Se cuenta que el maestro Raimundico era escéptico por naturaleza; dudaba
mucho de todo y apenas se decidía a formar juicios, sin examinar antes
detenidamente las cosas y enterarse bien de ellas. Sobre su hijo hacía
tiempo que tenía su juicio en suspenso, sin decidir si el chico era
discreto o tonto. Tratar de ponerlo en claro era uno de los propósitos
que tuvo al llamarle al lugar. Desde que estaba en él, le espiaba, le
estudiaba y le seguía recatadamente los pasos. Prevalido además de su
posición de alcalde, interceptó la carta que acabamos de poner aquí, la
abrió y la leyó. El maestro se desconsoló con aquella lectura e imaginó
que al chico le faltaban por lo menos dos o tres tornillos en la cabeza.
Doña Ramona, hermana del maestro y viuda del pellejero, quería mucho al
chico, de quien había cuidado en la niñez, y sostenía que su candor no
debía calificarse de simplicidad, sino de exceso de imaginación poética.
Una vez cortados los vuelos de esta imaginación, el chico, según doña
Ramona, sería apto para todo, se abriría camino y subiría como la
espuma.
--Cortemos, pues, los vuelos de la imaginación del chico, dijo para sí
el maestro, y mostrémosle la realidad tal cual es.
Después de haber recapacitado, formado su plan, y hecho los convenientes
preparativos para realizarle, el maestro, a solas una noche con su hijo,
en la principal sala alta de la casa, al toque de ánimas, le habló de
este modo:
--Mira, Raimundo, tú eres hijo de un zapatero y no puedes ni debes
presumir de aristócrata; pero no conviene tampoco que por seguir ciertas
opiniones, muy de moda en nuestros días, te des a creer que las almas
heroicas, el semillero de las virtudes y de las proezas y los corazones
donde brota el germen de los más nobles sentimientos, se hallan en las
tabernas y en los presidios, y que la educación esmerada más bien agosta
y comprime que desenvuelve tan excelentes facultades. Quien piensa así
es lo contrario de progresista, ya que debe entender que nada conduce
mejor a la virtud que retroceder al estado selvático. Tu padre, con su
zapatería, hubiera entonces contribuido no poco a la corrupción humana,
porque los hombres calzados deben de ser mil veces más perversos que los
descalzos. Pero no quiero aturrullarme. Ya no sé lo que te digo.
Discursos, pues, a un lado. Y así, en vez de abrir los oídos para oírme,
abre bien los ojos para ver lo que ocurra en la tertulia que voy a tener
aquí, echando una cana al aire y renovando esta noche, por
extraordinario, mis retozonas costumbres de otros días.
Doña Ramona, hermana del alcalde y viuda como él, fue la primera que se
presentó en la sala. Tres años hacía que había muerto su esposo el
pellejero, pero la fabricación, la recomposición y el despacho de
corambres, seguían más florecientes que nunca, si bien, en aquellos
últimos meses, había surgido y continuaba una crisis en los asuntos de
doña Ramona. Currito el Guapo, su más aventajado oficial, hábil como
nadie en remendar y zurzir cueros y sobre todo en poner botanas, se
había despedido de casa de la maestra, y se había lanzado en la vida
heroica del jaque, buscando aventuras y aterrando a toda la gente
pacífica de la población. Naturalmente la pellejería de doña Ramona, se
resentía ya y empezaba a perder crédito y marchantes con la retirada de
Currito.
Las malas lenguas del lugar daban por causa de esta retirada el sobrado
empeño de Currito en vigilar y celar a doña Ramona, aislándola de todo
pretendiente, y el amor de ésta a la libertad y su indómito
aborrecimiento a todo linaje de tutela. Currito salió, pues, de su casa,
como de estampía; y, según hemos visto, se puso a ejercer su misión
avasalladora y morigeradora de mujeres, en defensa y custodia de su
hermana la estanquera y del resplandeciente Sol de Tarifa, de quien
estaba o aparentaba estar enamorado. Se sonaba, no obstante, en el lugar
que el verdadero objeto del amor de Currito era la maestra doña Ramona,
la cual no había cumplido aún cuarenta años, estaba colorada y sana, y
por los bríos y robustez de sus frescas y apretadas carnes era una
bendición de Dios y daba gloria verla. Recelaba la gente que los amores
de Currito, por el Sol de Tarifa, eran fingidos o por lo menos fruto de
anterior despecho amoroso y que estos amores ponían la mira, más o menos
conscientemente, en dar picón a doña Ramona.
La segunda persona que acudió a la tertulia fue el ciego organista, D.
Antonio, a par que gran músico y maestro en el órgano, hábil tocador de
guitarra, así rasgueando como de punteo.
El Sol de Tarifa entró poco después en la sala, seguida de la tía Pepa.
Y vinieron por último, y según vulgarmente se dice, con este melón se
llenó el serón, Currito el Guapo, acompañado de Rosita la estanquera, su
linda hermana.
No había ni vinieron más convidados, porque el alcalde quiso que su
tertulia fuese aquella noche de lo más íntimo, selecto y _cremoso_ que
en el lugar podía imaginarse. La sala, sin embargo, resplandecía como un
ascua de oro, porque estaba iluminada con tres magníficos velones de
Lucena de a cuatro mecheros cada uno y con algunas velas de cera que
ardían en los candeleros de media docena de hermosas cornucopias,
colgadas en las paredes sobre el rojo damasco que las tapizaba.
El maestro Raimundico sabía vivir y vivía con todo el boato y la pompa
que conviene a un señor lugareño. Y ya se presentía por ciertos indicios
y hasta se olfateaba y casi se mascaba, merced al grato tufillo y a los
vapores crasos que al través de pasadizos llegaban desde la cocina a la
sala, que aquella noche iba a haber allí pavo en arrope, y no sólo
_refrescanda_, sino _papandina_ también, y de lo más delicado y costoso.