

Tabacalera hace en Villalegre doble o triple negocio. Por comprarle

sellos de correo no hay villalegrino que no escriba hoy más cartas de

las que solía escribir. Y por último, Rosita vende tanto papel sellado

que es una maravilla. Para explicarla racionalmente, hay quien da por

seguro que ella no recibe ni acepta declaración alguna amorosa si no

viene escrita en folios de a peseta.

Entretanto doña Ramona y Currito, convertido ya en maestro, son cada día

más venturosos y prosperan mucho haciendo y vendiendo corambres. No

sabemos cómo se las compone Currito, pero es el caso que nunca sabe a

pez el vino que se echa en sus odres; que hace botas lindísimas; y que

también construye otra clase de cueros muy apropósito para llevar en

ellos aceite a las Alpujarras, porque los _mangurrinos_, que así llaman

en Villalegre a los alpujarreños, no producen aceite. En cambio producen

miel de caña o de prima, de la cual miel llenan los arrieros los odres

en que llevaron el aceite, y la traen a la provincia de Córdoba. Esta

miel hace las delicias de las golosas lugareñas cordobesas, que la sacan

del plato a pulso empapando en ella pedacitos de pan, y luciendo así las

lindas manos con los deditos engarabitados en forma de cresta de gallo.

No acierto a decidir qué lección moral pueda sacarse, ni qué tesis pueda

probarse, en vista de los sucesos que he referido. Diré, pues,

sencillamente, que cada cual saque la lección moral o pruebe la tesis

que se le antoje, o no saque lección moral ni pruebe tesis alguna, con

tal de que no se fastidie demasiado leyéndome.

De varios colores · 第 52 / 73 题