IV

Con este trato familiar y diario, doña Mencía dio por seguro que pronto

acabarían por desvanecerse las ilusiones algo malsanas que había

concebido; pero, por desgracia, aconteció muy al revés de su buen

propósito y honradísimo intento.

Don Juan Fresco pasa aquí como sobre ascuas, sin aclarar ni determinar

nada. Yo no he de ser más explícito y terminante que mi tocayo. Diré

sólo que, pocos días después, doña Mencía apareció más bella y remozada,

iluminando su rostro una alegría dulce y mucha satisfacción y contento,

vistiéndose con más primor y saliendo a caballo a dar largos paseos, por

los más solitarios y ásperos caminos, acompañada sólo del mancebo

cautivo y del anciano Nuño, a quien el mozo había ganado la voluntad y

con quien estaba muy bien avenido. Nuño tenía además la más completa

convicción de que el mancebo no perseguía ya ni inquietaba a Leonor,

cuya honestidad estaba segura.

Harto había notado Nuño la fina devoción y el acendrado rendimiento con

que el mancebo cautivo miraba y servía a su señora; pero no se atrevía a

sospechar que ella pagase con amor tan delicados extremos, si bien

advertía que a veces, bajo la ardiente mirada del joven, doña Mencía

bajaba suave y lánguidamente los ojos, y tal vez se ponía encarnada como

las amapolas, y aun creyó percibir en ocasiones, por entre los párpados

y sedosas pestañas de ella, asomar una lágrima, que más que amarga

parecía ser de ternura.

Tales observaciones daban vigor a sus sospechas; pero no tardaba en

disiparlas la consideración de que el P. Atanasio, grave y reverendo

siervo de Dios, comía siempre en la misma mesa con doña Mencía y el

mancebo, y terciaba al parecer en todos sus coloquios.

Por otra parte, no cabía en la imaginación ni en el pensamiento de Nuño

que doña Mencía olvidase a su esposo D. Jaime y fuese infiel a su

memoria.

La desproporción de edad hacía, por último, inverosímiles las relaciones

amorosas. Doña Mencía hubiera podido ser holgadamente madre de aquel

lindo muchacho.

De aquí que Nuño desechase siempre como suposición maliciosa la idea que

a veces se le presentaba de que doña Mencía tuviese amores. Lo que tenía

era afecto casi maternal, y algo de satisfacción de amor propio y mucho

de gratitud al considerarse querida. De esto sí que no dudaba Nuño. La

admiración entusiasta y el vehemente enamoramiento del mozo estaban

harto poco disimulados y eran patentes a todos los ojos.

Los guerreros de la hueste lo veían claro. Y muchos de ellos, menos

respetuosos que Nuño, y con muchísima menos fe en la probada austeridad

y virtud de la alcaidesa, afirmaban, con más malicia que respeto, que

aquella ilustre dama no desdeñaba las pretensiones del misterioso

cautivo casi adolescente.

Provino de todo ello un germen de disturbio que hubiera podido terminar

en escándalo, si la prudencia de Nuño no le hubiera sofocado al nacer.

Juan Moreno Güeto, uno de los cabos de la hueste, favorito de Nuño y

aspirante a la mano de su hija Leonor, a quien requería de amores, era

asimismo respetuoso y ferviente admirador de D.ª Mencía. Y como oyese en

cierta ocasión, en boca de algunos compañeros de armas, groseros

chistes en ofensa de su señora, no pudo contenerse y se decidió a

castigarlos de palabras y aun de obras. Por dicha, Nuño acudió a tiempo

y pudo evitar la inminente lucha, calmando los ánimos, restableciendo la

paz y procurando que no se divulgase lo que había ocurrido.

Doña Mencía, no obstante, hubo de entrever algo del caso y de sentirse

lastimada y avergonzada de andar en lenguas de sus vasallos, y de ver

que empezaba a perderse la inmaculada reputación que ella tan justamente

había adquirido en veinte años de la vida más ejemplar y de las más

severas costumbres.

Fuesen como fuesen sus relaciones con el rapaz misterioso, doña Mencía

comprendió que daban harto pábulo a la maledicencia.

Sin duda el P. Atanasio, que era su director espiritual, y, según hemos

dicho, grave y severísimo, la amonestó o la reprendió, ora por el

peligro a que se exponía o por la ocasión que daba a que la censurasen,

si no había pecado, ora por el pecado mismo si, dejándose ella caer en

la tentación, había cometido alguno.

En resolución, las causas por lo pronto permanecieron ocultas, y cuando

menos podía preverse hubo un suceso inesperado.

Revestido con las armas del difunto D. Jaime, que parecían expresamente

forjadas a la medida del mancebo cautivo, apareció éste a la puerta del

castillo en una hermosa mañana del mes de Mayo, acompañado de Nuño y de

Juan Moreno Güeto, los tres en sendos caballos; tomaron el camino de

Cabra, y no tardaron mucho en salvar la cima de los cercanos alcores,

perdiéndose de vista.

Alguien aseguró después que, hasta que de vista se perdieron, doña

Mencía estuvo en el balcón de su estancia, que se elevaba sobre el muro,

y desde donde se oteaba el circunstante paisaje, mirando a los que

partían, y dando al mancebo cautivo un postrer adiós con el blanco

pañizuelo de holanda que hacía ondear su diestra, cuando no se le

llevaba a los ojos para enjugarse el llanto delator que los humedecía.

A la caída de la tarde del día siguiente, Nuño y Juan Moreno Güeto

volvieron al castillo, pero volvieron solos. Del mancebo nada se supo

después. Nuño y Juan Moreno Güeto no quisieron satisfacer nunca la

curiosidad de la gente de la guarnición diciendo dónde le habían dejado.

V

Seis días pasaron después del suceso que acabamos de referir, durante

los cuales vivió doña Mencía en el más completo retraimiento. No salía

de sus apartadas estancias, y sólo la veían y hablaban con ella el P.

Atanasio, Leonor y Nuño.

Un domingo por la mañana ocurrió algo que allí podría pasar por novedad,

ya que sólo de tarde en tarde recibía la alcaidesa visitas de sus

parientes.

No se sabe si llamado por ella, o por iniciativa propia, vino el

mariscal D. Diego desde el castillo de Baena a visitar a su prima. De

todos modos, D. Diego no sabía, o aparentó no saber, que el mancebo

cautivo había recobrado su libertad. Preguntó por él a doña Mencía y

mostró deseo de verle.

Doña Mencía contestó entonces:

--No es posible que ahora le veas. Aborrezco el disimulo y el engaño. No

sólo le he dejado ir libre, sino que le he absuelto del compromiso que

contrajo y de la palabra que dio de permanecer en cautiverio. Él no se

hubiera ido si yo no le hubiera obligado a que se fuese, mandándoselo y

despidiéndole. Échame a mí toda la culpa; toda la culpa es mía.

Don Diego no pudo reprimir su enojo, y exclamó con airado acento:

--¡Vive Dios, prima, que te has conducido con fea deslealtad y te has

mostrado harto ingrata a los beneficios que a mi casa y familia debes!

--Vuestras quejas--replicó ella--son harto infundadas, Sr. D. Diego, y

son además muy ofensivas para mí. Yo he dado libertad al joven por

respeto al honor de vuestra casa y familia, y para no ser cómplice de un

delito que la denigraba. El rapaz no ha sido maltratado en este

castillo; pero había sido robado y secuestrado por nosotros, como si

fuésemos bandidos. Yo no podía consentir largo tiempo en esto y

coadyuvar a vuestros planes. Supe que el ilustre hermano del cautivo le

buscaba inquieto y desolado, indagaba en balde su paradero y hasta

lamentaba y lloraba su por él imaginada temprana muerte. Lo mejor que

podía yo hacer, y eso he hecho, es enviarle a Montilla a que tranquilice

y aquiete a su hermano, exigiéndole, como le he exigido, y él cumplirá

su promesa, no revelar nunca a su hermano quien le robó y le tuvo

prisionero. Mi deseo es que se restablezca la concordia entre vuestra

casa y la de ellos, y sería nuevo inconveniente para que mi deseo se

lograse que D. Alonso supiera que el mariscal D. Diego, de quien tantos

agravios ha recibido, le había agraviado también siendo el raptor de su

hermano, a quien quiere con toda su alma.

--No es de maravillar ese cariño--dijo don Diego,--porque el joven posee

extraordinarios atractivos, se gana la voluntad de las personas a quien

trata, aunque sean muy adustas, y si a él le roban toma represalias

terribles, y, según parece, roba los corazones, y los trastorna y los

hechiza por tal arte, que les hace olvidar los más sagrados deberes y el

conveniente decoro.

Subió la sangre al rostro de doña Mencía y le tiñó de rojo al escuchar

aquellas palabras; pero con serenidad y calma, para que lo que había

resuelto no se atribuyese a momentáneo arrebato, sino a resolución

premeditada e irrevocable, dijo a D. Diego de esta suerte:

--No hubiera yo presumido ni creído nunca, Sr. D. Diego, que faltando a

nuestro parentesco, a nuestra amistad de toda la vida y a cuanto un

caballero cortés y bien nacido debe de respeto a una dama, hubierais vos

venido a mi propia habitación y estrado a insultarme con injuriosas

reticencias. De nadie dependo, y sólo a Dios tengo que dar cuenta de mi

conducta. Aunque fuese mala, no tenéis derecho para afrentarme ni para

acusarme, siquiera sea en términos embozados y ambiguos. Respetad a una

mujer como a vuestra hidalguía conviene. Y ya que juzgáis que yo me he

conducido mal en lo que importa al servicio de vuestra casa y familia,

yo me extraño desde este instante de dicho servicio. Por lo pronto, os

ruego, dije mal, os exijo que salgáis de mi presencia. No tardaré yo en

evacuar el castillo y fortaleza cuya custodia me habíais confiado. El

alférez Calixto de Vargas quedará mandando la hueste, y dentro de

veinticuatro horas os hará entrega de todo. Yo me extraño, como acabo de

deciros. Mañana mismo saldré de aquí, llevando en mi compañía a Nuño, a

su hija Leonor y a Juan Moreno Güeto. El mayor favor que podéis hacerme

es no volver a acordaros de mí, y no empeñaros en averiguar ni adónde

voy, ni cuáles serán en lo futuro mis propósitos y las andanzas de mi

vida.

Aunque harto sabía D. Diego que era irrevocable toda resolución que

tomaba su prima, y que su carácter era más firme que la roca en que

descansaba el castillo a que ella había dado su nombre, todavía D. Diego

hubiera querido contestar a aquel discurso y procurar amansar a la dama;

pero ella lo estorbó retirándose de súbito a su habitación más

reservada y cerrando la puerta de golpe.

No se atrevió el Mariscal a seguirla: no quiso tampoco enterar a nadie

de los términos poco amistosos con que aquella entrevista había

terminado, y así, aparentando reposo y sin dejar traslucir lo que

pasaba, salió del castillo con los escuderos que le habían acompañado, y

se volvió a Baena.

De varios colores · 第 45 / 73 题