La soledad y la monotonía de la existencia de la alcaidesa no habían
tenido la menor alteración a pesar de una extraña novedad que había en
el castillo desde hacía una semana. Doña Mencía custodiaba en él a un
huésped, o, mejor dicho, a un prisionero. Su primo D. Diego había
exigido que le custodiase, imponiéndole además como un deber el
abstenerse de preguntar el nombre del huésped, el cual, por su parte,
había prometido también no revelar su nombre. Don Diego tenía grande
interés en que no se supiese el nombre de su prisionero, y hasta en que
se ignorase que tenía prisionero alguno. Por eso no quiso llevarle ni a
Cabra ni a Baena, y le llevó al castillo de doña Mencía, donde no había
más gente que la guarnición, y bajo cuyo amparo no se había fundado aún
la villa que hoy existe. Doña Mencía tuvo que ceder a la imposición de
su primo; pero gustaba tanto de la soledad, y era tan poco lo que le
importaban los sucesos del mundo, que no quiso ver al cautivo que su
primo le trajo, y le confió a Nuño, para que éste le vigilase, alojase y
cuidase con esmero, como a persona principal, y según D. Diego quería.
La dama del castillo supo sólo que su huésped o prisionero era un rapaz
imberbe, que tendría dieciséis años a lo más, y del que D. Diego se
había apoderado, sorprendiéndole sin armas y en compañía de otros
rapaces cazando pajarillos con red y con liga, cimbel y reclamos, en las
orillas de un arroyo no lejos de Monturque.
En su estrado estaba doña Mencía, sola y entregada a sus rezos, en una
hermosa mañana del mes de Abril, cuando su doncella Leonor entró
precipitadamente, asustada y llorosa, y se echó a sus pies pidiendo
perdón y refugio.
--Yo no tengo la culpa, señora; yo no tengo la culpa. Mi padre se enoja
contra mí, y quiere matarme sin justo motivo. El rapaz que está
prisionero es el más descomedido e insolente de los rapaces. Me
sorprendió al pasar yo sola por la galería, me requebró con
desenvoltura, me asió luego entre sus brazos, y a pesar de mi
resistencia y de mis gritos, me dio muchos besos. No sé cuántos, porque
me los dio tan de prisa que no tuve tiempo para contarlos. Llegó en esto
mi padre y agarró al rapaz de una oreja, tratando de castigarle; pero el
rapaz, que debe de ser fuerte y ágil, le echó la zancadilla, le derribó
por tierra y se largó con risa. Mi padre se levantó renqueando, y,
ansioso de vengar el agravio recibido, vino furioso contra mí. Yo,
señora, me refugio aquí, y me pongo bajo tu amparo. Defiéndeme, señora;
mira que soy inocente.
La grave doña Mencía frunció el entrecejo al oír la narración de aquel
lance; pero en la cara, en el acento y en las frases de Leonor reconoció
su sinceridad y que no era culpada; la levantó del suelo en que estaba
de hinojos y le aseguró que la defendería. Toda su cólera estalló con
vehemencia contra el atrevido rapaz, que con tan liviano desacato
ofendía su casa. Llamó a Nuño, le exigió que absolviese a su hija de
culpas que en realidad no tenía, y le ordenó que, sin entrar en nueva
lucha con el rapaz, y sin acudir tampoco a otras personas para que no se
enterase nadie de lo ocurrido, trajese al rapaz a su presencia para que
ella le reprendiese duramente, como él merecía.
Cumplió Nuño las órdenes, y pocos instantes después compareció el rapaz
ante la hermosa dama, que le recibió, como juez severísimo, con
imponente autoridad y compostura. Nuño y Leonor se retiraron a una señal
de la dama. Esta quedó sentada en un sillón de brazos, como si fuera
tribunal o trono. El rapaz estaba de pie enfrente de ella, con ademán
muy respetuoso por cierto, pero en manera alguna temeroso ni turbado.
Con enérgicas palabras la dama le echó en cara su fea conducta, le
amonestó para que se corrigiese, y le exigió que pidiera perdón de su
culpa. Él contestó de esta suerte:
--Yo, señora mía, me confieso culpado, y estoy dispuesto a pedirte
humildemente perdón, de rodillas delante de ti. Si alguna disculpa
tengo, válganme como tal mis verdes mocedades y mi completa
inexperiencia de las cosas del mundo. Yo me figuré, señora, que me
hallaba en la cumbre de una montaña, y muy cerca de una nube que parecía
de carmín y de oro, por lo cual gusté tanto de ella que me atreví a
abrazarla y aun a besarla; pero la nube se me desvaneció y deshizo, y
entonces apareció el sol que la nube me ocultaba, y cuyos divinos
reflejos eran los que habían dado a la nube los brillantes matices que
me enamoraron, me sedujeron y me hicieron incurrir en la falta, que como
tal deploro, si bien, por otra parte, casi me alegro de haberla
cometido. Cometiéndola he apartado la nube y he logrado al fin ver el
sol, que desde hace una semana anhelaba yo ver y que ahora extasiado
contemplo.
Colorada como la grana, en parte de ira y en parte de gustosa sorpresa,
se puso doña Mencía al oír el desenfadado discurso de aquel audaz
muchacho. A pesar de su austeridad, tan probada y acendrada durante
veinte años, sintió que en el fondo de su pecho pugnaba por salir y le
retozaba la risa al notar tanta juvenil desvergüenza; pero al fin
triunfó la condición austera de la egregia dama, y despidió al mancebo,
diciéndole:
--Está bien, niño; pero mejor estaría si tu maestro o tu ayo te hubiera
enseñado menos retórica y más comedimiento y circunspección para no
faltar al respeto que a una ilustre dama se debe, y que se debe también
a su casa y a su servidumbre. Vete y corrígete, y haz de modo que no
tenga yo que apelar a dolorosos extremos para poner coto a la audaz
conducta de que parece que te jactas en vez de arrepentirte.
Quiso replicar el rapaz, pero la dama hizo tan imperioso gesto de
desagrado y despedida, y fulminó contra él tan terrible mirada de sus
negros ojos, que le hizo enmudecer y que le arrojó de la estancia como
si lo hiciera a materiales empellones.