Más de cuarenta años habían transcurrido desde la muerte de doña Mencía.
Gonzalo Fernández de Córdoba se hallaba de paso para Granada en la
ciudad que se honra con darle su nombre por apellido.
Todos los ensueños de doña Mencía se habían realizado. Estaba él
cubierto de gloria, era llamado el Gran Capitán. Su nombre se
pronunciaba y se oía con respeto en todas las regiones de Europa. De él
había dicho el más discreto y perfecto caballero cortesano que en
aquella edad tuvo Italia, que, «en paz y en guerra fue tan señalado, que
si la fama no es muy ingrata, siempre en el mundo publicará sus loores y
mostrará claramente que en nuestros días pocos reyes o señores grandes
hemos visto que en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud no hayan
quedado bajos en comparación de él». Él había combatido a los
portugueses en Toro, a los muslimes en Granada, en las Alpujarras a los
moriscos rebeldes, en Ostia al más feroz de los piratas, al turco en
Cefalonia, y en Italia a los franceses, desbaratando sus ejércitos,
venciendo a sus reyes y más ilustres caudillos y ganando para España lo
más hermoso de aquella península. Había adquirido y prodigado inmensas
riquezas, había ganado como trofeo de sus victorias más de doscientas
banderas y dos estandartes reales, y había conseguido que le celebrasen
y admirasen en toda España, así en Aragón como en Castilla.
Víctima ya de la suspicacia, y tal vez de la envidia del Rey, se
retiraba harto desengañado a sus dominios de Loja, después de haber
visto arrasada la fortaleza de Montilla, que fue su cuna, y castigados
con dureza no pocos de sus parientes y amigos.
Se cuenta que Gonzalo visitó un día a su anciana parienta doña Beatriz
Enríquez, que había sido amiga del ya difunto almirante D. Cristóbal
Colón, a quien retuvo largo tiempo en España a pesar de los desdenes de
la Corte.
Contra la sentencia del Dante, tan a menudo citada, no siempre es
doloroso, sino sabroso y dulce, el recuerdo de la edad feliz, de los
amores juveniles y de los triunfos y venturas que entonces se lograron.
Doña Beatriz, en su vejez y en su aislamiento, se sintió consolada al
ver y al hablar a su glorioso deudo. Animada fue la conversación que con
él tuvo.
Doña Beatriz se mostró expansiva y acabó por estar justamente
jactanciosa. Declaró con orgullo que tenía por gloria suya el haber
amado al aventurero genovés, el haber descubierto y reconocido todo el
valer de su espíritu y el haber creído y esperado en la alta misión que
le habían confiado los cielos, cuando todavía eran muy pocos los
hombres que no le desdeñaban.
--Por mí--dijo--se quedó en España aquel hombre enviado de Dios. En gran
parte me debe España la gloria de haber roto ella el misterioso secreto
de los mares y de haber descubierto islas florecientes y extensa tierra
firme, rica en perlas y en oro, que todavía se pone como valladar para
impedirnos llegar a Cipango, al Catay y al imperio del preste Juan, por
donde ya penetran los portugueses, siguiendo opuestos caminos y
navegando hacia las regiones donde se pensaba que tenía su tálamo la
Aurora.
El Gran Capitán comprendió y aplaudió el orgullo de su parienta; pero su
mismo aplauso hizo brotar en su alma otro orgullo muy parecido. Gonzalo
Fernández de Córdoba no supo contenerse, y dijo a doña Beatriz:
--Yo admiro la perspicacia de vidente y la fe profunda y la esperanza
certera con que amaste y detuviste al inspirado piloto. Pero perdona mi
vanidad. No has sido tú en esta época la única cordobesa a quien hizo el
amor profetisa. Otra hubo antes que tú, que compitió en esto contigo. No
merece tanto, porque el hombre cuyo valer futuro descubrió ella en su
amorosa visión profética, vale mil y mil veces menos que el que por
esfuerzo de su reveladora inteligencia y de su enérgica voluntad ha
duplicado o triplicado la grandeza del mundo conocido, y ha magnificado
el concepto de la creación en toda mente humana. Comparada a la gloria
de ese hombre, vale poco la que se alcanza derrotando ejércitos,
conquistando reinos y avasallando y humillando a los príncipes más
poderosos. Merece, sin embargo, más que tú esta mujer de que te hablo,
porque tú no revelaste a Colón mismo lo que él ya sabía de su propio
valer. Tú le prestaste crédito, aliento y esperanza y confianza en los
hombres y en su fortuna; pero esta mujer de que te hablo, en su
exaltación de amor hacia mí, porque fue mi enamorada, no se limitó a
darme crédito, aliento y esperanza, sino que hizo patente a mi alma la
por ella soñada grandeza que mi alma tenía, me infundió la fe que en mí
puso, convirtió mi ambición en deber de gratitud hacia ella, y me obligó
a ser grande para que ella no fuese, ni motejada de ligera, ni tenida
por mentirosa.
El Gran Capitán no supo callar entonces. Contó a doña Beatriz los
fugitivos amores de su mocedad primera. Y hasta hay quien dice que le
citó, asomando el llanto a sus ojos, algo de la carta que le había
escrito doña Mencía, y que él conservaba piadosamente en la memoria.
Gonzalo dijo por último:
--Quiero confesarte, con el debido sigilo, que después he amado a otras
mujeres y he sido amado por ellas. Ninguna, sin embargo, ha derribado y
arrojado del santuario de mi alma la venerada imagen, puesta allí sobre
todo lo terrenal y caduco, de la mujer que me reveló a mí mismo mi ser
propio: que tal vez con la virtud creadora de su amor sembró en mi
espíritu el germen de todo lo bueno y de todo lo noble que he podido
hacer en mi vida.
Al referir esta historia que me contó D. Juan Fresco, y cuya certidumbre
confirmó, hasta cierto punto, mi querido amigo D. Aureliano, no puedo
menos de recordar un estudio que escribió y publicó, años ha, Rosa
Cleveland, hermana del que fue Presidente de los Estados Unidos. El
estudio se titula _Fe altruista_, y procura demostrar que la capital
misión de la mujer es la de revelar al hombre sus altos destinos,
alentarle en la lucha e inspirarle el brío y la confianza que son
menester para alcanzarlos.