Sin faltar descaradamente a la verdad, no hubiera podido tener mi cuento
fin menos lamentable y menos vago, a no ser por un dichoso encuentro
casual que tuve en Nueva York diez o doce años después de la
desaparición de Poldy.
En el espléndido club, donde iba yo a comer casi de diario, me encontré
a un rico y amable comerciante de origen español, trabé con él amistad y
acabamos por hacernos muy íntimos.
Era hombre de cuarenta y cinco años a lo más, pero parecía más joven por
lo muy guapo, alegre y elegante.
Nos reconocimos como paisanos de la patria chica, o sea de determinada
comarca, porque si no él, no pocos de sus antepasados fueron cabreños.
Ya adivinará o sospechará el lector que este amigo mío, aunque
naturalizado ciudadano de la Gran República, era y se llamaba Don
Isidoro Castillo de Cabra.
Pronto me contó hasta los ápices y hasta los más escondidos lances de su
vida. Poldy había luchado, durante algunos meses, en espantosa
indecisión, entre el amor que Isidoro le inspiraba y los deberes más o
menos artificiales, que la ligaban a su patria, a su familia y a la alta
clase a que pertenecía.
Por último, el amor triunfó en el alma de Poldy, mas no para quedarse en
Austria desdeñada y aborrecida de sus hermanos y parientes. No: esto era
imposible. Poldy tomó una resolución extrema, pero, en su caso, bastante
justificada. Hizo correr la voz de que había muerto, se casó
católicamente con el judío converso, y cambiando, o mejor dicho
traduciendo su nombre, se vino a vivir con él a los Estados Unidos.
Isidoro se trajo todo el dinero que tenía y no pequeña parte de los
preciosos chirimbolos, joyas y antiguallas de su bazar. El resto, así
como los predios urbanos y rústicos de que en Austria era dueño, lo
dejó al cuidado de un tío suyo muy de fiar y muy hábil.
En los Estados Unidos entró en grandes empresas y especulaciones y
aumentó sus bienes de fortuna en vez de disminuirlos.
El venía a Nueva York dos o tres días cada semana para despachar sus
negocios que, por haber muy entendidos dependientes en su escritorio, no
requerían de continuo su presencia. De aquí que la mayor parte del
tiempo se le pasase en una quinta que había hecho construir a las
orillas del Hudson, imitando en lo posible la traza y arquitectura del
castillo de Liebestein. Como la quinta estaba sobre una peña, a
semejanza del castillo, tuvo Isidoro la ocurrencia de darle casi el
mismo nombre, aunque en lengua castellana y recordando un sitio muy
romántico que hay entre Antequera y Archidona. La quinta de Poldy se
llamó la _Peña de los Enamorados_.
Distaba la quinta mucho más de Nueva York que de Albany, capital del
Estado de Nueva York, pero, como los trenes del ferrocarril van con
extraordinaria rapidez en aquella tierra, y es deliciosa la navegación
en los magníficos vapores que suben y bajan por el río, poco molestaba a
Isidoro para ir y venir que fuese algo mayor la distancia. En cambio
Poldy gustaba del sosiego y de la tranquilidad del campo y aborrecía el
bullicio malsano de las ciudades muy populosas.
Rara vez Poldy iba a Albany y más rara vez aun iba a Nueva York. En su
quinta gozaba ella de todo el bienestar, lujo y regalo, que ofrece la
civilización moderna a los que son muy ricos.
Poldy, aun saliendo poco, y para verse al espejo, y para que su marido
la viese, se vestía a la última moda, con esmero, buen gusto y acendrada
elegancia.
Isidoro me llevó a la quinta, me presentó a Poldy y tuve el placer y la
satisfacción de admirarla. Aunque frisaba ya en los cuarenta años, el
sol de su hermosura brillaba en el cenit y ella parecía una diosa.
Admirable era la hospitalidad conque acogía en su casa a los huéspedes,
contribuyendo a este fin el privilegiado talento de su cocinero, artista
de primer orden.
Dos hijos tenía Poldy: una niña de ocho años y un niño de seis, que eran
dos ángeles de puro bonitos.
Garuda, la cigüeña blanca, animal que goza de larguísima vida, vivía
mansa, doméstica y feliz en la quinta, como si para ella el tiempo no
corriese. Más bien había ganado que perdido, porque el plumaje de la
pechuga, que tenía antes un viso ceniciento, había adquirido el brillo y
la blancura de la nieve. Garuda parecía el genio familiar de la casa, el
vivo resumen de los lares y penates de aquel hogar transportado desde el
centro de Europa a la opuesta orilla del Atlántico.
No quiero decir más para encarecer la felicidad de que Isidoro y Poldy
gozaban, a fin de no excitar la envidia de los que me lean. Voy, pues,
a terminar, haciendo una súplica a los lectores: que se callen lo que
aquí revelo y no se lo escriban a los treinta o cuarenta condes y
condesas, hermanos, tíos, cuñados y sobrinos de Poldy, para que no se
aflijan ni se escandalicen.