«Cuando te despedí pocos días ha desde el castillo, devolviéndote la
libertad y mandándote y exigiéndote que la recobrases, no tuve valor aún
para despedirme también de la esperanza de volver a verte en este mundo,
¡oh mi dulce y joven amigo! Tomada estaba ya y escondida en el centro de
mi alma la firme resolución de no volver a verte nunca; pero no quise
decírtelo hasta ahora. Ahora que te lo digo, ahora que por última vez
voy a hacer que mi palabra llegue hasta ti, aunque sea desde lejos, Dios
habrá de perdonarme si me complazco en recordar mi extravío, no ya para
llorarle y lamentarle arrepentida, sino para deleitarme y glorificarme
con su recuerdo. Toda la austeridad de mi vida durante veinte años, todo
mi primer amor, suavemente conservado en la memoria con afán religioso y
puro como rescoldo del fuego sagrado entre las cenizas del ara, y mi
orgullo y el respeto debido al nombre que llevo y a mi decoro de honrada
y casta matrona, todo se desvaneció y falleció en mi alma al ver tu
rostro y al oír tus palabras, acaso desde la vez primera que me
hablastes. No creas que me ofusqué, que me cegué y que no comprendí
desde el primer momento la intensidad y la fealdad de mi delito y el
casi irresistible impulso que a cometerle me llevaba. Claro apareció en
mi conciencia el amor que me habías inspirado, y cuán abominable lo
hacía la gran diferencia de nuestra edad, más propia que para
convertirme en amiga o en esposa tuya, para prestarme, con relación a
ti, por manera espiritual, el casto y limpio carácter de madre.
»Yo, con todo, no supe resistirme. Fue mi pasión tan vehemente que, no
ya inútil, necia y vulgar me pareció la resistencia. Hasta en la misma
tardanza vi yo algo de mezquino y grosero que aparecía en mi mente como
frío artificio y estudiado melindre de mujer que anhela vender más caras
sus finezas y realzar más de lo justo el precio y valer de sus favores
retardando el concederlos. No extrañes, pues, que, vencida y rendida yo,
cayese desde luego en tus brazos sin defenderme, y te diese mi corazón y
fuese toda tuya.
»Había yo querido antes cohonestar la inclinación que hacia ti había
sentido, imaginándote vivo retrato del hombre a quien yo había amado en
mis primeras mocedades, y a quien había llorado largos años después de
muerto. Pero no tardé en desechar este pensamiento, considerándole
cobarde hipocresía con que mi entendimiento, más mentiroso que sutil,
trataba de atenuar el poderoso conato de mi voluntad viciosa. No: no me
pareciste semejante a D. Jaime, sino mil y mil veces mejor que él. Su
imagen, grabada en mi alma, se borró y desapareció no bien vino tu
imagen a estamparse en ella, como sello y marca de esclavitud que la
hace tuya para siempre. Ni el temor de la maledicencia; ni el odioso
pensamiento de que hasta tú mismo pudieras menospreciarme y tenerme por
liviana, nada me contuvo. La fuerza, no obstante, que no bastó para
detenerme al borde del abismo y para salvarme de la caída, me ha valido
luego para romper materialmente el lazo, para huir de ti, para
levantarme lastimada y penitente y refugiarme en este retiro. Yo no
podía ser legítimamente tuya. Vivir de otra suerte a tu lado, hubiera
sido escándalo, ignominia y vergüenza. Los sabios consejos de mi
confesor, a quien, dominando el rubor que encendía y quemaba mi rostro,
mostré la herida de mi alma para que la curase, y el bálsamo de nuestra
santa religión que él vertió en la herida, me prestaron aliento y brío
para desbaratar las cadenas en que me tuviste aprisionada, para
apartarte de mí y para tomar luego la determinación que he tomado.
»Dios, en su infinita misericordia, habrá de perdonármelo. No acierto a
que así no sea. Ahora que me dirijo a ti, acuden a mi mente, la turban y
la llenan de amargo deleite aquellos momentos de embriaguez amorosa y de
completo abandono en que toda yo fui para ti y creí que eras tú todo
mío.
»Resuelta estoy a restaurar con plegarias, cristianas meditaciones y
dura penitencia la espantosa ruina en que mi virtud se deshizo.
Humillada y contrita estoy, y con todo, no noto en mí el
arrepentimiento. A mi mente acuden en tropel ideas y razones, si no para
justificar, para disculpar en parte mi pecado, y, cuando no para
absolverme, para mitigar la sentencia que me condena.
»A los indiferentes parecerá locura lo que voy a decirte. A pesar de tu
modestia, tú debes creerme. Algo de sobrenatural, del cielo sin duda en
su origen, aunque torcido y maleado después por el infierno, ha sido el
móvil principal de mi enamoramiento y de mi súbita flaqueza. He sentido,
al verte y al oírte, no atino a explicar qué extraño modo de profética
revelación, qué profundo convencimiento, qué fe y qué segura esperanza
en tus futuros y soberanos destinos. Sí, yo no he amado sólo en tu
persona al gallardo y floreciente mancebo en toda la frescura y lozanía
de su edad primera. Yo he amado y prefigurado en ti al héroe en flor,
gloria y grandeza de la patria, al que contribuirá más que nadie a que
Castilla, disuelta hoy en bandos y asolada por guerras civiles, con
España toda unida a Castilla, sea la primera de las naciones. Yo, no
sólo veía en tus ojos la llama del amor, sino la luz refulgente y el
fuego del entusiasmo con que un numen inspirador encendía tu alma. Yo
veía lucir en tu frente la estrella de la inmortalidad, y su resplandor
me cegaba: tus sienes se me mostraban circundadas de un nimbo luminoso.
»Así explico yo y así disculpo mi inevitable rendimiento; así explico yo
y así disculpo también el valor cruel que he tenido para echarte lejos
de mí y para apartarme de ti, después y por siempre. Reteniéndote en mis
brazos me hubiera rebelado yo contra los designios y decretos del
cielo. La gloria te quiere para sí, y yo no quiero ni puedo ser rival de
la gloria. Básteme la que alcanzo con haber poseído tu corazón y con que
me hayas tributado las primicias de tu amoroso y juvenil afecto.
Básteme, sobre todo, la gloria de haber sido acaso el primer ser humano
que ha visto con toda claridad en tu frente el signo que Dios puso en
ella, señalándote así para que honres, prosperes y ensalces a tu pueblo,
y para que venzas y domines a los otros.
»Adiós. No me llores por desventurada. ¿Por qué no confesártelo? Estoy
orgullosa y soy dichosa por mi propia falta. La única obligación tuya,
lo único que me debes es el cumplimiento de mi esperanza y de la fe que
puse en ti. No desmayes. Lánzate valerosamente en el sendero de la vida.
Sé grande, sé glorioso, como yo te he soñado, y paga así con usura todo
el amor que te tuve y que te tengo todavía, y cuantos sacrificios hice a
ese amor justificado por tu maravilloso valer y harto premiado por el
deleite supremo que logré al ser tu amada.
»No quiero yo que me olvides, dueño mío. Tuya soy yo, toda yo y por toda
la vida. Recuérdame, pero más con ternura que con pena. Y adiós de nuevo
y para siempre.»
Cuatro años después de escrita esta carta, doña Mencía, apartada del
mundo y de todo trato de gentes, salvo el de sus hermanas las
religiosas, se consumió como si un fuego interior la devorase, se
marchitó como rosa aromática en el ardor del estío, y entregó a Dios su
alma en el convento de Santa Clara de Córdoba, edificando con su
resignada, ejemplar y cristiana muerte a las pocas personas que por
entonces la trataban.