VIII

Más de cuarenta años habían transcurrido desde la muerte de doña Mencía.

Gonzalo Fernández de Córdoba se hallaba de paso para Granada en la

ciudad que se honra con darle su nombre por apellido.

Todos los ensueños de doña Mencía se habían realizado. Estaba él

cubierto de gloria, era llamado el Gran Capitán. Su nombre se

pronunciaba y se oía con respeto en todas las regiones de Europa. De él

había dicho el más discreto y perfecto caballero cortesano que en

aquella edad tuvo Italia, que, «en paz y en guerra fue tan señalado, que

si la fama no es muy ingrata, siempre en el mundo publicará sus loores y

mostrará claramente que en nuestros días pocos reyes o señores grandes

hemos visto que en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud no hayan

quedado bajos en comparación de él». Él había combatido a los

portugueses en Toro, a los muslimes en Granada, en las Alpujarras a los

moriscos rebeldes, en Ostia al más feroz de los piratas, al turco en

Cefalonia, y en Italia a los franceses, desbaratando sus ejércitos,

venciendo a sus reyes y más ilustres caudillos y ganando para España lo

más hermoso de aquella península. Había adquirido y prodigado inmensas

riquezas, había ganado como trofeo de sus victorias más de doscientas

banderas y dos estandartes reales, y había conseguido que le celebrasen

y admirasen en toda España, así en Aragón como en Castilla.

Víctima ya de la suspicacia, y tal vez de la envidia del Rey, se

retiraba harto desengañado a sus dominios de Loja, después de haber

visto arrasada la fortaleza de Montilla, que fue su cuna, y castigados

con dureza no pocos de sus parientes y amigos.

Se cuenta que Gonzalo visitó un día a su anciana parienta doña Beatriz

Enríquez, que había sido amiga del ya difunto almirante D. Cristóbal

Colón, a quien retuvo largo tiempo en España a pesar de los desdenes de

la Corte.

Contra la sentencia del Dante, tan a menudo citada, no siempre es

doloroso, sino sabroso y dulce, el recuerdo de la edad feliz, de los

amores juveniles y de los triunfos y venturas que entonces se lograron.

Doña Beatriz, en su vejez y en su aislamiento, se sintió consolada al

ver y al hablar a su glorioso deudo. Animada fue la conversación que con

él tuvo.

Doña Beatriz se mostró expansiva y acabó por estar justamente

jactanciosa. Declaró con orgullo que tenía por gloria suya el haber

amado al aventurero genovés, el haber descubierto y reconocido todo el

valer de su espíritu y el haber creído y esperado en la alta misión que

le habían confiado los cielos, cuando todavía eran muy pocos los

hombres que no le desdeñaban.

--Por mí--dijo--se quedó en España aquel hombre enviado de Dios. En gran

parte me debe España la gloria de haber roto ella el misterioso secreto

de los mares y de haber descubierto islas florecientes y extensa tierra

firme, rica en perlas y en oro, que todavía se pone como valladar para

impedirnos llegar a Cipango, al Catay y al imperio del preste Juan, por

donde ya penetran los portugueses, siguiendo opuestos caminos y

navegando hacia las regiones donde se pensaba que tenía su tálamo la

Aurora.

El Gran Capitán comprendió y aplaudió el orgullo de su parienta; pero su

mismo aplauso hizo brotar en su alma otro orgullo muy parecido. Gonzalo

Fernández de Córdoba no supo contenerse, y dijo a doña Beatriz:

--Yo admiro la perspicacia de vidente y la fe profunda y la esperanza

certera con que amaste y detuviste al inspirado piloto. Pero perdona mi

vanidad. No has sido tú en esta época la única cordobesa a quien hizo el

amor profetisa. Otra hubo antes que tú, que compitió en esto contigo. No

merece tanto, porque el hombre cuyo valer futuro descubrió ella en su

amorosa visión profética, vale mil y mil veces menos que el que por

esfuerzo de su reveladora inteligencia y de su enérgica voluntad ha

duplicado o triplicado la grandeza del mundo conocido, y ha magnificado

el concepto de la creación en toda mente humana. Comparada a la gloria

de ese hombre, vale poco la que se alcanza derrotando ejércitos,

conquistando reinos y avasallando y humillando a los príncipes más

poderosos. Merece, sin embargo, más que tú esta mujer de que te hablo,

porque tú no revelaste a Colón mismo lo que él ya sabía de su propio

valer. Tú le prestaste crédito, aliento y esperanza y confianza en los

hombres y en su fortuna; pero esta mujer de que te hablo, en su

exaltación de amor hacia mí, porque fue mi enamorada, no se limitó a

darme crédito, aliento y esperanza, sino que hizo patente a mi alma la

por ella soñada grandeza que mi alma tenía, me infundió la fe que en mí

puso, convirtió mi ambición en deber de gratitud hacia ella, y me obligó

a ser grande para que ella no fuese, ni motejada de ligera, ni tenida

por mentirosa.

El Gran Capitán no supo callar entonces. Contó a doña Beatriz los

fugitivos amores de su mocedad primera. Y hasta hay quien dice que le

citó, asomando el llanto a sus ojos, algo de la carta que le había

escrito doña Mencía, y que él conservaba piadosamente en la memoria.

Gonzalo dijo por último:

--Quiero confesarte, con el debido sigilo, que después he amado a otras

mujeres y he sido amado por ellas. Ninguna, sin embargo, ha derribado y

arrojado del santuario de mi alma la venerada imagen, puesta allí sobre

todo lo terrenal y caduco, de la mujer que me reveló a mí mismo mi ser

propio: que tal vez con la virtud creadora de su amor sembró en mi

espíritu el germen de todo lo bueno y de todo lo noble que he podido

hacer en mi vida.

Al referir esta historia que me contó D. Juan Fresco, y cuya certidumbre

confirmó, hasta cierto punto, mi querido amigo D. Aureliano, no puedo

menos de recordar un estudio que escribió y publicó, años ha, Rosa

Cleveland, hermana del que fue Presidente de los Estados Unidos. El

estudio se titula _Fe altruista_, y procura demostrar que la capital

misión de la mujer es la de revelar al hombre sus altos destinos,

alentarle en la lucha e inspirarle el brío y la confianza que son

menester para alcanzarlos.

De varios colores · 第 48 / 73 题