«Mi querido Pepe: Muy a despecho mío vine por aquí para no rebelarme
contra los mandatos de mi señor padre; pero te declaro con franqueza que
ahora me alegro en el alma de haber venido. Este lugar es lindísimo; los
fértiles campos que le rodean hacen un paraíso de sus cercanías; y sus
habitantes son amenos y regocijados. Yo aquí me divierto la mar. Y no
sólo me divierto, sino que, ¿por qué no he de confesártelo? me siento
como nunca me sentí en Madrid, perdidamente enamorado de una mujer. Pero
¡qué mujer, chico! Es un encanto, un prodigio de bonita. Y no sé decir
si por desgracia o por fortuna, de la más pasmosa severidad de
costumbres. La llaman el Sol de Tarifa, porque de aquella ciudad salió
ella como el sol por oriente. Tal es su apodo significativo. Su
verdadero nombre es doña Marcela Gutiérrez de los Olivares, por ser
viuda del teniente de la clase de sargentos, del mismo apellido, muerto
en Cuba un año ha, a manos de los insurrectos. Llora ella aún a su
difunto marido, con cuya tía, doña Pepa, vive en este lugar en ejemplar
recogimiento, y desdeña y rechaza al enjambre de galanes que la
pretende. Tremendo es uno de ellos por su obstinación y ferocidad. Es su
nombre Currito el Guapo, y es hermano de la estanquera, mujer también de
notable mérito, muy joven aún y famosa por su hermosura y gallardía.
Currito, tan celoso de su honra como los galanes de Calderón en las
comedias de capa y espada, no consiente que nadie requiebre a la
estanquera si no viene con la buena fin. Y aplicando este modo de
proceder de su casa a la ajena y de su hermana a su pretendida novia, no
consiente tampoco que nadie se acerque a doña Marcela, ni le diga
chicoleos, celándola de suerte, que ella vive aislada, porque Currito
tiene metidos en un puño a casi todos los mozos del lugar. Navaja en
mano es tremendo, y ya que no quiera por piedad abrir a nadie una gatera
en el vientre, lo que es para pintar un jabeque en la cara al propio
lucero del alba, no tiene el menor escrúpulo si se enoja.
»Doña Marcela está con esto que trina, porque gusta de ser desdeñosa sin
que el desdén parezca forzado, y porque no acepta la tutela o mejor
dicho el cautiverio en que galán tan crudo la tiene.
»A fuerza de oír tales cosas, pues no es otro el principal asunto de las
más frecuentes conversaciones de por aquí, pronto comenzó a hervirme la
sangre contra la insolencia de Currito el Guapo. Me entraron ganas de
libertar de su cautiverio a doña Marcela. Y crecieron mis ganas y se
hicieron irresistibles cuando vi, primero en la iglesia y después en la
feria, a la recatada y joven viuda, con quien quise _timarme_, como
decimos por ahí; pero, por lo pronto fue en balde mi conato, porque sin
duda, no lo consentían la modestia y la honestidad de la dama. ¿Qué no
logran, sin embargo, la terquedad y la audacia de un mozo como yo,
curtido en toda clase de aventuras y acostumbrado a los más peligrosos
lances de amor y fortuna? Doña Marcela me miró al fin con mal disimulada
complacencia; yo le hablé, valiéndome de la tía Pepa que desde niño me
conoce, y, al fin logré, que en una de estas últimas noches, que fue de
las más calurosas del verano, doña Marcela saliese a la ventana a tomar
el fresco.
»Me hice como por casualidad el encontradizo y me puse a hablar con
ella. No vayas a creer que es ninguna palurda. Culta y discretísima es
su conversación. Y no sólo habla buen castellano si bien con un gracioso
dejo tarifeño, sino que se explica corrientemente en inglés, por haber
estado algún tiempo en Gibraltar, cuando era ella mocita soltera,
acompañando a su padre, que iba allí para asuntos de comercio. Pero aquí
entra lo trágico. Embelesado y engolfado estaba yo charlando con doña
Marcela, a ratos en andaluz y a ratos en inglés, cuando la temerosa
aparición de Currito el Guapo, vino a interrumpir nuestro palique.
»--¡Huya usted, por Dios!--exclamó ella con voz trémula y llena de
susto. Ahí viene ese monstruo que sin que yo le haya dado motivo es en
este lugar el tirano de mi vida. Sálvese usted, caballero. Currito viene
navaja en mano y puede escabechar a usted en un santiamén. Como es loco
frenético no repara en nada. No es cobardía sino prudencia, escapar de
ese forajido.
»Ya te harás cargo Pepe de que yo no hice caso ninguno de aquellas
medrosas exhortaciones. Me enredé la capa en el brazo izquierdo y saqué
de la vaina una larga y recta espada de caballería que llevaba a
prevención conmigo. Currito no se arredró por eso, sino que cayó sobre
mí, ora agachándose, ora dando brincos, ora acometiéndome por un lado,
ora por otro. Por dicha, y si he de decir la verdad, yo sospecho que él
no tenía gana de herirme, sino de asustarme. Y como yo también tenía más
ganas de asustarle que de herirle, aquella a modo de danza, duraba ya
demasiado y se hubiera hecho interminable, a no ser por los gritos que
daba doña Marcela pidiendo socorro.
»Los gritos no fueron inútiles. Aunque ya era tarde, acudieron muchos
vecinos y bastantes mozos que andaban de ronda, y Currito y yo nos vimos
forzados a poner término a nuestro descomunal combate, envainando yo la
espada sin ensangrentar todavía, y doblando él su truculenta navaja, que
era de virola y golpetillo, y produjo al cerrarse ruido muy temeroso.
»Allí intervinieron y mediaron en nuestra contienda las personas de más
respeto, que habían acudido y que en torno nuestro formaban corro, y
casi nos obligaron a echar pelillos a la mar, a hacer las amistades y a
convertir las casi homicidas manos en cariñosas, enlazándolas y
apretándolas generosamente.
»Desde entonces veo y hablo por la reja a doña Marcela todas las noches,
sin que Currito me perturbe. Y doña Marcela se me muestra
agradecidísima por haberla yo libertado de aquel espantajo o bu que sin
querer ella la defendía como el dragón en _Las tres toronjas del Vergel
de amor_ y en otros cuentos de hadas.
»No imagines por eso que estoy más adelantatado en mis pretensiones. La
virtud de doña Marcela es más firme que una roca, aunque para mi amor
más que roca es _lata_. Erre que erre está ella siempre, volviendo por
su honor, también como las damas calderonianas, por donde me temo que
voy a sufrir constantemente el suplicio de Tántalo, o voy a tener que
hacer la barbaridad o digamos la _plancha_ de acudir al cura. Porque eso
sí, doña Marcela tiene poquísimo dinero, pero lo que es en punto a
conducta, ni las lenguas más maldicientes, y no son pocas las de este
lugar, se atreven a decir nada contra ella ni a empañar con ponzoñoso
aliento el terso y limpio espejo de su fama.»
Este era el contenido de la epístola, salvo los saludos y cumplimientos
de costumbre que en obsequio de la brevedad se omiten.