EL MAESTRO RAIMUNDICO

I

En varios tratados de Economía política he visto yo una cuenta, de la

que resulta que la industria de los zapateros en Francia ha producido,

desde el descubrimiento de América hasta hoy, seis o siete veces más

riqueza que todo el oro y la plata que han venido a Europa desde aquel

nuevo e inmenso continente. Esto me anima, sin recelo de pasar por

inventor de inverosímiles tramoyas, a hablar aquí del maestro

Raimundico.

Haciendo zapatos empezó a ser rico; acrecentó luego su riqueza, dando

dinero a premio, aunque por ser hombre concienzudo, temeroso de Dios y

muy caritativo, nunca llevó más de 10 por 100 al año; después, fundó y

abrió una tienda o bazar, donde se vendía cuanto hay que vender: azúcar,

café, judías, bacalao, barajas, devocionarios, libros para los niños de

la escuela, y toda clase de tejidos y de adornos para la vestimenta de

hombres y mujeres. El maestro se fue quedando también con no pocas

fincas de sus deudores, y llegó a ser propietario de viñas, olivares,

huertas y cortijos.

Ya no esgrimía la lezna, ni se ponía el tirapié, ni se ensuciaba los

dedos con cerote, pero fiel a su origen, conservaba la zapatería, donde

trabajaban expertos oficiales, discípulos suyos. El magnífico bazar

estaba contiguo. Y junto a la zapatería y al bazar podía contemplarse la

revocada y hermosa fachada de su casa, situada en la calle más ancha y

central del pueblo. A espaldas de esta casa y en no interrumpida

sucesión, había patios, corrales, caballerizas, tinados, bodegas,

graneros, lagar, molino de aceite, y en suma, todo cuanto puede poseer y

posee un acaudalado labrador y propietario de Andalucía. La puerta

falsa, que daba ingreso a estas dependencias agrícolas, pudiera decirse

que estaba extramuros del pueblo, si el pueblo tuviera muros, mientras

que la puerta principal, según queda dicho estaba en el centro.

El maestro Raimundico nunca había querido comprometerse ni mezclarse en

política; pero de súbito acababa de cambiar. Se había hecho fusionista y

había consentido en ser jefe de aquel partido político y alcalde en

Villalegre.

Era viudo, hacía ya quince años. Y hacía cerca de siete que tenía a su

único hijo, D. Raimundo Roldán de Cadenas, estudiando o paseando y

holgando en Madrid, pues sobre este punto, difieren no poco los

autores. Difieren asimismo sobre la causa de la larga y no interrumpida

ausencia del hijo, atribuyéndola unos a la viudez más alegre que

recoleta del padre, para la cual hubiera sido estorbo o escándalo la

presencia del hijo, y atribuyéndola otros al despego y a la soberbia de

éste, que vivía en Madrid como caballerito muy elegante e ilustre, que

hablaba de su casa solariega, y que repugnaba volver al lugar a ver la

plebeya ordinariez de su padre y la primitiva y fundamental zapatería

tenazmente conservada.

Como quiera que ello fuese, D. Raimundo se daba en Madrid tono de muy

hidalgo, y su gentil presencia, su elegancia en el vestir y el dinero

que solía gastar con rumbo, prestaban a su hidalguía no corto crédito.

Él era además robusto y ágil en todos los ejercicios del cuerpo, gran

tirador de pistola, florete y sable, buen jinete, mejor bailarín, y muy

divertido, ocurrente y chistoso. Tenía multitud de amigos y estaba en

Madrid como el pez en el agua.

Hacía muy poco que se había graduado de Doctor en Jurisprudencia, y

había enviado a su padre la tesis doctoral. El padre leyó con suma

atención las cuatro o cinco primeras páginas, pero no entendió palabra,

se mareó y dejó la lectura. Y como era muy escamón, se puso a cavilar

entonces, sobre si el no entender aquello, sería culpa de su ignorancia,

o si sería, según frase de Cánovas, que hasta aquel lugar había llegado,

porque su hijo era un tonto adulterado por el estudio o si sería porque

no había habido tal estudio ni tal adulteración, sino porque el chico

había estudiado poquísimo y para disimularlo, había llenado su discurso

de frases huecas, fiado en su audacia y en la simplicidad de muchas

personas que lo que no entienden es lo que más admiran.

De todos modos, corregido ya el maestro Raimundico, morigerado por la

ancianidad, reverdeciendo en su corazón el amor paternal sobre los

restos de otros ya muertos y menos santos amores, y tal vez proyectando

que el muchacho, que había cumplido veinticinco años, ganase popularidad

y simpatías en el distrito, para que fuese elegido diputado, le mandó

llamar con términos harto imperativos y hasta dejando de enviarle

dinero, que era el medio más eficaz de que podía valerse.

D. Raimundo, pues, no pudo menos de obedecer. Complació a su padre, vino

a Villalegre y se halló en Villalegre muy a gusto.

Para que se vea la sinceridad de su contento y el placer y la

satisfacción que en el lugar tenía, vamos a poner aquí una

circunstanciada carta que, al mes de estar en Villalegre, escribió don

Raimundo a su mejor amigo de Madrid. La carta decía como sigue.

De varios colores · 第 49 / 73 题