Escarmentado el joven cautivo y acaso más cautivo aún de su propia
cortesía y de la veneración y del afecto que le había inspirado la dama
con sólo verla, se condujo durante los diez días que se siguieron con la
corrección más cumplida, mostrando paciencia ejemplar para sufrir sin
quejas su triste y enojoso cautiverio. La severa doña Mencía advirtió
entretanto que atormentaba a veces su alma cierto arrepentimiento de
haber empleado con el rapaz severidad sobrada. Allá a sus solas pensaba
en él casi de continuo, y se complacía en saber lo mucho que su
reprimenda había valido, y cuán juiciosamente se conducía el mozo. Luego
recordaba su rostro y toda su gentil figura, que no había dejado de
examinar cuando le tuvo delante de ella. Y por virtud de este recuerdo
vino a nacer en su alma la más singular alucinación, la más curiosa y
rara fantasía que puede soñarse. En balde procuraba apartar de su mente
aquel ensueño peligroso. El ensueño volvía con tenacidad sobre ella, y
ni dormida ni despierta la dejaba en libertad y en sosiego. Imaginó que
el insolente rapaz a quien había reprendido era el vivo retrato de D.
Jaime, su difunto esposo; y yendo más adelante en aquellas cavilaciones,
se dio a recelar o a sospechar que las hadas benéficas, o algunos otros
seres o genios sobrenaturales, para premiar sus largos años de rígida
viudez, le devolvían con vida al esposo a quien habían tenido durante
todo aquel tiempo encantado y oculto en un mágico submarino alcázar, no
ya conservándole joven, sino poniéndole más joven y más gallardo de lo
que antes era. Y como las imaginaciones no vienen solas, sino que nacen
unas de otras, enredándose y trabándose como áurea cadena, doña Mencía
no se contentó con fingir pasado lo que se acaba de decir, sino que se
creyó conocedora y zahorí de lo presente y aun inspirada profetisa para
ver a las claras las cosas futuras. Así dio por cierto que el rapaz, su
cautivo, llevaba en la frente la marca y el sello de un genio casi
sobrehumano, y que delante de él se abrían luminosos horizontes de
gloria y largo camino de triunfos y de grandezas.
Como quiera que fuese, doña Mencía no pudo resistir a la tentación de
volver a ver al rapaz. Para cohonestarla, antes de caer en ella, se le
ofrecían tres razonables motivos. Era el primero que, en virtud de la
buena conducta del joven, debía ella endulzar lo amargo de su reprimenda
llamándole y dándole su absolución. Era el segundo que, por la gran
diferencia de edad que entre ambos mediaba, el afecto de ella hacia él
tenía mucho de maternal y muy poco o nada de pecaminoso. Y era el
tercero, que el recordar es siempre mil y mil veces más poético que el
mirar, por donde tal vez cuando ella mirase de nuevo al muchacho, caería
en la cuenta de que no se parecía a su difunto esposo, de que ni él
estaba encantado ni la encantaba a ella, y de que eran sueños vanos y
sin sustancia todos los pronósticos en que prestaba al rapaz las
grandezas y los triunfos que expresados quedan. En suma, doña Mencía se
humanó, se apiadó del aislamiento de su cautivo, y, en vez de dejarle
comer solo en la torre en que vivía, le convidó a comer a su mesa.