Cruel y deshecha tempestad de encontrados sentimientos hubo de agitar
aquella noche el alma de doña Mencía. Durmió poco y se levantó del lecho
apenas rayaba la aurora.
Como si le quedasen pocas horas de vida y estuviese a punto de
desaparecer de sobre el haz de la tierra, dispuso de todos sus bienes,
haciendo donación de las joyas, de los más ricos vestidos y de parte de
sus cuantiosos ahorros a favor de Leonor, su fiel camarera.
Hallándose presente ésta, así como también el P. Atanasio, hizo venir a
Juan Moreno Güeto y le indujo a contraer con Leonor solemnes esponsales,
que autorizó el P. Atanasio, prometiendo, por su parte, ser pronto el
ministro que santificase por la virtud del sacramento la unión de los
novios.
Confió doña Mencía al P. Atanasio una respetable suma de dinero para que
la repartiera con juicioso tino entre los soldados de la hueste y los
campesinos pobres de las cercanías.
Y reservó, por último, buena porción de su caudal para entregarla a la
Superiora del convento de Santa Clara en Córdoba, antigua fundación del
rey D. Alonso _el Sabio_ y de su mujer la reina doña Violante, hija de
D. Jaime de Aragón, el que ganó a los moros la ciudad de Valencia. En
aquel convento había determinado doña Mencía encerrarse para siempre y
acabar su vida.
A fin de cumplir tan devota determinación, de que sólo dio noticia
entonces al P. Atanasio, se despidió de la hueste como si tratase de
hacer una breve ausencia, y acompañada solamente del mencionado Padre,
de Nuño y del futuro yerno de éste, salió para Córdoba aquel mismo día.
Como los cuatro iban en sendos caballos, ligeros y briosos, pudieron
llegar, y llegaron, antes de anochecer a la antigua capital del
califato.
Doña Mencía tardó poco en cumplir su propósito. Abandonó el mundo, y se
retiró al convento de Santa Clara. El P. Atanasio y Juan Moreno Güeto
volvieron al castillo inmediatamente. Nuño tardó algo más en volver,
pues tuvo antes que llevar un mensaje a Montilla, cumpliendo las órdenes
de su señora y el último de sus encargos, en relación y enlace con
personas y cosas de esta vida mortal, del siglo y de la tierra que nos
sustenta. Nuño llevó a Montilla, y entregó recatada y secretamente al
hermano menor de D. Alonso de Aguilar, una extensa carta, escrita por
doña Mencía, y que decía de esta suerte: