Con este trato familiar y diario, doña Mencía dio por seguro que pronto
acabarían por desvanecerse las ilusiones algo malsanas que había
concebido; pero, por desgracia, aconteció muy al revés de su buen
propósito y honradísimo intento.
Don Juan Fresco pasa aquí como sobre ascuas, sin aclarar ni determinar
nada. Yo no he de ser más explícito y terminante que mi tocayo. Diré
sólo que, pocos días después, doña Mencía apareció más bella y remozada,
iluminando su rostro una alegría dulce y mucha satisfacción y contento,
vistiéndose con más primor y saliendo a caballo a dar largos paseos, por
los más solitarios y ásperos caminos, acompañada sólo del mancebo
cautivo y del anciano Nuño, a quien el mozo había ganado la voluntad y
con quien estaba muy bien avenido. Nuño tenía además la más completa
convicción de que el mancebo no perseguía ya ni inquietaba a Leonor,
cuya honestidad estaba segura.
Harto había notado Nuño la fina devoción y el acendrado rendimiento con
que el mancebo cautivo miraba y servía a su señora; pero no se atrevía a
sospechar que ella pagase con amor tan delicados extremos, si bien
advertía que a veces, bajo la ardiente mirada del joven, doña Mencía
bajaba suave y lánguidamente los ojos, y tal vez se ponía encarnada como
las amapolas, y aun creyó percibir en ocasiones, por entre los párpados
y sedosas pestañas de ella, asomar una lágrima, que más que amarga
parecía ser de ternura.
Tales observaciones daban vigor a sus sospechas; pero no tardaba en
disiparlas la consideración de que el P. Atanasio, grave y reverendo
siervo de Dios, comía siempre en la misma mesa con doña Mencía y el
mancebo, y terciaba al parecer en todos sus coloquios.
Por otra parte, no cabía en la imaginación ni en el pensamiento de Nuño
que doña Mencía olvidase a su esposo D. Jaime y fuese infiel a su
memoria.
La desproporción de edad hacía, por último, inverosímiles las relaciones
amorosas. Doña Mencía hubiera podido ser holgadamente madre de aquel
lindo muchacho.
De aquí que Nuño desechase siempre como suposición maliciosa la idea que
a veces se le presentaba de que doña Mencía tuviese amores. Lo que tenía
era afecto casi maternal, y algo de satisfacción de amor propio y mucho
de gratitud al considerarse querida. De esto sí que no dudaba Nuño. La
admiración entusiasta y el vehemente enamoramiento del mozo estaban
harto poco disimulados y eran patentes a todos los ojos.
Los guerreros de la hueste lo veían claro. Y muchos de ellos, menos
respetuosos que Nuño, y con muchísima menos fe en la probada austeridad
y virtud de la alcaidesa, afirmaban, con más malicia que respeto, que
aquella ilustre dama no desdeñaba las pretensiones del misterioso
cautivo casi adolescente.
Provino de todo ello un germen de disturbio que hubiera podido terminar
en escándalo, si la prudencia de Nuño no le hubiera sofocado al nacer.
Juan Moreno Güeto, uno de los cabos de la hueste, favorito de Nuño y
aspirante a la mano de su hija Leonor, a quien requería de amores, era
asimismo respetuoso y ferviente admirador de D.ª Mencía. Y como oyese en
cierta ocasión, en boca de algunos compañeros de armas, groseros
chistes en ofensa de su señora, no pudo contenerse y se decidió a
castigarlos de palabras y aun de obras. Por dicha, Nuño acudió a tiempo
y pudo evitar la inminente lucha, calmando los ánimos, restableciendo la
paz y procurando que no se divulgase lo que había ocurrido.
Doña Mencía, no obstante, hubo de entrever algo del caso y de sentirse
lastimada y avergonzada de andar en lenguas de sus vasallos, y de ver
que empezaba a perderse la inmaculada reputación que ella tan justamente
había adquirido en veinte años de la vida más ejemplar y de las más
severas costumbres.
Fuesen como fuesen sus relaciones con el rapaz misterioso, doña Mencía
comprendió que daban harto pábulo a la maledicencia.
Sin duda el P. Atanasio, que era su director espiritual, y, según hemos
dicho, grave y severísimo, la amonestó o la reprendió, ora por el
peligro a que se exponía o por la ocasión que daba a que la censurasen,
si no había pecado, ora por el pecado mismo si, dejándose ella caer en
la tentación, había cometido alguno.
En resolución, las causas por lo pronto permanecieron ocultas, y cuando
menos podía preverse hubo un suceso inesperado.
Revestido con las armas del difunto D. Jaime, que parecían expresamente
forjadas a la medida del mancebo cautivo, apareció éste a la puerta del
castillo en una hermosa mañana del mes de Mayo, acompañado de Nuño y de
Juan Moreno Güeto, los tres en sendos caballos; tomaron el camino de
Cabra, y no tardaron mucho en salvar la cima de los cercanos alcores,
perdiéndose de vista.
Alguien aseguró después que, hasta que de vista se perdieron, doña
Mencía estuvo en el balcón de su estancia, que se elevaba sobre el muro,
y desde donde se oteaba el circunstante paisaje, mirando a los que
partían, y dando al mancebo cautivo un postrer adiós con el blanco
pañizuelo de holanda que hacía ondear su diestra, cuando no se le
llevaba a los ojos para enjugarse el llanto delator que los humedecía.
A la caída de la tarde del día siguiente, Nuño y Juan Moreno Güeto
volvieron al castillo, pero volvieron solos. Del mancebo nada se supo
después. Nuño y Juan Moreno Güeto no quisieron satisfacer nunca la
curiosidad de la gente de la guarnición diciendo dónde le habían dejado.
V
Seis días pasaron después del suceso que acabamos de referir, durante
los cuales vivió doña Mencía en el más completo retraimiento. No salía
de sus apartadas estancias, y sólo la veían y hablaban con ella el P.
Atanasio, Leonor y Nuño.
Un domingo por la mañana ocurrió algo que allí podría pasar por novedad,
ya que sólo de tarde en tarde recibía la alcaidesa visitas de sus
parientes.
No se sabe si llamado por ella, o por iniciativa propia, vino el
mariscal D. Diego desde el castillo de Baena a visitar a su prima. De
todos modos, D. Diego no sabía, o aparentó no saber, que el mancebo
cautivo había recobrado su libertad. Preguntó por él a doña Mencía y
mostró deseo de verle.
Doña Mencía contestó entonces:
--No es posible que ahora le veas. Aborrezco el disimulo y el engaño. No
sólo le he dejado ir libre, sino que le he absuelto del compromiso que
contrajo y de la palabra que dio de permanecer en cautiverio. Él no se
hubiera ido si yo no le hubiera obligado a que se fuese, mandándoselo y
despidiéndole. Échame a mí toda la culpa; toda la culpa es mía.
Don Diego no pudo reprimir su enojo, y exclamó con airado acento:
--¡Vive Dios, prima, que te has conducido con fea deslealtad y te has
mostrado harto ingrata a los beneficios que a mi casa y familia debes!
--Vuestras quejas--replicó ella--son harto infundadas, Sr. D. Diego, y
son además muy ofensivas para mí. Yo he dado libertad al joven por
respeto al honor de vuestra casa y familia, y para no ser cómplice de un
delito que la denigraba. El rapaz no ha sido maltratado en este
castillo; pero había sido robado y secuestrado por nosotros, como si
fuésemos bandidos. Yo no podía consentir largo tiempo en esto y
coadyuvar a vuestros planes. Supe que el ilustre hermano del cautivo le
buscaba inquieto y desolado, indagaba en balde su paradero y hasta
lamentaba y lloraba su por él imaginada temprana muerte. Lo mejor que
podía yo hacer, y eso he hecho, es enviarle a Montilla a que tranquilice
y aquiete a su hermano, exigiéndole, como le he exigido, y él cumplirá
su promesa, no revelar nunca a su hermano quien le robó y le tuvo
prisionero. Mi deseo es que se restablezca la concordia entre vuestra
casa y la de ellos, y sería nuevo inconveniente para que mi deseo se
lograse que D. Alonso supiera que el mariscal D. Diego, de quien tantos
agravios ha recibido, le había agraviado también siendo el raptor de su
hermano, a quien quiere con toda su alma.
--No es de maravillar ese cariño--dijo don Diego,--porque el joven posee
extraordinarios atractivos, se gana la voluntad de las personas a quien
trata, aunque sean muy adustas, y si a él le roban toma represalias
terribles, y, según parece, roba los corazones, y los trastorna y los
hechiza por tal arte, que les hace olvidar los más sagrados deberes y el
conveniente decoro.
Subió la sangre al rostro de doña Mencía y le tiñó de rojo al escuchar
aquellas palabras; pero con serenidad y calma, para que lo que había
resuelto no se atribuyese a momentáneo arrebato, sino a resolución
premeditada e irrevocable, dijo a D. Diego de esta suerte:
--No hubiera yo presumido ni creído nunca, Sr. D. Diego, que faltando a
nuestro parentesco, a nuestra amistad de toda la vida y a cuanto un
caballero cortés y bien nacido debe de respeto a una dama, hubierais vos
venido a mi propia habitación y estrado a insultarme con injuriosas
reticencias. De nadie dependo, y sólo a Dios tengo que dar cuenta de mi
conducta. Aunque fuese mala, no tenéis derecho para afrentarme ni para
acusarme, siquiera sea en términos embozados y ambiguos. Respetad a una
mujer como a vuestra hidalguía conviene. Y ya que juzgáis que yo me he
conducido mal en lo que importa al servicio de vuestra casa y familia,
yo me extraño desde este instante de dicho servicio. Por lo pronto, os
ruego, dije mal, os exijo que salgáis de mi presencia. No tardaré yo en
evacuar el castillo y fortaleza cuya custodia me habíais confiado. El
alférez Calixto de Vargas quedará mandando la hueste, y dentro de
veinticuatro horas os hará entrega de todo. Yo me extraño, como acabo de
deciros. Mañana mismo saldré de aquí, llevando en mi compañía a Nuño, a
su hija Leonor y a Juan Moreno Güeto. El mayor favor que podéis hacerme
es no volver a acordaros de mí, y no empeñaros en averiguar ni adónde
voy, ni cuáles serán en lo futuro mis propósitos y las andanzas de mi
vida.
Aunque harto sabía D. Diego que era irrevocable toda resolución que
tomaba su prima, y que su carácter era más firme que la roca en que
descansaba el castillo a que ella había dado su nombre, todavía D. Diego
hubiera querido contestar a aquel discurso y procurar amansar a la dama;
pero ella lo estorbó retirándose de súbito a su habitación más
reservada y cerrando la puerta de golpe.
No se atrevió el Mariscal a seguirla: no quiso tampoco enterar a nadie
de los términos poco amistosos con que aquella entrevista había
terminado, y así, aparentando reposo y sin dejar traslucir lo que
pasaba, salió del castillo con los escuderos que le habían acompañado, y
se volvió a Baena.