EL CAUTIVO DE DOÑA MENCÍA

I

Pocos días ha recibí el prospecto de un libro muy curioso que va a

publicarse en Córdoba. Contendrá la historia de las ciudades, villas y

fortalezas de aquel antiguo reino. Me hizo esto recordar ciertos

sucesos, que me contó mi amigo D. Juan Fresco, como ocurridos hace ya

cuatrocientos treinta años en el castillo de la población en que él

vive. Ignoro si dichos sucesos serán todo ficción, o si tendrán algún

fundamento histórico. Ya se encargarán de dilucidarlo los que escriban

el mencionado libro, ora consultando otros antiguos que deben de andar

impresos, ora en vista de Memorias y demás documentos manuscritos que ha

de haber en abundancia. Yo no quiero meterme en semejantes honduras. Me

inclino, sin embargo, a creer que en mi historia, si hay alguna ficción,

hay también mucho de verdad en que la ficción se funda: el grave

testimonio de mi querido y erudito amigo D. Aureliano Fernández-Guerra,

a quien oí referir no pequeña parte de los sucesos cuya narración me

complazco en dedicar ahora a su inolvidable espíritu.

D. Aureliano tenía hacienda de olivar y viña en el cercano lugar de

Zuheros; iba a menudo por allí, y se preciaba de saber, y había

investigado y de seguro sabía, todo cuanto desde muchos siglos atrás

había acontecido en aquella comarca. A pesar de todo, desisto de

averiguar, para no comprometerme, lo que hay de verdad y lo que hay de

mentira en el cuento, y voy a referirle aquí como me le contó mi tocayo.

Los fuertes muros y las ocho altas torres están hoy como en el día en

que se edificaron. No falta ni una almena. Dentro de aquel recinto

pueden alojarse bien doscientos peones y más de ochenta caballos. De la

cómoda vivienda señorial no queda ni rastro. Han venido a sustituirla un

molino aceitero con alfarge, trojes y prensas, que durante la vendimia

sirven también de lagar, un grande alambique con agua corriente, y

extensas bodegas para aceite, aguardiente, vinagre y vino.

Allá por los años de 1470 era todo aquello muy distinto. Extraordinaria

importancia estratégica tenía la fortaleza, como construida en una

altura, sobre enormes peñascos, que en gran parte le servían de

cimiento. En el centro había cómoda habitación, casi un palacio, donde

se albergaba el alcaide o señor que mandaba la hueste. Veinte años

hacía que dicho alcaide, lleno de ardor juvenil, había salido en

imprudente expedición contra los moros de Granada. Pasando por Alcalá la

Real, había entrado en la Vega por Pinos de la Puente, causando mucho

daño, talando algunos plantíos y sembrados, y cobrando no poco botín en

cortijadas y alquerías. Pero al volver rico y triunfante para su

castillo, en los agrios cerros y en el espeso bosque de encinas que hay

entre Pinos y Alcalá, cayó en una celada que los moros, más de mil en

número, le habían preparado, y allí murió combatiendo heroicamente

contra ellos.

La viuda de D. Jaime, que así se llamaba el muerto adalid, quedó como

única señora y alcaidesa del castillo.

Era su nombre doña Mencía. Sobrina del Conde de Cabra, se había criado

en la casa de aquel ilustre prócer. Apasionadamente enamorada del gentil

caballero D. Jaime, venido de Aragón a ponerse al servicio del Conde, y

muy señalado ya por su habilidad y su brío en todos los ejercicios

caballerescos, por sus notables proezas y hasta por su talento y

maestría en el gay saber, el Conde no tuvo que oponer razón alguna

contra la boda, y consintió en que don Jaime y doña Mencía se casasen,

dando en dote a la doncella el dominio y la alcaidía del castillo de que

voy hablando.

Sin duda para mostrarse más digno de su encumbramiento, D. Jaime

acometió la arriesgadísima empresa que causó su muerte. Diecisiete años

acababa de cumplir doña Mencía cuando se quedó viuda. Amarga y

desconsoladamente lloró la muerte de su gentil e idolatrado esposo.

Vistió severísimo luto, hizo una vida retirada, y en los veinte años que

se siguieron hasta el día en que empieza esta historia, no salió del

castillo sino para dar solitarios paseos.

En aquellos tiempos, las tierras todas del Rey de Castilla estaban

llenas de discordias y alborotos. No había paz ni seguridad en parte

alguna, sino robos, sangrientos combates, muertes y estragos. Los

grandes señores, por particulares rencillas y opuestos intereses, se

hacían cruda guerra unos a otros. El reino, además, estaba dividido en

dos opuestos y principales bandos. Fiel uno al rey D. Enrique, pugnaba

por sostenerle en el trono. El otro le había negado la obediencia, le

había depuesto en Avila con cruel e infamante ceremonia, y reconocía

como soberano al príncipe D. Alfonso, hermano menor del rey. El reino de

Córdoba ardía en disensiones, como todo el resto del país. Rara

prudencia y singular entereza supo mostrar doña Mencía para conservarse

en cierto modo neutral estando tan divididos los ánimos, sin dejar de

ser fiel y sin faltar al pleito homenaje que a los de su casa y familia

les era debido.

Todos respetaban a doña Mencía, la cual, gracias a su austeridad y

recogimiento, estaba en opinión de santa. La hacía aún más respetable,

prestándole algo de misterioso y sobrenatural, el que hubiese pocas

personas que se jactasen de haberla visto, ni menos hablado. Se

aseguraba, no obstante, que era hermosísima mujer, de treinta y siete

años, pero que parecía mucho más joven por la esbeltez, elevación y

gallardía de su cuerpo. Se decía que sus cabellos eran negros como la

endrina, que sus ojos brillaban como dos soles, que tenía manos muy

bellas y señoriles, y que la palidez mate de su terso y blanco rostro

estaba suavemente mitigada por el sonrosado y vago matiz que arrebolaba

sus frescas mejillas. Doña Mencía apenas conversaba con más personas que

con el Padre Atanasio su capellán, con Nuño, su escudero y maestresala,

y con la hija de Nuño, Leonor, que era su íntima servidora y confidenta.

Mucho lamentaba doña Mencía, en sus conversaciones con el Padre

Atanasio, los escándalos y las civiles contiendas que asolaban el país y

tenían a sus hombres de más valer armados unos contra otros.

Doña Mencía había deplorado la violenta resolución tomada por D. Alonso

de Aguilar de prender en la misma casa del Ayuntamiento de Córdoba al

mariscal D. Diego, primo de ella, y de tenerle encerrado durante algunas

semanas en el castillo de Cañete; pero más deploraba aún el desafuero de

D. Diego desafiando a D. Alonso, contra la expresa voluntad y orden del

Rey, que quería paz entre ellos, y de llevar adelante el desafío bajo el

amparo del Rey moro, que le dio campo y palenque en la vega de Granada.

Allí citó y aguardó D. Diego a D. Alonso; y como éste no acudiese al

desafío, D. Diego, declarado vencedor por el Rey moro, ató a la cola de

su caballo un cartelón donde iba escrito el nombre de D. Alonso de

Aguilar con la calificación de alevoso, y le arrastró por el suelo con

ignominia. Terrible fue la afrenta; pero D. Alonso la sufrió con

paciencia magnánima, reservando su valor para más patrióticos y altos

empeños, según supo mostrarlo en el resto de su vida y en su muy

gloriosa y trágica muerte.

De varios colores · 第 42 / 73 题